viernes, junio 05, 2009

Estajanovistas

Víctor Martínez, en un comentario al post anterior a éste, me dedica un montón de flores, que yo le agradezco de cuore, entre las cuales incluye ésta: «eres el Stakhanov del cibermundo». Camarada Martínez, tu alabanza me llena de orgullo socialista, que lo sepas. Pero, entre los velos del orgullo, he encontrado la reflexión que sigue: ¡qué viejo se ha quedado Stakhanov! Ciertamente, creo que cualquier español de hoy, incluso aunque tenga sólo trece o catorce años, es susceptible de conocer la palabra estajanovista y saber que designa al que trabaja sin descanso el tiempo que haga falta, y normalmente muy deprisa. Pero, quizá, puede que haya quien no esté muy puesto en el origen de la palabra.

Así pues, se me ha ocurrido hacer un pequeño receso mafioso y contar la historia de Alexis Stakhanov, el obrero cachoburro.




Todo ocurrió el día 31 de agosto de 1935. En tal día, el minero Alexis Stakhanov, minero de la cuenca del Don, fue capaz de extraer, en una sola jornada de trabajo, 102 toneladas de carbón. Una bestiada, vamos. Entonces, para que nos hagamos una idea, un minero sólo venía a extrañer, como mucho, 12 toneladas de carbón en un solo día.

La nomenklatura soviética se fijó enseguida en esta machada y creó, mediante la propaganda, el mito del estajanovismo, que consiste en el constante deseo de superación para producir más y más.

Lo que habitualmente no sabemos es que Stakhanov fue rápidamente superado. En Gorki, un obrero forjador llamado Bussigin forjó 127 berbiquíes por hora, lo cual es más de dos por minuto. En Vinogradov, dos obreras textiles doblan su producción, de 70 telares por día a 144. En las minas cupríferas de los Urales, el obrero Ivantchikov produjo 9,7 veces la norma establecida por la dirección.

El sistema productivo soviético entró en una especie de locura. En la industria de pulimento de ruedas la norma era pulir seis pares por jornada. Un obrero alcanza los 12, luego otro los 15, luego otro los 18. La producción de este sector se triplicó en muy poco tiempo. Un metalúrgico en Krivorog bate la norma de producción en un 2.300 por 100 y, algunos días más tarde, se bate a sí mismo llegando al 2.500 por 100. Finalmente, un minero de carbón llamado Gorbiatuk supera al propio Stakhanov, produciendo, en el tiempo que éste extrajo 102 toneladas de carbón, la astronómica marca de 405 toneladas. Una semana más tarde, un tal Borisov alcanza las 800 toneladas. Así pues, que sepáis que por encima de los estajanovistas aún están los gorgiatukiños y, sobre todo, los borisovos.

Todo esto forma parte de una estrategia por parte de las autoridades soviéticas. Lo que al principio era una competición individual entre semidioses proletarios se acaba convirtiendo en el reto nacional de ver quién es más estajanovista.

El estajanovismo, por lo demás, es plenamente coherente con la filosofía económica del estalinismo. Stalin y sus gentes se obsesionaron con que la URSS produjese más que Occidente, olvidando el reto de que fuese más productiva, que no es exactamente lo mismo. Durante la década de los treinta, en la URSS se abrieron un montón de fábricas y se incorporó a la producción a millones de obreros. De esta manera, un comité central tras otro, el PCUS podía reportar incrementos exponenciales en la producción, escondiendo con ello la realidad de que dicha producción, en realidad, era crecientemente ineficiente. En aquella época se estimaba, de hecho, que al menos uno de cada diez obreros no alcanzaban las normas de producción mínima.

El estajanovismo, de hecho, no hizo sino demostrar este aserto. Ciertamente, las producciones estajanovistas eran siderales porque quienes las hacían se esforzaban. Pero crecimientos tan acusados de la producción venían a demostrar, paradójicamente, que los críticos del sistema soviético tenían razón y, en realidad, parte de dichos aumentos estaban justificados en el hecho de que, hasta entonces, la productividad había sido una mierda.

