domingo, junio 01, 2008

La [sorda] guerra civil monetaria

Este artículo de hoy va de una de las principales carencias que al menos yo creo observar en más de uno y más de dos expertos en la guerra civil española. Porque la GCE tiene un montón de expertos, tantos que prácticamente se puede sostener cualquier ideología sin que nos falte un experto que la sustente. Los expertos en la guerra civil suelen saber de muchas cosas. La mayor parte de las veces, esas cosas que saben giran alrededor de la dinámica de los partidos políticos y las organizaciones sindicales. Mención aparte merecen los expertos militares, absolutamente necesarios a la hora de historiar una guerra, que saben de unidades, armamentos, y esas cosas.

La mayor parte de estos expertos, algunos con miles de páginas escritas, demuestra sin embargo un desconocimiento bastante supino del tema que nos ocupa hoy. Una guerra que se libró dentro de la guerra y que, en una parte nada desdeñable, decidió el signo de su final. A la hora de encontrarle respuestas a la preguntas de por qué Franco ganó la guerra y la República la perdió, se acude a un montón de hipótesis, pero habitualmente no se cita una que a mí, sin embargo, me parece crítica: Franco ganó la guerra, en parte, porque supo ser económicamente más eficiente que la República. O, si lo queremos ver de otra manera, tal vez más exacta, la República fue tremendamente torpe a la hora de pelear en el flanco económico de nuestra guerra.

Según han señalado diversos expertos, tras producirse el golpe de Estado de los nacionales y una vez que la situación experimentó su estabilización, en términos crudos cada uno de los bandos ganaba en una de las dos mitades de la realidad económica. Los que pronto serían franquistas se habían quedado, aproximadamente, con el 70% de la producción agrícola; mientras que la República tenía en sus manos el 80% de la producción industrial. Inmediatamente después de iniciarse la guerra militar, se inició otra, la económica, o mejor deberíamos decir la monetaria, que fue tan cruenta y difícil como la otra y en la que el bando nacional jugó con evidente ventaja. Porque hay otra carencia en muchos juicios de la guerra civil que aquí nos interesa mucho. Se dice habitualmente que la República concitó la mayor parte de la solidaridad internacional. Y es verdad, aunque a medias. Esa solidaridad era la de los intelectuales, los políticos, las organizaciones culturales y sociales. Pero el mundo económico estuvo muy lejos de comulgar con este sentimiento. En los años de la República, los poderes constituidos dejaron que ocurrieran muchas cosas que levantaron el escepticismo respecto de España en las plazas financieras internacionales. Detalles como quemar impunemente iglesias y conventos en mayo del 31, o sacar de las cárceles en febrero del 36 a los líderes de un golpe de Estado revolucionario marxista cuyo último objetivo era implantar la dictadura del proletariado, son cosas que no suenan demasiado bien en los despachos de las personas que viven de hacer negocios.

La República, pues, estaba sometida a duda, y más que lo estuvo cuando, avanzado el golpe de Estado, el gobierno central se mostró incapaz de conseguir hacer efectivo su poder, y en diversas zonas del territorio nacional, Madrid incluido (esto quiere decir: a la vista de los embajadores) quedó bastante claro que en según qué circunstancias mandaba más un comité de sindicalistas de barrio que todo un ministro de la Gobernación.

La República, pues, fue siempre a remolque en el ámbito jurídico-económico, y prueba de ello son indicios como la estudiada equidistancia de la Justicia inglesa cuando Madrid y Burgos pleitearon por la posesión de las oficinas bancarias establecidas en Londres. Aún sabiendo, como sabían, los jueces ingleses que el único gobierno legítimo de España era el republicano, se resistieron a darle la razón, en un pleito que no resolvieron ellos, sino el final de la guerra.

En el ámbito económico hubo guerra. Pero antes de contárosla, quisiera explicaros dos o tres conceptos básicos sobre política monetaria.

