viernes, junio 11, 2010

La guerra civil bis (2)

El 27 de julio de 1942, espoleada por el anuncio hecho en Madrid de que Franco va a montar unas cortes orgánicas, la Diputación Permanente de las Cortes Republicanas, o si se prefiere la esquinita de la República en el exilio más controlada por los partidos republicanos burgueses, decide elaborar una nota dirigida, sobre todo, a las cancillerías occidentales y a las Naciones Unidas. Tras diversas negociaciones con el gobierno mexicano para evitar que dicha acción le provoque un conflicto diplomático, la nota se publica el 10 de agosto y tiene un eco internacional nada despreciable. Sin embargo, ya este primer gesto provoca un hecho que será muy relevante en el futuro: el silencio de Washington y Londres.

El anuncio de Franco, en todo caso, reaviva los deseos de los republicanos, y muy especialmente de Martínez Barrio, de proceder a una convocatoria de las Cortes republicanas. Obviamente, se trata de una convocatoria para aquellos diputados electos en febrero del 36 por el Frente Popular y algunas formaciones afines. El principal problema es que, como es jurídicamente claro, un Parlamento no puede reunirse en un país extranjero, motivo por el cual los republicanos necesitan que el Estado mexicano, pues México es desde el primer momento el claro candidato a ser anfitrión de dicha reunión, le conceda a algún lugar la extraterritorialidad provisional; durante unas horas, el edificio donde se reúnan las Cortes republicanas tendrá que dejar de ser parte integrante de México.

Un notable avance en la unión de las fuerzas republicanas se da a mediados de ese mismo año con la constitución de un órgano de coordinación de partidos políticos en el que se integran Izquierda Republicana, Unión Republicana, el Partido Federal, Esquerra Republicana, Acción Catalana Republicana y el Partido Nacionalista Vasco; en suma, los dos principales partidos burgueses y los grandes muñidores nacionalistas. Ciertamente, el hecho de que el PSOE no se uniese a esta coordinación hizo que fracasara pronto, pero dejó la impronta de un mayor deseo de unión, prescindiendo de los comunistas, que se estimaba podría hacer mucho por dar una buena imagen a la causa republicana ante las democracias occidentales. En octubre de 1943, la Unión de Profesores Universitarios Españoles Emigrados realiza una reunión en Cuba de donde sale un manifiesto en el que se exige del mundo libre cooperación para desplegar en España un régimen de libertades, en estricto respecto del espíritu expresado por Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill en 1941 en el documento conocido como Carta del Atlántico.

José Giral, a la vez profesor y político, es quien queda encomendado por los congresistas para trasladar dicho manifiesto a las formaciones políticas. Giral se reúne, en efecto, con Martínez Barrio, Prieto y Albornoz (Álvaro de), y a Negrín le cuenta la historia por carta, quizá porque las relaciones no son las mejores posibles. En el otoño de 1943 dos políticos catalanes exiliados en México, Pere Bosch Gimpera y Josep Andreu Abelló, representantes de Esquerra y de Acció Catalana, organizan una serie de reuniones en la ciudad norteamericana que culminan, el 20 de noviembre de 1943, con la firma de un pacto de unidad para restaurar la República. El pacto apuesta por la puesta en marcha en España de «un régimen genuinamente democrático, conforme a los principios de la Carta del Atlántico», aunque se establecía la necesidad de poner en vigor la Constitución del 31. Esta tesis será la que mantendrá la República durante su exilio, sin llegar, a mi modo de ver, y con la única excepción interesada de Prieto, a darse cuenta de que esta posición, en realidad, suponía un obstáculo para el sueño de los republicanos.

El empecinamiento de los republicanos por identificar normalización democrática con regreso de la legalidad republicana será letal para ellos con el tiempo. Con una excesiva ausencia de autocrítica, que se observa hoy en día en la historiografía que les es más afín, los republicanos nunca estuvieron dispuestos a admitir la idea de que una cosa era decir que Franco era insostenible como demócrata, y otra muy distinta que la legalidad republicana fuese totalmente democrática. Bajo la legalidad republicana se habían quemado impunemente iglesias y conventos; bajo la legalidad republicana se habían aprobado unos artículos constitucionales en materia religiosa que sus propios autores consideraban de extrema izquierda; bajo la legalidad republicana se había aplicado una Ley de Defensa de la República que en manos de un líder de derechas consideraríamos pura y simplemente fascista. Los republicanos exiliados, y es posible que no les faltase razón en ello, se contentaban con echarle toda la culpa de estos errores al Partido Comunista; así pues, según ellos, muerto el perro, se acabó la rabia. Pero esto no será así a ojos del Foreign Office y, sobre todo, de la Casa Blanca.

