viernes, junio 13, 2008

El pistolerismo (VI): Martínez Anido y la Ley de Fugas

Como siempre, te recuerdo que los capítulos que van de esta historieta son:

La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Auge y caída del barón de König
Mal rollito


La figura de Severiano Martínez Anido se asemeja en muchas cosas a la de Francisco Franco. Ambos fueron militares de larga trayectoria. Martínez Anido había servido en Filipinas, Cuba y Marruecos, es decir en todas las grandes guerras de España que le había tocado vivir como militar. Franco también era un militar del que no se podía decir que hubiese dado la espalda a un solo conflicto. Ambos, además, compartían el enorme defecto de tener una visión puramente militar de las cosas. Para ellos, el mundo era el patio de un cuartel y los problemas, guerras. De esta manera luchaban contra ellos.

Existen indicios de que Martínez Anido tenía cierta conciencia de justicia social. En su primera intervención ante la prensa tras ser nombrado gobernador de Barcelona, dijo que distinguiría entre terrorismo y reivindicaciones obreras, y que tampoco podía ser que los obreros fuesen tan salvajemente explotados como lo eran. Hubo quien llegó a creer que por fin llegaba a Barcelona un mandamás que entendía a los obreros. Sin embargo, metodológicamente, Martínez Anido actuó no como un político, intentando negociar; sino como un militar, es decir viendo la manera de atajar el mal del terrorismo pistolerista de raíz. Por esto, lo primero que hizo fue realizar una lista de todos los activistas a los que iba a expulsar de Barcelona. El asesinato de Valentín Otero, activista del Libre, no hizo sino impulsarle a ir más allá y, de hecho, a los pocos días de llegar al cargo dirigió una redada tan precisamente organizada que se podría decir que casi toda la plana mayor de la CNT fue detenida, incluido Seguí. Esta redada coincidió con el día en que unos activistas del Libre se dirigieron a una obra en la barriada de Sarriá, hicieron que los obreros se colocasen en una pared a punta de pistola, sacaron de la fila al cenetista Alfonso Cortina y lo mataron allí mismo, delante de sus compañeros.

Las acciones de Martínez Anido, del Libre y de la propia CNT fueron haciendo que las actividades se radicalizasen, como consecuencia de lo cual incluso los jefes más jefes empezaron a estar en peligro. El 26 de noviembre, se produjeron los atentados simultáneos de un destacado líder del Libre, el propietario del Hotel Continental Antoni Albareda; y un par de presidentes de sindicatos de la CNT: Ramón Batalla, de la construcción , y Josep Caneja, de metalurgia.

En suma, en el conjunto del mes de noviembre, primero en que Martínez Anido fue gobernador, hubo ya 22 muertos.

Y aquí llegamos a uno de los sucesos más poco claros de toda esta historia. Como ya sabemos, hay dirigentes de la CNT en la trena. Según algunos testimonios que hay que tomar con pinzas, puesto que la fuente es Inocencio Feced, quien traicionó y mintió a todo dios y por lo tanto es poco de fiar, Martínez Anido y su comisario Arlegui decidieron que, teniendo en cuenta el cariz que tomaban las cosas, había que pasar por la turmix a Françesc Layret, abogado habitual de los cenetistas. Los ánimos, además, se encrespan después de que el día 29 un grupo de pistoleros del Libre se carguen al cenetista Carles Bort en el mismo bar donde estaba tomando copas.

El día 30, una nutridísima fuerza de guardias salió del cuartel de la calle Consejo del Ciento y tomó un muelle del puerto de Barcelona, que los policías aislaron del mundanal ruido. Al mismo tiempo, en la cárcel Modelo todos los grandes popes del cenetismo como Seguí y otros, junto con el nacionalista Lluis Companys, eran sacados de sus celdas y llevados esposados a unos camiones que les dieron varias vueltas por Barcelona. Los detenidos llegaron a pensar de todo. Primero, que les llevaban al castillo de Montjuich; después, que los iban a deportar a Guinea; después, que los iban a tirar al agua para que se ahogasen. Finalmente, cuando ya estaban embarcados, fueron informados de que serían llevados al castillo de La Mola en Mahón. Martínez Anido llevaba adelante sus planes: muertos los perros, se acabó la rabia.

