sábado, diciembre 19, 2009

La Navidad (y 3): Más ritos

Acabo mi breve ciclo navideño con esta toma, que aprovecho para comentaros que en el día de hoy, cautivo y desarmado el año laboral, mis obligaciones se extinguen hasta entrado el 2010. Otrosí, que me piro.

Llevaré un portátil y me largo a un pueblillo que tiene una cafetería con wi-fi, así pues tengo la intención de escribir un par de posts durante las fiestas, aunque os confesaré que mis intenciones se dirigen a otro tipo de actividades. El otro día me crucé con Papá Noel en un aeropuerto; lo cogí del cuello y lo estampé contra la pared, tras lo cual le dejé claro que como se le ocurriese dejar en mi chimenea el 24 otra cosa que no sea el Modern Warfare 2, íbamos a tener un problema o, mejor dicho, lo iba a tener él. Creo que entendió el mensaje, así que comprenderéis que tendré otras cosas que hacer.

En el ínterin, mucho relajo para todos, buena bebida y mejor comida.

Vamos allá con los ritos.

El belén

La representación, al tamaño natural o con figuras, del nacimiento de Jesucristo, es probablemente la tradición navideña más antigua. Todos sabéis en qué consiste la escena. Tras haber buscado el bueno de José, infructuosamente, un lugar civilizado donde alojar a su mujer embarazada, se refugia en una cueva en Belén, donde María alumbra a su hijo en compañía de un asno y de un buey cuya función es calentar con su aliento al niño, y que confirman su divinidad no comiéndose el heno que sirve de colchón para el infante (según la tradición, el asno recibe como recompensa el don de la risa, motivo por el cual tiene ese gesto en el que levanta los belfos y enseña los dientes).

Los evangelios nada dicen del asno y del buey, que fueron añadidos por la tradición en algún momento posterior que al menos yo no tengo claro. Lo que sí creo que está más claro es el origen de ese mito. Está en Isaías, 1, vers. 2 y 3: «He alimentado, he acompañado el crecimiento de mis hijos, y ellos me dan la espalda. Conoce el buey a su señor, y el asno el pesebre de su amo». El primer pollo (o gallina, aunque esto último es dudoso) que colocó en un belén a un asno y a un buey era un buen conocedor del Viejo Testamento y, creo yo, los colocó ahí porque, la cita de Isaías creo lo refleja bien, ambos animales simbolizan la lealtad filial, virtud que se supone infinita en el hijo de Dios. Fue el evangelio apócrifo conocido como protoevangelio de Santiago el que popularizó entre las gentes esta historia, colocando el asunto del buey y el asno en la escena de la natividad, y citando la profecía de Isaías.

La razón de ser del belén es la misma que la de las escenas reproducidas en los pórticos y los capiteles de las iglesias protomedievales y medievales. Su función, claramente, era enseñar las escenas de la natividad a personas que no podían leerlas porque eran analfabetas. Sin embargo, los primeros belenes estaban hechos por humanos y tenían forma de representación. Dichas representaciones, y algo hemos visto al hablar de los santos inocentes, solían terminar bastante mal, con derivaciones burlescas y mucho cachondeo, por lo que en el siglo XIII el Papa, entonces el tercero de los Inocencios, las prohibió. Tras dicha prohibición, en 1223, Francisco de Asís obtuvo del padre santo autorización para realizar en una cueva de la población italiana de Greccio un recuerdo del nacimiento. Fue una iniciativa muy exitosa que marcó el inicio de la expansión del belén moderno, aunque en sus primeros siglos su montaje se limitase a iglesias y grandes palacios.

Lutero rechazó la costumbre de los belenes por considerarse de poco contenido religioso, lo cual motivó una reacción en sentido contrario por parte de la Europa católica que terminó por popularizar definitivamente los belenes. Aunque la costumbre ya se conocía en España, se consolidó definitivamente con el acceso al trono del país por Carlos III, quien vino de Nápoles, entonces ciudad belenera como ninguna más, trayéndose la tradición consigo y extendiéndola por toda España, pero muy especialmente en las regiones levantinas.


Los regalos

Las tradiciones romanas indican que uno de los dos hermanos fundadores de la ciudad, Rómulo, queriendo regalar a sus gentes algo que simbolizase los buenos deseos para un nuevo año, les regaló unas ramas de frutal de un bosque sagrado porque estaba dedicado a una diosa sabina. Estas ramas son el primer regalo que la Historia conoce por el nuevo año y comenzaron la tradición del aguinaldo, que es un regalo, aunque finalmente terminó siendo dinero en metálico, que se da a los niños y no tan niños, y que hasta hace bien poco tiempo también se daba a los empleados de ciertos servicios. El sereno y el barrendero, por ejemplo, pasaban de casa en casa, entregando una tarjetita y recibiendo alguna moneda a cambio.

La diosa sabina dueña del bosque de Rómulo se llama Strenia, y los regalos derivados de la tradición se denominaban strenae, que es de donde deriva el verbo castellano estrenar, que está íntimamente ligado a la recepción de un regalo.

Allá por el siglo XIII, la tradición de hacerse regalos por Navidad o el nuevo año debía de ser muy fuerte ya en un lugar como España, pues existen testimonios de reyes moros preocupados porque los de su religión se aplicasen a practicar la tradición haciéndose regalos en Navidad como si fuesen cristianos. Y es que sarna, con gusto, no pica.

Se tiene por cierto que fue en el siglo XVIII, en Alemania, donde la tradición de regalar se combinó por primera vez con el envío de tarjetas de felicitación.


El Año Nuevo

El año nuevo debería celebrarse el 20 de marzo. Tal es el día que se produce el equinoccio de primavera y, por lo tanto, el día tiene la misma longitud que la noche. Así ocurre más o menos, por ejemplo, entre los chinos, para los cuales el año nuevo sigue teniendo un importante significado agrícola.

Una característica que se repite en la mayoría de las celebraciones antiguas del año nuevo son los ritos que podríamos denominar de borrón y cuenta nueva. De una forma coloquial, podríamos decir que el ser humano siempre ha utilizado el año nuevo, sin importar cuándo se situase, para plantearse cambios en su vida, normalmente para bien. En Tibet, que celebraba el año nuevo más o menos a mediados de febrero (al final de la primera luna tras el solsticio), y se apuñalaba simbólicamente a un demonio, el cual al morir se llevaba los pecados cometidos por las gentes durante el año que dejaban atrás. Este rito de limpieza solía estar precedido de momentos de extremo libertinaje (cosa lógica: puesto que me van a borrar los pecados, peco), como se puede ver en tradiciones como las saturnales romanas.

Los romanos celebraron el nuevo año el primero de marzo durante mucho tiempo, con el acompañamiento de una curiosa fiesta en la que se creía que las personas vivirían tantos años como copas de vino consiguiesen beber en dicho día, con lo que se cogían unos pedos saturnalmente planetarios. Julio, sin embargo, en el año 45 antes del (presunto) nacimiento de Jesucristo, cambió la metodología existente, que era lunar, por el año solar y, consecuentemente, desplazó la fecha a las cercanías del solsticio, en el actual 1 de enero.


Los dadores de regalos

Mi padre solía recordar, todas las Navidades, el sermón que, según él, dictó el padre Colunga (uno de los modernos traductores de los evangelios) cuando él era un niño, en un colegio de jesuitas. Decía que el buen sacerdote comenzó aquel sermón del 6 de enero con las palabras: «Queridos niños, celebramos hoy la festividad de los tres reyes magos; que ni eran tres, ni eran reyes, ni eran magos».

El evangelio de Mateo nos habla de unos magos de Oriente que querían adorar al rey de los judíos y por ello siguieron una estrella que les guió hasta la cueva donde les esperaban José, María y Jesús. Por su parte, el protoevangelio de Santiago también recoge la escena, pero tampoco precisa ni la condición ni el número de los adoradores.

Melchor, Gaspar y Baltasar no recibieron estos nombres hasta el siglo V. Tanto es así que cien años antes, todavía la tradición más extendida en el orbe cristiano era que los reyes, lejos de ser tres, eran doce.

Se ha dicho muchas veces que eso de magos puede querer decir que eran astrólogos, dedicación ésta que era muy valorada en la Persia de la época de Jesús; además, hay que recordar que astrólogo, en persa antiguo, se decía mogu, o sea casi mago. Asimismo, en la estrella de Belén se ha querido ver el famoso cometa Halley, que nos visita más o menos cada tres cuartos de siglo. Aunque hay interpretaciones. El supercampeón de la interpretación de los ritos antiguos, el irlandés James Frazer, cuyo libro La rama dorada permanece, en muchas cosas, insuperado casi un siglo después, creía que los famosos magos serían adoradores de Adonis, que sería especialmente adorado en Belén, y habrían ido allí con ocasión de sus fiestas.

Por su parte, San Nicolás nació en la ciudad griega de Patras. De él se cuentan mitos de acendrado ascetismo como que los días de ayuno cristiano, siendo un bebé, no aceptaba mamar más que una vez, así pues ayunaba por su cuenta. Con esos mimbres, es lógico que como adulto fuese nombrado obispo de una pequeña ciudad anatolia. En calidad de tal acudió al concilio de Nicea, donde discutió con Arriano, tan violentamente que le golpeó en la cara, lo que le supuso perder su dignidad obispal. Tras su muerte, se dijo que de su tumba brotaba un manantial de aceite. En el siglo XI, los italianos rescataron su cuerpo, pues su tumba estaba ahora en territorio musulmán, y le consagraron una iglesia en Bari, adonde iban las gentes a comprar el líquido que presuntamente seguían destilando sus huesos, 700 años después de haber muerto.

Fueron los protestantes los que convirtieron a San Nicolás, santo famosísimo y veneradísimo durante mucho tiempo, en el padre de la Navidad, Papá Noel. Los holandeses que fundaron Nueva York, que lo conocían como Sinter Claes, fueron los primeros en convertirlo en un viejo barbudo vestido de rojo que vivía en Laponia, a quien los no flamencos comenzaron a llamar Santa Klaus.

miércoles, diciembre 16, 2009

Lectura: Winter in Madrid


Samson. C. J. : Winter in Madrid. London: Pan Books, 2006.
He leído este libro dentro de mis estudios de inglés. Creo que si no me lo hubiese encargado mi teacher, nunca habría sentido la pulsión de comprármelo por mí mismo. Y la razón de esa no-compra, muy probablemente, sería la sospecha que con la lectura he confirmado, y que es algo que suele pasar con la novela histórica: que sea más novela que histórica.

