lunes, mayo 07, 2007

El pistolerismo (II): Brabo Portillo y Pau Sabater

Os recuerdo que esta segunda toma es continuación de aquella que se llamaba El pistolerismo (I): la huelga de La Canadiense.

Pido disculpas por estar estos días un tanto remiso a asomarme por esta ventanita. Es la culpa de un ataque de lumbalgia que, como sabréis los que lo hayáis sufrido, aconseja las posiciones horizontales y suele penalizar las sedentes, como la que tengo yo ahora mismo miemtras escribo estas líneas. No obstante, la Historia tiene, cuando a uno le gusta, cierto elemento sedante que, tal vez, llega donde no llega el E%&$%&fen (es que no me gusta dar marcas).

Será por eso que he encontrado un rato para continuar con esta historia, que llega hoy hasta el tristísimo, y alevoso, asesinato de Pau Sabater.

Hemos dejado nuestro relato en la primavera de 1919, tras el accidentado final de la huelga de La Canadiense. Quizá el mejor momento para la paz social: dominaba el anarcosindicalismo un líder posibilista, Seguí; y el gobierno civil de Barcelona un hombre también amigo del pacto como Montañés. Sin embargo, las semillas del enfrentamiento, aunque no lo pareciese, estaban ya plantadas y a punto de germinar.

El primer problema surgió porque, el día que finalizaba el plazo para la liberación de todos los sindicalistas presos, cinco seguían en la cárcel. Esta situación era hija del complicado entramado de poderes existente entre el civil, encarnado por Montañés, y el militar, encarnado por el capitán general de la región catalana, Miláns del Bosch; que era quien había hecho las detenciones y quien se negaba a soltar a los presos.

En el mitin de Las Arenas, como no podía ser de otra forma, Seguí había dado por hecho que su postura de apoyar el fin de la huelga partía de la base de que los presos serían liberados; de otra manera, la huelga debería recomenzar. En las circunstancias que se produjeron, hasta él mismo tuvo por lo tanto que apoyar la constitución de un comité de huelga. No obstante, ya no era la misma huelga. Como suele ocurrir siempre en estos casos, el fracaso del experimento moderado (fin de la huelga, respeto de los acuerdos y liberación de los presos) dio alas a los más radicales; así, la huelga aprobada por los anarquistas sería general, indefinida y revolucionaria, es decir: su objetivo no sería el logro de ventaja laboral alguna, sino el fin de la sociedad capitalista.

Por increíble que pueda parecer, pues Barcelona era ya entonces una ciudad de tamaño y población respetables, la CNT estableció una red de voceadores-ciclistas que recorrieron, una por una, las fábricas de la ciudad, y en unas horas provocaron en la ciudad un paro total. Los planes de la burguesía, entonces, fueron garantizar el orden público a través del ejército, la policía y el somatén, y luego poner a trabajar en los servicios esenciales a esquiroles burgueses voluntarios. Ese mismo día se declaró de nuevo el estado de guerra, que incluía un toque de queda a las ocho de la tarde. La estrategia le salió bien. En general, los pequeños propietarios de negocios, los capataces de fábricas, los comerciantes y, sobre todo, los entonces importantísimos núcleos de catalanes de ideología carlista tradicionalista consiguieron hacer que los suministros funcionasen, mientras que el ejército reprimía con dureza a los obreros. Además, esta absurda huelga sirvió para que, desde el momento en que el ejército volvió a los cuartales, quedase claro que quien garantizaba la seguridad en las calles era el Somatén.

