sábado, julio 21, 2007

Franco, 1; Falange, 0

Quienes no tienen el gusto o el deseo de explorar y conocer la Historia cometen muchos errores al juzgarla; y uno de los más comunes es la simplificación. La visión parcial o, por qué no decirlo, ignorante, suele adolecer siempre de simplismo, por medio del cual se tiende a convertir los hechos pasados en algo sustancialmente diferente de los presentes: creemos ver en nuestro tiempo contemporáneo algo que no se parece en nada a pasado, porque es mucho mejor. Esto ocurre, por ejemplo, con las tendencias políticas. Todos nosotros vivimos en un mundo donde las tendencias ideológicas son muchas, y tendemos a pensar que éste es un fenómeno relativamente moderno; pensamos en el mundo de hace siglos y lo vemos como un mundo donde poco menos que sólo había una forma de pensar.

Creer eso del hombre medieval es una injusticia. Pero, a menudo, ni siquiera hay que viajar mucho en el tiempo para encontrar este error. En España, sin ir más lejos, no son pocas las personas que ven eso mismo en el franquismo, un periodo que, históricamente hablando, ocurrió antesdeayer por la tarde.

Me gusta preguntar a las personas que conozco, de una forma más o menos sibilina, sobre el franquismo, para comprobar hasta qué punto esa visión está nítidamente bruñida en nuestro subconsciente. Tendemos a ver el franquismo como un movimiento político monolítico, formado por lo tanto por personas que se distanciaban unas de otras en su forma de pensar apenas unos milímetros. En realidad, sin embargo, el franquismo fue, en sus inicios, algo bastante variado, como siempre lo son los movimientos anti. De forma bastante parecida a la variedad que exhibía a principios de los años setenta el antifranquismo, dentro del cual cabían desde el maoísmo hasta la democracia cristiana, el franquismo fue, en 1936, una especie de antirrepublicanismo que englobó un importante abanico de fuerzas de corte conservador que llegaron a la defección respecto de la República a causa de la defensa de sus privilegios, ciertamente;pero también a causa de los problemas, sobre todo de orden público y de definición ideológica, en que la República se acabó sumiendo.

El franquismo, en mi particular modo de ver, pasó por tres etapas. Empezando por el final, la tercera y última fue su agonía, que comienza el día que Franco se convence de verdad de que le ha de suceder un príncipe y elige a uno que no tiene demasiadas ganas de mantener un esquema dictatorial; se desarrolla con el asesinato del almirante Carrero, destinado a ser el centinela del franquismo en el juancarlismo; y recibe la puntilla, lógicamente, con la muerte de Franco.

El periodo intermedio es el que podríamos denominar de franquismo puro, y va (siempre según mi opinión; libros tengo en mi biblioteca en los que respetables catedráticos y estudiosos o bien marcan otras etapas, o bien cambian las fechas) desde 1956/1957 hasta finales de los sesenta, cuando, como ya he dicho, fue proclamado otro Borbón más para ceñir la corona de España (y esto es metáfora pues España, que yo sepa, nunca ha tenido corona física, como ocurre en Inglaterra). Es el periodo más fecundo del franquismo y por eso, quizá, tendemos a identificarlo con la totalidad del periodo. Son los años del monolitismo de los partidarios de Franco, provocado por los hechos combinados de que el dictador reparte entre sus acólitos un montón de prebendas, cargos, licencias de importación y negocietes poco claros (algún día hablaremos, por ejemplo, de los de su propia hermana); y por la creciente oposición democrática, cada vez más visible, que obliga a los franquistas a cerrar filas.

¿Por qué digo que este periodo comienza en 1957? Pues porque entre 1939, final de la guerra civil, y 1957, España está, a mi modo de ver, lejos de ser un Estado ideológicamente monolítico. Y lo que ocurre en esos años, concretamente en 1956, es que la fuerza política que se creía llamada a nuclear el franquismo, la Falange, le juega su último órdago al general.

