jueves, abril 26, 2007

No lo pillo

Juan José Ibarrexte, presidente del gobierno autonómico vasco o, como se dice en euskera, lehendakari, prepara estos días el setenta aniversario del bombardeo de Guernica. Es ésta una población de hondo significado para el nacionalismo vasco y está considerada como la receptora del primer bombardeo masivo de civiles planificado por la Alemania de Hitler, pues fue la temida Legión Cóndor la que realizó dicha razzia. Aunque sobre el bombardeo se han dicho algunas cosas que no parecen ser del todo ciertas (siempre se ha dicho, por ejemplo, que murió mucha gente porque era día de mercado, pero he leído por ahí que estaba suspendido), fue una acción horrenda y, sobre todo, bastante gratuita; bombardeando Guernica, los franquistas no le dieron ni la mitad de media vuelta a la guerra.

Lo que no acabo de entender es la actitud del gobierno vasco el cual, según leo en la prensa, quiere que el gobierno actual pida perdón por esa acción. Según la curiosa lógica filosófica de Ibarrexte, si el gobierno democrático alemán ya admitió en su día que aquel bombardeo estuvo muy mal hecho, lo mismo debería hacer el gobierno español actual. El argumento, según reproduzco de la prensa, es éste: «el actual Gobierno y el Parlamento español son herederos de aquel gobierno legítimo de la República, truncado por el alzamiento de Franco. Tienen, por tanto, toda la legitimidad democrática para condenar la dictadura franquista y para pedir perdón por todos los crímenes cometidos en nombre de España. Un gesto y un reconocimiento que se nos debe a Gernika y a Euskadi y, también, a la propia sociedad española».

Para empezar, eso de las herencias tiene mucha miga. La democracia actual es heredera de sí misma, en primer lugar, y de algunos elementos, no todos, de la última República de nuestra Historia (de momento). Pero, en fin, esa, en el fondo, es una historia. Aceptemos barco como animal acuático.

Pero es que, una vez hecho esto, nos encontramos con que, si los gobernantes actuales son los herederos de la República, entonces son los herederos de quienes, literalmente, fueron bombardeados por la Legión Cóndor. Pero, si es así, ¿por qué tienen que pedir perdón? O sea, un chuloputas me para un día por la calle y me arrea una hostia que me cambia la cara; y, al correr de los años, ¿yo tengo que pedir perdón por su afrenta?

El gobierno actual, o más bien el Estado democrático (pues el gobierno no es sino la expresión coyuntural de dicho Estado), tienen derecho, yo diría que la obligación histórica, de señalar, cuantas veces haga falta, el oprobio de Guernica. Pero no tienen que perdirle perdón a nadie, ni vasco ni moluqueño. Por la simple razón de que ni ellos ni aquéllos que de los que se dicen o les dicen herederos tuvieron nada que ver en el daño que se denuncia; es más, podríase decir que trabajaban en contra de dicho daño.

Al correr del tiempo, por cierto, acabará cumpliéndose también el 70 aniversario del acuerdo entre las milicias vascas y las italianas profanquistas en Santoña. Pacto del que algunos autores de la época, como Julián Zugazagoitia, escriben con prístino desprecio. No sabemos si ese día alguien pedirá perdón.

miércoles, abril 25, 2007

El día que un compostelano quiso matar a la reina

La Historia es la principal fábrica de mitos que tiene el hombre. Los hechos pasados y relevantes, recordados por las generaciones venideras, suelen generar mitos, mártires y conceptos que enraizan muy poderosamente en nuestras conciencias. Hay hechos, por lo demás, que todo el mundo recuerda, dado su carácter singular. Los magnicidios, por ejemplo. Cuando alguien atenta contra un rey o un primer ministro, esto es algo que se tiende a recordar. Ya hemos hablado aquí de magnicidios como el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco o el del primer ministro José Canalejas. Y hablaremos de algunos más, porque la Historia de España es más fecunda en magnicidios de lo que parece. Hoy, sin embargo, voy a hablaros de uno que me atrevería a apostar a que pocos de vosotros conocéis. Incluso aquellos de vosotros que sois paisanos míos, es decir gallegos. Incluso aquéllos de éstos que, además de gallegos, se sientan nacionalistas. En este último caso, además, vuestra ignorancia tiene poco perdón.

