viernes, mayo 08, 2009

Jaun-goikua eta Lagi-zarra

Por lo que he podido leer por ahí, hay dos cosas que el nuevo lendakari vasco, Patxi López, no ha hecho como sus predecesores en el cargo a la hora de tomar posesión. Una de ellas es utilizar al aceptar el cálculo una fórmula retórica que dice algo así como que el candidato se presenta postrado a lo pies de Dios. Y la otra es jurar sobre un ejemplar de la primera Biblia traducida al euskera.

Ninguno de estos dos detalles es baladí y, de hecho, están cargados de un fuerte simbolismo que tiene que ver con la formación de la idea de lo vasco y de su nacionalismo.

Gran parte de lo que hoy conocemos como el País Vasco es una zona orográficamente jodidilla y dispersa, lo cual quiere decir difícil de dominar. Esto es lo que ha provocado que, históricamente, los vascos hayan sido menos invadidos y menos colonizados que la media, aunque eso, para desgracia de algunos de ellos, no quiere decir necesariamente que hayan estado aislados en el sentido literal de la palabra. Sin ir más lejos, el monje de San Millán de la Cogolla al que se atribuye haber escrito las primeras palabras en español era, a decir de algunos expertos, bilingüe de ese primer castellano y vascuence.

Lo que sí es cierto es que los vascos fueron muy tardíamente cristianizados; probablemente no antes del siglo X, lo cual quiere decir bastantes centurias después de la cristianización de la mayor parte de España. De hecho, en el siglo X incluso ya estaba resuelta la polémica entre arrianos y católicos. Esta cristianización tardía tiene como consecuencia que en la conciencia de los vascos tengan mucha importancia pensamientos, convicciones y creencias sólidamente implantadas en su inconsciente colectivo, por el mero hecho de que existieron durante más tiempo. Etnógrafos como Julio Caro Baroja han señalado la importancia que el pasado tiene para la conciencia de los vascos, hecho que se concreta en la existencia de multitud de leyendas mágicas como la de los gentillak o gentiles, hombres extraordinarios, con gran fuerza y en ocasiones conocimientos de magia, que habrían vivido en tiempos pretéritos; o el mito de los basajaunes, una especie de yetis euskaldunes llenos de pelo que conocerían el secreto de cómo y dónde plantar el trigo, hasta que éste les fue robado por un hombre que utilizó para ello las habituales armas de la astucia que son habituales en este tipo de cuentos.

En tiempos tan tempranos como la Edad Media, no faltan ejemplos en el País Vasco de movimientos que empiezan a albergar, de forma más o menos embrionaria, la idea de la diferencia entre lo vasco y lo que no lo es. Quizá el más interesante sea el de los herejes de Durango, un movimiento liderado por la extraña figura de fray Alonso de Mella y que se extendió muy rápidamente entre personas de clases humildes, mujeres incluidas. Los herejes de Durango eran milenaristas con dejes de creencia en la sociedad perfecta, casi de carácter anarquista. Practicaban la comunidad de bienes (y de mujeres), negaban la existencia ultraterrena y a cambio propugnaban la instauración del Paraíso en la Tierra, situación que vendría a suponer una organización parecida al comunismo libertario y la abolición del trabajo. Idea esta última que tendrá su importancia cuando lleguemos a Sabino Arana.

A mí me parece importante hablar de los herejes de Durango al hablar del nacionalismo vasco no tanto porque lo fueran, que no creo, sino porque, como he dicho, en sus actuaciones sí hay semillas de lo que luego brotará; sin ir más lejos, manejaron la idea de tomar el control de la merindad duranguesa y establecer ahí un estado independiente. Además, hay que tener en cuenta que su influencia no es pequeña ni corta en el tiempo. Todavía en 1877 apareció en Mallavia un profeta llamado Manzanero, aunque él se decía reencarnación de José el Carpintero, que predicó a su comunidad el abandono de los bienes terrenales ante la inminencia del juicio final.

Es en el siglo XVI cuando el mito de lo vasco toma cuerpo como tal. Al calor de autores como Lope García de Salazar, Juan Martínez de Zaldibia o Esteban de Garibay, se construye un mito-teoría basado en tres grandes elementos.

El primero de estos elementos es la descendencia mítica de los vascos, a los que se suele convertir en hijos de Túbal, asimismo hijo de Jafet; los que seais duchos en el Antiguo Testamento ya habréis descubierto que esto hace a los vascos nietos de Noé, el virtuoso.

Conocéis la historia, supongo. Dios decide castigar a los hombres que se dedican a dar por culo y no hacerle caso y tal, y envía el diluvio. Pero cuando se da cuenta de que en la Tierra existe un hombre virtuoso, decide avisarlo para que se salve él, su familia y una pareja de animales, todos los cuales cupieron en una barca que incluso ha habido arqueólogos en este mundo que se han dedicado a buscar; lo cual demuestra que, como dijo el torero, hay gente p'a tó. Pero una historia que tal vez no conozcáis es que, pasada la lluvia, Noé plantó una vid y, cuando brotó, como no sabía nada del vino y eso, probó los frutos y se pilló un pedo que reiros de la ruta del bakalao. Así que se desnudó y así, desnudo, se durmió. Uno de sus tres hijos, Cam, lo vio y, en lugar de cubrirlo pudorosamente, llamó a sus otros dos hermanos, Sem y Jafet; los cuales taparon a papá evitando mirarle los pilindinguis, como corresponde a dos hijos pudorosos como se supone que deben ser los de Noé.

Cuando el patriarca despertó y se enteró de toda la movida, en célebre pasaje del Génesis, maldijo a Cam y sus descendientes y los condenó a ser esclavos de los otros dos linajes, el de Sem y el de Jafet.

Así pues, la tentativa de los primeros historiadores vascos con el asunto de Túbal no es ninguna gilipollez. Por medio de ese mito, el pueblo vasco es ligado a un linaje llamado por la Historia a dominar sobre los otros, o sea los cabrones que se dedican a airear las vergüenzas de sus papis cuando están borrachos. La verdad, debo confesar que si yo algún día me hubiese encontrado a mi padre (qepd) en bolas y en estado etílico-comatoso, también habría llamado a mis hermanos para echar unas risas.

La segunda gran idea primigenia del nacionalismo vasco es la nobleza de todos los vascos. Es el euskaldún un concepto de nobleza distinto del castellano. Obviamente, todos los vascos no pueden ser señores pecheros, pues en ese caso ejercerían su poder sobre sí mismos. La nobleza esencial del vasco se liga a su vinculación con la tierra en que pace, cuanto más larga mejor; y es de ahí, es decir de la demostración de dicha nobleza basada en la permanencia en la tierra, de donde nace la pulsión, aún existente hoy, de tener y exhibir cuantos más apellidos eúscaros, mejor (más apellidos = más permanencia = más nobleza).

