jueves, mayo 13, 2010

La encrucijada socialista

España se despertó ayer, sin saberlo (aún), en una encrucijada. Una encrucijada que ya ha vivido en varias ocasiones, la última de ellas hace ahora 50 años. La encrucijada de la bancarrota estatal. Por una serie de razones que obviaré porque no son motivo aún, desgraciadamente, de análisis histórico, el país se ha dejado llevar, en un espacio relativamente corto de apenas tres años, por una senda que le ha obligado a rehacer hacia atrás, en unos meses, el camino de más de diez años que nos llevó a una situación de equilibrio fiscal entre gastos e ingresos públicos. Luego le hicimos un sorpasso a esa marcha atrás e incluso llegamos a niveles de déficit público históricos, que es en lo que estamos ahora. Tanto ha sido así que ha sido necesario tomar en el entorno internacional una decisión que cualquier economista decente rechazaría, cual es la monetización de la deuda, es decir el gasto de las reservas que los bancos centrales tienen para defender las monedas y la estabilidad en los mercados en la compra de papelitos cuyo valor futuro no está muy claro cuál va a ser. Monetizar quiere decir reajustar la masa monetaria; hacer que pasta que hoy está situada en títulos lo esté en pasta propiamente dicha. Así pues, aún sin incrementar la masa monetaria (cosa que se hará, para poder comprar más deuda), la monetización del momento n es la inflación del momento n+1.

Alguna vez he leído que había gentes en el equipo económico del presidente Allende que consideraban la inflación como el arma macroeconómica del proletariado contra la burguesía. La veían bien porque, en la cortedad de su visión dogmática, entendían que el pobre tiene pocos gastos y muy localizados, así pues la inflación atacará más al que gasta más y en más cosas, es decir el burgués y el rico. Esta anécdota, de ser cierta (porque una cosa es lo que se lee y otra lo que pasa de verdad), demostraría que en todas partes, hasta en la Casa de la Moneda allendista, tiene que haber tontos contemporáneos. La inflación es lo peor de lo peor para todos los que la sufren. Yo sólo he sido millonario una vez en mi vida: en 1989, durante los quince días que pasé en una Argentina hiperinflacionaria y con el austral en caída libre. Yo era millonario a base de que millones de argentinos no pudiesen pagarse ni un café. Cuando llega la inflación, así está el tema. Y si es peor que peor, lo que llega no es la inflación, sino la deflación. La deflación es, simple y llanamente, el infierno.

Esta mañana le decía a mi mujer que los grandes ganadores de la crisis en la que hemos ingresado, oficialmente, ayer por la mañana, serán los chinos residentes en España. Ellos tienen la filosofía que hay que tener ahora: trabajar como cerdas, gastar sólo cuando se pueda y en lo que se pueda, y si no se puede, ajo y agua. Es lo que todos tenemos por delante, lo queramos ver o no.

Pero hay más encrucijadas tras el discurso de ayer en el Congreso, y una de ellas muy interesante: la encrucijada del PSOE.

El Partido Socialista Obrero Español nace en un entorno jodido y de escasos alicientes para su crecimiento. España, dado su carácter mediterráneo y otra serie de cosas que tienen que ver con las notables habilidades de los primeros propagandistas ácratas, mucho más peritos que los marxistas, es un país cuya clase obrera propendía más al anarquismo que al socialismo, con la excepción de algunas zonas, notablemente la cuenca minera asturiana o el campo jienense, donde las teorías socialistas siempre han tenido mucho predicamento.

El gran líder del socialismo español, el tipógrafo Pablo Iglesias, tenía notables capacidades organizativas que le hicieron ver, tras el desastre de Cuba, una norma fundamental de estrategia política que los revolucionarios tienden a olvidar: lo más importante, en política, es estar. Iglesias se dio cuenta de que, en la España constitucional de la Restauración, para ganar espacios de influencia hacía falta participar en el sistema y aprovecharse de él, en lugar de ponerle bombas. Éste es el punto en el que el socialismo empieza a ganarle la partida al anarquismo, pues éste nunca entendió, ni entiende, que no se puede volar eternamente en línea recta.

Pablo Iglesias inventó la conjunción republicano-socialista, más diseñada para el poder local que para el Congreso, porque suponía la unión de dos fuerzas dispersas y débiles (una de ellas, el republicanismo, además desprestigiada) que por adición podrían aspirar a rasgar la malla de la corrupción electoral, especialmente en las grandes ciudades, y hacerse un sitio en las tribunas nacionales. Por mor de esta alianza Iglesias y sus principales acólitos consiguieron ser diputados y su minoría pudo aspirar a ser un poco bisagra de los hechos políticos.

La intervención del PSOE en la política del primer tercio de siglo es muy importante; más de lo que cabría deducir de su fuerza parlamentaria. Republicanos y socialistas tomaron banderas cruciales para el devenir político español en aquella época; especialmente la consigna de ¡Maura, no!, que se convierte en la primera vez que el PSOE ensaya una cosa que repetirá varias veces en las décadas siguientes con notable éxito: la idea de que hay demócratas de alta calidad (los socialistas) y demócratas de baja calidad o antidemócratas (las derechas); y la conversión ante los ojos de la sociedad de una pura pelea por el poder político en una pretendida lucha hercúlea por salvar las esencias democráticas del país. Maura fue atacado por las izquierdas estratégicamente lideradas por el PSOE como presunto asesino de la democracia española, especialmente tras los sucesos de la Semana Trágica y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, que le dieron, a él y a su ministro Juan de la Cierva, vitola vitalicia de protofascistas (entonces la palabra no existía, pero el concepto sí). España, en términos generales, compró esa teoría, lo que erosionó notablemente el papel que Maura estaba llamado a jugar en la política española.

A mi modo de ver, el primer momento en el que el socialismo español se da cuenta de que está mazas es con el gobierno Canalejas, que se plantea como una reacción orquestada de liberales, republicanos, demócratas y obreristas contra el conservadurismo asesino de la Trágica. Y la cosa les funcionó, al menos hasta que Canalejas comenzó a hacer políticas liberales, demasiado conservadoras a los ojos de las izquierdas que lo sustentaban, y se produjo el enfrentamiento entre ambos (un poco como lo que va a pasar ahora entre Zapatero e Izquierda Unida). Luego Canalejas se murió porque lo mataron y tal, pero para entonces el PSOE ya estaba maduro para pensar en estrategias propias.