Hoy hablaremos del día que un tipo de Compostela intentó volarle la cabeza a la reina Isabel II.

Lo que voy a relatar ocurrió un 4 de mayo de 1847; pero antes, para que nos entendamos, tengo que contar algunas cosas, hablar de alguna gente. Por ejemplo, del general Solís y de Antolín Faraldo.

Los que leáis esto y no os hayáis criado en Galicia es posible que no tengáis ni idea de quién fue Antolín Faraldo. Sin embargo, Faraldo, para los gallegos, es un símbolo; especialmente para los gallegos de índole más progresista y nacionalista. Faraldo fue un activo y más que pulcro escritor y periodista que ocupó plaza en el intensísimo progresismo gallego de la primera mitad del siglo XIX. Por progresismo debemos entender aquella vertiente política liberal nacida de los tiempos de la Constitución de Cádiz que durante todo el reinado de Fernando VII luchó, con escaso éxito, contra los moderados partidarios del absolutismo por tener el poder en España. Los progresistas eran, pues, liberales, no pocos de ellos de tendencia republicana y, en Galicia, no pocos de ellos de ideas que hoy calificaríamos de nacionalistas. El nacionalismo gallego se apoyó desde muy pronto en dos grandes pilares: el progresismo político y la consideración de una deuda histórica de España con Galicia. La hoy considerada primera generación de galleguistas está formada por este grupo de agitadores de la pluma: Eduardo Chao, Augusto Ulloa, José Rúa Figueroa, Antonio Romero Ortiz, Antonio Neira de Mosquera y, por supuesto, Antolín Faraldo.

Escribió Rúa Figueroa:

Vuelve a esa Irlanda ignota y despreciada
en que el vulgo español, siempre ignorante,
ver cree en su cerviz no domeñada
de servidumbre el sello vergonzante.

Será una de las señas de identidad del protonacionalismo gallego: la identificación de Galicia como la Irlanda de España, esto es el territorio sometido contra su voluntad y sumido en la pobreza. En aquellos años, los niños mueren de hambre a docenas en Irlanda; Irlanda juega, para los españoles decimonónicos, el papel mental que hoy juegan los países africanos.

No obstante, es mi opinión particular, y por lo tanto intransferible, que en los tiempos presentes el papel real del nacionalismo en el progresismo gallego está sobrevalorado. Para mí, aquellos progresistas gallegos lo eran todo, pero más lo primero que lo segundo.

Estamos el 2 de abril de 1846, en la ciudad de Lugo; ésa a la que debéis ir si lo que queréis es comer. La reina está aún asentándose, tanto que hasta es, aún, soltera (casó el 10 de octubre de aquel año). Su padre, el rey Fernando, había muerto en 1833, debiendo realizarse una regencia por ser la reina niña, que recayó en Baldomero Espartero. Esto supuso el desarrollo de una serie de gobiernos progresistas que, sin embargo, terminó con la regencia, pues en 1843 la reina, dueña ya de sus destinos, se ha decidido por Narváez, el prohombre de las derechas moderadas.

Narváez era un personaje muy amigo del orden. Demasiado, incluso. No dudó en reprimir a sus enemigos políticos cuando pudo y, por lo tanto, sus periodos de gobierno fueron siempre un acicate para ese enfrentamiento básico entre liberalismo y conservadurismo en que se consumió el siglo XIX español. Pero, además de reprimir, en aquellos años Narváez había hecho otra cosa que le había generado bastantes problemas: reformar el sistema fiscal.

El 23 de mayo de 1845 se publicó la primera ley que implanta en España un sistema tributario moderno; una reforma que conocemos por el nombre de su impulsor, Alejandro Mon. La reforma de Mon era necesaria porque el sistema tributario español era un cachondeo sin base técnica y hacía falta modernizarlo. Esta modernización, sin embargo, no fue fácil. A despecho de que algún día deberemos hablar más en profundo de la reforma de Mon, me limitaré a explicaros aquí que la piedra angular de su reforma fue la creación de la contribución territorial, que gravaba la posesión de inmuebles, cultivos y ganadería. Esta reforma tributaria supuso incrementar las cargas en muchos lugares, no sólo de Galicia, sino de España entera. Funcionaba por el sistema de cupo, esto es: el Estado definía lo que necesitaba ingresar y la distribución entre provincias de dichos ingresos. A partir de ahí, las Diputaciones Provinciales distribuían los pagos entre municipios, y los ayuntamientos entre los vecinos.