El tercer elemento del nacionalismo vasco es el llamado a permanecer durante más tiempo y a ser el trampolín del nacionalismo moderno durante el siglo XIX: el fuerismo. Los fueros son elementos jurídicos especiales que son concedidos a determinadas personas o colectividades, a través de los cuales las mismas acceden a privilegios variados. Pero, a mi modo de ver, para aprehender el nacionalismo vasco es importante entender que, para el vasquismo, los fueros no nacen de un hecho histórico por el cual un tal rey no-sé-cuantitos concede dichos privilegios. En la formulación renacentista de lo vasco, los fueros nacen del derecho natural; de un orden de cosas primigenio, previo a la corrupción de los hombres; Zaldibia, por ejemplo, atribuye su fundación a Túbal mismo (aunque no explica a quién podían afectar los fueros de Túbal si él fue el primer vasco). A mi modo de ver, este concepto tan proto o pseudodivino es el que permite que, cuando la Iglesia pasa a tener una gran importancia en la sociedad vasca, sea tan sencillo vincular el hecho nacionalista con el hecho de la creencia y ligar una cosa, la defensa de la religión, con otra, como son los fueros. Dios y Fueros era, de hecho, el grito de guerra de los tradicionalistas decimonónicos. Incluso en el himno de los carlistas, dato importante, el Rey, que se podría suponer que es la prioridad de una ideología que lleva su nombre, va citado en tercer lugar después de Dios y de la Patria.

Que el fuerismo es el centro del nacionalismo vasco lo demuestra el hecho de que el nacimiento de dicho nacionalismo en su concepción moderna es provocado precisamente por la pérdida de los fueros. El siglo XIX español es, básicamente, un monumental choque de trenes entre tradicionalismo y liberalismo. El liberalismo, ideología finalmente dominante, propugna la creación de estados modernos, lo cual entonces quiere decir centralizados jurídicamente (hoy en día mucha gente cree o quiere creer que el autonomismo o federalismo son sinónimos de modernidad; pero sus tatarabuelos pensaban exactamente lo contrario). La centralización jurídica no tiene sitio para fueros particularistas, así pues el siglo XIX es el de la agresión de España contra Euskadi mediante la abolición de los mismos. Y de la conciencia de dicha agresión es de donde nace el nacionalismo vasco moderno.

El maridaje entre fueros y creencia católica acaba por ser tan estrecho que, de hecho, que yo sepa la primera voz que se eleva en favor de la independencia de los vascos es la de un cura, el jesuita padre Manuel de Larramendi (1690-1766), con una argumentación que se ha hecho muy famosa: «¿qué razón hay para que esta nación privilegiada no sea nación aparte, nación por sí, nación entera e independiente de los demás?»

La fusión entre fuerismo y catolicismo es notablemente exitosa. Los fueros pasan a emanar de Dios y su ausencia se identifica con el estado de pecado, de pérdida de esa situación primigenia y virtuosa de los vascos intocados por otros, que hace decir a Garibay aquello de «la nobleza vasca es igualadora, la de los otros es diferenciadora». Durante casi todo el siglo XIX, esta creencia fuerista, que como vemos es mucho, muchísimo más que la mera defensa de un determinado régimen fiscal de concierto económico o la asunción de tal o cual competencia, es sabiamente utilizada para enervar la lucha tanto por las oligarquías vascas como la propia Iglesia y, sobre todo, el carlismo (es decir, uno de los dos bandos de la guerra civil que por tres veces se produjo).

Otro efecto decimonónico es la divinización de la lengua. Una vez más, hay que entender que no estamos sólo ante la reivindicación de que los vascos hablen euskera. Estamos ante la reivindicación de un origen divino. A principios del siglo XIX, cuando Joaquín Traggia, Juan Antonio Llorente y otros intelectuales al servicio de Godoy realizaron un diccionario geográfico histórico de España, obra en la que Traggia afirmaba el escaso valor del euskera por considerarlo algo así como el contenedor de los detritus de otras lenguas, el filólogo vasco Pablo Pedro Astarloa defendería el vascuence con el argumento de que era la primera lengua existente y la más perfecta; lo cual, de alguna manera, llevaba a la conclusión de que debía de haber sido animada por el mismo Dios. De hecho, es mito recurrente que en el Paraíso se hablaba pues. Lo mismo a Adán lo echaron por repetir constantemente eso de Mecagüen Dios y Ahí va la hostia...
Por último, otra característica propia de la formulación nacionalista vasca es la, digamos, recreación creativa de los hechos históricos. De una pluma tan poco sospechosa de españolista como la de Carmelo de Echegaray, quien dedicó la vida al estudio de las instituciones forales de Guipúzcoa, salieron estas palabras: «desaparecidas ya las generaciones que asistieron al funcionamiento de aquel régimen [Echegaray escribe tras la pérdida de los fueros] el recuerdo de los hechos acaecidos en épocas ya pasadas se va esfumando poco a poco. Y muy a menudo la pasión política, y la preferencia inconsciente que otorgamos a aquellas soluciones que mejor se ajustan a nuestro modo de juzgar las cosas que se desarrollan a nuestra vista, contribuyen a que, sin que apenas nos demos cuenta de ello, interpretemos de tal manera la realidad pretérita que, en vez de reflejar fielmente el cuadro de lo que fue, nos entregamos en fantasear el cuadro de lo que a nuestro entender debiera haber sido». No es el único que piensa así. Caro Baroja nos advierte de que «desde Lope García de Salazar hasta Balparda casi no ha habido un historiador vasco-español que no escribiera ad probandum».

Este relativismo ha hecho que siempre haya estado sometido a discusión, y a una discusión bastante radical, el punto histórico crucial del nacionalismo vasco, que no es otro que la pregunta de si los territorios históricos vascos, en tanto que tales, rigieron alguna vez sus destinos de forma independiente. Situación que, según el punto de vista nacionalista, cambia cuando deciden voluntariamente adherirse a la corona española, en una acción por lo tanto volitiva que, por ser así, es también reversible. Punto de vista que se contrapone con el de autores como Llorente o más modernamente Alfonso García Gallo, según los cuales los territorios vascos siempre han estado integrados en las coronas de Navarra y Castilla, según las épocas.

La interpretación creativa de la Historia y la idea básica de la nobleza de todos los vascos lleva a sostener la idea de un pasado vasco plenamente democrático, mucho más que el del resto de los humanos. Manuel de Irujo, en su monografía sobre las instituciones políticas vascas, nos dice que «Laburdi, Guipúzcoa y Vizcaya ofrecen un ejemplar de régimen democrático, igualdad ante la ley y soberanía popular que creo no ha sido superado por pueblo alguno». Otro ejemplo es Fidel de Sagarmínaga, el cual afirma que «no hay ningún país que haya albergado en su seno la libertad política, afirmaciones más solemnes que lo que sobre concordancia de los derechos y obligaciones de los ciudadanos establece nuestro Fuero General», al que asevera precursor de instituciones jurídicas de la libertad civil como el habeas corpus. Las formulaciones más modernas, y estoy pensando ahora mismo en Alfonso de Otazu, tienden a poner las cosas en otro sitio y a recordar que los fueros constituyeron en realidad en un instrumento de dominación del poder por parte de las oligarquías (como en casi cualquier otro sitio, por cierto).