La huelga general de 1917, que a los socialistas lo mismo se puede decir que les salio medio bien que les salió medio mal, es el primer momento en que el PSOE decide jugar la Champions League de la política española. Iglesias, ya lo he dicho, era un buen estratega, aunque también cometió torpezas, de las que hoy nadie se quiere acordar, como amenazar de muerte de Maura en sesión parlamentaria. En todo caso, por mucho que hoy sea un icono también tenía sus limitaciones. Era un líder nacido y desarrollado para conseguir el crecimiento del socialismo; para el paso siguiente, que es el salto a la primera línea nacional, hacían falta otros líderes, y éstos fueron, sobre todo, Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero.

El ticket Besteiro-Caballero, sin embargo, hace nacer un fenómeno que ya no se apartará de la Historia del PSOE: las corrientes. Besteiro era intelectualmente un marxista de libro pero tenía una vena posibilista que matizaba enormemente sus ideas. Había llegado al marxismo desde la filosofía; era, pues, un marxista de biblioteca, y por eso mismo le faltaba esa llama revolucionaria que anida en el pecho de quien se ha hecho marxista como, un suponer, Pasionaria, esto es viviendo una adolescencia en un pueblo de mierda al lado de una mina de mierda cuyos mineros de mierda cobraban sueldos de mierda que además estaban obligados a gastar en una cantina de mierda propiedad de la misma empresa de mierda que les había firmado sus contratos de mierda. Besteiro y Pasionaria eran, pues, ambos marxistas, pero son dos ejemplos que demuestran a las claras que hay formas de ser marxistas que se diferencian entre ellas casi tanto como la diferencia que hay entre ser marxista y no serlo.

Largo Caballero era estuquista. Un día, siendo joven, estaba subido a una escalera, haciendo su trabajo de mierda y blablabla..., cuando pasó una mani de la UGT, y se fue con ellos. La suya, pues, era la génesis del revolucionario de acción, que quizá no sepa gran cosa sobre las sutilezas de la superestructura dialéctica, pero tiene eso que se llama capacidad estratégica. Poseo un pequeño folleto sobre la UGT escrito por él en 1929 y allí, en esas 60 páginas, está, de una forma u otra, todo Largo Caballero.

Besteiro es la teórica dialéctica y Largo el estratega del momento. El primero se mueve por la Historia con sextante y el segundo con un pequeño GPS. Ambos se juntan en la huelga general de 1917, que fue una huelga que si llega a hundir las estructuras de la España de la Restauración habría sorprendido a sus propios organizadores. Los socialistas no querían, con aquella huelga, emular a la revolución rusa. Sabían que no podían. Lo que querían, y a mi modo de ver consiguieron, fue inaugurar una nueva etapa en la Historia de España, etapa en la cual, al Parlamento como foro de evolución política, se venía a sumar un nuevo escenario: la calle. Y la calle, dijeron los socialistas bien claro en el 17 como Fraga haría 60 años más tarde, la calle, machos, es mía.

Luego llega la dictadura primorriverista, un gran momento para el socialismo español que, sin embargo, dibujó los perfiles de su división. La dictadura marca, en efecto, una de las cumbres del pragmatismo largocaballerista: Largo escucha los cantos de sirena del general Primo de Rivera, quien le ofrece la absoluta prevalencia sindical de la UGT sobre la CNT. Así las cosas, los anarquistas son ilegalizados y perseguidos por el dictador, la UGT es soportada de una manera más o menos velada, y Largo Caballero accede al Consejo de Estado; porque, sí, esos mismos socialistas que apenas 15 años antes le ponían palos en las ruedas a Maura porque en la Tierra no había más demócrata que el PSOE e Iglesias era su profeta, fueron consejeros de Estado en un régimen dictatoral.

Esta decisión de Largo, sin embargo, lo divorcia de Besteiro, quien en mi opinión durante aquellos años incuba incluso una seria inquina personal contra el líder de la UGT. A Largo tampoco le caía muy bien Besteiro; pero aún habrá otro socialista que le caerá peor.

Indalecio Prieto, hombre medio asturiano medio bilbaino (como Pasionaria), sin estudios, hábil y maniobrero como pocos, bastante lince para los negocios, se coloca de jovencito en un periódico de Bilbao de taquígrafo, y de ahí sube hasta el cielo socialista en relativamente poco tiempo. Prieto tenía de marxista lo que yo de lagarterana. Fue siempre, por encima de todo, prietista. El Prieto de nuestros tiempos contemporáneos es Adolfo Suárez, insigne suarista. Don Indalecio comprende como nadie, casi desde el primer momento, las enormes posibilidades que ofrece el PSOE como partido político integrador capaz de ganarse bolsas de votos más allá de los barrios obreros. Inventa, de alguna manera, el PSOE moderno, aunque lo que él quería inventar era otra cosa: una plataforma personal.

Largo Caballero, hombre de grandes odios, odia a Prieto con casi cada una de las células de su epidermis. Si Prieto participa en el Pacto de San Sebastián en el que se produce la conjunción de las fuerzas republicanas, es por joder a Largo. Si Largo reacciona a dicha reunión anunciando que la presencia de Prieto en la misma no compromete la postura del PSOE, es por joder a Prieto. Y en medio está Besteiro, a quien las conchas marxistas se le han ido cayendo poco a poco, que ya en 1930 es un gran admirador del laborismo británico, es decir del socialismo que cambia el sueño revolucionario soviético por ser parte del turno de poder, y que ya por entonces va diciendo aquello de que la huelga general de 1917 fue un primer escalón hacia otras movilizaciones más fuertes que, sin embargo, según él con el tiempo han perdido su sentido.

Cuenta Joaquín Pérez Madrigal en uno de sus libros que la mañana del 14 de abril de 1931, cuando ya se bullía con las primeras noticias macuteras de que los republicanos habían sacado unos resultados cojonudos en las municipales, Nicolás Salmerón junior pronunció un discurso en un círculo republicano en el cual, henchido de optimismo, aseguró que los republicanos serían capaces de echar al rey en cuestión de unos meses. Esta anécdota nos demuestra que nadie se esperaba aquella mañana lo que ocurriría en la tarde. Cuando el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, se presenta en el hotelito de Maura en la calle Príncipe de Vergara, donde esperan todos los republicanos, a poner a la Benemérita a las órdenes de la República, todos se caen de culo. El poder les ha llovido del cielo sin tener que arrear ni media hostia.

El PSOE no estaba preparado para esto. El PSOE tenía escrito el guión que tan mal salió en diciembre de 1930, esto es el cambio de poder mediante un golpe de Estado militar republicano apoyado por una huelga general de la UGT (la intentona Galán, pues) que pusiera el país en manos de estas dos fuerzas: el ejército de izquierdas y el PSOE-UGT. Con la histórica lección de civismo que dieron los españoles el glorioso 14 de abril de 1931, las cosas se truncaron, y el socialismo no pudo evitar que la República fuese protagonizada por quienes, desde los ya lejanos tiempos de Pablo Iglesias, habían sido sus compañeros de viajes: las izquierdas republicanas burguesas.