En su corto capítulo de agradecimientos, el autor de Winter in Madrid habla de la guerra civil española y del franquismo, y las lecturas que ha realizado para documentarse. Todas ellas son de libros escritos originalmente en inglés por autores sajones. Así las cosas, Winter in Madrid se convierte, probablemente sin quererlo, en un exponente de un mal que nos ha aquejado y nos aqueja a los españoles en lo que se refiere a nuestra Historia reciente: la convicción de que nadie la ha estudiado mejor que los hispanistas angloparlantes.
Verdaderamente, que Thomas, Preston, Payne, Elwood, Beevor, Graham, Howson y muchos nombres más que injustamente olvido, hayan decidido dedicar sus esfuerzos a entender la Historia de España y no la de Moldavia, es algo que debemos agradecer. Como también debemos reconocer que sus aportaciones son muchas e interesantes. Pero de ahí a que sea posible entender la Historia de España sin empaparse un poco de los hechos tal y como los cuentan (ergo los ven) los propios españoles, hay un trecho que Samson recorre y, a mi modo de ver, se le nota. Con este libro hará, supongo, si no lo ha hecho ya, una película incluso de éxito. De hecho, leyendo algunas escenas da la impresión de que eso es lo que intenta. Y no habrá de extrañar que se haga una versión fílmica de este manuscrito, porque adolece, como lo hace el cine casi entero, de cierta falta de respeto por los hechos históricos; no sé si la verdad histórica, pero eso es algo que yo, al menos, no he logrado encontrar.
Son varias las cosas que me gustaría comentar de este libro; de algunas de ellas no estoy seguro y tampoco creo que sea una lectura que merezca que yo invierta una o dos tardes en buscar el dato concreto. Pero son, a mi modo de ver, una demostración de que la documentación de esta obra es meramente superficial y, cómo decirlo, muy británica.
Lo primero que hay que decir es que el autor tiene muy escasos conocimientos de español. Lo cual no ha de extrañarnos, pues en su página de agradecimientos rinde un homenaje a La colmena, obra de Camilo José Cela, a la que cita en inglés. Así pues, si ha leído a Cela en inglés, eso debe de ser porque no habla español.
Los textos escritos en español en el original son muy escasos y, en su mayor parte, son construcciones erróneas que reflejan un conocimiento apenas superficial del idioma. Entre dichos ejemplos cabe señalar:

* Un brigadista que se rinde ante el enemigo dice: «Me entrego». Nadie dice «me entrego». «Me rindo» es la expresión correcta.

* Página 65: Redactado textual del libro: «¡Ay, inglés! ¿Por qué no juegues con nosotros?» Pues, básicamente, pensará el inglés, porque habláis como el culo.

* Página 296: Un sargento pregunta con incredulidad si un preso es quien verdaderamente quiere entrevistar el psiquiatra, y el soldado contesta: «Por cierto». La contestación lógica es «Por supuesto» o «Desde luego».

* Página 320: «¿Qué dicéis? ¡No es posible! ¡Estáis loco!». Esto no es español moderno. En algunos casos, ni siquiera antiguo.

* Página 329: Se describen los camiones al principio de la guerra yendo hacia el frente, con la inscripción «¡Abajo fascismo!» En español, el artículo es siempre necesario.

* Página 399: Alguien dice que hace mal tiempo y el otro contesta: «Sí, muy mal». Se escribe un adverbio donde va un adjetivo (malo).

* Página 500: Una persona insulta a otra llamándole «Cabrón rojo». Es exactamente al revés (rojo cabrón). Y aquí sí que el orden de los factores altera el producto.

Por lo demás, hay otros errores que no tienen que ver con el idioma.

Al inicio de la novela vemos a uno de los personajes, un brigadista inglés miembro del Partido Comunista, participando del lado republicano en la batalla del Jarama, que se produjo en los últimos meses de 1936. Y nos dice el autor: «Forty feet above him, projecting over the lip of the hill, was a tank. One of the German ones Hitler had given Franco» [Catorce pies sobre él, sobresaliendo del borde de la colina, había un tanque. Un tanque alemán de los que Hitler le había dado a Franco].
¿Cóooomor? ¿Hitler le dio a Franco carros de combate, y además en fecha tan temprana como el otoño-invierno del 36? Ya me extraña. La mayor parte de las fuerzas de la Legión Cóndor (principal ayuda alemana a Franco) no llegaron a España hasta noviembre del 36.

En otro punto de la novela, un personaje informa que Franco «drives everywhere in a bullet-proof Mercedes Hitler sent him» [va a todas partes en un Mercedes blindado que le envió Hitler]. No estoy completamente seguro, pero, y ya sé que parece contradictorio, juraría que el coche que Hitler le regaló a Franco era un Rolls-Royce.

En otro punto de la novela se describe la llegada de otro personaje a Madrid en septiembre del 36 y se habla de que las gentes se refugiaban de los bombardeos en el metro. Septiembre de 1936 me parece un poco pronto para eso, aunque puede ser que ya hubiese bombardeos serios contra Madrid.

Página 86: «He came back with two coffees and a plate of tapas» [Regresó con dos cafés y un plato de tapas]. Las tapas inglesas no sé, pero las españolas no se toman con café. Se toman con bebidas frías y, en aquel entonces, especialmente vino. De hecho, la tapa nació como un pequeño acompañante, habitualmente gratuito, del chato de vino.

Página 94: Un personaje habla de los falangistas y dice: «They want a state like Hitler’s» [Quieren un Estado como el de Hitler]. Éste es un error muy común, que se comete también en España (en los foros de internet, unas seis veces por minuto). Los falangistas de ideología nazi no eran muchos. El falangismo, lo que era, por encima de todo, era mussoliniano. «They want a state like Mussolini’s» habría sido la frase correcta.

Página 98. Se describe a unos jóvenes que protestan frente a la embajada británica. Dice el autor: «They were Falangists, young men mostly in bright blue shirts and red berets» [Eran falangistas, hombres jóvenes con camisa azul y boina roja]. Puede parecer una gilipollez, pero, si eran falangistas, lo que un autor bien informado debiera haber destacado no era que llevasen boinas rojas, sino que no las llevasen. Al unificar falangismo y tradicionalcarlismo, Franco unificó también la uniformidad, tomando, básicamente, la camisa azul joseantoniana y la boina roja carlista. Muchos falangistas odiaban esa boina y la llevaban por obligación o por disciplina, pero procuraban no ponérsela.

Página 123; «They turned into calle Montero» [Giraron hacia la calle Montero]. Pues no, porque es Montera. También en el aspecto callejero, una pareja inglesa que pretende ser rica y poderosa es situada en el elitista barrio de Vigo. Barrio que, que yo sepa, no existe en Madrid. Por la situación (norte de Madrid, casas caras) es posible que autor se refiera a la colonia de El Viso.

Página 199: En una escena producida durante la guerra, una persona le habla a otra de la creciente dominación de los comunistas sobre la República, e informa: «They’ve got their own torture chambers in a basement in the Puerta del Sol» [Han creado sus propias cámaras de tortura en un sótano de la Puerta del Sol].
Primero, el autor parece no haberse enterado de que el nombre por el que dichos centros de detención ilegal fueron y son universalmente conocidos es «checa». Segundo, que no hubo una, en la Puerta del Sol, sino muchas en diversos puntos de Madrid, de las cuales quizá las más famosas fueron la del Círculo de Bellas Artes y la de la calle Velázquez.

Página 211: Un funcionario de la embajada, hablando de los gobiernos de Franco, dice: «Half the government are ex-Legion now. It’s one thing that holds the Monarchist and Falangist factions together. A shared past» [La mitad del gobierno actual son veteranos de la Legión. Es una cosa que mantiene a las facciones monárquica y falangista unidas. Un pasado común].
La afirmación por parte del funcionario de que el pasado común en la Legión es lo que mantiene unidas a las facciones del franquismo demuestra que no sabía gran cosa de lo que hablaba. Lo dice como si todos los militares golpistas compartiesen un pasado en la Legión, cuando muchos de ellos nunca sirvieron en esas unidades. Quien tenía un hondo pasado legionario era Franco. Pero si el señor funcionario de la embajada no había logrado entender que lo que unía a las facciones del franquismo no era su presunto pasado legionario sino la persona de Franco, entonces le estaban regalando el sueldo.

Página 213: Durante una fiesta en la casa de un ministro franquista que se supone monárquico, uno de los protagonistas, inglés, es informado por dicho ministro de que no se ha invitado a ningún falangista; excepto, matiza, el general Millán Astray. Tomar a Millán Astray como representante de la Falange y sus valores demuestra poco conocimiento de su figura y de las figuras importantes de Falange. La verdad, ignoro si Millán fue algún día miembro de Falange. Supongo que de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, partido único del franquismo, lo sería. Pero falangista-falangista, de los que veneraban a José Antonio y tal, como que no.

Sofía, la novia española de Harry Brett, el protagonista de la novela, es una mujer de clase baja que trabaja en una vaquería y ni siquiera tiene dinero para pagar a un médico cuando su hermano resulta herido. Sin embargo… ¡se pasa toda la novela fumando! En un país como la España de principios de los cuarenta, en el que todo (y desde luego el tabaco) estaba racionado y era muy caro en el mercado negro, ¿de dónde saca Sofía tanto tabaco si, para colmo, Brett no es fumador?

Página 319: Un minero asturiano está preso en el mismo campo de detención donde está el inglés comunista. Allí se hacen trabajos de cantería y por eso de vez en cuando se usan explosivos para llegar a las vetas de mineral. Ambos están observando cómo los militares del campo colocan las cargas explosivas y, entonces, el inglés le comenta al asturiano que él, como minero, probablemente sabe bien cómo hacer esa operación. Y el asturiano contesta: «They’d be afraid I’d set them under their truck, like we did in Oviedo in ‘36» [Los acojonaría (se refiere a los militares del campo). Pondría las cargas debajo de su camión, como hicimos en Oviedo en el 36]. Interesante referencia histórica. Sólo que errónea. Los grandes disturbios con explosivos de Oviedo, la mal llamada Revolución de Asturias, ocurrieron en octubre del 34. Al prisionero asturiano le falló la memoria.

Página 322: Los prisioneros de ese mismo campo encuentran casualmente una cueva con pinturas rupestres. Entonces el sacerdote del campo dice que eso es obra de paganos, así pues los militares vuelan las cuevas con dinamita.
Esta historia es totalmente increíble. Que se sepa, el régimen de Franco nunca pensó el volar las cuevas de Altamira, que eran tan obra de paganos como la presunta cueva de la novela.

En el campo de concentración donde está Bernie, el inglés comunista, hay un preso que es el jefe de la célula comunista, español, que se llama Establo. ¡Establo! No creo que haya ni haya habido nunca un español cuyo nombre de pila fuese Establo. Igualmente, al final de la novela aparece un hombre de negocios argentino de apellido español, que se apellida Barrancas. Más parece nombre de hormiga que apellido típicamente español.

Página 341: En el curso de una conversación, un personaje refiere a otro la historia de las tropas moras de Franco cortando los pechos de las mujeres delante de sus maridos. Esas historias formaron parte del imaginario republicano, que alimentaba el miedo a las tropas moras afirmando que eran capaces de las mayores atrocidades, pero son básicamente falsas. Además, por cierto, de racistas: a la propaganda republicana le «entraba en la cabeza» que los moros se pudiesen comportar como unos salvajes, puesto que, a sus ojos, lo eran.

Página 369: El general director del campo de concentración tira el agua que un preso lleva para otro interno que está muy gravemente enfermo y, en ese momento, dice: «¡Viva la muerte!» La escena de un carcelero despreciando los sufrimientos de un preso es plenamente lógica y posible y, además, es un clásico de este tipo de historias. Pero, ¿por qué profiere el general el grito de guerra de la Legión? ¿Qué tendrá que ver dónde vas con manzanas llevo? Más parece que el autor leyó en algún sitio lo de la frasecita, aprendió que era una frase que tenía que ver con la muerte y, dado que el preso para el que estaba destinada el agua está a punto de morir, sumó dos y dos, y le dio diecisiete. O, tal vez, quiso escribir algo así como: «¡Me da igual que se muera!», pero como su español es tan limitado...
Sin salir del ámbito de la represión en el campo de concentración, hay una escena en la que un preso comete una falta y los militares lo castigan... ¡crucificándolo! Confieso que antes de escribir este post he pasado unos días preguntando a mis amigos más pro-memoria histórica y tal, por si da la casualidad de que no me he enterado de que fuese práctica habitual en las cárceles y campos franquistas crucificar a los presos. Su respuesta ha sido unánime y, por cierto, coincidente con la mía: si se hubiese crucificado a los presos para castigarlos, seguro que Garzón habría tomado ya cartas en el asunto.

