viernes, febrero 15, 2008

Johnson VS JFK (3)

Es aún la una de la tarde de aquel triste día de noviembre. Hace pues apenas media hora que han disparado contra el presidente. El doctor Kemp, que ha aparecido fugazmente en nuestro relato, acaba de tocar el hombro de su colega para convencerle de que abandone el masaje cardiaco que, en realidad, está aplicando a un cadáver. John Fitzgerald Kennedy ha muerto. Pero el país no lo sabe. El país entero, de una forma u otra, está agolpado en los alrededores del hospital, pero aún apenas sabe que el presidente ha entrado en el mismo tras haber recibido disparos. La confirmación final la tendrá, como anuncié en mi anterior post, de Dios.

Los padres Óscar Huber y James N. Thomson eran dos simples párrocos. El equivalente espiritual al pobre residente Carrico. Ellos no estaban destinados a dar la extrema unción a un presidente, pero tuvieron que hacerlo, o al menos uno de ellos, por el simple hecho de que parroquia era la más cercana en Dallas al Parkland Hospital.

Para la familia Kennedy, en realidad fue una suerte que el elegido fuese Huber. Los Kennedy eran católicos, y como católicos creían que una persona debe morir, como suelen rezar las esquelas, confortado por los sacramentos. Toda la liturgia de la extremaunción, en todo caso, plantea algún que otro problema filosófico y teológico, pues a veces la persona moribunda lo está tanto que es fácil dudar de que, en realidad, tenga la capacidad de arrepentirse de sus pecados y de recibir dichos sacramentos con consciencia. El problema para muchos creyentes es tan importante que los reyes leoneses de la Edad Media, cuando se sentían moribundos, aceptaban un ritual por el cual eran declarados muertos aún vivos; esto era así para evitar que, por esperar mucho, no muriesen en la Gracia.

El padre Huber fue un gran consuelo para Jackie Kennedy porque, al contrario de lo que podrían haber hecho otros en su lugar, no tenía ninguna duda sobre la efectividad de lo que iba a hacer. Había tenido, algunos años antes, que administrar la extremaunción a sus propios padres, un momento en el que el deseo por creer que los confortaba le había convencido de algo que creen muchos sacerdotes, y es que el alma tarda en abandonar el cuerpo, así pues cuando se administra la extremaunción a una persona cuyas constantes vitales son inexistentes, su alma todavía está ahí para recibirla.

Así las cosas, el padre Huber entró en la Trauma Room #1, donde le esperaba el cadáver de JFK, con media cara al aire porque una más de las cosas que no funcionaron aquella mañana es que la sábana que encontraron para cubrirle era demasiado corta. Destapó por completo la cabeza del hombre que ya miraba hacia ninguna parte, se colocó la estola púrpura y blanco, y pronunció la fórmula que conocía bien.

Si capax ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

Cuando el moribundo está consciente, la fórmula empieza por «ego». «Si capax» quiere decir algo así como «en caso de que te estés enterando». John Kennedy recibió una absolución de sus pecados condicionada a que realmente supiese que la estaba recibiendo. Si es así, es algo que sólo sabe él.

Luego sacó los santos óleos, mojó un pulgar en ellos, hizo la señal de la cruz en la frente del presidente, en sus ojos y en su boca, y declamó:

Per istam sanctam Unctionem, indulgeat tibi Dominus quidquid deliquisti. Amen.

Y terminó con la bendición apostólica

Ego facultate mihi ab Apostolica Sede tributa, indulgentiam plenariam et remissionem omnium pecatorum tibi concedo et benedico te. In nombre Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

El rito de la extremaunción es así de simple. Con un moribundo no se pueden montar grandes espectáculos. Sin embargo, el padre Huber hubo de enfrentarse con la incomprensión de sus testigos. El doctor George Burkley, que estaba presente con Jackeline y las enfermeras, protestó por lo corto que había sido todo y reclamó del cura que rezase algunas oraciones. Tiempo después, el padre Huber recordaría que, antes de empezar a rezar el Ave María, fue a arrodillarse cuando descubrió dos cosas: una, que el suelo de la sala estaba lleno de sangre, sangre del presidente y de las transfusiones recibidas; y, dos, que Jackeline ya se había arrodillado a pesar de ello. Se quedó de pie, aunque el padre Thomson, que se había retrasado aparcando el coche en el que habían venido, sí se arrodilló nada más entrar en la habitación. Los sentimientos de la viuda del presidente eran posiblemente muy visibles; Thomson recordaría bien que lo primero que hizo después de salir de la sala fue acercarse a ella y afirmarle que estaba seguro de que el alma de Kennedy estaba aún en su cuerpo, por lo que el sacramento había sido plenamente eficaz.

Saliendo del hospital, los sacerdotes fueron localizados por los periodistas. Rodearon su coche en demanda de noticias. Preguntaban si el presidente había muerto. Así pues, fue el padre Huber quien dio la noticia al mundo, el cristal de la ventanilla bajado, el gesto adusto, y una frase corta en los labios:

‑Sí, ha muerto. Eso es todo.

