viernes, diciembre 11, 2009

La Navidad (1): los orígenes

Estamos ya, prácticamente, en Navidad. Unas fechas que dividen al mundo en dos mitades casi iguales: los que se la pasan bien y los que se la pasan de puta angustia. A este amanuense, perteneciente al Grupo A (de hecho, anuncio que se avecinan unas supervacaciones), se le ha ocurrido que, quizá, tendría sentido dedicarle unas letras a esta época tan prolija en tradiciones y hechos específicos. En los próximos días hablaremos de la Navidad un poquito, de sus ritos, de sus orígenes y de su desarrollo. De una forma un poco desordenada, quizá, aunque espero que se entienda.

Y voy a empezar por contaros cosas de la Navidad antes de la Navidad. Esto es, de los ritos anteriores a su existencia.

Sabido es para todo aquél que se haya tomado la molestia de leer el post correspondiente que la idea del autor de este blog es que Jesucristo no es un personaje histórico. Y si no lo es, entonces su nacimiento tampoco y, por lo tanto, nunca se produjo. Será por eso, tal vez, que la Iglesia católica admite como auténticas cuatro crónicas de la vida de Jesús (los evangelios de toda la vida, nunca mejor dicho, de Dios) y ya no lo admite tanto de los evangelios llamados apócrifos; que son, curiosamente, aquéllos donde están escritas muchas de las cosas en las que creemos durante la Navidad, como los reyes magos.

En realidad, tal es mi teoría, la Iglesia cristiana, al construir su ritual más o menos al mismo tiempo en que se convertía en religión de Estado, lo que hizo fue construir sobre cimientos ya existentes. Igual que hay iglesias que se construyen sobre lo que fueron templos paganos, la liturgia cristiana, sus mitos, están, en buena parte, ya en la existencia religiosa o supersticiosa de los habitantes del periodo romano de antes de Jesucristo y los primeros siglos tras su presunta muerte. De esta manera, verdaderamente muy inteligente, los padres de la Iglesia consiguieron asimilar las fiestas cristianas sin generar rupturas en lo que las personas estaban acostumbradas a hacer.

Los dos grandes puntos de la celebración cristiana, es decir la celebración del nacimiento y la resurrección del Mesías, se apoyan sobre dos actividades de celebración que ya existían en lo que hemos dado en llamar paganismo. Pagano es una palabra que viene de rural y son, en efecto, los ritos agrícolas los más importantes en la vida religiosa del hombre antiguo, que tenía de urbano lo que yo de lagarterana. Dos son las cosas que el antiguo hombre rural celebra: una es el nacimiento del sol, es decir ese punto en el que las estaciones doblan la esquina y los días comienzan a ser más largos; y el otro es la resurrección ligada a la primavera. De la muerte, que es una visión bastante evidente para cualquiera que se pasee por un bosque caducifolio en pleno invierno, se pasa al estallido de la vida que tan bellamente cantó Vivaldi. Será casualidad, pero ambas celebraciones coinciden en el tiempo con las dos grandes celebraciones cristianas; las cuales celebran exactamente lo mismo: un nacimiento en el solsticio de invierno, y una resurrección a la llegada de la primavera.

Vayámonos a Roma, cosa que no nos costará mucho porque todos los caminos llevan allí. Porque, en materia de cristianismo, todo empezó en Roma. Fue, no tanto en como desde la civilización romana, como se construyó la civilización cristiana. De los romanos nos han quedado muchas cosas, desde el idioma hasta el Derecho. Pero una más que nos ha quedado, y que quizá se conoce menos, es la distinción que en Roma se hacía entre religio, religión; y superstitio o superstición.

Casi toda creencia religiosa presupone la aceptación in articulo fides de hechos inexplicables por la razón. La tradición musulmana, si no estoy recordando mal mis lecturas, refiere que Mahoma lanzaba una piedra y conseguía que esa piedra le diese en el ojo al mismo tiempo a un montón de peña. Los cristianos creen que una vez a la semana un señor con estudios de seminario levanta un trozo de pan de ángel que se convierte en la carne de un humano torturado y asesinado hace más de dos mil años. Los budistas no sé si creen cosas así de difíciles; tengo que preguntárselo algún día a mi proboscídeo de guardia, que es mi interlocutor con Gautama.

