jueves, abril 29, 2010

¿Fue el franquismo un genocidio?

Uno de los elementos fundamentales de la actual polémica, tan sólo en parte histórica, en torno al franquismo y el tratamiento que cabe darle en el tiempo presente se refiere a la consideración de los crímenes franquistas como crímenes contra la Humanidad que, por lo tanto, no disfrutarían de prescripción y tampoco podrían, según algunas interpretaciones, estar amparados por la Ley de Amnistía del 77.

Estos argumentos llevan, a mi modo de ver, a reflexionar un poco sobre el centro de esta cuestión que es, a mi modo de ver, el crimen de genocidio. Es por ello que he procurado documentarme un poco (desde el hándicap de no ser jurista, mucho menos especialista en derecho internacional de los derechos humanos) para bosquejar algunas reflexiones al respecto.

Para documentarme, he acudido a la sentencia IT 98-33 [2001], Prosecutor versus Radislav Kristic, de la Corte Criminal Internacional parta la antigua Yugoslavia, puesto que en las referencias que he podido consultar suele ser señalada como una fuente interesante para la definición del genocidio. Esta sentencia condenó al general Krstic por las matanzas de musulmanes bosnios en Srebrenica; más concretamente, falló que el acusado había dirigido una operación destinada a exterminar a todos los bosnios musulmanes en edad militar de la ciudad y de la zona. No voy a extenderme aquí en las matanzas de Srebrenica, pues no es el objetivo de este post. Lo realmente importante, para mí, está en aquellas reflexiones introducidas en los considerandos de la sentencia que tienen un carácter más general.

Como es bien sabido, el genocidio ha sido definido como «el intento de destruir, en todo o en parte, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal grupo». La definición, de por sí, es genérica porque tiene que serlo y, de hecho, es por ello que el asunto de qué es y qué no es un genocidio ha dado y seguirá dando para tanta discusión. No obstante, lo que parece claro es que un genocidio es, por definición, un intento de borrar de la faz de la Tierra, no a un ser humano, sino a un conjunto de seres humanos caracterizados por una identidad; y esa identidad es la que debe ser la razón de dicha voluntad de exterminio.

Empecemos, como hace la propia sentencia, por indicar qué es eso de «como tal grupo».

En su considerando 488, el fallo recuerda la definición adoptada por las Naciones Unidas en el sentido de que genocidio es «una negación del derecho a existir de grupos humanos completos». Esta interpretación viene a querer decir que lo importante no es que el grupo de víctimas esté formado por muchas o pocas personas, puesto que si solo quedasen tres esquimales en el mundo y alguien los matase con la intención de acabar con los esquimales, estaría cometiendo tanto genocidio como Hitler con los judíos (en ambos casos existe el deseo de hacerlos desaparecer como grupo, es decir, acabar con los esquimales y acabar con los judíos).

Sin embargo (considerando 490), la sentencia nos dice, literalmente: «La Convención contra el Genocidio no protege todos los tipos de grupos humanos. Su aplicación se limita a los grupos nacionales, étnicos, raciales o religiosos». Y añade (493): «Las características culturales, religiosas, étnicas o nacionales del grupo deben de indentificarse en el entorno del contexto sociohistórico en el que habita dicho grupo»; y la característica de grupo puede inferirse por el acto del genocida de estigmatizar a sus miembros sobre la base de dichas características.

En cuando a lo que se refiere a la voluntad o tentativa de destruir, la importancia de este punto radica en que, tal y como la propia preparación de la Convención contra el Genocidio demuestra, se entiende que una cosa (genocidio) es la destrucción total o parcial de un grupo con voluntad de conseguir su destrucción; y otra distinta una actuación que tiene como consecuencia la destrucción el grupo, pero en la que no ha mediado dicha voluntad. Dicho de otra forma: el elemento de juicio importante no es tanto el hecho de que las víctimas se hayan producido, como que se hayan producido en el marco de una voluntad de destruir al grupo al que pertenecían.

Una aclaración muy interesante de la Corte, aunque probablemente de poca aplicación en el terreno que aquí trato de desarrollar, es el considerando en que nos dice (516): «A pesar de ciertos desarrollos recientes, la legislación internacional habitual limita la definición de genocidio a aquellos actos que buscan la destrucción física o biológica de todo o parte del grupo. Por lo tanto, una actuación que ataque solamente las características culturales o sociológicas de un grupo humano buscando con ello aniquilar esos elementos que dan al grupo su identidad distinguida del resto de la comunidad no estaría dentro de la definición de genocidio». De esta manera, la Corte rechaza las interpretaciones que vienen a decir que tanto genocidio es destruir a las personas como, por ejemplo, destruir su cultura, u obligarles a abandonar sus costumbres.

Con todo, por lo que he podido ver, el elemento más peliagudo de la definición de genocidio es aquello de «en todo o en parte». Esto nos dice que el genocidio no presupone que el genocida tenga que asesinar absolutamente a todos los tutsis, a todos los miskitos, etc.; basta con que, en su intento por acabar con ellos, acabe sólo con un subconjunto de ellos. Pero, ¿cuánto de grande tiene que ser ese subconjunto para ser relevante?

