sábado, enero 03, 2009

El eterno problema judío

¿Qué tal? ¿Fue bueno Santa con vosotros? Y, en todo caso, ¿cuáles son vuestras expectativas racionales cara a la llegada de los mercaderes orientales? Espero que buenas. Los flujos de información nunca son perfectos, incluso entre seres mágicos, así pues es más que probable que su conocimiento sobre vuestro comportamiento real a lo largo del año que ya hemos pasado no sea todo lo acertado que debería ser para que recibiéseis hulla o lignito en lugar de regalos.



Sea como sea, aquí estamos de nuevo los dos; tú, que lees que este blog. Y yo, que lo escribo. Y, aunque el año 2008 lo dejamos con algún hilo que otro pendiente, parece que la actualidad manda y que en esta hora del regreso tengamos que acordarnos un poco de la cuestión, llámala judía, llámala palestina, como a ti te parezca. Aunque la elección, en realidad, no es baladí. Estas pasadas navidades, en efecto, hemos vivido una nueva escalada bélica en los territorios palestinos. En un signo muy propio de nuestra modernidad, resulta difícil llamarle guerra a lo que está pasando, pero, como digo, esto es algo propio de los tiempos; las guerras, hoy, ya no son tan netas como antes; ya no es tan fácil distinguir un momento de guerra de uno de paz o, para ser más precisos en las expresiones, de no guerra.


Resulta difícil abordar un post como el que aquí vas a leer. Personalmente considero que si hay dos asuntos en los que es difícil encontrar un contertulio que piense con los hemisferios cerebrales y no con el yeyuno, éstos son el papel de la Iglesia católica en España y el problema judío; ambos, no por casualidad, asuntos de claro tinte religioso. Estamos hablando de temas cuyos protagonistas han emputecido de tal manera, a través de sus actuaciones históricas, que hoy por hoy, todo el que se acerca a la reflexión sobre los mismos, lo hace desde una vehemencia excesiva y, consecuentemente, los juicios tienden a nublarse. No obstante, ¿quién dijo miedo?








El pueblo judío se considera, como consecuencia de su religión y de sus tradiciones, el pueblo elegido por Dios. Se concede a sí mismo y a sus usos un valor especial que ha permitido su conservación a través de los siglos. El cristianismo es obviamente de raíz judía, tanta raíz que ambas creencias comparten muchos de sus libros sagrados. Pero el cristianismo, bajo el liderazo de Saulo el que se dio el piñazo desde el caballo, tenía una veta prosélita que lo diferenció claramente del judaísmo. Mientras el judaísmo es una creencia customized, por lo tanto creada para el pueblo elegido y que termina en el mismo, el cristianismo, como siglos después el mahometanismo, es una creencia proselitista cuyo objetivo final sería abarcar a la totalidad de los seres de la Tierra. Como religión universal, el cristianismo tomó muchos elementos de otras creencias (como, por ejemplo, la veneración a los santos, o la Navidad) que la convirtieron en otra creencia completamente distinta del judaísmo; a lo que hay que unir el resquemor de los cristianos hacia los judíos pues, al fin y al cabo, fueron ellos quienes se apiolaron a su líder, Jesús. Este resquemor, en realidad, se sostiene mal teológicamente hablando, puesto que un cristiano verdaderamente creyente debe creer que Jesucristo bajó a la Tierra precisamente para eso, para ser sacrificado. Pero, aún así, en algunas celebraciones de la Semana Santa en lugares como España y tiempos como los siglos tardomedievales, era costumbre buscar un judío cada Jueves Santo para darle una mano de vergarazos, o sea repetir en sus totalmente reales espaldas la presunta tortura cometida sobre Jesucristo. Este tipo de prácticas sirvieron para hacer del judío un pueblo cada vez más encerrado en sí mismo y cada vez más convencido de que todo esquema de vida que partiese de la vecindad con otros (es decir, toda inexistencia de una nación judía, con un Estado judío) sería una mera solución parcial a su problema.


La presión de los musulmanes cuando, tras la muerte de Mahoma, se expandieron de Este a Oeste, desde la actual Arabia Saudita hasta Santiago de Compostela o la frontera pirenaica, forjó una serie de emigraciones masivas de judíos que se repartieron por el mundo, conservando siempre su religión y costumbres inveteradas, como la circuncisión. Su endogamia y escasa relación con las sociedades en las que se establecían generó notables dosis de desconfianza, haciendo del antisemitismo, el odio a lo judío, uno de los elementos de las sociedades europeas. El antisemitismo existió en España, que en tiempos de los Reyes Católicos montó primero burdas operaciones de manipulación asesina (ahí está, por ejemplo, el famoso juicio por el presunto asesinato del Santo Niño de la Guardia) y, después, expulsó a los judíos de España y a través de la Inquisición los persiguió con saña. Pero en el antisemitismo no es nada cierto eso de que España sea diferente. Existió en Francia, donde acabaría estallando a finales del siglo XIX con el denominado escándalo Dreyfuss, en el que un militar judío fue condenado por un espionaje que no cometió; y, sobre todo, tuvo su momento crucial con la llegada al poder en Alemania del partido nacionalsocialista de Adolf Hitler. El partido nazi era rabiosamente nacionalista y basaba su discurso político en el reclamo para Alemania de un papel protagonista y poderoso que, según su interpretación de la Historia, le había sido hurtado a Alemania por culpa de la conspiración de los judíos contra la nación. Pero lo que hay que entender es que si este mensaje hubiese sido una invención del Bigotitos de Linz, hubiera sido difícil arrastrar al personal. Como demuestran muchos libros (y yo os recomendaría, en este punto, La dictadura alemana, obra si no me equivoco de Karl Dietrich Bracher editada por Alianza), en el asunto de odiar a los judíos, Hitler escupía sobre un diluvio.


Cuando llegó al poder, Hitler dictó leyes antijudías y, finalmente, en la denominada «solución final», decidió acabar con ellos mediante su asesinato sistemático en lo que los nazis llamaban campos de reasentamiento y que hoy se conocen como campos de concentración; esta solución se adoptó, si hemos de creer las confesiones que Himmler le hizo a su médico, después de desechar por imposible la primera idea, que fue concentrarlos a todos en Madagascar y dejarlos allí que se pudriesen. En los campos de concentración, tres millones de judíos fueron asesinados y rebajados a condiciones infrahumanas. El sentimiento de culpabilidad europeo hacia este genocidio tiene mucho que ver con la actitud de las potencias del mundo libre hacia la creación del Estado de Israel, situado en lo que el Antiguo Testamento dice que es la Tierra Prometida que Dios, Jehová o Elohim según el capítulo que elijamos, legó al pueblo judío.

La creación de Israel, sin embargo, es un proceso anterior a la segunda guerra mundial. Comienza a ser una idea a partir de finales del siglo XIX, que es cuando nace el sionismo, una especie de nacionalismo judío radical que propugna el derecho de los judíos a tener un Estado propio y a tenerlo, además, en Palestina, sosteniendo que los derechos de los judíos sobre Judea son previos a los que los palestinos hubieran podido adquirir después. El sionismo, en todo caso, es algo que, si queremos verlo, lo podemos encontrar incluso en los tiempos contemporáneos de Jesucristo, porque el nacionalismo judío es tan antiguo como el pueblo judío mismo.

Palestina, a las puertas de la primera guerra mundial, era un territorio cuya potencia de dominio se esfumaba. Había sido parte del imperio turco pero los turcos, en los cuatro siglos anteriores, se habían ido debilitando progresivamente como potencia mundial y, en ese momento, las potencias emergentes, es decir los países colonialistas europeos, eran los que ambicionaban esos territorios.
En mayo de 1916, en medio de la primera guerra mundial pues, el diplomático británico sir Mark Sykes y su colega francés George Picot se reunieron para dividir Oriente Medio en zonas de influencia para ambos países para el caso, que luego se cumplió, de que su equipo ganase el partido. Había un tercero en discordia, que era el rey hashemita Husayn, el cual estaba ayudando a los británicos en la guerra con la asistencia del famoso T. E. Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia; el tipo responsable de que generaciones de españoles como el que esto escribe aprovechasen el descanso en el cine (hubo un tiempo en el que las películas largas tenían descanso) para, en pleno invierno madrileño, ir a comprar un helado.