Pero es que hay más. El estajanovismo tuvo un punto tramposo. Los propios propagandistas del comunismo en España, en un gesto de cierta inocencia todo hay que decirlo, reconocen, en los artículos de la época escritos sobre la materia, que los distintos récords de producción eran anunciados y planificados con antelación; y que, de hecho, los obreros que los acometían recibían mayor dotación de obreros auxiliares que la normal, con lo que, en realidad, sus récords eran relativos, pues no se producían en las mismas circunstancias. Ordojonikidze, comisario de la industria pesada, llegó a reconocer, durante un congreso de estajanovistas, que los récords no habían sido conseguidos por individuos sino por brigadas de individuos.

La prensa soviética, a pesar del férreo control ejercido sobre la misma, acabó por reconocer otro factor quizá desconocido del estajanovismo: sus integrantes hacían verdaderas proezas un día, pero acababan tan desconojados que tardaban otros varios en recuperarse. Como ejemplo, una brigada estajanovista en Sujoronkov produjo 150 vagones de carbón un día; su producción bajó a 80 vagones el día siguiente y siguió bajando en días sucesivos. El estajanovista Jukov formó una brigada que el día que estaba palote se hacía 90 toneladas de carbón; al día siguiente, con suerte, sacaba 8. Y es que, entre otras cosas, una de las consecuencias del estajanovismo era el aumento en la frecuencia de averías de las máquinas.

En todo caso, lo que nunca reconoció la URSS fue el truqui del estajanovismo. Tomemos el caso de Bussigin. Los soviéticos bambolearon por el mundo entero su famosa marca de 127 berbiquíes por hora, señalando que en la Ford de Estados Unidos (tenida por lo más de lo más del capitalismo industrial) apenas se llegaba a 100. Lo que callaba el padrecito Stalin es que la Ford conseguía ese ritmo todos los días; mientras que la marca de Bussigin se conseguía únicamente el día que se anunciaba, se preparaba, y se le daban medios extraordinarios para conseguirlo.

La segunda cosa que la Rusia soviética nunca admitió, y hubieron de recordarle sus críticos dentro de la propia izquierda, es que el estajanovismo, en el fondo, era antimarxista. Lo cual es muy fácil de demostrar, puesto que se trataba de un movimiento que santificaba el trabajo a destajo; y el mismísimo Carlos Marx dejó escrito que el trabajo a destajo es la más acendrada forma de capitalismo.

Los hechos no hacen sino confirmar esta impresión. Un obrero metalúrgico ganaba en la URSS, en 1935, unos 200 rublos al mes. El minero Ivántchikov de los Urales, el día que se levantó enchufado y se lió a dar con el pico a lo bestia, ganó 320 en una sola jornada. La misma URSS no pudo evitar incluir en su propaganda imágenes de los superpisos, con piano y todo, que ocupaban los estajanovistas.

Esas chulerías socialistas provocaron algo de lo que sabemos obviamente poco, aunque algo sí que sabemos: la resistencia interna al estajanovismo. En una fábrica de cartón de Moscú, dos obreros, padre e hijo, le reprochaban al estajanovista de la factoría, un tal Solovin, que con su puta manía de fabricar cartón como coneja que alumbra estaba hundiendo el precio de de las piezas. Así que convencieron a otros dos colegas y, aprovechando que Solovin estaba durmiendo, quemaron papeles a sus pies, causándole graves heridas. Se ignora cuántos actos y protestas de este tipo pudo haber. Incluso en octubre de 1935, que sepamos, un estajanovista, Nicolás Tsejnov, que trabajaba en los pozos de un lugar llamado Ianv, fue asesinado.

El estajanovismo duró lo que duró. Fue un combustible muy importante tanto para los comunistas europeos como para esa grey numerosa de europeos que podríamos considerar no comunistas admiradores bienintencionados del comunismo. El ejemplo de Stakhanov y las muchas historias que desde el Izvestia, el Pravda y los periódicos comunistas occidentales se repetían sobre la materia, creó el mito de una URSS que le estaba ganando de calle a Estados Unidos la carrera de la producción. El estajanovismo fue la punta de lanza de la teoría de que el sistema centralizado de producción era mucho más eficiente que el capitalismo, al fin y al cabo condenado, según la teoría marxista, a ahogarse en la charca de sus propias contradicciones. Para cuando murió Stalin, sin embargo, estaba ya claro que la chorrada estajanovista ya no se la creía ni Peter.


