viernes, septiembre 25, 2009

Little Big Horn

Las grandes potencias, mientras lo son, atesoran básicamente el recuerdo de grandes victorias militares. Las grandes potencias son como los líderes de la liga de fútbol. Están acostumbradas a tener la pelota y a ganar. Pero a veces, eso todos lo sabemos, un club modesto salta al campo y le enchufa un pepino al más pintado. Estos son los dolorosos recuerdos de todo poderoso.

Estados Unidos, la potencia que nos ha tocado observar en nuestra generación, no es ajena a este efecto. La mayor parte de los soldados que han combatido para Estados Unidos en los últimos 150 años, han ganado. Esto no es algo que puedan decir muchos; sin ir más lejos, nosotros llevamos bastante más de siglo y medio perdiendo casi todos los partidos. Quizá por eso, para los americanos son tan dolorosas las derrotas. A ellos les duelen más que a nosotros, porque nosotros, las más de las veces, hemos saltado al campo de batalla con la derrota descontada.

De todas las derrotas de los Estados Unidos hay dos que me parecen especialmente humillantes. Una es la de Vietnam, por lo convencido que fue el país a esa guerra de que e,l enemigo era una puta mierda de enemigo. Pero por la misma razón, multiplicada, resulta, o resultó en su momento, especialmente dolorosa la segunda derrota, que es de la que hoy quiero escribiros unas notas. Se trata de la batalla de Little Big Horn, conocida así porque ocurrió a las faldas de un río y de unas montañas que llevan este nombre oxímoron.

Echando cuentas, Little Big Horn es el único caso en el que los estadounidenses han sido derrotados por sí mismos. Cierto es que quien se sienta confederado también puede decir lo mismo de las grandes victorias de la guerra civil; pero la batalla de Little Big Horn no se produjo en el marco de un enfrentamiento civil, sino guerra pura y dura. Y, para más coña, el ganador de la batalla, encima, hacía tiempo que se había rendido. Así pues, no se puede pensar en una derrota más humillante, en el fondo.

Little Big Horn enseña muchas cosas. Enseña que nunca se es suficientemente grande. Enseña que no hay que dejarse llevar por la falsa seguridad. Enseña que hasta unos tipos que parecen sacados de la Edad de Piedra pueden tener grandes generales, como el véhon (jefe) Dos Lunas, de la nación cheyene. Y enseña que, en esta vida, para ser inteligente, para ser listo, se pueden escoger muchos caminos; pero todos ellos, ésta es la enseñanza que nos dejó el hechidero Toro que se Levanta, más conocido como Sitting Bull o Toro Sentado, todos ellos, digo, pasan por saber ser paciente. A veces, desesperadamente paciente.

En las riberas del Little Big Horn river se enfrentaron dos cosmovisiones. No, desde luego, la de los blancos y la de los pieles rojas; eso ya se había ventilado años antes. Eran las del teniente coronel Custer y las del gran hechiero Sitting Bull. Custer carecía de toda la paciencia de Sitting Bull. Y así le fue.

Todo esto ocurrió en 1875 y 1876. Desde principios del siglo XVII, los blancos habían venido desarrollando un largo rosario de guerras contra los amerindios, guerras que habitualmente terminaban con el apartamiento de éstos y la expansión de aquéllos hacia el Oeste. Aunque las guerras indias permanecieron hasta finales del siglo XIX, para el momento en que relatamos ya estaba todo el pescado vendido y la mayoría de las grandes naciones indias habían sido ya vencidas y razonablemente pacificadas. Sin ir más lejos, en la nación sioux, a la que pertenecía Sitting Bull, ya casi no quedaban guerreros que pudiesen contar que una vez lucharon contra el hombre blanco.

