viernes, abril 18, 2008

Las guerras púnicas (1)

Lo prometido es deuda. Aquí tenéis el primero de una serie de dos artículos de Tiburcio sobre las guerras púnicas. Yo creo que ha sido muy acertado por su parte escoger este tema. Las guerras púnicas son uno de esos hechos históricos de cuya existencia todo el mundo tiene noticia, pero de los que en realidad se desconoce todo o casi todo. Tiburcio tiene la tesis, muy acertada por lo demás, de que dicho conocimiento es importante porque la guerra entre Roma y Cartago tuvo, de hecho, una importancia crucial para la Antigüedad de Occidente, es decir para nosotros.





Aquí os dejo con él.




En mi opinión, el momento clave de la Antigüedad fueron las guerras púnicas. Fue entonces cuando se decidió si el Mediterráneo sería un lago romano o un imperio comercial cartaginés. Mi apuesta es que si los cartagineses hubiesen ganado las guerras púnicas, Cartago habría establecido una soberanía bastante laxa sobre el Mediterráneo occidental, en la que lo comercial habría tenido bastante importancia. El púnico habría sido la lingua franca y posiblemente los galos habrían tenido la oportunidad de crear estructuras políticas más sólidas y jugar en Europa el papel relevante que hacia el 300 a.C. parecía que estaban llamados a jugar. No creo que los cartagineses se hubiesen metido en muchos líos militares en el Mediterráneo oriental, donde los reinos helenísticos habrían seguido con su deporte favorito: darse capones mutuos.

La I guerra púnica fue como una manzana en un árbol: tenía que caer. A comienzos del siglo III a.C. era sólo cuestión de tiempo que un romano le dijera a un cartaginés, o viceversa: «Forastero, este mar es demasiado pequeño para los dos.» Cartago y Roma habían tenido relaciones pacíficas durante dos siglos e incluso habían sido aliadas contra Pirro el epirota. Sin embargo, los cartagineses no se fiaban y la expansión de Roma por la península italiana les daba mal yuyu y con razón.

El desencadenante de la I guerra púnica fueron los mamertinos. Los mamertinos eran un grupo de mercenarios itálicos que se habían adueñado del puerto de Messana, que domina el estrecho entre Sicilia y la península itálica. Harto de sus correrías, Hierón de Siracusa (la gran potencia rival de Cartago en la isla) les atacó y derrotó. Los mamertinos decidieron llamar al primo de Zumosol, pero resultó que había dos primos de Zumosol a mano, los cartagineses y los romanos. Los partidarios de los cartagineses se adelantaron y pronto hubo una guarnición púnica en la ciudad, que hizo que Hierón mirase hacia otro lado; sabía que no era rival para Cartago. Lo de tener un señorito que te controle jode, sobre todo cuando llevas varios años haciendo lo que te da la gana. Los mamertinos enviaron una embajada a los romanos para pedirles que les libraran de los cartagineses.

Parece que en el senado romano hubo una discusión muy enconada sobre si se debía ayudarlos o no. Esto indicaría que los senadores eran conscientes de que ayudar a los mamertinos suponía romper el tratado de paz con Cartago, al inmiscuirse en su esfera de influencia, e implicaba el riesgo de una guerra. El senado decidió que fueran las asambleas populares las que tomasen la decisión. Yo veo en esto una añagaza del partido belicista: siempre sería más fácil inflamar a las masas y llevarlas a votar en favor de la guerra. Y eso fue lo que ocurrió: las asambleas votaron por ayudar a los mamertinos.

He leído en algún libro que los romanos posiblemente no pensasen que su acción fuese a desencadenar la guerra. Lo dudo mucho. Los cartagineses no tenían más que ver cómo Roma se había ido expandiendo por la península itálica para entender que si hoy les dejaban que se metieran en Messana, mañana les ocuparían toda la isla. Lo que es cierto es que desde un punto de vista estratégico los romanos hicieron una machada, o una insensatez. Ellos, que no tenían barcos, establecían una cabeza puente en una isla, frente a una potencia naval. La receta para un desastre.Y sin embargo no hubo desastre. Los cartagineses eran un pueblo de comerciantes, no de guerreros. Una buena parte de su ejército la componían mercenarios, sobre cuya fiabilidad y eficacia se podría hablar mucho. Quitando a la familia de los Barca, que debían estar dotados de un gen marcial muy peculiar, los generales cartagineses no destacaban por su destreza. De alguna manera, durante los tres primeros años de la guerra los romanos no pararon de dar tortas a los cartagineses, pero todas eran tortas terrestres. Mientras no les derrotasen en el mar, serían incapaces de apoderarse de la costa y cada victoria terrestre sería contrarrestada por algún contragolpe marítimo cartaginés a sus espaldas.