Siendo así como son las religiones, es decir versando como versan de cosas que no son creíbles desde un punto de vista meramente racional, la división no podía hacerse entre cosas creíbles e increíbles. La división se estableció entre lo que es la creencia estatal o permitida (la religión); y las creencias que, no por toleradas, dejaban de ser menos chorras y prescindibles (las supersticiones).

Para poder entender el origen de la Navidad y de los ritos que hoy conocéis es fundamental que entendáis la obviedad de que vuestro mundo de lectores de blogs, bebedores de cerveza de marca y consumidores de ficheros de música que escucháis en aparatitos no más grandes que un dedo, no se parece demasiado al mundo en el que se cocinó este caldo. En el mundo de hoy, al menos en nuestro entorno, llamémosle occidental, los no cristianos son, en parte, creyentes de otras religiones; pero son también, en un parte muy significativa, creyentes de nada en especial. La antigua Roma no era así; allí no había agnósticos ni ateos, o eran tan pocos que no se los notaba.

Algunos de los grandes grupos sociales de la antigua Roma fueron grandes creyentes. Se suele citar entre ellos a los esclavos y los militares. Unos porque su vida era una puta mierda y los otros porque era frágil, ambos llevaban dentro la pulsión básica del hombre religioso, que es el miedo a la muerte; y las grandes creencias orientales les daban consuelo, ya que, por ejemplo, la religión egipcia tenía una vida de ultratumba y el dios Mitra aparecía en muchos ritos resucitando a los muertos al final de los tiempos. Estas visiones consoladoras hacían atractivas estas religiones para quienes tenían vidas jodidas, efecto que es plenamente visible en el caso del primer cristianismo. Se ha escrito hasta la saciedad, por ejemplo, que las mujeres son cruciales en el éxito del cristianismo, pues esta creencia, por así decirlo, creyó en ellas más que ninguna otra.

En este entorno, el gran error de los romanos, que fue rapidísimamente corregido, como he dicho, por los padres de la Iglesia en cuanto se quedaron con el machito del poder, fue sostener una religio oficial o estatal que no aportaba nada a estas masas de gente. La religión oficial romana es fría y elitista como los patricios y los miembros de las gens pretendían que fuese la propia sociedad romana. A un patricio romano, la suerte de un esclavo o de un legionario se la traía ondulante penduleante; si eso pensaba él, lo mismo pensaba Júpiter.

Éste fue, a mi modo de ver, el gran error histórico de la religión romana; ni evolucionó ni se adaptó pensando en sus gentiles. En consecuencia, dichos gentiles, así como los parias que estaban por debajo del concepto de condición humana, se buscaron la vida por su cuenta.

En este punto, los militares adquieren un papel importantísimo, porque tenían algo que no tenía casi nadie en aquel mundo: eran tipos viajados. Un veterano de los ejércitos de Mario había llegado hasta bien adentro de África persiguiendo al escurridizo Yugurta; los hombres que vieron a César en Pharsalos animarles a luchar haciendo juegos obscenos con un pepino podían haber estado en la Galia, en Hispania, en Britania incluso, y cuando su general fue asesinado estaban siendo llamados para ir a Partia, o sea Persia. En todos esos lugares, especialmente en algunos de espiritualidad muy desarrollada como Egipto o lo que hoy llamamos Palestina, los soldados aprendieron que había algo más que los fríos mitos olímpicos de la religión estatal. Y, cuando volvieron a casa, eran creyentes.

En ese momento se produce el fenómeno que conocemos como sincretismo. El panteón importado (por ejemplo, los dioses egipcios) y el panteón oficial (los dioses grecorromanos) chocan como dos trenes a toda velocidad, y ello provoca que dioses extranjeros fuesen asimilados a otros existentes en la religión oficial. Por ejemplo, a finales del siglo III antes de Cristo se extiende en Roma el culto a Cibeles, divinidad hoy gallardonita, que es asimilada a las diosas romanas Démeter o Rea, según los casos. Otro caso bien conocido es el culto dionisíaco, que se asimila al báquico ya existente con anterioridad.