La interpretación de la Corte es plenamente coherente con la desarrollada en la parte referida a la expresión «el grupo como tal». Considera (520) que la destrucción de una parte de la colectividad afectada puede ser considerada genocidio «sólo en la medida en que fuese llevada a cabo con el intento de destruir el grupo como tal». Una vez más, por lo tanto, se huye de discusiones sobre si 1.000 víctimas, o 100, el 15% o el 33%, son suficientes. Lo importante es que exista la intención de destruir; debe existir un dolus specialis, un dolo especialmente cabrón. Nos dice (526): «Una campaña que resulte en el asesinato en diferentes lugares distribuidos en un área geográfica amplia, de un número finito de miembros de un grupo protegido podrían no ser calificada como genocidio, a pesar de un alto número de víctimas, porque no se mostraría un intento por parte de los causantes de las muertes de amenazar la existencia del grupo en sí».



A partir de aquí: ¿puede el franquismo ser considerado un genocidio? Respuesta: no lo sabremos hasta el día, si es que llega, que una Corte internacional lo juzgue. Porque si algo queda claro leyendo sobre la materia es que las opiniones y los puntos de vista son muy diversos, dispersos incluso, en este terreno. En buena parte, la calificación de los crímenes franquistas como genocidio depende de cómo evolucione la doctrina sobre el mismo, y sobre todo si evoluciona de forma homogénea y comúnmente aceptada. No existe una respuesta para esta pregunta. Existen personas que se la plantean y se la contestan de diversas formas.

Hecha esta salvedad, hay algunas apreciaciones, cuando a la luz de lo visto hasta ahora, que son fundamentales.

Me queda claro, por ejemplo, tras mis lecturas, que la voluntad de destruir es conditio sine qua non para que una acción criminal sea genocidio. Estamos, pues, hablando de la existencia de un grupo más o menos homogéneo, y un agente que desea su desaparición e, intentándolo, o bien destruye efectivamente a dicho grupo, o bien lo mina o erosiona en sus efectivos.

¿De qué grupo estamos hablando en el caso del franquismo? Sólo se me ocurre uno, y es el que comúnmente denominó el franquismo como rojos, sinécdoque dentro de la cual se encuentran un montón de sensibilidades encuadradas en el bando republicano de la guerra civil. Existen pruebas en el sentido de que la voluntad de acabar con la oposición de las fuerzas opositoras al franquismo existió. Ahí están, sin ir más lejos, las instrucciones golpistas de Mola, que se refieren al tema con palabras que dejan poco margen a la interpretación. Bajo este punto de vista, por lo tanto, el franquismo cumpliría, a la perfección, con el esquema de régimen político que se plantea como objetivo acabar con un grupo como tal; no trataba, pues, de condenar a Pérez o a García por sus delitos más o menos probados, sino que pretendía fusilarlos por rojos, porque su objetivo era acabar con los rojos.

Esta tesis, sin embargo, se encuentra con algunas dificultades.

En primer lugar, está la cuestión, que supongo que cualquier eventual defensa sacaría a pasear, de que esa pretendida voluntad exterminadora era una voluntad reactiva: una voluntad consecuencia de algo. Aquí, a mi modo de ver, el debate se enfanga jodidamente, como fruto de dos miopías quizás muy bien estudiadas. Por un lado, está la miopía de quienes no se dan cuenta de que, por mucho que la España de la primera mitad del 36 fue probablemente un país irrespirable, un país con un gobierno que cometío actos tan poco edificantes como vaciar las cárceles de sus militantes presos y soltar, de paso, a los comunes (a ver si algún día encuentro en las memorias de Pasionaria la explicación de qué tienen en común un violador o un hostiador de tías con un comunista de corazón y cerebro); a pesar de los problemas de orden público y todo eso, los crímenes de la República son posteriores a la voluntad manifiesta (by the way Mola) de acabar con los opositores, con los rojos.

En el otro lado de la frontera encontramos un astigmatismo de la misma medida, representado por tantos opinadores de izquierdas que se obstinan en no admitir que lo que hubo en muchas zonas republicanas, tras el estallido de la guerra, no fueron cuatro algaradas de incontrolados, sino matanzas cruelmente planificadas, torturas indescriptibles, asesinatos masivos y, por cierto, se podría entender que la voluntad manifiesta de acabar con un grupo religioso como tal, el de los sacerdotes católicos; con lo cual incluso se podría llegar a la conclusión de que tan culpable de genocidio puede ser Franco como Largo Caballero o Negrín.

Este elemento es fundamental para los críticos de la calificación del franquismo como genocidio, que suelen atacar la también manida identificación entre franquismo y nazismo con el argumento, que no carece de base, de que ambos no pueden ser fácilmente comparados dado que al primero lo parió una guerra civil y al segundo, no. Pero, como digo, también es discutible que las intenciones del franquismo sean un resultado de la guerra civil, puesto que cabe pensar que los alzados se alzaron ya con esas intenciones.