En la página 426 se describe a gente saliendo de una iglesia tras una misa, y al sacerdote en la puerta estrechándoles la mano. Ésta es una costumbre anglicana que en España no se da ni se ha dado nunca. En España, los curas no saludan a la gente a la salida de misa.

Página 490: Una mujer que está sola en el crepúsculo en Cuenca se encuentra con un cura. El narrador nos dice: «She knew priests could question women out in the streets, order them home» [Ella sabía que los curas podían abordar a las mujeres en la calle y ordenarles que se fuesen a casa].
La sugerencia de que un sacerdote podía obligar a una mujer a meterse en casa es exageradísima. Una cosa es que no estuviese bien visto, que no lo estaba. Pero de ahí a que una mujer tuviese que obedecer a un cura (máxime tratándose, como en la novela, de una mujer inglesa que dice estar haciendo turismo), hay un paso bastante largo.

Finalmente: dos viejos amigos ingleses se reencuentran. Dice el narrador: «He leaned forward and hugged him in the Spanish way» [se adelantó y le abrazó a la manera española]. ¿Cuál es, exactamente, la forma española de abrazar?

martes, diciembre 15, 2009

Quo Vadis, RAE?

Alguien ha intentado meter a la Real Academia en un merdé, y ella ha respondido dando un paso adelante.

Hace algunos días, yo me enteré por un comentario que dejó a uno de los últimos posts RealMacManus, alguna pleonásmica asociación de la memoria histórica reclamó de la Real Academia que modificase la definición de la voz «franquismo» en su diccionario. Tal y como explicaba el diario Público, el argumento de la citada asociación es que la definición del diccionario es negacionista (esto es: apoya a quienes niegan que el franquismo fuese una dictadura represora) al considerar que aquel régimen era de «tendencia totalitaria». Ese hablar de tendencias y no de totalitarismo a ciegas es lo que hace la definición excesivamente generosa con el franquismo.

Vaya por delante que el argumento de los defensores de la memoria histórica es difícil de discutir desde el punto de vista histórico. Aunque, en buena parte, la historia de los primeros quince años del franquismo es la historia de cómo Franco se fue sacudiendo la mugre del falangismo más auténtico, es decir el llamado nacionalsindicalismo de raíz plenamente fascista (más mussoliniana que hitleriana; en esto yerran muchos), lo cierto es que la columna vertebral del régimen franquista fueron, y en gran parte nunca dejaron de ser, los famosos puntos programáticos de la Falange, los cuales no esconden en ningún momento su carácter totalitario: ya en el primero nos encontramos la aseveración de que todos los intereses personales y de clase deberán, inexorablemente, plegarse al objetivo mayor de la «suprema realidad de España» (que no se sabe muy bien lo que es, por cierto).

Aunque el franquismo pasó por muchas fases, nunca llegó a ser eso que en otras situaciones históricas se denomina una dictablanda y nunca, a pesar de los esfuerzos de algunas de sus familias (notablemente los tecnócratas ligados al Opus Dei), dejó de ser un régimen totalitario que tan sólo quería dar cierta apariencia de respeto hacia las minorías (Fuero de los Españoles, Ley de Prensa del 66, leyes de procedimiento administrativo, de procedimiento sindical, ... etc.)

Sin embargo, a mi modo de ver, no es esto lo que está en discusión. Lo que está en discusión es si un diccionario de la lengua es el lugar donde estos asuntos han de dirimirse.

Por si faltaba poco, la propia Real Academia va y le echa gasolina a la hoguera. Según noticias publicadas también en las últimas horas, su reacción a la petición parece haber sido considerar que todos los regímenes totalitarios deben ahora aparecer en el diccionario como tales, y por lo tanto se plantea colocar el mismo calificativo en el caso del comunismo y, supongo, todos sus lemas relacionados (leninismo, estalinismo, maoísmo...).

De nuevo cabe redactar el mismo párrafo. Desde el punto de vista histórico, sólo los muy comunistas defienden que el comunismo no ha sido ni es totalitario. Hombre, es cierto que ha habido partidos comunistas no totalitarios, plenamente integrados en democracias parlamentarias de índole liberal basadas en el respeto a las minorías. Es el caso de los comunismos europeos y, especialmente, de aquella cosa un poco blandi-blub, que no se sabía bien si era Juana o era su hermana, llamada eurocomunismo, y cuyo principal representante fue el comunismo italiano de Enrico Berlinguer. Pero, en primer lugar, estos partidos nunca han alcanzado el poder salvo en coaliciones de las que no eran la principal fuerza; y, en segundo lugar, son abrumadores los testimonios sobre estrategias comunistas consistentes en aceptar el régimen parlamentario provisionalmente y como una mera fase hacia la dictadura del proletariado (o sea, el totalitarismo marxista), es decir de apoyar la democracia parlamentaria tan sólo por razones tácticas. Ésta fue, sin ir más lejos, la táctica del Partido Comunista de España en la II República y la base de su enfrentamiento con los anarquistas. Éstos consideraban que hacía que hacer la revolución ya, mientras que los comunistas, sin negar la revolución, sostenían que aún no era tiempo.

Más allá, siempre que el comunismo ha alcanzado el poder, y con el único ejemplo relevante en contra de Chile (pero aquí, claro, Pinochet no nos dejó saber cómo acababa la cosa), ha terminado, más temprano que tarde, con las disidencias; ha abolido instituciones como la libertad de expresión, de sindicación, incluso hasta de residencia o de salida del país; y ha instaurado regímenes totalitarios de partido único.

Pero, una vez más, no discutimos si el comunismo era o es totalitario. Discutimos si un diccionario de la lengua tiene que meterse en ese berengenal.

O yo no entiendo bien la función de los distintos diccionarios, o ésa, precisamente, es la diferencia entre un diccionario de la lengua y un diccionario enciclopédico. Un diccionario de la lengua sirve para saber qué significan los lemas que contiene. Un diccionario encliclopédico se nutre de artículos escritos en cada lema cuyo objetivo es más ecuménico; ya no sólo se pretende definir sino informar o formar al lector con datos más o menos profusos. En un diccionario de la lengua se averigua y en otro se aprende.

¿Necesita la definición semántica de las palabras franquismo o comunismo el concurso de la información sobre su carácter totalitario? Puede. Pero, si puede, ¿acaso no necesitará la definición semántica de la voz «colonialismo» el concurso de su carácter explotador? Más: echadle un vistazo al lema «inquisición» en el DRAE. Con buen criterio lingüístico, el DRAE nos recuerda que solemos llamar el todo (la institución de la Inquisición) por la parte (que es la cárcel, lo propiamente llamado inquisición). Pero no dice una palabra sobre el hecho de que la existencia del Tribunal de la Inquisición supusiera la muerte, la ruina o el destierro de decenas de miles de personas a lo largo de los siglos. ¿No lo dice porque lo niega? Aquí es donde yerra el argumento de los defensores de la memoria histórica respecto del franquismo. No es que no lo diga porque lo niegue; no lo dice porque un diccionario de la lengua no es el lugar para empezar a dar esas explicaciones.

Lo que es acojonante, como digo, es que la RAE responda, no argumentando de esta manera, sino aceptando el envite y asumiendo su presunto papel de juez de las calidades históricas de los fenómenos que están descritos en los lemas del diccionario. Pues que le vaya bien. Por de pronto, yo tengo algunas peticiones.

En honor a mis antepasados siervos, que seguro que tengo muchos, que me cambien la segunda acepción del término feudal, dejando claro que el feudalismo supuso la plena dominación de la clase de los siervos.

En honor a la verdad histórica, en la voz cristianismo ya me están recordando que durante bastantes años admitió con total naturalidad la esclavitud humana y que sostuvo durante siglos posturas oficiales contrarias al avance científico.

¿Por qué en la voz monarquía no se recuerda que han sido absolutas hasta antes de ayer?

Y así, hasta la extenuación. ¿Qué hará la RAE cuando se encuentre con miles de peticiones sobre la mesa de todo aquél que considere que una mera definición semántica es negacionista y, por lo tanto, debe ser modificada?

Cráneos previlegiados.

lunes, diciembre 14, 2009

La Navidad (2): los ritos

Los Santos Inocentes

Una vez más, para poder hablaros del origen o posible origen de la historia y la fiesta de los santos inocentes, tengo que pediros que cambiéis el chip y os déis cuenta de algo muy importante en la Historia, que es adquirir conciencia sobre el hecho de que los tiempos no han sido siempre iguales. Hoy, las liturgias cristianas son pacíficas, silenciosas, ordenadas y envaradas (con la excepción, quizá, de algunas iglesias negras en Estados Unidos, de ésas que se pasan la tarde cantando y bailando). Pero esto no ha sido siempre así. No siempre ir a las celebraciones religiosas ha sido aburrido. En algún otro post os he contado ya que Felipe II tuvo que aprobar normas específicas para evitar el cachondeo que se montaba en las iglesias durante las celebraciones de la Semana Santa. Y la fiesta de los Santos Inocentes, con sus bromas, con su cachondeo, tiene también algo que ver con esto.

El ser humano ha propendido siempre al cachondeo mental. Como ya hemos dicho, las Navidades son unas fiestas que proceden directamente y sin escalas de las viejas celebraciones romanas; y el ciclo romano del solsticio de invierno comenzaba con las fiestas llamadas saturnales. Las saturnales eran unas fiestas esperadas sobre todo por las personas más humildes, porque se caracterizaban por un juego de cambio de papeles. Durante dichas fiestas, los amos eran sirvientes y los sirvientes, amos. Así pues, la señora de la casa debía servirle lo que le pluguiese a la esclava que habitualmente la peinaba y vestía cada mañana.

La celebración de los Santos Inocentes es cosa bien extraña. Hoy casi todo el mundo, si no todo, está de acuerdo en que si un rey hubiese decidido matar a todos los primogénitos, las crónicas antiguas, aunque sólo nos hayan llegado parcialmente, contarían el caso repetidamente y con profusión. No hubo, pues, matanza de los Santos Inocentes, a pesar de que hay un evangelio canónico que la cita, el de Mateo; bien que la sitúa después del paso de los reyes magos, por lo que hace siglos, en algunos lugares, la fiesta se celebraba el 8 de enero.

Otra definición de la rareza de esta tradición, que a veces parece como colocada en plan pastiche dentro de la Navidad, es que aquellos niños son los únicos humanos a los que la Iglesia reconoce como santos siendo anteriores a la revelación de Cristo. Teóricamente, no debiera haber santos ni beatos hasta que Jesucristo hubiese hablado. Pero estos niños son santos.

Volvamos a las saturnales. Durante estas fiestas, se echaba a suertes el nombramiento de un rey de los bufones o de los locos, a quien todo el mundo debía obedecer en sus absurdas órdenes (que solían consistir en obligar a la gente a bailar, beber o jincar) y el cual, según algunas crónicas, era asesinado al final de su reinado. Las propias saturnales parecen tener un origen que se pierde en la noche de los tiempos, pues ya en babilonia los seguidores del dios Marduk también tenían una fiesta en la que amos y sirvientes intercambiaban sus puestos, y donde se tomaba a un condenado a muerte, se le vestía con ropajes reales, se le sentaba en un trono, se obedecían sus órdenes y luego, al final del mandato, se lo ejecutaba.

En cambos casos, como veis, tenemos los dos elementos básicos de la fiesta de los Santos Inocentes: cachondeo, y muerte.