Sin embargo, británicos y franceses engañaron a Husayn y a Lawrence (bueno, a Lawrence, más que engañarlo, lo trataron como una puta mierda) y, lejos de crear el gran reino hashemita que esperaban los habitantes de la zona y su rey, miraron por sus intereses coloniales.

El acuerdo Sykes-Picot, que en la práctica se convirtió en una ausencia total de estabilidad para la zona bajo la autoridad de una monarquía fuerte, no se aplicó en Palestina, es decir la actual Israel. Esto fue así porque durante la guerra Palestina fue ocupada por los británicos y allí no había presencia francesa, así pues Reino Unido no tenía por qué compartirla. El grupo de presión judío sionista, entonces dirigido por Haim Weizmann, tuvo claro que era a los británicos a los que debía presionar. Sus gestiones dieron rápido resultado, entre otras cosas porque contaron con amplia financiación de muchos judíos ricos del mundo, como los célebres banqueros Rotschild. Fruto de su influencia fue la apertura de negociaciones formales entre Reino Unido y los sionistas en 1916 y su resultado, conocido como la Declaración Balfour (lord Arthur Balfour era el secretario del Foreign Office, o sea el ministro de asuntos exteriores británico), por la cual Inglaterra afirmaba su compromiso de permitir el establecimiento de un estado judío en Palestina. Es, pues, inexacto considerar que el nacimiento de Israel es un producto de la segunda guerra mundial; lo es ya, en gran medida, de la primera pues, como ahora vamos a ver, la actitud británica de sostenella y no enmendalla respecto de la Declaración Balfour fue más que clara en las siguientes décadas.

En 1917, había en Palestina 650.000 musulmanes, 80.000 cristianos y 60.000 judíos. En dicho año, el general Allenby, británico, ocupó Jerusalén. Inmediatamente, en Londres se prepararon para permanecer en el país un largo tiempo. La situación era embarazosa y muy liada. El acuerdo Sykes-Picot establecía que Palestina debería ser gobernada por británicos y franceses al alimón, aunque, como he dicho, la tendencia era a no aplicarlo en el caso concreto de Palestina; la declaración Balfour apostaba por un Estado judío; y aún había un tercer pacto, el llamado acuerdo Mac Mahon-Husayn, en el que se le prometía a los hashemitas la gran nación en la que querían reinar. A todas luces, los apresurados pactos hechos para ganar la guerra y obtener apoyos contra los turcos habían sido divergentes unos de otros y, por lo tanto, no había un camino claro a seguir. Quienes sí lo tuvieron claro fueron los sionistas, los cuales utilizaron su dinero, y el creciente exceso de judíos en Europa sin trabajo y casi sin hogar, para fomentar su traslado a Palestina, con la no escondida intención de cambiar la relación de fuerzas en la población de la zona lo antes posible.

Faysal, uno de los hijos del rey Husayn y bastante más vehemente que él, nunca se resignó a la traición que para los hashemitas representaba, sobre todo, el acuerdo Sykes-Picot. En consecuencia, construyó la idea de la Gran Siria, es decir el gran Estado musulmán en Oriente Medio, que es la semilla del nacionalismo musulmán de la zona. Se produce un movimiento claro de musulmanización, es decir de recuperación de diversas costumbres, figuras e instituciones musulmanas, como la figura del mufti, un líder a caballo entre religioso y político. Los ingleses nombraron mufti de Palestina a un líder relativamente moderado, Kamil al-Husayni. Sin embargo, pronto fue superado por otros líderes, como su propio hermano Haj Amin, que habían abrazado la teoría de la Gran Siria.

El primer episodio de violencia entre musulmanes y judíos se produjo en abril de 1920, cuando los miembros de una organización denominada Nabi Musa se enfrentaron con los del grupo sionista radical Beitar. Fue un día entero de violencia con varios muertos. Los británicos, asustados, formaron una comisión de estudio, conocida como la Comisión Palin, la cual, tras estudiar el terreno, concluyó que la rabia de los palestinos respecto de la traición hacia los hashemitas era el origen de todo y, consecuentemente, recomendó que se retirase la Declaración Balfour. Cosa que, obviously, no se hizo; más bien todo lo contrario. De todas formas, Faysal cometió un grave error tratando de acercarse a Weizmann, con lo que se ganó la oposición de muchos palestinos. Para cuando los franceses, todavía en 1920, decidieron echarle de Siria, no encontraron gran oposición. Faysal fue recogido por los británicos, los cuales le hicieron rey del recién creado Irak. En esta manera de actuar de los occidentales, esto de lo mismo te hago rey de los palestinos que de los persas, se ve claramente el planteamiento miope y de trazo gordo con que en Europa se trataban las cuestiones musulmanas; además de las trazas de los graves problemas existentes hoy en día en el área.

En 1921, Kamil al-Husayni falleció y su hermano, el nacionalista Amin al-Husayni fue nombrado mufti de Palestina. Al calor de esta nueva concepción del destino musulmán desde el poder político-religioso, lo que se denomina el panarabismo, o nacionalismo árabe total, surgió con rapidez. En 1930 nacen partidos muy importantes de esta tendencia, como al-Istiqlal, que quiere decir independencia; o la Juventud Musulmana. El panorama se completaba con los grupos políticos seguidores de la aristocracia nahashibi, cuyo líder era Abdullah, y los cuales, como oposición al panarabismo nacionalista, admitían soluciones basadas en la partición de Palestina en un estado musulmán y otro judío.

En los años veinte, el radicalismo de Amin al-Husayni provocó que los palestinos cometiesen un error táctico. Cuando los británicos establecieron que los gobiernos locales, es decir ayuntamientos y similares, deberían basarse en la paridad (mitad judíos, mitad musulmanes), los judíos aceptaron, lo cual es lógico teniendo en cuenta que no eran la mitad de la población; pero los palestinos, que eran bastante más de la mitad, se negaron. Esto llevó a los palestinos, por primera vez en la historia de este conflicto, a posiciones obstruccionistas que no les ayudaron precisamente a obtener apoyos exteriores.

Inmediatamente después de que, pasada la guerra, Palestina dejó de tener un gobierno militar y pasó a tener una administración civil donde, además, se buscaba la paridad, los sionistas, dirigidos por David Ben-Gurion (considerado el padre del Estado de Israel), Eliezer Kaplan y y Moshe Sharett, se dedicaron a la construcción de un Estado dentro del Estado, con notables éxitos. Por ejemplo, ya en los años treinta, cuando aún la escolarización de los menores no era aún obligatoria en casi ningún lugar, todos los niños y adolescentes de las comunidades sionistas de Palestina acudían regularmente a la escuela.

En 1929, Reino Unido acabó por darse cuenta definitivamente de que Palestina era una jaula donde se había encerrado a un gato y un perro, ambos rabiosos. Un pequeño incidente ocurrido en el Muro de las Lamentaciones y concerniente a los derechos de judíos y musulmanes a rezar en determinados momentos brotó en una espiral de violencia que se extendió por todo el país y que generó unos 600 muertos en apenas unos días (anotación al pie: ya sé que estos días ha sido bastante común escuchar en los informativos que el número de muertos producidos por los bombardeos, en el momento que eran unos 300, eran más que los producidos por la Guerra de los Seis Días, como queriendo decir que nunca ha habido una mortalidad peor en el conflico árabe-israelí; sería conveniente que los redactores de dichos titulares leyesen un poquito más).