Otro elemento que también tiene su miga es el hecho de que la definición de genocidio parece tener un interés especial por ceñirse a grupos de carácter religioso, nacional, étnico o racial. Nada se dice de grupos de carácter político. Los rojos no otra cosa fueron. No eran todos de la misma etnia (bueno, eran todos europeos blancos; pero no creo que eso valga, teniendo en cuenta que su asesino también lo era); los había católicos, agnósticos, ateos y mediopensionistas, sin que me atreva yo a decir aquí si ser masón es una religión; pertenecían, más o menos, a una nación, España, pero, una vez más, eso también le pasaba a su asesino; y su raza tampoco parece un elemento definitorio. Los perseguidos lo fueron por razón de su significación política, y esto es algo que, cuando menos en la sentencia citada, parece estar fuera del ámbito del genocidio. Aunque confieso que encuentro problemas para entender por qué, entre otras cosas porque, al menos en mi opinión, en el caso del franquismo se da con claridad esa característica de estigmatización (en este caso, del rojo) de que se habla en la sentencia Krstic. Tendría que encontrar algún considerando o párrafo doctrinal que lo explicase.

Como tercer punto de debate, una pregunta que ya me he hecho en foros y en privado: un genocida, un tipo que quiere acabar con los Ulenbate como tal grupo, ¿concede indultos a ulentabes? A partir de mediados de los cuarenta, en parte porque la cosa se iba serenando y desde Washington le mandaban regalitos, en parte porque la factura de las cárceles era excesiva, Franco comenzó a conceder indultos. Los condenados a muerte por el franquismo que no fueron fusilados son muchos; también hubo personas liberadas, y condenados a años de cárcel que salieron de ella, antes de cumplir condena o al cumplirla. ¿Es esto compatible con una voluntad de destruir a un grupo como tal? Es éste, quizá, el argumento más sólido, en mi opinión, en contra de la calificación de genocidio. Vuelvo a la sentencia de la Corte y me fijo en un considerando, el 483. En él se dice: «Es cierto, como argumenta la Defensa [del general serbio], que algunos hombres heridos [entiéndase: bosnios musulmanes] fueron autorizados para dejar Srebrenica bajo la escolta de la UNPROFOR. Un informe de 13 de julio, sin embargo, indica que la VRS [los serbios] estuvo de acuerdo con esta evacuación sólo por causa de la presencia de la UNPROFOR y para mostrar a los medios de comunicación que los no combatientes eran tratados adecuadamente».

Este párrafo nos dice que, para la defensa serbia, el hecho de que algunas personas hubiesen sido «indultadas» en Srebrenica es una demostración de que no había voluntad de acabar con el grupo como tal, como repetidamente demanda la Corte para calificar un delito de genocidio. Y lo que la Corte contesta no es que esa interpretación sea una gilipollez; lo que contesta es que el argumento no vale porque las personas evacuadas no lo fueron por deseo de los serbios, sino por su conveniencia; de no estar allí la ONU y los periodistas, se insinúa, se los habrían apiolado heridos y todo.

De aquí cabe preguntarse: pero, entonces, alguien que renuncia a un asesinato, vía indulto, liberación, conmutación de pena, etc., ¿está mostrando que su voluntad no es la de exterminio? La pregunta es atractiva, y tiene varias respuestas. Entre otras cosas, porque podría considerarse que el franquismo fue tan taimado como los mandos de las fuerzas serbias. Se puede considerar que quien fue no-asesinado (y aquí englobamos a los no molestados, a los condenados a cárcel, a los declarados inocentes y a los indultados) lo fue en el marco de una estrategia del régimen para aparecer como civilizado; algo que, especialmente desde principio de los sesenta, cuando Franco empezó a hacerse pajas con nuestra entrada en la CEE, comenzó a interesarle mucho. Pero también podría considerarse que los no-asesinados son demasiados como para formar parte de una mera política de imagen o fachada.

Me interesa mucho la definición citada en la sentencia del genocidio como la negación del derecho a existir del grupo objeto de genocidio. Esta definición se coloca, a mi modo de ver, claramente en contra del franquismo si la entendemos en un sentido laxo. Sentido laxo quiere decir identificar «existir» con «existir libremente». Porque que Franco impidió que los rojos pudiesen existir libremente, siendo rojos, defendiendo las cosas que defiende un rojo, diciendo cosas de rojos, publicando revistas de rojos, filmando películas de rojos, es algo que no creo que nadie pueda negar. No tiene vuelta de hoja.

Si la interpretación es estricta, ya la cosa cambia. Si entendemos «existir» como «existir respirando sobre la Tierra», ya no está, a mi modo de ver, tan claro que a los rojos se les negase el derecho a existir en la España de Franco. Que los rojos vivieron en la España de Franco es bastante evidente. Ciertamente, Franco los persiguió; pero no siempre los mató, pudiendo hacerlo cuando los tenía en Carabanchel, siendo como era el propietario de las llaves. La clave, a mi modo de ver, está en que cuando Franco dejó conscientemente existir a los rojos (véase el caso del general con dicho apellido), lo hizo obligándoles a no ser rojos, a no aparecer como tales. Si lo hacían, les quitaba las cátedras, los encarcelaba, los puteaba e, incluso, los fusilaba. Por lo tanto, la pregunta es si dejar a alguien vivir sin que pueda ser quien es, denota voluntad de exterminio. Una vez más, una pregunta que tiene muchas respuestas.