La Casa Blanca, por su parte, había inventado eso que hoy conocemos como reservas indias, es decir territorios donde los indios eran autorizados a vivir bajo su propia administración, generalmente en los lugares que los blancos no querían aprovechar. En Dakota, los sioux habían sido confinados dentro de una reserva en la que estaban los llamados montes negros (o sea, como los Monegros de Aragón). Esa reserva le fue concedida a los sioux en virtud del Tratado de Fort Laramie, que limitaba muy significativamente la acción de los blancos en aquel territorio (sin ir más lejos, les impedía construir carreteras).

¿Por qué se rebotaron los indios? Hay algunas interpretaciones, sin ir más lejos la que se puede leer en la Wikipedia, que hablan de que el problema fueron las tensiones surgidas con los indios porque querían seguir siendo nómadas, como siempre habían sido y, en su nomadismo, acabaron por desbordar los límites de su reserva. Esta explicación tiene sus agujeros. Fundamentalmente, que los acuerdos entre Washington y los indios recogían, muy a menudo, su derecho al nomadismo, permitiéndoseles, por ello, rebasar los límites de sus reservas cuando el seguimiento de la caza (razón última de los movimientos los indios) así lo aconsejase, si bien luego debían regresar a sus reservas.

Las razones, en verdad, pudieron ser otras. Lo que pasó, más bien, fue que el hombre blanco se dio cuenta de que tal vez se había precipitado dejándole a los sucios sioux los famosos montes negros. A lo largo de 1875 se extendió el rumor de que en dichos montes alguien había encontrado oro; y, como tantas otras veces en la Historia del país, el rumor provocó un auténtico exilio de aventureros hacia la zona. A los sioux, probablemente, que aquellos friquis se pasaran el puto día entero lavando arena de los ríos no les daba ni frío ni calor. Pero ocurrieron dos cosas que sí les cabrearon.

La primera cosa que ocurrió es que los buscadores de oro se cansaron de comer conejitos y chorradas, y acabaron por darse cuenta de que la zona bullía de sabrosos búfalos. Así que comenzaron a matarlos. Para los sioux, como para otras muchas tribus cazadoras como sus vecinos los cheyenes (sioux y cheyenes se apelan entre ellos de primos), el búfalo era el epicentro de su existencia, así pues no les gustaba nada que alguien pusiera las manos, y las balas, en sus animales.

La segunda cosa que pasó fue que la noticia del oro llegó a Washington. El gobierno norteamericano envió allí al mal llamado general George Amstrong Custer, que en realidad era teniente coronel y se hacía llamar general porque, al tener mando sobre una famosa unidad del ejército americano, el Séptimo de Caballería, había tenido el mando en diversas acciones bélicas. La presencia de Custer sí que puso nerviosos a los sioux, que ya sabían lo suficiente de cómo se las gastaba el hombre blanco como para saber que cuando envía militares por delante, acaba ocupándolo todo. Así que los indios comenzaron a hostigar a quienes cazaban búfalos, apiolándoselos y cortándoles la cabellera cuando se terció.

La situación cambió de forma dramática. En teoría, el Séptimo de Caballería estaba emplazado en el área de la reserva para proteger a los indios de los blancos. Pero, ahora, los indios atacaban a los blancos, lo cual cambiaba notablemente las cosas.

Lo primero que, por lo que se ve, nunca consiguieron entender ni Custer ni sus jefes ni sus subordinados fue que los sioux estaban razonablemente bien mandados por líderes que conocían bien al hombre blanco. Consecuentemente, sabían que tenían que proceder despacio, con cautela y con unión. Consecuentemente, cuando Sitting Bull tuvo claro que el hombre blanco estaba dispuesto a romper los términos que él mismo había propuesto (más bien impuesto) en el Tratado de Fort Laramie, cursó mensajes criticando esta falta de honor a todos sus vecinos. Con ello captó, además del apoyo de su propia tribu Uncpapa y de sus jefes Rey Cuervo y Luna Negra, la solidaridad de los sioux Ogallala, comandada por el otro gran jefe de la nación, Caballo Loco, y por los jefes Perro Bajo y Gran Camino; los minneconjous de Jefe Jorobado; los Sin Arco del jefe Águila Descubierta; e incluso sus primos, los cheyenes de los jefes Dos Lunas y Toro Blanco.