Otro conspicuo vasquista, Manuel Munoa, da un paso más y establece un paralelismo entre Euskadi y Suiza: «Dos pueblos hay que han entendido el verdadero sentido de la democracia y son: el pueblo suizo, que después de largos años de cautiverio vio surgir la figura inmortal de Guillermo Tell, su libertador; y el pueblo vascongado, que, al despertar y acostarse el sol, ve aparecer en la lejanía la sombra de su árbol de Guernica, ve sus ciclópeas y verdes montañas, en cuyos bosques, como en las olas gigantescas que se estrellan entre blanca espuma, se escuchan murmullos y resonancias de sus santas libertades». La verdad es que Guillermo Tell es más un mito que un personaje histórico, y que los habitantes de varios países del mundo, tales como Chile, o Tibet, probablemente se descojonarían si se les dijese que las montañas vascas son «ciclópeas». Pero esos matices son eso, matices.

Como ejemplo de buena parte de estos elementos bien vale la poesía ¡Ama euskeriari azken agurrak! (Último adiós a la madre eúscara), compuesta por Felipe Arrese Beitia, que ganó con ella los primeros juegos florales poéticos euskaldunes celebrados dentro del ámbito del País Vasco, en 1879.


Zori gaiztoan negargarrita
dot sentimento andia,
geire lur maite dakustalako
gaztelatuta jarria;
bestela erdu erdu ikustera
Tubal euskeralaria
baña, ez dozu ezagutuko
orain zurre gatoria.

¿Nun dira bada zure semiak
foru tan euskera zaliak?
¿Nun dira bada Tubal gure aita,
zure ondorengo garbiak?
¿Nun dira bada, zure ume zintzo
eta leyalen leigak?
¿Nun dira orain orain negarrak,
nun dira nire begiak?

(En desventura tan lamentable me aqueja la pena profunda, porque contemplo a nuestra amada tierra castellanizada; y si no, ven a verlo, Túbal; pero no, porque no reconocerías a tu estirpe. ¿Dónde están tus hijos, los fueros y los amantes del euskera? ¿Dónde están, padre nuestro Túbal, tus preclaros descendientes? ¿Dónde las leyes de tus hijos fieles? ¿Dónde mis ojos para llorar ahora?)

Todas estas corrientes anteriores confluyen, como en un embudo, en Sabino Arana. Personaje de sólida y disciplinada educación católica, Arana recoge todos estos materiales y los hace políticos. Porque si el mito de lo vasco se nutre de la nostalgia de un momento paradisíaco pretérito, es decir el momento en que la nobleza esencial de los vascos, los fueros, su lengua, se desarrollaba sin mácula, Arana dará la vuelta a todos estos argumentos añadiendo uno que es el que convierte todo este caldo teórico en algo mucho más práctico; y ese algo es la ambición del regreso de dicho Paraíso como objetivo tratable y conseguible: «Bizcaya se reconstruirá libremente. Restablecerá en toda su integridad lo esencial de sus Leyes Tradicionales, llamadas Fueros. Restaurará los buenos usos y las buenas costumbres de nuestros mayores».

Arana no es un antopólogo. En su época hay ya científicos, como Telesforo Aranzadi, que abordaban el estudio de los pretendidos hechos diferenciales de los vascos, pero Arana apenas prestó atención a estos enfoques. Él llega al nacionalismo a través de su formulación teórica, mítica, y de un fuerte sentimiento de rechazo hacia el no vasco, el maketo. Prueba es que su aproximación es desde estos fundamentos teóricos, semidivinos, es su célebre modus tollens por el cual demuestra la existencia de lo vasco: «si los vascos son españoles, no tienen derecho a los fueros; tienen tal derecho, luego no son españoles». Una vez más, aparece la idea del fuerismo como un derecho inalienable, simplemente complementario a la propia existencia.

El Aberri Eguna se celebra el domingo de Resurrección por el hecho de que este argumento le fue «revelado» a Arana en dicho día. Así pues, la mayor parte de los pueblos escogen para su día patriótico la celebración de una victoria o derrota bélica, o un descubrimiento, como España; pero el día de la patria vasca lo que conmemora es una especie de revelación divina.

Arana, eso sí, prescinde del rey. Su conversión es ya tardía, 1882, como para poder creer que el vasquismo está vinculado a una corona. Su lema, por lo tanto, es el viejo lema del tradicionalismo, pero descarnado del elemento dinástico: Jaun-goikua eta Lagi-zarra. Dios y las Leyes Viejas. Arana propugna una total subordinación de lo político a lo religioso, con lo que su nacionalismo tiene tintes teocráticos.

¿Por qué perdieron los vascos esa virginal situación perfecta original? Por la contaminación maketa. Consecuentemente, el renacimiento aranista presupone la eliminación de dicha contaminación o, lo que es lo mismo, Arana, casi como el presidente Monroe, parece gritar: Euskadi para los vascos. En algunos momentos se muestra contrario al matrimonio de vascos con maketos; fomenta la competencia de apellidos; limpia el euskera de todo lo que considera influencia maketa; y, por supuesto, crea una simbología diferenciada, bandera, escudo, himno, etc.

Todo esto, de alguna manera, se destila en el gesto de jurar el cargo de lehendakari sobre la primera edición de Biblia en euskera.


Pero el señor López ha jurado sobre una simple edición del Estatuto.

jueves, mayo 07, 2009

No le digas a mi madre que soy blogger

Me he parado esta mañana en uno de los muchos nervios de la red de redes y he leído el resumen de una conferencia de Juan Luis Cebrián, consejero delegado del Grupo Prisa. Dice Cebrián un montón de cosas sobre el cambio de modelo de negocio que supone para la prensa la existencia de internet y los cambios en los usos de los consumidores que ha supuesto esta oferta acromegálica de contenidos. Hace bien en fijarse en esto. Alvin Toffler se hizo famoso hace un porrón de años con un libro que se llamaba La tercera ola, y que en su momento fue la pera limonera de Lérida; libro en el que, entre otras cosas, invita al lector a reflexionar sobre el hecho de que un niño apenas crecido de finales del siglo XX había recibido ya más información que la que había tenido que procesar un ciudadano medio del siglo XIX en toda su vida. Luego llegó internet y dejó a Toffler allá, allá lejos.

Pero la cosa viene de una frase que ha dicho Cebrián. Ha dicho que le parece muy preocupante el fenómeno de ganancia de lectores por parte de los blogs, donde sus autores escriben «la primera cosa que se les pasa por la cabeza sin contrastarla».