Se trató de una reforma centralizadora, de corte francés, lo cual quiere decir que, con la excepción básica de los fueros vascos y navarros, acabó con toda una telaraña de privilegios y exenciones de pago que diversos lugares habían acumulado a lo largo de los siglos. En suma: como toda reforma tributaria seria, hizo pagar a muchos que hasta entonces no pagaban.

El 2 de abril de 1846, se alza en armas en Lugo el comandante Miguel de Solís y Cuetos, en un golpe de Estado en toda regla. Pero el grito de Solís no será Galiza ceibe (Galicia libre) ni nada que se le parezca. Solís se alza en armas con el eslogan: «Viva la libertad, viva la Reina libre y constitucional, abajo la camarilla y el dictador Narváez y abajo el sistema tributario». Lo que se dice un pronunciamiento liberal y constitucionalista en toda regla. Amén de una movida por las pelas.

El golpe de Estado tuvo un éxito inmediato en Galicia, lo cual revela la existencia de un sentimiento progresista muy exaltado en la región. El día 5 se une la guarnición de Santiago de Compostela, el día 9 la de Buceta (Pontevedra), y luego siguen Rubín cerca de Vigo, Baiona, O Morrazo, Redondela, Tui, Muros, Noia, Poboa do Caramiñal, Vilagarcía, Ribeira, Padrón y Cangas. En un movimiento con claras reminiscencias de la guerra de independencia, los alzados se apresuran a crear una Xunta Superior de Goberno de Galicia; ya he dicho que no es éste un movimiento nuevo pues así reaccionó décadas antes el país contra el francés, creando diversas juntas revolucionarias.

En ese punto, el ejército de Narváez, comandado por el general De la Concha y notabilísimamente superior a las fuerzas gallegas, se mueve ya hacia Galicia con la intención de sofocar el levantamiento. En parte por eso, es decir porque los alzados ya saben entonces que su pronunciamiento se ha limitado a Galicia, en parte porque sus sentimientos nacionalistas son sinceros, es cuando la revolución vira más claramente hacia la reivindicación nacional. La ágil pluma de Faraldo se quejará de que Galicia se ha convertido en «una colonia de la Corte»; las quejas sobre el ninguneo de Madrid hacia Galicia son constantes en el nacionalismo gallego, y tienen una gran base de razón. Quien piense lo contrario, que se pare a averiguar en qué año tuvo su región conexión por autovía y en qué año la tuvo Galicia; o para cuándo se dice (se dice) que llegará la alta velocidad a la catedral.

Este sentimiento de deuda histórica hará escribir a Faraldo, en la proclama de la Xunta de Goberno, que Galicia debe conquistar «a influéncia de que é merecente, colocando-se no alto lugar a que está chamado o antigo reino dos Suevos». La apelación a la grandeza de los tiempos del rey Reckiario es otra de las constantes del nacionalismo gallego.

La cosa no salió bien. Galicia se quejaba de que era una puta mierda, y es que lo era. Por lo menos, militarmente. De la Concha entró en la región con no demasiados problemas y las tropas alzadas debieron recular. La batalla decisiva se planteó en Cacheiras, en las inmediaciones de la hoy capital de Galicia. Los ejércitos gallegos fueron aplastados, yo diría que con bastante facilidad, y se refugiaron dentro de la ciudad, donde, según algunos testimonios, se vivió un ambiente un poco en plan Comuna de París, con el personal levantando barricadas en las calles mientras oradores improvisados arengaban a las masas liberales. Les sirvió de poco porque De la Concha les encendió el pelo.

En uno de los edificios más bonitos de Santiago, San Martín Pinario (a quien, vaya por Dios, el Word de Bill Gates se empeza en llamar San Martín Binario), Solís esperaba su destino. Allí fue prendido junto con su plana mayor. Se decidió su traslado a La Coruña, para ser juzgado.