A partir de ahí, se inicia la conflictiva relación del PSOE con la República, que no hará sino ahondar sus divisiones internas. Largo Caballero, y la demostración es la mal llamada Revolución de Asturias, nunca renunció a su plan inicial, que es hacerse con la nación mediante un proceso revolucionario de catón marxista; proceso, según él, necesario porque Largo, desde 1917, tiene el rabillo del ojo izquierdo permanentemente troquelado en el anarcosindicalismo, y su preocupación constante es que la CNT le gane a revolucionario.

Pero para entonces el PSOE tiene ya una derecha. La derecha besteirista que no renuncia a su marxismo de base pero que, imbuida de las metodologías británicas, entiende que lo que toca es apoyar a la República y soportarla como fenómeno de evolución histórica (teoría, por cierto, que será más o menos la misma que la sostenida por los ya escindidos comunistas de obediencia soviética, aunque éstos, más que por convicción ideológica, apoyan la república por la teoría leninista de que para llegar a una revolución obrera antes debe producirse una revolución burguesa apoyada por los obreros).

En medio, por supuesto, Prieto. Prieto, que no es ni una cosa ni otra. Es lo que toque ser en cada momento para poder alcanzar su objetivo, nunca conseguido ni siquiera en el exilio, de ser presidente del consejo de ministros.

Los diarios de Azaña son buena fuente para cualquiera que quiera leerlos a la hora de aprender cuántos quebraderos de cabeza le dio a los gobiernos de izquierdas de la República la eterna pregunta de si el PSOE iba o no a colaborar con ellos. Unas veces lo hizo, otras no. Aunque cada vez tendió más al no, y esto fue por la actitud de los anarquistas. La CNT le puso la proa a la república burguesa casi desde el primer día; convirtió el nuevo régimen, también desde el primer día, en un insoluble problema de orden público, en el que no hay prácticamente un solo día sin hostias. Irredentos, relapsos y bastante ciegos, los anarquistas, que no ven demasiadas diferencias entre Azaña y los empresarios catalanes que los masacraban por las calles de Barcelona en la segunda década del siglo, se ponen en contra de casi todo: de los jurados de empresa, de la reforma agraria. De todo. Esto pone de los nervios a Largo. En las reuniones de la UGT, no pocos dirigentes regionales y sectoriales se levantan para quejarse de que la CNT les está pasando por la izquierda. En el área más obrera de España, Cataluña, la UGT se convierte en un personaje de ficción.

Esta competitividad revolucionaria es la que dirime las disensiones dentro del PSOE a favor del largocaballerismo. Besteiro es descabalgado del mando en la UGT por negarse a avalar la idea de un golpe de Estado revolucionario. Prieto, cuyo estómago tiene unas paredes mucho más gruesas que el de Besteiro, lo cual le hace más fácil tragar sapos, se convierte en un Trosky de vía estrecha de la noche a la mañana y se apunta a la organización del golpe. Largo concentra en su persona el mando del PSOE y de la UGT. Al calor del proyecto de golpe de Estado, la mal llamada Revolución de Asturias, el PSOE parece haber tomado una sola dirección.

Aquello sale como el rosario de la aurora, por muchas y variadas razones que sería prolijo analizar aquí. Lo importante es que sale mal. El fracaso del golpe de Estado revolucionario, cuyo objetivo, no lo olvidemos, era instaurar en España la dictadura del proletariado, crea una tormenta de la hueva en el seno del PSOE. Paradójicamente, lamina al besteirismo, que no había participado en la asonada, puesto que los socialistas tienden a culpar a Besteiro y su inacción del fracaso revolucionario. De esta manera, el besteirismo desaparece de la Historia del PSOE hasta Suresnes. El golpe, además, deja muy tocado el caballerismo. Es, pues, la ocasión del prietismo.

Indalecio Prieto y otros tan posibilistas como él en otras formaciones inventan el Frente Popular. El Frente Popular es una cosa que los republicanos fomentan para subirse a los votos del PSOE y luego gobernar sin ellos; el PSOE inventa el Frente Popular exactamente con la misma intención respecto de los republicanos; y ambos tienen la misma idea respecto de los votos, más o menos soterrados, procedentes del anarquismo. Prieto cree que va a poder manipularlos a todos: a los republicanos y a Largo. Pero se equivoca.

Largo Caballero no es ningún idiota. Entre febrero y mayo de 1936, se descubre como gran estratega político y alcanza el máximo de su capacidad maniobrera. De sendos mandobles se carga a las dos sombras que tiene delante: Azaña y Prieto. En primer lugar, se saca de la manga un tecnicismo constitucional para follarse al presidente Alcalá-Zamora; proceso en el que contará con la decidida colaboración de Prieto, quien a esas alturas todavía cree estar trabajando para sí mismo y no para su contrincante. Una vez que Alcalá se ha pirado, consigue que el candidato para sustituirlo sea Azaña, con lo que convierte al viejo político republicano en un orondo florero sin poder efectivo. Y luego, cuando Azaña, a la hora de formar gobierno, se fija en aquél en quien más confía, que es Prieto, Largo desempolva los eternos peros del socialismo para participar activamente en el poder burgués, le recuerda al PSOE que es un partido marxista y que lo suyo no es ocupar ministerios burgueses sino trabajar por el poder obrero, y consigue que el partido vete la cantidatura de Prieto.

El siguiente movimiento de Largo no lo conocemos porque, antes de que pudiera hacerlo, llegó Franco, le dio una patada al tablero y lo mandó a tomar por culo. Con la guerra, el PSOE pierde a Caballero, que muere en el 42. Pero esto no evita que el PSOE siga escindido. El PSOE del exilio se divide entre los negrinistas, muchos de ellos más comunistas que socialistas o cuando menos partidarios de la convergencia con el PCE; republicanos estrictos, que son los que, como Rodolfo Llopis, abonan a esa República fangasmagórica en el exilio que se empeña en tratar de convencer al mundo de que es el gobierno legítimo de España (un gobierno sin territorio ni población); y prietistas, antillopistas acérrimos para los cuales la República ya no existe y lo que hay que hacer es defender en España un proceso por el cual el pueblo decida su propio futuro; teoría ésta que les lleva a una herética convergencia con los monárquicos, que dura hasta que Franco le invita a pipas al ciudadano Juan al yatecito y éste deja al resto de los demócratas en la estacada.