PS: Para los amables seguidores de mis tribulaciones en el Be a Legend, informo de que ya soy titular más o menos indiscutible del Athletic de Bilbao. He necesitado remontar casi en solitario, en sólo 30 minutos que quedaban de partido cuando me sacaron del banquillo, un 0-3 a favor del Sevilla. La estrategia de beber txacolí entre horas y blasfemar con habitualidad parece ha dado resultado.

martes, junio 02, 2009

La mafia en sus orígenes (2): De don Ciccio Caccia a la «victoria» de Caserta

El odio entre la Mafia y el fascismo italiano es cosa bien conocida. Bugsy Siegel, por ejemplo, quería ir a Italia a matar a Mussolini. Y los mafiosos locales no le andaban a la zaga. La cosa tiene lógica. El fascismo es una ideología totalitaria, palabra que todo el mundo conoce pero cuyo significado quizá se escapa a veces. Totalitario quiere decir que aspiras a controlar hasta el último rincón de la existencia social. En todo quieres mandar. Quieres que todo el mundo, de alguna manera, te tenga que obeceder en algo. La Mafia, sin embargo, sólo se obedece a sí misma. Es su naturaleza. Por utilizar una frase típica de las pelis del oeste, Italia no era lo suficientemente grande como para albergar al mismo tiempo a Mussolini y a la Mafia.

En mayo de 1924, un triunfante don Benito, señor de Italia, visitó Sicilia. En un pueblo llamado Piana dei Greci fue recibido por un hombre más bien bajito llamado Ciccio Cuccia, que era el jefe de la Mafia local además de podestá del área (juez nombrado a dedo). Tras visitar el pequeño pueblo Mussolini sugirió una visita por las zonas rurales de alrededor. Los locales asintieron.

Cuando don Ciccio llegó al automóvil oficial de Mussolini y vio al pequeño ejército de policías que lo acompañaba de escolta, estalló en cólera. Se volvió hacia el Duce y le dijo, más o menos, que estando don Ciccio con él, no necesitaba ni un solo protector. Nadie se atrevería siquiera a mirarlo torvamente. Mussolini comprobó, alucinado, cómo los propios prebostes facistas locales aprobaban las palabras del podestá. Finalmente, tuvo que aceptar el trayecto sin un solo escolta.

Aquel pequeño viaje tuvo que ser humillante para un infatuado como Mussolini. Quizá fue la primera y única vez desde su llegada al poder y antes de su defenestración en que tuvo que asumir que no era el número uno. Para empezar, cuando entraba en su coche, don Ciccio se volvió y se limitó a decir:

- ¡El que toque a mi amigo Mussolini se las tendrá que ver conmigo y con los míos!

Y luego está lo peor. El mafioso se colocó de pie en el coche descubierto, junto al Duce, y correspondía con saludos y sonrisas a los vítores de la población al paso del vehículo.

De regreso a Roma, Mussolini cursó orden al prefecto de Palermo, Cesare Mori, de que detuviese a Ciccio Cuccia. En realidad, Mori no tenía ninguna gana de tocar la punta del pelo de un solo mafioso. Al fin y al cabo él gobernaba Sicilia y sabía bien que, vistiendo camisa negra, azul o mediopensionista, en Sicilia ni las hojas de los árboles se atrevían a caer en otoño sin permiso de su ziu correspondiente. Pero Mussolini debió de insistir mucho, especialmente después de que don Ciccio cometiese la humorada de ir a Roma, donde pretendía reunirse con su colega; así que le preparó una celada a su llegada de aquel viaje y, en lugar de conducirle a tomar un aperitivo como le prometió, lo llevó a la prisión palermitana de Ucciardione.

