domingo, abril 22, 2007

El pistolerismo (I): La huelga de La Canadiense

Con este texto inicio hoy una serie de varios que iré salpimentando con otras historias y que no sé, en realidad, cuántos van a ser. Pretendo relataros, sin hacerme pesado a ser posible, uno de los periodos de la Historia reciente de España más impresionantes, a la par que olvidado. En puridad, si lo que ocurrió en España en el espacio de apenas cuatro o cinco años hubiera ocurrido en Estados Unidos, hoy todos podríamos contar que alguna vez hemos visto una película sobre el tema, y los principales protagonistas de los hechos se nos vendrían a la memoria con el rostro de actores de primerísimo nivel.

España, sin embargo, parece más bien haber optado por olvidar los años del pistolerismo. Años en los que las calles de una ciudad, en este caso Barcelona, se asemejaron a las de Chicago o Nueva York muy poco tiempo después o, incluso, las superaron. Al contrario que en el caso de la Mafia, sin embargo, el pistolerismo español tuvo otro origen que no tiene demasiado que ver con el crimen organizado, aunque nunca sabremos, en realidad, hasta qué punto las matanzas de empresarios y de obreros no escondieron la labor de personas sanguinarias, poco interesadas en los orígenes de la violencia y sí en la violencia como tal.

Sea como sea, es totalmente indudable que el pistolerismo tiene un origen político. Es hijo de las ideas anarquistas y del supremo egoísmo de no pocos empresarios de Barcelona, familias de honda raigambre y apellido famoso poco dadas a la llegada del progreso. En ambos lados, la defensa de los derechos obreros y la de los privilegios patronales, siempre han existido miembros decididamente no violentos. Pero no fue ése el caso de la Barcelona de finales de la segunda década del siglo XX. Como ha señalado Frederic Escofet, que llegaría en los tiempos de la República a ser el responsable de orden público del presidente Companys, Barcelona, a principios de siglo, era la población española más accesible desde Europa y, al tiempo, tenía una honda tradición de lenidad en la persecución del crimen. Los policías en Barcelona eran pocos, estaban mal preparados y mucho menos aún para enfrentarse a un entorno de terrorismo generalizado. Esto hizo de Barcelona el Sangri-la de todos los delincuentes del continente, que fueron a caer en una olla hirviendo.

La olla hervía, en efecto, desde varios años atrás. El anarquismo español siempre estuvo impregnado de una suerte de humanismo individualista; muchos anarquistas no bebían ni fumaban ni comían carne, prácticas muy modernas como sabemos, porque consideraban que los vicios esclavizaban al hombre. Los valores de la solidaridad y de la generosidad eran ampliamente propugnados. Pero, al mismo tiempo, junto a este anarquismo filosófico creció el político y sindicalista, el bakuninismo que se planteaba la necesidad de ir más allá del individuo y la necesidad de acabar con las estructuras estatales. No pocos anarquismos sostenían la necesidad de usar cualesquiera herramientas para conseguir esta victoria, incluida la violencia terrorista. Así las cosas, anarquistas son los grandes asesinos y aspirantes a asesinos de finales de nuestro siglo XIX y principios del XX, entre ellos Mateo Morral, quien se atrevió incluso a lanzar una bomba a los pies de un rey que iba a casarse.

El bautismo de fuego revolucionario el anarquismo español fue la Semana Trágica de Barcelona; que fue, desde luego, reprimida, pero que aportó algo muy importante para toda revolución: un mártir, en la persona de Francisco Ferrer Guardia, así como la convicción de un poderío movilizador. La Semana Trágica enseñó a los anarquistas que los obreros catalanes, por así decirlo, les pertenecían. Por muchos intentos que hizo la socialista, entonces marxista, UGT, por penetrar en ese mercado, por así decirlo, no lo conseguiría hasta que, en 1937, la CNT fuese abatida tras esa pequeña guerra civil dentro de la guerra civil que fue la represión de anarquistas y POUM en Cataluña. A mediados de la segunda década del siglo XX nació la Confederación Nacional del Trabajo. No tardaría en levantarse el telón.