Pero esto, en noviembre del 43, es hablar por hablar. En noviembre del 43, la República obtiene una victoria sin paliativos al lograr elaborar un documento a cuyo pie firman: Carlos Esplá y Pedro Vargas (IR); Indalecio Prieto y Manuel Albar (PSOE); Diego Martínez Barrio y Félix Gordón Ordax (UR); Josep Andreu (ERC) y Pere Bosch (ACR). Los únicos que no firmaron fueron el PNV, para el cual la unidad de España ya no existía; y el presidente del gobierno, Negrín, que no era de la partida. La UGT se adhirió, la CNT no expresó hostilidad alguna, y el PCE reaccionó anunciando la formación en el interior de España de una sedicente Junta Suprema de Unión Nacional. Apenas unos días después, se eligen los cargos rectores de la Junta Española de Liberación, en las personas de Álvaro de Albornoz (IR), Indalecio Prieto (PSOE), Diego Martínez Barrio (UR), y Antoni María Sbert por los partidos catalanes. No están todos los que son pero, desde luego, todos los que están, son. La JEL lanza un manifiesto dirigido a advertir de que es necesario «impedir que se realice la restauración de la monarquía antinacional que cayó en 1931» y se califica al pretendiente (ciudadano Juan de Borbón; ni Juan III, ni leches) de «banderizo y faccioso». Este manifiesto y las actuaciones de la JEL tuvieron un eco enorme en la opinión pública internacional.

Medio año después, sin embargo, concretamente el 24 de mayo de1944, Franco recibe un balón de oxígeno. Winston Churchill habla en la Cámara de los Comunes y se refiere al desembarco aliado en el norte de África con estas palabras: «No olvidaré jamás el inmenso servicio que España prestó entonces, no sólo al Reino Unido y a la comunidad británica, sino a la causa de las Naciones Unidas»; y añade más tarde: «no siento ninguna simpatía por los que consideran inteligente y divertido injuriar al gobierno español cada vez que se presenta la ocasión». Y más aún: «España será un poderoso factor de paz en el Mediterráneo después de la guerra. Los problemas de política interior de España sólo conciernen a los españoles. No tenemos por qué inmiscuirnos en estos asuntos».

El churchillazo cae sobre los republicanos como un jarro de agua helada. La JEL reacciona como el puma de Baracoa. Londres ha pronunciado las dos putas palabras: asuntos internos. Las mismas que pronunciará el secretario de Estado de Ronald Reagan, Alexander Haig, el 23 de febrero de 1981, durante el golpe de Estado del teniente coronel Tejero. Pero las palabras de Churchill son, además, sinceras. Son el producto, primero de las convicciones personales del británico, de por sí bastante conservador, y segundo de los movimientos que ha hecho el franquismo entre 1942 y 1944 y años siguientes, y que algunos historiadores conocen como proceso de desfascistización del régimen franquista. La baza de Franco es exactamente la desvelada por Churchill: jugar a contarle a las cancillerías que cualquier movimiento excesivo en España pondría en peligro el equilibrio Mediterráneo. Por el momento, el Pardo apenas tiene a Churchill decididamente de su parte. Pero, con el tiempo, acabará sacando agua de esa piedra.

Además de reaccionar ante las declaraciones de Churchill, la labor principal de los republicanos en el exilio es, en esos momentos, convocar las Cortes. Finalmente, y tras muchos dimes y diretes, Martínez Barrio logra arrancar de las autoridades mexicanas el apoyo suficiente como para poder realizar dicha convocatoria para todos los diputados del Frente Popular con la excepción de los comunistas, que para entonces ya no asisten a las reuniones de la Diputación Permanente.