Así, un pueblo terrestre como los romanos, que le tenía tanto pavor al agua que hasta cuando la bebía la mezclaba con vino, se lanzó a la tarea de construir una flota, empleando el know-how de los griegos de la Magna Grecia. Para contrarrestar la superior pericia naval de los cartagineses, los romanos inventaron el corvus, unas pasarelas de abordaje que enganchaban al barco enemigo y le impedían maniobrar, transformando el encuentro naval en uno más parecido al terrestre. Debió de ser una desagradable sorpresa para los cartagineses ver cómo en 260 una flota de 145 barcos romanos derrotaba a una suya de 130, de los que casi la mitad terminó en el fondo del mar.

Cuatro años de guerra marítimo-terrestre en el área de Sicilia condujeron a un estancamiento. Los romanos podían competir con los cartagineses en el mar, pero no lo suficiente como para aislar sus posesiones en el oeste de la isla y forzar a su rendición. Nuevamente los romanos tuvieron otra idea genial: si no conseguimos derrotarles decisivamente en Sicilia, llevemos la guerra a su casa, a África. Pensemos en la osadía de la empresa: gente que hacía cinco años no sabía ni nadar, iba a armar 330 galeras y montar en ellas a 15.000 legionarios y 500 jinetes para desembarcarlos al otro lado del mar, en el patio trasero de su enemigo. Echando sal a la herida, en el camino se cepillaron a una flota cartaginesa de un tamaño similar, a la que hundieron 30 barcos y capturaron otros 64. Pero ahí se terminó la suerte de los romanos. Cartago no se rindió, aunque ganas no le faltaron y tal vez lo hubiese hecho si Regulus, el comandante romano, le hubiese ofrecido mejores condiciones. Pero cuando te dicen «me darás todo lo que tienes y además abrirás la boca cuando esté fumando por si no encuentro un cenicero», te dices: «Pues para eso, sigo luchando a ver si…» Y ocurrió que «si». Los cartagineses recibieron a un general espartano, Xanthipo, que llegó con un número apreciable de mercenarios griegos y mostró a los romanos que también había otros pueblos en el Mediterráneo que sabían dar capones. Sólo 2.000 romanos lograron volver a Roma. Para redondear el desastre, una flota de 350 navíos que había acudido a África para rescatar a los supervivientes, en el camino fue azotada por una tormenta y sólo quedaron 80 barcos.

Cualquier otro pueblo de la Antigüedad habría tirado la toalla en ese momento y habría dicho a los cartagineses: «Quedémonos como estamos, yo con el este de la isla y tú con el oeste». Pero, como decía Obélix: «Están locos estos romanos». Siguieron la guerra con más ganas.

En 254 ya habían construido 220 nuevos navíos y levantado dos ejércitos que soltaron en Sicilia. Eso es vocación. En la campaña de ese año, les dieron varios buenos capones a los cartagineses y les relegaron al occidente de la isla. A los romanos el apetito se les abría comiendo, ¡y de qué manera! En 253 lanzaron una nueva operación osada: hacer raids por toda la costa de Libia para incitar a los nativos a que se revolviesen contra los cartagineses. La pasada volvió a saldarse con un nuevo desastre: una tormenta se cepilló a 150 de los 200 barcos romanos. Ni las pateras tienen tan mala suerte.

Tras el 253 la guerra empieza a parecerse a un combate de boxeo entre dos púgiles groguis, en el que ninguno alcanza ya a noquear al adversario. Los sucesivos desastres navales (aún hubo más en los años sucesivos) quitaron a los romanos la ventaja que habían conseguido en el mar y permitieron a los cartagineses reforzar las comunicaciones que mantenían entre Cartago y Sicilia. Pero en tierra los cartagineses eran incapaces de vencer a los romanos. El intento más serio que llevaron a cabo en estos años se saldó con una derrota épica ante Panormo de su ejército de 20.000 hombres. Tras Panormo, los cartagineses, menos obstinados que los romanos, bajaron la intensidad del conflicto. Se conformaban con mantener sus dos últimas posesiones en Sicilia, Drepana y Lilibeo, mientras hostigaban un poco a los romanos, y con reforzar sus posiciones en el norte de África.