A pesar de que la Semana Trágica había sido un importante aviso para navegantes de que algo pasaba en el proletariado barcelonés, no hubo grandes cambios en la actitud de los patronos. En 1917, sin embargo, algo ayudó para que la pasión obrera cambiase y se pusiese al rojo vivo: la revolución rusa que, sobre todo en su primer estadio, estaba lejos de parecer el movimiento de pura raíz marxista que luego fue. En agosto de 1917, el día 13, hubo disturbios en Barcelona, disturbios que fueron conocidos en su época como la Semana Cómica, lo cual lo dice todo de las diferencias de intensidad que registraron sobre los de 1909. Aquel fracaso espoleó al anarquismo más radical, que llegó a la conclusión de que no había más salida que la rusa, esto es la insurrección armada. El 7 de octubre de aquel mismo año, en el Clot, una barriada entonces muy popular de Barcelona, dos personas mataron al industrial Joan Tapias. Y, en los siguientes días, mataron a seis empresarios más. Había empezado la tangana.

Según Ángel Pestaña, un líder anarquista que podríamos considerar moderado, la CNT propiamente dicha deploró los atentados y desechó hacer hilo con esa estrategia terrorista. Pero lo cierto es que hubo grupos de obreros que, ante el ejemplo, decidieron contratar pistoleros para que se cargasen a los malos patronos. Pero es que, además, los empresarios no se quedaron quietos. Decididos a responder al hierro con hierro, los empresarios forzaron el nombramiento al frente de la policía de uno de los personajes más siniestros de esta historia: el comisario Manuel Brabo Portillo. Brabo, además de funcionario de policía, era un auténtico mercenario sin escrúpulos que llevaba ya bastante tiempo alquilando su pistola, su gatillo y el dedo que lo presionaba a los alemanes. Desde el comienzo de la primera guerra mundial, en 1914, y dado que España había permanecido neutral, Barcelona y su sector industrial se habían convertido en escenario de los más sucios sabotajes y movidas. Según se ha publicado, Brabo había matado personalmente a un ingeniero, Josep Albert Barret, que trabajaba en una empresa que estaba fabricando para los franceses (enemigos de los alemanes). Claro que quien a hierro mata, a hierro muere: el espionaje francés acabó reuniendo pruebas de que Brabo pasaba información a los alemanes de los barcos que salían de Barcelona cargados de suministros para los aliados, de forma que pudieran torpedearlos. Brabo fue encausado y apartado del servicio. La separación de Brabo, sin embargo, no detuvo los incidentes y los atentados.

De todas formas, la situación era susceptible de empeorar, y empeoró. El fin de la guerra, el 11 de noviembre de 1918, fue una tragedia para la fragilísima paz social barcelonesa, por llamarla de alguna manera. Hasta ese momento los empresarios, y sobre todo los catalanistas englobados en la Lliga Regionalista de Françesc Cambó, habían contemporizado con los obreros, dado que nadaban en pedidos y querían cualquier cosa menos huelgas. Con el fin de la prosperidad, sin embargo, ese interés, simplemente, desapareció.

El 16 de enero de 1919, tras unos incidentes entre nacionalistas y españolistas durante una representación de teatro, el gobernador civil de Barcelona, Carlos González Rothwos, suspendió las garantías constitucionales en la provincia. En pocas horas, la policía hizo una redada monstruo, detuvo a decenas de cenetistas y los metió en la cárcel Modelo. Con esas detenciones, tanto el gobierno de Madrid como la burguesía catalana se situaron en un punto de no retorno. De poco sirvió la entrevista clandestina ofrecida por Cambó a Pestaña en casa del arquitecto Puig i Cadafalch (uno de los grandes del modernismo catalán, autor, entre otras, de la bellísima Casa Ametller); de todas maneras, Cambó no se presentó, dejando claro que le preocupaba llevarse bien con la CNT, pero no la respetaba demasiado.

Así las cosas, sólo era cuestión de tiempo que los obreros mostrasen su poder. Y ese momento llegó en 1919, con la archifamosa, entonces, huelga de La Canadiense.

La Canadiense era la Barcelona Traction Light & Power, una empresa fundada por un banco de Toronto; de ahí el mote. Su fundador, Fred Stark Pearson, falleció durante la guerra mundial cuando su trasatlántico, el Lusitania, fue hundido por un submarino alemán. En ese momento, se produjo una situación parecida a la que hemos vivido recientemente con Endesa: dos grupos, Heidamann y Sofima, pelearon por quedarse con la empresa; sólo que su pelea consistió, no, como en Endesa, en elevar lo más posible el precio de la acción, sino en todo lo contrario, en tumbarlo. Qué mejor que una buena huelga para conseguirlo.