Esta convocatoria, sin embargo, no fue un camino de rosas. Indalecio Prieto evolucionaba a marchas forzadas hacia un posibilismo muy propio de él, pues era un político al que le daba igual una cosa que la otra y, por lo tanto, era capaz de pactar con todos. En el marco de dicha evolución, o quizá porque tuvo la sensación de que las instituciones republicanas, dominadas por los partidos burgueses, nunca le darían el papel protagonista que ambicionaba para sí mismo, Prieto se fue desafectando del pie forzado de que el antifranquismo debía pasar siempre por la reivindicación de la legalidad republicana. Poco a poco, en sus artículos y en sus actuaciones, Prieto va dejando relucir que, para él, lo importante es tumbar a Franco; y si para tumbar a Franco tiene que tumbar el sueño republicano pues, como diría Terminator, no problemo.

A Prieto no le gusta aquella reunión de las Cortes porque la ve como un ruido. Según él, las actividades de la JEL están siendo muy bien acogidas por la opinión pública internacional, y poner en pie ahora otro foco de legalidad republicana puede ser un problema. Cierto es que Prieto en la JEL es secretario con mando en plaza y en las Cortes, el inspirador de la minoría socialista; algo menos, pues. Tampoco es menos cierto que si las Cortes republicanas empiezan a reunirse con habitualidad, Prieto se vería en la obligación de rendir cuentas de su gestión de la JARE, la junta de auxilio de exiliados que ha montado con el pastón del Vita, y cuyas cuentas nunca han quedado del todo aclaradas. También es cierto que revivir las Cortes podría suponer, por lógica, revivir la otra gran institución republicana, es decir el gobierno de Negrín; algo que es totalmente opuesto a los intereses de Prieto. Hay, pues, elementos para pensar que la actitud de Prieto pudo deberse a escrúpulos estratégicos o, quizá, más bien a intereses personales.

El 22 de noviembre de 1944, tras conocer que el presidente mexicano Ávila Camacho concede la extraterritorialidad provisional del Club France de México DF, Martínez Barrio reúne a la Diputación Permanente para convocar las cortes el 10 de enero de 1945.

A las 4,25 de la tarde de aquel día, estaban en el Club France 72 diputados, mientras que otros 49 expresaron su adhesión. En su discurso como presidente de las Cortes, Martínez Barrio dedicó, entre otras cosas, un recuerdo específico a la «figura venerable de la democracia española» de Francisco Largo Caballero. Ni aún mediante ese recuerdo específico, y para qué negarlo un tanto hipermétrope, consiguió Barrio bordear el principal problema de la convocatoria: los muchos escrúpulos legalistas de los representantes del PSOE. Los socialistas, instigados por Prieto para bombardear aquella iniciativa, ya se habían negado en la Diputación Permanente a aceptar votos por escrito y a distancia de diputados no presentes (para mi gusto, con todita la razón; diputado que no está, diputado que no vota). Pero es que, además, amenazaban con exigir en la sesión votaciones nominales, para evitar las votaciones por aclamación.

Los periódicos mexicanos del día 11, de hecho, publicaron la noticia de que la minoría socialista consideraba que las Cortes no eran tales, puesto que carecían del quorum necesario según la Constitución. Aduce el PSOE que no se ha logrado reunir los 100 diputados que son el umbral constitucional mínimo y, por lo tanto, se niegan a seguir actuando en las Cortes; tesis ésta que sería atacada por Gordón Ordax al recordar que, en realidad, sólo 198 diputados estaban en condiciones de acudir a la sesión, por lo que los asistentes formaban un quorum más que suficiente. A pesar de la oposición de Martínez Barrio a la suspensión, la obstinación socialista acabó por forzarla, aunque no se cerró el ciclo parlamentario. En todo caso, con este movimiento Prieto hirió de muerte a las Cortes como institución que pudiese aparecer ante la opinión pública internacional como activa y actuante y, por lo tanto, evitó que existiese un foco antifranquista más. Independientemente de que lo hiciese por motivos e intereses personales, que es más que probable, también hay que admitir que parte de razón no le faltaba pues, probablemente, lo que necesitaba la República era concentrar sus esfuerzos, no dispersarlos.

De todas formas, para desgracia de Prieto, el adormecimiento de las Cortes republicanas sirvió para fortalecer a su ex amigo Negrín, quien a partir de ahí sintió que el gobierno republicano era la única institución realmente viva. Aunque esto también era un poco espejismo. Útil, útil, lo que se dice útil para la causa republicana, era, en ese momento, la Junta Española de Liberación. Fue la JEL, de hecho, la que el 22 de enero recibió el telegrama que desde Guatemala anunciaba que dicho país había decidido no reconocer al régimen de Franco.