Prieto muere en 1962, pero su bandera posibilista, pactista, sigue ondeando de la mano del socialismo del interior, que cada vez comulga menos con los sueños de abuelo Cebolleta de los republicanos del exilio los cuales, de alguna manera, son los herederos del caballerismo. Son los tiempos de Tierno, de Morán, de gente así, que se va a la calle Hermosilla a tomar café con Gil-Robles, y tal. La estructura del PSOE, como partido que lo es del exilio, está dominada por ese republicanismo acérrimo. Pero eso estalla en Suresnes de la mano del nuevo líder socialista, Nicolás Redondo, quien promueve al mando del socialismo a un político sevillano, Felipe González, con notabilísimas habilidades estratégicas.

Yo no sé lo que González opinará de sí mismo; mi idea es que González es, básicamente, un besteirista, y su actuación durante la década de los setenta resucita en el PSOE una cosmovisión socialista que de alguna manera parecía perdida. La decisión de González de abandonar el marxismo, e inmolarse (o amagar con inmolarse) como secretario general del partido cuando le ponen la proa, tiene toda la carga de conciencia de responsabilidad histórica que tienen algunas de las decisiones de Besteiro, notablemente la de no apoyar el golpe del 34 y apoyar, en cambio, el golpe de Miaja, mal llamado golpe de Casado, al final de la guerra civil. Desde la llegada de la democracia hasta 1996, pues, a mi modo de ver el PSOE es, básicamente besteirista; sigue una línea que ha sido minoritaria históricamente dentro del partido y que, sin embargo, en esos años da la medida de sus posibilidades, que son muchas.

En 1996 la cosa cambia, porque se rompe el guión. Un político de Valladolid demuestra que lo que se denominaba el techo de Fraga, esto es que la derecha española sería siempre relevante, pero nunca gobernante, es de cristal; y lo rompe con un golpe de chota. Como siempre le ha ocurrido cada vez que el guión no le ha salido como esperaba, el PSOE empieza a delirar y a cometer actos impuros. Felipe González, que de todas maneras ya estaba básicamente amortizado, se va. El partido, inusitadamente, descubre la democracia, las elecciones primarias, elige a un líder con grandes capacidades intelectuales pero escasa empatía con su electorado, que en un debate parlamentario de altos vuelos se enfanga en una discusión interminable sobre la aplicación del criterio de devengo en las cuentas públicas del que, a buen seguro, el 80% de sus votantes no entendieron una mierda. El líder se va, o le van, vaya usted a saber. Llega otro que intenta la convergencia de las izquierdas. Miel sobre hojuelas para una derecha que suspira por los votos del centro político: mayoría absoluta y nueva dimisión.

Leyendo las cosas en términos de tendencias históricas (besteirismo, caballerismo y prietismo), habiendo fracasado la primera y no apareciendo ninguna figura señera para el prietismo, era lógico que el ganador de la partida fuese el caballerismo. A la cúpula del PSOE llega, pues, un líder cuyos presupuestos estratégicos son: la convergencia absoluta con los sindicatos; el discurso obrerista del siglo XXI, que ya no es el discurso de la revolución sino el del Estado social; y un planteamiento neto de izquierdas en las formas de gobierno: ampliación del aborto, matrimonio homosexual, laicismo, etc.

El gran problema que ha tenido el neocaballerismo es el mismo que se ha encontrado el neokennedismo de Obama en Estados Unidos: la crisis económica. La crisis lo cambia todo, y algunos se han dado cuenta antes que otros. El caballerismo ha hecho en estos tres años lo que ha hecho de toda la vida de Dios: mantenella y no enmendalla, porque el mayor temor del caballerismo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, es el reproche nacido a su izquierda. Hace setenta años, al caballerismo le obsesionaba ser sobrepasado por el comunismo libertario; hoy, y aunque esos sobrepases no tengan la misma calidad ni los mismos escenarios ni los mismos protagonistas, la preocupación sigue siendo la misma.

Lo que hemos vivido ayer, a mi modo de ver, es una escena por la cual el caballerismo se ha subido a la tribuna y ha dicho: ya no soy caballerista. O, más bien: ya no puedo serlo. Era lo que tocaba, y lo que había que hacer. Lo interesante, ahora, es ver cuáles van a ser las consecuencias.

¿Conseguirá mutar el caballerismo en un neo-neo-caballerismo, y salir del atolladero ideológico? ¿Mutará en besteirismo? En este segundo caso, ¿hará falta un nuevo Besteiro? ¿Existe? Y, por supuesto, siempre queda la tercera vía: el prietismo. Un líder al que le dé igual Juana que su hermana, al que le dé igual ser laico que católico, liberal que conservador, revolucionario que capitalista, y que viva, única y exclusivamente, para generar poder, y conservarlo.

Pero, ¿hay, hoy, algún Prieto en el PSOE?

miércoles, mayo 12, 2010

Escritoras a fregar

¿Sirve para algo la Academia de la Lengua? Opiniones hay para todos los gustos. Ni ingleses ni estadounidenses tienen cosa que se le parezca, y no por ello el inglés es idioma en retirada ni lenguaje que se pueda considerar en mayor peligro de deteriorarse que el propio español. La Real Academia sirve, teóricamente, para decir en cada momento lo que está bien dicho y bien escrito, aunque aceptando, evidentemente, que un idioma sólo tiene un monarca, que son sus hablantes. Por lo demás, la RAE también tiene sus cositas, especialmente su sistema de cooptación para la elección de nuevos miembros que hace que, en realidad, en sus sillones no siempre se sienten los que más saben de la lengua española, sino los que mejor le caen a los que ya están sentados. Aunque escriban cosas tan folklóricas como clítorix.

En el mundo de las letras, ser académico es el no va más. Camilo José Cela dijo una vez de la Academia que era como Petrita la del tercero: todo el mundo dice que es muy fea, pero todo el mundo se la quiere tirar. A esto, además, se ha unido, en los últimos tiempos, el siempre dulce sabor del negocio. Porque si algo ha sabido hacer cojonudamente en los últimos años la Academia es convertir el español en un negocio muy lucrativo consistente en vender gramáticas, diccionarios, y todo tipo de publicaciones cada vez más necesarias en este mundo nuestro en el que las personas que saben poner las tildes en su sitio son cada vez más raras.

Pero la Real Academia de la Lengua ha sido, y si lo sigue siendo eso lo dejo para algún blog que hable del presente; lo que ha sido por encima de todo, digo, es una institución profunda y convincentemente machista. Evidentamente, la RAE es una institución intelectual, y sabido es que el mundo intelectual le ha estado vedado a las féminas durante muchos siglos. Pero que a día de hoy sobren los dedos de las dos manos para contar todas las mujeres que han sido académicas no deja de ser la caraba. Máxime cuando nos fijamos en las personas que, para que ese designio negativo se cumpliese, han tenido que quedarse en la cuneta, esperando.