Esto garantizaba a los partidarios de atacar el concurso de muchos miles de indios, entre ellos no pocos guerreros. Aunque aquí está la inteligencia de Toro Sentado. El jefe sioux, a juzgar por su actuación, se dio cuenta de que si lanzaba a sus partidas de guerreros a la pradera a cargarse a todo blanco que viesen por la reserva, eso sólo serviría para que el ejército agarrase el canasto de las chufas, entrase en la reserva e hiciese una guerra de exterminio. Es más que probable que Sitting Bull tuviese bien claro que no podía ganar la guerra; para aquel entonces, los indios americanos ya conocían bien su lugar en el mundo. Es probable que resolviese hacer las cosas para, por lo menos, tener la oportunidad de ganar una batalla. Pero para eso necesitaba paciencia. Sacar a Custer de sus casillas.

Cuando las noticias referidas a muertes de colonos blancos en la reserva llegaron a Washington, el presidente Ulysses S. Grant decidió lavarse un poco la cara y negociar. Ofreció mucha pasta a los indios por los terrenos que apenas unos años antes les había obligado a ocupar. Incluso se llevó a Toro Sentado a Washington y lo paseó por el centro del mundo un rato. Pero los indios dijeron que no. Si les daba por culo el oro (del cual, al parecer, había bastante), ¿por qué les iba a valer un cheque? No hubo acuerdo. En la primavera de 1875, conforme regresó el buen tiempo, los ataques de los indios a los colonos se redoblaron. Pero los indios hicieron una cosa más.

Ya hemos dicho antes que, bajo los acuerdos de Fort Laramie, los indios tenían derecho a salir de la reserva durante algunos meses, siguiendo a la caza. En la primavera de 1875, así lo hicieron. Pero lo hicieron todos. De una forma muy paulatina y cadenciosa (como todo lo que hacía Sitting Bull), las tribus sioux y cheyene fueron abandonando sus lugares normales de residencia y, bajo la disculpa de estar siguiendo a la caza, fueron estableciéndose fuera de su reserva. Esto no era un movimiento normal. Además, era un movimiento extraordinariamente problemático desde el punto de vista de la seguridad. Cuando estaban confinados en la reserva, los indios eran relativamente sencillos de vigiliar con fuerzas relativamente escasas. Pero ahora que estaban distribuidos por toda la pradera, en pequeños y grandes poblados, hacía falta el triple de efectivos para realizar la vigilancia.

A eso se unió la propia campaña de Sitting Bull. El gran hechicero era consciente de que su tribu, los Uncpapa, era considerada una de las principales del mundo sioux, tomó sobre sus hombros la labor de liderarlos. Así, durante aquellos meses, visitó pacientemente los poblados, instando a todos, sioux y cheyenes, a permanecer fuera de la reserva una vez terminase la temporada de caza. Les dijo que la reserva, con sus límites, no era más que una mentira del hombre blanco. Y los indios, después de lo que el hombre blanco había hecho con las cláusulas del tratado de Fort Laramie apenas dos minutos después de descubrir oro en los montes negros, le creyeron.

Custer conocía bien a los indios, y sabía que ahora era una cuestión de tiempo. Sitting Bull aprovecharía la primavera y el verano para tocar los cojones y poner al personal de canto y para el invierno tendría a todos los sioux y cheyenes fuera de la reserva, y dispuestos a liarse a hostias en cuando les diesen una oportunidad. Si por él hubiera sido, desde luego, habría actuado con total rapidez; lo cual tampoco garantiza que hubiese cambiado la Historia pues uno de los errores de Custer, como veremos, fue infravalorar la capacidad guerrera de los indios, y eso es algo que hizo en 1876 pero habría hecho igual el año anterior. No obstante, su decepción no vino por ahí.