Dentro de un proceso impulsado por los franquistas más duchos en Derecho, que saben que un Estado debe dotarse de normas para su funcionamiento, en la década de los cincuenta se habla, y mucho, de dicha organización jurídica del Estado. Franco está empezando a escuchar los cantos de sirena de quienes estarán a su derecha durante los años sesenta, es decir la elite de altos funcionarios del Opus Dei, a los que, entre las muchísimas críticas que de ellos se pueden verter, hay que reconocerles sin embargo sus intentos denodados por hacer de España un país jurídicamente presentable por ahí fuera, lo cual supone construir el régimen de seudolibertades, en gran parte fachada cierto es, que se fue aprobando en los años sesenta.

El franquismo, sin embargo, es muy vario. En aquel entonces hay, por lo menos, dos grandes fuerzas más: el tradicionalismo carlista y el falangismo. Aunque habría que hablar de las fuerzas financieras, de los cedistas franquistas, de los monárquicos asimilados al régimen…; especialmente éstos últimos, que fueron mimados por Franco desde que, a finales de los años cuarenta, socialistas y monárquicos comenzaron a mantener contactos y a acercarse cada vez más y de hecho llegaron a un acuerdo, el llamado Pacto de San Juan de Luz, que intentaba acorralar al franquismo. La respuesta de Franco fue echar su caña en el río donde se bañaba Juan de Borbón, titular de los derechos dinásticos tras la muerte del inefable Alfonso XIII, y hay que reconocer que el señor príncipe mordió el anzuelo y, a cambio de fomentar la cercanía entre Franco y su joven hijo Juan Carlos, aceptó decir y, sobre todo, escribir cosas que a la luz de la Historia quedan pelín sonrojantes.

No obstante lo dicho, la gran pelea política dentro del franquismo se librará entre falangistas y tecnócratas. Entre fascistas y católicos ultramontanos. Entre políticos y economistas.

Entre aquéllos que terminaron por ser llamados tecnócratas y los carlistas/falangistas había una diferencia: éstos habían dado sangre por el franquismo. Mucha sangre. Por lo demás, Franco había llevado a cabo, desde que los aliados ganaran la segunda guerra mundial y dejase de molar ser fascista, una política progresiva de desdibujamiento de Falange como partido; porque a Franco no le gustaban los partidos políticos, ninguno de ellos. Tampoco el de José Antonio.

Poco a poco, de la chistera de Falange y el carlismo, Franco se iba sacando el conejo que llamó el Movimiento; expresión harto cachonda por su parte, pues pocas cosas se han visto más inmovilistas en nuestro pasado. Sin embargo, dentro del Movimiento, que controlaba dicho partido (cuyo Secretario General era ministro) y del único sindicato vertical, mandaba Falange. En realidad, el Movimiento se construyó desde Falange a base de meterle militantes de muy variado pelaje, hasta desvirtuar la formación. Pero éste fue un proceso que llevó su tiempo, así pues cuanto más nos acerquemos, en la observación, a los años de la guerra, más nos encontraremos una Falange, por así decirlo, auténtica (dicho sea sin intentar mediar en las actuales discusiones sobre qué Falange es la auténtica). En 1956, sin embargo, el secretario general del Movimiento, Arrese, ya podía, y con razón, quejarse de que sólo el 5% de los cargos importantes de España eran ostentados por falangistas. Y, en toda la Historia del franquismo encontramos unos 80 ministros de los que sólo siete u ocho juraron su cargo con el uniforme de Falange.

Tal vez por eso, algunos falangistas, no pocos de ellos muy jóvenes y radicalizados, comenzaron a sentir desafección, quizá no tanto respecto del régimen en sí, pero sí de sus decisiones. Franco celebró un referéndum de aquellos que hacía para que los españoles decidiesen si España debía ser un reino y, claro, lo ganó; momento a partir del cual quedó claro que, algún día, España volvería a tener un rey (en el extranjero se decía que Franco y Juan de Borbón habían pactado que el general se iría en 1964). Redefinir España como reino puso de los nervios a los falangistas, que nunca habían sido monárquicos. Así las cosas, en muchas centurias falangistas se acuñó la consigna ¡No queremos reyes idiotas!, frase que los camisas azules pronunciaban sin recatarse de dejar ver que, para ellos, rey e idiota eran palabras sinónimas en cualquier caso. En la misa-funeral por el alma de José Antonio Primo de Rivera celebrada el 19 de noviembre de 1955 en El Escorial se cantó la siguiente canción:

Que no queremos, ¡no!
reyes idiotas ¡no!
que no sepan gobernar.
Porque queremos, ¡sí!
implantaremos, ¡sí!
el Estado Sindical
¡Abajo el rey!