La Historia de la RAE tiene un primer ejemplo muy temprano y notorio, a menudo desconocido y muy discutido. Por lo que he podido leer, a los académicos no les gusta entender que esta mujer como la primera académica de la Historia, entre otras cosas porque fue nombrada a dedo por el rey y no elegida por los propios académicos. Por lo visto, que la secta te vote miembro de la secta es como democrático.

Hablamos de María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda, hija de Diego de Guzmán y Ladrón de Guevara, marqués de Montealegre y conde de Oñate; y de María Isidra de la Cerda, condesa de Paredes. MIQ nació el 31 de octubre de 1768 en la calle Mayor, a la altura del número 4, y fue bautizada en la iglesia de San Ginés que todavía está en la de Arenal. Nació y creció, pues, en todo lo crema de Madrid, pues justo en frente de su casa estaba la iglesia de San Felipe en Real, cuyas gradas eran el mentidero de Madrid y donde ocurrieron algunas cosas notables que espero algún día contemos.

Isidrita era fea. Retratos quedan de ella que lo atestiguan. Era fea, y estaba forrada. Asquerosamente forrada de pasta. En estas circunstancias, lo normal es que la niña salga pijoletas perdida. Así pues, María Isidra Quintina estaba llamada a ser como las gilimonas (ya hablaremos algún día de ellas), pero políticamente correcta. Sin embargo, MIQ tuvo su mérito. Pudiendo haber dedicado la vida a comprarse los mejores miriñaques y observar cómo los más guapos efebos de la nobleza patria se tragaban el asco para hacer ver que la encontraban arrebatadora, decidió dedicarse a la sabiduría. Se dice, por ejemplo, que en terminando la infancia ya hablaba, además de su idioma materno, griego, latín, italiano y francés.

El 31 de octubre de 1784, tal intelectual portento cumplió 16 años de edad. Y sólo dos días después, Carlos III decretó su ingreso en la Real Academia, que ella verificó con un discurso que se tituló Oración del género eucarístico. Al año siguiente, y también por orden real, MIQ fue declarada doctora y maestra de la facultad de Artes y Letras Humanas, además de catedrática de Filosofía. Para dichas proclamaciones, María Isidra fue examinada,el 5 de junio de 1785, en un examen en el que realizó una disertación oral sobre Aristóteles, para luego extenderse sobre las circunstancias filológicas de las cinco lenguas que dominaba. Luego le preguntaron de retórica, mitología, geometría, geografía, filosofía general, lógica, ontosofía, teosofía, psicología, física, zoología, botánica y moral. El claustro, según las crónicas, ni siquiera votó. La doctoraron por aclamación. En la ceremonia de imposición del birrete y la muceta doctorales era costumbre que todos los claustrales abrazasen al nuevo candidato; pero esto se suprimió por esta vez, por no ser el gesto compatible con el decoro; o sea, no fuese algún viejo doctor a arrimar cebolleta en el embroque, a pesar de que, según nos recuerda Joaquín de Entrambasaguas en su historia de la Universidad Complutense, «viendo el retrato de la doctora, no creo que sugiriera más que honestas ideas a los claustrales». Os dije que era fea o, como decimos los tíos, muy maja.

El caso de María Isidra Quintina es un caso totalmente anormal y del que hay muchos que dudan, basándose en el hecho de que todo lo que consiguió la niña fue con el aval real, quizá enervado por el enorme poder que tenía el conde de Oñate; y que, por lo tanto, quizá todo lo que dicen las crónicas sobre su enorme sapiencia sea exageración. En abono de esta tesis, añado yo, está el curioso detalle de que, habiendo alcanzado la niña tal nivel de erudición a base de recibir solamente clases en su casa, desconocemos, que yo sepa, el nombre de su maestro, lo cual muy normal no es. Pero, en todo caso, que alguien, sea el padre, sea la propia hija, ambicione como lo sumo de lo sumo del favor real el ser nombrado académico, tiene su mérito. Habitualmente, los integrantes de esta esquina pija del mundo apenas ambicionan ser nombrados Esquiador Mayor de la Corte, Real Navegante o, directamente, Follador Impenitente Glande (sic) de España.

Pasaron las décadas, y la mujer empezó a descollar también en el mundo de las letras. La primera mujer que intenta ser académica es una poetisa, Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien en 1853 se propone ocupar el sillón dejado vacante por Juan Nicasio Gallego. Desarrolló una intensa campaña epistolar buscando apoyos, pero no logró nada. Ni siquiera se hizo realidad la oferta transaccional que parieron algunos de sus partidarios, en el sentido de que fuese nombrada como académica adjunta, supernumeraria. Ni eso consiguió ante la férrea oposición que presentaron algunos académicos. Se dijeron cosas muy feas. Por ejemplo, el escritor asturiano Patricio de la Escosura, escandalizado por la petición de la Avellaneda, declaró que ponía como condición para votarla que «previamente a entrar en la Academia, lo haga en quintas». Y es que elemento connatural del machismo decimonónico es el desprecio a la mujer por su debilidad física.

A finales del siglo XIX encontramos a doña Emilia Pardo Bazán, enorme escritora que tuvo bastante más que afinidades estéticas con Benito Pérez Galdós y que llegó al entonces enorme puestazo intelectual de presidenta de la sección literaria del Ateneo de Madrid. Además, fue designada, sin oposición ni hostias, catedrática de Literaturas Neolatinas de la Universidad Central de Madrid, que se dice pronto.

Doña Emilia siempre negó su interés por entrar en la RAE. Pero son muchos los estudiosos que consideran que dicho interés existió, y que la negativa constante de la docta institución le amargó las mañanas, y las tardes también (por las noches quizá don Benito equilibraba las cosas). Hay que hacer notar, por cierto, que la Pardo consideraba el machismo intelectual que sufría como un fenómeno moderno; según ella, la costumbre de preterir a la mujer se había impuesto en España en el siglo XVIII. En sus escritos, además, doña Emilia lanza un venablo que es, hoy, plenamente vigente, pues recuerda que ser académico «no enseña al escritor a escribir al calorcillo del sillón famoso». En otro punto de sus escritos argumenta que, si las mujeres no pueden ser académicas porque en las sesiones de la misma se cuentan chistes verdes, «yo también sé contarlos, y no son de los menos graciosos». La lectura de las cartas que se escribió con Galdós, alguna de ellas incluyendo alguna alusión casi sadomasoquista, dan que pensar que la gallega no mentía, y de requiebros pornohábiles sabía algo.