Los británicos reaccionaron como suelen, es decir formando una comisión, la Comisión Shaw. De nuevo hubo un estudio de la situación y de nuevo hubo unas conclusiones que recomendaban tirar la Declaración Balfour a la basura. De hecho, la comisión Shaw fue más allá: recomendó que se detuviesen las inmigraciones de judíos hacia Palestina, es decir que se impidiese su estrategia de repoblación acelerada. Los sionistas reaccionaron a la violencia creando su embrión de ejército, la Hagana (defensa en hebreo). Por su parte, los palestinos entraron en una crisis de liderazgo, pues el hecho de que Amin al-Husayni hubiese tratado de contemporizar con algunos judíos, por ejemplo vendiéndoles tierras, deterioró su carisma frente a los musulmanes, crecientemente radicalizados.

Los palestinos, en todo caso, tardaron en crear su propio embrión de gobierno, el Alto Comité Árabe (1934). Para cuando lo hicieron, en gran parte era tarde. Un año antes del nacimiento del ACA, Adolf Hitler había ganado las elecciones en Alemania y accedido a la cancillería. Automáticamente comenzó su política antijudía, que se repitió en otros muchos países, lo que provocó una auténtica ola de emigración de hebreos hacia Palestina; ola ante la cual la nueva organización musulmana no tenía barrera que poner. Por eso, rápidamente comenzaron las soluciones violentas. Izz al-din al-Qassam tiene el dudoso mérito de haber sido el primer palestino que inició un movimiento de guerrilla en el norte del país. Fue asesinado por los ingleses en 1935, convirtiéndose en el primer mártir palestino.

Presionado por la creciente presión radicalizada de los palestinos, en 1936 el ACA declara una huelga general. Tres semanas después, la policía británica disparó sobre los manifestantes en Jaffa. Las muertes provocadas llegaron a los ingleses a reaccionar como acostumbran: por tercera vez en menos de medio siglo, crearon una comisión para estudiar el problema. La Comisión Peel recomendó la anexión de Palestina por Jordania, el mantenimiento de la presencia británica en la zona y la reserva de una parte muy pequeña del territorio para la creación del Estado judío. Aún hubo una cuarta comisión, la comisión Woodhead, que básicamente recomendó lo mismo.

En septiembre de 1936, Lewis Andrews, el comisionado de Galilea, fue asesinado. Los británicos no reaccionaron esta vez creando una comisión, sino deteniendo en masa a los líderes musulmanes nacionalistas. Esto provocó que los palestinos desarrollasen un odio total hacia los británicos y se acercasen al enemigo de entonces de Gran Bretaña: Hitler. Mala jugada.


La propaganda antijudía hitleriana fue machaconamente repetida en Palestina por muftis y otros líderes y, de hecho, los palestinos apoyaron el golpe de Estado de inspiración alemana que se produjo en Irak en 1941. Los británicos intentaron calmar a los palestinos mediante documentos como el que se conoce como Libro Blanco de 1939, en el que prometían eliminar la Declaración Balfour y limitar la emigración judía a la zona.

La influencia de la segunda guerra mundial en el conflicto árabe-judío se puede resumir con dos elementos. En primer lugar, los judíos escogieron el bando ganador. Se pusieron del lado británico, y fue Reino Unido quien ganó la guerra; mientras que los palestinos se apoyaron en Hitler, que la perdió. El segundo elemento es el gran complejo de culpabilidad generado en todo el mundo libre por el holocausto conforme, al final de la guerra, las tropas aliadas fueron llegando a los campos de concentración y conociendo las atrocidades que se habían cometido en ellos.
Un gran punto de inflexión se produjo con el conflicto del Exodo. Se trataba de un barco con refugiados judíos al que no sólo no se le dejó recalar en Palestina, sino que se le obligó a regresar a Alemania, enviando a sus pasajeros a una muerte segura. La corriente mundial de rechazo hizo mucho por la causa de los judíos.

Cuando, en 1947, las Naciones Unidas, y muy especialmente las dos grandes potencias de referencia del mundo, EEUU y la URSS, se aplican a analizar el problema de Palestina, los palestinos están en una situación muy mala. Su principal lider, Amin al-Husayni, había colaborado tan intensamente con los nazis durante la guerra que era visto como un líder nazi. Los sionistas, por su parte, estaban extraordinariamente bien situados para conseguir que EEUU apoyase sus puntos de vista. Para colmo los palestinos, en un ejercicio de miopía difícil de entender, se encastillaron en su demanda de un solo Estado árabe y boicotearon a las comisiones de estudio que envió la ONU a la zona que, sin embargo, eran amabilísimamente recibidas por delegaciones sionistas.

El 31 de agosto de 1947, la UNSCOP, es decir la comisión encargada de estudiar el futuro de Palestina, presentó sus conclusiones. Recomendaba la partición del país en dos Estados con unión económica entre ellos. El estado israelita ocuparía la zona costera, el oeste de Galilea y el desierto del Negev, en el sur. Al día siguiente comenzaron los enfrentamientos, para los cuales, pronto se vio, los judíos se habían preparado mucho antes y mucho más que los palestinos, quizá fiados en el mero hecho de que eran más. Apenas dos semanas después, comenzaron las expulsiones de palestinos.

Entre marzo y mayo de 1948, los judíos ejecutan el llamado Plan D, basado en dos objetivos: el primero, hacerse con el control de todos y cada uno de los edificios que los británicos han abandonado, es decir todos los centros del poder, desde centrales telefónicas hasta ministerios. El segundo objetivo fue echar del país a cuantos más palestinos mejor, en casos ocupando aldeas enteras y dejándolas desiertas. En apenas doce semanas, los sionistas echaron de sus casas a un tercio de la población palestina.


Esto generó la primera guerra de Palestina.

Contra lo que habitualmente se dice, Israel no siempre ha dependido del armamento americano. De hecho, en la guerra de 1948 se las arregló para comprarle armas a la URSS, no a Estados Unidos; y, además, se benefició de la decisión de los británicos de embargar las ventas de armas en la zona; lo cual, automáticamente, debilitó a los tres ejércitos que se abastecían exclusivamente de armamento británico, es decir Egipto, Irak y Jordania, los cuales, por lo tanto, no pudieron ayudar a Palestina.

El Estado de Israel, de acuerdo con las decisiones de Naciones Unidas, fue declarado el 14 de mayo de 1948. Una hora después de dicha declaración, el presidente americano Harry Truman anunciaba el reconocimiento de dicho Estado. La URSS lo hizo dos días después. Pero lo más importante que ocurrió esa noche, en el mismo segundo en que el Estado de Israel comenzaba a existir, es que una fuerza de 10.000 soldados egipcios cruzó la frontera entre la península del Sinaí y el desierto del Negev. Aviones egipcios bombardearon Tel-Aviv. Fuerzas sirias y libanesas también cruzaron su frontera, por el norte, pero fueron detenidas en su avance. El 19 de mayo, la Legión Árabe atacó Jerusalén.

Pasada una semana, la suerte de la guerra comenzó a cambiar. Los árabes avanzaron deprisa, pero no fueron capaces de tomar los grandes centros del país y, además, encontraban problemas para conservar sus posiciones (en esto compartían torpeza con su otrora aliado, es decir Adolfo Hitler, AKA Avanzo a toda hostia pero me provisiono como el culo). El 18 de mayo, los judíos tomaban Acre. Para el día 24, sirios, libaneses e iraquíes abandonaban el país, perseguidos por el ejército judío. Después de dos treguas y de nuevas luchas, en julio los israelitas tenían un control casi total del territorio. Naciones Unidas designó un negociador para buscar un acuerdo de paz, el conde sueco Bernadotte. Cuando a Bernadotte se le ocurrió insinuar que iba a proponer una reducción del territorio de Israel (concretamente, la anexión del Negev a Jordania), un grupo judío radical lo asesinó, en septiembre de 1948. La guerra terminó con algo que se parece mucho a la rendición de los árabes.

