martes, octubre 26, 2010

El conflicto de los remensas

Todo el mundo sabe que la Edad Media es la época de la dominación de los señores feudales sobre los siervos de la gleba. Lo que tal vez se conozca menos es cómo se producía esa dominación, así como los graves conflictos que generó su terminación, que fue muy progresiva y, además, nada fácil. En 1986, hace ahora un cuarto de siglo pues, se produjo (no cabe decir que se celebrara) un quinto centenario de gran importancia para esta materia: el laudo arbitral de Guadalupe. En realidad, esta sentencia, impulsada por Fernando el Católico, afectó sólo a los campesinos catalanes, a los payeses. Pero en las vicisitudes que la precedieron bien pueden verse reflejados otros conflictos del campesinado. Aunque, realmente, en estos hechos que aquí relataremos, y que la Historia conoce como la guerra o el conflicto de los remensas, hay elementos muy particulares; por ejemplo, la guerra abierta entre la corona y la Generalitat. Generalitat, esta vez defendía intereses no muy virtuosos que digamos.

La relación entre señor feudal y vasallo tiene algo de mafiosa. El vasallo es en su origen un agricultor que, harto de que vengan gentes de armas a darle por culo y violar a sus hijas, decide juntar pasta con otros de la zona que son como él para mantener al más bruto del pueblo a cambio de que les proteja. Esta forma de organizarse es tan vieja como el mundo, pero digamos que cuando en la Historia del hombre occidental se abre un paréntesis en el que éste parece de repente incapaz de imaginar estructuras estatales centralizadas, adquiere mayor importancia.

La protección genera vasallaje. Eso, cualquier buena peli sobre la Mafia lo demuestra con facilidad. En un entorno de sistemas estatales débiles, con reyes que son, en realidad, primus inter pares, los señores feudales toman verdaderamente la sartén por el mango y aprenden a hacer las cosas de manera que sus privilegios tiendan a eternizarse.

Cuando ser habla de los privilegios de la nobleza, a todo el mundo se le viene a la mente el derecho de pernada. Una idea parcialmente, pero en bastante medida, errónea. El derecho de pernada no existió en todas partes ni durante toda la Edad Media; y, aún existiendo, para muchos señores era un derecho meramente teórico pues, por mucho que en las pelis en las que aparece siempre la mujer del vasallo está buenísima, ello no era demasiado habitual. El malentendido, sobre todo, proviene de la parte del marido. Es un típico ejemplo de incapacidad de ver la Historia con otros ojos que los propios del tiempo propio. Para nosotros, basados en nuestras creencias democráticas, de moral pública y de derechos civiles, que un señor feudal se pase por la piedra a la prometida de un vasallo es un ultraje. Pero no podemos olvidar que el campesinado medieval europeo era un colectivo social apenas epidérmicamente cristianizado que mantenía muchas de sus creencias anteriores, basada en gran medida en la capacidad de una persona u objeto de transmitir sus cualidades por cercanía. El hombre, además, a fuerza de observar cómo los hijos se parecen a los padres, se dio pronto cuenta de que esa transmisión por la sangre (ellos no sabían nada de los genes) estaba más que probada.

Si el señor feudal se tiraba a la mujer de un campesino, por lo tanto, le «donaba» su sangre, una sangre especial, a esa familia. Las posibilidades de dicha familia de tener al menos un hijo robusto y capaz se multiplicaban. El derecho de pernada, de hecho, podía llegar a ser más bien un incordio para quien lo ejercía.

La dominación feudal sobre el vasallo tiene poco que ver con historietas de película de serie B y más con las instituciones de derecho por las cuales la dominación económica del señor tendía a perpetuarse y profundizarse. En Cataluña, la asimétrica relación entre los señores del castillo y los pollos que plantaban alrededor generó toda una serie de instituciones juridicas que son la mejor expresión de por qué, en la Edad Media, ser vasallo era estar más bien jodido. Eran, concretamente, seis instituciones jurídicas.

La primera institución, que da nombre a los vasallos de la época, es la remensa. La remensa era un precio de redención, una especie de indemnización, que el vasallo pagaba al señor por abandonar las tierras.

En segundo lugar, se encontraba la intestia, por la cual el señor feudal percibía entre un tercio y la mitad de los bienes legados por un vasallo que muriese sin testar.

El tercer uso jurídico era la exorquia, que era una intestia automática para el señor en el caso de que el vasallo muerto no tuviese descendencia.

La cugucia era la multa pagada por el payés en el caso de que su mujer cometiese adulterio. Según el derecho catalán de la época, si el adulterio se había cometido sin consentimiento del marido, vasallo y señor se repartían a partes iguales lo bienes de la mujer. Pero si el marido había consentido en dicho adulterio, todos los bienes eran para el señor.