Los romanos, inasequibles al desaliento, en 243 lanzan un nuevo órdago a grande y ya he perdido la cuenta de los que llevaban echados en esta guerra. Construyeron una nueva flota y con ella se dispusieron a cortar las comunicaciones entre Sicilia y Cartago. En 241 esa flota consiguió destruir a la flota cartaginesa que llevaba suministros a las tropas en Sicilia en las islas Égatas.
La élite cartaginesa decidió que demasiado era demasiado. Llevaban 22 años desangrándose en Sicilia y tenían su comercio abandonado. Las dos plazas que les quedaban en la isla ya no tenían valor económico si el resto de la isla se había perdido. La guerra de Sicilia había sido una inversión ruinosa y más valía retirarse y recortar gastos.

Los romanos les hicieron pagar lo mal que se lo habían hecho pasar: no sólo tuvieron que entregar sus últimas posesiones sicilianas; también tuvieron que dar una indemnización de 3.200 talentos de plata a pagar en diez años y devolver sin contraprestación a los prisioneros de guerra. Y en el colmo de la desfachatez, aprovecharon la revuelta de los mercenarios cartagineses que siguió al fin de las hostilidades para apoderarse de Cerdeña e imponer una nueva indemnización de 1.200 talentos a los cartagineses si no querían que les volviesen a dar capones. Y luego se extrañarían los romanos de que Aníbal les tuviese tantas ganas.

miércoles, abril 16, 2008

Juicio de la República (II)

¿Merecen los temas meramente opinativos un espacio en este blog que lo que quiere es contar historias? Yo creo que sí. Y me parece que con eso basta. Por ahí he leído que uno de los consejos que dan siempre los grandes bloggers es que cuando tienes un blog debes hacer en cada momento lo que te apetece. Y a mí me provoca escribir un poco más de esto, sobre todo después de los nueve comentarios que mis amables lectores han dejado al post anterior.

Debo confesar que este post desplaza una interesante serie de dos artículos que ya está preparada en la que Tiburcio nos cuenta las guerras púnicas. Sí, babead. Vosotros, que sois listos, sabéis que no hay nadie como un elefante para contarte las guerras púnicas, por razones obvias. No obstante, la actualidad manda y yo soy de las personas que piensan que cuando una tertulia se anima, mientras no salgan a relucir los bastones como le pasó a Valle-Inclán en aquélla en la que perdió la mano, lo que hay que hacer es animar la discusión.

Son varias las cosas que se me ocurren a la luz de lo que leo en los comentarios y en mi propio post.

En primer lugar, una pequeña defensa de las ucronías. A mí me parecen útiles. No por aquello para lo que la gente las suele usar, que es para fantasear sobre lo que hubiera pasado si, sino para entender lo que pasó. Pertenezco a esa escuela de pensamiento histórico (si es que existe) según la cual la Historia, en cada momento, tiene por lo menos dos o tres caminos distintos por los que discurrir, así pues los hechos, si bien no son mutables, pudieron serlo en su momento. Y estudiar por qué mutaron en un sentido concreto, o mejor dicho por qué no lo hicieron en otros, nos ayuda a entender nuestro pasado. Eso sí, quien utilice las ucronías para montarse un universo paralelo donde todo cuadra con su punto de vista se equivoca; pero no pasa nada, porque ese tipo de personas realizan esa manipulación diariamente, con todo.

Sobre el documental de La Sexta que no vi. Por lo que se ha contado en los comentarios que he leído, creo que se trató de un ejercicio elegante e intelectualmente fresco, pero con fallos. En 1938, Negrín no era Negrín. Negrín era el conglomerado de fuerzas que sostenía la guerra en el bando republicano. Así pues, plantear la dimisión de Negrín en 1938 es plantear un imposible. Como preguntarse qué hubiera pasado si Hitler hubiese dimitido y se hubiese ido a Berchstersgarten a plantar prímulas al día siguiente de declararle la guerra a la URSS, o si Stalin hubiese legado en vida la secretaría general del PCUS a Harry Truman.

