miércoles, febrero 16, 2011

Bolleras asesinas

Matar se mata, primero que nada, por un interés objetivo. Por ello, y dado que cualquiera puede tener un interés objetivo, cualquiera puede matar. Pero el asesinato tiene otra dimensión, que es la que estudian los expertos criminólogos de la conducta, y que es la que alimenta las acciones de eso que hemos dado en llamar asesinos en serie; personas que matan por motivos que están única o básicamente dentro de ellos. Asesinatos por conducta son los que se producen por celos, o por envidia, o por suplantar la vida de la víctima.

Hay dos grandes palancas que alimentan estos deseos de matar o, si se prefiere, esta capacidad de matar. El primero son los sentimientos de tipo sexual. El sexo puede (suele) tener mucho que ver con el concepto de dominación; por eso está tan de moda usar esposas y cuerdas en el juego sexual. Buena parte de los asesinos en serie lo son por motivaciones sexuales o seudosexuales. El segundo elemento es la sicopatía, o si se prefiere la incapacidad del asesino de empatizar con su víctima, de sufrir viéndola sufrir, o de no sentir el placer cuando sufre, lo que algunas veces deviene en una situación en la que la persona, simple y llanamente, no aprecia mal en sus acciones. Para los aficionados a las series de televisión, un caso de éstos de falta de empatía es el de Dexter, el policía de Miami que oficia de asesino en serie en sus ratos libres.

Ambos sentimientos, en todo caso, son fundamentalmente masculinos. Especialmente el primero. Las diferencias esenciales que existen entre la forma (average) de vivir la sexualidad una mujer o un hombre hacen que, en realidad, muchos de los sentimientos border line que provocan el asesinato sexual no se den en las mujeres. Es un hecho que hay decenas, si no centenares, de asesinos en serie por cada asesina en serie. Incluso existiendo el asesinato, muchas mujeres repelen la violencia; la forma más habitual de matar por parte de una mujer es el envenenamiento. No se trata sólo de que le falte fuerza para abrirle la cabeza a alguien y esparcir sus sesos por el suelo, sino también que, habitualmente, a una mujer ese tipo de acciones le repugnan. Eso sí, dado que la conciencia del lesbianismo propio ha sido durante siglos un hecho traumático, esa repugnancia hacia la violencia se anula cuando el objeto de la misma son ellas mismas. Los homosexuales masculinos del siglo XIX se mataban muy frecuentemente inhalando gas; las homosexuales se tiraban al tren.

Pero, ¿qué pasa cuando una mujer se siente hombre, actúa como un hombre, y ama como un hombre? En ese caso, entramos en el proceloso mundo del crimen lésbico.

El lesbianismo, como toda homosexualidad, ha atravesado una larga etapa oscura a través de la Historia, que apenas está terminando en el momento presente. Esto es importante entenderlo porque el hecho de que los sicólogos hayan estudiado el crimen lésbico no quiere decir exactamente que se considerase que ser torti te colocaba más cerca de trepanarle los bajos a tu amante o a otra persona. Lo que impulsa la criminalidad lésbica durante siglos es, en buena parte, el tratamiento, o más bien el no-tratamiento social, del lesbianismo.

En términos generales, las sociedades occidentales (por las orientales, la verdad, no puedo hablar) han tratado de formas muy diferentes las homosexualidades, tanto para lo bueno como para lo malo. Los griegos aceptaban la homosexualidad masculina e incluso exaltaban la pederastia, pero consideraban el sexo entre mujeres un acto antinatural y repugnante, propio de bárbaros. Cabe recordar, en este sentido, que la primera metáfora establecida del lesbianismo (el mito de las amazonas) es incluido entre las plagas del mundo que Hércules debe extirpar; Diodoro explica que difícilmente podía Hércules considerarse benefactor de la humanidad si «dejaba permanecer el gobierno de las mujeres».

Los romanos, en buena parte, heredaron este approach, aunque sus escritores más libres y libertinos no olvidaron el fenómeno. Ovidio, por ejemplo, nos habla en su Metamorfosis de una mujer amazona llamada Atlanta, capaz de cualquier proeza masculina y que ahuyentaba a los hombres que la pretendían advirtiéndoles de que coniugium crudele meum est, o sea mi matrimonio es cruel.