En mis lecturas, cuando menos de momento, no he conseguido aclararme las ideas sobre lo que pasó entonces. Se dice que en las ciudades de Galicia los alzados tenían muchos, muchísimos partidarios (lo que he contado de la gente montando barricadas en Santiago así parece demostrarlo). Así pues, es probable que los carceleros de Solís y compañía tuviesen miedo de llegar a alguna ciudad donde los rebeldes pudieran ser liberados por la gente. Sea por esto, sea porque así lo tenían pensado, lo cierto es que a medio camino y con nocturnidad, en un pueblecito llamado Carral, Solís y sus mandos fueron asesinados. Hubo una especie de consejo de guerra, apresurado, y luego doce fusilamientos. Esos doce muertos son conocidos como Los Mártires de Carral y no sé, la verdad, si se estudian hoy en las escuelas de Galicia. Pero a principios del siglo pasado, para los nacionalistas gallegos eran un mito de gran fuerza.

En fin. Volvemos al 4 de mayo de 1847. La reina está en un momento tan dulce que cuando sale a la calle, el pueblo de Madrid la rodea y vitorea, tanto que hasta le obligan a rogar que la dejen un poco en paz. Sin embargo, ese día, Isabel II regresa a palacio demudada, sin color en la faz y algo temblona. Se sienta en una silla, suspira y luego dice:

‑Me han querido asesinar. Me han disparado dos tiros. Yo he sentido que me pasaba por la frente una cosa como si me quemara.

Y acto seguido se quita el sombrero, perfectamente agujereado por la trayectoria de una bala.

Lo creáis o no, poca gente se había dado cuenta. La reina iba por la calle como todas las reinas, acompañada de su séquito. Sin embargo, nadie parecía haberse dado cuenta de que le habían disparado. Ciertamente, este hecho se presta a chistecitos fáciles teniendo en cuenta que quien le disparó, luego lo veremos, era un gallego, o sea uno de esos que cuando está en una escalera blablabla. Pero eso os lo dejo a vosotros.

El atentado fue totalmente premeditado. La reina iba en un coche descubierto, acompañada de su suegro, el padre por lo tanto de Don Francisco de Asís, y de la infanta Pepita, hija de este. Remontó el paseo del Prado y fue a entrar en la Puerta del Sol. Entonces esa primera manzana de la calle Alcalá era más o menos como ahora: más bien estrecha, entonces más que lo que lo es hoy. Al llegar la calesa real al principio de la calle Alcalá se encontró una berlina parada justo ahí, impidiendo el paso. Por ello, el carruaje real hubo de aminorar la marcha, pararse prácticamente. Y fue entonces cuando se produjeron los disparos.

Lo policía no tuvo más que seguir la pista de aquella berlina que, oh casualidad, había quedado allí, tapando el paso de la reina. Descubrió que el vehículo había sido alquilado la misma tarde del suceso en una empresa llamada La Comodidad. Lo había alquilado un abogado y periodista compostelano, Ángel de la Riva, según él para dar un paseo con su mujer, de nombre María Urdiales.

Siguieron las pesquisas. En aquel entonces existía en la calle Almirante un lugar para practicar el tiro de pistola, y la policía descubrió que, en los días anteriores, De la Riva había estado practicando allí en compañía de personajes muy conocidos de aquel Madrid como Julián Romea y su hermano Florencio, o Nazario Carriquiri. Preguntados los testigos, todo el mundo se hizo lenguas de lo extraño de aquella práctica pues De la Riva nunca había aparecido por allí. Así pues, la policía registró el domicilio del gallego, en el número 13 de la calle Concepción Jerónima, y encontró allí dos pequeños revólveres, uno de ellos con evidentes signos de haber sido recientemente utilizado.

Blanco y en botella, pena de muerte.

De la Riva fue, efectivamente, condenado. Aunque la sentencia se le conmutó por otra de veinte años que poco después, el día del cumpleaños de la reina, se rebajó a cuatro años de destierro; pena de la que cumplió apenas treinta días, pues fue indultado.

¿Qué pasaba? Pues que la reina, ya antes del tiro, se estaba haciendo un poco liberal; así, pues, probablemente quiso perdonar esta afrenta, a pesar de que estuvo a piques de acabar con su vida.

Afortunadamente para los borbones, la puntería no es virtud común de todo gallego.

domingo, abril 22, 2007

El pistolerismo (I): La huelga de La Canadiense

Con este texto inicio hoy una serie de varios que iré salpimentando con otras historias y que no sé, en realidad, cuántos van a ser. Pretendo relataros, sin hacerme pesado a ser posible, uno de los periodos de la Historia reciente de España más impresionantes, a la par que olvidado. En puridad, si lo que ocurrió en España en el espacio de apenas cuatro o cinco años hubiera ocurrido en Estados Unidos, hoy todos podríamos contar que alguna vez hemos visto una película sobre el tema, y los principales protagonistas de los hechos se nos vendrían a la memoria con el rostro de actores de primerísimo nivel.