La arsia, quinta institución jurídica, era verdaderamente humillante. En el caso de producirse un incendio en el predio trabajado por el vasallo, éste tenía que transmitir parte de su patrimonio al señor feudal en pago por su negligencia.

Finalmente, la firma spolii, era un impuesto que cobraba el señor feudal si un payés, teniendo unos terrenos en garantía de la dote de su mujer, los hipotecaba.

Ya durante el siglo XIV, las muestras de descontento de los payeses son muchas. Pronto, los agricultores encuentran una alianza táctica con la corona, deseosa de recortar los poderes y privilegios de la nobleza. Tanto Juan I como Martín el Humano adoptan políticas propayeses. Pero el signo cambiará con la llegada a esas tierras de la dinastía Trastámara en la persona de Fernando I de Antequera, el cual concede a los propietarios la constitución Com a molts, que supone una clara marcha atrás a los ya viejos tiempos del vasallaje más intenso.

Alfonso V el Magnánimo, que siguió al antequerano, recupera la política de concordia. En 1455, intenta abolir los llamados malos usos (las instituciones jurídicas antes descritas) a cambio de un pago de 100.000 florines a la corona por parte de los payeses. O sea, da dos veces: jode a los nobles, y cobra de los agricultores. A la muerte de Alfonso, Juan II confirmó su política y abolió los usos.

Los decretos del rey Juan le granjean la total oposición tanto de la Generalitat o Diputación como del Consell del Cent, en ese momento representantes de los intereses de la nobleza terrateniente. En 1462, tras el fracaso de las negociaciones ante la renuencia de la Generalitat a aceptar casi cesión alguna, estalla la guerra. Se trata, por lo tanto, de una guerra de campesinos contra ciudades, aquéllos aliados con la corona y éstas con la nobleza. Lo que se está ventilando, en las últimas boqueadas de la Edad Media, es cómo será la Cataluña renacentista.

La guerra, a causa sobre todo de lo mucho que supieron organizarse los remensas, duró diez años, hasta la Paz de Pedralbes (1472). Juan II impuso sus tesis sobre la Generalitat y la ciudad de Barcelona, aunque con posterioridad, probablemente por querer administrar dicha victoria, estuvo lento y cicatero a la hora de aplicar las mejoras a los remensas. El rey trató de atraerse a los caudillos remensas, sobre todo Françesc Verntallat, el jefe militar con más prestigio y de talante moderado, pero no otorgar las reivindicaciones principales.

Debido a esta política de paños calientes, Juan II fallece en 1479 sin haber resuelto propiamente el problema. El sucesor de Juan II de Aragón es Fernando de Aragón, un joven y ambicioso monarca, con una sensibilidad política rubalcabiana de gran fineza, a quien su padre, en buena parte, ha estado preparando durante los años de su delfinato para un proyecto de enorme proyección: el ingreso de Aragón en la champions leage del poder planetario, mediante la unión de coronas.

De alguna manera, Fernando está a años-luz de sus predecesores, a causa de las diferencias en su aceramiento al hecho del poder. Hijo del Renacimiento, sus puntos de vista y sus ambiciones son muy distintos a los de otros monarcas que lo han precedido. Él quiere monarquías fuertes, centralizadas. Entiende el proceso centrípeto que se está produciendo ya en buena parte del mundo conocido, y que acabará obrando milagros como que provenzales, francos y borgoñones, al igual que galeses, ingleses y escoceses, dejen de darse de hostias y pasen a sentarse en el mismo consejo de ministros. Sin embargo, como demuestran conflictos como el dinástico castellano del que es centro su mujer, Isabel, uno de los problemas del nuevo montaje es el excesivo poder de la nobleza, poder, por definición, centrífugo. Aquí tenemos la razón fundamental del empleo fernandino en el conflicto de los remensas. No es tanto la justicia social lo que busca, ni siquiera la eficiencia económica, como la justicia monárquica.

Eso sí: en un principio, cede, esperando su momento. Fernando de Aragón, a quien acabaremos conociendo como El Católico, trata de arreglar las cosas, pero se encuentra con una oligarquía cada vez más envalentonada con la idea de volver al pasado. Fruto de esta presión, Fernando acaba estampando su firma al pie de la constitución Com per lo Senyor, que anula, décadas después, las provisiones de Alfonso el Magnánimo. Los remensas, pues, perdían todas las que hoy llamaríamos conquistas sociales obtenidas en la guerra; y, además, todavía debían 60.000 de los 100.000 florines comprometidos en la norma de Alfonso.

Así las cosas, era lógico que entre los remensas los más radicales fuesen los que prevaleciesen. Pere Joan Sala, guerrillero formado a los pechos de Verntallat, inicia una sangrienta revuelta en 1484, que dura un año.