A mí me parece que esta manera de decir las cosas es, aparte de una agresión gratuita con la que el agresor no gana nada, una forma de ombliguismo, por llamarla de alguna manera.

No hay ninguna razón, así, en frío, para que un blog tenga más credibilidad que un periódico. Ambos son lo mismo: un tipo o tipa escribiendo lo que hay. Los blogs, por lo demás, no pueden hacer nada para ganar prestigio como no sea exponer su trabajo; todo su márquetin, salvo escasas excepciones, es viral. Así las cosas, ¿no será que el prestigio es un a modo de vaso comunicante? O sea, que si los blogs tienen prestigio, a pesar de escribir lo primero que se les pasa por la cabeza, quizá sea porque la prensa se lo ha cedido.

De toda la vida de Dios, las personas han necesitado algo en lo que creer y alguien a quien creer. Algo sobre lo que decir: lo he visto ahí, lo he leído ahí, me lo ha contado el Hombre-Memoria, cosas así. Cebrián, y todos los cebrianes de este mundo, deberían quejarse menos y reflexionar más sobre cuándo, cómo y, sobre todo, por qué saltó tanta gente del «lo dice el periódico» o «lo he oído en la radio» al «lo leí en un blog». En mi opinión, si reflexionasen sobre ello acabarían por descubrir, más temprano que tarde, que ellos tienen algo que ver en dicha conversión.

Los medios de comunicación siempre han tenido la oportunidad, supongo yo, de contratar colaboradores como Wonka u Omalaled, por citar dos de mis bloggers preferidos. Las personas que escriben hoy en buenos blogs siempre han estado ahí, no nacieron con la revolución tecnológica. De hecho, en el mundo siempre ha habido gente que sentía como suyo el reto del conocimiento, en muy diversas materias, desde la jardinería hasta la alta política, desde el aeromodelismo a la Historia del Vaticano. Lo que a mi modo de ver demuestra el fenómeno de los blogs es que, además, muchas de esas personas saben escribir que lo flipas de bien. Así las cosas, el problema será, en todo caso, de los medios y su apuesta por una información muy average, ni chicha ni limoná, simple simple, quizá nacida de cierto concepto del consumidor de información como alguien medio anormal incapaz de entender conceptos abstractos o complejos.

Vale que en el mundo de los blogs hay mucha mierda. Es que teniendo en cuenta que hay millones, si fuesen todos buenos no seríamos la raza humana sino la elfa. Si en España se editasen cinco millones de periódicos, seguro que el 99,9% de los mismos serían una caka de la vaka. Pero harían bien los responsables de la prensa, en mi opinión, despreciando menos a los blogs y fijándose más en ellos.

Los blogs son libres. No se trata exactamente de que los bloggers escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; muchos de nosotros necesitamos cientos de páginas de lectura para que se nos pasen por la cabeza algunas de las cosas que escribimos. Como digo, no es que escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; es que escribimos los que nos sale del pijo. Quizá esté equivocado, pero creo que eso es algo que el lector de blogs agradece. Cuando entra en su blog preferido y ve que hay un nuevo post, las más de las veces, si no todas, no tiene ni puñetera idea de lo que se va a encontrar; y eso es algo que le agrada. La libertad genera variedad y novedad. La escritura al servicio de algo, sea ese algo el liberalismo, el progresismo orteguiano o la identidad majorera, genera ofertas de contenidos altamente predecibles. Uno coge un periódico y, sin abrirlo, ya se imagina lo que va a contar y cómo. Porque los medios de comunicación generan una realidad, la realidad sobre la que informan, que no siempre coincide con la realidad de la vida de las personas. Los blogs, puesto que son libres, se apegan más a estas necesidades de conocimiento, llamémoslas reales. Pero eso es así porque la prensa les ha dejado el espacio libre.

Los blogs son participativos. Pocas secciones han sido más maltratadas en los periódicos que la de cartas al director (eso suponiendo que exista). Si son ciertas las estadísticas de Google Analytics, apenas un 3% o 4% de los lectores que paran en este blog comentan algo; pero el otro 96% sabe que puede hacerlo, y ahí está el secreto. Los medios de comunicación «tradicionales» son un viaje de ida: el Conocimiento le habla a la Ignorancia. Y, ¿a quién diablos le puede importar la opinión que tenga la Ignorancia sobre nada? Lejos de este concepto, muchos blogs crean comunidad y se perfeccionan a través de las aportaciones de los paseantes que los visitan.

Luego está eso de que en los blogs se publica sin contrastar. Acabáramos. Y en la prensa no, por lo visto.

Otra característica de los blogs de la que adolece la prensa, pero porque ha querido, es que se especializan. Por decirlo de alguna forma, la prensa es una especie de Gran Compromiso de Conocimiento, mientras que el blog es un microcompromiso. El blogger todo lo que quiere es compartir una porción de su conocimiento en la que cree que puede aportar algo. Los blogs abarcan muy poco, lo cual los hace, cuando son buenos, extremadamente eficientes. Cuando quiero aprender cosas sobre cómo es Asia, cómo evoluciona, leo a Tiburcio. Sinceramente, es difícil que un periódico, menos aún un informativo audiovisual, puedan competir con él. No se trata de que Tiburcio escriba lo primero que se le pasa por la cabeza. Se trata de que Tiburcio sólo tiene un compromiso con aquello de lo que sabe y, consecuentemente, firma un pacto tácito de su lector por el cual éste acepta que, si quiere conocer cosas que el blog no le cuenta, lo que hará será buscarse otro blog, no darle la barrila a Tiburcio para que se la cuente. Los medios de comunicación se han dejado llevar por la ambición de aportar un conocimiento global; pero quien mucho abarca poco aprieta y, consecuentemente, que sabe muchas cosas de casi todo no puede decir que tenga muchos conocimientos de casi nada.

Así las cosas, me cuesta entender esta inquina contra el mundo de los blogs, como no sea por esa pulsión tan humana de buscarle a nuestros problemas un responsable distinto de nosotros mismos. Probablemente, la prensa es en estos momentos el sector económico en España que está viviendo una crisis más grave y más profunda; más incluso que la construcción. Pero estas cosas no ocurren nunca sólo por acción de agentes externos.

Echarle la culpa de todo a internet y quienes en la red pululan es una generalización. Y se supone que la prensa nunca hace generalizaciones.

lunes, mayo 04, 2009

Las once rosas

El próximo día 5 de agosto, cuando den las ocho de la mañana, muchos de nosotros estaremos recién despiertos. Quizá más dormidos que alerta. Y, sin embargo, si tuviésemos los sentidos en su sitio, y especialmente ese sentido que no es posible describir y que se llama sentido histórico, quizá escuchásemos algo inusitado. Un paqueo en el amanecer.