Aun acabado el imperio romano e instalado el poder del cristianismo, al inicio de la Edad Media se mantuvo en muchos lugares de Europa la costumbre saturnal del cambio de papeles. Dentro de ese tono bien distinto al que hoy conocemos, en aquel tiempo eran los propios sacerdotes los que hacían misas bufas en las que se cantaban canciones indecorosas. Algunas crónicas hablan de que entre los fieles que acudían a tal misa había más que tocamientos. Finalizada la celebración, en algunos casos todos los participantes salían a la calle y se subían a unos carros llenos de estiércol, que lanzaban a los paseantes.

En otra celebración navideña, una mujer con un niño en brazos era paseada por la iglesia en un asno, mientras las gentes rebuznaban y le cantaban al animal coplillas obscenas. Y hay que entender las cosas. Estas descripciones en modo alguno quieren decir que la cristiandad antigua fuese irrespetuosa e iconoclasta. Debemos imaginar lo que es una sociedad inculta, basta, absolutamente alejada de muchas sutilezas a las que hoy estamos acostumbrados. Igual que una persona cuya dieta son los grillos crudos considerará que la mejor forma de agasajaros es ofreceros una tapita de insectos, las personas que formaban aquellas sociedades para las cuales el divertimento tenía mucho que ver con esas actitudes chuscas y hoy diríamos irreverentes consideraban que la mejor forma de expresar su respeto por los hechos maravillosos contenidos en la Navidad y en la religión era integrarlos en su costumbre de celebración. Para aquellos casi paganos, rebuznar dentro de una iglesia era su forma de expresar devoción.

¿La Iglesia lo permitía? Bueno, es evidente que terminó por no permitirlo, y me da la impresión de que todo comenzó a cambiar en el momento en que perdió la sensación de poder monopolista, quizá al plantearse la cruzada contra los albigenses. Antes, sin embargo, la Iglesia tendía a considerar estas salidas de tono como una lógica y necesaria permisividad hacia los excesos de la gente; una especie de válvula de escape.

Estas fiestas clericales medievales fueron el gozne que puso en relación la clásica costumbre saturnal con la liturgia cristiana. Como digo, el hecho de que la Iglesia de Roma dejase de sentirse monopolística la llevó a tomarse más en serio estas cosas, y comenzó a desplazar la vertiente cachonda que hasta entonces habían tenido siempre las fiestas religiosas hacia otras costumbres, compartimentando lo serio y lo cachondo; de ahí el desarrollo específico de los carnavales. El concilio de Trento, no por casualidad la gran y principal reunión defensiva de la Iglesia católica, toma medidas para limitar las representaciones dentro de las iglesias, para sacar de las mismas las actitudes burlescas


Villancicos

Villancico significa canción de villano. O, si lo preferís, coplilla cantada por alguien de la clase servil. En la vieja Castilla, los villancicos eran canciones amorosas surgidas entre el pueblo normal y corriente. Al llegar el llamado Siglo de Oro, los capellanes de las iglesias tomaron la costumbre de musicalizar aquellas cancioncillas para adaptarlas a las distintas liturgias. Algo que la Iglesia ha seguido y sigue haciendo, por cierto, pues cualquiera que se acerque a una misa donde la música juegue un papel importante se podrá encontrar, con facilidad, al coro eclesial cantándole a Dios o a la Virgen con músicas como Bridge over troubled waters, de Simon y Gardfunkel.

Ahora que lo pienso: ¿sabe esto la SGAE?

El hecho de que los villancicos se convirtiesen en músicas navideñas está relacionado con el hecho de que las tonadas que la gente recordó mejor fueron las compuestas o musicalizadas para las celebraciones navideñas.

Villancico sangriento fue el cantado en Granada en la Navidad de 1568, y que comenzaba Pastores si aveys oydo/ el Jesucristo es nascido; los cristianos lo cantaban en las iglesias mientras los moriscos montaban una tangana que derivó en guerra primero y en su expulsión después.


El árbol de Navidad

El árbol de Navidad es una costumbre que se hunde en la noche de los tiempos a través de la adoración germánica por los árboles. Probablemente las creencias germánicas de hace muchos siglos eran fundamentalmente rurales y algo panteístas, lo cual les hacía ver a Dios, o al símbolo de la vida, en el árbol, de gran importancia para unos tipos que vivían y crecían en un área del mundo que aún hoy es intensamente boscosa.

No está, por lo tanto, del todo claro que el árbol de Navidad sea una tradición que venga a completar o a sustituir al belén. El belén puede haberse comenzado a introducir en Europa con la consolidación de la liturgia navideña, pero la tradición germánica de adorar al árbol como receptor y dador y de luz, con ciclos de vida relacionados (again) con el solsticio de invierno, es muy, muy anterior. La confusión, en todo caso, es plenamente lógica porque el árbol de Navidad, tras la reforma luterana, se convirtió en alternativa al belén en las zonas protestantes, sobre todo Alemania y Suecia, de donde probablemente surge esta especie de convicción de que la tradición surgió para desterrar las figuritas de las casas.

En resumen: el árbol de Navidad, más o menos con los arreos y el espíritu con que hoy lo conocemos, puede datar del siglo XVI. Pero, sin embargo, la costumbre germánica de adornar un árbol una vez al año es muchísimo más antigua.

Los primeros árboles de Navidad de que tenemos noticia se levantaron en las casas de Alsacia, como decíamos, en el siglo XVI. Los siguientes doscientos años vivieron la extensión de la costumbre en toda Alemania y el paso, en el siglo XVIII, a Inglaterra. El día que el árbol de Navidad cruzó el Canal de la Mancha tomó su gran decisión para convertirse en tradición mundial. Y quien lo hizo fue una mujer: la reina Carlota de Meklemburgo-Sterlitz, casada entonces con del rey inglés Jorge III. Tengo noticias de que a finales del siglo pasado aún existía una tradición vinculda a este origen continental del árbol de Navidad inglés, consistente en la remisión de un árbol desde el ayuntamiento de Oslo a Londres, con el objetivo de colocarlo en la Trafalgar Square. Honradamente, desconozco si sigue vigente. En Alsacia, ya a finales de aquel siglo XVIII, se adornaba el árbol y luego se esperaba la visita del niño Jesús con regalos para los niños buenos, mientras que los niños malos eran teóricamente visitados por el demonio. No existía, pues, tradición vinculada a la figura de Papa Noel, pero ya existían los regalos.

A mediados del siglo XIX, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, otro continental casado con la familia real británica (en este caso la reina Victoria), dio el último empujón a la tradición del árbol en Inglaterra, y éste se generalizó en todos los hogares.

Inglaterra, cima del mundo, marcaba el paso de muchas cosas y también de las costumbres chic y molonas, lo cual forzó la extensión del árbol de Navidad por toda Europa. A París, por ejemplo, lo llevó una española, la emperatriz Eugenia de Montijo, quien en 1867 convenció a Napoleón III de colocar uno de estos árboles en las Tullerías. Tres años después, cuando tras la guerra franco-prusiana los franceses perdieron Alsacia, la nostalgia de aquella provincia perdida llevó a los franceses a practicar masivamente costumbres alsacianas, entre las que se encontraba el árbol.

La estrecha relación entre Inglaterra y Estados Unidos, al fin y al cabo una ex-colonia, llevó el árbol desde la metrópoli hasta las casas del nuevo imperio del mundo, y ha sido éste el que, durante el siglo XX, se ha encargado de darle el último empujón a este colorido adorno navideño y extenderlo por el resto del mundo.

En España, teniendo en cuenta estos precedentes, la costumbre del árbol es relativamente tardía. Lo cual no impide que los españoles la veamos como algo muy antiguo, y es cosa que no tiene nada de extraño teniendo en cuenta que también pensamos eso de las doce uvas, que son, sin embargo, e históricamente hablando, una tradición surgida antesdeayer por la tarde.

Hay que decir, en todo caso, que la España catalanoparlante tiene su propia tradición leñosa ligada a la Navidad, la conocida como tradición del tió, o leño. Es una celebración rural de Nochebuena en la que se busca un leño con un buen agujero o hueco, dentro del cual se colocan golosinas e incluso regalos. En la noche de Nochebuena, los niños de la casa se armaban (o ¿arman?) con palos y comenzaban a hostia limpia con el leño, gritando: «¡Tió, caga torró!»; lo cual, si no estoy muy equivocado, es una advocación para que el tronco cague turrón. Cosa que el leño, obviamente, acababa haciendo.

Considerando esta tradición y la de la sempiterna figurita del belén de un tipo aliviando sus intestinos, supongo que algún día algún antropólogo debería investigar los porqués de que los ritos navideños catalanes estén tan ligados a lo escatológico.

viernes, diciembre 11, 2009

La Navidad (1): los orígenes

Estamos ya, prácticamente, en Navidad. Unas fechas que dividen al mundo en dos mitades casi iguales: los que se la pasan bien y los que se la pasan de puta angustia. A este amanuense, perteneciente al Grupo A (de hecho, anuncio que se avecinan unas supervacaciones), se le ha ocurrido que, quizá, tendría sentido dedicarle unas letras a esta época tan prolija en tradiciones y hechos específicos. En los próximos días hablaremos de la Navidad un poquito, de sus ritos, de sus orígenes y de su desarrollo. De una forma un poco desordenada, quizá, aunque espero que se entienda.

Y voy a empezar por contaros cosas de la Navidad antes de la Navidad. Esto es, de los ritos anteriores a su existencia.

Sabido es para todo aquél que se haya tomado la molestia de leer el post correspondiente que la idea del autor de este blog es que Jesucristo no es un personaje histórico. Y si no lo es, entonces su nacimiento tampoco y, por lo tanto, nunca se produjo. Será por eso, tal vez, que la Iglesia católica admite como auténticas cuatro crónicas de la vida de Jesús (los evangelios de toda la vida, nunca mejor dicho, de Dios) y ya no lo admite tanto de los evangelios llamados apócrifos; que son, curiosamente, aquéllos donde están escritas muchas de las cosas en las que creemos durante la Navidad, como los reyes magos.

En realidad, tal es mi teoría, la Iglesia cristiana, al construir su ritual más o menos al mismo tiempo en que se convertía en religión de Estado, lo que hizo fue construir sobre cimientos ya existentes. Igual que hay iglesias que se construyen sobre lo que fueron templos paganos, la liturgia cristiana, sus mitos, están, en buena parte, ya en la existencia religiosa o supersticiosa de los habitantes del periodo romano de antes de Jesucristo y los primeros siglos tras su presunta muerte. De esta manera, verdaderamente muy inteligente, los padres de la Iglesia consiguieron asimilar las fiestas cristianas sin generar rupturas en lo que las personas estaban acostumbradas a hacer.

Los dos grandes puntos de la celebración cristiana, es decir la celebración del nacimiento y la resurrección del Mesías, se apoyan sobre dos actividades de celebración que ya existían en lo que hemos dado en llamar paganismo. Pagano es una palabra que viene de rural y son, en efecto, los ritos agrícolas los más importantes en la vida religiosa del hombre antiguo, que tenía de urbano lo que yo de lagarterana. Dos son las cosas que el antiguo hombre rural celebra: una es el nacimiento del sol, es decir ese punto en el que las estaciones doblan la esquina y los días comienzan a ser más largos; y el otro es la resurrección ligada a la primavera. De la muerte, que es una visión bastante evidente para cualquiera que se pasee por un bosque caducifolio en pleno invierno, se pasa al estallido de la vida que tan bellamente cantó Vivaldi. Será casualidad, pero ambas celebraciones coinciden en el tiempo con las dos grandes celebraciones cristianas; las cuales celebran exactamente lo mismo: un nacimiento en el solsticio de invierno, y una resurrección a la llegada de la primavera.