Negrín no podía dimitir en 1938. Y la secuencia de hechos no es: Negrín dimite, ergo el PCE pierde poder, ergo franceses e ingleses ayudan a la República. Para que la primera, y sobre todo la segunda premisa, hubiesen sido ciertas, habría sido necesario que se produjese antes la tercera, no después. Y ahí es donde está la pescadilla que se muerde la cola y que, en mi opinión, explica (he aquí la utilidad de las ucronías) la parte de la no intervención que no fue el miedo a Hitler: si no ayudo a la República la influencia comunista será muy alta, pero la influencia comunista sólo será baja si ayudo a la República. Si hay algún lógico matemático en la sala que me ayude, pero me parece que esto se llamaba daraptí, o felapton, no sé. Hace siglos que estudié la lógica.

Lo de la presidencia de Prieto me lo tomo como una coña. Supongo que el estudio en el que se basa el documental de La Sexta tendría en cuenta pequeños detalles como que para nombrar a Prieto presidente del Gobierno de la República en 1938, antes sería necesario desarmar a las milicias comunistas y a las Brigadas Internacionales. Porque es mi convicción que los Modesto, Líster, Barceló, Galán y compañía, lejos de obedecer a un commander in chief como Prieto, harían lo que hicieron con Casado, esto es, volver los cañones hacia retaguardia. Entre otras cosas porque, después del discurso de Prieto que le valió ser cesado como ministro de la Guerra (y que está básicamente descrito en Guerra y vicisitudes de los españoles, es decir las memorias de Julián Zugazagoitia), yo tengo claro que don Indalecio sólo hubiera aceptado la jefatura del gobierno en 1938 para una cosa: negociar la paz, o sea, emitir en la misma longitud de onda de Azaña (mira que me parece que este tipo está sobrevalorado por la Historia; pero, no obstante, para mí su famoso discurso de las tres pes, Paz, Piedad, Perdón, es una de las mejores piezas de oratoria que he leído nunca).

Otra cosa que no sé si el documental valora correctamente es a Franco. Si los autores del documental se molestan en leer las memorias de Carlton Hayes, que fue embajador de Estados Unidos en la España de Franco después de la guerra, observarán que la cosa no es tan fácil. Uno de los mensajes claros que Londres-Washington le mandó a Franco a principios de los cuarenta es que si, en el momento en que comenzase la ofensiva aliada en el norte de África, España era beligerante (a favor del Eje, se entiende), entonces Franco debería atenerse a las consecuencias. Consecuencias como que las Canarias serían invadidas, quizá, para no volver a ser nunca españolas (o sea, parecido a lo que hay ahora, sólo que ya sin versión española en las cartas de los restaurantes). Nada nos hace pensar que esas amenazas no se reproducirían en un entorno como el que describe el documental y nada nos hace pensar que la reacción de Franco fuese a ser otra que la que fue, es decir contemporizar. Quiero con ello decir que, en un entorno como el que parece que describía el citado documental, Franco también se movería o, dicho de otra forma, también le pondría las cosas difíciles a los británicos (los franceses son otra historia) para ponerse decididamente del lado de la República.

Otra cosa que me gustaría comentar es el asunto de las derechas. No estoy de acuerdo con lo que dices, Diego (espero que no te moleste que te tutee). Hay derechas y derechas. En la Historia de España hay ejemplos de derecha creativa y capaz para las reformas. El ejemplo más claro es Cánovas. Ideológicamente hablando, Cánovas es lo que hoy llamaríamos un personaje ultraconservador. Sin embargo, era consciente de una cosa. Él sabía que en un entorno de poder turnante con un liberalismo más abierto, la tendencia en el largo plazo sería reformista, dado que los conservadores, durante sus etapas de poder, difícilmente podrían dar marcha atrás en las reformas abordadas por los liberales durante sus tiempos de gobierno. Piénsalo de un ejemplo actual. La derecha volverá a gobernar en España, qué duda cabe. Pero dudo mucho que, el día que lo haga, ilegalice el matrimonio homosexual. Lo más probable es que, suponiendo que quiera, no pueda.

Luego hay una derecha ultramontana. Derecha muro, como también hay izquierda muro, porque igual que uno se puede encastillar en sus privilegios, también se puede encastillar en principios teóricos insostenibles en la práctica; encastillarse, de hecho, es una de las cosas que mejor se le da al ser humano. La derecha muro niega todas las reformas, las combate una a una y defiende la posibilidad de los pasos atrás. Además, la derecha económica española de 1931 no puede decir que las reformas fuesen radicales en su contra. De hecho, el gran problema de la República fue la tibieza de la reforma agraria, precisamente para no cabrearlos. Calvo Sotelo, Goicoechea, Romanones, Martínez de Velasco, Lamamié de Clairac, Primo de Rivera, Gil-Robles, Lerroux, Samper; todos los nombres de la derecha republicana vienen a representar, de una manera o de otra, ese punto de vista cerril que, en eso sí te daré la razón si me la pides, el rosario de huelgas revolucionarias hizo más cerril aún.