Durante ese acto, según algunos testimonios quizá exagerados (me explico: lo he leído en un libro contemporáneo de Ruedo Ibérico, y esta editorial del exilio tiene a veces cierta tendencia a exagerar hechos internos), no pocos falangistas arrojaron al suelo, con desprecio, sus boinas rojas. La boina roja era un elemento del uniforme oficial de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET de las JONS), el partido que había fundado Franco en plena guerra, básicamente fusionando a falangistas y carlistas. El uniforme también era fusionado: la camisa azul falangista y la boina carlista. A los falangistas de verdad, por lógica, no les gustaba la boina.

A Franco le vino Dios y a ver y le invitó a cañas con los sucesos de principios del 56, en los que, en el marco de unos enfrentamientos entre falangistas y estudiantes de izquierdas, un falangista, Miguel Álvarez, resultó gravemente herido de un tiro en la cabeza, del que al parecer nunca se ha recuperado totalmente (prometo un post sobre esto algún día). Los sucesos le sirvieron para poner orden en el falangismo y rebajar las ínfulas de aquellos revolucionarios de despacho (que, de todas formas, serían en los años siguientes convenientemente incentivados con carteras ministeriales, cargos con chófer y negocios a la sombra del Boletín Oficial). Por eso hay quien piensa, exageradamente me parece a mí, que, en el fondo, todo lo preparó él; por ahí se lee, de cuando en cuando, que alguien dice que si a Álvarez le disparó la propia policía para poder echarle la culpa a los falangistas. Yo siempre he defendido, y sigo defendiendo, que una actuación así no forma parte del estilo de Franco.

Pasados estos sucesos, esa Falange que ya empezaba a dejar de serlo le jugó el último órdago a Franco. En el marco de la elaboración de proyectos de ley para la vertebración del Estado, de la Secretaría General del Movimiento, que entonces ostentaba un falangista de pies a cabeza como el mentado José Luis Arrese, salió un borrador de Ley del Gobierno que no tiene desperdicio. Está íntegramente reproducido, por ejemplo, en las memorias del tecnócrata Laureano López-Rodó. Sucintamente, los proyectos de ley elaborados por Falange establecían un sistema en el que el parlamento, las Cortes, estaban más de adorno de lo que estuvieron, y el gobierno también, pues todos, todos, eran dependientes del juicio de un órgano de vigilancia formado, básicamente, por el falangismo recalcitrante. Órgano al que dichas leyes querían conceder incluso la prerrogativa, siquiera teórica, de remover al jefe del Estado (Franco) si se salía del guión. Y conste que este proyecto era el moderado; algunos de los falangistas más falangistas, como González Vicén, dimitieron durante las discusiones del borrador por considerarlo blando.

Los españoles, claro está, no se enteraron; pero, entre bambalinas del franquismo, hubo bofetadas como de aquí a China. Las memorias de López-Rodó reproducen una carta a Arrese del entonces presidente de las Cortes, el tradicionalista Esteban Bilbao, que no tiene desperdicio. La cosa más suave que le dice es que Falange quiere hacer de España un Estado como la Unión Soviética. Y no le faltaba razón, porque el esquema del proyecto de Falange se parecía mucho al de la URSS; un sistema en el que mandar, mandar, lo que se dice mandar, mandaba el partido único.

No obstante esa presión, había otro jugador en el tablero, bastante más poderoso. Y si Franco, ciertamente, tuvo la ocasión de ser torpe y políticamente ciego durante su vida (en los años sesenta cometería muchos errores de bulto), en aquellos meses de 1956-1957 se desempeñó con importantes dosis de maquiavelismo.