El encarcelamiento del capo de Partinico dio el pistoletazo de salida de una vasta campaña antiMafia llevada a cabo por Mori, que terminó de convencer a la Mafia de que el fascismo no era para ellos.

La estructura administrativa fascista era efectiva en la lucha contra la Mafia. En un país sin elecciones, los mafiosos no podían comprar políticos, pues éstos no dependían de ellos, sino de la jerarquía fascista, para llegar a ser diputados o gobernadores. Por lo demás, si la Mafia es violenta, los camisas negras no iban por la vida precisamente dando rociadas de lilimento. Mori comenzó a obtener bastantes éxitos con sus operaciones, lo cual lo instaló en la megalomanía. Una megalomanía que terminó por convencerle de que no había reto en el mundo, y muy especialmente en la Mafia, que fuese imposible para él.

Mori, por lo tanto, decidió jugar en la Champions League de la lucha contra el crimen organizado. Creyéndose el Lionel Messi de la Historia Policial, puso sus ojos en una muy poderosa familia mafiosa palermitana, los Madonie, dirigida por un conocido oculista de la ciudad, Alfredo Cucco, quien además era diputado en Roma. Aquella investigación, conforme fue profundizando, fue sacando a la luz la connivencia en negocios de los grandes capos de la Mafia, con conexiones en el Estado. Así pues, Superman Mori fue destituido sin ruido.

Durante los años de Mussolini, en todo caso, se crearía el gran tridente mafioso del que se beneficiarían los Estados Unidos una vez que entrasen en guerra. Ese triángulo estaba formado por: Calogero Vizzini, capo de Villalba y jefe in pectore de la Mafia siciliana; Charlie Lucky Luciano, co-constructor en Estados Unidos del sindicato del crimen; y Vito Genovese, otro miembro de la Cosa Nostra que en 1936 hubo de salir de EEUU y acabó en Italia, donde hizo muy buenas migas con el fascismo y, además, sirvió de enlace entre la Mafia y la Cosa Nostra.


Como diría Sofía Petrillo: Sicilia, 1943.

La segunda guerra mundial avanza. Todo el mundo sabe que en 1944 se produjo el desembarco de Normandía, pero antes se produjo otro hecho de igual o mayor importancia, que fue el desembarco aliado en el norte de África, que le creó un frente más a Hitler y que permitió a los aliados, fundamentalmente estadounidenses, atacar por el flanco más débil del Eje, que era Italia. Los aficionados a los shooter recordaréis algunas de las misiones de Call of Duty 1 y 2, sobre todo las de la Big Red One, tras el desembarco aliado en Sicilia.

El 7 de febrero de 1943, dos oficiales de la inteligencia militar americana visitaron la prisión de Dannemora, cerca de Canadá. Solicitaron ver al preso Charlie Lucky Luciano, que había sido condenado en 1936 a 50 años de prisión por delito fiscal. Querían pedir ayuda al jefe mafioso. Sabían que su organización controlaba los muelles de Nueva York, y tenían informaciones de que agentes proalemanes habían conseguido infiltrarse en los mismos con el objeto de sabotear los suministros para los aliados. Los soldados de Luciano debían identificarlos y señalarlos para que la policía se pudiera encargar de ellos.

Pero había más. Los militares americanos fueron enormemente transparentes con Luciano. Le ofrecieron el traslado a una prisión más confortable a Albany. Pero es que incluso le contaron algo que Roosevelt ni siquiera le había contado a su mujer Eleanor: lo planes secretos para desembarcar en Sicilia.

El mito dice que Luciano garantizó a los americanos la colaboración de los sicilianos. Mentira. El americano no podía garantizar tal cosa y los militares lo sabían. Lo que le pidieron aquella tarde a Luciano no fue la connivencia de los sicilianos, sino que se la pidiese a quien realmente podía proveerla: Calogero Vizzini, don Calo.

El 23 de abril, de madrugada, estos dos militares sacaron a Luciano de la cárcel, también vestido de militar, y lo trasladaron al norte de África. El 2 de mayo, los tres se metieron en un minisubmarino que buceó hasta las costas de Gela, en Sicilia. Desembarcaron de madrugada en una playa donde les esperaba uno de los pisciotti locales, que los llevó a Villalba.

