sábado, mayo 17, 2008

Black Power (y 2)

Como escribí al final de mi anterior comentario, el nacionalismo negro nació un poco a partir de la idea del regreso a África; idea, la del origen africano, que ha sido celosamente guardada por los americanos de color quienes, después de muchas generaciones, han querido ser conocidos como afroamericanos, signo éste de lo muy enraizado que está entre ellos este sentimiento. Sin embargo, todos los regresos a África, sin excepción, acabaron en fracasos, motivo por el cual se fue abriendo entre ellos la idea de la autodeterminación o, como diríamos hoy en España, el soberanismo.

Lo cual tampoco es una idea realmente negra. El establecimiento de una especie de colonia negra en el noroeste de los Estados Unidos es una idea que ya manejó el antiesclavista blanco Anthony Bezenet en un folleto que publicó en 1795. A Bezenet, por cierto, no parecía importarle mucho que el territorio adjudicado al futuro Estado negro estuviese ocupado por indios, lo cual demuestra que se puede ser muy progre sin dejar de ser racista. En 1805, otro blanco, Thomas Brannagan, propuso que se trazase una línea desde la frontera de los EEUU civilizados y que, a 2.000 millas de allí, se estableciese el Estado negro. Aquí podemos ver lo mucho que valoraban aquellos blancos la convivencia con los negros pues, para liberarlos, necesitaban poner nada menos de 2.000 millas por medio. De 1817 es la primera declaración propiamente negra, concretamente de un grupo de libertos de Virginia, en el sentido de que su colonia debía establecerse no en África sino en las riberas del río Missouri. Algunos años más tarde, se propuso Texas como el lugar para el Estado negro, quizá porque entonces no era el Estado que es ahora. No creo que a los tejanos de hoy les mole la propuesta. El siglo XIX registra diversos intentos, bastante torpes, de crear el Estado negro en Kansas y Oklahoma.

Cyril V. Briggs es el siguiente activista negro de la lista. Tras la primera guerra mundial, fundó la African Blood Brotherhood, una organización básicamente partidaria de la solución migratoria, pues a Briggs le ponía lo de un Estado negro en África, aunque también asumía que podía ser en América Central o del Sur. Pero Briggs es importante porque es el primer líder negro que acerca la defensa de los negros americanos a la nueva ideología de moda en el siglo XX: el comunismo. Él mismo y otros compañeros como Richard B. Moore, Lovett Fort-Witheman y Otto y Haywood Hall, se hicieron miembros del Partido Comunista Americano, que nació más o menos al mismo tiempo que el español, en 1921. El comunismo dejaría honda huella en el movimiento negro. Otto Hall fue a estudiar a Moscú en 1925 y allí el mismísimo little father Stalin le comió la oreja con que los negros eran una cuestión nacional. Es claro que el líder de la URSS vio en aquella historia una forma de dar por culo al mundo capitalista y, de consuno, en 1928 la Internacional Comunista adoptó oficialmente una postura en apoyo del derecho de autodeterminación de los negros del Cinturón Negro. Cinturón Negro no es aquí ninguna distinción de judoka, sino toda aquella área en la que la población negra fuese netamente mayoritaria.

Moscú, sin embargo, no tenía un compromiso sincero con la autodeterminación. Cuando los comunistas negros avanzaron en la construcción de una ideología que propugnaba la inmediata independencia de los negros, las gentes de Stalin se apresuraron a matizarles que eso era muy prematuro. El comunismo hizo con la independencia negra lo mismo que hizo siempre con todas las ideas atractivas que, por cualquier razón, o sabía que no podían cumplirse o no quería que se cumpliesen: situarlas en un futuro aún por alcanzar. Así, el comunismo negro americano comenzó a defender la idea de que los negros eran tan libres de separarse de los blancos como de decidir no hacerlo hasta que una eventual madurez de la situación permitiese dicha división en condiciones adecuadas.

Eso sí, la impregnación del comunismo en el movimiento negro americano supuso el viraje de éste hacia el punto en que fue, sin duda alguna, más eficiente: la demanda de la igualdad de derechos.

Con todo, no es el comunismo la única filosofía que impactaría en la ideología negra.