La política monetaria es fruto de la modernidad. Los economistas de hace cuatrocientos años pensaban que un país es más próspero cuantas más riquezas atesora. Lo cual no es exactamente cierto. El país más próspero, sabemos hoy, es el que está más equilibrado, especialmente si tiene lo que algunos economistas llaman el triple 5: menos de un 5% (sobre el PIB) de déficit público, menos de un 5% de inflación y menos de un 5% de desempleo. Uno de estos equilibrios básicos son los precios, porque una subida descontrolada de precios se come cualquier riqueza; y si no lo creéis, probad a meter 100.000 euros en un calcetín y, cuando dentro de cincuenta años vuestros nietos os abran la cabeza, entenderéis que yo tenía razón.

La política monetaria consiste en darse cuenta de que la inflación sube porque la gente demanda muchos productos; y demanda muchos productos porque tiene pasta para pagarlos. Así pues, si se reduce el stock de pasta disponible, la gente tendrá que comprar menos, la demanda se retraerá, y la inflación se moderará.

Los gobiernos modernos, por lo tanto, miden constantemente la masa monetaria que tiene el personal, en varios escalones que empiezan por las monedas y billetes en circulación pero que siguen en todo aquel activo que sea razonablemente líquido, como puedan ser los depósitos bancarios o las letras del Tesoro. En los tiempos de la guerra civil, no obstante, los instrumentos financieros estaban mucho menos desarrollados que ahora, por lo que lo verdaderamente importante de la ecuación eran los billetes y monedas.

España vivió tres guerras civiles en el siglo XIX. En ninguna de ellas hubo guerra monetaria; ambas dos Españas siguieron usando la misma moneda en todo momento. Eso era así porque hasta comenzado el siglo XX casi no se aprecia circulación de moneda fiduciaria, es decir moneda que no vale por sí misma sino por lo que representa. Hoy en día, todo es moneda fiduciaria; usamos billetes que, valer, valer, lo que se dice valer, intrínsecamente no valen una mierda. Esto, en el siglo XIX, era impensable. En aquella época circulaban monedas de plata y de oro que valían por sí mismas (o sea, valían lo que la plata y el oro de que estaban hechas). En tiempos de la guerra civil, sin embargo, la mayor parte de la circulación era fiduciaria. Y esto fue lo que permitió montar el merdé.

En puridad, hay unos meses en los que no ocurre nada. Pero es un plazo muy breve. Que, no obstante, no está exento de medidas de signo monetario. La principal de ellas fue la limitación de disponibilidad de billetes y monedas. El mismo 19 de julio, domingo, el gobierno de la República establece que los particulares no podrán retirar más de 2.000 pesetas de sus cuentas corrientes en las siguientes 48 horas (en ese momento, todavía se piensa en una solución rápida para el conflicto). Lógicamente, terminado el plazo, y puesto que la guerra no había terminado, fue nuevamente prorrogado, aunque se flexibilizó el movimiento de dinero en el caso de empresas que pretendiesen pagar salarios.

Este «corralito financiero» por razones bélicas fue automáticamente prorrogado varias veces e incluso endurecido a partir del mes de agosto, cuando se prohibió la disposición de más de 1.000 pesetas en los bancos y 250 si eran cuentas de cajas de ahorro. Semanas después, sin embargo, se aprobarían límites más laxos, ante la amenaza de secar el sistema económico. Estas restricciones, con cierta tendencia continuada a la laxitud, especialmente con los comerciantes, fueron prorrogadas hasta diciembre de 1938. A la entrada del 39, parece que ya nadie se preocupaba de prorrogar nada, convencidos como estaban todos de haber perdido la guerra.

Por su parte, en la zona nacional también fueron limitadas las disposiciones de fondos, si bien en este caso el sistema de flexibilizó mucho a partir de junio de 1938, a causa de la marcha de la guerra, favorable para este bando.