España, sin embargo, parece más bien haber optado por olvidar los años del pistolerismo. Años en los que las calles de una ciudad, en este caso Barcelona, se asemejaron a las de Chicago o Nueva York muy poco tiempo después o, incluso, las superaron. Al contrario que en el caso de la Mafia, sin embargo, el pistolerismo español tuvo otro origen que no tiene demasiado que ver con el crimen organizado, aunque nunca sabremos, en realidad, hasta qué punto las matanzas de empresarios y de obreros no escondieron la labor de personas sanguinarias, poco interesadas en los orígenes de la violencia y sí en la violencia como tal.

Sea como sea, es totalmente indudable que el pistolerismo tiene un origen político. Es hijo de las ideas anarquistas y del supremo egoísmo de no pocos empresarios de Barcelona, familias de honda raigambre y apellido famoso poco dadas a la llegada del progreso. En ambos lados, la defensa de los derechos obreros y la de los privilegios patronales, siempre han existido miembros decididamente no violentos. Pero no fue ése el caso de la Barcelona de finales de la segunda década del siglo XX. Como ha señalado Frederic Escofet, que llegaría en los tiempos de la República a ser el responsable de orden público del presidente Companys, Barcelona, a principios de siglo, era la población española más accesible desde Europa y, al tiempo, tenía una honda tradición de lenidad en la persecución del crimen. Los policías en Barcelona eran pocos, estaban mal preparados y mucho menos aún para enfrentarse a un entorno de terrorismo generalizado. Esto hizo de Barcelona el Sangri-la de todos los delincuentes del continente, que fueron a caer en una olla hirviendo.

La olla hervía, en efecto, desde varios años atrás. El anarquismo español siempre estuvo impregnado de una suerte de humanismo individualista; muchos anarquistas no bebían ni fumaban ni comían carne, prácticas muy modernas como sabemos, porque consideraban que los vicios esclavizaban al hombre. Los valores de la solidaridad y de la generosidad eran ampliamente propugnados. Pero, al mismo tiempo, junto a este anarquismo filosófico creció el político y sindicalista, el bakuninismo que se planteaba la necesidad de ir más allá del individuo y la necesidad de acabar con las estructuras estatales. No pocos anarquismos sostenían la necesidad de usar cualesquiera herramientas para conseguir esta victoria, incluida la violencia terrorista. Así las cosas, anarquistas son los grandes asesinos y aspirantes a asesinos de finales de nuestro siglo XIX y principios del XX, entre ellos Mateo Morral, quien se atrevió incluso a lanzar una bomba a los pies de un rey que iba a casarse.

El bautismo de fuego revolucionario el anarquismo español fue la Semana Trágica de Barcelona; que fue, desde luego, reprimida, pero que aportó algo muy importante para toda revolución: un mártir, en la persona de Francisco Ferrer Guardia, así como la convicción de un poderío movilizador. La Semana Trágica enseñó a los anarquistas que los obreros catalanes, por así decirlo, les pertenecían. Por muchos intentos que hizo la socialista, entonces marxista, UGT, por penetrar en ese mercado, por así decirlo, no lo conseguiría hasta que, en 1937, la CNT fuese abatida tras esa pequeña guerra civil dentro de la guerra civil que fue la represión de anarquistas y POUM en Cataluña. A mediados de la segunda década del siglo XX nació la Confederación Nacional del Trabajo. No tardaría en levantarse el telón.

A pesar de que la Semana Trágica había sido un importante aviso para navegantes de que algo pasaba en el proletariado barcelonés, no hubo grandes cambios en la actitud de los patronos. En 1917, sin embargo, algo ayudó para que la pasión obrera cambiase y se pusiese al rojo vivo: la revolución rusa que, sobre todo en su primer estadio, estaba lejos de parecer el movimiento de pura raíz marxista que luego fue. En agosto de 1917, el día 13, hubo disturbios en Barcelona, disturbios que fueron conocidos en su época como la Semana Cómica, lo cual lo dice todo de las diferencias de intensidad que registraron sobre los de 1909. Aquel fracaso espoleó al anarquismo más radical, que llegó a la conclusión de que no había más salida que la rusa, esto es la insurrección armada. El 7 de octubre de aquel mismo año, en el Clot, una barriada entonces muy popular de Barcelona, dos personas mataron al industrial Joan Tapias. Y, en los siguientes días, mataron a seis empresarios más. Había empezado la tangana.