El siguiente paso era el 25 de abril de ese mismo año, 1945. Era la fecha fijada para la llamada Conferencia de San Francisco, que debía preparar la Carta de las Naciones Unidas. Esta cita es fundamental para la República, es una batalla crucial de la guerra civil bis, y la JEL está resuelta a ganarla.

Y es que, de hecho, en la primavera del 45 comenzará un rosario de victorias para la causa republicana.

miércoles, junio 09, 2010

La guerra civil bis (1)

El general Francisco Franco ganó la guerra civil. Y también ganó la segunda guerra civil. Cuando la primera guerra civil estalló, no estaba del todo claro que su bando, que entonces no dirigía él, fuese a ganar. Los resultados del first strike del llamado alzamiento (una forma como cualquier otra de no llamar a las cosas por su nombre) fueron bastante descorazonadores para los rebeldes. Luego pasaron muchas cosas que hicieron que, sin embargo, quien en un primer momento quizá pudo pensar que no tenía demasiado futuro, acabara con posesionarse de dicho futuro durante cuarenta años. Sobre este tema mucha gente tiene una opinión o, incluso, varias. La pregunta de qué le hizo a Franco ganar la guerra (pregunta que, en mi opinión, debe plantearse de otra manera: qué le hizo a la República perderla) es una de las preguntas más apasionantes del estudio de dicho enfrentamiento.

Casi nada más terminar la primera guerra civil, empezó la segunda. Una guerra de la que muchas de las personas que saben de la primera lo desconocen casi todo. La República, perdida la guerra en el terreno bélico, trató de ganarla en el terreno diplomático.

Cuando la segunda guerra mundial terminó se produjo un proceso inusitado en la Historia de la Humanidad. Por primera vez, los Estados ganadores se plantearon hasta qué punto no tenían la responsabilidad de ser jueces de quienes provocaban las guerras. Esta cuestión provocó la eclosión del concepto de crimen contra la Humanidad y los llamados juicios de Nuremberg, amén de cierta doctrina por la cual los amantes de la libertad tenían, no sólo el derecho, sino el deber de preservarla convirtiéndose en defensores activos de la misma. En la segunda mitad del siglo XX, luchar activamente por la democracia se convirtió en algo lícito.

Pasadas las décadas, este mecanismo mental, bastante trufado de wishful thinking, acabaría por hacer aguas. Resultó que no todos los presuntos amantes de la libertad lo eran en realidad: en la coalición militan o han militado elementos tan liberticidas como Josif Stalin o los secretarios de Estado norteamericanos a los que no les ha importado teledirigir desde Washington dictaduras atroces en el Tercer Mundo. Además, resultó que el mundo está lleno de escalas de grises. ¿Es lícito liberar a los bosnios del yugo serbio? Sí. ¿Y a los iraquíes del yugo de Sadam? El Hermano Lobo contestó: Auuuuuuuuuu....

Pero antes de que el mundo cayese en esta cuenta; antes de que la ONU se convirtiese, como lo ha sido en diversas etapas de su existencia, en una Asamblea donde los dictadores eran mayoría cuando menos numérica, el mundo creía estar entrando en una nueva etapa en la que toda ponzoña sería cortada de raíz. Y ahí comenzó, en lo que a España se refiere, la segunda guerra civil.

Las convicciones fascistas de Franco son terreno de la psicohistoria. Pero que Franco no sólo colaboró con los regímenes fascistas sino que los imitó y construyó un Estado a su imagen y semejanza, es algo que no niegan ni los mismos franquistas. Haciendo uso de su providencial esencia galaica, es decir la habilidad sempiterna de decir que sí y que no en la misma frase, fue un más que digno aliado de las potencias del Eje, pero no parte del Eje mismo. Durante la segunda guerra mundial fue un apasionado colaborador de Hitler, pero recibía a los embajadores británico y estadounidense, a los que también les cantaba alguna que otra melodía de sirena. Con la División Azul dio el paso más claro de implicación pro-Eje; paso que, en todo caso, tuvo más motivaciones que las puramente relacionadas con la guerra mundial, pues por esa vía consiguió quitarle presión a la válvula nacionalsindicalista, que amenazaba con estallar enervada por su cuñado Monchito.

