miércoles, diciembre 01, 2010

Botellón jurásico

A partir de mañana, tengo la intención de abandonar durante el largo puente los lugares conectados a internet y esas cosas, así pues quizá no pueda renovar el blog. Espero que muchos de vosotros, si no todos, también tengais ocasión de descansar.

En plan de aperitivillo para estos días, os dejo este regalito, especialmente dedicado a los más jóvenes de entre vosotros.

Puede que a tí, púber, tu padre o tu madre te dé el coñazo por aquello del botellón. Por eso te dejo aquí este recorte, escaneado del número de abril de 1975 de la revista Triunfo, que lo publicó. Se trata de cartel artesanal de anunció de una fiesta universitaria celebrada ahora hace 35 años. Creo que sirve para ver que las cosas no han cambiado tanto.

Hasta más ver.

martes, noviembre 30, 2010

¿Por qué tanta WikiSorpresa?

Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord es tenido por muchos como el prototipo del diplomático. Esto es así, sobre todo, por las muchas peripecias que pasó la Francia de la Revolución Francesa, el Imperio napoleónico y más allá, a todas o casi todas de las cuales supo el buen Carlos Mauricio sobrevivir. Una anécdota de Talleyrand cuenta que, en cierta ocasión, cenaba en un acto oficial en compañía de la emperatriz, señora de Bonaparte. Josefina, queriendo poner en un aprieto al siempre correcto diplomático, le planteó la siguiente frequently asked question: «Si vos fuéseis es un barco con el emperador y yo y el barco se hundiese, ¿a quién salvaríais primero»? Talleyrand sorbió su copa, se tomó dos segundos para pensar y, luego, le dijo a la emperatriz: «Estoy seguro, Majestad, que nadáis como un pez».

En público, un diplomático jamás expresa su ira, su rechazo o su mala hostia, a menos que quiera. Es una regla primaria de la regla diplomática. Cuentan de José María de Areilza, entonces embajador de la España franquista en Argentina, que esperaba un día en la Casa Rosada a que le recibiese Eva Perón, la cual era famosa por hacer a sus visitantes calentar los sillones del antedespacho. Y así fue. Areilza esperó y esperó, pero la puerta del despacho no se abría. Finalmente, intimó al secretario a averiguar si había algún problema. El secretario entró a hablar con su jefa, y se dejó la puerta entreabierta. Gracias a eso, el embajador pudo oír a la Perón que decía: «Dile que entre a ese cerdo español». Él se asomó y dijo: «Señora, el español se va, el cerdo se queda».

Esta anécdota tiene todos los visos, todos, de ser falsa. Como digo, un diplomático incumpliría sus funciones y su esencia si cometiese tal tropelía. No se trata de que insultar a Eva Perón pudiese provocar un conflicto entre España y Argentina, que estaban de aquélla muy lejos de dejar de ser amigos; se trata de que la diplomacia se basa, fundamentalmente, en una de las máximas de la familia Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos.

La mala hostia diplomática se desarrolla en formas más sutiles. Otra anécdota famosa, que por cierto que yo sepa su protagonista aún está en condiciones de confirmar o desmentir, nos habla de que Fernando Morán, siendo ministro de Asuntos Exteriores de la España felipista, fue a visitar a Margaret Thatcher a Downing Street. La Dama de Hierro le ofreció un té y Morán, conocedor de las costumbres británicas (acostumbrados al té con una nube de leche), le dijo que sí, pero le matizó que lo quería con limón. Muchos británicos, en efecto, detestan el té con limón, por considerar que el cítrico le quita todo el sabor. Al llegar las tazas, Morán le dijo a la primera ministra: «Probablemente soy un estúpido, pero es que me gusta con limón». La Thatcher le contestó: «Es posible que tenga usted razón... en lo del limón, por supuesto».

Todo esto lo cuento para sostener un poco la siguiente afirmación: la diplomacia, cuando funciona bien, se instrumenta a partir de señores que no paran de sonreír en público, y en privado pueden ser los mayores hijos de puta de la partida. El diplomático escribe los párrafos más floripondiosamente vacíos cuando el papel es público, y se despacha en los papeles privados o secretos con una sinceridad cruda y, en ocasiones, muy cruel. Quien no sepa esto es que o tiene una visión de Teletubbie de las relaciones internacionales, o desconoce la Historia. Es por ello que cuesta entender que la reciente filtración de una serie de comunicaciones diplomáticas estadounidenses al portal Wilikeaks haya causado tanto interés y tanto escándalo. Por lo visto, aún hay personas en este mundo que se asombran de que haya diplomáticos americanos que consideran a Zapatero un inútil o a la Merkel una triste. Por lo visto, aún hay gente en este mundo que considera que saber eso le descubre algo.