Vayámonos a Roma, cosa que no nos costará mucho porque todos los caminos llevan allí. Porque, en materia de cristianismo, todo empezó en Roma. Fue, no tanto en como desde la civilización romana, como se construyó la civilización cristiana. De los romanos nos han quedado muchas cosas, desde el idioma hasta el Derecho. Pero una más que nos ha quedado, y que quizá se conoce menos, es la distinción que en Roma se hacía entre religio, religión; y superstitio o superstición.

Casi toda creencia religiosa presupone la aceptación in articulo fides de hechos inexplicables por la razón. La tradición musulmana, si no estoy recordando mal mis lecturas, refiere que Mahoma lanzaba una piedra y conseguía que esa piedra le diese en el ojo al mismo tiempo a un montón de peña. Los cristianos creen que una vez a la semana un señor con estudios de seminario levanta un trozo de pan de ángel que se convierte en la carne de un humano torturado y asesinado hace más de dos mil años. Los budistas no sé si creen cosas así de difíciles; tengo que preguntárselo algún día a mi proboscídeo de guardia, que es mi interlocutor con Gautama.

Siendo así como son las religiones, es decir versando como versan de cosas que no son creíbles desde un punto de vista meramente racional, la división no podía hacerse entre cosas creíbles e increíbles. La división se estableció entre lo que es la creencia estatal o permitida (la religión); y las creencias que, no por toleradas, dejaban de ser menos chorras y prescindibles (las supersticiones).

Para poder entender el origen de la Navidad y de los ritos que hoy conocéis es fundamental que entendáis la obviedad de que vuestro mundo de lectores de blogs, bebedores de cerveza de marca y consumidores de ficheros de música que escucháis en aparatitos no más grandes que un dedo, no se parece demasiado al mundo en el que se cocinó este caldo. En el mundo de hoy, al menos en nuestro entorno, llamémosle occidental, los no cristianos son, en parte, creyentes de otras religiones; pero son también, en un parte muy significativa, creyentes de nada en especial. La antigua Roma no era así; allí no había agnósticos ni ateos, o eran tan pocos que no se los notaba.

Algunos de los grandes grupos sociales de la antigua Roma fueron grandes creyentes. Se suele citar entre ellos a los esclavos y los militares. Unos porque su vida era una puta mierda y los otros porque era frágil, ambos llevaban dentro la pulsión básica del hombre religioso, que es el miedo a la muerte; y las grandes creencias orientales les daban consuelo, ya que, por ejemplo, la religión egipcia tenía una vida de ultratumba y el dios Mitra aparecía en muchos ritos resucitando a los muertos al final de los tiempos. Estas visiones consoladoras hacían atractivas estas religiones para quienes tenían vidas jodidas, efecto que es plenamente visible en el caso del primer cristianismo. Se ha escrito hasta la saciedad, por ejemplo, que las mujeres son cruciales en el éxito del cristianismo, pues esta creencia, por así decirlo, creyó en ellas más que ninguna otra.

En este entorno, el gran error de los romanos, que fue rapidísimamente corregido, como he dicho, por los padres de la Iglesia en cuanto se quedaron con el machito del poder, fue sostener una religio oficial o estatal que no aportaba nada a estas masas de gente. La religión oficial romana es fría y elitista como los patricios y los miembros de las gens pretendían que fuese la propia sociedad romana. A un patricio romano, la suerte de un esclavo o de un legionario se la traía ondulante penduleante; si eso pensaba él, lo mismo pensaba Júpiter.

Éste fue, a mi modo de ver, el gran error histórico de la religión romana; ni evolucionó ni se adaptó pensando en sus gentiles. En consecuencia, dichos gentiles, así como los parias que estaban por debajo del concepto de condición humana, se buscaron la vida por su cuenta.

En este punto, los militares adquieren un papel importantísimo, porque tenían algo que no tenía casi nadie en aquel mundo: eran tipos viajados. Un veterano de los ejércitos de Mario había llegado hasta bien adentro de África persiguiendo al escurridizo Yugurta; los hombres que vieron a César en Pharsalos animarles a luchar haciendo juegos obscenos con un pepino podían haber estado en la Galia, en Hispania, en Britania incluso, y cuando su general fue asesinado estaban siendo llamados para ir a Partia, o sea Persia. En todos esos lugares, especialmente en algunos de espiritualidad muy desarrollada como Egipto o lo que hoy llamamos Palestina, los soldados aprendieron que había algo más que los fríos mitos olímpicos de la religión estatal. Y, cuando volvieron a casa, eran creyentes.

En ese momento se produce el fenómeno que conocemos como sincretismo. El panteón importado (por ejemplo, los dioses egipcios) y el panteón oficial (los dioses grecorromanos) chocan como dos trenes a toda velocidad, y ello provoca que dioses extranjeros fuesen asimilados a otros existentes en la religión oficial. Por ejemplo, a finales del siglo III antes de Cristo se extiende en Roma el culto a Cibeles, divinidad hoy gallardonita, que es asimilada a las diosas romanas Démeter o Rea, según los casos. Otro caso bien conocido es el culto dionisíaco, que se asimila al báquico ya existente con anterioridad.

El concepto de religión oficial comenzó a tambalearse ya en los tiempos republicanos, lo cual demuestra la fuerza de estas creencias, digamos, nuevas. Así, el dictador Sila creía en una diosa bitinia llamada Ma-Bellona (la cual, según leo, llegó a tener muchos adeptos en lo que hoy conocemos como Extremadura). Más o menos en los mismos tiempos, aparecen en Roma los primeros fieles organizados de la diosa Isis. Incluso durante el célebre triunvirato de Marco Antonio, Augusto y Lépido, se levantó en Roma, a costa del Estado, un templo dedicado a la diosa egipcia. En siglos posteriores, y hasta que Constantino gritó, como las hermanas Hurtado, aquello de «¡Campana y se acabó!», muchos emperadores romanos, el más exagerado de ellos, quizá, Bassiano el Heliogábalo (proclamado emperador por soldados seguidores de Elagabal, de quien volveremos a hablar), fueron apasionados creyentes de diversos ritos de origen oriental.

Todas esas creencias tenían sus ritos, en los cuales investigadores, antopólogos y demás gentes pensantes han creído ver interesantes coincidencias con los que hoy conocemos. El culto quizá mayoritario entre los romanos de baja extracción o de extracción nula (esclavos) fue el de Mitra, dios traído por los soldados y que fue tan popular que algún que otro investigador ha llegado a decir que si en los primeros siglos de nuestra era las zonas de mayoría cristiana hubieran tenido la mala suerte de sufrir una peste o desgracia colectiva similar, probablemente el mundo de hoy sería mitraísta.

Los estudiosos consideran que Mitra es una deidad muy antigua, común a persas e indios cuando ambos pueblos estaban en íntima conexión. Mitra era el dios sol invicto, como Elagabal el sirio, así como el dios de la fecundidad. Su culto, además, era mistérico, lo cual quiere decir que generaba una casta pequeña de iniciados. Ejemplo de su espíritu misterioso es que las mujeres no podían entrar en los templos mitraicos (la impureza esencial de la mujer, relacionada probablemente con el hecho de la menstruación, es una constante en casi todas las creencias antiguas).

Las celebraciones mitraicas incluían un banquete (conmemorativo de otro celebrado por Mitra con el sol), al igual que la misa católica lo celebra. Dicha celebración incluía el sacrificio de un toro de seis años, cuya sangre era considerada poción de inmortalidad; el uso simbólico de la sangre, pues, existe ya en los ritos mitraicos; aunque el cristianismo, digo yo que afortunadamente, la trocó por vino. Los adoradores de Mitra, asimismo, creían que el dios había nacido de una piedra un 25 de diciembre, y también lo representaban recién nacido y rodeado de pastores.

En el caso de Attis, el dios compañero de Cibeles; y de Osiris, el dios egipcio que fue traicionado y asesinado por su hermano, las celebraciones incluían el duelo por la muerte de los dioses y la alegría posterior por su resurrección. Por su parte, Elagabal, al que ya hemos citado, también era, como Attis y el propio Osiris, identificado con el sol, astro que como todos sabemos nace y muere cada día, y se cree que el emperador Aureliano llegó a pensar que declararlo el único dios romano, en lo que sería una tentativa monoteísta.

¿Alguien sabe cuándo se celebraba la fiesta de Elagabal? Pues el mismo día que la de Mitra. Tratándose de dioses identificados con el sol, la fecha sólo puede ser una: el 25 de diciembre.

Por su parte Cibeles, deidad probablemente antiquísima porque estaba ligada a la fecundidad (las primeras representaciones de la mujer hechas por el hombre están ligadas a la fecundidad) acabó realizando una fusión por arbsorción con el dios frigio Attis, que se convirtió en su compañero y, en ocasiones, conductor de ese carro celebérrimo para cualquier madrileño, que va tirado por leones. La creencia en Attis sostenía que el dios se había autocastrado; en algunos sitios he leído que porque Cibeles no quería jincar con él, en otros que fue en medio de una orgía loca (y tan loca). Esta característica fue la más polémica, ya que tanto griegos como romanos repugnaron la mutilación corporal por motivos rituales. Por este motivo, los eunucos que sostenían el culto a Cibeles fueron en Roma confinados al espacio de su templo.

El emperador Claudio, ese tipo cojo y tartamudo de las novelas de Robert Graves (que, a juzgar por lo que cuenta de él Suetonio, era bastante más frío y cruel de lo que pretendió el autor inglés) estableció la fiesta oficial de Attis, en la que se celebraba la muerte del dios. ¿Que qué día? Pues el 22 de marzo. Como aquél que dice, a un tiro de piedra de la Semana Santa.

El 15 de marzo, los devotos cibelinos comenzaban una cuaresma durante la cual no comían carne de cerdo ni pan y sólo bebían leche. El 22 de marzo, día de la fiesta de Attis, se cortaba un pino en el campo. La tradición decía que Attis se había castrado al pie de un pino y, para los creyentes, ese árbol simbolizaba el cadáver de su dios. El 24 de marzo se llevaba a cabo la fiesta fúnebre, en la que se enterraba el pino. Al día siguiente, 25, se celebraba la resurrección del dios.

Como puede verse, para las dos celebraciones fundamentales del cristianismo en general y del catocilismo en particular, existían en Roma ritos masivos con elementos que sobrevivieron en el nuevo ritual.

El ciclo ritual ligado al solsticio de invierno comenzaba en Roma el 19 de diciembre, y venía a coincidir con las fiestas llamadas saturnales, de las que poco diré aquí porque, a mi modo de ver, con lo que se relacionan es más bien con otra tradición que tocaré, espero, en otro post, que es la de los Santos Inocentes. El ciclo, en todo caso, concluía el 1 de enero con la fiesta de Jano, las jaunarias.

En los primeros tiempos del cristianismo, el nacimiento de Jesús no se celebraba. Entre otras cosas, porque los evangelios no dicen nada concreto sobre cuándo se produjo. Finalmente, en el Oriente cristiano surgió la costumbre de celebrarlo el 6 de enero. A comienzos del siglo IV, sin embargo, la iglesia latina cambió esta fecha a la del 25 de diciembre. ¿Por qué?

Pues hay dos explicaciones básicas.

Una es que, de alguna manera, los seguidores de Jesucristo, más de 300 años después de su presunta muerte, obtuvieron, no se sabe cómo, un conocimiento del que, tampoco se sabe por qué, carecían con anterioridad, sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús, estableciendo que había nacido 12 días antes de lo que se celebraba, esto es el 25 de diciembre.