Primero, se dejó echar la bronca por la Iglesia. Los cardenales españoles fueron a verle al Pardo el 12 de diciembre de 1956, asustados con los proyectos de Falange. Protestaron ante Franco por la posible implantación de una dictadura de partido único. Curiosa inquietud ésta de la Iglesia, que temía una dictadura de partido pero, al parecer, no tenía nada que objetar a una dictadura personal. A Franco, en todo caso, tener a la Iglesia en contra de los proyectos de Falange le vino chupi lerendi. Una semana después el ministro de Justicia, el carlista Iturmendi, escribía: «El Estado (…) ha de representar a la nación entera, es decir, a todos los españoles, sin excepción, incluso a los que ya no están afiliados al Movimiento». Obviamente, para Iturmendi ese sin excepción no incluía a los exiliados; pero la cita valía para montar una especie de todos contra Falange dentro del franquismo. El más furibundo enemigo de los proyectos falangistas fue el almirante Luis Carrero Blanco, secretario de la Presidencia, con quien ya trabajaba, de mano derecha, un tal Laureano López-Rodó.

El 20 de julio de aquel 1957, Franco reorganiza el Movimiento, o sea FET y de las JONS, podándolo a fondo. Desaparecen o quedan desangeladas las delegaciones nacionales de: Educación, Obras Sociales, Ex Combatientes, Ex Cautivos, Justicia y Derecho, Información e Investigación y Sanidad. Muchos de éstos órganos eran usados por Falange para controlar la labor del gobierno de una forma paralela.

Y entonces llega el último estertor. El canto de cisne falangista.

Es 20 de noviembre de 1957 y, como siempre en dicho día, hace un importante relente en El Escorial. En tal fecha se celebra el aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante, el 20-N de 1936. Es, por lo tanto, la celebración del primer y más calificado mártir del franquismo.

Se celebra una misa en la basílica del monasterio de El Escorial, terminada la cual, Franco sale, cruza el patio de los Reyes, y llega a la explanada de la Lonja, amplia y diáfana como cualquiera que ha estado en El Escorial sabe, porque haber ido allí y no haber pisado la Lonja es como imposible.

La explanada está libre de público. A los civiles no se les permite estar en ella hasta la marcha de Franco, así pues todos esperan más allá del murete bajo que delimita la explanada. En ella lo que hay es un batallón del Ministerio del Ejército, en representación del mismo; así como la centuria XVI de Montañeros de Falange. Franco escucha el himno nacional (el mismo que el actual, también sin letra) y, mientras suena, pasa revista a ambas unidades, camino de su bello Rolls-Royce negro, desde el cual tantas veces nos saludó en verano a los galleguiños acompañado de La Collares.

El paso frente al batallón militar se produce sin novedad. No obstante, al llegar a la centuria falangista, pasa algo increíble. Los montañeros, en bloque, dan media vuelta y le dan la espalda a Franco, sin bajar en brazo, que todos tienen en alto. Este espectáculo se ofreció a los ojos no sólo del público que rodeaba la explanada, sino de todos los invitados a la misa funeral (lo cual incluye al cuerpo diplomático), pues el protocolo marcaba que el primero en dejar la iglesia debía de ser Franco, así pues todos los asistentes a la misa estaban en la puerta del monasterio, esperando que terminase el himno y la revista y se metiera en el coche.

Este gesto, que yo sepa, no tuvo continuación en la historia de la relación entre Franco y Falange. Nunca, hasta los años de la agonía, se volvió a producir otro acto de fiera y visible indisciplina pública y colectiva contra Franco (si exceptuamos las huelgas). Y, para cuando con la agonía del franquismo estas rebeliones comenzaron a resurgir, muchos de los falangistas otrora críticos y aún furibundos con Franco, se habían convertido en sus principales valedores.

¿Quién provocó esos incidentes y quién estaba detrás de ellos? Bueno, muchos de los falangistas de entonces viven aún, así pues son ellos, tal vez, quienes pueden explicarlo mejor que yo. En mi opinión, ese ambiente estaba en manos de falangistas puros, de personas de corte ideológico nacionalsindicalista («Estado sindical» era, como hemos visto, el grito de guerra de muchos de ellos) que creían que la guerra civil se había hecho en España para formar en ella un Estado de corte fascista, de partido único cuyas necesidades y destinos estuvieran por encima de los individuos. Este falangismo era radicalmente antimonárquico y bastante poco religioso (no lo tengo a mano, pero creo que es Joan María Thomàs quien en su libro La Falange de Franco recuerda una reunión falangista en 1942 que, tras la intervención del sacerdote Fermín Yzurdiaga, acaba como el rosario de la aurora a gritos «¡nos quieren convertir en un país de curas y monjas!»; a lo que hay que unir aquella famosa frase de José Antonio, quien decía querer «una España alegre y faldicorta»).