En 1888, un activista negro, Edward W. Blyden, escribió un folleto en el que establecía una diferencia de trato hacia los negros entre el cristianismo y el Islam; como nunca he podido dar con el folleto sólo tengo referencias indirectas, así pues no puedo explicar cómo bordeaba Blyden el pequeño asuntillo de que los musulmanes africanos montaron verdaderas factorías de encarcelamiento y venta de negros, lo cual, a mi modo de ver, más que pone en tela de juicio esa presunta comprensión de los mahometanos. Algunas décadas más tarde, en Carolina del Norte, Timothy Drew inicia la moda del cambio de nombre y pasa a llamarse Noble Negro Alí y modifica la típica ideología negra del retorno a África por otra más sutil: el retorno al Islam.

Noble Alí, quien se intitulaba profeta y se colocaba en el escalafón de la divinidad junto a Confucio, Jesús, Buda y Zoroastro, dotó al nacionalismo negro de raíces más valiosas. Sostuvo que en realidad los negros americanos eran originarios de Marruecos y, consecuentemente, herederos de los antiguos moabitas; lo cual les hacía, en sus orígenes, mucho más civilizados y poderosos que los habitantes de lo que hoy conocemos como África Negra. Por ello, Drew Alí, o Noble Negro Alí, dio a los negros una nueva identidad. Su final es un poco rocambolesco o, pensarán algunos, muy americano. Tras años de fundar templos a diestro y siniestro, otro activista, Sheik Claude Greene, vio las posibilidades de la cosa y fundó su propio grupo, también proislam. En la lucha entre las facciones, Greene fue asesinado en 1929, crimen por el que Alí fue acusado y encarcelado. Murió poco después de haber salido bajo fianza.

En 1930 eclosiona en Detroit Wallace D., también conocido como W. D. Fard. Escribió un libro delirante ya en su propio título (Teaching for the Lost Found Nation of Islam in a mathematical way), en el que establecía la teoría de que los negros de Estados Unidos descienden, todos, de una tribu perdida de Shabazz, que fue secuestrada de La Meca 369 años antes. Para liberarse, debían convertirse al Islam, hablar árabe y dedicarse a la astronomía y las matemáticas. El fenómeno Fard desapareció cuatro años después sin que se sepa muy bien ni cómo ni por qué. Eso sí, fue detenido varias veces. Pero su labor fue seguida por Elijah Poole, tuneado al Islam como Elijah Mahoma antes de la desaparición de Fard, y uno de los activistas que más claramente se decanta por la autodeterminación; en sus teorías propugna que les sean entregados a los negros tres o cuatro estados de la Unión, y que el desarrollo de la nación negra sea apoyado por los blancos durante 25 años.

Todo este cóctel de ideas, algunas de ellas un poco delirantes (no tengo tiempo de describiros la cosmogonía de Fard, o sea la historia del niño Yakub, pero es la leche) tenían, no obstante, que llevar las cosas a un punto de madurez y, por decirlo así, profesionalidad. Este paso es el que da Malcolm Little, también conocido como El-Hajj Malik El-Shabazz y, sobre todo, como Malcolm X.

Tras pasar por la cárcel, Malcolm X se convirtió al Islam y se apuntó a la iglesia de Elijah Mahoma. Sin embargo, terminó por distanciarse de él y fundar, en 1964, La Mezquita Musulmana. Peregrinó a La Meca y a África, y fue asesinado a tiros durante un mitin en 1965. La autoría del asesinato de Malcolm X es algo que no está claro; pudo ser la CIA o pudieron ser grupos de negros musulmanes rivales.

Malcolm X, con todas sus incongruencias y tonterías, que las tiene, es el primer líder negro que supera determinados pies forzados que existen, sobre todo, desde Marcus Garvey, y se atreve a blasfemar diciendo que él no distingue entre negros y blancos, sino entre gente que esté por la libertad y la justicia y gente que no. Además, tuvo la inteligencia de ser capaz de integrar las grandes corrientes del nacionalismo negro pues, si bien admitía que la solución más lógica para los negros era la vuelta a África, apostilló que, si los blancos no se atrevían a ello, entonces deberían dejarles un territorio en los propios EEUU para que pudieran vivir sin mezcla.