En resumen, cuando pienso en este tema casi me entran ganas de que esta decisión judicial fuese algún día enervada. Un análisis serio y desapasionado a la luz del derecho internacional y de la interpretación de jueces especialistas podría ser enormemente esclarecedor para un debate histórico todavía abierto y que, muy probablemente, seguiría abierto después de dicha decisión, pero ya con otros tintes.

He dicho «casi», sin embargo, porque con la que está cayendo sería imposible que el debate fuese desapasionado ni profesional. Con seguridad lo trufaríamos de ampulosos oropeles demagógicos, durante los cuales se iban a escuchar más chorradas por minuto que en el show de los Hermanos Calatrava. Eso sin tener en cuenta que este tipo de causas internacionales son personales (no se ha juzgado al Estado serbio; se ha juzgado a Ratko Mladic, a Radovan Karadzic, a Slobodan Milosevic...), con lo que una eventual denuncia chocaría con el mismo problema con el que chocó Garzón, pues Franco, según algunas noticias, está muerto.

miércoles, abril 28, 2010

Con permiso de Grecia

Durante mi primer paseo por Cibeles a principios de los ochenta, cuando llegué a Madrid para estudiar, me topé con una manifestación frente al Banco de España. Además de los gritos y las pancartas, había tipos y tipas recogiendo firmas. Uno de ellos me captó en la acera y me invitó, ufano, a firmar contra el FMI. Yo me negué, argumentándole que, para mí, firmar contra el FMI era como para él firmar contra la hermenéutica del dimetilfosfato; esto es, ponerme en contra de algo que no tenía ni puta idea de lo que era. Recuerdo la mirada, mezcla de extrañeza y desprecio, que me dedicó aquel tipo. Lo cierto es que renunció a mi firma en lugar de hacer lo que yo hubiese esperado, esto es explicarme qué era el FMI y por qué tenía yo que firmar.

Luego, con los años, he aprendido que el Fondo Monetario Internacional es una institución fundamental para el entorno mundial de las relaciones de cambio, que ha sido uno de los grandes retos, no plenamente solucionado, de la economía moderna. En efecto, la historia del siglo XX es, económicamente hablando y en buena parte, la historia de cómo el mundo ha tratado de construir entornos estables para las monedas; lucha que nos ha llevado por diversas etapas, como el patrón oro (véase una pequeña serie aquí, aquí y aquí) o Bretton Woods.

Aunque en estos posts se explican muchas más technicalities del proceso, podríamos resumir diciendo que la experiencia del comercio internacional masivo, que es algo que existe desde algo menos de 200 años más o menos, nos dice que es difícil, cuando no imposible, encontrar la fórmula secreta que nos permita mantener la estabilidad de las monedas y no hacer de éstas instrumentos procíclicos que tiendan a hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Otra cosa que hemos aprendido en el siglo XX es que el sueño decimonónico de encontrar una relación de cambio que en el momento t es adecuada y pretender mantenerla para el momento t+1, t+2,..., t+n, es, aparte de erróneo, estragante. La combinación de ambas cosas nos lleva al concepto de relación de cambio flotante pero controlada. La economía moderna trata a la relación de cambio como al niño que se quiere ir a jugar a la pelota: puedes ir, pero no te separes del portal más de cien metros.

El Fondo Monetario Internacional es una institución que existe para asistir a aquellas naciones que, a pesar de beneficiarse de un sistema mundial de relaciones de cambio libres pero controladas, acaban teniendo serios problemas de balanza de pagos. En buena teoría liberal, esto no debería ocurrir pues, al fin y al cabo, alguien que tiene desequilibrios entre entradas y salidas de pasta acaba viendo cómo su moneda se devalúa; pero esa devaluación, automáticamente, hace muy atractivos sus productos en mercados exteriores, lo cual incrementa sus exportaciones y equilibra la balanza. Esta teoría, sin embargo, no se cumple con exactitud, sobre todo cuando en la economía mundial se introducen fuertes factores de distorsión, como ocurrió en los setenta y ochenta con los precios del petróleo.

De las crisis del petróleo y los ajustes que necesariamente forzaron en las economías más desarrolladas, los grandes perdedores fueron las economías fuertemente basadas en la venta de materias primas (lo que mayormente conocemos como Tercer Mundo y que yo llamaría MEM, o sea Mundo Escasamente Manufacturero), las cuales tenían un escaso nivel de soberanía sobre el precio de las mismas y, por lo tanto, se convirtieron en países importadores de recesión. La relativa simpleza de sus sistemas económicos hizo, además, que su capacidad de reacción para equilibrar la balanza de pagos fuese limitada en el corto plazo. En el fondo, la situación de los países en vías de desarrollo a finales de los setenta o principios de los ochenta se parece bastante a la que tuvo España en su peor momento económico, que sin duda fueron los primeros años del siglo XX, con la pérdida de las colonias. En 1900, el endeudamiento de la economía española no tenía nada que envidiarle a los graves problemas que hemos visto en África y Latinoamérica apenas hace unos años. La salida, en la España de principios del XX como en el Brasil de principios del XXI, es la misma: mirar hacia tus potencialidades industriales, y apostar por ellas a saco.