Como digo, esto será porque no leen. Si leyesen, y teniendo en cuenta que los hechos diplomáticos acaban siendo Historia y en buena parte sometidos al conocimiento público, pues no tiene sentido someter la correspondencia de Luis XIV a la ley de secretos oficiales francesa, podrían darse cuenta de que, al menos lo que se ha sabido hasta el momento no deja de ser una cagarruta al lado de otras muchas cosas que han ocurrido en el pasado. Sin salir de España, por ejemplo, tenemos los temerarios movimientos diplomáticos de Madrid respecto de la naciente Estados Unidos con el fin de conservar los derechos de navegación del Mississipi y el papel que en ello jugó ese estado llamado Kentucky, asunto del que espero que algún día tenga tiempo para hablar. Tenemos, por citar otra época totalmente distinta, la correspondencia dirigida a Stalin durante la guerra civil española por los asesores soviéticos, donde ponen al ejército español republicano de chupa de dómine o describen problemazos en el seno de las Brigadas Internacionales que comprometen esa imagen de Amigos para Siempre que se le ha querido dar a esos cuerpos; o, sin salir de ese periodo histórico, con leer los papeles de la diplomacia nazi, también publicados, o el diario del conde Ciano, también se tendrá una buena imagen de las dobleces y tripleces con que se desenvolvían las potencias aliadas de Franco respecto de éste último.

Otro periodo de correspondencia diplomática que recomiendo vivamente es el del Imperio español, aunque en este caso las cargas jugosas son las de los extranjeros que residían aquí. Especialmente interesantes se me hacen las cartas de los embajadores venecianos, porque Venecia, en aquel entonces, era potencia comercial (cosa que siempre excita la diplomacia) y, además, era una nación sensible por estar en primera línea de fuego con el turco. Los embajadores venecianos en la corte de Felipe II, por ejemplo, se desempeñan con total sinceridad, quiero decir crueldad, en el delicadísimo asunto del hijo del rey, don Carlos, aquel psicópata de libro de torturaba animales de niño y que nunca logró estar ni medio bien de lo suyo, lo cual da para cienes y cienes de comentarios en las cartas diplomáticas de lo más mordaces. Aunque, probablemente, donde las cartas diplomáticas (y en este caso, quizá las más recomendables sean las francesas) alcanzan su cénit respecto a España es en la época de los grandes validos, Lerma y Olivares y, sobre todo, la época, impagable para los diplomáticos, en la que España, en un paroxismo monárquico, dejó que el país fuese regido por un retrasado mental como Carlos II.

Lo extraño, pues, no es que los diplomáticos americanos dispersos por el mundo se dediquen a averiguar que Gadafi es hipocondríaco o que Cristina Fernández de Kirchner podría estar mal de la cabeza; más bien, que no lo hiciesen sería motivo más que suficiente para despedirlos por no hacer su trabajo. Y si hay una sola persona, una sola, en alguno de los gobiernos de los países analizados, que diga algo así como «nunca pensé que pensaran eso de nosotros», lo mejor que puede hacer el primer ministro es mandarlo a casa ipso flato, porque es tonto, o tonta, del culo.

En realidad, a mí lo que me llama la atención es que, dentro de un cuarto de millón de documentos, lo que haya de más chicha sean precisamente estos rumorcillos tipo Sálvame de Luxe sobre si no sé qué primer ministro se purga con clorato efervescente o aquélla presidenta de la nación se masturba escuchando a Take That. Y lo digo porque son el tipo de papeles que estoy seguro que un secretario de Estado jamás lee, porque eso queda para sus subordinados dado que él necesita su tiempo para cosas mucho más importantes que tienen que ver con la estrategia exterior de verdad de su país. Estrategia que, además, no tiene nada que ver con lo que dicen esos papeles, pues si algún día a Estados Unidos le interesa aliarse con Argentina, no será la locura o la estupidez de su presidenta lo que les vaya a convencer de lo contrario.

Aquí caben, a mi modo de ver, dos posibilidades; que puede que incluso se den a la vez o estén interconectadas.

La primera posibilidad es que la culpa la tenga la selección periodística. Los periodistas han recibido 250.000 documentos y es obvio que no pueden publicarlos todos (ni siquiera pueden leerlos todos; yo siempre me pregunto, en esos macroprocesos judiciales con sumarios de 15.000 páginas, quién es el pobre esclavo que se los lee). Así las cosas, los periodistas hacen lo que se supone que saben hacer, que es seleccionar, cogiendo primero los documentos más importantes. Pero, como digo, cabe la posibilidad de que lo que un periodista juzga importante no sea necesariamente lo que realmente lo es. Puede que juzgue importante lo que entienda mejor o lo que considere más escandaloso. Así las cosas, puesto que lo que nos viene nos viene filtrado, es posible que el problema esté en el filtro que fabrica las píldoras de información que consumimos.

La segunda posibilidad es más sutil.

Imaginemos a un jerifalte del gobierno. Vamos a ponerle un nombre de ficción, y por casualidad, sólo por casualidad, voy a escoger éste: Hilario.