La mujer de Companys, en cuanto supo lo que estaba pasando, se fue echando leches hacia la casa de Layret, para contárselo. Al saber que estaba en la calle esperándole, Layret se apresuró a bajar a su encuentro. En la calle, muy cerca de la dona Companys, estaban los pistoleros Fulgencio Vera, AKA Mirete, Ángel Coll, Fulgencio Grisca y Carles Baldrich. Los cuatro dispararon. El abogado no tenía ni la más mínima oportunidad. Hay que hacer notar que Layret era diputado. Su muerte, por lo tanto, es un magnicidio del tamaño de la de José Calvo Sotelo, que precipitó el estallido de la guerra civil. Ésta, además, cuenta con la sospecha histórica de que fuese el propio terrorismo de Estado el que procedió al asesinato. Y con el agravante de que Layret era minusválido.

El asesinato de Layret casi viene a coincidir en el tiempo con una escena que más que de la Historia de España parece de una película de Pajares y Esteso. No fue hasta que el barco que llevaba a los presos estaba a medio camino entre Barcelona y Mahón que los organizadores del viaje cayeron en la cuenta de que no habían solicitado el ingreso de aquellas personas en La Mola. Sí, como suena. Durante un rato pareció que el barco tenía que darse la vuelta con su carga camino de la ciudad condal de nuevo. Finalmente, tras muchas conferencias telefónicas y hemos de suponer que después de que Martínez Anido amenazase con las peores soflamas al gobierno de Madrid, éste aceptó el traslado de los presos, que llegaron a Mahón a las mil y monas, sucios, sin haber podido comer decentemente y sin dormir.

Con el nuevo año aparece una nueva moda; una de las más tétricas de nuestra Historia, prolija en bestialidades. Cierto día, las fuerzas policiales cercaron a unos cenetistas que se encontraban en el Camp de l’Arpa, y detuvieron al dirigente Gregori Daura. Una pareja de policías lo conducía a la jefatura cuando, a la altura más o menos de la plaza de toros monumental, Daura, según la versión oficial, intentó huir, ante lo cual los guardias «tuvieron» que matarlo a tiros.

Había nacido la tristemente famosa ley de fugas.

Martínez Anido llegó más lejos. En una reunión que probablemente se celebró el 12 de diciembre de 1920, selló un pacto con el Sindicato Libre para que ambas fuerzas, la policía y dicho sindicato, fueran a por la CNT. El 17 detuvo a Ángel Pestaña. El 22, en un bar del Poble Nou, unos pistoleros del Libre se llevaron por delante a un recaudador de cuotas sindicales, Juan Llovet, e hirieron a otros. Al día siguiente, como represalia, el dirigente del Libre Juan Soler era asesinado por cuatro pistoleros cenetistas en la puerta misma del mercado de la Boquería. El 27, otro grupo de pistoleros acababa con el dependiente Enric Aymerich, también del Libre, en la propia tienda en la que trabajaba.

El de 1921 fue el año de Martínez Anido, y también el peor del pistolerismo barcelonés. El mismo día 3 comenzó la matanza en la persona de Josep Juliá, un activista de la CNT. El día 4, los anarquistas saldaban una vieja cuenta cargándose a Marià Sans, un pistolero que lo había sido del barón de König y que había vuelto a Barcelona creyendo que podría confundirse con el paisaje. Curiosamente, Sans llevaba un tatuaje en un brazo con la frase «¡Viva la anarquía!»; quizá como camuflaje.

Sólo en las primeras dos semanas de enero hubo nueve atentados con varios muertos y heridos; fuera de Barcelona también había violencia, pues en Bilbao fue asesinado el gerente de Altos Hornos de Vizcaya. El desparpajo de la CNT creció en volumen cuando, el 18 de enero, se llevaban por delante a un policía, el inspector Espejo, que acababa de tener un éxito policial con la detención de unos pistoleros llegados de Valencia. Arlegui, del cual Espejo era hombre de confianza, juró vengarse; probablemente por esto se disparó, y nunca mejor dicho, la aplicación de la ley de fugas y del terrorismo de Estado. Françesc Villena, dirigente cenetista, muere a tiros poco tiempo después. De madrugada, la policía saca del calabozo a los valencianos detenidos (Joan Vilanova, Antoni Parra, Juli Peris y Ramón Gomar), y se los lleva camino de la cárcel a patita y esposados. A la altura de la calle Calabria, los policías se demoraron unos pasos, levantaron las armas y les dispararon. A Antoni Parra le alcanzaron en un hombro y cayó al suelo, con tan buena suerte que sus compañeros, muertos, cayeron sobre él. Se quedó quieto y disimulando y así consiguió llegar vivo al hospital. Cuando, estando en la Morgue, levantó la mano para avisar de que estaba vivo pues no le salía la voz, el susto del personal del hospital fue morrocotudo. Conocido el hecho de que Parra estaba vivo, la policía argumentó que habían sido atacados, momento que los presos habían aprovechado para intentar huir.