En noviembre de 1936, cuando las tropas franquistas quedan frenadas sin poder tomar Madrid como pretendían, ambas partes se dan cuenta de que se enfrentan a una guerra larga. Es cuando propiamente comienza la guerra monetaria. De fecha 12 de noviembre de 1936 es el decreto del Gobierno de Burgos por el cual anuncia que considera ilegales y absolutamente faltos de valor los billetes emitidos por la República con posterioridad al 18 de julio de 1936; medida que es paralela al estampillado por parte del bando franquista de la moneda existente en su lado (o sea: los billetes posteriores al 18 de julio sin la estampilla pasaban a no valer nada en zona nacional) y la creación de la suya propia, lo cual permitía dirimir claramente cuál era la moneda nacional y cuál la republicana. Por cierto, que la casa inglesa a la que se encargó la realización de los billetes, Thomas de la Rue, se negó; y aún una segunda, Bradbury Wilkinson, a pesar de comprometerse en un inicio, se hizo la orejas finalmente; motivo por el cual la moneda fue impresa en Zaragoza (Litografía Portabella) y Leipzig (Giesecke und Devrient).

Este decreto es de extremada importancia. Lo que supuso fue darle un mensaje a todo quisqui, muy sencillo: como yo gane la guerra, ni se te ocurra venir a verme para pedirme que canjee tu puto dinero de los rojos por pesetas de las mías.

Esta medida se complementa con otra, tomada en agosto de 1936, que decretaba la nulidad de las operaciones realizadas con el oro del Banco de España. Obviamente, a los rusos, principales destinatarios de dicho oro vía compraventa de armas, este hecho les importaba un flus; pero, ciertamente, la medida supuso una limitación para la República a la hora de utilizar el oro para otro tipo de operaciones en el exterior.

Todo este movimiento fue notablemente dañino para la República, tanto en el interior, puesto que los particulares, y muy especialmente los comerciantes, comenzaron a atesorar toda la moneda anterior al 18 de julio que encontraban; como en el exterior, donde todo aquél que hacía negocios con la España republicana se lo pensaba dos veces, ante la sospecha de que le estuviesen pagando con papelitos sin valor.

Una de las grandes ventajas que había tenido la República en la disposición de fuerzas resultante tras el golpe de Estado era que en su poder habían quedado absolutamente todas las reservas de oro de España, que en aquel momento era uno de los países con mayores riquezas áureas acumuladas. Como ya hemos visto, el ministro de Hacienda y luego presidente Juan Negrín decidió sacar el oro de España y llevarlo a Moscú, en una decisión, por cierto, que provocó dos dimisiones en el seno del Banco de España, por considerar la decisión ilegal. Yo creo que los dos dimitidos (Martínez Fresneda y Álvarez Guerra) tenían toda la razón. Que el Banco de España tenga oro no quiere decir que el gobierno de la nación pueda disponer libremente de ese oro. De hecho, Zapatero no puede decidir ahora que va a utilizar una partida de oro del Banco de España en comprar chupa-chups. ¿Era una guerra? Ya, pero, ¿acaso había el gobierno declarado el estado de guerra?

De todas formas, Negrín hizo más cosas que trasladar el oro a Moscú y usarlo en comprar armas. Primero decretó que el oro en poder de particulares se depositase en el Banco de España, y luego decretó que dicho oro debía ser vendido obligatoriamente al Estado a un precio puesto por el gobierno. Dichas incautaciones siguieron con la plata, las piedras preciosas, y otras propiedades suntuosas. En el bando nacional se llevó a cabo la misma política, en realidad con más saña, puesto que Franco, al no disponer del llamado oro de Moscú, carecía por completo de metales preciosos para respaldar su moneda. Las necesidades del bando nacional fueron tan acuciantes que llegó, incluso, a incautar a principios de 1938 las escobillas de los dentistas, habitualmente fabricadas con partes de oro.

En una carrera alocada por acumular metales preciosos, provocada por las serias dudas que la guerra monetaria de Burgos generaba sobre el papel moneda, la República retiró de la circulación las monedas de plata que aún existían, sustituyéndolas por certificados de plata. Como no se logró parar la acumulación masiva de monedas por los particulares, en diciembre de 1937 el cambio de monedas por certificados se amplió a otras monedas. Se llegaron a emitir simples discos de cartón timbrados.