Hilario está en su despacho. Tiene delante de sí un informe que le han hecho sobre internet y Wikileaks. El informe pone los pelos de punta. Dice que, por mucho que se luche, nunca se tendrá el total poder para impedir que en algún servidor situado en alguna esquina del mundo alguien monte un portal donde cuelgue aquellos documentos que le lleguen, sin censuras. El informe también dice que garantizar el total secreto de los documentos diplomáticos es imposible. Fuera de los documentos ultrasecretísimos, esos que sólo leen Hilario, el Commander in Chief y la señora de la limpieza, la verdad es que las cartas, informes, propuestas, simulaciones, reportes y memorandos mil que se generan en las embajadas del mundo entero son tantos, y pasan por tantas manos, que es inevitable que alguien se los guarde inocentemente en su mp3 y luego los vomite en cualquier parte.

Así las cosas, Hilario toma una decisión.

Lo que hará será inundar al mundo de información. Si se filtra un documento, todo el mundo hablará de él. Si se filtran dos, uno sobre los chinos y otro sobre los húngaros, la mayor parte de la gente hablará del primero porque los chinos son más importantes que los húngaros; pero ya habrá una parte del mundo a la que, en realidad, los chinos empiecen a importarle poco. Si se filtran documentos sobre los chinos, los húngaros y los alemanes, la dilución será mayor. ¿Y si se filtra un cuarto de millón de documentos sobre todo Cristo que anda sobre la Tierra?

Para que el tema funcione, estos documentos no pueden ser plúmbeas descripciones sobre el funcionamiento de los mercados de futuros sobre materias primas en los diferentes países. Tienen que ser documentos que le entren por los ojos a un observador iletrado y le inviten a engancharse a ellos. Aquí es donde, como digo, puede que la tesis 1 y la tesis 2 se imbriquen y, en realidad, sean la misma tesis. Tenemos que hacer, piensa Hilario, que esos documentos vayan sobre cosas en el fondo insulsas pero que parezcan la hostia. ¿Qué mejor que los cables en los que los embajadores se despachan sobre lo imbéciles, rijosos o borrachos que son nuestros aliados o enemigos?

Una antigua historia cuenta la peripecia de una vieja que todas las semanas cruzaba la frontera entre Brasil y Argentina subida en una moto en la que llevaba un gran saco. La aduana brasileña la paraba, abría el saco y comprobaba que estaba lleno de café; la vieja estaba tratando de pasar café de contrabando al país vecino. Los guardas le requisaban el saco todas las semanas, pero la vieja aparecía puntual a los siete días, para repetir la escena.

Pasados los meses el jefe del puesto fronterizo la paró y le dijo: «Mire, señora, le juro que desde hoy la dejo en paz, pero tiene que decirme por qué cojones viene todas las semanas al puesto si siempre le quitamos el café».

«Fácil, contestó la vieja. Hago contrabando de motocicletas».

Lo mismo Hilario y la vieja de la moto son la misma persona.

domingo, noviembre 28, 2010

Jaca

Si un español de izquierdas hubiese sido criogenizado, digamos, en 1934 y hoy lo sacásemos de la cápsula, supongo que habría muchas cosas que le sorprenderían. Tengo por mí que dos de las que más le sorprenderían serían: que sus queridas izquierdas hayan abandonado La Marsellesa, tonada que era su himno oficioso en aquellos tiempos; y que nadie, o casi nadie, en las modernas izquierdas, sepa algo sobre el alzamiento de Jaca e, incluso, sea hoy posible ser de izquierdas colgando de la pared de la habitación pósteres de gentes como el Che Guevara, y al mismo tiempo no saber ni quién fue el capitán legionario Fermín Galán.

Desde luego, los españoles de hoy no nos hacemos una idea del mito que ha sido Fermín Galán en el mismo país que pisamos. Tanto es así que la República quiso reenterrar a Galán en la mismisima Puerta de Alcalá. La figura de Galán, injustamente subida a lomos de la vertiente comunista de la II República (tenía de comunista lo que yo de tonelero; y su compañero en el pelotón de fusilamiento, García Hernández, lo que yo de obispo de Tarazona) ha sido extrañamente preterida por la mitología de izquierdas de la segunda mitad del siglo XX; tal vez porque cometió un pecado que ningún verdadero conspirador debe cometer: ir por libre.

La sublevación de Jaca, por lo demás, es un episodio histórico que alberga en su barriga uno de los grandes misterios de la Historia de España en el siglo XX. Un misterio que la República no quiso desentrañar, por múltiples razones, una de las cuales, y no menor desde luego, que dicha solución podría afectar directamente a alguno de sus dirigentes; y a Franco, desde luego, le importó tres cojones.

Unas cuantas notas, pues, sobre el golpe de Estado de Jaca que, como siempre que se le quiere sacar a las cosas algo de la importancia que tuvieron, ha pasado a la Historia con el sustantivo sublevación, que es algo más leve.