Según Ángel Pestaña, un líder anarquista que podríamos considerar moderado, la CNT propiamente dicha deploró los atentados y desechó hacer hilo con esa estrategia terrorista. Pero lo cierto es que hubo grupos de obreros que, ante el ejemplo, decidieron contratar pistoleros para que se cargasen a los malos patronos. Pero es que, además, los empresarios no se quedaron quietos. Decididos a responder al hierro con hierro, los empresarios forzaron el nombramiento al frente de la policía de uno de los personajes más siniestros de esta historia: el comisario Manuel Brabo Portillo. Brabo, además de funcionario de policía, era un auténtico mercenario sin escrúpulos que llevaba ya bastante tiempo alquilando su pistola, su gatillo y el dedo que lo presionaba a los alemanes. Desde el comienzo de la primera guerra mundial, en 1914, y dado que España había permanecido neutral, Barcelona y su sector industrial se habían convertido en escenario de los más sucios sabotajes y movidas. Según se ha publicado, Brabo había matado personalmente a un ingeniero, Josep Albert Barret, que trabajaba en una empresa que estaba fabricando para los franceses (enemigos de los alemanes). Claro que quien a hierro mata, a hierro muere: el espionaje francés acabó reuniendo pruebas de que Brabo pasaba información a los alemanes de los barcos que salían de Barcelona cargados de suministros para los aliados, de forma que pudieran torpedearlos. Brabo fue encausado y apartado del servicio. La separación de Brabo, sin embargo, no detuvo los incidentes y los atentados.

De todas formas, la situación era susceptible de empeorar, y empeoró. El fin de la guerra, el 11 de noviembre de 1918, fue una tragedia para la fragilísima paz social barcelonesa, por llamarla de alguna manera. Hasta ese momento los empresarios, y sobre todo los catalanistas englobados en la Lliga Regionalista de Françesc Cambó, habían contemporizado con los obreros, dado que nadaban en pedidos y querían cualquier cosa menos huelgas. Con el fin de la prosperidad, sin embargo, ese interés, simplemente, desapareció.

El 16 de enero de 1919, tras unos incidentes entre nacionalistas y españolistas durante una representación de teatro, el gobernador civil de Barcelona, Carlos González Rothwos, suspendió las garantías constitucionales en la provincia. En pocas horas, la policía hizo una redada monstruo, detuvo a decenas de cenetistas y los metió en la cárcel Modelo. Con esas detenciones, tanto el gobierno de Madrid como la burguesía catalana se situaron en un punto de no retorno. De poco sirvió la entrevista clandestina ofrecida por Cambó a Pestaña en casa del arquitecto Puig i Cadafalch (uno de los grandes del modernismo catalán, autor, entre otras, de la bellísima Casa Ametller); de todas maneras, Cambó no se presentó, dejando claro que le preocupaba llevarse bien con la CNT, pero no la respetaba demasiado.

Así las cosas, sólo era cuestión de tiempo que los obreros mostrasen su poder. Y ese momento llegó en 1919, con la archifamosa, entonces, huelga de La Canadiense.

La Canadiense era la Barcelona Traction Light & Power, una empresa fundada por un banco de Toronto; de ahí el mote. Su fundador, Fred Stark Pearson, falleció durante la guerra mundial cuando su trasatlántico, el Lusitania, fue hundido por un submarino alemán. En ese momento, se produjo una situación parecida a la que hemos vivido recientemente con Endesa: dos grupos, Heidamann y Sofima, pelearon por quedarse con la empresa; sólo que su pelea consistió, no, como en Endesa, en elevar lo más posible el precio de la acción, sino en todo lo contrario, en tumbarlo. Qué mejor que una buena huelga para conseguirlo.