No obstante, tiempo es cansancio. A primeros de abril, la huelga duraba ya dos semanas y los patronos empezaban a estar divididos. Para entonces, la CNT ya había hablado por lo menos dos veces con Montañés de buscar una salida a la huelga. Dos hermanos en buena sintonía con la CNT pero no integrados en ella, Josep y Jaume Roca, fueron encargados de buscar acuerdos parciales en algunos sectores y empresas, y comenzaron negociaciones tímidas que rápidamente dieron frutos. La CNT, viendo que una negociación era posible, decidió traer a Barcelona a su líder Ángel Pestaña, que estaba en Tarragona esperando que escampase. El 3 de abril de madrugada, la policía lo detuvo en el barrio chino, concretamente en el primer piso del número 162 de la calle Conde del Asalto; y le hizo un favor, porque las fuerzas paramilitares de Brabo Portillo, que no le había perdonado a Pestaña su participación en las filtraciones de información tras las que fue juzgado y apartado de la policía, estaban buscándolo para matarlo.

A pesar de que la huelga mostraba signos claros de caminar hacia su solución, la situación se estaba complicando. Los años que relato fueron también los del nacimiento y auge de las llamadas Juntas Militares, un poder dentro del poder. La de Barcelona, que estaba claramente en contra de toda contemporización con el obrero, llegó a la conclusión, nada más y nada menos, de que había que expulsar a las autoridades civiles de Barcelona, para que las militares pudieran hacer a su gusto. El 14 de abril, con toda naturalidad, un coronel de la guardia civil, de apellido Aldir, se presentó a ver al gobernador civil y le comunicó, fríamente, que tenía la misión de poner a éste y a su jefe de policía, Gerardo Doval, en el expreso de Madrid (Gerardo Doval se había destacado por gestos como dejar escapar por una ventana a los hermanos Roca tras ser detenidos por los militares).

Montañés hizo lo lógico: llamar a Madrid. Le pusieron con el presidente del gobierno. Pero el conde de Romanones no era hombre de férreas decisiones. Con total desparpajo, le contestó a su subordinado:

-¡A mí qué me cuenta, yo ya no soy presidente!

Y, dicho y hecho: se presentó en el palacio real, y dimitió.

El gobernador civil de Barcelona, por lo tanto, fue desposeído y expulsado de su cargo por el capitán general de la región militar. A buen entendedor…

Tras la marcha del poder civil de Barcelona, obviamente la huelga pasó a la clandestinidad, aunque todo parece indicar que, en una reacción muy humana, los problemas sirvieron en realidad de acicate para los sindicalistas. Según cálculos de los propios militares, la CNT era capaz, en aquellas semanas de pura clandestinidad, de recaudar hasta 1.500 pesetas diarias, lo cual era un auténtico pastón; aparte de someter a Barcelona a un rosario de huelgas, hoy en esta fábrica, hoy en esta otra, que colocaron a la ciudad y a su sistema productivo en una situación difícil de aguantar.

La situación de absoluta clandestinidad fue un acicate para que alguien más se sintiese tentado de pasar un poco también a ese terreno de lo oscuro y no muy legal: cómo no, Brabo Portillo.

Nuestro ex comisario vio el cielo abierto con la situación y decidió que su futuro estaba en alquilar sus servicios a los empresarios para hacerles los trabajitos que ni el ejército ni el somatén, al fin y al cabo cuerpos impregnados de legalidad, podían hacer. Ni corto ni perezoso, montó unas oficinas en el número 17 de la calle Septembrina. El personal de Brabo se organizaba en grupos de diez, que operaban de espías y soplones al mando de un delincuente muy peligroso: Antoni Soler, a quien todos apodaban El Mallorquín.

Pronto, a Brabo le llegó negocio. Le solicitaron la cabeza del dirigente sindical de la construcción Pedro Massoni. Brabo pidió 3.000 pesetas por cargárselo, y su oferta fue aceptada. La cosa era, una vez terminada la huelga por la vía dura, ablandar a los peones y albañiles para que no se soliviantasen ante las putadas de sus patronos.

El 23 de abril, El Mallorquín y sus secuaces Luis Fernández y Octavio Muñoz, AKA El Argentino, se presentaron en casa de Massoni pretendiendo ser policías que se lo tenían que llevar a la comisaría. Aunque a donde lo llevaron fue hacia a Epifanio Casas, que estaba en la calle esperando pistola en mano para cargárselo. Casas, en efecto, disparó a Massoni, aunque tan precipitadamente que no lo mató. Aunque el herido ya nunca quedó bien.