El día de San Juan de 1926, diversos generales opuestos al dictador Miguel Primo de Rivera trataron de realizar un golpe de Estado que, sin embargo, fracasó. Al día siguiente, aún algunos jóvenes oficiales intentaron reavivar la rebelión, de nuevo sin éxito. El general Blázquez, que debía secundarlos, decide finalmente no hacer nada. Pocos minutos después, un joven capitán de la Legión, participante en la conspiración, para un taxi en la Puerta del Sol y le da como destino al taxista las prisiones militares de la Gran Vía de San Francisco.

La carrera golpista de Fermín Galán ha empezado como terminará: con un fracaso.

Fermín Galán Rodríguez nació en San Fernando, Cádiz, el 4 de octubre de 1899. Quedó huérfano de padre muy pequeño, aunque es posible que a su padre, marino de guerra, le diese tiempo a despertarle al niño el gusanillo del ejército. Ingresó en la Academia de Infantería, tras lo cual pasó a Marruecos, primero a la policía colonial y luego a la Legión. En agosto de 1924 estuvo a punto de morir en una emboscada de la que le salvaría un militar llamado Emilio Mola.

En África Galán, que era persona de hondos gustos culturales, comenzó a leer obras anarquistas. Durante su etapa en la cárcel tras la sanjuanada, es tentado por los masones y de hecho ingresa en la masonería; pero lo hace al modo de Azaña, es decir con desgana y participación escasa. Sufre una honda decepción con la sentencia de la sanjuanada, en la cual los principales generales, como Weyler y Aguilera, reciben penas simbólicas; mientras que los militares de mediano rango, como él, o el coronel Segundo García, el comandante Perea y otros, son condenados a seis años en el castillo de Montjuich.

En el castillo barcelonés, Galán pierde definitivamente la fe y el contacto con los militares republicanos que organizaron la sanjuanada y se acerca a elementos proletarios, con lo que incluso intenta organizar un levantamiento revolucionario.

En la cárcel, Galán escribirá un libro, Nueva Creación, que es la expresión de la evolución de su pensamiento anarquista. Se declara seguidor de Bakunin, partidario de un tiempo revolucionariamente nuevo que haga tabla rasa con todo lo anterior; su pasión liberalizadora de los fantasmas del pasado de España le lleva a propugnar que la Historia se retire de las escuelas (propuesta que la LOGSE ha seguido mutatis mutandis). Mucho antes que otros teóricos, Galán defiende en el libro la planificación familiar y la libertad sexual de la mujer. También se muestra muy original en su posición sobre la Iglesia, que cree debe desaparecer, pero de forma paulatina y no traumática. Entre otras ideas más o menos peripatéticas, propone que Estados Unidos sea llamado Yanquilandia, nombre que tendrá mucho éxito con el tiempo.

Con la marcha de Primo de Rivera y la llegada del gobierno Berenguer, Galán es amnistiado y se queda en Barcelona, viviendo en el número 21 de la calle Salvat. Aunque no está muy convencido de volver al ejército, sus amigos le convencen de que lo haga así y es destinado a Jaca. Prueba de que Galán quería quedarse en Barcelona es que el mismo día que le llega el destino él echa la instancia para el traslado.

Jaca es una ciudad de provincias con escaso fervor revolucionario, aunque no falta de personajes proclives a este tipo de acciones. El más evidente de todos es Antonio Beltrán, a quien todos conocen como El Esquinazao o el Taxista de Canfranc. Beltrán era un hombre con una existencia de novela. Emigrado a Estados Unidos y convertido allí en leñador, se alistó en el ejército estadounidense como conductor de un camión. Con del ejército llegó a Francia en la primera guerra mundial, pero tuvo que huir por un conflicto con uno de sus mandos. Huyó en el mismo camión que conducía, que dejó aparcado en al plaza de Canfranc. El Esquinazao también era anarquista y de ideas cientifistas. Tanto es así que a su hijo le puso Roentgen de nombre de pila. En algunos papeles que tengo por ahí, de hecho, se habla de Roetgen Beltrán, el fontanero de Jaca. Ignoro si aún vive.

La plaza de Jaca estaba enclavada en la quinta región militar, que en 1930 mandaba el capitán general Jorge Fernández de Heredia y Adalid. El máximo mando militar de la ciudad era el jefe de la primera brigada de Infantería de la división décima, general Fernando Urruela Sanabria. El general Urruela era el tipo de humano cuya prioridad vital es no tener problemas; tanto era así que ordenaba a su secretario que le entregase la correspondencia con retraso (así los problemas se iban solucionando solos); y nunca quiso prestar oídos a quienes le dijeron que en Jaca había una situación revolucionaria larvada.

