domingo, mayo 03, 2009

Antón Martín

Pues sí, era Antón Martín. Un nombre y un apellido que no se le puede olvidar a ningún madrileño por poco que haya pateado la ciudad, dada la céntrica situación de la plaza que lleva, y no por casualidad, su nombre. Sin embargo, tengo yo por mí que el de Antón Martín es uno de esos casos en los que la mayoría de la gente desconoce los motivos reales de la fama que le llevaron a ser acreedor de esa distinción topográfica. Y tampoco parece que ni la ciudad de Madrid ni la profesión médica, pues estos son los dos flancos de donde podría provenir la iniciativa, se esfuercen mucho en hacerlo valer y garantizar su conocimiento. Antón Martín nació en el pueblo conquense de Mira el 25 de marzo del año 1500. Lo cual quiere decir que hace nada se han celebrado los 500 años de dicho nacimiento y, que yo sepa, ello no ha sido celebrado con la intensidad que probablemente merece un personaje así. Era hijo de dos campesinos acomodados, Pedro de Aragón y Elvira Martín, aunque a lo pocos años falleció el padre. La situación en que quedó la familia era difícil, así pues doña Elvira tomó la decisión de casarse de nuevo, decisión que no fue del agrado de los hermanos Antón y Pedro, por lo que decidieron emanciparse y vivir la vida por su cuenta. Antón vino a Madrid y luego se empleó de soldado en Valencia. Estaba allí cuando ocurrió el hecho de habría de cambiar su vida, pues en Guadafortuna, pueblo de la provincia de Granada, fue asesinado su hermano Pedro. El autor de su muerte fue Pedro Velasco, miembro de una familia que al parecer quería casar al muchacho con una de sus miembras, a lo que Pedro se negó, motivo por el cual, quizá, la familia se sintió malquistada.
Cuando Antón Martín se entera de las nuevas de la muerte de su hermano, solicita la dispensa para ir a Granada a exigir la condena de Pedro Velasco. Cuando llega a a Guardafortuna, la familia criminal ha huido, pero hemos de entender que Antón, que como decíamos ha trabajado de soldado, sabe cómo componérselas para hacer que la justicia se tome el caso con interés. A la larga, los Velasco son prendidos, y Pedro condenado a muerte.

La condena de Pedro Velasco a la horca generó en Granada todo un movimiento en pro del perdón de dicha pena máxima. La conmutación, sin embargo, debía contar con el beneplático de la víctima, en este caso Antón Martín, cosa que ése se negó a otorgar una y otra vez. Es en este punto en el que entra en escena Juan de Dios. El religioso se encuentra en Granada allgando recursos para levantar un hospital y allí, enterado del suceso, aborda a Martín en la calle de la Colcha y logra convencerlo de las virtudes del perdón. Ésta es, cuando menos, la versión que nos ha llegado, quizá un tanto dramatizada, de lo que quizá fue un encuentro y conocimiento progresivo en el que el antiguo soldado fue paulatinamente convencido por el religioso. Pues lo cierto es que Juan de Dios no sólo consiguió la clemencia del soldado, que salvó la vida de Velasco, sino que también logró su conversión y unión a la estrecha nómina de discípulos suyos, entonces en número de cinco.

Durante el resto de la vida del fundador del hospital de Granada, Antón Martín fue adquiriendo la calidad de discípulo predilecto, y así se reconoce en la última voluntad de su maestro cuando es a él a quien encomienda que continúe su obra. Juan de Dios fallece el 8 de marzo de 1550, momento en el que Antón Martín recoge su testigo, se coloca al frente de su orden, y se traslada a Madrid, donde discute con el rey Carlos I el proyecto ambicionado por éste de crear en la ciudad un hospital para enfermos de cirugía. El hospital se levantará en una parcela cedida a tal efecto por D. Fernando de Zomoza, en la zona de Atocha.

La fundación del hospital de San Juan de Dios es, junto con la de otros que en la villa matritense van surgiendo, uno de los pasos que la Iglesia católica da para resolver un hecho sempiterno hasta entonces palmario tanto en Madrid como en España: el monopolio de judíos y de musulmanes en el mundo de la medicina y de la cirugía. Hecho éste que no fue fácil por extrañas razones teológicas, pues no hay que olvidar que el concilio de Letrán de 1139 condenó la realización de operaciones quirúrgicas por parte de eclesiásticos.

Los judíos, pueblo caracterizado por una cultura media superior a la de otros pueblos y que ya en sus tradiciones atesoraban conocimientos farmacológicos e higiénicos, parecían llamados para ejercer la medicina. Aunque el concepto de medicina no era entonces tan claro, porque en aquellos tiempos lo que hoy son los oficios de los médicos se distinguían entre ellos de forma neta, pues había médicos, doctores, cirujanos de heridas, los llamados algebristas o cirujanos comadrones.