Vizzini puso una sola condición al trato que Luciano le propuso: poder quedarse con las armas que encontrase por el camino. Los militares jamás hablaron directamente del tema con don Calo. Un patri ranni no discute asuntos de negocios con rifardu.

El mayor éxito de Vizzini lo consiguió en la noche del 15 de julio de 1943, en Agrigento. Allí estaba situada la 5ª División del III Ejército italiano, que tenía que defender el terreno del empuje aliado. Estaba al mando de un oficial alemán, el Oberleutenant Wolfgang Ross; y el coronel Milani, de sólidas creencias fascistas, condecorado con la Cruz de Hierro.

Cuando Ross se acercó por las posiciones de la división, el espectáculo que vio lo dejó helado. Traseros. Montones de traseros. Culos a medio desvestir, accionando en el silencio de la noche. Una división entera del ejército italiano se estaba desnudando (los americanos llamaron a esta operación secreta con el nombre en clave strip-tease). Tardó el alemán en darse cuenta de lo que pasaba: los soldados se estaban cambiando y poniendo ropa de paisano. No uno, ni dos, ni doscientos. Todos. Sin excepción. Se vestían de paisano y se susurraban: «volvemos a casa». 6.000 hombres habían decidido no luchar, le habían dado una mano de hostias a los oficiales que habían intentado meterlos en vereda y habían visto cómo el resto de la oficialidad, más pragmágtica, simple y llanamente se había largado. Teléfonos, telégrafos. Hasta el último puto aparato de la División había sido inutilizado.

Lo que Ross y Milani no lograban comprender era de dónde habían sacado 6.000 soldados ropa de paisano. Claro que nosotros sabemos la respuesta. Muy cerca de donde estaban, alguien había enviado una flota de ¡¡¡150 camiones!!! repletos de ropa; camiones que ahora estaban siendo cargados con las armas y municiones que los soldados tiraban.

Ambos, alemán e italiano, hicieron lo que un oficial debe hacer en estas circunstancias. Sacaron sus pistolas y amenazaron con matar a todo el que desertase. Pero, claro, cuando los desertores son 6.000, lo más normal que ocurra, y ocurrió, es que el que acabe en el suelo cosido a balazos seas tú. Así, pues, se produjo la victoria aliada de Caserta, en la que sólo hubo dos muertos: Ross y Milani.

La colaboración entre la Mafia y los Estados Unidos llegará lejos. Mucho más lejos.


Y me voy, que estoy haciendo el Be a Legend del PES 09 y ayer me fichó el Athletic de Bilbao. Voy a ver si me aplico, porque tengo la sensación de que se han enterado de que no soy vasco, y por eso no me pasan el balón. Aunque no debería de ser por eso, porque, al fin y al cabo, el portero del Athletic se llama... ¡¡¡Kawashima!!!

Nos vemos.

lunes, junio 01, 2009

La mafia en sus orígenes (1): Don Vito

Un refrán gallego dice: el Miño se lleva la fama, y el Sil el agua. Completamente cierto. El río Miño lo conoce todo dios y al pobre Sil no lo conocen nada más que los naturales, a pesar de bajar más caudaloso. A veces pasa esto con la fama histórica. Hay personajes que se hacen muy conocidos en el consciente colectivo y otros, que quizá fueron más importantes, son poco conocidos.

Si sabes algo del mundo de la mafia supongo que conoces nombres como los de Dutch Schultz, Al Capone, Charlie Lucky Luciano, Lepke, Adonis, Bugsy Siegel... La lista es bastante larga pero tiene un denominador en común: se trata de nombres de la llamada Cosa Nostra, es decir la mafia americana. Hollywood es responsable de ello. Algunas de las mejores películas de la historia del cine han tenido a la mafia como asunto central. Eso marca. No son pocas las personas que consideran que la segunda parte de El Padrino es la mejor película sobre la mafia que se ha filmado (yo, personalmente, prefiero Goodfellas). Y conviene recordar aquí esta segunda tentativa de Francis Ford Coppola porque una de las cosas que nos cuenta esa segunda parte es la relación entre Don Corleone, interpretado por Robert de Niro, y su socio italiano, Don Tomassino, que se queda inválido tras una arriesgada acción para matar al capo responsable de la desgracia de la familia del niño Vito Andolini, que después sería el mayor mafioso de América.