La guerra es una cosa complicada en los países democráticos. Mediado el año 1875, los Estados Unidos vivían cierto movimiento de la opinión pública en contra de los indios, a causa de las agresiones y asesinatos cometidos contra los colonos de los montes negros, pero también tenían sus defensores. Cuando Custer llegó a Washington convencido de que la visita era un mero trámite para que su superior, el general Terry, le diese la orden y los medios para encenderle el pelo a los pieles rojas, se encontró con la cuestión india empantanada. La instrucción era clara: no se movía ni un puñetero papel en el asunto de los indios de Dakota/Montana sin que lo hubiesen aprobado, o el presidente Grant, o su secretario de Guerra.

En octubre de 1875, cuando se suponía que los indios tenían que estar volviendo a la reserva, seguían saliendo. Pretextaban la necesidad de hacer una última supercaza de búfalos antes del invierno. La población india fuera de la reserva era ya tan numerosa que comenzaron a establecerse pueblos sioux y cheyenes en las riberas de los ríos Powder y Yellowstone, que da el nombre al parque natural donde viven Yogui y Bubu.

No fue hasta el 3 de diciembre de 1875 que Custer no recibió el ansiado telegrama en el fuerte Abraham Lincoln. Este histórico telegrama:


To Lt-Colonel Custer, commanding 7th US Cavalry, Fort Abrahan Lincoln, North Dakota, USA.

By order of the Secretary of War, envoys have gone to all principal chiefs of the Sioux Nation instructing them and their people than unless they shall remove within the bounds of their Reservation (and remain there) before the 31st January next, they shall be deemed hostile and treated accordingly by the military force.

You will receive detailed orders by further telegraph.

Alfred E. Terry, General

Commanding Officer, Department of Dakota.


La Casa Blanca había tardado tres meses, pero finalmente se había decidido. Si los indios no volvían a la reserva para el 31 de enero, estarían en guerra con los Estados Unidos. Pero lo hicieron tarde. Para entonces, el efecto de esta orden fue el contrario del buscado. A esas alturas de la película, aquella amenaza, en realidad, era todo lo que necesitaba Sitting Bull para terminar de cohesionar a los suyos.

Washington diseñó una operación de castigo que no tuviese la más mínima posibilidad de perder. Al llegar la primavera de 1876, tres ejércitos convergerían en el teatro de operaciones delimitado por los ríos Yellowstone, Powder, Tongue y Little Big Horn. Irían a las órdenes de los generales Terry, Gibbon, y Cook. Obsérvese el detalle de que en la corta lista de los jefes-jefes, no aparece el nombre del teniente coronel Custer. Es un dato importante.

El plan era presionar desde tres puntos para embotellar a los indios contra la pared formada por las montañas Big Horn, y allí masacrarlos. El ariete de ese ataque debería ser el Séptimo de Caballería.

Custer estaba razonablemente contento, a pesar de no tener el protagonismo que, además de desear, creía merecer. Pero entonces pasó algo que, a la larga, cambiaría las cosas. El teniente coronel había escrito algún tiempo antes una inocente carta a un periódico del Este. Poco dado a las sutilezas de la política y de la opinión pública, pues al fin y al cabo era un militar de campo, Custer había observado ineficiencias en la provisión de medios para los ejércitos (esto de hacer legar a las tropas comida, ropas y otras cosas siempre ha sido negocio) y decidió denunciarlo en dicha carta, que el periódico publicó. La queja de Custer generó un escándalo en las ciudades del Este. Algo que Custer probablemente no sabía es que sus quejas o acusaciones venían a señalar con el dedo a proveedores con los que el presidente tenía estrecha relación personal. Grant, probablemente, montó el cólera. Custer fue llamado a Washington para declarar sobre sus acusaciones. Apenas se había marchado y en Fort Lincoln se extendió el rumor de que ya nunca volvería.

Mientras tanto, la llegada de nuevas tropas comenzaba en la zona. A Fort Lincoln llegaron tres compañías de infantería.