El FMI tiene dos misiones: prestar dinero y asesorar. La primera puede ser polémica si presta a unos y a otros no, pero se podría decir que no lo ha sido mucho en estado puro. El gran problema del FMI, el factor que hacía que ese chaval de principios de los ochenta pidiese mi progresista firma, es el segundo. El FMI no presta a fondo perdido, sino que exige condiciones. Para las naciones endeudadas, el FMI es el last resort porque, normalmente, la vía clásica de financiación, que es la deuda pública, la tienen cerrada. Una nación muy endeudada está al borde de la suspensión de pagos y, por lo tanto, el mercado es poco proclive a comprar sus títulos; a lo que hay que añadir que, si su moneda, o sea la moneda a la que se pagan dichos títulos, está bajando por la cuesta a la velocidad de Ingemar Stenmark, encima hay que sumar un riesgo de cambio de la hueva.

En los últimos treinta años, han sido muchas las naciones endeudadas que han tenido que aplicar, para poder tener la pasta del FMI, sus recetas económicas. Lo cual, a decir de algunos economistas, es relativamente injusto pues, por ejemplo, es éticamente discutible que la Argentina de Raúl Alfonsín fuese responsable de la deuda contraída por unos señores que se llamaron Videla, Galtieri et altera, los cuales, que se sepa, nunca le preguntaron a los argentinos si querían endeudarse. Mutatis mutandis, nunca les preguntaron nada en lo absoluto.

La receta FMI es clara: la prioridad es reconstruir el déficit de la balanza de pagos. Déficit cuyo origen proviene, esto es obvio, de que el país demanda más pasta de la que suelta y, por lo tanto, depende del capital extranjero para financiarse. En consecuencia, lo que tiene que hacer un país efedemizado es adelgazar para quitarse de enmedio todas esas cosas que tiene y no puede pagar mientras, al tiempo, hace, en la medida lo posible, caja para tener más dinero propio con el que pagar. Ésta es la razón por la cual la receta del FMI es tan mal vista por las izquierdas. Allí donde el país tiene empresas públicas, ha de venderlas (véase, sin ir más lejos, el proceso en Argentina); ya que se entiende que los salarios existentes apenas se pueden pagar, se impone la restricción salarial real (crecimientos por debajo de la inflación); se fuerza la eliminación de mecanismos de fijación política de precios para que sea el mercado el que los fije, lo cual suele tener como consecuencia el automático encarecimiento de la vida básica (mientras los salarios se estancan); y, por último, el gasto social (pensiones, sanidad, etc.), en la medida que es público, debe ser revisado.

Esto ha sido así en la Historia reciente de las relaciones económicas internacionales. Las protestas contra el FMI como fabricante de pobreza en aquellos países a los que presta dinero han sido muchas, pero el FMI ha contado siempre con el apoyo de los países más ricos del mundo y, además, la razón le asiste en gran parte cuando dice que lo suyo es el largo plazo y que, en el largo plazo, a no pocos países que han tenido que tomar esta Purga de Benito ha acabado por no irles nada mal.

La crisis financiera internacional del 2008 no es más grave que otras que se han vivido. A día de hoy, en mi opinión, su comparación con la del 29 sigue siendo algo exagerada. Pero tiene un gran interés porque es una crisis, si no más grave, sí más distinta. Ha generado problemas nuevos, el principal de ellos el que podríamos denominar (de momento) problema griego.

¿Por qué es nuevo este problema? Pues, básicamente, porque Grecia, en teoría, no debería tener los problemas que tiene. Grecia pertenece a una zona económica estable, la Unión Europea, y está integrada en una subzona de esa zona, la Eurozona, que es más estable aún. ¿Por qué lo es? Pues porque los países que participan en el euro son países que han pasado un examen, el de la convergencia nominal, según el cual tienen unos niveles aceptables en los tres grandes equilibrios macroeconómicos: inflación, deuda y déficit de las cuentas públicas.

El país euro, por lo tanto, es un país que tiene los elementos necesarios para controlar espirales de precios. Esos controles los ejerce, además, siendo estricto en su estructura de ingresos y gastos públicos de modo y forma que el poder público no sea un elemento distorsionador de la economía. Y eso lo ha conseguido sin tener que apelar a la financiación externa del propio Estado en una proporción excesiva sobre la riqueza del país. En resumen: ha llegado la gripe, pero se supone que Grecia es un país que toma zumo de naranja todos los días, que está obligada a ir bien abrigada cuando llueve o hace frío y que, además, tiene el armario lleno de aspirinas.

Pero Grecia está al borde de la suspensión de pagos.

El primer responsable de esto, a mi modo de ver, es la arquitectura del euro. En la segunda década de los noventa, importó mucho más el cumplimiento nominal de ciertas condiciones que la comprobación efectiva de dicho cumplimiento. Entrar en el euro se convirtió en un proceso como esas ofertas laborales en las que, en lugar de tu título universitario, tienes que presentar una declaración jurada en la que aseguras que tienes dicho título. La pregunta, quizá, no es por qué Grecia ha llegado a estar así estando en el euro, sino si debió entrar en el euro. Y lo inquietante es que éste es sólo un episodio más de los muchos que se han producido en la UE en los últimos quince años, animados por una filosofía modelo caballo grande, ande o no ande. Europa quiere ser grande, y para ser grande ha ampliado su club económico de manera casi exponencial en los últimos años, integrando con ello economías muy diversas, con diferentes niveles de madurez, y rebajando sus exigencias.