La principal fuerza jacense era el regimiento de Infantería Galicia 19, al mando del coronel Miguel de León Garabito, y con un segundo llamado Julio Mangada, quizá el militar más extraño y exótico que dio jamás el ejército español, ardientemente revolucionario y creyente en la parapsicología, y que estaba llamado a formar en 1936 una famosísima columna que tuvo un importante protagonismo en los primeros compases de la guerra; entre otros, fue enfrentándose a fuerzas de esta columna que encontró la muerte Onésimo Redondo. Asimismo, también residía en Jaca el batallón de Montaña número 8, al mando de otro teniente coronel que también estaría llamado a tener un papel importante en la guerra civil: Alonso Beorlegui. El panorama se completaba con dos fuertes, el del Coll de Ladrones y el de Rapitán, con sus pequeñas dotaciones; más sendos cuartelillos de la guardia civil y de asalto.

En octubre de 1930, el general Mola, entonces director general de Seguridad, aborta un golpe de Estado en Barcelona, que envía a la cárcel al capitán Alejandro Sancho, anarquista; a Ramón Franco, a Ángel Pestaña, a Lluis Companys, a Sebastián Clará y a Juan Lluhí Vallescá. Sin embargo, el ambiente cada día es más contrario a la monarquía y por lo tanto al orden constituido, como demuestra el hecho de que Ramón Franco se escapa de la prisión, sin problema alguno, el 25 de noviembre. Dos días después, en un gesto que es único en la Historia, el general Mola le envía una carta al capitán Galán en la que le urge a no alzarse.

La carta de Mola está justificada en el cariño personal que sentía por Galán, pero también en el hecho de que él sabía que, desarmada la rebelión barcelonesa, Jaca se convertiría en el centro del nuevo alzamiento. En Jaca, Galán, que nunca contestó la carta de Mola, tiene, en todo caso, sus propios problemas. En Madrid todo son negociaciones entre los republicanos, sindicalistas y militares implicacos en la movida. Las negociaciones acaban comportando retrasos y dilaciones. El capitán, probablemente recordando lo mucho que le mordió la decepción en 1926, comienza a desarrollar sus tendencias rabiosamente individualistas, y a concebir la idea de alzarse sí o sí. Sabe que cuenta con la aquiescencia de sus soldados, que le admiran y están dispuestos a seguirle; su carisma es tan grande que incluso es capaz de atraer para sí a militares de convicciones conservadoras y católicas, como el capitán de ametralladoras Ángel García Hernández. Para más inri, cualquier noche Galán recibe en el Hotel Mur, donde reside, una llamada que lo cita en la calle y que resulta ser la de Antonio Beltrán. La propaganda durante la República y la guerra civil quiso ver en esta entrevista el encuentro de dos comunistas; Galán y El Esquinazao, sin embargo, no eran comunistas, sino anarquistas.

En Madrid, se fija la fecha del 12 de diciembre para el golpe, pero luego se duda y se recontraduda. Llega un momento en que Galán deja de escuchar estas comunicaciones y, probablemente, opta por alzarse el 12 en todo caso, pensando que su gesto arrastrará a los demás, a los que conceptúa como indecisos. El día 8 llegan a Jaca los primeros refuerzos revolucionarios en forma de tres estudiantes universitarios, miembros de un equipo de rugby, llamados Rico, Pinillos y Cárdenas. Llegarán más.

El día 11, Galán telegrafía al Comité Revolucionario de Madrid con el texto: «Viernes día 12, enviad libros». Es la clave de que va a alzarse. El Comité, que ha decidido que el golpe será el 15 y cuenta o cree contar, en ese momento, incluso con el concurso de una huelga general, envía a Jaca al periodista Graco Marsá para parar la acción de Galán.

Graco Marsá irá acompañado del republicano gallego Santiago Casares Quiroga, que tantas actuaciones, y casi ninguna buena, tendrá durante la República; es, sin ir más lejos, el ministro que ha sido históricamente imputado por amenazar veladamente de muerte en el Congreso a Calvo Sotelo, como es el primer ministro delante de cuyas barbas se organizó el golpe del 36, sin que moviese apenas una ceja. Salen de Madrid a las once de la mañana, llegan a Zaragoza a las seis de la tarde y ya el día 12, a la una de la madrugada, arriban a Jaca. En el Hotel Mur, donde se hospeda Galán, no hay habitaciones. Así que buscan otra en el Hotel La Palma. Graco Marsá propone a Casares ir a ver a Galán. Sin embargo, justo antes de salir de Madrid se ha recibido otro telegrama de Jaca con el texto: «Retrasad envío sábado», en el que Casares quiere ver la promesa de que el golpe se ha retrasado. Así que, como está agotado, se va a dormir.

En algún momento entre las cuatro y las cinco de la mañana, Galán se alza.

La discusión en torno al papel de Graco y, sobre todo, de Casares, en aquella noche, es una de las polémicas más vivas de la Historia de España del siglo XX. Hay de todo pero, fundamentalmente, hay gente que culpa a Casares de que el alzamiento se produjese, en solitario y por lo tanto condenado al fracaso, insinuando incluso oscuros intereses en el político gallego; y hay quienes tratan de justificar su actitud como lógica.