En mi opinión, el único personaje de la derecha republicana realmente válido es un pobre señor sin apoyos políticos, al que le tocó una importante vela en este entierro y que, en mi opinión, lo hizo lo mejor que supo. Me refiero a Chapaprieta, señor que, obviamente, está olvidado por los historiadores en su completitud.

Por último, sobre si esto es equidistancia o políticamente incorrecto, la verdad es que no he pensado mucho en ello. En mi biblioteca hay un par de cientos de libros específicos sobre la II República y la guerra civil, amén de fascículos que se han ido publicando en los últimos cuarenta años, primeras ediciones, etc. Incluso tengo un libro de artículos de Prieto firmado por él mismo que encontré por casualidad un día en la caja de un ropavejero. Los he leído todos; la mayoría, salvo los muy valiosos, los tengo subrayados. Creo sinceramente que la lectura compulsiva de testimonios sobre la época acaba conduciendo a eso que se llama equidistancia, siempre y cuando sepas elegir todos los tonos de la tesitura.

La Guerra Civil Española es una oportunidad para el investigador como hay muy pocas. Uno puede leer, por ejemplo, la hagiografía que sobre José Antonio Primo de Rivera escribió Felipe Ximénez de Sandoval, y también puede leer las memorias de Dolores Ibárruri. Uno puede leer los libros de Ramón Salas Larrazábal o los de Hidalgo de Cisneros. Si se lee mucho, uno acaba dándose cuenta de que hay un importante volumen de fuentes intermedias, los historiadores, que, pese a colocar potentes bibliografías al final de sus libros, en realidad juegan a beber sólo de un pequeñísimo ramillete de fuentes, que son las que les interesan. La bibliografía es tanta y tan amplia que es relativamente fácil centrarse en un tipo de testimonios (los que dicen que Prieto era cojonudo, o que Franco era una bellísima persona; los que demuestran que la República perdió la guerra por la ayuda alemana y los que demuestran que la URSS le enviaba material averiado) sin que se note mucho. Pero tenemos algo que en otros periodos históricos falta, que son los testimonios directos. A cientos. De hecho, mi amargura es pensar que antes de haber podido leerlos todos me habré quedado, como poco, ciego.

¿Equidistancia? No sé. Yo creo que es, simplemente, el poso que dejan la mayoría de los testimonios. De falangistas y de anarquistas. De socialistas, de agrarios, de católicos, de comunistas. De ministros y de milicianos. De soldados y de cocineros. Cada uno cuenta su milonga a su manera.

Pero al final, en la mayoría de los casos, lo que queda es una melodía que es siempre la misma. La melodía canta la pregunta: ¿qué cojones salió mal para que la cagásemos de esa manera?

Ésa es una pregunta muy difícil de contestar desde el sectarismo.

lunes, abril 14, 2008

Juicio de la República

Alguna que otra persona, la más visible Robert en el comentario que ha dejado escrito al último post sobre España y Gibraltar, me ha preguntado mi opinión sobre un documental que ayer por la noche pasó La Sexta que especulaba con la posibilidad de que el final de la Guerra Civil hubiera sido otro y, en general, defendía la idea de la II República. La verdad es que no vi el documental. Lo ví anunciado, pero debo confesar que este fin de semana me hice con una copia de Call of Duty 4, así pues tenía, por decirlo de forma notablemente irresponsable, cosas más importantes (para mí) que hacer. Es por eso que me he pensado mucho escribir estas notas, porque su teórico origen, al fin y al cabo, es un programa que yo no he visto.

Así pues, diré algunas cosas que opino sobre el juicio de la República y algo también sobre la politica-ficción relacionada con un final distinto para la GCE.