El 5 de agosto próximo, a las ocho de la mañana, el reloj marcará 70 años. Siete décadas desde el momento triste, absurdo, en el que murieron las once rosas.








Sí, once. Eran once: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Avelina García, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero y Victoria Muñoz. La propaganda de la resistencia de izquierdas unió a estas once fusiladas el día 5 el de otras dos mujeres fusiladas algunos días después: Palmira Soto y una chica llamada Ana. Este empaquetamiento creó el mito de las trece rosas, que es el mito negativo, triste, de quien muere sin tener razón para ello. A mi modo de ver, las trece rosas deben ser un símbolo. Símbolo de la vertiente absurda, fría e insensible de la represión y de la guerra. Lamentablemente, no podemos decir que las trece rosas fueran ni las únicas mujeres, ni las únicas jóvenes, que murieron con la espalda contra un paredón o temblando bajo la noche durante aquellos años y aquellos tiempos. Recordar a los mal muertos es lo único que podemos hacer por ellos. Y es por eso que no nos podemos permitir olvidarlas.


En realidad, en los fusilamientos del 5 de agosto de 1939 murieron muchas personas más. Minutos antes de morir las chicas, un grupo de hombres fue fusilado, hasta completar un número aproximado de 60 víctimas.


¿Por qué terminaron las trece rosas frente al pelotón de fusilamiento? Eran, sí, militantes de las JSU, Juventudes Socialistas Unificadas, de tendencia comunista. Pero ni siquiera en la España de Franco la mera militancia era razón para recibir una bala en el pecho o en la cabeza; de hecho, una de las rosas había sido antes condenada a 20 años por su militancia. ¿Por qué el franquismo cometió la enorme torpeza de llevar adelante aquellas ejecuciones que, en manos de los panegiristas de la oposición de izquierdas, acabarían siendo un mito? Ensayando una explicación, hay que acudir a un hecho que es muy importante, a mi modo de ver, a la hora de juzgar al franquismo con los ojos de hoy. Es inexacto suponer a la dictadura tan pacata y tan subnormal como para no darse cuenta de las consecuencias de sus acciones. A mí me cuesta pensar que Franco y sus adláteres no fuesen conscientes de lo que suponía descerrajar los cargadores de un par de decenas de fusiles en los cuerpos de once mujeres, algunas de ellas por debajo de la mayoría de edad legal de entonces (21 años). El franquismo sabía que lo que estaba haciendo se le echaría en cara. Pero, simple y llanamente, pensó que era mucho más lo que ganaba.


El 27 de julio de 1939, el comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón circulaba en su coche por la carretera de Extremadura, en dirección a Madrid, a la altura de Talavera. Gabaldón era eso que llamaríamos un pleno colaborabor del régimen franquista y de su represión. Había sido miembro de la Quinta Columna, es decir el supuesto ejército de franquistas que trabajaba por la victoria del bando nacional saboteando en lo posible la zona republicana, y en ese momento llevaba el archivo de la masonería y el comunismo; lo cual equivale a decir que señalaba con el dedo a muchos que eran sacados en la noche de sus celdas para dar un último paseo hasta las tapias del cementerio, porque ese archivo era el fruto de la paciente labor de recogida de pruebas y acusaciones que los franquistas habían ido realizando conforme avanzaban y tomaban terreno y, ahora que la guerra había terminado, había sonado la hora de enervar las cumplidas venganzas. No tenemos ningún indicio de que al comandante le temblase la mano o sufriese con esa labor.


A la altura de Talavera, como decíamos, el coche de Gabaldón fue tiroteado y el comandante fue enviado a charlar con el general Mola, el general Sanjurjo, Alejandro Magno y otros colegas. Hay un detalle que al contar esta historia no se suele referir y que creo que es justo recordar. En el atentado murió también el chófer del comandante, así como la hija del militar, de 17 años, que le acompañaba, y de quien, obviamente, nos cabe sospechar escasa actividad represora. En esta tristísima historia de las trece rosas, nadie se acuerda de este clavel, que también era mujer, también era menor de edad, también se limitaba a pasar por allí, a estar wrong place, wrong moment, y a quien el comando que realizó la acción no tuvo reparo en llevarse por delante.


Que yo sepa, nadie sabe a ciencia cierta quién mató a Gabaldón, aunque la teoría más plausible se refiere a un grupo denominado Los Audaces. En realidad, lo único que podemos tener por razonablemente seguro es que las trece rosas no fueron. Se dice que si una partida de maquis perdidos de la vida. O quizá alguien más organizado. Pero lo realmente importante es la lectura que el franquismo hizo de ello. Quince semanas después de terminada la guerra, en territorio español, un hombre del régimen era asesinado, y no un hombre cualquiera. Para Franco, en ese momento, lo más importante es recuperar la iniciativa; y lanzar a quienquiera que fuese que estaba organizando aquella oposición armada, el mensaje neto de que no le iba a temblar la mano a la hora de reprimir cualquier conato de resistencia.


Mi teoría, pues, es que las trece rosas NO fueron detenidas, encausadas, acusadas de participar en el asesinato de Gabaldón, condenadas a muerte y ejecutadas en medio de una orgía represora en la que el franquismo parecía no saber a quién se cargaba. Todo lo contrario. Las mataron porque sabían que eran ellas; sabían que las probabilidades de que estuviesen realmente implicadas en el atentado son más o menos las mismas de que yo le pare un regate a Messi. Lo importante es que eran miembros de las JSU y eran, además, probablemente inocentes. Lo que quiso el régimen fue lanzar el mensaje de que nadie que tocase la mierda, siquiera con la punta del dedo meñique, podía considerarse a salvo. Y, por algunos síntomas que luego comentaré, cuando menos en parte, lo consiguió.


En todo caso, como he dicho, resulta difícil de creer que Gabaldón muriese como resultado de una acción aislada e improvisada por parte de alguna partida guerrillera que se lo encontrase en la carretera. Es mucha casualidad que una partida perdida de partisanos vaya a dar, precisamente, con el coche del tipo que está preparando la lista para dar por culo a media España. Me cuesta creer que la acción no estuviese organizada hasta el punto de que quienes mataron a Gabaldón supieran quién era el que iba en el coche.


En el análisis que probablemente hicieron los policías franquistas de la oposición interna, llegaron rápidamente a las JSU. Las organizaciones de adultos estaban seriamente menguadas por las muertes en la guerra, el exilio y la represión. En cambio, en las organizaciones de juventudes había militantes que no podían haberse significado en la guerra, así pues se les podía sospechar cierta mayor capacidad operativa. Además, el régimen de Franco tenía dos ventajas importantes. La primera es que buena parte de los archivos de la JSU estaban en sus manos; se los habían encontrado en Madrid en razonable estado porque las JSU no habían podido destruirlos, ya que el coronel Casado, tras triunfar en su golpe de Estado, encarceló a los elementos procomunistas y cercenó su operatividad. La segunda ventaja es que el franquismo contaba con infiltrados dentro de la organización. Así las cosas, en las primeras semanas tras el final de la guerra comenzaron las detenciones masivas de militantes.