Pero Custer volvió. Lo que hizo, prometió o amenazó, no lo sabremos nunca a ciencia cierta. Pero volvió. Y, en cuanto lo hizo, se puso en marcha con su Séptimo y la infantería, camino de la cordillera del gran cuerno. Lo cual revela que, más que probablemente, aquel breve clinch con las sutilezas de la política de Washington lo volvió un ser aún más impaciente de lo que ya era.

El movimiento del Séptimo se estructuró en tres grandes partes. Como espadaña, al frente, iba Custer con dos compañías. Detrás de él, su segundo, el mayor Marcus A. Reno, con quien al parecer nunca se llevó ni medio bien, comandaba las compañías B, C, I, E, F y L, ayudado por los capitanes Keogh y Yates. El tercer grupo lo comandaba el capitá Benteen, con los capitantes Weir y French. Detrás del Séptimo iba el general Terry con tropas de a pie, carromatos, la caraba. Ese elefante con pies de barro tenía un buen día cuando era capaz de moverse 30 kilómetros. El 19 de mayo llegaron con grandes dificultades a Turkey Buzard Roost y el 22 a Thin Woman Creek; el movimiento era desesperantemente lento.

Este fue el gran problema de aquella expedición. Hay que reconocer que, en esto, Custer tenía razón. A un tipo como el indio, que no tarda ni una hora en montar o desmontar su casa, hay que perseguirlo a toda leche. A caballo y sin cargas que ralenticen la marcha. La columna de Terry/Custer tardó dos semanas, dos, en conseguir avistar, a través de sus exploradores, los primeros indios hostiles. Esto es mucho más de lo que Terry había calculado. Así pues, el centro de la operación soñada, es decir los soldados cayendo sobre una multitud de indios despistados, se fue al carajo. Para colmo, además de no producirse el avistamiento esperado, el 3 de junio, cuando Terry y Custer acampan en Beaver Creek, todavía no saben nada ni de la columna de Crook, que viene del norte, ni de la de Gibbon, que viene del oeste.

Algún tiempo tras acampar llegaron, finalmente, emisarios de Gibbon. Fueron ellos los que informaron de que los sioux se movían al sur del Yellowstone, en el área delimitada por las montañas Big Horn al oeste y el río Powder al este. Un segundo correo trajo buenas noticias: el barco de abastecimiento Far West, que se suponía navegando por el Yellowstone, había llegado a su punto previsto de llegada, Stanley's Stockade, y estaba descargando sus mercancías.

Terry ordenó a Custer moverse hacia la desembocadura del Powder en el Yellowstone mientras él se dirigía a Stanley's Stockade para tener una reunión con Gibbon.

Todo tiene que ver con afluentes del gran río Yellowstone (asimismo, afluente del Missouri). Mirando el mapa de este a oeste, encontramos: el Powder, donde ahora estaban las tropas; el Tongue River y una zona llamada Rosebud Creek donde en ese momento estaban los indios; y, más allá, el río y las montañas Big Horn. La estrategia de Terry, ahora que había perdido el factor sorpresa, era acorralar lentamente a los sioux y cheyenes. Sus tropas, es decir las de Custer, deberían ir avanzando río a río, primero el Tongue, luego el arroyo con resonancias de Citizen Kane, y luego el Big Horn. Los indios se irían retirando hasta quedar con el culo contra la cordillera. La estrategia de Terry contaba con Gibbon para cerrar el paso por los bancos sur del Yellowstone, al norte del área de batalla; y con Crook, que debía avanzar desde el sur, para evitar la huida en dicha dirección. Se quería, pues, meter a los indios en una bolsa, y luego explotarla.

Pero entonces Reno la cagó.

Marcus A. Reno recibió la orden de vigilar las riberas de Tongue, con órdenes de no continuar más allá. Pero, cuando recibió noticias en el valle del Tongue de que había indios en Rosebud Creek, se dirigió hacia allí, contraviniendo las órdenes recibidas y avisando, con ello, a los indios, no sólo del avance del ejército, cosa que ya suponían, sino de por dónde se producía dicho avance.