La principal aportación del Malcolm X, en mi opinión, es dotar al nacionalismo negro de pragmatismo. Quien haya seguido estas líneas y profundice en el tema verá que, entre estos líderes históricos, eran comunes las pajas mentales, los proyectos inalcanzables y las leyendas más propias de las Crónicas de Narnia que de una tertulia política seria. Malcolm rompe con todo eso y, a pesar de que muere prontísimo (no tenía ni 40 años), su evolución es evidente en el sentido de reivindicar cosas tangibles. En los últimos meses de su vida, los discursos de Malcolm X están repletos de demandas como que los políticos que manden sobre los negros sean negros y, sobre todo, la igualdad de derechos. En enero de 1965, en una entrevista televisiva, llegó a decir que ya no creía en el sueño de un Estado negro. «Creo», dijo, «en una sociedad donde la gente pueda vivir como seres humanos sobre la base de la igualdad». De ahí al archifamoso I had a dream de Martin Luther King sólo hay un paso; el nacionalismo negro, en las manos de Malcolm X, se tiñó de posibilismo. Revolucionario, pero posibilismo.

En 1966, en Oakland, California, dos amigos negros, Huey P. Newton y Bobby Seale, fundan el partido de los Panteras Negras. Al principio fueron, básicamente, unos grupos de seguridad local que patrullaban por el guetto de Oakland. Al igual que los mafiosos de la película Donnie Brasco se caracterizan por decir constantemente forget it, los Panteras Negras se caracterizaron por decir constantemente right on, o sea, ahora mismo.

Los Panteras Negras son una mezcla de izquierda radical y soberanismo. Su programa de diez puntos tiene uno fundamental, en el que se exige un referéndum entre los negros, supervisado por la ONU, sobre la autodeterminación; pero luego también habla de vivienda, educación, empleo, etc. Además, el suyo era un programa un tanto etéreo, porque propugnaba el referéndum, pero no decía nada sobre qué hacer según cuál fuese el resultado. Los panteras son una especie de gazpacho del revolucionarismo de Malcolm X (Eldridge Cleaver, uno de sus primeros líderes, era un seguidor suyo), el maoísmo, el castrismo y otras ideas afines; George Murray, uno de sus líderes, definió la ideología del partido como «inspirada en Che Guevara, Malcolm X, Lumumba, Ho Chi Min y Mao Tse-Tung». La suya es una estrategia de agitación guerrillera, motivo por la cual los panteras visten como el activista que se encuentra Forrest Gump al regresar de Vietnam, tocado con una boina y con ropas paramilitares.

Los Panteras Negras olvidan completamente la solución africana. Para ellos, su patria es la América blanca, y allí quieren quedarse. En su actuación, el nacionalismo cede espacio al marxismo-leninismo, pues Newton dijo: «tenemos dos males que combatir: el capitalismo y el racismo; hemos de destruir los dos».

Sobre la dialéctica de los Panteras, copiemos aquí una muestra de cómo Bobby Seale respondió, en una reunión, a una propuesta que no le gustaba: «Vamos a dar una patada en el culo a esos mamones si no se mantienen firmes en su basura y queremos decírselo claramente. Y vamos a darles unos azotes a esos maricas, a esos chicos de escuela si no enderezan su política. Así, queremos hacer saber esto a la SDS [Students for a Democratic Society; organización de negros y blancos que colaboraba con ellos]: que el primer mamón que se desmande, será mejor que se mantenga en línea para cierto tipo de acciones disciplinarias del partido Panteras Negras.»

A lo mejor, si Rajoy utilizase estas maneras, tendría al partido más unido…

Si añadimos a la nómina a Stockely Carmichael (inventor, por cierto, de la expresión Black Power), un Pantera Negra que se escindió para marcharse a África y hacerse pajas con la idea de hacer de Ghana el nuevo Estado afroamericano de la mano del presidente depuesto Kwame Nkrumah, habremos, creo yo, completado una visión a vista de pájaro de estos movimientos nacionalistas que florecieron en los sesenta y que han seguido teniendo diversas expresiones en las últimas décadas.