En la Historia encontramos también las candidaturas fallidas de mujeres señeras de las letras hispanas como son Concepción Arenal, Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), Blanca de los Ríos y la muy fina Concha Espina. Los retruécanos inventados por las mujeres para poder llegar a la RAE son, en ocasiones, humillantes. Así le ocurrió, por ejemplo, a Concepción Arenal, quien llegó a aceptar ser nombrada académico, y no académica, para poder entrar; y ni aún así lo consiguió.

En el caso de Concha Espina, incluso medió un manifiesto, firmado por una serie de mujeres argentinas, apoyando la candidatura. Se envió en 1948 a José María de Areilza, entonces embajador en Buenos Aires, quien la remitió a la docta intitución, que se limpió el espacio internalgas con el dicho papel.

Especialmente sangrante es el hecho de que la Academia, institución como bien sabemos formada por personas versadas en el idioma español, no tuviese en su seno nunca una mayoría de miembros (dicho sea en sentido literal y figurado) proclives a conceder la presencia en sus sesiones de la mujer, y probablemente el hombre, que más ha hecho por el adecuado conocimiento de nuestro idioma, como es la insigne, galáctica, María Moliner. La Moliner llegó a sonar para académica, pero en soniquete se quedó su sueño, si es que lo tuvo; y si no lo tuvo mejor, pues, al fin y al cabo, valía, como poco, más que 98 de cada 100 académicos que lo han sido en toda la Historia de esa casa. Ocurre a menudo que cuando quienes te tienen que votar son más lerdos que tú, precisamente por eso no te voten.

También se quedaron ad portas Carmen Bravo Villasantre (imperdonable), Carmen Llorca, Ángela Figuera, Rosa Chacel, Ana María Matute, Carmen Laforet (p'a matarlos) o Carmen Martín Gaite (p'a matarlos y luego pasear sus restos por el circuito de Montmeló). Finalmente, en 1978 Carmen Conde, ya lo siento pero para mí con muchísimos menos méritos que sus antecesoras fracasadas, logró abrir un agujerito por el que se han colado unas pocas féminas. Bastante pocas y no siempre, es mi humilde opinión, bien seleccionadas.

De Carmen Martín Gaite es esta frase: «si algo he aprendido en la vida es a no perder el tiempo intentando cambiar el modo de ser del prójimo».


Pues eso.

lunes, mayo 10, 2010

Conversación con un monárquico

MONÁRQUICO: España es un país monárquico.

JdJ: La cuestión, con las monarquías, no es tanto si las sociedades las quieren o no las quieren, sino la capacidad que tienen de decidirlo. En realidad, a mi modo de ver la monarquía española no se ha sometido a un refrendo positivo que se pueda considerar como tal nada más que una vez en toda la Historia de España, y es el momento en el que el libre pueblo español, terminada la guerra de la Independencia, decide por abrumadora mayoría (por mucho que no votaran) que los Borbones debían volver a reinar en España. Y no deja de ser curioso que ese pseudoplebiscito promonárquico se realizase en un momento en el que el movimiento en partes importantes del resto de Europa era precisamente el contrario, es decir poner en duda la monarquía. Hay que reconocer que esto, de alguna manera, avala las tesis de que, como decía Cánovas, la monarquía forma parte de la esencia socio-histórico-política de España. Claro que Cánovas también citaba al catolicismo como elemento de dicha esencia...

En todo caso, frente a ese plebiscito hay dos (Isabel II y Alfonso XIII) en los que el mensaje claro de los españoles a sus reyes fue que no los querían. Lo de Isabel II fue una asonada militar, así pues se puede pensar (retorciendo mucho las cosas) que el pueblo no habló. Pero lo de abril del 31 no se lo salta un cabo de húsares.



MONÁRQUICO: ¡Anda! ¿Y el referéndum del 78?

JdJ: El referéndum del 78 fue una consulta empaquetada. O decías que sí a todo o decías que no a todo. Que en el 78 se sometiese a referendo la Constitución no quiere decir que se sometiese a referendo la monarquía española. De hecho, su titular, cuando se aprueba la Constitución, ya es rey de España. Lo era desde noviembre de 1975, tres años antes de la Constitución pues, en virtud a una ley que 30 años antes define España como un Reino y otra que a finales de los sesenta designa al actual rey como titular de la corona de ese Reino una vez muerto Franco; designación que es fruto de un pasteleo entre el dictador y el heredero de la corona, en el yate Azor, a cinco millas de la costa de Donosti, y en un momento en que una parte fundamental de la oposición republicana había aceptado la convergencia democrática con los monárquicos, convergencia que le obligaba a apoyar la idea de que debían ser los españoles, libremente, los que escogiesen su forma de gobierno; y convergencia de la cual el ciudadano Juan pasó elegantemente.

Por lo tanto, la Constitución del 78, y éste es un matiz importante históricamente hablando, en lo que a la forma de gobierno se refiere, no crea una situación, sino que la acepta.



MONÁRQUICO: Pero en ese momento era mejor aceptar eso que ponerse a discutirlo.

JdJ: En efecto. Igual que en aquel momento era mejor aceptar un elevado nivel de influencia de los partidos nacionalistas en la política nacional, para así evitar la defección de los nacionalismos respecto del proyecto de transición pacífica; y era mejor aceptar un razonable concordato con la Iglesia católica que evitase tensiones por ese flanco, por citar sólo dos ejemplos de muchos que se podrían invocar.

Pero resulta que ya no estamos en ese momento. En la España de hoy, son15,5 millones los ciudadanos vivos que votaron o pudieron votar la Constitución, y 30,3 millones los que no.



MONÁRQUICO: Pero, ¿realmente a los españoles les preocupa este asunto?

JdJ: No lo sabemos. No se lo hemos preguntado. Partimos de la base de que lo que dicen las encuestas sobre la valoración de las personas de la familia real, así como las demostraciones de apoyo cada vez que aparecen en público, son el aval de que la gente quiere la monarquía. Esto tampoco es nuevo, porque los reyes siempre han basado la argumentación de su pertinencia en lo mucho que les aplauden por la calle. Lo cual no se entiende muy bien, porque, por las mismas, el día que un Mateo Morral les tira una bomba, deberían abdicar.

Los dos únicos reyes en la Historia de España que admiten que la gente no les quiere son Amadeo de Saboya y Alfonso XIII. Y no pongo en la lista a Isabel II porque, en mi opinión, esta señora se marchó de España convencida de que era una camarilla de cabrones la que le echaba. El resto, por lo demás, ha asumido con total naturalidad que eran queridos.

