jueves, octubre 23, 2008

Corpus de sangre (1)

Los mitos son tan connaturales a las sociedades y a las naciones que a veces resulta difícil dirimir si unos son consecuencias de las otras o, en realidad, las han creado. Entre los mitos nacionales, las rebeliones ocupan un lugar primordial. No hay nada como la rebelión de un pueblo contra otro para sustantivar la idea de nacionalidad. Esto es así, además, porque, por pura lógica, toda rebelión se produce siempre contra pueblos cercanos que, de alguna manera, han sido dominadores. Los romanos nunca se rebelaron contra los britanos porque no les hizo falta; eran más poderosos que ellos. Con las mismas, los polacos nunca se han rebelado contra los neozelandeses, puesto que una y otra nación quedan a tomar por culo una de la otra.

Uno de los mitos de Cataluña es una rebelión, la denominada rebelión de los segadores o, también, Corpus de Sangre. En realidad, esto de llamarlo Corpus de Sangre es una invención relativamente moderna, debida a un periodista folletinesco del siglo XIX, Manuel Angelón. Sin embargo, la rebelión de los segadores es alto tan presente en el alma catalana que incluso se rememora en su himno, que así se llama: Los Segadores.

Para la identidad catalana, ciertamente, no se puede encontrar otro caso en el que la voluntad por parte de Cataluña de ser otra cosa (independiente, dependiente, federada o mancomunada, esos son matices posteriores) distinta de Castilla (hoy diríamos España), se manifestó de una forma más fuerte, al tiempo que violenta. Aunque también puede pensarse que no deja de ser una humorada de la Historia que los héroes de esta movida fuesen, en realidad, un poquito impresentables.

Voy a intentar contaros, no sé si lo que pasó; al menos, lo que yo sé de lo que pasó.

La culpa de todo la tuvieron un par de personajes que, en realidad, vienen a tener la culpa de más del 90% de los males de España en aquel tan difícil siglo XVII: nuestro rey, Felipe IV; y su ministro para todo, el conde-duque de Olivares. El cuarto Felipe que reinó España vivía presionado y superado por el recuerdo de aquel segundo Felipe que había dominado el mundo; todavía en su corte había miembros provectos que habían servido al Rey Prudente y le recordaban, día sí día también, que no le llegaba ni a la suela de los zapatos. En esas circunstancias, lo que debería haber hecho Felipe es darse cuenta de que los tiempos eran otros, tomar conciencia de la decadencia de España y, si bien era inevitable que el país se viese envuelto en las guerras en que se vio, tener un planteamiento pragmático más dirigido a salvar los muebles que a la pretensión de conservar toda la mansión, cuando era obvio que ya no podíamos mantenerla. En este esfuerzo debería haberle ayudado y aconsejado el conde-duque, como más o menos primer ministro que era. Pero, lejos de ello, Olivares se emperró en actuar como si España pudiera hacer las cosas que ya no podía. Olivares, a mi modo de ver, no es culpable de haberse metido en los charcos que se metió; pero sí de haber permanecido en ellos.

Jefe y lacayo pensaban, allá por 1621, que era fundamental para Castilla mantener el prestigio internacional, y por eso decidieron montar una guerrita, a splendid little war como llamaron los estadounidenses a la guerra con España por la dominación de Cuba, y rompieron la tregua con Holanda, creyendo a los Países Bajos enemigo fácil. Análisis que podría haber sido adecuado de haber sido todas las cancillerías europeas anormales; los franceses, y sobre todo Richelieu, no lo eran en lo absoluto, y prestos corrieron a aliarse con los holandeses y plantar batalla. Una guerra que duró, nos dice la Historia y su propio nombre, treinta años.

Había, empero, un asunto en el que Olivares había medido mal las posibilidades. Jurídicamente hablando, sus decisiones de ir a la guerra con unos y con otros vinculaban a la corona castellana; mientras que los territorios de la de Aragón, que gozaban de sus privilegios e instituciones, no tenían la obligación de cumplir dotando tropas o subiendo sus impuestos. Es por ello que el conde-duque tuvo que iniciar una larga y difícil negociación, sobre todo, aunque no sólo, con los catalanes, a fin de recabar su ayuda para el esfuerzo bélico común. Históricamente hablando, en todo caso, tampoco es lo justo presentar este pleito como una discusión entre una siempre pedigüeña Castilla y un Levante siempre en posición de pago. Las ambiciones aragonesas en el Mediterráneo fueron, tras el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, ampliadas, defendidas y conservadas gracias al concurso de las espadas de generales y soldados que no siempre eran del Barça. En realidad, en los 200 años que aproximadamente habían transcurrido de unión coronaria entre aragoneses y castellanos, muchos lazos se habían construido, tantos que sería injusto decir que Cataluña se limitara a mandar al conde-duque a freír espárragos. Los catalanes querían participar en la guerra. Pero, como todo dios en sus cabales, querían algo a cambio. Porque el gobierno de España (y, lo que es más importante, de sus colonias) estaba en manos de castellanos. ¿Por qué no podían los aragoneses participar en él? De hecho, durante las negociaciones con las Cortes aragonesas, éstas hicieron algunas propuestas interesantes, como que el cargo de Inquisidor General rotase entre un castellano y un aragonés.