Pero hoy, en este post, descubriréis que el hecho de que Mario Puzo escogiese para su padrino el nombre de Vito no es en modo alguno casualidad.

Las referencias a Sicilia son constantes en la historia de la familia Corleone y en el resto del cine mafioso (salvo, lógicamente, cuando la mafia tratada es la irlandesa o la negra de Harlem). Y es que en Silicia empezó todo. Pero una prueba de que todo este mundo está oscurecido es que, cuando os plantéis delante de alguien que diga saber de la mafia y rece los nombres que aquí ya se han citado, no tenéis más que contestarle: «muy bien; pero ahora, dime un nombre, uno solo, de un famoso capo de la mafia siciliana de Sicilia».

Hoy quiero salvar un poquito esta oscuridad hablándoos de mafiosos que nunca salieron de la isla de Sicilia. Hombres a quienes el mismísimo Lucky Luciano admiraba y respetaba. Hombres que, además, debieran llevarse todos los méritos de una historia conocida por todos, que es la connivencia entre los mafiosos y el gobierno americano durante el desembarco aliado en Italia durante la segunda guerra mundial. He llegado a oír cosas como que los carros de combate americanos llevaban dibujadas dos letras L, o sea Lucky Luciano, para garantizarse su seguridad. La verdad de las cosas es que, de haber hecho esto, los americanos no se habrían garantizado apoyo alguno por parte de los sicilianos. No era Luciano, sino, en este caso, don Calo Vizzini, quien quitaba y ponía apoyos en la isla. Pero ya llegaremos a eso. De momento, empecemos por el principio, o sea el génesis.



Parece existir cierto consenso al situar el nacimiento de la mafia en 1738, y señalar la responsabilidad que en ello tuvo nuestro buen rey Carlos III, que entonces era rey de Nápoles. En 1738 se produjo una sequía brutal en Italia que generó una hambruna desesperante en Calabria. Los calabreses huyeron del hambre cruzando el estrecho de Messina e invadiendo literalmente Sicilia. Los sicilianos los odiaron pronto porque aquellos scacciapagliari, es decir segadores de paja, segaban todo lo comestible que veían, dejando la tierra yerma. De haber actuado el rey Carlos adecuadamente y haber protegido a los sicilianos de los abusos de los calabreses, las cosas hubieran ido de otra manera. Pero no fue así. Los sicilianos precisaron crear su propio sistema de seguridad contra los invasores, sistema que alumbró a la mafia.

Por toda Sicilia comenzaron a patrullar a miles los soldados básicos de la mafia, conocidos como pisciotti, armados. Cazaron literalmente a casi 14.000 calabreses. Estos grupos de resistencia, que pronto comenzaron a cobrar por la misma, se denominaban cosche, en singular cosca (que significa, según los contextos, mulso o alcachofa). Los jefes de cosca no eran padrinos, sino tíos (ziu).

Cuando el problema de los calabreses se resolvió, las cosche existentes amagaron con empezar a luchar por el poder. Pero la gran novedad de la mafia estriba en darse cuenta de que esa estrategia no lleva a ninguna parte y que es mejor entenderse y repartirse lo que haya. En fecha tan temprana como 1742 se produjo ya la primera reunión de zii, de capos, en la que se coordinaron y repartieron territorios. Se pactó que cada cosca sería independiente y que los conflictos que pudieran surgir los dirimiría un uomo di respettu u hombre respetuoso. Una afirmación común y, a mi modo de ver, errónea, es que estos hombres de respeto son el antecedente de los capos mafiosos. Dicho antecedente hay que buscarlo en los zii; de hecho, los hombres de respeto, en su origen, eran de avanzada edad, siempre más de 60 años, y tenían que estar desconectados de la labor de las mafias; así pues, difícilmente podrían comandarlas.