Dentro de estas detenciones fueron cayendo las trece rosas. Existen algunos testimonios de que, tras unos comienzos en los que eran importunadas mediante interrogatorios constantes, los policías, probablemente al comprobar que no lograban sacar confesiones de implicación en el atentado, echaron mano de la tortura o la humillación, como en el caso de Virtudes González, a quien raparon la cabeza a la manera de las colaboracionistas con los nazis en los países ocupados. De las comisarías fueron trasladadas a la cárcel de Ventas, hoy sustituida por una manzana residencial de cierto nivel, donde fueron hacinadas porque el centro penitenciario acogía en ese momento a varias veces más reclusas de las que se suponía eran su capacidad máxima. Había tres grandes divisiones: reclusas, por así decirlo, normales; las que estaban en la cárcel con sus hijos; y, por último, las menores de edad (de 21 años, se entiende).


El 3 de agosto, en Las Salesas, las mujeres fueron a juicio. Aunque es muy difícil reproducir el sentir de personas que no pueden describirlo y en su momento apenas tuvieron tiempo para hacerlo, a mí me parece que lo más cercano a la verdad sería decir que las rosas fueron a aquel juicio razonablemente seguras de que serían condenadas a diversas penas, pero no a muerte. Para ellas, era tan inconcebible relacionarlas con el atentado del comandante Gabaldón como pueda serlo para nosotros. Sin embargo, en el juicio sumarísimo 12.743, de forma sorpresiva, se pronunciaron unas 60 sentencias de muerte, entre las cuales estaban las de las once rosas. La sentencia fue un shock. Especialmente en los casos de Victoria, Martina, Avelina y quizá Virtudes, porque eran menores de edad. Nadie esperaba que las menores fuesen condenadas a muerte; el mismo día de su ejecución, algunas de las fusiladas creían haber sido condenadas por haber trabajado para el Socorro Rojo Internacional, pero la mayoría ni siquiera eran capaces de esbozar una explicación. Al parecer, desde aquel día el ambiente en la zona de menores de la cárcel cambió radicalmente, pues quienes hasta ese momento se creían lejos de la pena capital, repentinamente despertaron a la amarga realidad de que la represión también podía ir con ellas. Como he dicho antes, es mi idea que éste fue un acojone clara, neta y voluntariamente buscado por el franquismo; quería generar ese miedo, y lo generó. Que para generarlo tuviese que fusilar a once mujeres no le importó, ni poco ni mucho, pues, como he escrito antes, muy probablemente pensaba que era mucho más lo que ganaba.


No fue hasta la sentencia que las mujeres se dieron cuenta de la seriedad de su situación; aunque, más que de seria, cabría calificarla de desesperada. Por supuesto, solicitaron ser indultadas, en la mayoría de los casos aduciendo que su relación con el Partido Comunista se debía a la necesidad que tenían de obtener ingresos mediante trabajos como el de costurera, que era el trabajo más frecuente entre las mujeres de clase baja en aquellos años (la mayoría de las fusiladas cosían).


La noche del 4 de agosto, el reloj pasó de la fatídica línea de las doce de la noche sin que viniera nadie a hacer una saca de presos. Son muchos los testimomios de presos del franquismo que describen con puntillosidad la angustia de esos minutos entre la cena y la medianoche, porque el franquismo ejerció la nada sutil tortura de condenar a muerte a sus represaliados y luego dejarles en la cárcel sin saber a ciencia cierta si iban a ser ejecutados y, sobre todo, cuándo. Así pues, cada vez que alguien llegaba a la cárcel con una lista, cualquier condenado sabía que esa noche podía tocarle a él. Sinceramente, se me escapa cómo se puede enfrentar el día siguiente a cualquier saca pensando que la próxima puede ser la tuya.


Eran las doce y cuarto. Las chicas, cuando comprobaron la hora, aliviadas, concluyeron que esa noche no habría fusilamientos, y se fueron a dormir. Pero a las doce y cuarto vinieron a buscarlas. Cuando menos, Victoria Muñoz y Martina Barroso tuvieron que ser despertadas. Hoy ya no dormirás más hasta que te llegue la muerte. Victoria lloraba. Su hermano Juan ya estaba muerto, aunque no fusilado porque con las torturas de los interrogatorios le llegó. Su hermano Gregorio estaba en el mismo sumarísimo. Moriría algunos minutos antes que ella. Victoria se agarró al cuello de una reclusa y no se quería soltar. Tenía 18 años, y la iban a matar a tiros.


Entre las trece rosas hubo detalles de genio y figura, por qué no decirlo, muy femeninos. Ana López se puso medias de costura y no se quedó tranquila hasta que comprobó, preguntando a los demás, que llevaba las costuras derechas y en su sitio. Julia Conesa pidió prestado un vestido que le gustaba para vestir su última noche. Virtudes y Blanca Brissac también se pusieron sus mejores galas para la ocasión.


Algunas de las reclusas, como Virtudes o Blanca, esperaban encontrarse con sus parejas antes de la muerte. Pero no fue posible, porque sus novios y esposos, también condenados, fueron fusilados antes y, cuando ellas llegaron al cementerio, ya estaban muertos. Según un testimonio, al menos Blanca Brissac sobrevivió a la descarga, y pidió ayuda. Inútilmente, claro. La ayuda que recibió fue el tiro de gracia.


La prensa franquista jamás informó de los fusilamientos, menos aún de que hubiese mujeres entre ellos.


Blanca Brissac tocaba el piano y se casó con un violinista que, como ella, tocaba en las funciones de cine. Al terminar la guerra, el marido fue detenido porque su nombre apareció en la agenda de otro recluso. El día que la mataron era su santo. Pidió morir con su marido, sin conseguirlo. Alguna vez, en las publicaciones sobre el asunto de las trece rosas, que son por cierto no demasiado numerosas, se ha publicado la carta que le escribió a su hijo la noche que esperaba la muerte. Es un portento de tristeza y de ternura.


Virtudes González era novia del jefe de la JSU del Oeste de Madrid, que también murió fusilado en el mismo amanecer. Fue una de las personas que fueron detenidas a su regreso de una gira de propaganda procomunista por los pueblos de alrededor de Madrid, durante la cual les sorprendió el final de la guerra.


Avelina García era hija de un guardia civil y había sido educada en un colegio de monjas. Quizá fue por no perjudicar a su padre que acabó implicada en el asunto de las once rosas, porque al final de la guerra estaba en Ávila, pero regresó a Madrid cuando fue llamada a declarar. Alrededor de Avelina se creó el falso mito de su propio padre fue obligado a fusilarla. Es más que probablemente falso, aunque lo que sí parece que ocurrió es que en el pelotón estuvieron compañeros suyos.