Todo esto, sin embargo, ya no tiene remedio. Contra lo que piensan algunos, sacar a Grecia del euro sería una catástrofe. Para todos. Es nuestra moneda, y su credibilidad, por lo tanto, es nuestra credibilidad. Sean cuales sean los errores del pasado, el mensaje que hoy tiene que lanzar el euro es que seguirá impasible el ademán.

Pero el problema griego es mucho más que euro sí o euro no. El problema es el asunto de las ayudas. Es la primera vez desde la segunda guerra mundial que hay que pensar en ayudar a alguien que debería tener más bien vocación de ayudador. Y esto es lo que hace, a mi modo de ver, la ocasión histórica.

¿Qué vamos a vivir en el futuro cercano? Pueden ser dos cosas. Podemos vivir un cambio en la filosofía monetaria internacional. Un cambio por el cual el FMI y los países donantes de la UE se van a convertir en prestamistas, pero olvidándose de la función asesora. Van a dar el dinero, exigiendo algunas reformas, desde luego, pero no imponiendo las políticas de equilibrio que se han estilado en pasadas décadas para los países en desarrollo. O podemos vivir un no-cambio. Podemos vivir una situación por la cual el FMI siga en su línea y le dé a Grecia el mismo tratamiento que a, un suponer, Etiopía: si quieres mi dinero, tendrás que gobernar a mi manera.

Éste, a mi modo de ver, es el centro del agrio debate que se está produciendo hoy en Europa y muy singularmente en Alemania, y que ha obligado a la canciller Merkel a amagar con no soltar la pasta, al menos hasta las elecciones de Renania-Westfalia. Alemania lleva muchos años sustantivando un cambio también histórico por el cual las fuerzas socioeconómicas del país se han comprometido con la competitividad de su economía. No es en modo alguno casualidad de que esta crisis no haya supuesto graves problemas de empleo en este país. Los alemanes llevan tiempo renunciando a sustanciosas ganancias salariales para poder ser más productivos, por cuanto saben que son trabajadores caros, saben que los baratos están a tiro de lapo y muchos de ellos además hablan alemán por los codos, y saben, por lo tanto, que tienen que aceptar sacrificios relativos para no salirse del tiesto por el lado de los ricos. Es normal que esos mismos trabajadores alemanes se nieguen ahora a poner la pasta para que los griegos jubilados sigan cobrando pensiones públicas equivalentes casi al 100% de su sueldo activo (tasa que en Alemania no pasa del 60%).

Pero, como digo, la cuestión es más profunda, histórica. Ahora que sabemos que las crisis globales no son cosas que esquilmen siempre a los pobres antes que a los ricos, ahora que sabemos que también el vecino wealthy y otrora mimado por los rating internacionales también puede quedarse sin curro y hundirse en la indigencia, ahora que sabemos todo eso, ¿qué le exigiremos a cambio de prestarle dinero?

El caso griego está poniendo en cuestión, quizá sin proponérselo, el propio statu quo monetario internacional que representa el Fondo. Está colocando a los gestores de la política económica internacional ante dicotomías muy jodidas. Mi opinión personal es que nada debería cambiar. Con permiso de Grecia, Grecia debe joderse. Hay una canción muy gráfica que cantamos los españoles cuando niños que habla de un carrito del helao, y que viene aquí al pelo.

Grecia debe tomarse el mismo ricino que han tomado otros. El de Argentina, el de Perú, el de Bolivia, el de Nicaragua, el de tantos países africanos. Esto, indudablemente, pone a prueba los sistemas políticos, como saben bien los ciudadanos de tantos países, muchos de ellos hispanohablantes, que han experimentado la ascensión meteórica de políticos populistas que se han subido al caballo del anti-FMI. Pero, ¿cuál es la otra alternativa? ¿Desarrollar unas reglas especiales, más a fondo perdido, para un europeo por el hecho de serlo? Eso sería volver a los tiempos de finales del XIX, cuando los ciudadanos de los países colonizadores de China tenían derecho de extraterritorialidad en aquel país y no podían ser juzgados por los jueces chinos. Lo que no vale para Garzón, tampoco vale para Grecia, aunque sólo sea porque ambos empiezan por la misma letra. La guerra, decía la monja del chiste, es para todos.

Lo otro, como digo, equivale a quitar de la mesa el tablero de la oca, y poner un parchís. Parecerse, se parecen. Pero no son el mismo juego.

lunes, abril 26, 2010

El enigma Llizo

Uno de los clásicos de las películas de magnicidios es hacer que el que asesino del alto político sea un periodista. La cosa tiene su lógica. Los periodistas son, aparte de los políticos, los humanos que tienen un contacto más estrecho con éstos. La necesidad de multiplicar los contactos entre periodistas y políticos hace que, aunque se quisiera hacer comprobaciones de seguridad cuando se juntan, sería imposible. Además, luego está el caso de que, si lo que puede hacer un periodista, como recientemente le ocurrió al entonces presidente Bush, es tirar un zapato, es algo que difícilmente se podrá controlar.