La otra posibilidad es que los padres de la Iglesia comprobaron que la cosa no les funcionaba bien. Ellos con su fiesta de nuevo cuño, celebración del nacimiento de un dios también de nuevo cuño, no se comían un rosco. El personal, como por otra parte había hecho siempre, tiraba de sus creencias propias, de su fe en Elagabal, en Mitra, en Attis, en lo que fuere, y celebraba, como se había hecho de toda la vida de los dioses, el solsticio de invierno.

Los primeros obispos, que por aquel entonces aún no tenían la posibilidad de inventar inquisiciones y demás mecanismos destinados a invitar amablemente al personal a abjurar de sus costumbres, no tuvieron más remedio que alzarse de hombros y, si no podían vencer al enemigo, se unieron a él. Puesto que la montaña no fue a Mahoma, Mahoma fue a la montaña y la celebración del nacimiento de Cristo se desplazó al 25 de diciembre, día en el que todo el mundo estaba acostumbrado a celebrar un nacimiento, el del llamado sol invicto.

Cada uno, que crea lo que le pete.


En fin. Nos esperan el belén, el árbol, los villancicos, los regalos, los reyes magos, Papá Noel y toda la pesca. Pero tendrá que ser en otro momento. Una voz me habla desde mi interior. Es el JdJ XBox, y tiene hambre.

Así pues, ha sido un placer.

miércoles, diciembre 09, 2009

Here again: the green solution

Pues sí. Está visto que Tiburcio no es el único versado en el arte militar y que por aquí hay mucho experto bélico, porque todos los comentarios a mi adivinanza han ido bien tirados. Todos tienen razón, porque, ciertamente, los boinas verdes, es decir los de los cuerpos especiales y tal, no existían en tiempos de la guerra civil española. Lo cual no quiere decir, necesariamente, que no hubiese tipos que llevasen boina verde.

El monarquismo español quedó en 1931 en situación desabrida. Por un lado, no podía echarse al monte y colocarse al frente del orden republicano pues, al fin y al cabo, éste no había surgido tras echar a Alfonso XIII de España, sino tras haber contemplado cómo el rey se marchaba por la puerta voluntariamente (quizás, o más bien probablemente, porque el Borbón estaba convencido de que pronto el pueblo le pediría en masa que regresara). Además, el monarquismo, que en España era fuertemente tradicional, sufrió pronto la competencia de los partidos de derechas republicanos, formaciones accidentalistas que no le ponían peros al régimen en sí y que tuvieron liderazgos muy claros y atractivos para los y las votantes de derechas.

En esa situación, la defensa de la monarquía quedó en manos de unos irreductibles galos, muchos de ellos ex altos funcionarios de la dictadura, y de los tradicionalistas del carlismo. De ahí surgieron Renovación Española, el grupo de Antonio Goicoechea; y el movimiento tradicionalista. Entre ambos, buscando abrocharlos, José Calvo Sotelo, alma del Bloque Nacional. Existía, además, un pequeño movimiento intelectual muy influido por el francés Charles Maurras, llamado Acción Española, donde se encontraban, sobre todo, Ramiro de Maeztu, Pedro Sáinz Rodríguez y Eugenio Vegas Latapié. Los famosos disturbios de mayo de 1931, que culminarían con la quema de iglesias y todo eso, comenzaron, al parecer, porque estos monárquicos, que tenían un local en la calle Alcalá, sacaron los altavoces de un tocadiscos al balcón y tocaron la marcha real a todo trapo.

Los monárquicos quisieron uniformarse como lo carlistas, que llevaban esa conocida boina roja que los falangistas auténticos, luego de la unificación en FET y de las JONS, comenzaron a llevar casi siempre arrebuñada en la hombrera de la camisa azul, por su negativa a llevarla puesta. Los partidarios del rey eligieron el verde. Y no fue casualidad. Léase de arriba a abajo, y sólo las mayúsculas.

¡Viva
El
Rey
De
España!

Las derechas de la República eran muy dadas a estas siglas. Recordemos, sin ir más lejos, el famoso CAFÉ de los militares, que significaba: Compañeros, ¡Arriba Falange Española!

Ya tenemos, pues, boinas verdes en los tiempos de la guerra civil. Ahora nos queda saber si realmente combatieron. Y es cosa que yo no tengo por tan cierta. En algún mensaje habéis hablado de que los boinas verdes habrían participado en acciones en Somosierra, y me gustaría conocer las referencias de esta afirmación, porque se trata, evidentemente, de lecturas de las que estoy falto. La referencia que yo he encontrado es de una publicación carlista de mediados de los años sesenta (se llamaba Montejurra). En dicha publicación, se dice que los boinas verdes intentaron crear su unidad propia dentro del ejército nacional, pero la falta de efectivos y de posibles les llevó a integrarse en los tercios de requetés y de falangistas. Únicamente, se dice, a base de dinero se consiguió crear un batallón de boinas verdes formado por mercenarios; batallón que, sin embargo, en su primera acción de guerra, se habría pasado en pleno al enemigo.

Otra referencia de la que tengo noticia es de un artículo periodístico sobre la materia, publicado en Canarias en los mismos tiempos (hace, pues, más de 40 años), según la cual los monárquicos formaron una fuerza muy pequeña, de menos de medio centenar de hombres, que combatió al inicio de la guerra al mando de los hermanos Miralles (¿podrían ser éstos los de Somosierra? Pero, si fueron éstos, ¿combatieron aboinados?); y, el segundo, el batallón que desertó. Este batallón, según el artículo, se llamaría Calvo Sotelo, llevaría la boina verde y habría realizado su deserción en Zaragoza.

A mí, la verdad, neto de los Miralles y su escasa fuerza que difícilmente puede considerarse aportación monárquica al ejército franquista, me cuesta creer estas versiones. Todas ellas proceden de fuentes carlistas y, por mucho que tanto ojo acrítico quiera ver en el franquismo una pared de hormigón donde todos eran iguales, en aquel pastiche que fue el régimen había sensibilidades para todos los gustos, y enfrentamientos a tutiplén. No tengo en mi biblioteca libros más profundamente antimonárquicos, más irrespetuosos con la figura de Alfonso XIII, que los escritos por falangistas; a su lado, los tomos de Ruedo Ibérico aparecen como escritos monarquizantes levemente reformistas. Con las mismas, los carlistas odiaron a los falangistas (no olvidemos que un presidente de las Cortes tradicionalista llegaría a acusar al ministro secretario general del Movimiento de querer crear en España, a través de Falange, un régimen soviético) y odiaron, por supuesto, a sus rivales directos, los alfonsinos.

El episodio de los boinas verdes de Zaragoza es un episodio del que nunca he leído que haya habido testigos; primer problema. Se trataría, además, de un caso único en el bando franquista de tropas mercenarias. Y queda el tercer gran argumento: ¿acaso la prensa republicana no habría hecho alharaca, mofa, befa y escarnio de la deserción de un batallón entero antes de pegar el primer tiro?

Todo puede ser posible. Pero me inclino a contestar a mi propia pregunta con un simple: no.

viernes, diciembre 04, 2009

Puenting

Que me voy de puente. Algún día tengo que contaros la historia del pequeño rincón de la costa de Lugo adonde me voy.

Por de pronto, feliz largo fin de semana para todos, en el cual os dejo de deberes una pregunta que, por lo que yo sé, tiene jodida contestación.

¿Participó algún boina verde en la Guerra Civil Española?

Si Tiburcio se sabe ésta, tendré que reconocer que no hay quien pueda con él.

jueves, diciembre 03, 2009

Nin alcabala, nin diezmo, nin almoxarifazgo, nin portazgo

Os copio aquí un texto legal. Se trata de una orden dada por los Reyes Católicos, o sea Lisbeth y Ferdinand, o sea six of one, half a dozen of the other.

Quizá quepa aclarar que:

Alcabala = IVA renacentista.
Diezmo = contribución obligatoria a la Iglesia.
Almoxarifazgo = arancel de comercio exterior.
Portazgo = Arancel de comercio interior o derecho de paso.

Considerando los Reyes, de gloriosa memoria, cuánto era provechoso e honroso que a estos sus Reinos se truxiesen libros de otras partes, para que con ellos se ficiesen los hombres letrados, quisieron e ordenaron: que de los libros non se pagase alcabala, y porque de pocos días a esta parte, algunos mercaderes nuestros, naturales y extranjeros, han trahido y cada día trahen libros mucho buenos, lo cual, por este que redunda en provecho universal de todos, e ennoblecimiento de nuestros Reinos; por ende, ordenamos e mandamos que, allende de la dicha franquiza, de aqui en adelante, de todos los libros que se truxeren a estos nuestros Reinos, así por mar como por tierra, non se pida, nin se pague, nin lleve almoxarifazgo, nin diezmo, nin portazgo, nin otros derechos algunos por los nuestros Almoxarifes, nin los Desmeros, nin Portazgueros, nin otras personas algunas, así como las cibdades e villas e lugares de nuestra Corona Real, como de Señoríos e órdenes e behenias; más que de todos los dichos derechos o almoxarifazgos sean libres e francos los dichos libros.

La pregunta es: si los autores de esta norma, reyes fachas y cabronazos y meapilas y ultramontanos como todo el mundo sabe, hubieran conocido internet, ¿habrían aprobado alguna norma para limitar el acceso a la cultura por su medio?

martes, diciembre 01, 2009

Periodistas

Os invito a leer este texto del libro El arte del periodista

Líbreme Dios de decir cómo se infundia. Eso lo sabe todo el mundo: se infundia inventando lo que no se sabe; pero entre eso y el mentir por mentir, hay una gran distancia; tanto es, que la mentira difícilmente resulta excusable y el infundio lo es casi siempre.

(...) las más de las veces, el mentir del periodismo tiene como excusa valedera el «como me lo contaron lo cuento»; en otras no es más que la hipérbole, acaso excesiva, motivada por buscar un efecto sensacional; y en algunas el infundio es una claudicación de la lógica de las deducciones, porque a los hechos les ha venido en gana ocurrir contra esa lógica.

¿Es necesario infundiar? Disculpable, ya hemos visto que lo es. Necesario, es posible que también lo sea. Cuando no hay noticias y el periódico aparece sin ellas, no se le ocurre al lector pensar que haya sido un día gris, sino que exclama: «¡Qué sosos están hoy los periódicos!» No excusa al periodista el que no haya noticias; ha de darlas, y por eso, para cuando no abundan, es un recurso heroico el saberlas inventar con buen ingenio o presentirlas por esfuerzo deductivo.

Lo habréis visto con frecuencia. Surge una alarma en las calles, y las gentes, sin razonar la exactitud del origen, dan por ocurrido lo que cada uno supone que haya originado la alarma, y a los cien metros las proporciones del suceso crecen en razón directa con la distancia y los detalles imaginarios (...) Y yo pienso: si los que no tienen más razones que el justificar su pánico (...) infundian y, por una extraña sugestión, acaban por creer y propalar que vieron y oyeron lo que ni vieron ni pudieron oír, ¿qué ha de hacer el periodista, a quien nadie excusa por lo que ignora y a quien todos preguntan lo que no sabe?

Declaro que no tengo vocación para el infundio; mas también digo y declaro que el periodista ha de saber hacerlo.

El libro de donde saco la cita es obra del abogado y periodista Rafael Mainar, y fue editado por José Gallach en Barcelona, en el año 1906. Hace, pues cien años. Páginas 167 y 168.