El concepto de religión oficial comenzó a tambalearse ya en los tiempos republicanos, lo cual demuestra la fuerza de estas creencias, digamos, nuevas. Así, el dictador Sila creía en una diosa bitinia llamada Ma-Bellona (la cual, según leo, llegó a tener muchos adeptos en lo que hoy conocemos como Extremadura). Más o menos en los mismos tiempos, aparecen en Roma los primeros fieles organizados de la diosa Isis. Incluso durante el célebre triunvirato de Marco Antonio, Augusto y Lépido, se levantó en Roma, a costa del Estado, un templo dedicado a la diosa egipcia. En siglos posteriores, y hasta que Constantino gritó, como las hermanas Hurtado, aquello de «¡Campana y se acabó!», muchos emperadores romanos, el más exagerado de ellos, quizá, Bassiano el Heliogábalo (proclamado emperador por soldados seguidores de Elagabal, de quien volveremos a hablar), fueron apasionados creyentes de diversos ritos de origen oriental.

Todas esas creencias tenían sus ritos, en los cuales investigadores, antopólogos y demás gentes pensantes han creído ver interesantes coincidencias con los que hoy conocemos. El culto quizá mayoritario entre los romanos de baja extracción o de extracción nula (esclavos) fue el de Mitra, dios traído por los soldados y que fue tan popular que algún que otro investigador ha llegado a decir que si en los primeros siglos de nuestra era las zonas de mayoría cristiana hubieran tenido la mala suerte de sufrir una peste o desgracia colectiva similar, probablemente el mundo de hoy sería mitraísta.

Los estudiosos consideran que Mitra es una deidad muy antigua, común a persas e indios cuando ambos pueblos estaban en íntima conexión. Mitra era el dios sol invicto, como Elagabal el sirio, así como el dios de la fecundidad. Su culto, además, era mistérico, lo cual quiere decir que generaba una casta pequeña de iniciados. Ejemplo de su espíritu misterioso es que las mujeres no podían entrar en los templos mitraicos (la impureza esencial de la mujer, relacionada probablemente con el hecho de la menstruación, es una constante en casi todas las creencias antiguas).

Las celebraciones mitraicas incluían un banquete (conmemorativo de otro celebrado por Mitra con el sol), al igual que la misa católica lo celebra. Dicha celebración incluía el sacrificio de un toro de seis años, cuya sangre era considerada poción de inmortalidad; el uso simbólico de la sangre, pues, existe ya en los ritos mitraicos; aunque el cristianismo, digo yo que afortunadamente, la trocó por vino. Los adoradores de Mitra, asimismo, creían que el dios había nacido de una piedra un 25 de diciembre, y también lo representaban recién nacido y rodeado de pastores.

En el caso de Attis, el dios compañero de Cibeles; y de Osiris, el dios egipcio que fue traicionado y asesinado por su hermano, las celebraciones incluían el duelo por la muerte de los dioses y la alegría posterior por su resurrección. Por su parte, Elagabal, al que ya hemos citado, también era, como Attis y el propio Osiris, identificado con el sol, astro que como todos sabemos nace y muere cada día, y se cree que el emperador Aureliano llegó a pensar que declararlo el único dios romano, en lo que sería una tentativa monoteísta.

¿Alguien sabe cuándo se celebraba la fiesta de Elagabal? Pues el mismo día que la de Mitra. Tratándose de dioses identificados con el sol, la fecha sólo puede ser una: el 25 de diciembre.

Por su parte Cibeles, deidad probablemente antiquísima porque estaba ligada a la fecundidad (las primeras representaciones de la mujer hechas por el hombre están ligadas a la fecundidad) acabó realizando una fusión por arbsorción con el dios frigio Attis, que se convirtió en su compañero y, en ocasiones, conductor de ese carro celebérrimo para cualquier madrileño, que va tirado por leones. La creencia en Attis sostenía que el dios se había autocastrado; en algunos sitios he leído que porque Cibeles no quería jincar con él, en otros que fue en medio de una orgía loca (y tan loca). Esta característica fue la más polémica, ya que tanto griegos como romanos repugnaron la mutilación corporal por motivos rituales. Por este motivo, los eunucos que sostenían el culto a Cibeles fueron en Roma confinados al espacio de su templo.

El emperador Claudio, ese tipo cojo y tartamudo de las novelas de Robert Graves (que, a juzgar por lo que cuenta de él Suetonio, era bastante más frío y cruel de lo que pretendió el autor inglés) estableció la fiesta oficial de Attis, en la que se celebraba la muerte del dios. ¿Que qué día? Pues el 22 de marzo. Como aquél que dice, a un tiro de piedra de la Semana Santa.