La opinión personal de este amanuense es que las teorías de que Casares no fue, como muy poco, torpe aquella noche jacense, no tienen el más mínimo pase. Si tan convencido estaba Casares de que el segundo telegrama lo arreglaba todo, ¿por qué marchó hacia Jaca perdiendo el culo? ¿Qué sentido tiene conducir durante 13 horas casi sin descanso para luego llegar al destino y dejarse influir por un factor tan estúpido como que no hubiese habitación en el mismo hotel de Galán? Sabiendo que lo que está en juego en ese momento no es tanto la vida de Galán como asegurar el factor sorpresa del golpe del 15, ¿no dicta la normal conciencia prudente el gesto de subir al Hotel Mur, despertar a Galán y cerciorarse de sus intenciones?

En suma: ¿por qué, exactamente, se fue Santiago Casares Quiroga a dormir aquella noche sin hablar con Galán? Nunca lo sabremos. Aunque, probablemente, lo que ocurre es algo tan sencillo como que la imagen idílica que tenemos de la República y sus protagonistas, esa imagen que por lo general nos impide ser críticos con figuras como la de Manuel Azaña o Lluis Companys, por citar dos mitos que acumulan errores en sus pantalones como para reventarlos, nos impide, también, aceptar la explicación más simple y más directa: Casares operó aquella noche como un imbécil; como una persona de escasos recursos intelectuales, no digamos ya estratégicos, organizativos o de liderazgo. No hay conspiraciones raras ni traiciones ocultas contra Galán. Lo que hay es, simple y llanamente, un gallego gilipollas que tenía demasiado sueño.

De hecho, Casares no hubiera tenido ni que despertar a Galán. El capitán, cuando él estaba en la recepción tratando de conseguir habitación, estaba en el segundo piso, reunido con su gente, preparando el golpe.

Salvador Sediles, uno de los capitanes conspiradores de aquella rebelión, escribió, ya en tiempos de la República, un libro hoy dificilísimo de encontrar, titulado Voy a decir la verdad. En dicho libro, Sediles refiere que la orden de rebelarse el 12 se recibió en Jaca el día 9, a menos que recibiesen instrucciones en contrario de un emisario del llamado Gobierno Provisional de la República. Casares era ese emisario, y esto es lo que dice Sediles en su libro:

«Casares Quiroga sabía perfectamente que Galán se hospedaba en el Hotel Mur. Y si no lo sabía él, lo sabía Graco Marsá, que días antes se había hospedado allí, y allí había conspirado con nosotros. Es decir, lo saben todos y suponen lo tienen que suponer que nosotros estamos en vela aquella noche, esperando el último plazo, el acontecimiento decisivo. Al llegar a la ciudad hay que buscarnos donde sea, despertarnos si estamos dormidos; hay que darnos la orden. Buscarnos es fácil. Estamos allí, donde siempre, y estamos despiertos, levantados, en el cuarto de Fermín. Pero los emisarios, Casares Quiroga, Graco Marsá y Pastoriza, al llega a Jaca con tiempo suficiente para cortar la rebelión que había de comenzar seis horas después, no se encaminan al hotel Mur, situado a la entrada de la carretera; se dirigen al hotel La Paz, en el extremo opuesto de la ciudad. Se alojan allí con nombre supuesto y se meten en la cama... y se duermen.»

Como se ve, según Sediles, Casares y los suyos ni siquiera hicieron intención de alojarse en el Mur.

Pasadas las cuatro de la mañana, Galán despierta a los soldados del cuartel de la Victoria, situado fuera de la ciudad, que automáticamente lo aclaman. Los soldados y oficiales que se niegan a seguir el movimiento son encerrados en el salón de sesiones del Ayuntamiento. Allí, sin ir más lejos, llevan al general Urruela en gayumbos. Los soldados del batallón de la Palma emiten una falsa alarma de incendios, tras la cual caen sobre Beorlegui con varias sogas, y lo inmovilizan. Sin embargo, cuando la guardia civil de moviliza, se producen los primeros enfrentamientos armados. En el intercambio de disparos fallecen el sargento Demetrio Gallego y los carabineros Manuel Montero y Sabino Ballestino. Tras estas muertes, guardias civiles y carabineros parlamentaron con los alzados y se acuartelaron.

Son alrededor de las ocho de la mañana. Los disparos que matan a Gallego y sus muchachos, por fin, despiertan a Santiago Casares.

A las once de la mañana, se proclama la República en Jaca. Los soldados clavan el bando redactado por Galán en todas las esquinas de una ciudad desierta en la que no hay ni un comercio abierto. Galán nombra a Pío Díaz Pradas alcalde de la ciudad, y este ordena colocar la bandera tricolor en el Ayuntamiento. Con el advenimiento de la República, García Pradas volvería a ser alcalde de Jaca y nombrado alcalde honorario de todos los ayuntamientos españoles.