Merced al hecho de que Franco nunca entró en la segunda guerra mundial, y por lo tanto nunca se alistó en el Eje propiamente dicho, cuando las tropas de Hitler comenzaron a poner el culo contra Mannheim y se fueron retirando por las Ardenas arriba, no fue invadido. En realidad, para entonces ya le estaba ratoneando a los alemanes el wolframio que necesitaban para blindar sus blindados, cicatería de la que Washington estaba perfectamente informado. El día que capituló Japón, las tropas aliadas habían alcanzado sus últimos objetivos.

¿O no?

Ésta fue la tesis de los republicanos españoles y de la docena de naciones que eran sus aliadas en ello. Merced a las tesis de Nuremberg, la guerra, que se conformó como una guerra contra el liberticidio, no se podía considerar terminada hasta que todos los liberticidas fuesen vencidos. Y quedaba Franco quien, verdaderamente, no se podía ocultar, entraba entonces en los estadios y plazas de toros mientras hasta los cabestros saludaban brazo en alto, como se había saludado a Hitler y a Mussolini.

Mi misión en este post y los que le seguirán será contaros cómo ganó Franco esa guerra o, si lo preferís, y de nuevo creo es la forma más correcta de expresarlo, cómo la perdió la República.




El final de la guerra civil, borrascoso y complejo, levanta muchas dudas en materia de legitimidad. En febrero de 1939, durante una reunión fantasmagórica en el castillo de Figueras, el gobierno del doctor Juan Negrín había recibido el apoyo de todos los grupos republicanos. En esto se apoyaba Negrín, una vez terminada la guerra y en el exilio, para sostener la idea de la pervivencia de su Ejecutivo. Sin embargo, no pocos juristas, incluso del lado republicano, recordaban que todo gobierno, por definición, tiene un pueblo y un territorio sobre el que ejerce su mandato, condiciones éstas que ya no se daban en el caso del republicano. Además, hay que tener en cuenta que, tras el mal llamado golpe del coronel Casado (yo prefiero llamarlo golpe de Miaja), y dado que quienes lo secundaron lograron el control de las tropas republicanas, cabe sostener que el gobierno Negrín había sido depuesto, luego ya no representaba a la legalidad republicana.

Sean las cosas como sean, lo que está claro es que el Negrín que aparece en París a finales de marzo de 1939, y acuerda con los miembros allí presentes de la Diputación Permanente de las Cortes una reunión de la misma, se considera no sólo el mayor, sino el único depositario de la legalidad republicana. Tanto es así que en su discurso ante la Diputación, 31 de marzo, no sólo expresa su convencimiento sobre la legitimidad de su gobierno, sino que se permite el lujo de coquetear con la ilegitimidad de la propia Diputación, dado que ésta sí que no tiene territorio sobre el que actuar y, consecuentemente, la idea de unas Cortes que se reúnen en tierra extraña es algo difícil de asumir. Es la primera ocasión, y no la última, en la que Negrín pretende hacer de su capa un sayo y seguir siendo presidente del gobierno republicano sobre la base de que lo controle Rita.

Lo que recibe Negrín es una verdadera andanada retórico-jurídica. Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, argumenta, más o menos, que si Negrín está allí para comentar cositas porque le apetece, entonces que no diga que es el presidente del Consejo de Ministros; y que si está allí como presidente del Consejo de Ministros, entonces lo hace frente a la Diputación Permanente, representante constitucional del Parlamento, con todo lo que supone de derecho de ésta de juzgar su gestión y, sobre todo, darle órdenes. Termina diciendo Barrio que, en su opinión, el gobierno de la República ha dejado de existir; pero, si existiese, la Diputación estaría tan viva como él.

En suma, la doctrina Negrín, según la cual pervive el gobierno pero no las instituciones parlamentarias (una teoría, por cierto, que tiene de democrática lo que yo de lagarterana; y es que hay que ver las cosas que hay que oír y leer cuando se moteja a Negrín de supercampeón de las libertades) le parece al republicano una carallada. En el paroxismo de afirmarse más allá de todo control o auditoría, Negrín llega a decir que no sólo la Diputación Permanente, sino el mismo Parlamento no pueden relevarle de las responsabilidades que tiene como presidente del gobierno.

Álvaro de Albornoz, otro fino jurista republicano que, según las propias memorias de Pasionaria, se enfrentó con ella (y perdió) en febrero del 36 cuando los comunistas quisieron abrir las cárceles, interviene para decir que no puede haber primer ministro si no hay gobierno; y, sin territorio ni población, no hay gobierno que valga.