Las tropas de Sala derrotan a capitán real Gilabert Salbá en La Garrotxa, Girona. Luego toma el castillo de Anglés, momento en que la rebelión se extiende por Vic, La Selva y el Vallés.

Fernando, entonces en Sevilla buscando pasta para luchar contra el moro (y zumbándose a ratos a su barragana murciana), se da cuenta de que la cosa es seria, y que plugue negociar. Se llega a redactar un proyecto de acuerdo en 1485, por el cual se eliminan los malos usos pero se mantienen los censos y otras cargas económicas tradicionales sobre los vasallos. Se establecen indemnizaciones para los señores feudales (100 sueldos por casa) a pagar por los remensas, una cuarta parte a ingresar en la corona, eso sí a cambio de que Fernando renunciase a la deuda de los 60.000 florines. Las partes, sin embargo, estaban demasiado radicalizadas como para acordar aquello.

Sala decide no esperar, y toma Granollers, luego Tarrassa, y luego Sabadell, lo cual supone situarse casi a las puertas de Barcelona. Fernando contraataca formando un gran ejército, ahora aliado con sus enemigos de hogaño, y el 4 de marzo de 1485 recupera Granollers. Sala, a pesar de la derrota, tomó Mataró, y luego se dirigió a Tarrassa. En Llerona, las tropas fernandinas le dieron caza y le arrearon tal surtido de capones que la derrota de los remensas fue total. Cuatro días después, Sala fue ejecutado.

Fernando trató de administrar su derrota. Delegó en Luis deMargarit, hermano del entonces obispo de Gerona, para que negociase con los remensas moderados (Verntallat) una solución. La gestión de Margarit, sin embargo, fracasó por la obstinada negativa de los nobles. Ellos también habían ganado; sus mercenarios estaba en el ejército que había ganado en Llerona; y, consecuentemente, reclamaban la reimposición de los usos y la vuelta atrás.

Fernando, probablemente hasta los huevos del problema ya, decidió buscar un primera fila para resolver la cuestión. Así pues, se la encargó a su Rubalcaba particular, Iñigo López de Mendoza, quien cuando no estaba escribiendo poemas oficiaba de consigliere del rey. Fue don Iñigo quien, a base de negociar y negociar, acabó logrando el OK de ambas partes, más expedito desde el momento en que logró resolver el espinoso asunto de los castillos tomados por los remensas y que éstos no querían devolver. Finalmente, fueron devueltos a cambio de que el rey recibiese en persona a una delegación de los líderes más radicales, y les escuchase.

El 21 de abril de 1486, en Guadalupe, se promulgaba el laudo arbitral. Se suprimirían los malos usos, a cambio de una indemnización a los nobles equivalentes a 60 sueldos barceloneses por predio. Una vez pagada esa indemnización, el remensa quedaba lire de comprar, vender o permutar sus tierras, sin permiso ni pago al señor. Eso sí, debía prestar homenaje al señor y pagarle los censos y otras exacciones tradicionales a contar desde 1480. Ambas partes declaraban una tregua de 101 años y renunciaban expresamente a reclamación alguna, fuera de las establecidas en el documento, relacionada con las guerras; es decir, acordaron una amnistía en toda regla. Se establecieron unas indemnizaciones por daños a favor de los nobles por valor de 6.000 libras. Sólo los cabecillas más radicales fueron condenados por sus acciones.

La sentencia de Guadalupe hizo mucho por el corporativismo agrario catalán, ya que para cumplir la sentencia los remensas crearon un sindicato que existió durante 20 años y los colocó, como digo, en el carril del asociacionismo.

El gran ganador en Guadalupe fue la corona de Aragón. Fernando el Católico aplicó durante el conflicto esa estrategia del pescador que da sedal a su presa. Inició su reinado aplacando a los terratenientes y llegó a aliarse con ellos cuando los remensas se radicalizaron; algo que, con seguridad, él sabía que iba a pasar tomando las medidas que estaba tomando. Así pues, manipuló el conflicto con habilidad, y en su momento, tras dos guerras, puso sus cartas boca arriba y demostró a los nobles que no estaba dispuesto a permitir una simple vuelta atrás; postura altamente racional, pues el tiempo pasa para algo. Ayudando, pues, a los nobles a vencer, fue él quien venció. Había conseguido lo que sus antecesores no pudieron: demostrar a las partes implicadas, y muy especialmente a los nobles, que ya no podían soñar con mover fíchas en el tablero del poder sin contar con el rey.

A partir del conflicto de los remensas, cuestionar el papel arbitral y superior de la monarquía se convirtió en misión difícil, cuando no imposible.