Por su parte, la conciencia obrera crecía en la empresa la cual, al parecer, pagaba de pena. En enero, ocho escribientes que reclamaron ser hechos fijos como otros trabajadores fueron despedidos por el director general, el inglés Fraser Lawton. En una típica reacción del sindicalismo anarquista, los 117 compañeros de los escribientes en el departamento de Administración fueron a la huelga. Y no lo hicieron como ahora, no. Los 117 se presentaron el 5 de febrero de 1919 en las oficinas centrales de la empresa, en la plaza de Cataluña, y se sentaron en su puesto. Pero, a una determinada hora, rompieron sus plumas, las tiraron al suelo y se marcharon.

A pesar de que González Rothwos, el gobernador, les prometió que todo se iba a arreglar, al volver al edificio los escribientes se encontraron con el comisario Francisco Martorell, sucesor de Brabo Portillo, quien les comunicó que estaban todos en la puta calle. La reacción en la empresa fue que otros departamentos comenzaron a declararse en huelga. Dos días después, los despedidos eran… ¡dos mil!

No fue hasta entonces que la CNT tomó el control del conflicto. El sindicato intentó negociar, pero Lawton contestó anunciando que quien no se presentase a trabajar en 24 horas estaba despedido. La CNT respondió cesando la lectura de contadores y la presentación de recibos, o sea, dejando a la Canadiense sin ingresos. Tan sólo un cobrador, Joaquim Baró, se negó a dejar de trabajar. Tres desconocidos le dispararon en la calle Calabria, en el Ensanche. Murió pocos días después.

Lawton ofreció 10.000 pesetas, un auténtico pastón de la época, por información sobre los asesinos de Baró. Pero nunca fueron delatados. Aquella firmeza parece que hizo reconsiderar las cosas a Lawton, que ofreció negociar. Sin embargo, el encuentro salió mal porque el inglés no aceptó que en el mismo se presentaran personas que no eran trabajadores de la Canadiense (un sindicalista de la CNT). Dado que no hubo acuerdo, los anarquistas pasaron a la segunda fase, consistente en dejar Barcelona sin luz.

El 21 de febrero de 1919, a las cuatro de la tarde, el fluido eléctrico de Barcelona se interrumpió. El día 23, ante la falta de respuesta, paró toda la energía eléctrica de Cataluña. Ese mismo día, a primera hora de la tarde, se reunieron las principales familias de Barcelona con los responsables del orden público, entre los cuales se encontraba el nuevo gobernador militar, Severiano Martínez Anido, quien con el tiempo acabaría siendo todo un símbolo de la represión obrera de aquellos años. Se podría pensar que se reunían para ver de arreglar las cosas. Lejos de ello, aceptaron la propuesta de los militares: incautarse de la Canadiense.

Dicho y hecho. El día 24, el cuarto regimiento de zapadores tomó las instalaciones de La Canadiense y Barcelona volvió a tener luz. No obstante, es claro que no es lo mismo un militar ocupando un puesto de trabajo que un trabajador trabajando. Por mucho que lo intentaron, los militares no consiguieron mantener el servicio en regla; las averías, y muy probablemente los sabotajes de los sindicalistas, fueron muchos. Además, los sindicatos no se iban a quedar quietos: el día 26 se sumaron a la huelga las empresas del gas y del agua, dejando Barcelona en una situación casi medieval. La organización de los sindicalistas era tan perfecta que incluso un dirigente del sindicato de artes gráficas, Salvador Caracena, instauró una muy eficiente censura de prensa: puesto que el personal que hacía los periódicos era anarquista, los periódicos sólo publicarían lo que ellos quisieran.

El 5 de marzo, todos los trabajadores del sector eléctrico entre 21 y 38 años fueron movilizados, militarizados. Eso sí, el bando declarando la movilización no se pudo publicar porque la censura paralela anarquista lo impidió, salvo en un periódico, el Diario de Barcelona, más conocido en su ciudad como El Brusi, no sé muy bien por qué, que fue multado por los sindicalistas (y pagó, por cierto).

El día 7 de marzo, los trabajadores movilizados se presentaron en las cajas de reclutas, pero se negaron ir a los destinos que se les marcaban. La reacción del gobierno militar fue encarcelarlos en el castillo de Montjuich. Llegaron a meter a 3.000 personas.