Y así está el tema republicano: la Diputación Permanente de las Cortes no cree que exista gobierno, y el gobierno no cree que exista la Diputación Permanente.

En la sesión del día siguiente, 1 de abril, las cosas se ponen aún peor. Pasionaria, el gran aval de Negrín en realidad, carga contra la Diputación Permanente, a la que prácticamente moteja de atajo de cobardes por no haber volado echando leches a Madrid para ordenar a Casado que depusiese su rebelión cuando la puso en marcha. Se monta la mundial, con reproches de alto signo por ambas partes, hasta que Ibárruri concluye dejando claro que, para los comunistas, no hay más gobierno que el de Negrín.

Finalmente, la Diputación claudica, y acepta el principio negrinista, un poco absurdo la verdad, de que el gobierno del doctor no puede dejar de serlo por imposibilidad de declinar su puesto frente al órgano constitucionalmente encomendado para ello (el Parlamento). Ya digo que, para mí, este argumento es tautológico. El gobierno no puede dimitir ante el Parlamento porque el Parlamento ya no existe. Pero si no existe el Parlamento, ¿cómo es posible que siga existiendo el gobierno?

En ese momento procesal, la respuesta a la pregunta no es ni jurídica, ni constitucional, ni siquiera ideológica: es, fundamentalmente, económica. No pocos de quienes participaron en esa discusión sabían, o sospechaban, que tentáculos republicanos habían logrado sacar de España, antes de la debacle final, fondos cuantiosísimos cuya exacta valoración nunca hemos conocido y, muy probablemente, nunca conoceremos. Procedente de incautaciones masivas y otros medios, la República contó con un importante flujo de fondos, y discutir sobre quién estaba al frente de las instituciones republicanas en el exilio equivalía, en la práctica, a discutir quién controlaría esa pasta. Negrín, más que probablemente, afirmaba su candidatura para seguir siendo presidente del Consejo de Ministros porque esperaba controlar esos fondos; algo que no pasó dado que, tras la odisea vivida por el famoso yate Vita, las riquezas del mismo caerían en las manos de su correligionario Prieto, quien no sólo no se las devolvió, sino que acabó arreglándoselas para echarlo del PSOE.

Lo importante a los efectos de esta serie, sin embargo, es que, tras muchos dimes y diretes cuyo fondo, como digo, es la pasta, la República sobrevive con dos, que pronto serán tres, focos de legitimidad institucional y política: por un lado, está el gobierno de Juan Negrín, llamado a ser muy potente como consecuencia de su capacidad económica derivada de los activos conservados, pero que pronto se quedará sur la paille; por otro lado, están las Cortes republicanas, o más concretamente su Diputación Permanente, que se sienten, eso sí con la opinión contraria de Negrín, representantes del sentir popular que votó en febrero de 1936; y, con el tiempo, y gracias al golpe de suerte del atraque del Vita en Veracruz y la decisión del presidente Lázaro Cárdenas de darle el control de los fondos, surgirá un tercero en discordia: Indalecio Prieto. Negrín y Prieto, que serán enemigos irreconciliables a partir del momento en que el segundo se quede con los fondos del Vita, se parecen, sin embargo, en una cosa: ambos quieren jugar el partido de la oposición antifranquista a su puta bola.

Serán las Cortes republicanas las que traten de guardar las esencias institucionales de la República y las que, en 1942, más concretamente el 27 de julio, cuando perciban que las tornas de la segunda guerra mundial comienzan a cambiar claramente, pongan en marcha la operación de acoso y derribo internacional del régimen franquista.


Ha estallado la guerra civil bis.

lunes, junio 07, 2010

Pistoleros de leyenda: Butch Cassidy

En 1902, durante su traslado a Sudamérica, Robert LeRoy Parker, alias William T. Philips, alias George Cassidy y alias, sobre todo, Butch Cassidy, pasó por las Islas Canarias. Con ello, Butch se convirtió, probablemente, en el único gran pistolero de leyenda del Lejano Oeste que alguna vez estuvo en España.