Este falangismo, sin embargo, era radicalmente minoritario desde que el fascismo dejó de ser una alternativa política viable para Franco; así pues, primero les envió a desfogarse a Rusia en la División Azul y después, con la llegada de la paz también en el resto de Europa, les fue inventando ese polifacético Movimiento en el que debían compartir cama con el resto de los antirrepublicanos. A mediados de los cincuenta, podían aspirar a hacer machadas en los funerales; pero no a hacer la España que ellos querían hacer.

Franco no hizo nada. Según testimonios que he leído, las personas de su entorno le instaron, cuando aún no se había subido al coche, a hacer algo con aquellos díscolos; pero él prefirió dejarlo estar. Y yo, probablemente, habría hecho lo mismo de ser él; en noviembre de 1957, Franco ya sabía que había ganado.

Seis meses después de aquellos sucesos, Francisco Franco presentaba ante las Cortes la Ley de Principios del Movimiento. Muchos de los que escucharon o leyeron ese discurso no llegaron a reparar en que era la primera vez que, en un acto tan solemne, Franco se olvidaba de hacer alguna referencia a la persona de José Antonio Primo de Rivera.

viernes, julio 20, 2007

Qué vergüenza

Hace ahora entre treinta y cuarenta años, era todo un mérito poder decir, en la tertulia del bar, que se había logrado leer el último número de El Papus, Hermano Lobo y, sobre todo, La Codorniz, antes de su secuestro. El secuestro de una publicación, esto es su retirada de los quioscos para que no pueda ser leída por el público, es el no va más de la censura, el cadillac del déficit democrático. En democracia, sólo la injuria y la calumnia directas justifican el secuestro de una publicación. Y una acción de este tipo nunca es una buena noticia.

Hoy se ha secuestrado de los quioscos españoles una publicación, El Jueves, por publicar una imagen (una caricatura) sexualmente explícita de dos miembros de la familia real española. Todo ello es cierto: es una caricatura, y es sexualmente explícita. Pero lo importante no es eso. Lo importante es si es injuriosa. Y, la verdad, en un país que, para bien o para mal, permite que canales de televisión generalista difundan películas de sexo explícito; en un país donde concursantes televisivos son encerrados durante meses en una casa para, entre otras cosas, hacer de sus retozos bajo el edredón un espectáculo masivo retransmitido en directo; en un país donde los caricaturistas pintan a personas públicas y los convierten en cualquier cosa; en un país donde ocurre todo eso, considerar una grave injuria el dibujo de dos personas acoplándose, resulta difícil de sostener.

Conste una cosa: a mí, personalmente, esa portada me parece de muy mal gusto. Pero ése no es el tema. Tampoco me parecen de buen gusto tratamientos paródicos que veo por ahí. Ahora mismo estoy pensando en la caricatura que traza Family Guy (Padre de Familia) de Stephen Hawking en el episodio en el que el chucho Brian Griffin trata de acabar su carrera universitaria. Muy, muy mal gusto. Pero responder al mal gusto con la prohibición, lejos de castigarlo, sería, es, santificarlo.

Escribo estas líneas en este blog mío porque va de la Historia de España, y la Historia de España está preñada de secuestros de publicaciones y atropellos a la libre expresión de las ideas; pero es, o era, Historia. La primera cosa que hizo la monarquía cobardemente huida a Francia y regresada tras la guerra de la Independencia, esa monarquía que engañó a los liberales que la apoyaban afirmando su fidelidad con una senda constitucional en la que no creía, la primera cosa que hizo, digo, fue aprobar una ley de imprenta que mandaba a las catacumbas a todo aquel que no aplaudiese con las orejas al deseado Borbón. La Historia del siglo XIX español es un Guadiana de periodos de libertad de prensa entreverado con largos interludios absolutistas o absolutistoides en los que las imprentas, de nuevo, debían callar.