El 15 de marzo, los devotos cibelinos comenzaban una cuaresma durante la cual no comían carne de cerdo ni pan y sólo bebían leche. El 22 de marzo, día de la fiesta de Attis, se cortaba un pino en el campo. La tradición decía que Attis se había castrado al pie de un pino y, para los creyentes, ese árbol simbolizaba el cadáver de su dios. El 24 de marzo se llevaba a cabo la fiesta fúnebre, en la que se enterraba el pino. Al día siguiente, 25, se celebraba la resurrección del dios.

Como puede verse, para las dos celebraciones fundamentales del cristianismo en general y del catocilismo en particular, existían en Roma ritos masivos con elementos que sobrevivieron en el nuevo ritual.

El ciclo ritual ligado al solsticio de invierno comenzaba en Roma el 19 de diciembre, y venía a coincidir con las fiestas llamadas saturnales, de las que poco diré aquí porque, a mi modo de ver, con lo que se relacionan es más bien con otra tradición que tocaré, espero, en otro post, que es la de los Santos Inocentes. El ciclo, en todo caso, concluía el 1 de enero con la fiesta de Jano, las jaunarias.

En los primeros tiempos del cristianismo, el nacimiento de Jesús no se celebraba. Entre otras cosas, porque los evangelios no dicen nada concreto sobre cuándo se produjo. Finalmente, en el Oriente cristiano surgió la costumbre de celebrarlo el 6 de enero. A comienzos del siglo IV, sin embargo, la iglesia latina cambió esta fecha a la del 25 de diciembre. ¿Por qué?

Pues hay dos explicaciones básicas.

Una es que, de alguna manera, los seguidores de Jesucristo, más de 300 años después de su presunta muerte, obtuvieron, no se sabe cómo, un conocimiento del que, tampoco se sabe por qué, carecían con anterioridad, sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús, estableciendo que había nacido 12 días antes de lo que se celebraba, esto es el 25 de diciembre.

La otra posibilidad es que los padres de la Iglesia comprobaron que la cosa no les funcionaba bien. Ellos con su fiesta de nuevo cuño, celebración del nacimiento de un dios también de nuevo cuño, no se comían un rosco. El personal, como por otra parte había hecho siempre, tiraba de sus creencias propias, de su fe en Elagabal, en Mitra, en Attis, en lo que fuere, y celebraba, como se había hecho de toda la vida de los dioses, el solsticio de invierno.

Los primeros obispos, que por aquel entonces aún no tenían la posibilidad de inventar inquisiciones y demás mecanismos destinados a invitar amablemente al personal a abjurar de sus costumbres, no tuvieron más remedio que alzarse de hombros y, si no podían vencer al enemigo, se unieron a él. Puesto que la montaña no fue a Mahoma, Mahoma fue a la montaña y la celebración del nacimiento de Cristo se desplazó al 25 de diciembre, día en el que todo el mundo estaba acostumbrado a celebrar un nacimiento, el del llamado sol invicto.

Cada uno, que crea lo que le pete.


En fin. Nos esperan el belén, el árbol, los villancicos, los regalos, los reyes magos, Papá Noel y toda la pesca. Pero tendrá que ser en otro momento. Una voz me habla desde mi interior. Es el JdJ XBox, y tiene hambre.

Así pues, ha sido un placer.

miércoles, diciembre 09, 2009

Here again: the green solution

Pues sí. Está visto que Tiburcio no es el único versado en el arte militar y que por aquí hay mucho experto bélico, porque todos los comentarios a mi adivinanza han ido bien tirados. Todos tienen razón, porque, ciertamente, los boinas verdes, es decir los de los cuerpos especiales y tal, no existían en tiempos de la guerra civil española. Lo cual no quiere decir, necesariamente, que no hubiese tipos que llevasen boina verde.

El monarquismo español quedó en 1931 en situación desabrida. Por un lado, no podía echarse al monte y colocarse al frente del orden republicano pues, al fin y al cabo, éste no había surgido tras echar a Alfonso XIII de España, sino tras haber contemplado cómo el rey se marchaba por la puerta voluntariamente (quizás, o más bien probablemente, porque el Borbón estaba convencido de que pronto el pueblo le pediría en masa que regresara). Además, el monarquismo, que en España era fuertemente tradicional, sufrió pronto la competencia de los partidos de derechas republicanos, formaciones accidentalistas que no le ponían peros al régimen en sí y que tuvieron liderazgos muy claros y atractivos para los y las votantes de derechas.