Definitivamente perdido el factor sorpresa, y temiendo que los indios se le escapasen de entre los dedos (no olvidemos que aún no había noticias de Crook), Terry no tuvo más remedio que precipitarse. Ordenó a Custer que moviese su caballería hasta Rosebud Creek y se preparase para atacar. Terry le prometió que llegaría lo antes posible con la infantería, pero le dijo que no atacase hasta que dicha llegada se produjese.

Custer, pues, recibió la orden de wait and see. Pero ya no estaba en condiciones de obedecerla.

En primer lugar, el teniente coronel, con casi total probabilidad, se consideraba más experto en la lucha contra los indios que el comandante de Dakota, general Terry, inquilino habitual de los salones de Washington donde habían estado a piques de darle por culo.

En segundo lugar, también con muy alta probabilidad, hacía semanas que Custer pensaba que se estaba perdiendo demasiado tiempo.

En tercer lugar, y éste es un factor que no cabe desdeñar, Custer sabía que su nombre no estaba en la lista de los comandantes de la operación. Así pues, si quería lograr la fama que sin duda su carácter infatuado le demandaba, esa fama que vivía cada día entre sus gentes del Séptimo que lo veneraban como a un semidios, tenía que hacer algo por sí mismo. Y solo.

En cuarto y último lugar, aquella era una acción de guerra. Y, en guerra, los militares reciben órdenes que deben obedecer, pero siempre están sujetas al albedrío de cada uno según se presente la situación. Si Custer decidía hacer algo no totalmente ajustado a las normas, pues, no podía considerarse que estuviese desobedeciendo.

Así pues, casi desde el momento en que Terry se dio la vuelta, Custer dio la orden que quería dar: Strip for Action. Prepárense para la acción. Era el 22 de junio de 1876.

Sin duda, Custer infravaloró a los indios. Por el sur, Sitting Bull había estado recibiendo refuerzos, hasta juntar por lo menos un par de miles de guerreros. Custer, por su cuenta, tenía 600 combatientes, todo lo más. Los indios, además, se habían preparado a conciencia y se habían hecho con las armas más modernas del momento, los rifles Winchester de repetición.

La situación de Custer era la siguiente: a su espalda, muy a su espalda, Terry avanzaba como una tortuga minusválida. Al norte, llegaban noticias de que Gibbon no cruzaría el Yellowstone hacia el sur hasta el día 26, como muy pronto. Y de Crook nada se sabía.

Cualquier otro militar, en esa situación, habría pensado: toca esperar.

Pero no Custer. Custer, de hecho, pensó: ésta es la mía.

Ninguno de sus generales estaba en condiciones de hacerle sombra. Toda la gloria sería para el Séptimo. El 24 de junio, Custer acampó a menos de 40 kilómetros del Little Big Horn. Debería estar yendo despacio, para dar tiempo a sus compañeros a llegar. Y, en realidad, estaba haciendo justo lo contrario.

Durante cinco horas de la madrugada del 25 de junio, el Séptimo cabalgó en la oscuridad todo lo rápido que pudo, para situarse en la mañana en punto de batalla. A las cuatro de la mañana envió exploradores, aunque desde el punto en el que Custer desayunó su bacon se veía claramente el humo de un poblado indio cercano. Los exploradores volvieron blancos como la cera (eran todos indios) diciendo que lo que habían visto era una cantidad acojonante de tipis indios; que lo que había en el río era la puta estación de metro de Sol en hora punta. A Custer la advertencia le entró por el oído derecho y le salió por el ano, sin romperle ni mancharle. Ya había tomado una decisión.

Ordenó a Marcus Reno que tomase las compañías M, G y A, con las que debía cruzar el arroyo y atacar de frente. Benteen, con las compañías H, D y K debería quedar en reserva. La compañía B custoriaría las reservas de municiones, que debería movilizar si era requerida para ello. Custer y sus hombres (las compañías C, E, F, I y L), por su parte, deberían atacar por su cuenta para descongestionar la presión sobre Reno.