Lejos de amilanarse con aquel fallo, la policía repitió la aplicación de la ley de fugas en la persona de José Pérez Espín, poco menos que fusilado en la Vía Layetana. Horas después, Agustín Flor, Francisco Bravo, Benito Benacho y otro activista fueron detenidos en un tranvía; pero, siendo trasladados a comisaría, y de nuevo en la Vía Layetana, fueron pasaportados.

Así las cosas, los cenetistas se dieron cuenta de que lo que tenían que hacer era matar a Martínez Anido. Dos de sus activistas, Doménech Rivas y Ricart Pi, se comprometieron a hacerlo precisamente durante el entierro del inspector Espejo, el día 23. Sin embargo, fueron descubiertos por la policía en la comitiva y detenidos. Horas después de la detención, morían en la Diagonal, presuntamente en medio de su huida.

En febrero de 1921, el diputado socialista Julián Besteiro presentó una interpelación al ministro de la Gobernación, Bugallal, sobre la ley de fugas. El ministro negó que tal cosa existiese, por supuesto. La policía de Barcelona cambió de táctica. Ahora los presos eran soltados y, casualmente, alguien les esperaba en la calle para matarlos.

La gran represalia de la CNT contra la ley de fugas fue matar a quien consideraban el responsable máximo de su aplicación, que no era otro que el primer ministro Eduardo Dato. Pero el asesinato de Dato, como magnicidio que es, es algo más que un mero capítulo del pistolerismo, motivo por el cual dejaremos su relato para mejor ocasión.

En el mes de marzo de 1921, es decir después de la muerte de Dato, hubo nueve atentados; y en abril, más aún. El paroxismo llegó a tal punto que en uno de los atentados murió un activista del Libre, Francisco Celis, a manos de activistas del Libre que lo habían confundido con un enemigo suyo. Rabiosos, los pistoleros del Libre iniciaron una campaña de asesinatos en la persona de los abogados laboralistas que solían defender a cenetistas.

El día 24 se podría haber producido una auténtica carnicería en Barcelona si los anarquistas no hubiesen sido torpes. Se celebraba una ceremonia del Somatén a la que fue invitado el propio rey; puesto que estarían en ella Martínez Anido y Arlegui, la CNT decidió que era una ocasión de puta madre para acabar con todos sus problemas con una sola bomba.

Joan Baptista Acher, alias El Poeta, y Josep Pérez, alias El Mula, en compañía de otos activistas como Roser Segarra y Elías Saturnino, prepararon la bomba y alquilaron un taxi para hacerse llegar con el mismo a la ceremonia. Al llegar a Barcelona, sin embargo, se encontraron con la que la policía no es tonta y que los accesos estaban muy vigilados. En una decisión que lo dice todo de la humanidad del terrorismo anarquista, decidieron dejar el taxi abandonado cerca del lugar del desfile, con el motor el marcha, para que se incendiase y de esa forma activase la bomba. Dicho de otra forma: organizaron una puta carnicería, en la que hubieran muerto decenas de personas absolutamente inocentes. Por suerte, eran tontos del culo. Dejaron el taxi abandonado en frente del único lugar donde podían apagarlo inmediatamente: un taller mecánico.

En mayo hubo unos quince atentados, además de la aplicación de la ley de fugas Gregori Fabre, alias El Brasileño. La primera semana de junio de 1921 se saldó con un atentado diario. Poco a poco, no obstante, la política de dureza de Martínez Anido iba haciendo más difícil a la CNT mantener su estructura. El resto del año la violencia continuó, aunque algo más atenuada.

Sin embargo, nadie es eterno. Tampoco Martínez Anido. Pero de eso hablaremos otro día.