La relación entre negros y blancos ha seguido siendo muy conflictiva. Quizá el punto más jodido fue el famoso asunto de Rodney King, el negro brutalmente maltratado por la policía californiana y que está en los orígenes de los gravísimos disturbios provocados cuando dichos policías fueron absueltos por los jueces en 1992. También cabe citar otros episodios, como el liderazgo islamista de Louis Farrakan.

De todas formas, el nacionalismo negro siempre tuvo el problema de ser un poco antihistórico. La suya era una ideología fundamentalmente sureña y rural, pero es un hecho que los negros, a lo largo de los últimos cien años, si hay dos cosas que han hecho ha sido irse a vivir al norte y a las grandes ciudades. Asimismo, la aparición de otras minorías, notablemente los asiáticos y los hispanos, han hecho que, de alguna manera, el escalafón del racismo haya corrido, hasta el punto de hacer factible, hoy, que un negro ocupe las más altas magistraturas del Estado; cosa que sigue siendo algo más difícil para estadounidenses llamados Martínez, o Ming, o Jhartevilli.

Además, el nacionalismo negro, tan vinculado al marxismo, ha sufrido sus mismos problemas. Igual que Marx, que tantas cosas previó, no fue capaz de prever que el capitalismo sería capaz de tratar sus propias contradicciones y de darle al proletariado televisores de plasma y vacaciones en Cullera, el nacionalismo negro partía de una base, la dominación blanca, que en parte era incierta. Estados Unidos es, que duda cabe, un país con problemas de racismo; pero cuando en un país se aplica el racismo a lo bestia, como en la Alemania de Hitler o la Sudáfrica de Pik Botha, la colectividad objeto de odio no levanta cabeza ni para mear. En esos países, judíos y negros eran pobres, todos pobres. Barak Obama y su mujer son millonarios. Y no son los únicos. El primer héroe negro de la televisión que recuerdo se llamaba Corey Baker, era hijo de un policía uniformado negro que había muerto y vivía en un pequeño apartamento con su madre. Pero el héroe negro de hoy en día es Will Smith y vive en una mansión que lo flipas, propiedad de un juez negro cuyos hijos estudian en Princeton.

En realidad, eso que podríamos denominar «el experimento Obama» tiene que ver con todo esto y encuentra ahí su significado para quienes no nos jugamos gran cosa, al menos directamente, en las presidenciales americanas. El candidato no ha podido escapar a la atracción del nacionalismo negro. Él mismo tiene un pasado como activista en organizaciones muy inspiradas en las ideas de Malcolm X y que han llegado a defender ideas como que el SIDA fue una especie de guerra biológica inventada por los blancos para diezmar a los negros. Lo cual, en sí, no quiere decir nada, porque las personas, y los políticos lo son, no son necesariamente esclavas de su pasado. Robert Fitzgerald Kennedy fue, como ministro de Justicia, el principal impulsor de un viaje importantísimo de los Estados Unidos hacia la democracia social, la igualdad entre razas y los derechos civiles; años antes, sin embargo, había sido un probo asistente del senador McCarthy, sobre cuyas ideas y actuaciones no creo que haga falta extenderse.

Si Obama gana, y no hemos de olvidar que sólo ha hecho la mitad del camino de momento, para los Estados Unidos, y muy especialmente para su comunidad negra, llegará un momento crucial. Porque, como he pretendido reflejar en estos dos artículos, lo cierto es que la inmensa mayoría de los nacionalistas negros han sido excluyentes. No sólo han sido pronegros; han sido, también, antiblancos. Pero cuando se gobierna casi todo lo que empieza por anti debe dejarse aparte. Eso es, al menos, lo que dice la teoría.

martes, mayo 13, 2008

Black Power (1)

¿Estamos ante un momento histórico? Puede que sí. ¿Tiene realmente posibilidades un político negro de llegar a presidente de los Estados Unidos? Yo creo que sí, aunque también creo que no está la cosa tan fácil como pretenden algunos (y no lo digo por Hilaria, sino por McCain: ¿quién no votaría a un político que se llamase Nocilla o PetitSuisse?). Estamos, desde luego, ante un posible hecho histórico, el final de un camino. Un camino muy largo y muy tortuoso, el de la normalización de la relación entre blancos y negros en los Estados Unidos. Dejadme que hoy, y algún otro día, le dedique unas neuronas a este asunto, visto desde el punto de vista de los negros.