En 1949, de los 850.000 palestinos que habían vivido en Palestina años antes, ya sólo quedaban 160.000. El resto se convirtieron en refugiados en otros lugares.

En los años cincuenta, tras una actuación tan dolorosa por parte de los judíos triunfantes en la guerra, el pueblo palestino se radicaliza y aparece la figura del fedayin, del guerrero. La principal organización guerrera será al-Fatah, que hoy aún pugna con Hamas por el poder entre los palestinos.

En ese momento, entra en el escenario la personalidad de Gamal Abdel Nasser, un líder arabista que llega al poder en Egipto y que, como consecuencia de sus ideas nacionalistas panárabes, hace del enfrentamiento con Israel uno de los pivotes de su política. Nasser era un político hábil en el interior, pero algo torpe en asuntos exteriores. Concretamente, nunca dominó demasiado bien el arte de no encabronar en exceso al enemigo. En 1955 cometió el mismo error que en 1966, es decir cerrar los llamados estrechos de Tiran, bloqueando a los israelíes el paso al puerto de Eliat. Cuando hizo eso, Nasser, probablemente, no se dio cuenta de que en Israel había cosas que habían cambiado. Moshe Sharett había perdido el poder en manos de David Ben-Gurion, un sionista bastante más radical que, en compañía de su general Moshe Dayan, quería la guerra. Y con el bloqueo de los estrechos tuvo la disculpa ideal para ello. Israel atacó a Egipto en Gaza, y sólo la intervención conjunta de EEUU y la URSS consiguió que se fuera de allí.

Desde 1956, es decir esta llamada guerra de Suez, ambas partes, países árabes e Israel, se embarcaron en una carrera armamentista que, en el caso de los judíos, incluyó el desarrollo de la bomba atómica. Como ocurre siempre en los países que comienzan a gastarse mucho dinero en armas (y, consecuentemente, menos en otras cosas) esto creó crecientes masas de desfavorecidos, los cuales eran, y son, más permeables a las ideologías religiosas más radicales, sean éstas el salafismo integrista de los musulmanes, o las creencias de los judíos ultraortodoxos.
El 14 de mayo de 1967, Egipto violó los acuerdos alcanzados tras la guerra del 48 y penetró en la península del Sinaí. No es que Nasser estuviese completamente ciego. Ese movimiento tuvo su razón de ser, que fue la situación comprometida en que se encontraba Siria, país cuyos gobernantes estaban convencidos de la inminencia de un ataque israelí, entre otras cosas porque en abril había habido unos enfrentamientos durante los cuales Israel había bombardeado Damasco a placer, motivo por el cual los sirios sabían que, si los judíos atacaban por el aire, no tendrían con qué responderles.

El jefe de gobierno israelí, Levi Eshkol, concentró tropas en la frontera del Sinaí. La respuesta de Nasser fue, una vez más, bloquear los estrechos de Tiran, a pesar de que sabía bien que eso sería la guerra. Y así fue. Eshkol, un político más bien moderado, fue rápidamente criticado por Ben Gurion y su gente y, consecuentemente, el 1 de junio es cesado y sustituido por Menahem Beguin, quien encarga a Moshe Dayan que ejercite un ataque contra Egipto. En sólo seis días, y en una ofensiva imparable, los israelitas tomaron el estrecho de Gaza, la península del Sinaí e incluso los Altos del Golán. En todos estos territorios que Israel ocupó realizó la misma limpieza étnica del pasado, con lo que en los países vecinos los campos de refugiados hubieron de recibir miles de inquilinos más.

La guerra de los seis días fue un completo trauma para los palestinos y, en general, para el mundo árabe-musulmán. Se podría decir que de todas las guerras que pensaron que podían ganar, ésta se lleva la palma; y es, además, donde su derrota fue más rápida, completa y humillante. A partir de la guerra de los seis días, el movimiento palestino, entonces liderado por al-Muqawamma, se convierte claramente en un movimiento de guerrilla y violencia organizada, con un jefe militar indiscutible en Yassir Arafat, fuertemente influida, en el aspecto militar, por el maoísmo o las tácticas del vietcong norvietnamita. Aupándose en esta influencia creciente, al-Fatah se hace con el poder del movimiento palestino, de la mano ya de Arafat, quien, sin embargo, tuvo que deshacerse de dos líderes de inspiración comunista que le hicieron sombra: Naif Hawatmeh, quien formó un partido troskista; y Georges Habash, prosoviético. Fue, sin embargo, al-Fatah quien tuvo la idea genial para la organización de la resistencia: construirla desde los mismos campos de refugiados, convirtiendo éstos, pues, en centros del ejército clandestino de Palestina.

La guerra de los seis días, la humillante derrota para el mundo árabe, tuvo dos consecuencias permanentes para el conflicto. Uno, terminar de englobar a los diferentes, y muy variados, grupos palestinos en una sola organización la OLP (Organización para la Liberación de Palestina); otra, mutar el conflicto desde lo que había sido hasta aquel momento, es decir una discusión sobre si habría uno o dos Estados en Palestina; en un conflicto basado en la reclamación de que Israel devolviese los territorios ocupados tras la guerra y en el problema de los miles y miles de refugiados palestinos que habían sido desplazados de su tierra.

Lejos de resolver este último problema, en los 15 años que siguen a la guerra de los seis días, Israel lo empeoró. El Estado judío practicó una política de discriminación y expulsión sobre los 590.000 palestinos que entraron bajo su poder en el llamado Banco Oeste y los 380.000 del estrecho de Gaza.

La mayoría de los israelíes concibió los territorios ocupados, especialmente el Sinaí y los Altos del Golán, como un necesario colchón de seguridad para su país. Basándose en esta idea, el partido religioso nacional, el Mafdal, comenzó en los años setenta una política de establecimiento de colonos en dichos territorios que ha causado notables problemas en los últimos tiempos, cuando algunas de esas colonias han sido destruidas para devolverle terreno a los palestinos. Esos colonos forman el ala más dura del sionismo y la principal fuerza actual de oposición interior a cualquier final negociado del conflicto palestino-israelí.

A partir del momento en que el presidente John Fitzgerald Kennedy fue asesinado y, por lo tanto, sustituido por Lyndon B. Johnson, un político decididamente proisraelí, la relación entre Israel y EEUU se hizo más estrecha. A pesar de dicha colaboración, EEUU quería conseguir un acuerdo de paz duradero en la zona, basado en la denominada resolución 242 de la ONU, que llamaba a Israel a abandonar los territorios ocupados. Israel, sin embargo, aceptó el principio de la resolución 242, pero en la práctica aceptó aplicarla, únicamente, en la península del Sinaí, dejando por lo tanto fuera los Altos del Golán, el Banco Oeste y el estrecho de Gaza.

El deseo egipcio de recuperar la península del Sinaí provocó dos guerras. La primera la hizo todavía Nasser desde marzo de 1969 hasta agosto de 1970, sin resultados. Los intentos de Estados Unidos de ablandar las intenciones de Israel chocaron con Golda Meir, entonces primera ministra israelí y una política notablemente intransigente.

Mucho más exitoso para los árabes fue el ataque realizado en octubre de 1973 de nuevo por Egipto, entonces presidido por Anwar el-Sadat. El ataque del 73, conocido como la guerra del Yon-Kippur (nombre de una fiesta judía), pilló a Israel desinformado y con los brazos bajados, así pues, para desequilibrar la guerra en su favor, hizo falta que Estados Unidos se volcase en ayudar a los judíos, en un movimiento tan descarado que provocó la ira de los países árabes, que respondieron reduciendo la producción mundial de petróleo en tal medida que provocaron una de las crisis económicas más largas y graves de la reciente historia del mundo, la llamada primera crisis del petróleo (la segunda se produjo a principios de los ochenta a causa de la guerra Irán-Irak, y la tercera se ha desarrollado hasta hace unas pocas semanas).