En primer lugar, creo que la II República, en el orden moral, no merece sino buenas apreciaciones. Los tiempos republicanos fueron los tiempos en los que España, finalmente, se apuntó al carro de una Europa comprometida con los valores democráticos, con el desarrollo social y con la interna solidaridad de los ciudadanos. Las valoraciones epidérmicas de la República suelen recordar cosas como que legalizó el divorcio (no sé qué puede la gente ver de moderno en el divorcio; los paisanos de Cayo Mario, de Sila y de Julio César se divorciaban sin problemas), pero yo prefiero fijarme en otras cosas: el intento (en gran parte fallido, ciertamente), por realizar una reforma agraria; es decir, en un país cuyo PIB dependía en no menos del 60% de la agricultura, modernizar la economía. La legislación de jurados mixtos, verdadera precursora de la negociación colectiva laboral. La apertura en las cátedras. El laicismo estatal. Todos esos movimientos fueron notablemente valiosos para España e hicieron que, de una vez, un país que parecía destinado a perder la carrera de la modernidad consiguiese al menos que sus principales competidores no le sacasen una o dos vueltas de ventaja.

A ello hay que unir que el 14 de abril de 1931, pese a que no estuvo exento de conflictos y disturbios en algunos puntos de España, fue toda una prueba de civismo. Fue, a mi modo de ver, la demostración de que la sociedad española había adquirido ya la conciencia de que la monarquía, incluso la constitucional, era un freno objetivo para el desarrollo sociointelectual del país, y que, simple y llanamente, querían probar otra cosa. A lo que hay que unir la clarividencia del propio Borbón el cual, a despecho de los temibles cantos de sirena de sus partidarios más ultramontanos, vio con claridad que tenía que salir de España echando leches, creo yo que sabiendo que nunca más volvería a pisarla.

Detrás del hecho de que la República es el crisol que recoge gran parte de los valores de progreso y solidaridad con los que España apenas soñaba en aquellos momentos, sin embargo, se suelen esconder las miserias de aquellos años, que fueron muchas. No tenía la República ni un mes de vida y ya se produjo, primero en Madrid, luego en otros lugares de España, la repugnante escena de unas turbas de personajes (cuya militancia nadie, nunca, ha reivindicado) quemando impunemente propiedades privadas; pues eso son las iglesias y los conventos. Como acertadamente diagnostica Miguel Maura en sus memorias y en sus discursos parlamentarios sobre el tema, aquel día la República comenzó a perder un poco de legitimidad. Porque no se puede ir por la vida de yo soy plenamente democrático cuando tienes en tu seno ciudadanos, por muy fachas que sean, que no parecen tener derecho a que las fuerzas del orden protegan sus bienes de la quema. Aquello fue un tremendo error y, sin embargo, que no lo fue es una burra de la que los conspicuos políticos republicanos nunca se bajaron (acordaros del famoso acto de justicia inmanente de Azaña) y, de hecho, no pocos admiradores actuales de la República siguen sin admitir.

Otro gran problema de la República es que nunca logró dejar de ser un problema de orden público. Desde el 10 de mayo de 1931, en el momento en que los jóvenes monárquicos sacan los altavoces de su tocata al balcón y ponen la Marcha Real a toda pastilla, hasta el día de julio del 36 en el que una recua de cabrones (todo el que dispara en la nuca de alguien es un cabrón) se lleva por delante a José Calvo Sotelo, la República fue un problema de orden público. Las izquierdas confiaron durante toda la guerra civil en que uno de los problemas que iba a tener Franco serían las huelgas y abstencionismos varios en la zona nacional. Pero Franco no tuvo ni una huelga general, en parte porque es jodido hacer huelga cuando te están apuntando con un máuser, pero también, en parte, porque mucha gente, en la España del 36, estaba de huelgas hasta los cojones. La Repúbllica nunca fue capaz de poner orden en aquello; lejos de enterrar a los anarcosindicalistas (auténtico cáncer republicano) bajo un par de toneladas de orden y justicia, lo que vivió la II República española fue un proceso de progresiva radicalización del PSOE y la UGT, precisamente temerosos de los éxitos que entre los obreros exhibía la CNT.

Que la República nunca dejó de ser un problema de orden público lo demuestra la famosa Ley de Defensa de la República, que introducía un matiz a la Constitución de muy poca raigambre democrática, pues ponía en manos de un ministro poderes que en los países democráticos (sin ir más lejos, la España de hoy) están en manos de los jueces. Por lo demás, Castilblanco, Arnedo y Casas Viejas son tres agujeros negros en el firmamento republicano que están ahí para todo aquél al que no llenen los conceptos meramente jurídicos.