Robert nació el 13 de abril de 1866 en Beaver, Utah. Su familia paterna había emigrado a este Estado siguiendo la estela mormona. En 1879 la familia, que ya contaba 13 miembros, se mudó a un rancho en Circleville. Era aquella una zona donde deambulaban los rufianes de gatillo fácil, y Robert desarrolló una admiración sin límites por uno de ellos, Mike Cassidy, quien le regaló una silla de montar y un revólver. Así las cosas, con 16 años Parker dejó el hogar familiar y se alistó en la banda de Cassidy, donde llegó a ser el brazo derecho del jefe.

En 1887 lo encontramos participando en el asalto fallido a un tren en Colorado, y dos años después en atracos a bancos en Denver y Telluride, Colorado. Para evitar la persecución policial, quien entonces se hacía llamar George Cassidy se estableció pacíficamente durante un tiempo en Wyoming. Concretamente, trabajó en la tienda de un carnicero (butcher), de donde le procede el apodo que le haría inmortal. Trató de tener una vida honrada, pero en 1892 ya había regresado al robo y se encontraba retenido. En 1894, fue condenado a dos años de prisión gracias sobre todo al testimonio de un ranchero, Otto Franc, quien en 1903 murió en un extraño tiroteo que nunca se aclaró.

Es en 1896, cuando es liberado, cuando Butch Cassidy monta su famosa Pandilla Salvaje o Wild Bunch. Sus compañeros eran Harvey Logan, Harry Longabaugh, alias The Sundance Kid, Ben Kilpatrick, Elzy Lay, Harry Tracy and Big Nose George Curry. Con esta banda, Cassidy se dedicó a asaltar trenes y bancos. De cuando en cuando, la banda dejaba de «trabajar» para irse de vacaciones, que solían pasar juntos. De una de estas vacaciones es de donde data esta foto. Sentados y de izquierda a derecha, Longabaugh, Kilpatrick y Cassidy; y de pie, Will Carver y Harvey Logan.




Asimismo, tal y como se refleja en la famosa película de cine sobre su vida, durante estas pausas Butch visitaba a diversas amantes, entre ellas, fundamentalmente, Mary Boyd.

A pesar de que Cassidy trató de esconderse detrás de oficios legales, llegando a trabajar incluso en un barco fluvial, la policía le estrechaba el cerco y, por eso, en 1902, Butch, The Sundance Kid y la piba de éste, Etta Place, deciden irse a Suramérica, aunque Cassidy hizo aquel trayecto pasando por Liverpool y las Canarias.

En Argentina, el trío puso en marcha una granja de ovino y bovino, cuyos productos vendían en las minas de Chile. Etta comenzó a sufrir ataques de apendicitis, así que en 1907 Longabaugh se la llevó a Denver para que la operasen. Una vez que volvió, los dos amigos decidieron volver a delinquir, de donde cabe sospechar que la decisión de ser granjeros era, en realidad, una decisión de Etta. Se trasladaron a Bolivia, donde comenzaron a desarrollar el negocio del atraco de bancos y de convoyes con nóminas. En 1908, los soldados bolivianos los encontraron porque pararon en un pueblo a comer, y un chico de la calle reconoció la mula de uno de sus amigos, que los americanos habían robado. En el enfrentamiento, el Sundance Kid resultó muerto. Cassidy, sin embargo, logró escapar y regresar a Estados Unidos. Se estableció en Des Moines, Iowa, pretendiendo ser el ingeniero William Thadeus Philips. Se casó con Gertrude Livesay.

La pareja se trasladó a Globe, Arizona, donde Cassidy se alquiló como mercenario en la revolución mexicana. Sin embargo, en 1910, la vida de Cassidy había cambiado radicalmente. Se estableció en Spokane, Washington, y creó una compañía que fabricaba y vendía máquinas de calcular y otros equipos de negocios. El negocio le salió extraordinariamente próspero. Así pues, el hombre que de joven había robado los mejores caballos, ahora se compraba los mejores coches.

En los años siguientes, Cassidy visitaría los lugares donde había sido un bandido, buscando, sin éxito, trazas de su Pandilla Salvaje. También se volvió a ver con Mary Boyd, el verdadero amor de su vida, quizá porque fue la única mujer que no se empeñó en que dejara de ser un ladrón.

Con la Gran Depresión, el negocio de Cassidy quebró. En 1934, intentó publicar un manuscrito sobre su vida, sin éxito. Para entonces, sin embargo, ya estaba enfermo de cáncer, enfermedad que lo mató en 1937.