En todas las edades del mundo, pero sobre todo en la Antigua, el lesbianismo está íntimamente ligado a las guerras y al hecho palmario de que diezmaban la población masculina joven. La literatura antigua está llena de lamentos líricos de las mujeres que, perdidas todas las batallas por su pueblo, gimen al cielo porque ya no encontrarán un marido. La escasez de hombres, lógicamente, empuja a las mujeres las unas contra las otras, por el mismo mecanismo por el que la total ausencia del otro sexo, que se da en la cárcel, excita las prácticas homosexuales de todo tipo.

Otro factor a tener en cuenta es la consolidación de las sociedades machistas, que se produce de Grecia en adelante, detrás de la cual está el hecho, tan repetidamente destacado por las féminas, del desinterés del hombre por la esposa. Ulrico de Lichtenstein, en su divertido Frauenbuch, lo podría decir más alto, pero no más claro: «Apenas amanece, el hombre abandona el hogar, llama a los perros y se apresura a marcharse al bosque. Durante todo el día se dedica a la caza, al anochecer regresa a casa. Entonces se echa encima de la mesa y pide el tablero de damas. Juega hasta media noche, y sólo entonces busca la cama. La mujer se levanta pudorosa, y le da la bienvenida al entrar en la alcoba; él no contesta y se apresura a dormirse». Evidentemente, a este tipo de actuación contribuye mucho el hecho de que la mujer, hasta hace poco tiempo en términos históricos, fuese en realidad una propiedad del marido. Uno no se preocupa mucho por los sentimientos y necesidades de alguien a quien posee. En todo caso, la presencia del rechazo al hombre por su brutalidad e infidelidad se tenía en el siglo XIX como elemento fundamental del lesbianismo que, por lo tanto, venía a concebirse como una mera desviación pragmática de aquéllas que sentían miedo o aversión por el amor con hombres. Hace siglos, en Alemania, las lesbianas eran apeladas schwul, en el sentido de miedosas o acosadas.

En siglos posteriores, por ejemplo durante las edades Media y Moderna, fueron muchos los países que no tenían penas específicas contra la práctica consistente en que las mujeres se amasen entre ellas, por el simple hecho de que esta posibilidad no se tenía en cuenta. Existen muchas sentencias judiciales, de hecho, que, al describir una situación de lesbianismo, orillan el fenómeno para no citarlo explícitamente. Un hombre homosexual podía ser una desviación asquerosa; una mujer lesbiana era tan asquerosa que se convertía en un personaje de ficción.

Eso sí, a no pocas lesbianas serlo les costó, en los siglos de la superstición, acabar siendo apioladas por brujas. Aunque también existen otros ejemplos de cierta mayor comprensión. Jacob Burckhardt, quizá el mayor experto en la cultura del Renacimiento, nos cuenta que en la Italia de la época muchas mujeres cortesanas que querían destacar por su atractivo se vestían de forma andrógina; y nos añade que apelar a una mujer de virago (el equivalente de la época a bujarra o bujarrón) era todo un piropo.

En la Historia del mundo destacan dos lesboides de forma especial. Una es la reina Cristina de Suecia, de quien nos cuentan las crónicas que montaba a caballo «de la manera más osada» (o sea, a horcajadas) y derribaba las piezas de caza de un disparo. También sabemos que llegó a abandonar un servicio religioso cuando empezó a cantar un coro de hombres (1654, en la iglesia de San Pedro de Hamburgo), por lo que los sicólogos siempre han sospechado que era una lesboide (no existen pruebas de que que practicase el lesbianismo) del tipo de las que sienten repugnancia por los hombres. Cristina de Suecia se escribía, entre otras personas, con la condesa Sparre, y en todas las cartas comenzaba con las palabras «Mi preciosa:»