Por aquel entonces, obviamente, la medicina todavía adolecía de muchas carencias. Los elementos de juicio que los médicos utilizaban eran la observación del pulso y de la orina y las prescipciones más comunes la sangría y el purgado; las cuales, no pocas veces, dejaban al enfermo más débil de lo que ya estaba, ultimándolo. Se usaban como plantas medicinales el áloe, la coloquíntida, el ruibarbo, el malvavisco, el muérdago y la ruda, junto con otros compuestos más escatológicos, como los polvos de asta de toro. La dieta blanda habitual de los convalencientes era la horchata o el caldo de gallina. Algunas de las recetas más populares, como la ingestión de leche de burra en el desayuno para prevenir los catarros, seguían siendo utilizadas a finales del siglo XIX. Las tres grandes amenazas de la época eran la pulmonía, la lepra y el cólico de Madrid.

Los cirujanos eran los barberos, siendo la cirugía una disciplina de poco fuste y consideración, aunque debe recordarse que, dado que no estaba inventada la anestesia, en realidad estamos hablando de lo que hoy denominamos cirugía menor. En general, los había bizmadores o aplicadores de emplastos; algebristas o expertos de rehacer miembros rotos y descoyuntados, sabiduría que, al parecer, obtenían de la observación de los pastores, quienes sabían hacer tal cosa con sus ovejas y cabras; hernistas, que operaban hernias; tallistas, es decir extractores de piedras urinarias; y batidores de cataratas.

La expulsión de los judíos fue una revolución (negativa) para la medicina en España, por cuanto sus profesionales más cualificados y casi monopolísticos desaparecieron del escenario. El hecho de que la curación de las personas quedase en manos de charlatanes y falsos profesionales obligó a comenzar a regular la profesión mínimamente; cosa que se hizo con la creación de los tribunales de protomedicato, ante los cuales los futuros facultativos tenían que certificar su idoneidad. La regulación de la profesión provocó también la fundación de diversos hospitales, así como de cátedras de medicina en muchas universidades; si bien la enseñanza universitaria de la medicina tenía entonces demasiados elementos teóricos o no directamente ligados con la labor real de los médicos.

En los tiempos inmediatamente anteriores a Felipe II, Madrid era una ciudad pequeña. Tan pequeña que era fácil de abarcar a pie. Esto es lo que hacían los médicos, que raramente se desplazaban a caballo o en litera, de modo y forma que cada día, a eso de las doce, tenían visitados a todos sus enfermos en sus casas, más los ingresados en los hospitales, a los que visitaban a las siete de la mañana.

El convento-hospital de Nuestra Señor del Amor de Dios, también conocido como hospital de Antón Martín, fue el primer centro dedicado a la dermatología y venerología. Lo cual tiene su lógica si tenemos en cuenta que estaba situado en todo el centro del área de Madrid donde holgaban las trabajadoras del amor. Muy cerca del hospital, en efecto estaba la calle de Ave María, cuyo triste origen ya conocemos. Asimismo, a tiro de lapo queda la calle de las Huertas, masivo puterío matritense como también sabemos. Pero, además, tiene el hospital de Antón Martín el mérito de haber establecido en su seno la primera escuela de cirugía de Madrid.

Fue el hospital de Antón Martín, especialmente tras absorber el de San Lázaro cuando Felipe II decretó la racionalización de los hospitales de la ciudad, donde se estableció el tratamiento de las enfermedades venéreas mediante mercurio. Ello además de generar enseñanzas en materia de odontología, otorrinolaringología y urología. Esta escuela de cirugía se adelantó en 14 años a la creación de una cátedra sobre la materia en la universidad de Valladolid. Teóricamente, las enseñanzas del hospital llevaban a formar lo que se denominaba cirujanos romancistas o de ropa corta, es decir dedicados a labores de menor entidad. Sin embargo, la alta especialización del centro llevó a que algunos de sus alumnos llegasen a formarse como cirujanos latinistas (de primera categoría) o incluso doctores, aunque para ello tenían que pasar por la universidad.

Muchos frailes recibieron del tribunal de protomedicato autorizaciones provisionales, a causa de que, como religiosos, no podían ser requeridos para atender partos. Por ello, en el caso de que abandonasen la orden (cosa que era relativamente común, lo cual demuestra que había personas que ingresaban en la misma tan sólo por la formación) tenían que demostrar su pericia de nuevo.
La Historia de la medicina le reconoce al hospital de Antón Martín diversos méritos, entre los cuales se encuentran la transformación de la terapia con mercurio, tratando de sistematizarla científicamente; o la diferenciación de los distintos procesos dermatológicos; o el establecimiento del tratamiento mediante baños de las dolencias dermatológicas parasitarias.

Don Antón, pues, es bastante más que una plaza.