Sadat obtuvo de la guerra del Yon-Kippur una retirada parcial israelí de la península del Sinaí. Retirada que se hizo total en 1977 cuando Sadat, en un movimiento que sorprendió al mundo y le granjeó muchos enemigos en el mundo árabe, se presentó en Jerusalén, abrazó a su peor enemigo, el primer ministro judío, y llegó con él al acuerdo de establecer relaciones diplomáticas plenas a cambio de la retirada del Sinaí. Los palestinos se sintieron naturalmente traicionados, al igual que los musulmanes más radicales en todos los países del área. Sadat moriría poco después, asesinado durante un desfile militar.

Para Israel, el Yon Kippur supuso meterse en la cabeza una idea nueva: era posible que perdieran. Hasta entonces, los judíos se habían considerado invencibles, pero tras la guerra se dieron cuenta de que eso ya no era cierto. Esto provocó un giro del país a la derecha, pues el Partido Laborista comenzó a ser sustituido en el gobierno por el derechista Likud.
Para la OLP, el movimiento de Sadat también fue un trauma y le enseñó que lo que hasta entonces había creído imposible, es decir que países árabes llegasen a entenderse con Israel aún cuando el problema palestino permaneciese irresuelto, era factible; se dieron, pues, cuenta de que eran menos poderosos dentro del mundo musulmán de lo que habían creído. Esto movió a Arafat hacia el pragmatismo. En 1974, al-Fatah publica un programa en el que la OLP hace una asunción histórica: la recuperación de los territorios ocupados (es decir, la reivindicación de los países árabes) es prioritaria sobre el problema de los refugiados (es decir, la reivindicación de los palestinos). Esta asunción, hecha sin duda a regañadientes por los dirigentes palestinos, permanece como condicionante del conflicto hasta hoy en día.

La OLP, sin embargo, siempre se ha caracterizado por combinar la acción diplomática con la acción armada. Establecida en el sur de Líbano, desde allí realizaba acciones agresivas contra el norte de Israel. Estas operaciones dieron pie para que el general conservador judío Ariel Sharon acabase convenciendo al jefe de gobierno, Menahem Begin, de que debía atacar a su vecino del norte. Esto es la guerra del Líbano de 1982, donde confluyeron cuatro ejércitos: la OLP, los israelitas, los sirios, que atacaban a los israelitas, y las milicias cristianas maronitas, que apoyaban a Israel. Hubo un acuerdo de paz, pero se rompió cuando el activista separado de la OLP, Abu Nidal, atentó en Londres contra el diplomático judío Shlomo Argov.

Una vez que los israelitas avanzaron en Líbano, y dado que la guerra había comenzado desde su punto de vista para eliminar el peligro palestino, los dirigentes de la OLP y sus milicias fueron expulsados de Líbano, recalando, mayoritariamente, en Túnez. Al calor de esta nueva humillación surgieron las primeras fuerzas de Hezbollah, una milicia radical de inspiración chiíta, proiraní.

En septiembre de 1982, las milicias maronitas, contando con la permisividad israelí, practicaron el hecho más sangriento y repugnante de la guerra del Líbano y, probablemente, de toda la larga historia del conflicto árabe-israelí. Fue el genocidio de los campos de refugiados de Shabra y Shatila, donde fueron asesinados cientos de hombres, mujeres y niños. La matanza fue tan impresionante que en el mismo Israel provocó protestas a las que asistieron 400.000 personas. Shabra y Shatila, además de figurar en una de las primeras páginas del libro Por qué deberías vomitar al recordar que eres un ser humano, supusieron, además, y ésta es una opinión quizá muy personal, el giro definitivo de la batalla de la imagen mundial. En el conflicto israelí, si ponemos el contador a cero en el momento de la creación del Estado de Israel, los judíos habían tenido una reserva de recursos de buena imagen que parecía inagotable. Ya he dicho antes que el sentimiento mundial de culpabilidad tras el holocausto tiene mucho que ver con lo ocurrido. Probablemente, Israel pensó que ese crédito sería eterno. Pero, por así decirlo, con las repugnantes matanzas de Shabra y Shatila, se gastó los últimos céntimos que le quedaban. Tras aquellos hechos horrorosos, la opinión pública mundial comenzó a sentirse mucho más partidaria de ver en los judíos, no unas víctimas, sino unos verdugos. En realidad, en párrafos anteriores ya se ha visto que Israel llevaba décadas haciendo putadas; pero, desde entonces, esas putadas quedaron mucho más expuestas. En Occidente, lo progresista pasó a ser declararse propalestino. Y no fue ése un penalty que parase Arafat; más bien lo falló don Ariel Sharon. El último gran mojón positivo para los israelitas en materia de imagen mundial fue el asesinato de varios atletas judíos que habían acudido a los Juegos Olímpicos de Munich por activistas de Septiembre Negro. A partir de ahí, todo les ha ido cuesta abajo y, en gran medida, por culpa suya.

Mientras tanto, no obstante, Arafat se quedaba solo. Dos de sus principales colaboradores, Abu Jihad y Abu Iyad, murieron, el primero a manos de los israelíes y el segundo por la gente de Abu Nidal. El resultado de la guerra del Líbano, su expulsión a Túnez, dio alas a las sensibilidades más radicales que la de al-Fatah. Esto obligó a Arafat a tomar posiciones más radicales, que se concretaron en el inicio de la Intifada o rebelión de diciembre de 1987, en la que se generalizaron las agresiones contra los israelíes, a las que éstos respondieron con creciente violencia. Maniobrando con inteligencia, Arafat no olvidó el flanco diplomático, y el 15 de noviembre anuncia la publicación de una Declaración de Independencia de la OLP, señalando los tres grandes asuntos que afectaban a las reivindicaciones palestinas: los refugiados, el estatus de Jerusalén (ciudad considerada santa por judíos y musulmanes) y la naturaleza y fronteras del futuro estado palestino. Pero también, y aquí está la importancia del documento, en la Declaración se decía que la partición de Palestina era deleznable, pero al tiempo se reconocía su necesidad para acabar con el conflicto. Esto, negro sobre blanco, venía a significar que la OLP, por primera vez, venía a aceptar barco como animal acuático y reconocer la existencia del Estado de Israel.

Todo esto fue hecho para ganarse a Estados Unidos. Durante la presidencia de Jimmy Carter, judíos y palestinos habían firmado los acuerdos de Camp David, que habían servido para hacer que los americanos viesen en Arafat a un líder con el que se podía negociar. En 1991, sin embargo, se dio un paso atrás: Irak invadió Kuwait, Estados Unidos declaró la guerra del Golfo versión 1.0… y los palestinos se pusieron del lado de Sadam Husein.

Tras la guerra del Golfo, algunos políticos judíos de izquierdas realizaron acercamientos con líderes palestinos moderados, que se basaban en la asunción pragmática de la partición de Palestina. Otros factores colaboraron para el diálogo: en 1989 había caído el Muro de Berlín y con él había desaparecido la URSS, hasta entonces el gran apoyo militar de la OLP. Además, las elecciones israelitas en 1992 dieron ventaja claramente a los políticos que se mostraban partidarios de abandonar algún día los territorios ocupados. El 13 de septiembre de 1993, la Declaración de Principios de Oslo fue firmada en Washington.

En realidad, Oslo fue lo que en rugby se llama una patada a seguir. El artículo 5 de la declaración dejaba para más adelante la discusión sobre los temas más candentes, esto es los refugiados, Jerusalén y las colonias judías establecidas en los territorios ocupados. Asimismo, el documento establecía ya, por primera vez, el compromiso de construir una Autoridad Palestina, a la que se le irían transfiriendo territorios y competencias. Para la OLP, Oslo tuvo el valor de ser el primer momento en la Historia en que el Estado de Israel la reconocía como representante de los legítimos derechos y deseos del pueblo palestino.