1968. Hacía poco más de un año que en mi casa había un televisor, de marca ignota, que funcionó de maravilla durante casi veinte años. Los primeros grandes acontecimientos que pudimos ver en aquella caja electrónica fueron la victoria de Massiel en Eurovisión y las imágenes de los Juegos Olímpicos de México.

Me recuerdo sentado frente al televisor, viendo la final de los 200 metros lisos. No recuerdo la carrera, pero sí el resultado. La ganó el estadounidense Tommie Smith, negro; seguido de Peter Norman, australiano y blanco; y de John Carlos, también estadounidense, también negro.

Estos fueron los tres hombres que vi subirse al podio. Entonces sonó el himno de los Estados Unidos. Y ocurrió. Smith y Carlos, quienes por cierto eran amigos y compañeros de universidad, alzaron ambos un puño enguantado en un guante negro. Esa fue su protesta. Escucharon el himno de su país haciendo uno de los gestos más antiamericanos que se pueden hacer (levantar el puño es gesto de socialistas y comunistas, y Estados Unidos es un país que en plena democracia organizó una caza en toda regla de comunistas). Aunque lo más importante de aquel gesto no era el puño, sino su vestido. Lo importante era el guante, y que fuese negro. Ese gesto tenía un mensaje claro. Black Power. Ese día, el nacionalismo negro dio la vuelta al mundo. En realidad, la mayoría de los historiadores que he leído están de acuerdo en que la protesta de Smith y Carlos no fue propiamente una protesta nacionalista, sino de defensa de los llamados derechos civiles o, si lo preferís, en contra de la segregación racial. Al estilo de las protestas del reverendo Martin Luther King. No obstante, sea o no cierto eso, fuese cual fuese la intención real de aquellos dos atletas, ese gesto sirvió para la internacionalización de la causa negra estadounidense. Pero eso no quiere decir que aquello fuese nuevo. Ni de lejos. En realidad, el nacionalismo negro existe desde principios del siglo XIX, como ahora os voy a empezar a contar, si tenéis la paciencia de seguirme.

El asunto de los negros de Estados Unidos está, obviamente, influido en su totalidad por el hecho de la esclavitud. Y por eso es importante que entendáis que la relación de los Estados Unidos decimonónicos con la esclavitud no es ni tan fácil ni tan sencilla como nosotros la queremos ver. Nosotros queremos ver un país dividido en norteños absolutamente respetuosos con los negros y sureños aficionados a violar a sus esclavas y flagelar a sus esclavos. A mí la imagen de unos amos mayoritariamente crueles con sus esclavos siempre me ha parecido antieconómica. Para el plantador de algodón del sur, el esclavo era lo que es hoy para ese mismo plantador la máquina cosechadora. Y, de la misma manera que el agricultor moderno no se dedica a empapar su cosechadora de gasolina para verla arder porque es divertido, el plantador de hace 200 años tenía muchas razones para conservar a sus esclavos en razonable buena salud y condiciones; esto ha sido así desde siempre, era así en el sur de los EEUU y era así en la Roma clásica. No estoy diciendo, desde luego, que los esclavos negros tuviesen chaises longues y un blanco que les abanicase; pero lo que tampoco es cierto es que su vida se limitase a ser apaleados.

Sobre todo, lo que yo creo que es una imagen plenamente desenfocada es la que tenemos de los abolicionistas. Thomas Jefferson dejó escrito, cierto, que todos los hombres nacen iguales. Pero también dejó escrito esto: «los negros, sea por ser de origen una raza distinta o por volverse diferentes con el tiempo y las circunstancias, son inferiores a los blancos en sus cualidades, tanto corporales como mentales.» Otra idea que propugnaba Jefferson es que a los negros americanos, esos mismos a los que había que liberar de la esclavitud, había que sacarlos del país como fuese. «Nada está escrito con más seguridad en el libro del destino», escribió una vez, «como que los esclavos negros han de ser libres; pero no es menos cierto que las dos razas, igualmente libres, no pueden vivir bajo el mismo gobierno». Dicho de otra forma: a los abolicionistas jamás se les pasó por la cabeza la idea de hacer de los negros ciudadanos de primera; ni siquiera que fuesen ciudadanos de los Estados Unidos.