Lo de las encuestas es opinable. Si por valoraciones fuera, en el presente momento el PSOE debería resignar el gobierno para entregárselo a UPyD, ya que Rosa Díez está mejor valorada de Zapatero. Sin embargo, todos sabemos que ser el líder más valorado no te garantiza ser también el más votado. Pero, por alguna extraña razón, esa asunción sí que la hacemos en el caso de los monarcas.


Y lo de la calle también es opinable, pues si el que más partidarios junta en la calle es quien debe ser rey, entonces tendríamos que inaugurar la dinastía Esteban, con la reina Belén y su princesa Andreíta.



MONÁRQUICO: La monarquía, en todo caso, ha demostrado que sabe modernizarse, ir con los tiempos.

JdJ: No del todo. La sucesión monárquica no es un proceso moderno, en el sentido de democrático. De hecho, no sólo no lo es, sino que no puede serlo, porque si fuese democrático debería ser electivo, y si fuese electivo ya no sería propiamente una monarquía.

Además, hay mucho que avanzar en la fiscalización de la monarquía, cosa que no le pasa a la Dirección General de Carreteras o a la Consejería de Agricultura de la Comunidad de Murcia, por citar otros dos departamentos públicos a voleo.

Cabe dudar, además, de si realmente es un camino lógico eso de modernizar la monarquía.

Si se moderniza, debería hacerlo hasta el final. Decimos que una mujer debería poder heredar la corona de España igual que un hombre, porque lo contrario es discriminación por razón de sexo, la cual ya no existe en la España moderna. Pero, ¿acaso persiste en nuestro derecho sucesorio la institución del mayorazgo? Pues no. En la España moderna ya no existe la prelación del primogénito sobre los demás hijos; hoy (o sea, no hoy, sino hace ya la punta de años que lo flipas), todos los vástagos heredan por igual, cuando menos el caudal legítimo; y, desde luego, el primogénito no pilla más por el hecho de serlo.


La monarquía, sin embargo, conserva la institución del mayorazgo. No sólo hereda el varón, sino que hereda el primer varón nacido. El único compañero de viaje que tiene en este punto es el derecho de nobleza; o sea, un compañero de viaje moderno y adaptado a los tiempos que te cagas.

Igual que la monarquía es la única institución que queda en España que discrimina a la mujer frente al hombre, también su derecho de herencia es casi el único que discrimina al hijo segundo y siguientes frente al primero. Todo esto sin mencionar que la actual línea dinástica lo es por haber preterido en la misma a un pariente del rey actual por ser sordomudo, lo cual también es discriminar al discapacitado; si el primogénito del actual príncipe fuese sordo, o paralítico, si fuese Stephen Hawking, ¿ conservaría su derecho a reinar?

Por lo tanto: puesto que la herencia, en el Derecho español actual, es la misma para todos los hijos, la corona de España, que algún día heredarán los hijos del rey, debería ser heredada por todos ellos en pie de igualdad, y lo mismo los hijos de aquél o aquella que reinase. Todo eso, claro, admitiendo barco como cornucopia silvestre, es decir admitiendo que en un país moderno, en el año 2010, nada menos que la Jefatura del Estado resulta ser una posesión hereditaria, como las acciones del Banco de Santander, la bicicleta cromada aquella tan bonita, el gramófono del bisabuelo o el libro de recetas de la abuela Gertrudis.

Pero esto nos lleva a una pregunta: si hay varios herederos con los mismos derechos, ¿quién heredará finalmente? Hay una posibilidad, que ya inventaron, aquí en España, los godos: el rey reinante decide cuál de sus hijos es el más dotado para sucederle. Pero, claro, este sistema de cooptación tiene sus imperfecciones porque, la Historia lo demuestra, no siempre, o más bien pocas veces, el rey elige a aquél que más le conviene a la nación, sino el que más le conviene a él. Es lo que pasa, de hecho, siempre o casi siempre que el sucesor lo elije una sola persona (véase al efecto la historia de los partidos políticos).

Así las cosas, aun manteniendo el dudoso principio de que la Jefatura de un Estado pertenece a una familia, aplicando las reglas del derecho normalito, para culminar la sucesión no queda otra que votar. Pero, ya que votamos, ¿por qué votamos sólo entre los Borbón y no le damos una oportunidad a los García?



MONÁRQUICO: Esa última pregunta es capciosa. Un Borbón se prepara para ser rey, y un García no.

JdJ: Bueno, sobre la formación de los aspirantes, con mayor o menor probabilidad, a reinar, hay bastantes apreciaciones que hacer.

En primer lugar, de lo que yo sé de la formación de príncipes e infantes, parece ser que han estudiado carreras muy normalitas, con algún Erasmus por ahí en Georgetown y otros sitios. No parece, por lo tanto, que sea una formación demasiado distinta de la que reciben cienes y cienes de españoles. El príncipe, además, ha recibido una sólida, o dicen que sólida, formación militar. Pero cabe preguntarse si eso de la formación militar es propio de reyes del siglo XXI, porque algunos pensamos que en el mundo actual para ser hombre de Estado es más importante saber de redes de fibra óptica que conocer la teoría del tiro artillero.

Probablemente, eso sí, quien crece en una familia real adquiere unos conocimientos por encima de la media sobre aspectos puramente esenciales de la institución, como son el protocolo y esas cosas. Pero aquí, una vez más, cabe preguntarse si esas cosas, todo eso de que no poder levantarse de la mesa si el rey sigue comiendo o que hay que ser grande de España para poder llevar la cabeza cubierta en su presencia (¿también una visitante musulmana, por cierto?), no son, en realidad, reminiscencias medievales con los que me mejor acabamos.0

Pero hay más. En Europa habrá, yo qué sé, unas veinte dinastías reinantes en los diferentes países. Esas 20 dinastías han reinado entre, más o menos, los siglos XV y XIX. Eso son 500 años. 500 años son 20 generaciones. Si en cada generación cada dinastía real genera, entre príncipes, infantes, primos, sobrinos, etc., digamos 10 miembros (cálculo muy conservador, pues las familias reales suelen ser bastante prolíficas), entonces tenemos que en 500 años las familias reales han generado 4.000 miembros de familias reales (que son 20 por 20 por 10), los cuales han sido mantenidos por sus pueblos, han tenido la mejor educación que su época procuraba y, en general, un bienestar varias veces superior al del común de los mortales.