Cabe la pregunta de si alguna vez, en la Historia de España, se ha producido una acción de este tipo por parte de algún periodista. Y la respuesta es sí. Serán varias, pero al menos una yo la conozco y es de la que quiero hablaros hoy, por la curiosa carga de misterio que porta.

2 de diciembre de 1930. Desde hace más o menos un año, España va un poco a la deriva, en medio de la dictablanda del general Dámaso Berenguer, que ha sucedido al frente de los destinos del país al dictador Miguel Primo de Rivera, quien ha fallecido en París poco después, unos meses antes. Diciembre de 1930 es un mes de intensísimo movimiento republicano. Es el mes de la sublevación de Jaca, que terminará con el fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández. Es también el mes del golpe de Cuatro Vientos, otra asonada republicana organizada (por decir algo) bajo el mando de un jefe de conspiradores militares republicanos llamado Queipo de Llano.

A principios de diciembre de 1930 ya se ha producido la reunión del Pacto de San Sebastián, en la que todas las fuerzas republicanas se han unido en una coalición poderosa que, desmintiendo incluso sus propias previsiones, acabará trayendo la república apenas cinco meses después. El gobierno Berenguer está solo, pero sigue gobernando. En la administración Berenguer hay una pieza muy importante, que es el director general de Seguridad, Emilio Mola. El general Mola, que algunos años después jugará un papel aún más importante en los destinos de España como general director del golpe de Estado de 1936, fue un director general de seguridad de gran importancia, como destacan muchas historias de la Policía. De hecho, suya fue la redacción el reglamento del cuerpo que ha sido la espina dorsal de su funcionamiento durante décadas. Como controlador del orden, sin embargo, Mola dejaba un poco que desear, porque a menudo no se enteraba de cosas realmente importantes; pero también hay que reconocer que no hizo su labor precisamente en el mejor momento posible.

El 30 de noviembre de 1930, el gobierno Berenguer ha entregado al rey Alfonso XIII para su firma un decreto que reputa de gran importancia para limar las posibilidades del golpismo republicano del que todo el mundo habla. Se trata de un decreto que establece amnistías varias, especialmente en el arma de Artillería. La norma es un intento por conseguir que el ejército no tenga demasiados motivos para dar un golpe de Estado. Por mucho que pensemos que la razón de los golpes de Estado es la moral política y la ambición de cambiar las cosas en un sentido o en otro, que desde luego es así, también debemos de tener en cuenta que en todo golpismo también entran en juego, en ocasiones de forma muy importante, las ambiciones profesionales. Los golpes de Estado decimonónicos en España casi siempre salieron adelante gracias a la promesa hecha a sargentos y otros mandos intermedios de inmediatos ascensos caso de ganar. El decreto de 30 de noviembre de 1930 fue un intento de hacer imposible ese incentivo. Y probablemente tuvo su utilidad, porque es un hecho que tanto Jaca como Cuatro Vientos fracasaron.

El 2 de diciembre de 1930 hubo consejo de ministros. En la planta de calle del ministerio de la Presidencia, como es normal, espera un grupo de periodistas de diferentes medios, con la intención de obtener de primera mano información de los ministros a su entrada, aprovechando que aquellos eran unos tiempos en los que todavía no se habían inventado ni los guardaespaldas todo codos ni los periodistas tontos de la haba que son incapaces de comprender el sintagma «no quiero hacer comentarios», así pues políticos y periodistas se trataban y se respetaban.

Son las cinco y veinte de la tarde cuando el presidente, general Berenguer, se persona en el lugar. Camina acompañado por los periodistas, los cuales, sin embargo, no toman notas, porque Berenguer se limita a decirles que por el momento no tiene nada que decirles. En la puerta del ascensor, se apresta a despedirse de los plumillas, y es en ese momento cuando ocurre.

Un redactor del periódico El Sol, Joaquín Llizo, se planta delante del presidente, saca una pistola, apunta al techo, y dice:

- Ésta es una demostrción enérgica e incruenta contra el régimen que usted representa.

Acto seguido, dispara.

A Llizo le sobra tiempo de volver a disparar mientras los agentes de policía más cercanos corren hacia él y lo placan. Pero no lo hace. Se limita a esperar, con la pistola humeando todavía mirando al techo, a que lleguen, y cuando lo hacen se deja prender sin resistencia alguna. Cuando se lo llevan, el presidente del gobierno se mete en el ascensor y tranquiliza a los compungidos periodistas.

- No se preocupen, señores, que no ha pasado nada. Esto sólo puede ser obra de un perturbado.

El caso es que Llizo es uno más. Uno más de los reporteros que atienden habitualmente la información política. El resto de los periodistas lo conocen y no pueden creer que haya hecho lo que ha hecho. En los siguientes días se dirá en la prensa que estaba efectivamente un poco tolili, que había mostrado pulsiones suicidas y que incluso eminentes psiquiatras, como el doctor Marañón, habrían aconsejado su encierro en un manicomio. Mola, sin embargo, es categórico en sus memorias al aseverar que «Llizo tenía de loco lo que yo de obispo».