El campeón del antiesclavismo es, supongo que no hay duda en esto, Abe Lincoln. Pues bien, Lincoln es el padre de estas palabras: «¿Y luego? ¿Liberarlos y hacerlos política y socialmente nuestros iguales? Mis propios sentimientos no lo aceptarían.» Con un par.

Según nos relata el médico de Heinrich Himmler, el conocido vicecabrón de la Alemania nazi, Hitler y su patulea de esquizoides (incluido Bobote Tonto'l'Culo Von Ribentropp, buen conocido de Tiburcio) manejaron la posibilidad, antes de inventar las cámaras de gas, de deportar en masa a todos los judíos de Europa, y estudiaron seriamente la posibilidad de utilizar para ello la isla de Madagascar. De la misma raíz paternalisto-fascista es la idea de Liberia, es decir la nación africana montada por los EEUU para meter allí a todos los negros una vez liberados de la esclavitud (para luego tirar la llave, es de suponer). Ferdinand Fairfax es, al menos por la información que tengo yo en este momento, el primer ilustre americano que tuvo esta idea; pero a Lincoln le fascinaba. Una vez escribió: «Apenas puedo creer que el Sur y el Norte logren vivir en paz si no nos deshacemos de los negros.» Bushrod Washington, juez y sobrino del presidente que sale en los billetes creo que de dólar, fundó ya en 1818 la American Society for Colonizing the Free People of Color in the United States. Al año siguiente se envió el primer barco de negros a Sierra Leona, donde un marino blanco había fundado una colonia tras el muy americano gesto de comprarle los terrenos a un jefe tribal africano al que en el mismo momento del regateo apuntaba a la sien con su pistola.

Estas colonizaciones tenían que afectar más o menos a un cuarto de millón de negros, pues éste era el monto de los hombres de color que por entonces vivían ya en Estados Unidos siendo libres. Pero a los jerifaltes blancos esta gente le salió rana. Los libertos negros contestaron mayoritariamente, en ocasiones a través de mitines masivos, que eran americanos, y que se quedaban en casita. En consecuencia, la Sociedad apenas logró enviar a África a unos 8.000 negros, y eso que la mitad de los que fueron eran esclavos y se piraron porque a cambio se les ofreció la manumisión.

Al calor de estas ideas, el retorno a África está presente en el nacimiento del nacionalismo negro, comenzando una historia de dos siglos de relación conflictiva con la idea. En 1831 se celebró en Filadelfia la primera convención negra de la Historia de los Estados Unidos; convención que condenó la emigración a Liberia. En 1833 ya se pronunciaba incluso contra la emigración al Canadá, país que era el destino habitual de los negros razonablemente wealthy y cultos que acababan hasta las pelotas de la segregación americana. En aquella época, por cierto, la mayoría de los negros se rebelaron ante la costumbre de llamarlos «africanos» y comenzaron a exigir que se les llamase negros o de color; expresiones ambas que hoy son anatema en Estados Unidos, donde el lenguaje políticamente correcto ha medio resucitado el africanismo cuyo abandono los tatarabuelos de los que hoy gustan de ser llamados afroamericanos vieron con delicia. W.E.B. Du Bois, un activista a favor de los negros, escribió: «¿Por qué tratar de cambiar el nombre? «Negro» es una hermosa palabra. Etimológica y fonéticamente es mucho mejor que «africano» o «de color»».

El primer nacionalista negro serio fue Martin R. Delany. Accedió a esa condición con su libro The condition, elevation, emigration and destiny of the coloured people of the United States (1852); obra en la que incluyó un apéndice con un proyecto para la emigración en masa de los negros a la costa oriental de África.