Cuando todo ese montaje forzado y absurdo se vino abajo llegó una República democrática que, sin embargo, tiene en su debe enormes déficit de libertad, precisamente por los periódicos que, a decenas, cerró y secuestró durante diversos periodos. Y qué decir de Franco, la Espada de Trento capaz de cerrarle la revista a todo el que se movía, de volar el edificio entero de un periódico y de manipular las películas de puro divertimento a mayor gloria de las esencias de la muy católica España. Pero todo eso pasó, hasta el día en que apareció en una portada una imagen sexualmente explícita. Gran pecado, por lo visto.

Yo no sé si es o no es cierto eso que al parecer dice ahora la familia real española de que nada de esto va con ellos, que ellos no han pedido el secuestro. Lo que sí sé es que, si fuesen listos, estarían ahora mismo llamando al juez Del Olmo para implorarle que dé marcha atrás. Muy republicano debe de ser el señor magistrado, porque, desde luego, si pretendía hacerle un favor a la institución monárquica, si pretendía protegerla, hoy había sido un día estupendo para que, en lugar de ir a trabajar, se hubiese comprado a una PSP y hubiese ocupado el tiempo intentando pasar de los 50.000 puntos en el Lumines. Porque más que un favor, lo que les ha hecho es una putada. Y ellos, por lo que se ve, se dejan hacer.

La cuenta es sencilla: compárese el número de personas que, en las próximas 72 horas, verán y juzgarán esta portada, y las que la hubieran visto y juzgado de no haber existido el secuestro.

Cráneos previlegiados.

martes, julio 17, 2007

Olvidados de la memoria histórica

Hablamos mucho de memoria histórica. De hacer justicia con el pasado de muchas personas. Y, sin embargo, esta intención, no pocas veces, es notablemente parcial. Porque la Historia entierra a muchas personas, héroes y villanos, sin que ni siquiera quienes debieran ocuparse de que no sea así se preocupen por ello.

Hoy se multiplican los homejanes por parte de quienes se sienten herederos de la República (y lo escribo así porque, con los votos en la mano, la República fue fundamentalmente el PSOE y un montón de partidos que nadie sabe hoy a ciencia cierta qué herederos tienen; y, recíprocamente, a los antepasados de no pocos de los herederos de hoy no los votaba ni Dios). A los excombatientes, a los brigadistas internacionales. Está bien. Pero es poco. En una guerra, ya lo he escrito, hay muchas historias entrelazadas, la mayoría olvidadas.

Hoy quiero desempolvar cuatro: las de Arvid Harnack, Harro Schulze-Boysen, y sus respectivas mujeres. Al final del texto explicaré por qué.

Arvid Harnack nació en 1901, en el seno de una familia burguesa, formada sobre todo por profesores y funcionarios, muy religiosos. En 1918, acabada la guerra, milita durante algún tiempo en organizaciones ultranacionalistas (que son la semilla del nazismo), pero acaba haciéndose comunista. En 1927, consigue una beca de la Fundación Rockefeller para viajar a Estados Unidos, concretamente a Wisconsin, para estudiar los movimientos sindicales americanos. Allí conoce a una mujer, Mildred Fish, con la que se casa y vuelve a Alemania.

Hoy es el día que las escuelas de Wisconsin celebran, cada 16 de septiembre, el Mildred Fish Harnack Day. En este post os voy a explicar por qué.

En Alemania, Harnack monta un grupo de estudio que, en 1932, viaja a la Unión Soviética para analizar in situ la economía planificada. Allí es contactado por dos de los líderes de Komintern, Otto Kuusinen y Osip Piatnisky, ambos, por lo tanto, miembros del Partido Comunista con la función de impulsar la revolución mundial. Ambos consiguen captar a Harnack para que trabaje para la URSS.

En 1933, los nazis llegan al poder. Ese mismo año, Harnack consigue una jefatura en el servicio de relaciones económicas con Rusia del Ministerio de Economía. Mildred, mientras tanto, traduce y da clases. En 1937, momento en que la olla alemana ya está muy caliente, el matrimonio viaja a Estados Unidos, donde los amigos, sobre todo de Mildred, les ofrecen ayuda para no regresar. Harnack, sin embargo, se niega, lo cual sirve para que casi todos en el círculo americano piensen que se ha vuelto nazi.