Era cosa de la una y cuarto de la tarde. Algunos periodistas sabían ya que el presidente había muerto y no tardarían en difundirlo de forma oficiosa. Mac Kilduff, el secretario de prensa de la Casa Blanca, sabía que tenía que difundirlo. Por eso se fue en busca de Ken O’Donnell, la mano derecha de JFK (si excluimos a su hermano Robert, claro) y, probablemente, el hombre para el cual la vida dio un giro más radical aquella mañana. Se lo consultó. O’Donell estuvo de acuerdo en que era necesario anunciar la muerte del presidente, pero matizó que eso es algo que Kilduff tendría que tratar con el presidente.

Y es que el hombre que esperaba ileso en la habitación número 13, escoltado por el agente Rufus Youngblood, era ya, de alguna manera, el presidente de los Estados Unidos de América; y, de alguna otra, no lo fue nunca. En el momento en que Kilduff le planteó la posibilidad de comparecer ante la prensa, Johnson ya se había hecho una composición de lugar, ayudado por la persona que más había mantenido fría la cabeza: Youngblood. Casi desde el primer disparo, el agente había decidido que LBJ debía salir del hospital, salir de Dallas, volver a Washington y tomar allí las riendas del poder. Probablemente aprovechó todos los minutos en los que otros estuvieron ocupados con JFK para comerle la oreja y convencerlo. Para cuando Kilduff entró en la habitación, el presidente ya estaba convencido. Pretextando que aún no se sabía si todo lo que había pasado era fruto de alguna gran conspiración comunista (esto fue lo que dijo: a LBJ, lógicamente, no se podía pasar por la cabeza que a JFK lo hubiesen matado radicales tejanos), estableció que su prioridad era regresar a Washington.

Y es en este punto donde tenemos que parar un poco para hablar de una cosita que se llama Derecho Constitucional.

Estoy seguro de que, si os pregunto a la mayoría de vosotros cuál es el primer acto que tiene que realizar un vicepresidente de los Estados Unidos tras la muerte del presidente, me diréis: jurar el cargo. De hecho, aquéllos de vosotros que conozcáis la historia que aquí os voy desgranando tendréis en la memoria la foto de Lyndon B. Johnson jurando su cargo en el Air Force One. Pero yo os contesto: ¿por qué? ¿Por qué tiene el vicepresidente que jurar nada? ¿Acaso no juró, el día que tomó posesión de su cargo vicepresidencial, defender la Constitución de los Estados Unidos y todo eso? ¿Para qué jurarlo dos veces? Pues la respuesta a esas preguntas tiene su miga.

Artículo 2, Sección Primera, Cláusula Quinta, de la Constitución de los Estados Unidos de América.

In case of the removal of the President from office, or of his death, resignation, or inability to discharge the powers and duties of the said Office, the same shall devolve on the Vice President (....)

Parece un texto de fácil traducción. Pero no lo es. La clave de la dificultad está en «the same». Es una expresión que significa «el mismo», pero también «los mismos», es decir es igual en singular o en plural; como lo es en femenino y en masculino; el inglés es idioma muy económico, y tiene estas putadas. Este hecho introduce una duda difícil de resolver en la Constitución americana, pues este artículo nos dice que en el caso de que el Presidente muera o sea relevado del cargo (por ejemplo por medio de un impeachment, como estaban a punto de hacer con Nixon cuando dimitió) o se vuelve loco o inútil para ejercer los poderes y responsabilidades inherentes al cargo de Presidente, the same será ejercido(s) por el vicepresidente. ¿A qué se refiere «the same»? ¿Al cargo de presidente o a los poderes y responsabilidades inherentes al mismo?

La pregunta no es ninguna coña. Si se refiere al cargo, entonces un vicepresidente que sucede a un presidente se convierte en presidente. Pero si se refiere a los poderes y responsabilidades, entonces un vicepresidente nunca deja de ser vicepresidente; nunca llega, por decirlo así, a ser presidente. Son muchos los constitucionalistas americanos que consideran que la intención de los redactores de la Constitución era precisamente ésta. Tiene lógica, de hecho, que los Franklin, Jefferson y compañía estuviesen a favor de un sistema en el que no pudiese llegar a ser presidente de Estados Unidos alguien que no ha sido votado para ello. De hecho, los historiadores nos dicen que este artículo de la Constitución estuvo redactado de forma que establecía que, en caso de muerte y bla bla bla, el vicepresidente actuaría en las funciones de presidente en tanto no se eligiese otro presidente. En los trabajosos tiempos del diseño constitucional, el texto acabó sin embargo por perder esta redacción tan prístina.

Para cuando a LBJ se le planteó el problema, habían pasado muchas cosas. Entre ellas, los precedentes. Y, por eso, en mi pasado post os retrotraía a una casita de Williamsburg, Virginia, donde un padre, en 1841, juega a las canicas con sus hijos.