Marcus Reno y sus hombres entraron en el valle tocando la corneta, gritando sus consignas de guerra y disparando a tuti cuanti. Pero se encontraron con un valle petado de indios. Con seguridad, esperaban la mitad de la mitad de la mitad de guerreros de los que realmente había. Así pues, Reno primero tuvo que ordenar desmontar, para poder defenderse mejor y, algunos minutos después, ordenó una retirada total. La presión de los indios era imposible de soportar. Se retiró hacia los árboles, buscando allí más parapeto del que podía esperar tener en el valle.

Custer, mientras tanto, diseñaba el ataque que estaba llamado a dar soporte a Reno. Porque él no estaba pensando en ir detrás de él (que es, al fin y a la postre, lo que su segundo habría necesitado), sino poner problemas a los indios atacando por otro flanco. Sus exploradores le habían hablado de una cárcava en el extremo norte del valle que permitía bajar al mismo desde el otro lado, así pues diseñó una especie de pinza en la que esperaba pillar a los despistados indios. El teniente coronel Custer no había leído a Tsun Tzu; nunca había pensado que no se debe jamás despreciar al enemigo. Una vez que encontró la cárcava, envió mensaje a Benteen para que le trajese más munición, y se aprestó a bajarla con sus hombres. La orden del teniente W. W. Cooke que llevó aquel correo fue la única orden de guerra de la acción de Little Big Horn.

Benteen. Come on. Big village. Be quick. Bring packs.

Un pueblo grande. Date prisa. Da la impresión de que, para entonces, Custer ya se iba dando cuenta de que eran un huevo de indios los que había abajo. Sin embargo, con Marcus Reno ya lanzado, no podía recular.

Pero entonces brillaron los generales cheyenes. Esos tipos a los que Custer, seguramente, no concedía inteligencia militar.

En el extremo norte del valle, por donde atacó Custer, estaban los cheyenes. Éstos, al cargar el mayor Reno, se habían echado a los caballos como un solo hombre y se habían unido a sus primos sioux contra los atacantes. Pero los cheyenes estaban al mando de dos auténticos estrategas: Dos Lunas y Toro Blanco. En realidad, no fue Toro Sentado, sino ellos quienes ganaron la batalla de Little Big Horn. Sin ellos, Custer habría tenido una oportunidad, porque habría atacado por sorpresa desde el norte. Sin embargo, Dos Lunas y Toro Blanco adivinaron su movimiento. Sabían que el hombre blanco tenía la costumbre de atacar siempre en dos puntos distintos y, por eso, cuando la tropa de Reno estuvo diezmada entre los árboles, cuando vieron que los sioux se bastaban para vencerlos, ordenaron volver grupas. Hicieron un movimiento antibélico. Huyeron de la batalla.

Los cheyenes huyeron de la batalla. Hacia sus tipis. Hacia sus mujeres y sus hijos, para protegerlos. Dos Lunas y Toro Blanco sabían que si Pelo Amarillo, como conocían a Custer, seguía siendo el mismo, atacaría más o menos por ahí. Y no se equivocaron. Bajando la cárcava, Custer vio una nueve de polvo. Desgraciadamente para él y para sus hombres, aceleró, pensando que era la carga del mayor Reno poniendo en fuga a los indios. Hasta ahí llegó su ceguera. Cuando llegó abajo, descubrió, ya demasiado tarde, que todo ese polvo lo levantaban los cheyenes, que iban a por ellos.

225 hombres contra 2.000 indios. Las municiones de Benteen nunca llegaron. Se quedó en el otro extremo del valle, ayudando a Reno, que apenas pudo salvar un puñado de hombres. Pero en la bolsa donde quedó Custer, los indios los mataron a todos. A todos. Hasta el último hombre.

A las cuatro de la tarde del domingo, 25 de junio de 1876, todo había terminado para el general Custer y el orgulloso Séptimo de Caballería.

Los generales Terry, Gibbon y Crook todavía avanzaban hacia el teatro de operaciones.