Resulta difícil, muy difícil juzgar como plenamente democráticos a esos políticos de la República que fueron los integrados en el PSOE. Todos ellos, con la única excepción de Julián Besteiro y sus seguidores, tienen en el debe de sus actuaciones políticas algo tan poco edificante como haber dado un golpe de Estado contra el orden constituido, contra un parlamento mayoritariamente votado por los españoles (y las españolas). Lo hicieron, sí, para salvar la democracia. Pero resulta que la democracia sobrevivió al fracaso de su estupidez, a pesar de que las derechas, tras el golpe, lo habrían tenido a huevo para acabar con ella. Eso sí, si regalas un gol dos veces, a la tercera ocasión será tu contrario quien marque: en julio del 36, quienes en noviembre del 34 se guardaron de defender la dictadura, la alentaron.

Los primeros en la nómina de capullines republicanos son, en todo caso, las derechas. La lectura de las memorias de Gil-Robles, No fue posible la paz, se hace difícil por el tono, entre plañidero y victimista, que adopta su autor. Sin embargo, por mucho que las derechas traten de ir de Calimero y decir que nadie las quería y bla, bla, bla, lo que es bastante claro es que, cuando no fueron corruptas (Lerroux), fueron notablemente insolidarias, como ocurrió con las clases patronales, que respondieron a la tentativa de modernizar la estructura económica de España con las siempre patrióticas medicas de poner palos en las ruedas de las reformas y evadir capitales. Las derechas fueron el principal obstáculo para el reformismo; el gran argumento para todo aquel que piensa que, cuando el desheredado no ve posibilidad de evolución, se apunta a la revolución.

Y qué decir de los nacionalismos. Porque España, en 1931, necesitaba muchas cosas. Pero casi todas ellas quedaron aparcadas en 1930, durante la reunión del famoso Pacto de San Sebastián. Como han coincidido en señalar los protagonistas de aquel encuentro, las discusiones de aquella tarde giraron, como si fuese un monotema, alrededor del asunto de los catalanes y de los vascos. O, dicho de otra forma, a a la oportunidad histórica de modernizar un país, de acabar con la pobreza, con las lacras del confesionalismo, de traer las libertades y la fraternidad, los nacionalistas opusieron su eterno: ¿qué hay de lo mío? Françesc Maciá, político de gran honradez y estrechas miras, estuvo a punto de cargarse la República a las pocas horas de existir con su idiotez de proclamar la República catalana; de haber tenido las fuerzas de la reacción más músculo del que tenían y un rey que hubiera querido quedarse a pelear, aquella declaración les habría venido de pila máster para justificar su asonada. No contentos con hacer el gilipollas una vez, los nacionalistas repetirían mamonada tres años más tarde, esta vez de la mano del desgraciado Companys, el hombre que acabaría frente al pelotón de fusilamiento por amor a un hijo, pidiendo como última voluntad que lo dejaran descalzarse para poder morir tocando con su piel la tierra catalana.

En mi opinión, que es sólo mi opinión, los únicos políticos puramente democráticos de la República eran eso que se ha dado en llamar las izquierdas burguesas, fundamentalmente Izquierda Republicana y Unión Republicana. No obstante, pecaron de soberbios, sobre todo Azaña. Manuel Azaña creyó que a todos podía dominar y domeñar y no se dio cuenta de que si algo decretaron con claridad los votos en febrero del 36 es que él era un rehén de las izquierdas obreras. Él creía tenerlos en el corralito sin darse cuenta de que él era el ternero. Infatuado y considerabilísimamente pagado de sí mismo, Azaña creyó que les podría manipular. Por toda respuesta Largo Caballero, con la fuerza de sus diputados y de la calle, que era medio suya (la otra mitad era de la CNT), lo agarró, lo puso de florero como Presidente, lo colocó sobre la chimenea, y lo olvidó. Para cuando hubo que parar la deriva de violencia, ni Azaña ni los suyos podían siquiera soñar con hacerlo.
¿Habría habido golpe de Estado sin asesinato de Calvo Sotelo? Yo creo que sí; pero, probablemente, habría fracasado, porque sus adhesiones habrían sido mucho menores. El asesinato de Calvo Sotelo decidió a mucha gente y, sobre todo, hizo a los golpistas muy temerarios: les enseñó que, en realidad, sus vidas estaban mucho más seguras si se alzaban que si se quedaban quietos.