No obstante, la desconfianza mutua era muy grande. Ni la OLP dejó de armarse y mucho menos consiguió unificar el enorme dédalo de sensibilidades e ideas que albergaba en su interior. Por lo que respecta a los judíos, obsesionados con la idea de la seguridad, poco tiempo después de firmados los acuerdos reiniciaron la colonización en los territorios ocupados.

Finalmente, la violencia palestina acabó por regresar, algo que Israel aprovechó para volver a ocupar la mayoría de los territorios que teóricamente debería administrar la Autoridad Nacional Palestina. Esto movió a los judíos una vez más hacia su visión de la paz, formada por un Estado israelí fuerte que ejerce su protectorado sobre una pequeña y débil autoridad palestina; todo ello sin hablar seriamente ni del derecho al regreso de los refugiados ni, por supuesto, de compartir soberanía alguna en Jerusalén.

La declaración de Oslo fue firmada por Yasser Arafat, Bill Clinton y Yitzak Rabin. En realidad, el destino de estos tres políticos revela muy bien la difícil evolución de la paz. Clinton acabó su mandato seriamente tocado por un escándalo sexual que le impidió desarrollar su política. Arafat acabó muriendo bajo la preocupación de la creciente influencia en el entorno palestino de las fuerzas más radicales como Hezbollah. Y Yitzak Rabin murió asesinado por un judío de ultraderecha que quería impedir que llegase a acuerdos con los palestinos.

En octubre del 2000, los palestinos iniciaron una segunda Intifada, crecientemente dirigida por los elementos islamistas más radicales del movimiento palestino; radicalización que provocó una escalada en la violencia del ejército israelí, con episodios tan tristes como la matanza del campo de Jenin (abril del 2002). Muy influida por el impacto que la matanza de Jenin tuvo en la opinión pública mundial, Estados Unidos se decidió a impulsar un nuevo plan de paz, conocido como la Hoja de Ruta. Ambas partes han intentado avanzar en dicha hoja. No obstante, ni por parte Palestina han dejado de producirse acciones bélicas contra Israel, ni Israel ha abandonado sus proyectos de seguridad, entre otras cosas colocar enormes muros en parte de los territorios ocupados, para aislarse de los terrenos de los palestinos.


La gran esperanza que, por varias veces, constituyó Yassir Arafat como posible interlocutor con los israelíes y los estadounidenses, acabó diluyéndose. La Intifada acabó por forzar el aislamiento de Arafat por los judíos en su Mukata; aislamiento que se ha combinado, cabe recordarlo, con no pocas acusaciones de venalidad y corrupción hacia la autoridad palestina.


La muerte de Arafat, además, dejó abierto el gran enigma que afecta hoy al movimiento palestino. En todas las partes en las que se ha desarrollado, el islamismo radical ha sido exitoso por la atracción de su mensaje y también por los esfuerzos que ha hecho por procurar a los ciudadanos ayudas y apoyo muy cercanos. Resulta un poco inexacto calificar a los sucesores de Arafat de moderados, pero frente a los más radicales, sin duda, lo son. Y si a eso se une que la penetración de los radicales en la sociedad civil palestina, a través de la educación o de los servicios sociales, es creciente, el sudoku se complica. De hecho, las acciones bélicas a las que asistimos hoy tienen como motivo principal la actuación de Hamas, es decir del palestinismo radical , cada vez más consolidado en las preferencias del pueblo palestino y con crecientes cuotas de poder en el mismo.

¿Qué pasará ahora? Leñe, si yo supiera eso, no tendría una casa de setenta metros cuadrados en propiedad compartida al 50% con mi banco.


Una cosa que pienso muchas veces cuando pienso en el problema judío (ya he dicho que se lo puede llamar de muchas maneras; a mí la más exacta me parece que es ésta) es que lo primero que habría que hacer es una clasificación estricta de quiénes quieren que se solucione definitivamente y quiénes, por decirlo elegantemente, preferirían que no fuese así. Un médico palestino al que conocí en la universidad me dijo un día una frase que se me ha quedado grabada en el recuerdo: «los palestinos somos los judíos del mundo musulmán». Se refería al hecho de los muchos años durante los cuales el pueblo judío fue esa colectividad cuyas reivindicaciones eran comprendidas por Occidente, sin que por ello fuesen colmadas. Hay toda una dinámica dentro del mundo musulmán que se basa en la existencia del conflicto palestino, en la existencia de la opresión sobre los palestinos. Si no existiese el problema palestino, habría que reclamar Al-Andalus, asunto éste que pilla tan lejos que tiene un sex appeal radical mucho menor.

Por su parte, Israel, a mi modo de ver, ha perdido el sentido de la realidad. Su reacción al trauma de la vencibilidad (el haberse dado cuenta de que pueden ser vencidos) no ha sido tender puentes, aunque lo haya hecho en el terreno diplomático. En el fondo, el Estado de Israel parece reaccionar como si durante años hubiese temido que el pacifismo interior, es decir los israelitas contrarios al enfrentamiento con los palestinos, pudiese minar su fuerza; pero ya se hubiese dado cuenta de que eso no va a ocurrir. En el año 2008, Israel ha acometido una agresión contra un vecino y no parece que la justicia de ese movimiento haya sido seriamente cuestionada por nadie. Por otra parte, parece actuar pensando que cualquier solución definitiva al conflicto debería demandar cesiones significativas por su parte; cosa que es, probablemente, cierta. Y ha decidido que su sociedad no lo va a aceptar.


Y luego quedan los intermediarios. Sobre todo, los Estados Unidos. El día 20 se queda el prado un nuevo pastor. Un tipo que, además, a decir de muchos, viene con ideas nuevas, uno de esos mitos que rompen el calendario de forma que los años venideros se llamaran AO (Antes de Obama) y DO (Después de Obama). Lo mismo se dijo en su día de Clinton, por cierto. Y, ciertamente, don Guillermo tiene una interesante muesca en su revólver, como es la solución del sudoku irlandés. Con un poco de suerte, le habrá susurrado en la cama al oído a la ministra de Asuntos Exteriores cómo leches lo consiguió. Pero, aún así, no parece que haya sido un presidente histórico, en el sentido literal de la expresión.


El asunto judío, quizá, será el primer escalón en el que algunos obamaníacos se van a llevar una sorpresa, no muy agradable por cierto. Primero, porque no hay nada en el discurso electoral de Obama (discurso, por otra parte, preñado de conceptos grandilocuentes y muy genéricos) que revele un giro significativo en el stance estadounidense frente a la cuestión judía. Segundo, porque eso encuentra bastante lógica tras el fracaso de Bush. Porque si Bush I montó una guerra para girar la manija de una economía mundial que iba de cabeza a la recesión y de paso aislar económicamente el resurgir de Rusia, objetivos ambos que consiguió, Bush II montó su guerra, en el mismo escenario, con la intención de poner, no una, sino otra pica en Flandes, tratando de generar el experimento de un país musulmán proamericano y con formas democráticas en el mismísimo patio de atrás del radicalismo musulmán. Pero Bush II, al contrario que su padre, fracasó.


Dicen que en cierta ocasión Lyndon Johnson (yo, al menos, he escuchado la anécdota referida a él) escuchó cómo uno de sus colaboradores calificaba a un dictador proamericano de hijo de puta, y le contestó: «no es un hijo de puta; es nuestro hijo de puta». Fracasada la reedición del shanato iraní en el Irak del siglo XXI, parece claro que el inquilino de la Casa Blanca, tenga el color (político) que tenga, no tendrá más remedio que albergar sentimientos muy parecidos hacia Israel y sus razzias. Con lo que, lo quiera o no, se apuntará al bando de los que, en el fondo, trabajan para que el conflicto se eternice.