Tan enconadas estaban las cosas que las soluciones intermedias eran ya poco menos que imposibles. De hecho, la CNT estaba para entonces preparando una huelga total, y lo curioso es que los empresarios estaban haciendo lo mismo: era el famoso lock out, la reacción por la cual los empresarios cerraban sus negocios, como un solo hombre, buscando que los obreros que seguían trabajando no pudieran contribuir a cajas de resistencia para los que estaban en huelga. El día 13 de marzo se declaró el estado de guerra en Barcelona, y las tropas tomaron la ciudad. Sin embargo, desde Madrid se preparó una estrategia de moderación, a través del nuevo gobernador civil de la provincia, Carlos Montañés, un ingeniero apolítico que había tenido relación con La Canadiense. Montañés obligó a las partes a reunirse, reunión en la que los sindicatos pidieron la readmisión de los despedidos y jornada de ocho horas. El escollo eran las readmisiones, pues Lawton se negaba a que fuesen en bloque. El inglés, sin embargo, fue presionado y, a las nueve de la noche, firmaba un acuerdo con los trabajadores; la huelga había terminado, gracias, entre otros, a empujoncitos como el del líder ugetista Largo Caballero, quien desde Madrid amenazaba con una huelga general en toda España si la cosa no se resolvía esa misma noche.

El final de la huelga de La Canadiense, sin embargo, supuso dejar compuestos y sin sus respectivas venganzas a las tendencias más radicales de ambos lados, trabajadores y empresarios. Ninguna de las dos partes estaba dispuesta a renunciar a sus objetivos desestabilizadores.

Los empresarios recibieron un importante espaldarazo desde Madrid, con la decisión del jefe de Gobierno, Romanones, de regular y poner bajo la jurisdicción militar al somatén. El somatén era una especie de milicia cívica de orden que funcionaba en la Cataluña rural, pero ahora fue convertida en una fuerza del orden paralela en Barcelona, puesta además a las órdenes de uno de los dirigentes empresariales más proclive a la violencia, Josep Beltrán i Musitu, integrado en la Lliga de Cambó. Claro que Beltrán no tenía mucha idea de montar mafias asesinas, así pues tuvo que buscar alguien que supiese de la cosa.

Llamó a Brabo Portillo. ¿O realmente os esperabais que fuera a desaparecer tan fácilmente de nuestra historia?

El último acto de la huelga de La Canadiense es el mitin de la plaza de toros de Las Arenas, un acto en el que hace aparición otro personaje fundamental de esta historia: el activista obrero Salvador Seguí, el Noi del Sucre. Seguí, ya lo veréis en sucesivos posts, fue, junto con Pestaña, el más posibilista de los anarcosindicalistas; el menos empeñado en hacer la revolución y más interesado en mejorar las condiciones de vida de los obreros. Al final de la huelga de La Canadiense, Seguí tuvo que enfrentarse al hecho de que la mayoría de los dirigentes sindicalistas estaban presos; por fuertes que fuesen las promesas de Montañés en el sentido de que serían prontamente liberados, esa situación era oro molido para los más radicales anarquistas.

Por esta razón, se convocó un mitin en la plaza de toros al que acudieron unas 50.000 personas. Brutal. Desde el principio, la exposición del acuerdo se encontró con la oposición de los más radicales, que querían petardearlo. Cuando se levantó Seguí, se hizo más o menos el silencio; así pues, aunque estamos aún en una época previa a lo micrófonos, casi todo el mundo pudo oírle expresar el centro de su forma de pensar: si ahora los obreros rompían el convenio, les dijo, nadie volvería a confiar en ellos. Como quiera que seguían las protestas, Seguí decidió dar un movimiento inesperado y temerario.

¿Voleu els presos? –gritó- ¡Doncs amen-los a buscar! (1)

Y su dedo señalaba al castillo de Montjuich.

Fue listo. Jugó con el cansancio de una huelga larga y dura, que se multiplica, además, cuando quien lo está sufriendo sabe que la solución es posible y está cerca. El público, finalmente, aplaudió unánimemente la firma del acuerdo. Seguí había ganado y la paz social también.

Por poco. Por muy poco tiempo. La huelga de La Canadiense había durado demasiado. Lo suficiente como para que dos fuerzas, los patronos paramilitares por un lado y los obreros ultrarradicales por el otro, llegaran a la conclusión de que podían ganar.

Y, cuando dos piensan que van a ganar, siempre hay pelea. Siempre.


(1) Así lo he copiado de la prensa en castellano