¿Y si la República hubiera ganado? A mí me parece una pregunta retórica. Es correcto decir que Francia y sobre todo Inglaterra negaron ayuda a la República por miedo a Hitler. Pero hay más factores. Las colecciones de los periódicos de la época están en las hemerotecas. Ambos países, y muy especialmente Reino Unido, tenían fuertes oposiciones internas que estaban muy lejos de ver en España el paraíso democrático que suelen dibujar las hagiografías de la República. En esos países había miedo a la deriva del socialismo, a la ascensión del comunismo y al enorme papel jugado por el anarquismo. Reino Unido difícilmente habría enviado a los gurkas a luchar codo con codo con la Brigada Thaelman o la Garibaldi. Le habría dicho a la República: o una cosa, o la otra; o te salvan los gaiteros escoceses con sus faldas, o te salvan los lectores de libros rojos. Juan Negrín, que era un ministro tan poco socialista que los socialistas lo han olvidado (para el PSOE, es como si Negrín nunca hubiera existido), estaba, a pesar de su filocomunismo, loco por sacar a las Brigadas Internacionales de España. Y tenía sus razones para desearlo.

Así pues, en efecto, si la situación europea hubiera sido otra, tal vez la suerte de la República también lo habría podido ser, como, por lo que ví por la breve publicidad que alcancé a ver anoche, fantaseaba el mentado documental de La Sexta. Creo que decía algo así como que tropas de los EEUU habrían entrado por Marruecos hacia los Pirineos. Y, si hubiese sido así, ¿con cuántos caquiques autogestionarios de la FAI, a cuántos generales del Quinto Regimiento se habrían abrazado si en Francia, cuando la guerra aún no había terminado, ya estaban la Resistencia comunista y la gaullista dándose de hostias? ¿Verdaderamente alguien se cree que el general Eisenhower se habría abrazado con Cipriano Mera, o con Líster, o con Modesto?

La República fue, en mi modesta opinión, un sueño tan bello como necesario, gestionado con el culo. Con el culo de Alcalá-Zamora, que en el fondo era un cacique y tampoco llegó a entender del todo los resortes de la auténtica democracia. El culo de Azaña, ese Azaña que desprecia a todo el mundo y de todo el mundo mide la estupidez. El culo de Francisco Largo Caballero, que se creyó llamado a ser un Mesías del socialismo mediterráneo y lo sacrificó todo, sobre todo esa lógica de la que era perito su compañero Besteiro, en aras de conseguirlo. El culo de Prieto, personaje con la cabeza bien amuebladada pero excesivamente veleta. El culo de los comunistas y los anarquistas, que tenían de demócratas lo que Bertín Osborne de investigador del genoma de las ardillas. El culo de los monárquicos y de las clases patronales, que dieron uno de los mayores espectáculos de insolidaridad (comed República) y antipatriotismo (fuga masiva de capitales) que conoce nuestra Historia. El culo de los fascistas españoles, bobotes dedicados a filosofar con ideas de Todo a 100 patriotero. El culo de los militares, que llevaban de aquella 150 años marcando el paso del país y lo querían marcar una vez más.

Entre todos la mataron, y ella sola se murió.

Lo que nos quedó fue uno más de esos episodios de nuestra Historia donde los españoles demostramos que dando pasos atrás no nos gana nadie. El franquismo nos retrasó en todo. Nos retrasó económicamente, y aún estamos pagando las consecuencias de que, mientras nuestros competidores de hoy tenían sistemas fiscales modernos, nosotros siguiésemos usando canutos para dibujar la o. Nos retrasó en el campo intelectual, laminando la filosofía y la ciencia españolas, que durante décadas no fueron nada salvo para quien arrostraba el dolor de la emigración. Nos convirtió en una sociedad pacata, con olor a cera, carcomida por el miedo; hizo de nosotros como una especie de negro Kunta Kinte para el cual un día cojonudo es aquél en el que no te dan veinte latigazos. Hizo de nosotros seres traumatizados, pues generaciones enteras de españoles se definen, aún hoy, a partir del franquismo, bien afirmando, bien negando, las cosas que el franquismo afirmó o negó. ¿Por qué son malos los pantanos? Porque Franco los construyó. ¿Por qué es tan buena gente Fidel Castro? Porque Franco lo odiaba. Media España cree que ha superado a Franco y, sin embargo, eso no es sino una manera de no querer reconocer que somos como somos por él, gracias a su inspiración en algunos casos, por su culpa en los más. La otra media España, afortunadamente, es demasiado joven para que todo esto signifique algo.


¿Balance? La verdad, no muy bueno.