En estos temas, sin embargo, el conde-duque, más que corto de vista político, era un auténtico Mr Magoo de la diplomacia, con menos mano izquierda que Mussolini. El valido estuvo detrás de las reformas que Felipe IV introdujo en los proyectos de ley redactados por los catalanes, que los dejaban completamente inservibles; putada que se combinó con la exigencia de que armasen y financiasen 16.000 soldados, aparte de pagarle todas las rentas que se habían dejado de cobrar desde Felipe II.

Para los catalanes, poner las cosas en ese plan era no querer negociar. Primero, sus fueros no les obligaban a enviar, no un soldado; ni siquiera un caballo escrofuloso. Para seguir, la exigencia de las rentas era un torpedo en la línea de flotación del PIB regional, por mucho que entonces no se llamase así. Aún así, lejos de mandarlo a freír gárgaras, aprobaron una ayuda de dos millones de ducados, pagaderos en quince años.

En 1635, cuando Francia declaró la guerra a España, el conde-duque pensó que los catalanes no le negarían nada. Por increíble que parezca hoy en día, la tradición en Cataluña manda que se sienta al francés como un enemigo; como un enemigo, de hecho, peor que España, y para mí que este juicio tiene mucho de lógico teniendo en cuenta cómo se han portado los gabachos con los catalanes; y quien lo dude, que se vaya a los territorios franceses que un día fueron catalanes a preguntar en las escuelas cuántas horas de catalán se imparten.

El conde-duque, especulando con esta animadversión telúrica del catalán medio, pensó que en Barcelona el personal se daría de hostias para alistarse. Pero se equivocó. Cataluña estaba arriscada contra Madrid (o sea, Castilla) por los sucesos de años antes, así pues permaneció como si la cosa no fuera con ella. En este punto, al primer ministro le dio por probar con el buen rollito, y se le ocurrió la idea de ofrecer a los catalanes que su gobernador, con cargo de virrey, en lugar de ser castellano, fuese catalán. Y fue por esta razón que llegó a ser virrey de Cataluña el desgraciado conde de Santa Coloma, o sea Dalmau de Queralt.

En 1639, los franceses invadieron el Rosellón, que entonces era español (o catalán, si lo preferís así). Las tropas españolas estaban en la otra punta de la frontera y, de haber empujado, habrían desbaratado dicha invasión. Pero no se movieron. El conde-duque, en una prueba más de su escasa fidelidad hacia todo lo que no fuera él y su rey, prefirió que una parte de España fuese invadida a impedirlo, pues juzgó que así los catalanes no tendrían más remedio que apoyar la guerra.

Finalmente, los españoles consiguieron parar a los franceses en la batalla de Salces, lo cual acercó bastante a los catalanes a su rey. Pero, una vez más, Felipito demostró su escasa falta de tacto, convocando unas Cortes en Poblet que levantaron la expectativa de solucionar todos los conflictos existentes… pero que nunca se celebraron, pues el tándem formado por el rey y su mamporrero no logró encontrar tiempo en sus agendas. Finalmente, y presionado por los muchos frentes bélicos, el conde-duque decretó unilateralmente una leva de 6.000 hombres en Cataluña, además de anunciar que las tropas reales hibernarían en la región.

Lo peor fue lo de la hibernada. Los ejércitos en aquel entonces no eran como los de ahora. Los soldados recibían una soldada, y no siempre, y no existían las organizaciones logísticas que hoy garantizan al soldado cama, comida, pertrechos, etc. Los soldados establecidos en Cataluña debían ser alojados y mantenidos por los ciudadanos de cada lugar, con la excepción de la nobleza, el clero y la burguesía, que estaban exentos. Eran los obreros, por lo tanto, los que corrían con las consecuencias de la estancia de los soldados. A lo que hay que añadir que aquellos soldados españoles eran, en su mayoría, matones patibularios que tomaban aunque no fuese suyo, abrían las piernas de la moza que les gustaba sin preguntarle, y otras cosas de parecido jaez. Esto ocurría con asiduidad; pero, conforme el rey se retrasaba en el pago de las soldadas, se convertía en un problema de grandes dimensiones.