Otro factor podría ser el papel de la ONU. O el de la Asociación de Vecinos del barrio de Moratalaz. O el de los socios del Rotary Club de La Valetta. Las tres son instituciones de parecida eficiencia en materia de política exterior.

Quien puede cambiar este estado de cosas es el islamismo radical con las acciones que acometa. Y esto es, a mi modo de ver, lo que hace que el año 2009 comience con un claro tufillo inquietante.

La (in)solidaridad catalana (y 3)

En un entorno de mayor fuerza, las posiciones de los proteccionistas se fueron haciendo más intransigentes. Tras un intento en la Junta de Aranceles para restablecer los derechos diferenciales, fallido, abandonaron dicha Junta. En 1880 escenificaron un nuevo abandono, esgta vez la Comisión de Información Arancelaria, que tenía que estudiar la situación de la industria lanera y cuyas conclusiones no les gustaron. Otra vez el espíritu, llamémosle escasamente negociador. Y como las desgracias nunca vienen solas, sobre este nuevo error estratégico proteccionista se cernió de nuevo la desgracia, pues el gobierno Cánovas, en el poder, le dejó el sitio al gobierno Sagasta, de corte decididamente liberal. El 7 de julio de 1881 Sagasta, ante las graves diferencias existentes en torno a la reforma del arancel, decide dejar la cuestión en suspenso.

El objetivo de los librecambistas era que se aplicase la famosa base quinta de la reforma de 1869, la que establecía el progresivo desarme arancelario de las mercancías españolas. Ante esta idea, los proteccionistas opusieron una estrategia obstruccionista en la que pretendían colocar en la legislación una provisión que claramente estableciese que ninguna reforma del arancel sería posible sin una amplia consulta a las fuerzas económicas y sociales y la aprobación de las Cortes; sistema que introducía una notable rigidez en la organización económica. Más allá, las organizaciones de productores catalanas respondieron con una movilización sin precedentes cuando se anunció la intención de negociar un acuerdo comercial con Inglaterra. Sólo el 26 de junio de 1881 se celebraron en Barcelona cinco mitines multitudinarios sobre el asunto. Algunas semanas después, en octubre, el gobierno liberal dejaba bien claro en las Cortes que pensaba llevar a cabo las ideas y estrategias que había defendido cuando estaba en la oposición.

Finalmente, el gobierno, a través de Camacho, su ministro de Hacienda, presentó un proyecto de reforma económica dentro del cual se incluían, como medidas de comercio, el establecimiento de un régimen de cabotaje entre los puertos de la península y los de Cuba, Puerto Rico y Filipinas; y una progresiva reducción de aranceles en consonancia con la base quinta, si bien no se aclaraba el momento. La temperatura de la polémica subió de grado cuando el Consejo de Estado rechazó dicha reforma, por 14 votos contra 13. El empate primero fue deshecho por el presidente de la institución, que se llamaba Víctor Balaguer. El apellido lo dice todo, ¿eh? Pues sí: era catalán.

Los librecambistas, a través de Camacho, reaccionaron como en el pasado, es decir haciendo uso de la potestad gubernamental de cerrar acuerdos de comercio. Fruto de ello fue la firma el 6 de febrero de 1882 de un tratado comercial con Francia que fue recibido por la prensa especializada económica con el anuncio de que destruiría la industria catalana y preguntándose si había sido firmado como «venganza de no sabemos qué agravios».

El tratado con Francia fue, desde algunos puntos de vista, un intento de fomentar aquello que España tenía y que era competitivo por ahí fuera, es decir el vino. Aquellos proteccionistas decimonónicos sostenían unas ideas que eran, como he dicho al inicio de estos comentarios, muy intuitivas. Pero que el proteccionismo sea intuitivo no quiere decir que sea acertado. El problema que tiene, y que los proteccionistas no sabían ver, es que el proteccionismo deteriora la competitividad, hace a las industrias menos eficientes e imposibilita que puedan ganar mercados. No por casualidad, en aquella economía española que llevaba décadas luchando por un desarme arancelario que no terminaba de llegar (en realidad, no llegaría hasta 1986, con nuestra entrada en la Comunidad Económica Europea), los únicos productos verdaderamente competivivos eran aquéllos que lo eran por sus características esenciales, es decir los agrícolas, y muy notablemente el vino.

El acuerdo con Francia de 1882 marcó unas notables ventajas para el vino español en el mercado francés, a cambio de lo cual España otorgaba a Francia el estatuto de nación favorecida y establecía unos aranceles muy similares, y en casos inferiores, a los establecidos en la primera fase de la base quinta.

En abril de 1882, cuando comenzó la discusión del acuerdo en las Cortes, Barcelona tuvo que ponerse bajo autoridad militar, tan bestias fueron los conflictos que allí se produjeron. El debate fue fosco y agrio. Un diputado apeló al ministro de Fomento, José Luis Albareda, invitándole a que «se de una vuelta por nuestras provincias y, sobre todo, por Cataluña, a la que se conoce en Castilla lo mismo que los franceses conocen a España, por las descripciones de Alejandro Dumas, y de la que hay formada, hasta por serios ministros de Fomento, la idea de que sus fábricas son como las que estamos acostumbrados a ver aquí en Madrid, establecidas en un tercer piso de una casa de vecindad, con tres o cuatro obreros». El problema es que junto a estos argumentos, plenos de racionalidad y que están en el fondo del sentimiento catalán de que Cataluña es diferente, los diputados de aquella tierra sacaron también a pasear su tradicional tono apocalíptico, que es lo más antipolítico que hay. El diputado Teodoro Baró, sin ir más lejos, anunció que a causa del acuerdo (de un acuerdo comercial) España iba a hermanarse con «las naciones primitivas, cuyo único medio de vida consiste en el pastoreo». Ejem...

El tratado fue aprobado por 237 votos contra 59. Y el 6 de julio de 1882, el rey firmaba la ley por la que se restablecía la base quinta. Este paso librecambista se combinó con otra nueva liberalización, en 1883, ya aprobada bajo el ministro Justo Pelayo dado que Juan Francisco Camacho había tenido que dimitir.

En 1884, sin embargo, los liberales abandonan el poder, que vuelve a manos de Cánovas del Castillo. Cánovas, personalmente, tenía conviciones proteccionistas muy profundas. Sin embargo, el carácter fuertemente clasista de esta doctrina económica hacía que incluso dentro de su partido conservador hubiese librecambistas; a lo que se unió el hecho palmario de que a finales del siglo XIX se estaba produciendo el mometno de mayor hegemonía político-económica de Inglaterra en Europa, y que desde Londres se quería defender a capa y espada el acuerdo comercial vigente. Por ello, en febrero de 1884 ese mismo gobierno conservador de núcleo proteccionista presentó en las Cortes el proyecto de acuerdo para ratificar el acuerdo comercial con Inglaterra.

Los industriales catalanes inundaron Madrid de telegramas, en su habitual tono milenarista, es decir prediciendo, como de costumbre, la llegada de las Siete Plagas de Egipto sobre Cataluña si el tratado se aprobaba. En parte por esta presión, en parte por otros motivos, el acuerdo con Inglaterra se empantanó, y empantanado seguía cuando Alfonso XII murió.

Como es bien sabido, Cánovas juzgó, a la muerte del rey, que para afrontar la nueva etapa en condiciones de total estabilidad política lo mejor era resignar el poder y dar paso a un nuevo periodo sagastino. Don Práxedes Mateo volvió a confiar en Juan Francisco Camacho para el ministerio de Hacienda, y éste, una vez llegado ahí, activó automáticamente su software librecambista. Su primera decisión fue solicitar, en 1886, que todos los tratados comerciales vigentes, y que venían en 1887, quedasen prorrogados hasta 1892. No obstante, los proteccionistas hicieron valer su influencia y consiguieron bloquear en parte las intenciones de Camacho (quien, por cierto, poco después tuvo que dimitir de nuevo), pues pararon la aplicación de la segunda fase de la famosa base quinta, que estaba prevista para 1887.