Y no son los únicos que lo piensan. Para los nacionalsocialistas, el gesto de regresar tiene un valor claro: se trata de un hombre de confianza. Así que Harnack participa nada menos que en los trabajos previos de la firma del pacto alemán-soviético entre Hitler y Stalin, y se convierte en uno de los más altos funcionarios del Ministerio de Economía.



Harro Schulze-Boysen es casi un aristócrata. Nacido en 1912, es sobrino-nieto de una de las glorias de la armada alemana, el almirante Von Tirpitz. Su padre llegó a ser jefe de Estado Mayor de las tropas alemanas que ocuparon Holanda en la segunda guerra mundial.

A los 17 años, encontramos al joven Harro desfilando entre las filas de una organización juvenil muy conservadora, la Jungdeutscher Order. Sin embargo, en los años de la universidad, Shulze-Boysen se apartará del protonazismo de su adolescencia, así como del comunismo, promoviendo una especie de tercera vía revolucionaria, que ha de generar un cambio social radical, no se sabe muy bien cómo. Crea una revista donde escriben colaboradores de todo pelaje.

Cuando llega Hitler, en 1933, esa táctica de permitir todo tipo de puntos de vista le costará cara. Harro es arrestado por las temidas SS, que lo meten en un calabozo y le dan varias manos de hostias. La familia, pudiente e influyente, consigue sacarlo, pero el Shulze-Boysen que sale de la celda ya no es el mismo: ahora odia a los nazis con todo su corazón y sólo vivirá para vengarse.

En 1936, Harro endereza su vida, cuando menos de puertas para afuera, tras casarse con Libertas Haas-Haye, una chica de muy buena familia, incluso lejanamente emparentada con el Kaiser. Una familia, además, muy bien relacionada, como la suya propia. Testigo de la boda será un prominente nazi: Hermann Göring, el jefe de la Luftwaffe (fuerzas aéreas). A todas luces, Harrito ha lavado su difícil pasado liberal a los ojos de los nazis.

Shulze-Boysen se trabaja a tope al idiota Göring y consigue que éste le meta en el Instituto de Investigaciones Hermann Göring.

Así que tenemos, en 1936, a dos alemanes de ley, uno funcionario del Ministerio de Economía, y otro introducido en el Ejército del Aire, los dos con un intachable marchamo nacionalsocialista. Ambos fieles a la causa y dispuestos a morir por ella.

Y, sin embargo, ambos son el centro de la sección berlinesa de la Orquesta Roja, es decir, la red de espías soviéticos en Alemania y los territorios ocupados.

Gilles Perrault, en su libro dedicado a esta Orquesta Roja, nos traza la forma de trabajar de este cuarteto a través de un reclutamiento: el del teniente Herbert Gollnow.

Gollnow era un joven militar, ávido de ascensos y medallas, que estaba loco por ser destinado al frente para poder ganarlas. Estando en la Luftwaffe, habló con Shulze-Boysen por ver si le podía ayudar. Harro, lejos de hacerle caso, le convenció de que su futuro estaba en Berlín, cerca de él, pero, eso sí, para medrar debía de hablar inglés. Así que le convenció para que pusiera un anuncio en la prensa pidiendo un profesor particular y se ofreció, asimismo, para estudiar con él las ofertas.

Gollnow recibió dos ofertas por su anuncio. Una era de un mediopensionista cualquiera el cual, por supuesto, pidió dinero por las clases. Shulze-Boysen le convenció de que era demasiado caro. La segunda oferta era de una profesora americana que se mostró entusiasmada por poder practicar el inglés por las tardes, mientras tomaba el té con su alumno; tan, tan entusiasmada que se mostró dispuesta a hacerlo sin cobrar.

Gollnow, impulsado por su superior en la Luftwaffe, se tragó el anzuelo: la profesora altruista no era otra que Mildred Fish Harnack.

Mildred ejerció con pericia su labor de calientapollas. Cada tarde, a las cinco, se sentaba a tomar el té con su alumno el teniente y le decía cosas como que tenía que mirarla fijamente a los labios cuando hablaba para captar la pronunciación. Gestitos, posturitas. Era una mujer muy bella, probablemente, según Perrault, lesbiana. Hemos de suponer que al joven Gollnow cada vez se le trababa más la lengua y, más aún, ni siquiera era el único apéndice que se le trababa.