La República, sin embargo, tenía otro problema además de las serias dudas que sobre el valor de sus monedas y certificados había creado la zona franquista. El segundo problema estaba dentro y se centraba en el cachondeo de emisiones que se produjo en el marco de un país en el que el más tonto, con cien pistolas y unos cuantos militantes, se montaba su chiringuito revolucionario particular en cualquier esquina.

Haría falta un blog entero para hablar de los muchos experimentos vividos, y que son hoy piezas cotizadas de los numismáticos, en forma de dinero emitido por ayuntamientos, comités sindicales y demás. Por no lograr, la República ni siquiera logró la unidad de acción monetaria con las comunidades catalana y vasca, especialmente con esta primera la cual, de la mano de su hombre fuerte económico Josep Tarradellas, fue realmente a lo suyo.

En fecha tan temprana como septiembre de 1936, Cataluña comienza a emitir su propia moneda. A finales de este mismo año, con medidas de clarísimo corte revolucionario, Cataluña dicta medidas como la entrega obligatoria de todas las acciones y divisas en poder de particulares, u otra medida que, por cierto, tomaron todos, es decir republicanos y franquistas, como fue la apertura sistemática de las cajas de seguridad en poder de particulares; práctica que, por cierto, jurídicamente tiene la misma calificación de la violación del domicilio propio. Además, como ya hemos contado, la Generalitat, a finales del 36, se hace con el poder de las delegaciones en Cataluña del Banco de España y del Ministerio de Hacienda, con toda la pasta que contienen.

Entre otras cosas, la Generalitat de Cataluña autorizó a sus ayuntamientos a resolver sus problemas monetarios mediante la emisión de monedas respaldadas por la Generalitat, lo cual aumentó la confusión. Entonces había 1.075 municipios en Cataluña, de los que se ha calculado que 687 emitieron moneda. Pero no sólo ellos. Los estudiosos de la cosa nos informan de que, dado que el problema monetario persistía porque las monedas reales (emitidas antes de la guerra) desaparecían en los calcetines del personal, cuando alguien, fuese ese alguien el zapatero o el deshollinador, tenía que devolver unas perrillas y no tenía con qué, emitía su propio certificado.

El gobierno de la República decretó a finales de 1938 el final de este cachondeo y anunció que todas las emisiones de billetes y vales que no hubiesen sido realizadas por el Tesoro Público o el Banco de España debían retirarse de la circulación, pasando a ser la única moneda del sistema la procedente de una emisión que iba a realizar. Pero esta medida se tomó cuatro meses antes de terminar la guerra; tardísimo, pues. A todas luces, la enorme atomización de las emisiones de moneda impidió a la República presentar un frente único a la pelea monetaria franquista; devolverle la pelota estampillando sus monedas y declarando las nacionales ilegales.

En todo caso, los catalanes le hicieron tanto caso que Franco, cuando tomó Barcelona, se encontró allí una emisión de moneda catalana con valores de 25 a 1.000 pesetas (lo que se dice una emisión completa) que Tarradellas iba a colocar en la calle.

Por su parte, el Gobierno vasco también emitió su propia moneda, consistente en unos talones librados a cargo del Banco de España por los bancos y cajas vascos, que fueron conocidos como los Eliodoros a causa del nombre del consejero de Hacienda que los diseñó, Eliodoro de la Torre. Por haber monedas, hasta la hubo emitida en Aragón por la CNT, que no creía en el dinero, y que emitió unos certificados que, para no ir en pesetas, se medían en grados.

En enero de 1938, la incapacidad del gobierno para detener la sangría de monedas reales, que hizo que en realidad fuesen los famosos certificados de plata los que funcionasen como moneda fraccionaria, alcanzó el paroxismo con una medida desesperada, mediante la cual el gobierno mantenía el privilegio del Banco de España en la emisión de monedas de muy alto valor (100 pesetas) y dejaba en manos del Ministerio de Hacienda la emisión de las que usaba todo dios.