Por su parte, la conciencia obrera crecía en la empresa la cual, al parecer, pagaba de pena. En enero, ocho escribientes que reclamaron ser hechos fijos como otros trabajadores fueron despedidos por el director general, el inglés Fraser Lawton. En una típica reacción del sindicalismo anarquista, los 117 compañeros de los escribientes en el departamento de Administración fueron a la huelga. Y no lo hicieron como ahora, no. Los 117 se presentaron el 5 de febrero de 1919 en las oficinas centrales de la empresa, en la plaza de Cataluña, y se sentaron en su puesto. Pero, a una determinada hora, rompieron sus plumas, las tiraron al suelo y se marcharon.

A pesar de que González Rothwos, el gobernador, les prometió que todo se iba a arreglar, al volver al edificio los escribientes se encontraron con el comisario Francisco Martorell, sucesor de Brabo Portillo, quien les comunicó que estaban todos en la puta calle. La reacción en la empresa fue que otros departamentos comenzaron a declararse en huelga. Dos días después, los despedidos eran… ¡dos mil!

No fue hasta entonces que la CNT tomó el control del conflicto. El sindicato intentó negociar, pero Lawton contestó anunciando que quien no se presentase a trabajar en 24 horas estaba despedido. La CNT respondió cesando la lectura de contadores y la presentación de recibos, o sea, dejando a la Canadiense sin ingresos. Tan sólo un cobrador, Joaquim Baró, se negó a dejar de trabajar. Tres desconocidos le dispararon en la calle Calabria, en el Ensanche. Murió pocos días después.

Lawton ofreció 10.000 pesetas, un auténtico pastón de la época, por información sobre los asesinos de Baró. Pero nunca fueron delatados. Aquella firmeza parece que hizo reconsiderar las cosas a Lawton, que ofreció negociar. Sin embargo, el encuentro salió mal porque el inglés no aceptó que en el mismo se presentaran personas que no eran trabajadores de la Canadiense (un sindicalista de la CNT). Dado que no hubo acuerdo, los anarquistas pasaron a la segunda fase, consistente en dejar Barcelona sin luz.

El 21 de febrero de 1919, a las cuatro de la tarde, el fluido eléctrico de Barcelona se interrumpió. El día 23, ante la falta de respuesta, paró toda la energía eléctrica de Cataluña. Ese mismo día, a primera hora de la tarde, se reunieron las principales familias de Barcelona con los responsables del orden público, entre los cuales se encontraba el nuevo gobernador militar, Severiano Martínez Anido, quien con el tiempo acabaría siendo todo un símbolo de la represión obrera de aquellos años. Se podría pensar que se reunían para ver de arreglar las cosas. Lejos de ello, aceptaron la propuesta de los militares: incautarse de la Canadiense.

Dicho y hecho. El día 24, el cuarto regimiento de zapadores tomó las instalaciones de La Canadiense y Barcelona volvió a tener luz. No obstante, es claro que no es lo mismo un militar ocupando un puesto de trabajo que un trabajador trabajando. Por mucho que lo intentaron, los militares no consiguieron mantener el servicio en regla; las averías, y muy probablemente los sabotajes de los sindicalistas, fueron muchos. Además, los sindicatos no se iban a quedar quietos: el día 26 se sumaron a la huelga las empresas del gas y del agua, dejando Barcelona en una situación casi medieval. La organización de los sindicalistas era tan perfecta que incluso un dirigente del sindicato de artes gráficas, Salvador Caracena, instauró una muy eficiente censura de prensa: puesto que el personal que hacía los periódicos era anarquista, los periódicos sólo publicarían lo que ellos quisieran.

El 5 de marzo, todos los trabajadores del sector eléctrico entre 21 y 38 años fueron movilizados, militarizados. Eso sí, el bando declarando la movilización no se pudo publicar porque la censura paralela anarquista lo impidió, salvo en un periódico, el Diario de Barcelona, más conocido en su ciudad como El Brusi, no sé muy bien por qué, que fue multado por los sindicalistas (y pagó, por cierto).

El día 7 de marzo, los trabajadores movilizados se presentaron en las cajas de reclutas, pero se negaron ir a los destinos que se les marcaban. La reacción del gobierno militar fue encarcelarlos en el castillo de Montjuich. Llegaron a meter a 3.000 personas.