Un día, en el invierno de 1941 a 1942, Arvid Harnack entró en la sala. Realizó con Gollnow un viejo truco de espía: si quieres que alguien te dé información, muéstrale, como si tal cosa, que tú tienes más. Hablaron de la guerra. Gollnow se quejó de que el frente del Este estuviese empantanado. Harnack anunció que eso iba a cambiar. Gollnow, educadamente, le explicó que, si iba a haber movimientos en el Este, él debería saberlo. Entonces Harnack, como el que habla de cualquier gilipollez, le habó de un movimiento masivo de prisioneros del Cáucaso que era una clara demostración de que algo había de pasar, y del cual el teniente no tenía ni idea. Gollnow quedó fascinado y, desde entonces, no tuvo reparo en ventilar en aquella casa los mayores secretos, creyendo estar entre personas que ya los conocían.

No debieron pasar muchos días antes que Gollnow y Mildred Fish se acostasen por primera vez. Siempre según Perrault, Mildred le presentó a Libertas, la mujer de Shulze-Boysen, también lesbiana; y se montaron un trío. Lo llamaban las Veladas de los Catorce Puntos, nombre que se refiere a los puntos de las cartillas de racionamiento. Las mujeres tenían que acudir con vestido equivalente al que se podía comprar con catorce puntos, por lo que iban semidesnudas.

Sabido es que el sexo es la vía más antigua del mundo para soltar la lengua de un ser humano. Gollnow cantó de plano. Llegó incluso a confesarle a sus dos amantes todos los detalles de una expedición de paracaidistas alemanes que iban a saltar tras las líneas rusas, ninguno de los cuales llegó al suelo: los soviéticos sabían dónde, cuándo y cómo iban a saltar y los fusilaron en el aire.

Shulze-Boysen amplió las Veladas de los Catorce Puntos. El todo Berlín iba a su casa a probar el folleteo. Y que nadie piense que esta política discriminaba a las espías. El libro de Perrault incluye un testimonio según el cual el propio Shulze-Boysen reclutó a un joven soldado, de nombre Heilman. El chico se enamoró del apuesto jefe de la Luftwaffe y éste no tuvo reparo en acostarse con él.

«He metido mi venganza en el congelador»; éstas fueron las palabras que Harro Shulze-Boysen pronunció ante un conocido en 1933, tras salir de los calabozos de la SS. Todo parece indicar que éste fue siempre su impulso. No era comunista, en lo absoluto. Era alguien humillado que quería vengarse y llegaba donde no llegaba nadie. Porque el gran problema de la oposición alemana al nazismo es que estaba formada por alemanes, así pues, a muchos opositores, además de repugnarles Hitler, les repugnaba que Alemania perdiese la guerra. A Shulze-Boysen, no. Él quería aplastar a esos jodidos nazis y, por eso, junto a su compañero el comunista Harnack, hizo impagables servicios a la URSS, el mayor de ellos avisarles del cambio de estrategia de Hitler, cuando decidió no intentar tomar Moscú y virar hacia el sureste para hacerse con el petróleo del Cáucaso; tentativa durante la cual, como sabemos cayó en el pozo de Stalingrado, donde, no por casualidad, le estaban esperando los rusos.

¿Qué tienen que ver Harnack, Shulze-Boysen, Mildred Fish y Libertas Haas-Haye con nuestra memoria histórica? Pues tienen que ver, porque no sólo espiaron para prevenir sobre los ataques a la URSS. Por Alemania pasaba también mucha documentación sobre los movimientos del ejército franquista, pues eran movimientos combinados con el ejército alemán, especialmente en la aviación, que era el arma que, precisamente, Shulze-Boysen se tenía más «trabajada». Sabemos, pues, que estos espías informaron a Moscú, y Moscú a Madrid, sobre un montón de acciones previstas por Franco, lo que permitió a la República prever muchos golpes. Ellos, por lo tanto, y aunque estos servicios fueron obviamente previos a la guerra alemana, también se jugaron la vida por España.

Fueron detenidos en 1942 y ejecutados en los meses siguientes. Así pues, descansan en paz. La paz de los olvidados.