Lo que queda fuera de toda duda es que Llizo pensó mucho lo que hizo. Esto lo sabemos porque escribió dos cosas. La primera de ellas fue una breve carta a su jefe, el director de El Sol, acompañada de su carné de prensa y sus tarjetas. Félix Lorenzo había recibido dicha carta a las cinco y media de la tarde, merced a la orden de Llizo de que no se le entregase antes, con el siguiente texto:

«Mi querido director:

Un motivo esencial de delicadeza hacia la profesión me obliga a dimitir mi puesto de redactor de este periódico. No es que yo vaya a realizar nada indigno. Pero sí lo sería el ponerme hoy en contacto con varios periodistas sin decirles que no estoy entre ellos como compañero, porque a ampararme en ellos, es decir, en la profesión, equivaldría mi silencio. Tengo la esperanza de volver junto a usted, junto a ustedes. Mas por lo pronto remito adjunto mi carné y hasta mis tarjetas. Sólo conservo una en la que tacho la línea que dice “Redactor de El Sol”. Ojalá no haga la fatalidad que aquella esperanza deje de cumplirse. Para todos los de la casa, abrazos míos, y usted reciba otro de su muy agradecido e incondicional. Joaquín Llizo».

Cabe destacar que, por lo que se ve, Llizo incumplió lo que se proponía. De la carta se deduce que quería descubrirse ante sus compañeros periodistas como un ya ex-periodista. No obstante, debió de darse cuenta de que, de hacerlo así, al menos los más conservadores y progubernamentales de sus compañeros podrían aprestarse a denunciarlo.

El segundo papel que redactó le fue intervenido en el momento de la detención. Decía:

«Declaro mi propósito de realizar una demostración enérgica e incruenta contra el capitalismo delincuente, personificado en uno de sus más característicos representantes. Entiéndase por capitalismo delincuente el explotador del trabajo y usurpador del Poder Público. Con un simulacro de violencia demostraré precisamente mi repugnancia, ya que podré y no querré consumarla; pero este mismo simulacro probará mi resuelta actitud contra la iniquidad. Conmigo tiene complicidad toda la opinión sana y valerosa del mundo entero. Aspiro a la justicia y a la libertad igualitarias».

El final de este mensaje demuestra que Llizo se había convertido, si no lo era ya con anterioridad, al anarquismo. Pero, por alguna razón, repugnaba de la violencia del mismo y por ello todo lo que pretendió fue lo que hizo: acojonar al presidente del Gobierno, pero sin hacerle el más minimo daño. Necesitaba, por lo demás, no llevar a cabo la violencia hasta el final puesto que, lo sabemos por el primer mensaje, aspiraba a seguir con su vida después de hacer lo que iba a hacer, y es de suponer que era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que para poder tener eso no podía matar ni herir a nadie.

Por la prensa de la época sabemos que Llizo, tras ser llevado inmediatamente a declarar a la comisaría, cayó en tal estado de postración mental, entristecido por lo que había hecho, que hubo que invertir dos horas en la citada declaración. Dejo al juicio de los duchos en psiquiatría qué puede estar demostrando este indicio.

Lo que cuesta creer es que Llizo fuese simplemente un enajenado que cae en una depresión honda por motivos personales (como se dijo en la prensa de la época) y veleidades suicidas. Si hubiera sido así, no habría tenido reparo en mostrar mayor violencia hacia el presidente del Gobierno, o le habría agredido incluso, pues ése era el billete más rápido para la muerte a manos de la policía. Además, su pretensión de seguir siendo periodista, que se refleja también en sus declaraciones, en las que se muestra una vez y otra preocupado con el demérito de la imagen del periodismo que su acción pueda comportar, son sentimientos a mi modo de ver incompatibles con una persona a la que ya le da igual todo y quiere morir.

¿Actuó sólo Llizo? Todo parece indicar que sí. Ni en su casa se encontró nada que lo comprometiese ni nadie se solazó de su acción, mostrando con ello apoyo solidario. ¿Por qué Berenguer? Pues es difícil saberlo, porque lo cierto es que el conde de Xauen no parece persona especialmente señalada como capitalista o explotador del obrero.

Días después, como decía al principio del post, llegarían Jaca y Cuatro Vientos. Y más tarde las municipales y la República. Que yo sepa, a Llizo se lo tragó la tierra. No he logrado saber de su destino, si lo soltaron o no, si regresó a su querido oficio de periodista, ni siquiera si alguna vez fue tratado como héroe republicano dada su acción.

Es un personaje olvidado, cuya acción probablemente no es históricamente importante (una hipotética muerte de Berenguer tampoco habría cambiado mucho las cosas), pero que queda ahí, en la Historia, como uno más de esos episodios apasionantes que plantean más preguntas que respuestas. ¿Quién era Joaquín Llizo? ¿Cuál era su formación, sus antecedentes? ¿Por qué decidió hacer lo que hizo, y cuando lo hizo? ¿Qué pretendía conseguir exactamente? ¿Cuál fue su destino?