La lectura de estas líneas me lleva a considerar que la tragedia de este pobre chico canario que hoy está ingresado, supongo que con una depresión de la hostia, después de haber sido públicamente linchado por haber presuntamente violado y matado a hostias a la hija de su novia, cuando lo que él hizo fue tratar de atenderla, empezó ya, de alguna manera, hace más de un siglo, cuando aún no había nacido ni su abuelo.

Merece la pena, a mi modo de ver, sacar la cita a pasear porque dice mucho sobre algunas de las características sobre las que se ha asentado, históricamente, el periodismo español, en realidad el periodismo mundial. Que son:

1.- Yo no quería, pero... El periodista, según la teoría, es un ser angelical que vive comprometido con la verdad. Sin embargo, existe el Lado Oscuro de la Fuerza, que es el que le obliga a hacer guarrerías.

2.- La culpa es de otro, y ese otro se llama público. Si hay periodismo sensacionalista; si hay noticias que se publican prendidas por alfileres o prendidas absolutamente de nada; si se escribe sin sentido crítico; si la elaboración de las noticias carece de los mínimos filtros de calidad, eso no es porque los periodistas tengan la culpa de ello. La culpa es del público que, voraz y eternamente insatisfecho, siempre reclama más. Aquí se juntan dos justificaciones bien conocidas: por un lado, la del nacionalista, para el cual la culpa siempre la tiene otro. Y, por otro, la del violador, quien asevera que él quería pasar de largo pero, señor juez, es que la chica iba con una camiseta ceñiña y sin sujetador...

3.- En el periodista es excusable lo que en otros es execrable. Cada vez que un periodista caza a cualesquiera otros en una mentira, monta el pollo. Pero cuando miente él, es cosa normal y forzada por las circunstancias. Hay una frase hecha que dice no sé qué de una paja y una viga que creo que le va al pelo a este punto.

4.- No hay noticias mal confirmadas, sino fuentes mentirosas. Cuando una noticia resulta no ser lo que realmente son los hechos, la culpa (véase punto 2) siempre es de otro, es decir de la fuente que lo contó. O sea: una persona que se dedica a pasear por el campo y cojer setas puede meter dentro de su capazo alguna de ellas venenosa, sin por ello cometer más falta que poner en peligro su vida y la de los suyos. Pero una persona que se dedica a comercializar setas a terceros no puede cometer ese error, porque como comercializador los consumidores le exigen que su producto sea de confianza. Con las mismas, no es lo mismo que yo cuente lo que he visto esta mañana que lo haga un periódico. Yo puedo inventarme lo que me salga de la higa, pues al fin y al cabo sólo soy un ciudadano, así pues si quiero contar que hoy he visto a Zapatero por la calle del brazo de Marujita Díaz (Dios mío, qué imagen...), voy y lo digo; pero el periódico tiene la obligación de comprobar que eso, en realidad, es verdad, y no podrá, entre otras cosas, darlo por cierto hasta que al menos dos anormales como yo lo confirmen. Esto es la teoría. La práctica es que un vendedor de setas no es un periodista. El periodista siempre retiene el derecho a acusar de sus errores a la fuente que le contó mal las cosas.

La Historia de los últimos 150 años, al menos en los países llamados occidentales, es en buena parte la historia de la importancia e influencia de la prensa. Todo esto se asienta en un proceso que nace con las revoluciones americana y francesa, que son las primeras que comienzan a defender e incluso establecer regímenes de libertad de expresión. Como bien reflexionaron los padres de la Constitución americana, no hay libertad efectiva si no existe libertad de expresión, si cualquiera no puede decir lo que le dé la gana, cuando menos en el marco de unas normas, pues la libertad de expresión nunca es plena. Sin ir más lejos, en España, donde impera un régimen de libertades, no se pueden publicar, por ejemplo, apologías de la pederastia o del genocidio de todos los nacidos en Soria, pues en ambos casos existe una evidente colisión de derechos que deja bien claro que el de expresión está siendo excesiva y torticeramente utilizado.

En el siglo XIX la prensa tuvo ya alguna importancia, aunque escasa a causa de la baja alfabetización de las sociedades, que impedía su difusión masiva, que es la que garantiza la influencia de la prensa. Todos los españolitos que hemos ido a la escuela a algo más que a espiar bragas conocemos la triste historia de Mariano José de Larra; pero lo cierto es que si consideramos la sociedad española decimonónica como la actual, es decir en su conjunto, deberemos decir que el suicidio de este eximio periodista no le dio a la sociedad española ni frío ni calor, pues la mayor parte de la misma lo conocía menos que lo que conoce la actual al segundo portero del Rayo Vallecano. Es a finales del siglo XIX cuando la cosa comienza a cambiar, merced al invento de la prensa amarilla, llamada así creo que por el color de una tira de cómic, en Estados Unidos. La prensa amarilla supuso el acercamiento de la prensa al público escasamente alfabetizado y pronto tuvo un éxito arrollador.

Quizá España fue el primer país que sufrió seriamente en sus carnes el inicio de ese proceso por el cual las personas comienzan a pensar lo que los periódicos les dicen que piensen. Los años inmediatamente anteriores a la guerra hispanoestadounidense que terminó con la pérdida de Cuba y Puerto Rico por nuestra parte son los años dorados de la prensa sensacionalista americana, la cual, literalmente, se inventó buena parte de las cosas que estaban pasando en Cuba y de esta forma alimentó el odio bélico americano, que se embolsó en una burbuja finalmente pinchada con la voladura del Maine, ella misma también hábilmente manipulada por esos mismos periódicos.

La gran ventaja de la prensa sensacionista finisecular es que en la misma aún estaban poco difundidas las fotografías, así pues se ilustraba con grabados. En aquellos tiempos, en el campo de la prensa sensacionista americana se producía un choque de trenes entre sus dos grandes inventores: Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst (éste último la figura que inspiró a Orson Welles para crear su Citizen Kane; y el primero, acojónate lorito, da nombre a un premio de periodismo serio). Ambos competían casi cada día por ser quien más periódicos vendiese, y lo hacían con una triple estrategia: en primer lugar, el celebérrimo voceo callejero de la principal noticia por parte de los vendedores ambulantes, normalmente chiquillos; en segundo lugar, la exhibición gráfica, a través de grabados y dibujos alegóricos; y, en tercer lugar, la extremada sencillez de las historias, escritas con un lenguaje muy directo y sin adornos, y con tesis también muy básicas.

Tanto Pulitzer como Hearst trufaron sus periódicos de habilísimos grabados realizados por sus mejores dibujantes en los que se describían todo tipo de torturas de las cuales los españoles hacían objeto a los mambises cubanos. Publicaban, por lo tanto, dibujos de notable factura con hombres crucificados, madres llevadas al extremo de la delgadez con niños desnutridos en los brazos, etc. La guerra de Cuba existió, pero muchas de las cosas que la provocaron no existieron jamás. Sin embargo, la prensa descubrió que, para que una sociedad entera crea algo, no es estrictamente necesario que sea cierto. Menos de medio siglo después, el ministro nazi de Propaganda Josef Goebbels formularía el que se tiene por teorema fundacional de la nueva comunicación publicitaria: una mentira contada repetidamente acaba por convertirse en una verdad.

Probablemente, el caso más repugnante de manipulación periodística sea el ligado al asesinato del hijo de Charles Lindbergh, el famosísimo aviador estadounidense. Se ha dicho muchas veces por los especialistas en sociología e imagen pública que Lindbergh ha sido, quizá, el americano más popular que jamás haya existido. Quizá los españoles somos los mejor dotados para entenderlo, pues en España también se dieron muchas grandes hazañas de aviadores en unos años en los que estos vuelos casi imposibles eran la mejor prueba de la capacidad inacabable del género humano. Si los astronautas fueron famosos en la era del espacio, los aviadores lo fueron mucho más en la era del aire. Lindbergh fue la mejor expresión del espíritu americano y un hombre querido por la totalidad de la sociedad de los Estados Unidos. Por eso, cuando su hijo fue secuestrado y finalmente encontrado muerto, todo el mundo reclamó que alguien pagase por ello.

La prensa estadounidense, amarilla, rosa y azul pálido, empujó todo lo que pudo y más en esa dirección. Hay quien piensa que la función de la prensa, en tanto que emisor experto de información, es precisamente moderar las pasiones y fomentar el análisis frío y mesurado. Pero lo cierto, y el ejemplo del pobre muchacho canario es uno más, es que los medios de comunicación, históricamente, se dedican exactamente a lo contrario y así, mientras sostienen inútilmente con la mano izquierda el extintor, con la derecha descargan el contenido del bidón de gasolina sobre la hoguera.

Un alemán, Bruno Hauptmann, fue detenido, juzgado, condenado y ejecutado por el secuestro y muerte del hijo de Lindbergh. Las sesiones del juicio fueron seguidas por miles y miles de personas que, azuzadas por las crónicas de los periódicos y (para qué negarlo) por su propia estulticia, rodeaban la sala del juzgado, exigiendo con su presencia que corriese la sangre en justa venganza.

Algunos de los pocos periodístas lúcidos que siguieron los hechos clamaron, inútilmente, por los evidentes agujeros que tenía el proceso. Quizá el más lúcido de todos, y es por ello que creo justo rendirle tributo en este post que me está saliendo bastante crítico con los periodistas, fuese Lou Wendeman.

Tal y como refirió Wendeman, las fuerzas policiales que investigaron el secuestro del hijo de Lindbergh (el FBI, la policía estatal de New Jersey y la local de la ciudad), aconsejadas por siete científicos expertos en criminología y psiquiatría, elaboraron el perfil de cuatro, llamémoslas así, funciones existentes dentro del secuestro: el secuestrador (número 1), el escritor de las cartas que solicitaban el rescate (número 2), la persona que gastó unos 5.000 dólares del rescate durante los dos años posteriores al pago del mismo (número 3), y la persona que estuvo manejando el dinero del rescate en las semanas inmediatamente anteriores a la detención de Hauptmann (número 4).

No existe ninguna duda de que el hombre número cuatro era Hauptmann. En las tres semanas antes de su detención, había estado usando dinero del rescate, aunque él declaró que había sido dejado en su casa por otro alemán que había vivido allí una época y que le dijo que lo que había en los sobres eran cartas. Tres semanas antes de su detención, Hauptmann, según su relato, habría descubierto que las tales cartas eran de color verde, y había comenzado a gastarlas. Pero ahí paraban las evidencias. Si Hauptmann era el hombre número 3, 2 o 1, no quedó demostrado.

Aún así, la sociedad americana, así como sus jueces, sus jurados y, por supuesto, la prensa, se quisieron convencer de que Hauptmann era todos esos hombres. Ello a pesar de que el doctor John F. Condon, que pagó el rescate de 50.000 dólares, declaró que lo había pagado a un tal John El Escandinavo. De este hombre se hizo un retrato-robot específico; como también se hizo del probable hombre número 3 cuando se averiguó que una pequeña parte del dinero del rescate se gastó en un restaurante de Broadway, y se logró una descripción del hombre que había realizado dicho gasto. Más aún: la investigación descubrió más pequeños gastos del enorme rescate, y logró muchas descripciones de testigos, la mayoría no coincidentes. Lo cual lleva a pensar que o bien el personal no tiene memoria, o bien los implicados en el secuestro fueron varios. Aún así, el condenado fue solo uno.

Más datos: como hemos dicho, durante los primeros dos años tras el pago del rescate, el hombre u hombres número 3 gastaron con mucho cuidado el rescate: de a poquitos. Sin embargo, al hombre número 4 (Hauptmann) lo pillan porque, tres semanas antes de su detención, los billetes del rescate comienzan a aparecer por todas partes, signo inequívoco de que los estaba gastando sin tasa. Cuesta creer, así, que el hombre número 3 y el número 4 sean el mismo hombre. Y, puestos a elegir cuál de los dos es el hombre número 2 o 1 (es decir, el secuestrador y su cómplice directo) parece más lógico que lo sea el número 3, pues el número 4 no tuvo acceso el dinero hasta pasados dos años.