Casares, sin querer salir de su hotel, sentencia: «Esta gente ha hundido la República por unos años. Yo me marcho o me entrego». Graco Marsá es el encargado de comunicar a Galán que no cuenta con el aval del comité revolucionario, noticia que el capitán recibe alzándose de hombros. En realidad, no es su único problema. La guarnición de Jaca se ha alzado a las cuatro de la mañana, pero está ya bien entrado el día y nada está hecho y, además, cada vez es más difícil de hacer. Pasado un primer momento de euforia en unos y desconcierto en otros, la temeridad revolucionaria se va por los desagües. El propio Casares está tratando de organizar su huida por los Pirineos, y no pocos de los exaltados que han llegado de Madrid para unirse a la movida hacen lo mismo. Galán, por su parte, apenas consigue que la mitad de las tropas de la ciudad, unas 500 personas, se unan al movimiento; y carece de medios para moverlos porque los habitantes se niegan a entregar sus camiones, que han de ser requisados con malos modos. Los revolucionarios son cuatro y el de la guitarra, pero aún así tendrán que moverse hacinados en los pocos camiones que se consiguen. A mediodía, apenas hay alimentos para servirle a la tropa una sopa fría bajo una lluvia helada y cruel.

La columna Galán no se puede mover hasta estar básicamente organizada a las cuatro de la tarde; ha tardado doce horas. Según algunos historiadores, como La Cierva, desde más o menos las 12 de la mañana se tiene noticia en Huesca de los problemas. Debió de ser algo más tarde o, en todo caso, eso no quiere decir que hubiese órdenes oficiales sobre lo que hacer. A esa hora nos confiesa Mola en sus memorias, él se reúne con un alto responsable del servicio de Telégrafos, para resolver un problema menor. Ambos hablan de lo mal que está la cosa y el interlocutor de Mola apostilla que peor se pondrá con lo de Jaca. El Director General de Seguridad pregunta con ingenuidad: ¿Qué pasa en Jaca? El jefe de los Telégrafos le dice que en el Palacio de Comunicaciones (hoy sede del Gran Palacio de Deir-el-Bahari gallardonita) se han recibido noticias de que Jaca se ha sublevado, y que de hecho el barón de Río Tovia, director de Comunicaciones, debe de estar en esos momentos informando al presidente del Consejo de Ministros. Dicho presidente, el general Berenguer, confirma este extremo en sus memorias, aseverando que fue el director de Comunicaciones quien le contó, a eso de la una de la tarde, lo de Jaca. Estos datos nos indican que, efectivamente, en Huesca se sabía que pasaba algo (aunque sólo sea porque el tráfico ferroviario normal quedó suspendido); pero, sin embargo, hasta cuando menos la una o dos de la tarde, no hubo orden alguna de Madrid, entre otras cosas porque los mandos militares oscenses no juzgaron urgente informar a Madrid.

Si lento estuvo el gobierno en enterarse de la movida, más lo estuvieron los revolucionarios. El general Gonzalo Queipo de Llano, entonces jefe militar de los conspiradores republicanos, afirma que se enteró estando de tertulia en su café habitual a eso de las doce de la noche del día 12, cuando Galán estaba ya bailando en Ayerbe. Queipo, por cierto, no puede creer lo que le cuentan, teniendo en cuenta que Casares ha viajado a Jaca, dice, «con el solo objeto de obligarle a esperar la fecha que ya se había notificado a todos los comprometidos en el complot». Una vez más surge la pregunta: si Casares sólo tenía un único cometido, ¿por qué no lo cumplió?

Galán marcha a paso de tortuga por el puerto de Oroel. Los camiones, sobrecargados, se estropean a cada paso. Los primeros tiros suenan con el ocaso de aquel día. El general Las Heras, gobernador militar de Huesca, al parecer temiendo que Galán llegue a la ciudad antes que los refuerzos que ya le mandan desde Zaragoza y pueda soliviantar a su soldados, se adelanta con unos cuantos guardias civiles y, nada más cruzar el puente sobre el Gállego, se encuentra con los camiones. En general dispara dos tiros que no dan a nadie; los alzados responden con una ráfaga que hiere al gobernador militar y mata al capitán de la guardia civil Félix Mínguez y al número Marcos Palus. También son heridos un teniente de la guardia civil y un coronel del Estado Mayor oscense.

Galán, finalmente, se detiene en Riglos, donde decide esperar a un tren con rebeldes que, según los planes, ha de traer hacia allí Salvador Sediles. Éste termina por llegar con una compañía, tras lo cual Galán ordena volver a los camiones y marchar en plena noche sobre Ayerbe. En dicho pueblo, inexplicablemente, Galán se entretiene celebrando un acto de afirmación republicana con los correligionarios locales, que termina en baile y todo. Es una acción de gran irresponsabilidad, a mi modo de ver, por parte de un mando militar cuya prioridad es avanzar y que, además, sabe que en Ayerbe no puede calmar el hambre de sus tropas, pues por muy entusiastas que sean los republicanos del pueblo, los comercios y la mayoría de la localidad ha recibido a los rebeldes cerrando las puertas. Para poder beber, las tropas se ven obligadas a asaltar una bodega que alguien ha señalado como especialmente antirrepublicana.