Tan enconadas estaban las cosas que las soluciones intermedias eran ya poco menos que imposibles. De hecho, la CNT estaba para entonces preparando una huelga total, y lo curioso es que los empresarios estaban haciendo lo mismo: era el famoso lock out, la reacción por la cual los empresarios cerraban sus negocios, como un solo hombre, buscando que los obreros que seguían trabajando no pudieran contribuir a cajas de resistencia para los que estaban en huelga. El día 13 de marzo se declaró el estado de guerra en Barcelona, y las tropas tomaron la ciudad. Sin embargo, desde Madrid se preparó una estrategia de moderación, a través del nuevo gobernador civil de la provincia, Carlos Montañés, un ingeniero apolítico que había tenido relación con La Canadiense. Montañés obligó a las partes a reunirse, reunión en la que los sindicatos pidieron la readmisión de los despedidos y jornada de ocho horas. El escollo eran las readmisiones, pues Lawton se negaba a que fuesen en bloque. El inglés, sin embargo, fue presionado y, a las nueve de la noche, firmaba un acuerdo con los trabajadores; la huelga había terminado, gracias, entre otros, a empujoncitos como el del líder ugetista Largo Caballero, quien desde Madrid amenazaba con una huelga general en toda España si la cosa no se resolvía esa misma noche.

El final de la huelga de La Canadiense, sin embargo, supuso dejar compuestos y sin sus respectivas venganzas a las tendencias más radicales de ambos lados, trabajadores y empresarios. Ninguna de las dos partes estaba dispuesta a renunciar a sus objetivos desestabilizadores.

Los empresarios recibieron un importante espaldarazo desde Madrid, con la decisión del jefe de Gobierno, Romanones, de regular y poner bajo la jurisdicción militar al somatén. El somatén era una especie de milicia cívica de orden que funcionaba en la Cataluña rural, pero ahora fue convertida en una fuerza del orden paralela en Barcelona, puesta además a las órdenes de uno de los dirigentes empresariales más proclive a la violencia, Josep Beltrán i Musitu, integrado en la Lliga de Cambó. Claro que Beltrán no tenía mucha idea de montar mafias asesinas, así pues tuvo que buscar alguien que supiese de la cosa.

Llamó a Brabo Portillo. ¿O realmente os esperabais que fuera a desaparecer tan fácilmente de nuestra historia?

El último acto de la huelga de La Canadiense es el mitin de la plaza de toros de Las Arenas, un acto en el que hace aparición otro personaje fundamental de esta historia: el activista obrero Salvador Seguí, el Noi del Sucre. Seguí, ya lo veréis en sucesivos posts, fue, junto con Pestaña, el más posibilista de los anarcosindicalistas; el menos empeñado en hacer la revolución y más interesado en mejorar las condiciones de vida de los obreros. Al final de la huelga de La Canadiense, Seguí tuvo que enfrentarse al hecho de que la mayoría de los dirigentes sindicalistas estaban presos; por fuertes que fuesen las promesas de Montañés en el sentido de que serían prontamente liberados, esa situación era oro molido para los más radicales anarquistas.

Por esta razón, se convocó un mitin en la plaza de toros al que acudieron unas 50.000 personas. Brutal. Desde el principio, la exposición del acuerdo se encontró con la oposición de los más radicales, que querían petardearlo. Cuando se levantó Seguí, se hizo más o menos el silencio; así pues, aunque estamos aún en una época previa a lo micrófonos, casi todo el mundo pudo oírle expresar el centro de su forma de pensar: si ahora los obreros rompían el convenio, les dijo, nadie volvería a confiar en ellos. Como quiera que seguían las protestas, Seguí decidió dar un movimiento inesperado y temerario.

¿Voleu els presos? –gritó- ¡Doncs amen-los a buscar! (1)

Y su dedo señalaba al castillo de Montjuich.

Fue listo. Jugó con el cansancio de una huelga larga y dura, que se multiplica, además, cuando quien lo está sufriendo sabe que la solución es posible y está cerca. El público, finalmente, aplaudió unánimemente la firma del acuerdo. Seguí había ganado y la paz social también.

Por poco. Por muy poco tiempo. La huelga de La Canadiense había durado demasiado. Lo suficiente como para que dos fuerzas, los patronos paramilitares por un lado y los obreros ultrarradicales por el otro, llegaran a la conclusión de que podían ganar.

Y, cuando dos piensan que van a ganar, siempre hay pelea. Siempre.


(1) Así lo he copiado de la prensa en castellano