En 1783, la mafia se enfrentó a una nueva invasión calabresa. Para entonces, se había organizado para plantar cara a los recaudadores de impuestos que llegaban de Nápoles, a los que mató en gran número; y había instituido la costumbre de que los productores le pagasen un porcentaje de sus ganancias, conocido en Sicilia como pizzu, o sea pizca, bocado. En 1793, cuando el reino de Dos Sicilias le declara la guerra a la Francia revolucionaria, la mafia organizará el evitamiento de la recluta por los jóvenes sicilianos. Esta campaña acabará por extender definitivamente su influencia por toda la isla.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando el rey Victor Manuel y su primer ministro Cavour inician desde el Piamonte la reunificación de Italia, la mafia decide apoyar el movimiento. Los jefes de las cosche consideran que la monarquía borbónica está muerta y, además, no le hacen ascos a una dominación desde un sitio tan lejano como Piamonte. Así pues, pactan con Cavour la ayuda del pueblo a un desembargo de Garibaldi en la isla.

Una vez que la guerra de reunificación de Italia hubo terminado, los problemas entre Sicilia y la metrópoli comenzaron pronto. Lo racional es pensar que los zii jamás pensaron en otra cosa que en dominar la isla a su antojo y, por eso, cuando Piamonte pretende recaudar allí impuestos y cuando, más tarde, Italia comience sus guerras coloniales que harán necesarias las levas de jóvenes, la mafia, que hasta entonces había manejado el cotarro, se da cuenta de que formar parte de Italia no es ningún chollo.

De esta segunda mitad del siglo XIX, época de gran pobreza para Sicilia, datan la gran parte de las emigraciones masivas de sicilianos, que tienen América como destino. Una vez en Estados Unidos, muchos de estos sicilianos, pisciotti en su tierra de origen, reproducen el esquema. En un principio, crean una organización llamada la Mano Negra; es la organización a la que, si recordáis, pertenece don Fanucci, el mafioso de barrio a quien mata Vito Corleone en la puerta de su casa. Luego fundan lo que se llamó la Cosca Nostra, es decir nuestra organización, que acabaría por llamarse Cosa Nostra.

El primer emperador de la mafia siciliana fue Vito Cascio Ferro. Don Vito es el primer ziu que tiene la visión de crear algo parecido a eso que conocemos por crimen organizado. La mafia comenzó a establecer pequeños impuestos por una gran variedad de servicios, y a prosperar consecuentemente.

Vito Cascio tuvo que enfrentarse , además, al primer problema serio con las fuerzas del orden. En Estados Unidos, la policía se había dado ya cuenta de las importantes connivencias de los miembros de la Mano Negra con personas residentes en Silicia. Así pues, decidió enviar a un policía, Jack Petrosino, para investigar sobre el terreno. Petrosino llegó a Palermo acompañado de dos mafiosos que creía arrepentidos. Ese mismo día, Cascio visitó a un diputado siciliano llamado Petrani , a quien pidió prestado su coche. Buscó por Palermo al recién llegado Petrosino y, cuando lo encontró, se bajó del coche y lo mató de un único disparo. Si ya era respetado, aquel asesinato elevó a don Vito a los altares de la mafia siciliana.

Para este creador de la mafia moderna, mucho más poderoso que las organizaciones italoamericanas que, para entonces, todavía estaban luchando por prevalecer frente a otras mafias, y muy especialmente la irlandesa, la primera guerra mundial fue el chollo final. Las elevadas necesidades de material y sobre todo de animales forró a la mafia. Muchas comisiones de compras estaban asimismo compradas, así pues en realidad era la mafia la que ponía el precio por los pertrechos vendidos al ejército. Las tentativas de hacer justicia no prosperaron. Nadie habló.

La primera prueba de fuego llegaría en la primavera de 1924. Muchas cosas acababan de cambiar en Italia. La marcha sobre Roma, los camisas negras... En Italia mandaba un nuevo Duce; Benito Mussolini. Un hombre que no admitía compartir mando con otro jefe.

El choque era inevitable.

En un par de días, gritad y me despertaré.