De esos 4.000 miembros de familias reales que han vivido en condiciones privilegiadas, ¿cuántos poetas sobresalientes me puedes citar? ¿Sabes de algún físico, algún astrónomo, algún cartógrafo, algún químico, algún historiador, algún filólogo? O sea, por poner un ejemplo extranjero para que no dé tiña; si te asomas a internet y ves una foto del prince Harry, o sea el que algún día será jefe del Estado británico, ¿a ti te da la impresión de ser un tipo que sabe hallar la primitiva de una función o distinguir un sintagma nominal de uno verbal? ¿Cuántas fotos has visto a lo largo de tu vida de su padre, el flamante Príncipe de Gales, leyendo un libro, y cuántas jugando al polo?


Si te vas hoy mismo al desierto del Gobi y arrancas de allí a una familia de nómadas analfabetos, te los traes al palacio real de Madrid y los mantienes a cuerpo de rey, a ellos y a todos sus descendientes, durante 500 años, estoy seguro que a la vuelta de cinco siglos te habrán aportado, eso es cierto, una larga lista de vividores; pero también se las habrán arreglado para parir algún que otro poeta, matemático, historiador, economista, director de cine, etc. Alguien, yo qué sé, por pedir algo, para quien Miguel Delibes sea más importante que Fernando Alonso. Claro que a lo mejor el problema lo tengo yo pues, como no me gusta navegar ni esquiar, tiendo a no valorar las habilidades propias de los príncipes.


En todo caso, vale: aceptamos barco como lamelibranquio hermenéutico, y partimos de la base de que sí, de que los aspirantes a rey se preparan para ser reyes. Esto quiere decir, por lo tanto, que para ser rey hay que formarse; para ser rey no vale cualquiera, no vale un piernas que pase por la calle. Pero, en ese caso, ¿por qué se le permite a los miembros de la familia real, potenciales reyes, casarse con periodistas y jugadores de balonmano?

Esto nos lleva a una tautología: para poder ser moderna, la monarquía debería ser rancia.


MONÁRQUICO: En todo caso, el papel arbitral de la monarquía es innegable.

JdJ: Lo que no se puede, a mi modo de ver, es jugar con dos barajas distintas, escogiendo en cada caso el descarte que más le interesa a uno. Eso, como decía antes, ya lo hizo Johnny King en los años cuarenta, cuando tan pronto la legitimidad de la corona española surgía de la voluntad de los españoles como de la legitimidad histórica de su dinastía, al albur de por dónde daba el viento.

La mayor parte de las veces que un rey, una dinastía o sus partidarios quieren justificar su legitimidad acuden a la legitimidad histórica. Otras veces, acuden al papel arbitral de la monarquía. Pero lo que tienen que hacer es decidirse por un argumento o por otro. Si se dice que la legitimidad monárquica es histórica, entonces no se puede aceptar que la monarquía es necesaria por su papel arbitral, porque, históricamente, lo que he hecho la monarquía, también la española, no ha sido arbitrar, es decir mantenerse au dessus de la melée y tratar de que quienes mandaban de verdad se pusieran de acuerdo (poder arbitral). Lo que históricamente han hecho los reyes ha sido ejercer, ellos, el poder a secas; mandar en el país, en muchísimas ocasiones incluso contra la voluntad de la mayoría o de minorías muy relevantes de la sociedad española.

Cabe preguntarse, además, qué legitimidad histórica aportan episodios como los de un rey que engaña a su pueblo comprometiendo una senda constitucional a la que luego traiciona (Fernando VII); una reina que responde a las peticiones de ser un monarca constitucional aprobando una carta otorgada en la que concede a su propio pueblo las libertades que graciablemente a ella le petan (Isabel II); o un rey que aplaude un golpe de Estado militar cuya primera medida de gobierno es enviar a dormir el sueño de los justos las gravísimas responsabilidades de algunos de sus amigos, y tal vez las de él mismo (Alfonso XIII). Porque si es cierto que «por sus obras los conoceréis», la legitimidad histórica de no pocos reyes españoles es como para esconderla.

Si optamos por defender el papel arbitral de la monarquía, entonces no podemos aducir las razones de legitimidad histórica; porque esa legitimidad histórica, como digo, no tiene nada que ver con el poder arbitral que dibuja la Constitución del 78. Pero si no hay legitimidad histórica, ¿cuál será la razón para que ese poder arbitral deba ser ejercido por el miembro de una determinada familia, para colmo miembro y no miembra, para recolmo el primero de los miembros nacidos y no cualquiera de los demás; para rerecolmo que no sea discapacitado?



MONARQUÍA: Pues lejos de lo que dices, la pertinencia del poder arbitral del rey queda bien clara en la Historia: las dos veces que España ha sido una República, fue un desastre.

JdJ: Cierto. La I República se desarrolló en medio de una guerra civil y una insurrección cantonal que estuvo a piques de acabar con el país (ahí sí que se rompía España); y la II República acabó con otra guerra civil que trajo cuatro décadas de dictadura militar.

Pero si los fracasos del pasado son un aval para rechazar fórmulas presentes, ¿acaso la monarquía no los tiene? Que los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II fueron reyes razonablemente buenos se puede sostener, aunque en el caso del último hay que aceptar barco como polisíndeton con trastero iluminado y asumir que un rey que lleva a su país a la quiebra económica, la bancarrota y la suspensión de pagos es un buen rey. Pero luego llegan Felipe III y Felipe IV que no son ninguna maravilla, especialmente este último que se empeña en no darse cuenta de que España no puede pagar ni un cacho de una mitad de un trozo de todos los gastos militares en los que se mete por mantener su prestigio. Luego llegan otros reyes que mejor no calificar (esto es hacerle un favor histórico a la monarquía) hasta Carlos III, que es tenido por el mejor de la añada. Tras él llegan Carlos IV y su hijo Fernando, los cuales traicionan a su país y lo venden por un plato de lentejas y un chalé en Francia con caballitos y todo. De Isabel II no hay más que decir que hubo que echarla de España. El ciudadano Amadeo, como ya he dicho, por lo menos tuvo la decencia de darse cuenta de que no lo quería ni la nobleza, que lo ninguneaba, y se piró. Alfonso XII tuvo un pase pero a su hijo hubo que echarlo de nuevo.

El resultado de todo esto es que con la monarquía tampoco nos ha ido bien. Con la monarquía hemos tenido quiebras, guerras civiles, hambrunas, hiperinflación, enfrentamientos cainitas entre territorios, marchas atrás históricas…



MONÁRQUICO: ¡Precisamente por eso! ¡La monarquía ha aprendido de esas experiencias!

JdJ: ¿Y la república qué es, tonta del culo? En todo caso, no es que diga que la república es una organización ideal para el Estado. También tiene sus peros. Pero, por lo menos, la podemos mutar sin cambiarla, con sólo modificar los nombres de sus magistrados.