Ese padre es John Tyler, vicepresidente de los Estados Unidos en la administración de William Henry Harrison, un presidente que se había destacado, antes de serlo, por sus campañas militares contra los indios del salvaje Oeste, a los que hizo la guerra. Harrison casi acababa de acceder al cargo cuando sufrió un enfriamiento que se complicó y le llevó a la muerte. Fue la primera vez que el sistema constitucional americano se encontró con la situación por la cual un presidente moría en el cargo.

Fue pues John Tyler la primera persona que sostuvo la idea de que un vicepresidente sucede a un presidente en plenitud del cargo, en contra de la probable intención de los padres de la Constitución, como acabamos de ver. Conspicuos juristas del país, entre ellos el ex presidente John Quincy Adams, se le enfrentaron por ello. Adams, de hecho, se refiere en su diario a Tyler como «ese señor que se llama a sí mismo Presidente, y no Vicepresidente en funciones de Presidente».

Tyler, sin embargo, fue a una política de hechos consumados. El vicepresidente, no sé si lo sabéis, no vive en la Casa Blanca. Vive cerca, pero lejos. En realidad, el vicepresidente de los Estados Unidos es o era (yo me sé mejor los tiempos de JFK que los actuales) una especie de realquilado. Todo es del presidente, desde los aviones hasta los coches; para usarlos, el vicepresidente debe pedir vez. El gesto de Tyler de irse a vivir a la famosa casita fue todo un símbolo de que era presidente. Y lo machacó con el asunto del juramento que, constitucionalmente, ni puñetera falta que hace.

Después de él, se han encontrado en la misma situación que Tyler: Millard Fillmore, Andrew Johnson, Chester Arthur, Theodore Roosevelt, Calvin Coolidge, Harry Truman, Lyndon B. Johnson y Gerald Ford. Creo que no me dejo ninguno. Todos ellos pasaron a ser presidentes; ninguno fue discutido por ello. Ahí queda eso para todo aquél que piense que la costumbre no es una fuente del Derecho.

¿Por qué el juramento? Pues porque Tyler cayó en la cuenta de que el mismo artículo 2, en su sección Primera, cláusula séptima, estipula que el jefe del Ejecutivo debe jurar su fidelidad a la Constitución para poder ejercer el cargo. Aunque este prurito, ya lo he dicho, es una gilipollez, porque para llegar a ser vicepresidente hace falta (como es lógico) haber jurado respeto a la Carta Magna. El juramento es totalmente innecesario. Tyler se lo inventó para que Adams y los suyos no le tocasen los cojones. Y allí sigue. Por si alguno de vosotros no entendió lo de la inercia cuando se lo explicaron en clase de Física en el bachillerato, aquí tiene una ocasión de puta madre para entenderlo de una vez.

El 6 de abril de 1841, en el Indian Queen Hotel situado en la misma avenida de Pennsylvania de Washington, John Tyler juró su cargo como presidente de los Estados Unidos. William Cranch, presidente del Tribunal del Distrito de Columbia, fue quien le tomó el juramento y, consciente de que lo que estaba haciendo era una mamonada, declara en el documento que extendió que el propio jurador era consciente de que con las promesas hechas como vicepresidente era suficiente, pero que hacía este segundo juramento para mayor cautela y para despejar dudas. Este documento, sin embargo, estaba olvidado para cuando el siguiente vicepresidente se encontró en su situación; olvidados de la coyuntura, los sucesores de Tyler repitieron la ceremonia del juramento, consolidando una situación más que discutible en la que han llegado a la presidencia personas que no está nada claro que hubieran debido ocuparla.

Paradójicamente, la Historia recuerda a Tyler por dos cosas. Una, por masacrar a los indios semínolas. Y la otra, por anexionar a la Unión precisamente al estado donde JFK encontraría la muerte.

Nuestra historia es, cada vez menos, la historia de cómo Kennedy dejó de ser presidente. En el próximo post deberemos ocuparnos de cómo Johnson lo fue. Por el momento lo vamos a dejar en la habitación número 13 del hospital, tratando de hacerse a la idea de algo increíble. A las 12 y 33 minutos de aquella mañana, estaba acabado. El presidente había tenido que ir a Texas por un enfrentamiento cainita entre políticos demócratas que se suponía que él debía controlar. Nunca lo sabremos, pero es posible que estuviese pensando en la posibilidad de que JFK no contase con él para las siguientes elecciones que, según casi todo el mundo, tenía en el bolsillo. La popularidad de JFK en sus recorridos antes del asesinato le empujaba a ello: le empujaba a pensar que los tejanos le apreciaban a él por sí mismo, así pues le votarían.

12 y 33 minutos. Lyndon B. Johnson está acabado.

12 y 35 minutos. Lyndon B. Johnson es el POTUS; el presidente de los Estados Unidos de América.