En esa situación, la defensa de la monarquía quedó en manos de unos irreductibles galos, muchos de ellos ex altos funcionarios de la dictadura, y de los tradicionalistas del carlismo. De ahí surgieron Renovación Española, el grupo de Antonio Goicoechea; y el movimiento tradicionalista. Entre ambos, buscando abrocharlos, José Calvo Sotelo, alma del Bloque Nacional. Existía, además, un pequeño movimiento intelectual muy influido por el francés Charles Maurras, llamado Acción Española, donde se encontraban, sobre todo, Ramiro de Maeztu, Pedro Sáinz Rodríguez y Eugenio Vegas Latapié. Los famosos disturbios de mayo de 1931, que culminarían con la quema de iglesias y todo eso, comenzaron, al parecer, porque estos monárquicos, que tenían un local en la calle Alcalá, sacaron los altavoces de un tocadiscos al balcón y tocaron la marcha real a todo trapo.

Los monárquicos quisieron uniformarse como lo carlistas, que llevaban esa conocida boina roja que los falangistas auténticos, luego de la unificación en FET y de las JONS, comenzaron a llevar casi siempre arrebuñada en la hombrera de la camisa azul, por su negativa a llevarla puesta. Los partidarios del rey eligieron el verde. Y no fue casualidad. Léase de arriba a abajo, y sólo las mayúsculas.

¡Viva
El
Rey
De
España!

Las derechas de la República eran muy dadas a estas siglas. Recordemos, sin ir más lejos, el famoso CAFÉ de los militares, que significaba: Compañeros, ¡Arriba Falange Española!

Ya tenemos, pues, boinas verdes en los tiempos de la guerra civil. Ahora nos queda saber si realmente combatieron. Y es cosa que yo no tengo por tan cierta. En algún mensaje habéis hablado de que los boinas verdes habrían participado en acciones en Somosierra, y me gustaría conocer las referencias de esta afirmación, porque se trata, evidentemente, de lecturas de las que estoy falto. La referencia que yo he encontrado es de una publicación carlista de mediados de los años sesenta (se llamaba Montejurra). En dicha publicación, se dice que los boinas verdes intentaron crear su unidad propia dentro del ejército nacional, pero la falta de efectivos y de posibles les llevó a integrarse en los tercios de requetés y de falangistas. Únicamente, se dice, a base de dinero se consiguió crear un batallón de boinas verdes formado por mercenarios; batallón que, sin embargo, en su primera acción de guerra, se habría pasado en pleno al enemigo.

Otra referencia de la que tengo noticia es de un artículo periodístico sobre la materia, publicado en Canarias en los mismos tiempos (hace, pues, más de 40 años), según la cual los monárquicos formaron una fuerza muy pequeña, de menos de medio centenar de hombres, que combatió al inicio de la guerra al mando de los hermanos Miralles (¿podrían ser éstos los de Somosierra? Pero, si fueron éstos, ¿combatieron aboinados?); y, el segundo, el batallón que desertó. Este batallón, según el artículo, se llamaría Calvo Sotelo, llevaría la boina verde y habría realizado su deserción en Zaragoza.

A mí, la verdad, neto de los Miralles y su escasa fuerza que difícilmente puede considerarse aportación monárquica al ejército franquista, me cuesta creer estas versiones. Todas ellas proceden de fuentes carlistas y, por mucho que tanto ojo acrítico quiera ver en el franquismo una pared de hormigón donde todos eran iguales, en aquel pastiche que fue el régimen había sensibilidades para todos los gustos, y enfrentamientos a tutiplén. No tengo en mi biblioteca libros más profundamente antimonárquicos, más irrespetuosos con la figura de Alfonso XIII, que los escritos por falangistas; a su lado, los tomos de Ruedo Ibérico aparecen como escritos monarquizantes levemente reformistas. Con las mismas, los carlistas odiaron a los falangistas (no olvidemos que un presidente de las Cortes tradicionalista llegaría a acusar al ministro secretario general del Movimiento de querer crear en España, a través de Falange, un régimen soviético) y odiaron, por supuesto, a sus rivales directos, los alfonsinos.

El episodio de los boinas verdes de Zaragoza es un episodio del que nunca he leído que haya habido testigos; primer problema. Se trataría, además, de un caso único en el bando franquista de tropas mercenarias. Y queda el tercer gran argumento: ¿acaso la prensa republicana no habría hecho alharaca, mofa, befa y escarnio de la deserción de un batallón entero antes de pegar el primer tiro?

Todo puede ser posible. Pero me inclino a contestar a mi propia pregunta con un simple: no.