A las pocas horas del atentado, un importante empresario barcelonés, Jaume Agustí, casaba a su hijo. La boda se celebró en la más estricta intimidad… ¡y a las seis de la mañana! Esto os puede dar una idea de lo acojonado que iba el personal con la posibilidad de que hubiese represalias. Eso, claro, aparte del regalito de que, además de casarte, tengas que madrugar tanto… Por las noches, en efecto, había disparos y otras asonadas cerca de las casas de los grandes burgueses. El Conde de Godó, propietario de La Vanguardia y que hoy es especialmente conocido por las jóvenes generaciones de españoles y catalanes aficionados al tenis, se hizo famoso por su desprecio olímpico del peligro; desprecio que tenía que ver con que estaba sordo como una tapia y no oía los tiros cuando se producían cerca de su casa.

Estas escaramuzas y algunas otras, como el intento sindicalista, fallido, de matar a un capataz el 8 de mayo, parece llevaron a algunos de los empresarios a intentar pactar y llegar a acuerdos. Sin embargo, la producción de otros atentados pronto lo dificultó.

El verano de aquel año se consumió en un extraño toma y daca. Por un lado, se producían avances en los pactos, como ocurrió con las negociaciones en el textil. Pero, por otro, seguían los atentados, como el del ebanista Felipe Serrano (cuyo asesinato siempre fue negado por los sindicalistas y es probable que se debiese a alguna diferencia con su socio) o el contratista Segimon Obradors. No obstante, la situación no se tensaba más porque una de las partes, la patronal, se sentía fuerte y cómoda: el ejército les protegía, los conservadores de Maura habían ganado las elecciones nacionales y esa victoria había supuesto que, en Cataluña, ganase la Lliga Regionalista, o sea lo patronos. Miel sobre hojuelas.

El único problema eran las negociaciones del ramo textil. ¿Por qué? Pues porque iban de coña. Quedaba aún el acuerdo en materia de jornada, pero todo parecía avanzar. En estas circunstancias, algunos patronos decidieron echar mano de Míster Peace Demolition, o sea Brabo Portillo, al que propusieron una operación a fondo contra la CNT. A cambio de 25.000 pesetas, Brabo elaboró una lista negra con siete sindicalistas a los que se iba a cargar. De estos siete, nunca se ha sabido el nombre de cinco de ellos.

Pau Sabater, a quien todos llamaban El Tero, ocupaba el 17 de julio la presidencia de la comisión negociadora del ramo del agua; el otro gran ramo productivo de Barcelona que estaba, como el textil, a piques de conseguir algún acuerdo. Al final de la tarde, caminaba por el barrio populoso de Sant Martí de Provençals, en cuya calle Dos de Mayo, número 274, vivía; muy cerquita de una fábrica de cerveza llamada La Bohemia.

A la una de la noche, dos coches aparcaron delante de la factoría y cuatro tipos se dirigieron al portal donde vivía Sabater. Allí, delante de un montón de vecinos que tomaban el fresco delante de las puertas de sus casas, los hombres de Brabo repitieron la tramoya que ya hemos visto en el caso de Massoni, esto es somos policías, tiene que venir con nosotros, y tal. Le ataron las manos a la espalda, lo metieron en uno de los coches, entre el conductor y el copiloto y, sin siquiera encender los faros, tiraron, no hacia el centro de Barcelona, que habría sido lo lógico de ser policías; sino hacia las afueras, hacia el Camp de l’Arpa, que entonces era una verdadera campa. Tras un forcejeo importante que la autopsia reveló, lo sacaron del coche y, en una riera, le dispararon seis tiros, dos de ellos mortales.