En la práctica, por lo tanto, muchos catalanes tuvieron perfecto derecho a considerar aquello una ocupación extranjera. No se diferenció mucho de esas escenas que estamos acostumbrados a ver en las pelis sobre la Francia ocupada por los nazis.

En enero de 1640, una unidad especialmente cabrona, los jinetes napolitanos a las órdenes de Federico Spatafora, perpetró el saqueo de una población denominada Palautordera. A partir de ese momento, comenzaron a multiplicarse las hostias en el norte de Cataluña entre soldados y payeses. La respuesta de Santa Coloma fue decretar la inmunidad penal de los soldados reales los cuales, por lo tanto, no podían ni siquiera ser llevados ante los tribunales. Esta medida, junto con otras, radicalizó tan notablemente a muchos catalanes rurales que, en abril, salió el gordo del bombo: en Santa Coloma del Farnés, las turbas quemaron vivo al alguacil real, Miquel Joan de Monrodon. Como respuesta, las tropas reales entraron en una de las barriadas del pueblo y no dejaron una piedra sobre otra.



El 22 de mayo, una fuerza de 2.000 guerrilleros, que se dice pronto, entró en Barcelona para liberar de la cárcel a un diputado, Françesc Tamarit, que estaba engrilletado por orden del virrey.

Justo es reconocer, en todo caso, que en el sur de Cataluña no se produjeron incidentes. Curiosamente, ésa era la zona donde las tropas que estaban establecidas estaban formadas por españoles (o sea: por otros españoles).

En éstas llegamos al 7 de junio, día del Corpus. En la muy, muy religiosa Barcelona, esto suponía la multiplicación de las procesiones. Los primeros días de junio eran también el momento en el que se comenzaban a preparar las grandes siegas de lo crecido durante la primavera. Los temporeros que realizarían estas labores eran contratados masivamente en esos días en la ciudad condal, motivo por el cual ésta se llenaba de aspirantes al curro: los segadores que, hoy, han hecho famosos la Historia, el mito y el orgullo.

Los segadores se reunían en la parte alta de las Ramblas y eran contratados mediante ofertas que se presentaban de viva voz en la plazuela de El Carmen; la cual, honradamente, no sé si existe en la Barcelona de hoy.

A los barceloneses les gustaban los segadores lo que a mí el marisco; o sea, entre nada y absolutamente nada. Eran pendencieros, bebedores y prostibularios; así pues, todos los años, en llegando el Corpus y las contrataciones de la plazuela, siempre acababa habiendo follón en la ciudad. Santa Coloma había intentado, sin éxito, que la autoridad municipal barcelonesa, conocida como el Consejo del Ciento, decretase que los temporeros deberían permanecer extramuros (en aquel entonces, Barcelona aún estaba rodeada por una muralla, al estilo medieval). Pero el Consejo no se atrevió, porque los segadores eran, dicen las crónicas, más de medio millar, y eso hubiera sido demasiado cabreado para los posibles con que contaba la ciudad. Aunque, finalmente, fue peor el aceite de ricino que la indigestión.

Un grupo de estos segadores, que iba cantando y montando bulla, pasó por delante de la residencia de Santa Coloma, donde, al parecer, gritaron algo así como «¡muerte a los traidores!» (aunque parece que también dieron vivas al rey). Pero no pasó nada. Un poco más tarde, ése u otro grupo, que no se sabe, llegó a la casa del difunto Monrodón, donde aún residía su familia. En la puerta había tres milicianos gremiales, pertenecientes, por lo tanto, a la única fuerza pública que existía entonces en Barcelona, en la cual las distintas compañías eran alimentadas por distintos oficios.

Los segadores y los polis discutieron. Aquéllos se jactaron malamente del asesinato de Monrodón, hasta que uno de los milicianos, que dijo haber sido testigo de aquellos hechos, acusó a uno de ellos de haber participado en el asesinato. Una cosa llevó a la otra, segador y miliciano se empujaron, se retaron, y acabó por pasar lo que tenía que pasar: el miliciano sacó una daga y le asestó una estocada bajera al segador. No está claro, pero es posible que se tratase de Joan Tarascó, natural de Dosrius; quizá el primer herido de aquel día, el que, de alguna manera, lo empezó todo.



De culo, cuesta abajo, y sin frenos.