El nacionalismo negro nace con estas palabras de Delany: «Somos una nación dentro de otra nación. Como los polacos en Rusia [entonces no existía Polonia como tal], los húngaros en Austria [entonces no existía Hungría como tal], los galeses, irlandeses y escoceses en los dominios británicos [entonces no existía... ¡anda, ni ahora tampoco!]».

El mensaje de Delany, sin embargo, es un poco incoherente. Como casi todo el nacionalismo negro, que no se aclara. Ya hemos visto que proyecta una emigración masiva a África. Pero, en realidad, propugna esa idea no por amor a la tierra africana, sino por repulsión hacia el rechazo vivido en los EEUU. De esta forma, el nacionalismo es un nacionalismo un poco extraño, pues un nacionalista, por definición, ama a su tierra, no la ve como un mal menor. El gallego ama a Galicia porque le mola; quiere vivir en Tuy porque es su tierra, no por no vivir en Barcelona. Tanto fue el despiste de Delany que ni siquiera tuvo claro el destino, pues si bien primero propugnó la emigración a África, luego cambió de idea y defendió que el destino debía ser Centroamérica, Sudamérica, las Antillas…

En la década de 1870, pasada la guerra civil (donde fue nombrado mayor del Ejército del Norte tras haber ofrecido una fuerza de nada menos que 40.000 negros) y abolido el esclavismo, Delany se embarcó en una lucha continuada para conseguir que la mayor parte de los cargos políticos de los condados y territorios donde vivían los negros fuesen ocupados por negros, cosa que consiguió en no despreciable medida. Suya es una frase que supongo habrá leído, en algún momento de su vida, Barack Obama: «es evidente que no hay blancos en el Norte o en el Sur que se sometan de buena gana a ver al negro gobernando a los blancos de Norteamérica.» Eso de hablar del negro en singular para referirse a los negros era moda decimonónica.

La siguiente figura del nacionalismo negro es Marcus Garvey. Antillano de nacimiento, fundó en Jamaica la Universal Negro Improvement Association. Luego, en Nueva York, tuvo éxitos clarísimos a la hora de galvanizar a los negros americanos con un panafricanismo nacionalista en el que reclamaba una nación para los negros. Fundó una República Africana en Nueva York, lo cual da la idea de las incoherencias internas que seguía teniendo el movimiento. Garvey montó toda una corte en la que él era Su Alteza el Potentado, luego venía Su Excelencia el Presidente Provisional de África y otros 19 ministros, más una nobleza formada por Caballeros del Nilo, Duques de Nigeria y Uganda y los miembros de la Orden de los Servicios Distinguidos de Etiopía. Fundó una Iglesia Ortodoxa Africana cuyos Dios era negro, los ángeles eran más negros que en la canción de Antonio Machín… y Satán era, cómo no, blanquito. Si tenía la cara de Laporta o Calderón, es algo que no he logrado averiguar.

Una característica realmente curiosa de Garvey era su racismo. Esto también ha dejado cierta huella en muchos negros partidarios de la negritud, que lo han sido después de él. Especie de racismo inverso, los garveyanos se acostumbraron a defender que todo lo que hacían los negros era bueno y que todo lo que hacían los blancos era malo. El paroxismo xenófobo de Garvey llegó a tal punto que acabó admirando… ¡al Ku Klux Klan! Sí, como lo leéis. Les admiraba y tenía relativas buenas relaciones con ellos. Y no es tan extraño. Cambiando blanco por negro, eran como él. Pensaban como él. Para que luego digan que es espacio no es curvo y los extremos no se tocan.

Garvey fue encarcelado en 1925, acusado de delito postal, en una movida de la que quizá no fueron ajenos otros líderes negros. Dos años después fue indultado y deportado a Jamaica. Su estrella decayó, pero algunas de sus trazas siguen ahí.

Al nacionalismo negro le había fallado el retorno a África. Tampoco se sentía muy tentado de simplemente intentar cuajar en un país donde la segregación estaba al cabo de la calle. El siguiente paso es de libro: ¿y si la patria está aquí, aquí mismo?

El siguiente paso es pensar en la idea de un Estado Negro dentro de los Estados Unidos, distinto del Estado blanco.

Pero esa historia la abordaremos en el siguiente capítulo.