Con estos mimbres, la prensa, lejos de destacar la insoportable levedad que tenía la acusación contra el alemán, la azuzó sin problemas hasta convertirse en partidaria, en buena medida, de la condena. El colmo de los colmos viene por el hecho de que la principal prueba contra el imputado fue el hecho de que en su armario se encontró un papel donde estaba anotado el teléfono del doctor Condon, como hemos dicho la persona que entregó físicamente el rescate por el niño. No sólo esta prueba hubiera sido bastante poco sólida en un juicio que se hubiese podido celebrar de forma mesurada y equilibrada, sino que además, con el tiempo, acabaría descubriéndose que el papel fue escrito y colocado allí... ¿no lo adivináis? Pues sí: por un reportero de la prensa.

La prensa, pues, tiene un papel constitucional fundamental en los regímenes de libertades. Pero es también un hecho que ejerce ese poder, esos privilegios, con una notable ausencia de autocontrol y de autocrítica que la lleva a cometer excesos y a disculparse muy raramente por ellos, además de no repararlos nunca o casi nunca. La Historia de los últimos cien años nos ofrece ejemplos más que sobrados; en el armario de la prensa hay un montón de juguetes que ella ha roto y que esconde todo lo que puede.

Como he dicho antes, a un recolector y vendedor de setas se le exige que sea experto micólogo. Se le exige que sepa distinguir hasta con los ojos cerrados una seta venenosa de otra que, además de sabrosa, es plenamente comestible. La pregunta es: ¿quién, cómo, cuándo y de qué manera se preocupa de que los periodistas sepan distinguir una noticia venenosa de otra comestible?

lunes, noviembre 30, 2009

Sirenas

El hombre siempre le ha tenido miedo al mar. El mar es un sitio ajeno al lugar donde el hombre vive, que es la tierra y, durante mucho tiempo, y dado que el mar, o más bien el océano, es bastante grande, ha sido una frontera infranqueable.

El género humano, además, ha guardado una dinámica de freno y marcha atrás respecto del mar. Si bien en determinadas épocas logró notables avances en la navegación, como ocurrió en los tiempos clásicos, luego, durante muchos siglos y hasta bien entrado el Renacimiento, pasó por una época en la que pareció desinteresarse por el asunto. De las muchas hazañas que el hombre consiguió durante la Edad Media, pocas las consiguió en el mar.

El mar, además, tenía dos características importantes. En primer lugar, de vez en vez, en las playas habitadas por el hombre, o dentro de sus redes de pesca, aparecían seres vivos inimaginables. Y, en segundo lugar, de vez en cuando había marineros que trataban de hacer viajes, o tal vez se perdían después de una tormenta, para no regresar nunca. Ambas características son las principales responsables de que, desde el principio de su tiempo, el hombre haya creado mitos que hablan de seres marinos fantásticos. De los cuales, quizá, el más famoso, puesto que al contrario que otros muchos ha sido aprovechado por el hombre moderno, es la sirena.

Lo primero que conviene que sepamos de las sirenas es que, tal y como conocemos hoy el mito, se trata de una creencia relativamente moderna: medieval, para más señas. Antes, el hombre no creía en las sirenas como creemos nosotros. Sí, ya sé que la Odisea nos cuenta esa historia de la que todos los niños pre-LOGSE tuvimos que examinarnos, según la cual Ulises hizo tapar los oídos de sus marineros y él mismo atarse al mástil de su barco mientras las sirenas cantaban sus diabólicos cantos que impulsaban a los marineros a tirarse al agua y ahogarse. Pero aquellas sirenas no eran como las nuestras, porque eran medio mujeres, medio aves. El mito de la mujer que es medio pez es, como digo, posterior. Y se puede rastrear en idiomas como el inglés, que tiene dos palabras para designar la misma teórica realidad: siren para definir a la sirena clásica, y mermaid para designar lo que nosotros entendemos por una sirena.

La sirena medieval es el mito que verdaderamente se hace universal. Los escoceses la llaman dama del lago, los alemanes meerfrau, los bretones morgreg, los catalanes dona d'aigua. Como siempre, la recepción de los mitos en la literatura dio alas a lo mismos. Hans Christian Andersen escribió su cuento La Sirenita, que acabó generando un símbolo nacional que hoy recibe a los barcos a la entrada del puerto de Copenhague. La segunda sirena más famosa en Europa, que tiene unas sonoridades a lideresa de adolescentes, es Fata Morgana, que fuera hija del rey de Is, una ciudad bretona mítica que se habría hundido bajo las aguas, forzando la mutación de la princesa.

La creencia en las sirenas tenía una ventaja sustancial sobre otras leyendas urbanas de las que nuestra existencia es pródiga, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos. Normalmente, una leyenda urbana se alimenta de las muchas personas que dicen haber visto personalmente las maravillas contenidas en el relato de que se trate; pero, en este caso, es que, además, dichos avistamientos eran, de alguna manera, verdad. Muchas, muchísimas crónicas de la Europa entre los siglos XIV y XVIII hablan de marineros que han pescado sirenas, o sirenas que han ido a vararse y a morir a cualquier playa. Y ambos hechos son más que probablemente ciertos cada vez que son relatados. Lo único que no es cierto, claro es, es que las presuntas sirenas lo sean.

Los estudiosos de los mitos se han ocupado de tratar de explicar el mito de las sirenas de una forma distinta a como lo hacen los mistabobos, es decir admitiendo que existen.

La teoría más plausible es que el mito de la sirena provenga del manatí, un mamífero marino que suele nadar por la costa oriental del continente americano. El manatí es grande, de piel clara y, como he dicho, mamífero. Las hembras del manatí, ojo al dato, sólo tienen dos mamas, las cuales, en caso de que sobresalgan un poco, pueden darle al animal, de lejos, cierto aspecto de mujer (bastante fea y fondona, cierto; pero tampoco todas las tías son Angelina Jolie).

Además, hay que tener en cuenta las que la manatíes, cuando tienen crías, nadan con ellas agarradas entre sus aletas, junto a las mamas, en un gesto protector y maternal. Debo añadir, además, que una cosa que es relativamente moderna, y que en la Edad Media y el Renacimiento no se daba por lo tanto con tanta claridad, es la consideración erótica de los pechos de la mujer. Cuando uno observa los bajorrelieves obscenos que hay en algunas iglesias europeas, observará que el gesto obsceno de la mujer suele ser mostrar la vulva, no tanto las tetas. Los pechos de la mujer han tenido, como digo, hasta hace relativamente poco tiempo, un significado nutricio ligado a la maternidad (igual que las caderas anchas significaban ancho canal de parto; el erotismo de hace siglos era consecuencia de la valoración que se hacía de la mujer que podía tener muchos hijos). Por lo tanto, el gesto del manatí hembra de sujetar a su cría para amamantarla pudo ser visto por muchos marineros como signo de una voluntad maternal que entonces se vedaba a los animales, por lo que bien se pudo llegar a la conclusión de que tenían que ser medio humanos.

Otro candidato es el dugongo del Índico, pariente cercano del manatí. La candidatura del manatí, teniendo en cuenta que se trata de un mamífero que difícilmente pudieron ver los marineros europeos hasta que comenzaron a navegar profundo hacia el Oeste, explicaría la relativa modernidad del mito. Cabe añadir, por último, que los manatíes han sido adorados de siempre por los indios amazónicos.

A todo ello colaboró, como no, el negocio. Por medio mundo circularon, durante aquellos siglos, unos presuntos bebés-sirena, normalmente fabricados por chinos, que en realidad eran un puzzle formado por la cabeza disecada de un mono pequeño (por ejemplo, un lémur) cosido a un cuerpo de pez al que asimismo se cosían dos patas de ave.

Algunos naturalistas y antropólogos consideran que el origen de la confusión, además de en lo antedicho, es el hecho de que manatíes, dugongos y focas no son peces, por lo cual tenían cabezas distintas a las del resto de las criaturas del mar.

La sirena, en este caso sireno, más famosa de Europa, si vemos las cosas con punto de vista histórico, es, sin duda, Nicolás el Pez, de quien se ha terminado por creer que fue probablemente un buceador siciliano por apnea de especial habilidad bajo el agua, cuya existencia acabó por hacerse mítica. Se dice que vivió justo en el interín entre el siglo XV y XVI y su fama es tan enorme que Cervantes hace al Quijote explicar, entre las habilidades necesarias de todo hidalgo, la de saber nadar «como dicen que nadaba el peje Nicolás». No obstante, siglos antes, en el XII, hay ya crónicas de un gran buceador llamado Nicolás Pesce, que tendría la capacidad de predecir las galernas y que fue llevado a la corte del rey de Sicilia, donde moriría de nostalgia por el mar. Se dice también de aquel buceador, que en ocasiones se presupone mítico y en otras solamente un hombre de características extraordinarias, que conocía la vieja técnica de los buceadores romanos y por ello usaba aceite para descender, llenando con él su boca. Al parecer, estos buceadores soltaban el aceite, una vez dentro del agua, poco a poco, quizá para poder ver mejor en el agua salada.

En España, hay un mito relativamente tardío (nada menos que el siglo XVII) pero muy fuerte, tan fuerte como para ser recogido por el padre Feijóo en su Teatro Crítico Universal: el hombre-pez de Liérganes.

Según el padre Jerónimo Feijóo, el 22 de junio de 1673, un vecino de Liérganes, en Santander, llamado Francisco de la Vega, que residía en Bilbao, se fue a bañar a la ría con otros amigos. Le vieron echarse al agua, pero no regresar, por lo que todo el mundo asumió que se había ahogado.

Pasaron seis años. En 1679, unos pescadores en Cádiz reportan haber visto nadando con gran pericia una figura de persona racional la cual, tras algunos intentos, logran capturar. La captura resulta ser Francisco, el cual se identifica como tal y es llevado de vuelta a su pueblo natal, donde vive nueve años, al parecer haciendo bastantes extravagancias, para terminar desapareciendo de nuevo.

En el campo de los mitos marinos españoles no puedo obviar la tentación de referirme también al mito de los Mariños gallegos, los cuales provendrían de los amores furtivos entre una moza gallega que frecuentaba la playa, y un tritón, medio hombre medio pez, que salió de las aguas un día y se la encontró y a partir de entonces repitió las visitas con la intención clara de matarla a polvos, cosa a la que ella parece ser no se negó. De las preñeces sucesivas de aquella buena aldeana serían fruto estos seres racionales, pero en el fondo medio peces. Este mito, probablemente, tiene su origen en la justa fama que siempre han tenido los gallegos de conocerse todos los mares.

Ciertamente, el marinero gallego es un personaje que merecería un libro. Me acuerdo ahora de una escena que viví siendo un niño, cuando acompañé a mi padre, entonces agente de seguros, a de las villas pesqueras de la costa gallega, donde había quedado con un patrón de pesca para alguno de sus negocios. En la conversación que ambos tuvieron delante de mí, no sé cómo, surgió la cuestión de si el marinero sabía nadar, a la que el hombre, fríamente, contestó que no. Como mi padre se extrañase mucho y le dijese que no comprendía cómo alguien que pasaba la vida en la mar no supiera nadar, él apuró su taza de vino, le miró y contestó: «¿E o piloto do avión? ¿Sabe voar, o?»