A los proteccionistas les vino Dios a ver con la escisión del partido conservador. Romero Robledo, conspicuo canovista, se separó de él para fundar el partido liberal reformista, el cual, a pesar de su nombre, hizo inmediata profesión de proteccionismo. Esto movió a Cánovas a afianzar aún más sus afanes proteccionistas. Como consecuencia de este movimiento, el 3 de diciembre de 1887 se presentó en el Congreso una proposición de ley para derogar la base quinta. La firmaban Antonio Cánovas, Francisco Silvela, el conde de Toreno, Raimundo Fernández Villaverde, Francisco Cos Cayón, el vizconde de Campo Grande y Francisco Rodríguez Sampedro; el gotha conservador, pues.

En marzo de 1889, por cierto, Fomento del Trabajo Nacional y Fomento de la Producción Española, dos de las grandes entidades industriales catalanes, se fusionan en Fomento del Trabajo Nacional, institución aún hoy existente e integrada en la CEOE.

Regresado Cánovas al poder, la iniciativa amagada en su proyecto de ley tomó cuerpo. La Ley de Presupuestos de 1890 establece, en su artículo 38, la habilitación genérica al gobierno para que modifique los aranceles de aduanas «en lo que convenga a los intereses nacionales». Cabe decir que esa medida dio un poco la ídem del relativo cinismo del proteccionismo catalán el cual, como siempre le ocurre a los grupos de interés, tenía tendencia a ver la paja en el ojo ajeno y desconocer la viga en el propio. Durante todo el siglo, los proteccionistas habían reaccionado como la Gata Flora cada vez que alguien había intentado abrogarse en el gobierno competencias para mover los aranceles por su cuenta. Habían dicho los proteccionistas, por activa y por pasiva, que los aranceles sólo los podían mover las Cortes. Sin embargo, contra este artículo 38, que sostenía precisamente lo que ellos siempre habían atacado, no dijeron ni pío.

Ya plenamente enrolado en el proteccionismo, el gobierno, no sin mediar la oportuna formación de una comisión de estudio de ésas que, como las de investigación, estudian e investigan lo que en cada momento place, decretó que lo que la economía española necesitaba era la derogación de toda la legislación arancelaria y la denuncia de los tratados comerciales, amén de defender el derecho preferencial de bandera, es decir que el único cabotaje o comercio libre que se pudiera realizar entre la península y sus colonias fuese bajo bandera española. Un decreto con fecha de la Nochebuena de 1890 derogaba la base quinta y elevaba automáticamente los aranceles a la carne, el arroz, el trigo y las harinas, amén de crear una comisión para la elaboración de un nuevo arancel y organizar la denuncia de todos los acuerdos comerciales existentes.

Hay gente, por cierto, que se extraña un poco de que cuando, quince años después, España necesitó y no obtuvo de un solo país europeo el más mínimo apoyo en su enfrentamiento con Estados Unidos a cuenta de Cuba, la razón de ello fue que nadie quería pelearse con Estados Unidos. Razón cierta. Como también es cierto que porcentajes no menores de la postura de algunas cancillerías se explican, más bien, por el contenido de la norma que acabamos de recordar. Ello a pesar de que, como no podía ser de otra forma, apenas dos años después de esta reforma, España se vio obligada a firmar nuevos acuerdos comerciales con diversas naciones (no sin que ello provocase las airadas protestas proteccionistas de costumbre).

Allá por 1903, hasta los proteccionistas admitían que había que reformar el arancel de 1891, pues éste ya no respondía a la realidad de la industria española. Dicho de otra forma: había nuevos sectores, nuevas actividades, que se habían desarrollado y que era necesario proteger, según su punto de vista. Punto de vista curioso pues, si esas nuevas producciones habían surgido y crecido sin protección arancelaria, ¿no era acaso eso una negación en la práctica de la teórica proteccionista?

La comisión que diseñó el nuevo arancel estaba formada por Pablo de Alzola como presidente, y Francisco Sert i Badia, Juan Sitges, José Prado y Constantino Rodríguez. El trabajo diseñado respondía con bastante fidelidad a las peticiones proteccionistas. Sin embargo, su puesta en marcha no fue posible por el intenso periodo de inestabilidad institucional en que entró España en esos años. Sin embargo, en 1906 se hizo necesario actuar, pues estaban a punto de vencer los acuerdos comerciales y había que negociar otros. Fomento del Trabajo realizó una campaña intensa frente a los diputados. Como consecuencia de estas presiones, el 15 de diciembre de 1906 se leyó en las Cortes por Amós Salvador, ministro de Hacienda, el proyecto para la aprobación del arancel diseñado por la comisión. El real decreto definitivo es de 23 de marzo de 1906, y es una rara avis en la historia jurídica de aquella época, pues sobrevivió nada menos que hasta 1922.

En el primer cuarto del siglo XX, pues, la política arancelaria fue decididamente proteccionista, generando con ello el mito. Mito que fue agria y repetidamente blandido en las Cortes de la República por aquellos diputados de las derechas que se oponían al Estatuto de Cataluña. En efecto, la lectura de las actas de aquellas sesiones en las que un político tan poco procatalanista como Azaña tuvo que desplegar todos sus recursos en defensa de la autonomía está trufada de intervenciones que machacan, machacan y machacan con la idea de que el proteccionismo catalán fue un interés particular que doblegó al resto de España en su interés.

Como siempre en las grandes ideas del debate histórico, el asunto tiene su parte de certitud, y su parte de estupidez. La estupidez proviene de la pregunta sobre exactamente qué crecimiento cercenó el proteccionismo en un país cuya propensión a la industria era nula y sus esfuerzos para acercarse al fenómeno, prácticamente inexistentes. Desde tiempos de Felipe II hasta los que ya hemos relatado en parte del marqués de Salamanca, el concepto castellano de millonario es el rentista; un hombre cuyo mayor contacto con la actividad económica es ser terrateniente y que fía su futuro económico a la especulación, sobre todo con los títulos de deuda. El librecambismo español era una doctrina económica que formaba parte de un modo de pensamiento liberal. Pero carecía de elementos interesados, de agentes económicos beneficiados que lo pudieran proteger.

Por el otro lado, es absolutamente cierto que el proteccionismo era un elemento de política económica generado y animado por un interés meramente particular, que existía en áreas del País Vasco, de Castilla y de Andalucía, pero era fundamentalmente catalán y que además los catalanes apenas se preocuparon de hacer verdaderamente español. Los proteccionistas catalanes pronosticaron hecatombes librecambistas que nunca llegaron y, por el camino, pusieron su granito de arena en la construcción de lo tres grandes problemas sempiternos de España como economía, a saber: somos caros, somos poco productivos y, consecuentemente, no somos capaces de generar lo capitales propios que necesitamos para financiarnos. Es falso adjudicar estos males al proteccionismo, pero no lo es tanto aseverar que este mal de la economía española moderna comenzó con él. Quien no compite, se duerme. Se acostumbra a contemplarse a sí mismo y vivir como si el mundo terminase ahí, a escasos veinte centímetros de su nariz.

Y, desde luego, si algo ha dejado la polémica proteccionista, si un efecto duradero ha generado, ha sido el conflicto Madrid-Barcelona, o Centro-Periferia si se prefiere. Un nacionalista catalán tiene todo el derecho a pensar que todo lo que siente proviene de sus aspiraciones políticas. Un, digamos, nacionalista de Madrid también puede pensar que todo lo que piensa lo piensa por cosas que han ocurrido, digamos, en los últimos diez o veinte años. Ambos, en mi opinión, se equivocan. Ambas actitudes, probablemente sin saberlo (porque la Historia, hoy, en España, la conocen cuatro freaks mal contados), ya eran las de sus tatarabuelos, y aún más allá.