Los temores del general Las Heras, al parecer, no eran tan infundados. En Huesca hay miembros de unidades militares que tal vez esperan la llegada de Galán para unírsele (lo cual destaca aún más lo alejado de la realidad que es su gesto de quedarse en Ayerbe bailando el Aserejé). Pero todo eso se disuelve cuando llegan unidades de refuerzo, al mando del capitán de caballería Ángel Dolla. Llega Dolla a Huesca a la una de la madrugada del 13 y, sin descansar, saca a las tropas de la ciudad y las aposta en las cercanías de la ermita de la Virgen de Cillas. Allí se acabarán por encontrar con el avance de Galán.

Al parecer, Galán, dentro de su buenismo anarquista modelo t'o er mundo e güeno (en el fondo), o tal vez contando con un fervor revolucionario que otros militares distintos de él estaban muy lejos de sentir, pensaba que sus enemigos nunca dispararían contra ellos, especialmente la artillería. Sin embargo, allí en Cillas pronto se oyen los disparos, tras lo cual Galán quiere ir a parlamentar. No se lo permiten, pues es el jefe superior, y en su lugar salen, en el taxi de El Esquinazao, los capitanes Salinas y García Hernández. El taxi topa con el comandante Jiménez Laorden, quien, por toda respuesta a su petición de parlamentar, los lleva detenidos a presencia de Dolla, quien los manda, sin siquiera darles buenas noches, al calabozo a Huesca.

Con las primeras luces, los de Dolla disparan con ametralladoras desde las ventanas de la ermita, y lanzan sobre la tropa rebelde granadas rompedoras. La imaginería republicana, y posteriormente la comunista, que se apropió durante los años siguientes de la figura de Galán, hablará de una batalla en Cillas. En Cillas no hubo batalla, porque cuando uno reparte hostias y otro todo lo que hace es salir a la naja en dirección contraria, mejor es llamarlo de otra manera. Quizá las tropas de Galán podrían haber tirado de su rabia y resistir. Pero llevaban casi un día entero deambulando por trochas que son jodidas de recorrer en invierno, no habían comido, apenas habían bebido, y su existencia se había limitado a ir hacinados en volquetes como si fuesen ovejas. La intitulada «batalla de Cillas» duró minutos diez y provocó tres muertos: los soldados Pascual Ejarque y Silvino Navalpotro, y el civil Eugenio Longás.

A Galán lo meten en un coche camino de Tardienta. Durante el enfrentamiento, no ha dado ni una sola orden. Finalmente, decide volver Ayerbe. Antes de llegar a este pueblo, en Biscarrués, se entrega al alcalde. Como es bien sabido, sería fusilado junto al capitán García Hernández al mediodía del día 14, tras un rocambolesco consejo de guerra en el que se acumularon anécdotas como el cese del primer instructor, comandante Nieto, por ineptitud manifiesta. Hubo un segundo consejo, contra 73 oficiales y civiles, en el que sólo se dictó una sentencia de muerte, contra el capitán Sediles. Sediles, sin embargo, fue indultado, en la República fue diputado y murió en un accidente de tráfico.

La II República, el mismísimo 15 de abril, es decir el primer día de su existencia, dictaminó la revisión del consejo de guerra del capitán Galán. El Supremo, en efecto, falló el 16 de mayo de 1935 la absolución para el recuerdo de Galán.

No pocos de los actuantes en aquellos hechos acabaron teniendo papeles bien conocidos por los historiadores. Mola organizó el golpe de Estado. Beorlegui y Mangada participaron en él en bandos diferentes. Jiménez Laorden sería el ponente de un proceso importantísimo para la marcha el bando nacional: aquél que juzgó a Manuel Hedilla tras los sucesos de Salamanca.

El regimiento Galicia volvió a Jaca. De hecho, su historia está tan íntimamente ligada a la ciudad que tiene una avenida en la misma. Que yo sepa, ese nombre se lo puso el franquismo, sustituyendo precisamente al de avenida de Fermín Galán. Teóricamente, pues, le podría ser aplicado ese monstruito llamado Ley de Memoria Histórica. Aunque, en este caso, la cuestión es pintona. El Regimiento de Galicia debe su porción de callejero al hecho de que, el 19 de julio de 1936, se volvió a alzar. Sólo que, esta vez, lo hizo contra la República. Pero, claro, como en 1930 se alzó en su favor, cada uno, cuando vea la placa, puede pensar lo que le dé la gana.


E tutti contenti.