Al día siguiente, José Castillo, antiguo miembro del comité nacional de la CNT, se afeitaba en una barbería de Sants, su barrio. Brabo, al saberlo, le encargó a Epifanio Casas, el asesino de Massoni, que se lo cargase. Pero Casas se negó. Tenía problemas morales y, sobre todo, no quería cargar con dos asesinatos. Brabo, al parecer, le convenció a hostias. Casas fue a la barbería y, como en las mejores películas de gangsters, descargó un cargador entero en el cuerpo del sindicalista.

El domingo por la mañana, Josefa Ros, quien aún creía que los sicarios eran policías de verdad y que su marido estaba detenido, leyó en el periódico que en el Camp de l’Arpa había aparecido el cadáver de un hombre corpulento.

Conforme Barcelona fue sabiendo, aquel domingo, de la repugnante muerte de El Tero, el ambiente se calentó más y más entre los obreros. Salvador Seguí tuvo que hacer grandes esfuerzos para contenerlos; con esa inteligencia estratégica de la que iba sobrado, el líder sindicalista comprendió que eso, que los obreros saltasen ahora, era precisamente lo que los burgueses querían. No obstante, no podían quedarse de brazos cruzados, pero en su haber debe anotarse el hecho de que la solución que buscaran fuese posibilista y, sobre todo, legal: escribirle una carta al Parlamento de Madrid. Tenían esperanzas de ser oídos porque acababa de caer el gobierno Maura y en el nuevo gobierno, presidido por Sánchez de Toca, ocupaba la cartera de trabajo un ministro, Manuel de Burgos y Mazo, de quien se decía era partidario de acabar con todo enfrentamiento social. La carta y sus expresiones de deseos de paz fue firmada por los pesos pesados del movimiento: Salvador Seguí, Ángel Pestaña, Simó Piera.

En todo caso, Brabo consiguió lo que buscaba. Las negociaciones en el textil comenzaron a ir de mal en peor, a causa de un cambio radical en la actitud de los obreros. En agosto, se daba por fracasada, lo que dio paso a un nuevo rosario de huelgas y de cierres patronales.

La lectura de la carta de los sindicalistas en el Parlamento vino, además, a coincidir con un hecho más. Gracias a los desvelos de un joven abogado republicano, Jesús Ulled, y sus investigaciones a partir de las confidencias de un tal Ramón García, vigilante que era vecino de Luis Fernández, uno de los cuatro matones de Brabo, éste pudo ser detenido y conminado a confesar el crimen de Pau Sabater. Dado que el estado de guerra seguía vigente, en Barcelona seguía existiendo censura de prensa (no así en Madrid), motivo por el cual muchas de las noticias sobre esta investigación fueron distribuidas por Radio Macuto. Lo cual no es buena cosa, porque se decían algunas que incitaban los ánimos: la más gorda, que en el asesinato de Sabater habían participado policías de servicio.

El calentamiento de cascos que provocaron estos rumores acabaron por convencer a Burgos y Mazo de que había que hacer algo. Así se lo exigió al gobernador civil de Barcelona, el marqués de Retortillo; el cual, probablemente recordando lo que le había pasado a su antecesor por tratar de hacer algo, respondió dimitiendo. Entonces Burgos y Mazo nombró a Julio Amado, un político bienintencionado cuyas primeras medidas, según quería, iban a ser la creación de una especie de foro de diálogo entre patronos y obreros y la legalización de la CNT. Aunque había una medida más, mucho más necesaria.

Burgos y Mazo planteó que había que sacar a Brabo Portillo de Barcelona. Pero los patronos dijeron: no. Será un cabrón, pero es nuestro cabrón.

Julio Amado llegó a Barcelona el 20 de agosto de 1919, con más de 15.000 sindicalistas presos y huidos, 60.000 obreros parados y huelgas continuadas que habían paralizado poblaciones enteras, como Manresa. ¿Lograría llevar adelante sus planes de conciliar a patronos y obreros?

Se admiten apuestas.