Joaquina López fue detenida en compañía de sus dos hermanas. Fue juzgada con ellas por pertenecer a las JSU y condenada a 20 años. Luego ocurrió lo de Gabaldón, fue juzgada de nuevo y condenada a muerte.


Dionisia Manzanero era novia de un miembro relativamente destacado del Partido Comunista con el que, al parecer, pensó en huir de España; aunque él quedó, como otros muchos, taponado en Alicante. Pasó la última noche de su vida bordando unas mariposas en las zapatillas que llevaba puestas cuando la mataron.


Ana López parece haber sido una de las más «ideológicas» de las once rosas. Entre otras cosas, aún en los últimos tiempos de la guerra estaba a favor de su continuación y ayudó a los combatientes contra Casado hasta que se rindieron. Su ejecución destrozó a su familia. Un hermano murió muy joven de una dolencia cardiaca, y su madre se volvió loca.








Las once rosas, o trece si se prefiere, fueron, de alguna manera, el primer gran error del franquismo. De una manera un tanto simbólica se podría decir que la vida del Franco jefe de Estado comienza con el fusilamiento de las rosas y termina con el de los militantes del FRAP y de la ETA de septiembre de 1975.

Las identificaciones, no obstante, terminan aquí. Los fusilamientos del 75 terminan con Olof Palme recaudando dinero en la calle para la oposición antifranquista. Los fusilamientos del 39 se producen en un entorno en el que Europa está a un cortacabeza de la guerra mundial y, si no lo sabe, lo sospecha. No parece que el mito de las trece rosas provocase ninguna mácula en la conciencia internacional.

La muerte de las rosas, por lo tanto, es producto de su tiempo. Por las mismas razones que el régimen franquista sabía que no podía realizar una acción así, digamos, a mediados de los años cincuenta, sabía que en agosto de 1939, cuando la mayoría de las trincheras de la guerra permanecían humeantes, podría con ello.

Se ha dicho y se ha escrito que los fusilamientos fueron una típica respuesta violenta en plan veinte muertos de los tuyos por cada uno de los míos. Como espero haber explicado en este post, mi teoría es bastan te más vomitiva. El crimen del comandante Gabaldón fue investigado en unos pocos días y los condenados, en varias sentencias, fueron más de 80. No me cuesta pensar que alguien sea cruel, pero lo que no puedo tragarme es que sea lerdo. En el régimen tenía que haber personas de sobra que supieran que aquello era antijurídico.

No, el problema no es que los fusilamientos fuesen antijurídicos. El problema es que las rosas no murieron a pesar de ser inocentes, sino precisamente porque lo eran. El franquismo no es que no prestase atención a lo que estaba haciendo, sino que lo hizo con pleno conocimiento y conciencia. Porque con aquellos fusilamientos no buscaba acojonar a los convencidos. Sabía que los dirigentes comunistas estaban fuera de circulación, el que no exiliado muerto o encarcelado, y sabía, por lo tanto, que necesitaba a las juventudes para rehacer su estructura interior. Los fusilamientos, por lo tanto, quisieron ser el aviso de que cualquiera que hubiese saludado alguna vez a un sospechoso; cualquiera que le hubiese cosido un día un botón; cualquiera que fuese hermano de un cuñado del dependiente de la zapatería donde se compraba las pantuflas; cualquiera, en una palabra, podía ser pasto de la represión. Incluso personas tan básicamente inocentes como las rosas.

Existen testimonios de que, tras los fusilamientos, algunas de las reclusas compañeras de las fallecidas comenzaron a comulgar y a atender los oficios religiosos. Ese era el tipo de reacción buscada, y ése tipo de personas el objetivo. Y, para conseguirlo, el franquismo no dudó en fusilar impunemente a un grupo de mujeres cuyo único delito era tener ideas.

Aunque conocemos los nombres y hasta un poco de las pequeñas historias de estas mujeres, de alguna manera las trece rosas son el símbolo de los muertos sin nombre y sin motivo. Dicho sea sin olvidar que, en realidad, la expresión «muerto con motivo» es, siempre, una expresión repugnante.




Quede esta vela encendida, en esta pequeña esquina de la Red.

domingo, mayo 03, 2009

Antón Martín

Pues sí, era Antón Martín. Un nombre y un apellido que no se le puede olvidar a ningún madrileño por poco que haya pateado la ciudad, dada la céntrica situación de la plaza que lleva, y no por casualidad, su nombre. Sin embargo, tengo yo por mí que el de Antón Martín es uno de esos casos en los que la mayoría de la gente desconoce los motivos reales de la fama que le llevaron a ser acreedor de esa distinción topográfica. Y tampoco parece que ni la ciudad de Madrid ni la profesión médica, pues estos son los dos flancos de donde podría provenir la iniciativa, se esfuercen mucho en hacerlo valer y garantizar su conocimiento. Antón Martín nació en el pueblo conquense de Mira el 25 de marzo del año 1500. Lo cual quiere decir que hace nada se han celebrado los 500 años de dicho nacimiento y, que yo sepa, ello no ha sido celebrado con la intensidad que probablemente merece un personaje así. Era hijo de dos campesinos acomodados, Pedro de Aragón y Elvira Martín, aunque a lo pocos años falleció el padre. La situación en que quedó la familia era difícil, así pues doña Elvira tomó la decisión de casarse de nuevo, decisión que no fue del agrado de los hermanos Antón y Pedro, por lo que decidieron emanciparse y vivir la vida por su cuenta. Antón vino a Madrid y luego se empleó de soldado en Valencia. Estaba allí cuando ocurrió el hecho de habría de cambiar su vida, pues en Guadafortuna, pueblo de la provincia de Granada, fue asesinado su hermano Pedro. El autor de su muerte fue Pedro Velasco, miembro de una familia que al parecer quería casar al muchacho con una de sus miembras, a lo que Pedro se negó, motivo por el cual, quizá, la familia se sintió malquistada.
Cuando Antón Martín se entera de las nuevas de la muerte de su hermano, solicita la dispensa para ir a Granada a exigir la condena de Pedro Velasco. Cuando llega a a Guardafortuna, la familia criminal ha huido, pero hemos de entender que Antón, que como decíamos ha trabajado de soldado, sabe cómo componérselas para hacer que la justicia se tome el caso con interés. A la larga, los Velasco son prendidos, y Pedro condenado a muerte.