Conforme la guerra se fue definiendo, y muy especialmente después del verano del 37 cuando el Norte, y por lo tanto una de las grandes zonas industriales de España, cayó en manos de Franco, la cotización internacional de la peseta franquista se sostuvo, y la republicana bajó primero y terminó por desplomarse por completo. Ambas zonas tenían realidades bien distintas. La zona franquista se había enfrentado al problema real de no tener nada con que respaldar su moneda mediante una economía de guerra en la que incautó hasta el último grano de oro que vio pasar por allí cerca, aunque, probablemente a causa de la influencia que ante el nuevo gobierno tenían los banqueros y gentes del mundo económico, dicha incautación se hizo permaneciendo lo incautado en los bancos, por lo tanto con una mayor apariencia de legalidad. El gran problema del bando franquista fue ir incorporando a su política monetaria a las zonas republicanas que iba tomando, repletas de personas con papelitos o moneda atesorada. Aunque es difícil de demostrar, algunos autores piensan que lo que hizo Franco fue, en gran medida, vomitar los papelitos de nuevo en la zona republicana, creando una superdisponibilidad de moneda, es decir un crecimiento brutal de la masa monetaria, lo cual creaba una espiral inflacionaria. En otras palabras, Franco, además de enviar la Legión Cóndor a bombardear a la República, envió también a la inflación.

Por su parte, la República pagó los platos rotos de una gestión económica deficiente. Desde que el 17 de julio de 1936 se subleva el ejército en Melilla, el gobierno legítimo español sigue siendo legítimo y sigue siendo español, pero ya es muy poco gobierno. Su capacidad de imponer la autoridad en el sistema económico fue muy baja. No sólo los dos gobiernos autónomos, catalán y vasco, jugaron a la independencia de facto, en un movimiento insolidario que les costó cuarenta años bajo la bota imperial y algún que otro episodio históricamente vergonzante como el Pacto de Santoña; es que una miríada de comités de la UGT, de la CNT, del POUM, del PSOE, de las Juventudes Socialistas, de la caraba en verso, se hizo con el poder efectivo de las relaciones económicas en grandes áreas del país, creando reinos de taifas socioeconómicos que evitaron que la respuesta de la República en la guerra económica fuese fuerte y unitaria.

Desde que en noviembre de 1936 Franco tira un torpedo a la línea de flotación del sistema monetario republicano hasta el final de la guerra, éste no dejó de ir con la lengua fuera, tratando de equilibrar y resolver un problema imposible; porque en economía lo que prima siempre son las decisiones de los agentes económicos, de los particulares. Y la materia prima de dichas decisiones es la confianza. No dudo que para ganar las guerras es muy importante convocar congresos de escritores antifascistas y esas cosas; pero más importante aún es generar una confianza en las relaciones económicas que nunca existió del todo en el área republicana; desconfianza que provocó que, cuando los españolitos empezaron a escuchar las emisiones de Radio Nacional desde Burgos avisándoles de que sus pesetas no valían una mierda, tomaron decisiones que, de hecho, tendieron a agravar el problema.

El día que estalló la guerra, la circulación de billetes y monedas en la España que permaneció fiel a la República era de 3.486 millones de pesetas, según las estimaciones; y de 2.000 millones en el área nacional. En septiembre de 1937, momento en el que la guerra monetaria ya estaba básicamente saldada, dicha circulación había aumentado en zona republicana a 10.000 millones, mientras en el área franquista se ha estimado en 2.650 millones. Las diferencias de crecimiento significan también diferencias de inflación, de empobrecimiento real, de deterioro de las expectativas, y de cachondeo monetario.

Hay guerras que se ganan sin pegar un tiro. Son, sin embargo, tan dañosas como las que estamos acostumbrados a ver y a leer en los best seller históricos.