La condena de Pedro Velasco a la horca generó en Granada todo un movimiento en pro del perdón de dicha pena máxima. La conmutación, sin embargo, debía contar con el beneplático de la víctima, en este caso Antón Martín, cosa que ése se negó a otorgar una y otra vez. Es en este punto en el que entra en escena Juan de Dios. El religioso se encuentra en Granada allgando recursos para levantar un hospital y allí, enterado del suceso, aborda a Martín en la calle de la Colcha y logra convencerlo de las virtudes del perdón. Ésta es, cuando menos, la versión que nos ha llegado, quizá un tanto dramatizada, de lo que quizá fue un encuentro y conocimiento progresivo en el que el antiguo soldado fue paulatinamente convencido por el religioso. Pues lo cierto es que Juan de Dios no sólo consiguió la clemencia del soldado, que salvó la vida de Velasco, sino que también logró su conversión y unión a la estrecha nómina de discípulos suyos, entonces en número de cinco.

Durante el resto de la vida del fundador del hospital de Granada, Antón Martín fue adquiriendo la calidad de discípulo predilecto, y así se reconoce en la última voluntad de su maestro cuando es a él a quien encomienda que continúe su obra. Juan de Dios fallece el 8 de marzo de 1550, momento en el que Antón Martín recoge su testigo, se coloca al frente de su orden, y se traslada a Madrid, donde discute con el rey Carlos I el proyecto ambicionado por éste de crear en la ciudad un hospital para enfermos de cirugía. El hospital se levantará en una parcela cedida a tal efecto por D. Fernando de Zomoza, en la zona de Atocha.

La fundación del hospital de San Juan de Dios es, junto con la de otros que en la villa matritense van surgiendo, uno de los pasos que la Iglesia católica da para resolver un hecho sempiterno hasta entonces palmario tanto en Madrid como en España: el monopolio de judíos y de musulmanes en el mundo de la medicina y de la cirugía. Hecho éste que no fue fácil por extrañas razones teológicas, pues no hay que olvidar que el concilio de Letrán de 1139 condenó la realización de operaciones quirúrgicas por parte de eclesiásticos.

Los judíos, pueblo caracterizado por una cultura media superior a la de otros pueblos y que ya en sus tradiciones atesoraban conocimientos farmacológicos e higiénicos, parecían llamados para ejercer la medicina. Aunque el concepto de medicina no era entonces tan claro, porque en aquellos tiempos lo que hoy son los oficios de los médicos se distinguían entre ellos de forma neta, pues había médicos, doctores, cirujanos de heridas, los llamados algebristas o cirujanos comadrones.

Por aquel entonces, obviamente, la medicina todavía adolecía de muchas carencias. Los elementos de juicio que los médicos utilizaban eran la observación del pulso y de la orina y las prescipciones más comunes la sangría y el purgado; las cuales, no pocas veces, dejaban al enfermo más débil de lo que ya estaba, ultimándolo. Se usaban como plantas medicinales el áloe, la coloquíntida, el ruibarbo, el malvavisco, el muérdago y la ruda, junto con otros compuestos más escatológicos, como los polvos de asta de toro. La dieta blanda habitual de los convalencientes era la horchata o el caldo de gallina. Algunas de las recetas más populares, como la ingestión de leche de burra en el desayuno para prevenir los catarros, seguían siendo utilizadas a finales del siglo XIX. Las tres grandes amenazas de la época eran la pulmonía, la lepra y el cólico de Madrid.

Los cirujanos eran los barberos, siendo la cirugía una disciplina de poco fuste y consideración, aunque debe recordarse que, dado que no estaba inventada la anestesia, en realidad estamos hablando de lo que hoy denominamos cirugía menor. En general, los había bizmadores o aplicadores de emplastos; algebristas o expertos de rehacer miembros rotos y descoyuntados, sabiduría que, al parecer, obtenían de la observación de los pastores, quienes sabían hacer tal cosa con sus ovejas y cabras; hernistas, que operaban hernias; tallistas, es decir extractores de piedras urinarias; y batidores de cataratas.

La expulsión de los judíos fue una revolución (negativa) para la medicina en España, por cuanto sus profesionales más cualificados y casi monopolísticos desaparecieron del escenario. El hecho de que la curación de las personas quedase en manos de charlatanes y falsos profesionales obligó a comenzar a regular la profesión mínimamente; cosa que se hizo con la creación de los tribunales de protomedicato, ante los cuales los futuros facultativos tenían que certificar su idoneidad. La regulación de la profesión provocó también la fundación de diversos hospitales, así como de cátedras de medicina en muchas universidades; si bien la enseñanza universitaria de la medicina tenía entonces demasiados elementos teóricos o no directamente ligados con la labor real de los médicos.

En los tiempos inmediatamente anteriores a Felipe II, Madrid era una ciudad pequeña. Tan pequeña que era fácil de abarcar a pie. Esto es lo que hacían los médicos, que raramente se desplazaban a caballo o en litera, de modo y forma que cada día, a eso de las doce, tenían visitados a todos sus enfermos en sus casas, más los ingresados en los hospitales, a los que visitaban a las siete de la mañana.

El convento-hospital de Nuestra Señor del Amor de Dios, también conocido como hospital de Antón Martín, fue el primer centro dedicado a la dermatología y venerología. Lo cual tiene su lógica si tenemos en cuenta que estaba situado en todo el centro del área de Madrid donde holgaban las trabajadoras del amor. Muy cerca del hospital, en efecto estaba la calle de Ave María, cuyo triste origen ya conocemos. Asimismo, a tiro de lapo queda la calle de las Huertas, masivo puterío matritense como también sabemos. Pero, además, tiene el hospital de Antón Martín el mérito de haber establecido en su seno la primera escuela de cirugía de Madrid.

Fue el hospital de Antón Martín, especialmente tras absorber el de San Lázaro cuando Felipe II decretó la racionalización de los hospitales de la ciudad, donde se estableció el tratamiento de las enfermedades venéreas mediante mercurio. Ello además de generar enseñanzas en materia de odontología, otorrinolaringología y urología. Esta escuela de cirugía se adelantó en 14 años a la creación de una cátedra sobre la materia en la universidad de Valladolid. Teóricamente, las enseñanzas del hospital llevaban a formar lo que se denominaba cirujanos romancistas o de ropa corta, es decir dedicados a labores de menor entidad. Sin embargo, la alta especialización del centro llevó a que algunos de sus alumnos llegasen a formarse como cirujanos latinistas (de primera categoría) o incluso doctores, aunque para ello tenían que pasar por la universidad.

Muchos frailes recibieron del tribunal de protomedicato autorizaciones provisionales, a causa de que, como religiosos, no podían ser requeridos para atender partos. Por ello, en el caso de que abandonasen la orden (cosa que era relativamente común, lo cual demuestra que había personas que ingresaban en la misma tan sólo por la formación) tenían que demostrar su pericia de nuevo.
La Historia de la medicina le reconoce al hospital de Antón Martín diversos méritos, entre los cuales se encuentran la transformación de la terapia con mercurio, tratando de sistematizarla científicamente; o la diferenciación de los distintos procesos dermatológicos; o el establecimiento del tratamiento mediante baños de las dolencias dermatológicas parasitarias.

Don Antón, pues, es bastante más que una plaza.