La segunda es Isabel I de Inglaterra, La Reina Virgen. Isabel era hija de Ana Bolena, cuya vida no había terminado muy bien por casarse con el rey, así que es lógico que no fuese muy partidaria de caer en unos brazos peludos. En cierta ocasión, le confesó al embajador francés que pensar en el matrimonio era como si le arrancasen el corazón; el francés se lo tomó como una confesión de resistencia a los clásicos apliques diplomáticos de esas alianzas, pero es posible que Isabel le estuviese expresando una repugnancia más personal; Cristina de Suecia declaró, tras su coronación, que prefería morir a contraer matrimonio. De Isabel nos dicen los cronistas que apenas tenía menstruaciones (lo que insinúa algo somático para su carácter lesboide), y que le dió una paliza a una de sus damas de Corte, Mary Shelton, porque le dijo que se casaba; le rompió un dedo y todo. A su muerte, circularon por Londres unos versos que decían:

Rex fuit Elisabeth,

nunc est regina Iacobus...

O sea: «Isabel fue rey, ahora Jacobo es reina». De gay a gay, y tiro porque me toca.

Las cortes antiguas han dado para mucho en este punto. No por casualidad el vocablo cortesana ha acabado por tener connotaciones jodidillas. Cabe recordar casos como el de Anny Milevska, hija de un carnicero, que acabó entrando en la corte de Schleswig-Holstein y cautivó de tal manera a Amalia, la señora de la corte, que consiguió apasionarla, a pesar de que contaba ya nada menos que 73 años de edad. Catalina II de Rusia cuenta en primera persona que, a su llegada a Moscú, la zarina ordenó que su doncella finlandesa se casara inmediatamente; lo cual sólo puede entenderse, añade, porque «yo tenía una marcada predilección por esa muchacha». A la reina rusa no le gustaba nada que le dijeran que era hombruna. Que lo era.

Es en Francia, tan creativa para el sexo, y en el siglo XVI y, sobre todo, XVII, cuando se empieza a hablar abiertamente del lesbianismo. De esta época data el llamado Escuadrón Volante de la Reina Catalina de Médicis, una estrecha sociedad formaba por unas doscientas mujeres que se distribuirían normalmente por parejas, dentro de las cuales una se vestía de hombre y la otra era su paje. Una sentencia de finales del XVII contra una envenenadora de París informa de que vivía con otra mujer «como marido y esposa». En 1701 Ana Brucken, a quien todos llamaban Monsieur Heinrich, que vivía con otra mujer como si fuera su marido, la mató y le cortó la cabeza.

En el siglo XIX, en París funciona una especie de templo de Vesta redivivo dedicado al amor homosexual; la parafernalia clásica para acoplamientos posteriores y otros juegos ha sido un clásico durante los tiempos de la homosexualidad perseguida pero de alguna manera tolerada.

¿Qué extensión tiene el lesbianismo? Pregunta difícil de contestar, pues antes nos tendríamos que poner de acuerdo sobre en qué consiste, exactamente, ser lesbiana. Los estudiosos que he leído suelen distinguir entre lesbianas activas (las que hacen el papel de hombre y son [más] dominantes); lesbianas pasivas, que suelen ser más jóvenes, más femeninas, hacen el papel de chica y son sumisas; y lesboides, esto es, mujeres que no practican el lesbianismo aunque tienen todos o la mayoría de los sentimientos que impulsan a una mujer a optar por ser sexualmente activa sólo con mujeres. En un estudio canónico cuya lectura os recomiendo, F. S. Carpio asevera que el 19% de las mujeres que encuestó le confesaron haber practicado distintas formas de trato homosexual; aunque hay que tener en cuenta de que hablamos de un siquiatra experto en la materia, que por lo tanto se mueve en sus trabajos en ámbitos especialmente lesboides.

En términos generales, las estudiosas han venido advirtiendo a los hombres de que tienden a minusvalorar la extensión del lesbianismo, cuando menos de algo que podríamos llamar lesbianismo teórico o en potencia. En 1929, Katherine Davis investigó a más de 1.200 mujeres americanas, todas ellas con estudios superiores (esto es, con un fondo social sesgado) y encontró que más de la mitad declararon haber tenido pensamientos homosexuales respecto de otras mujeres, y aproximadamente una cuarta parte había ido, de una u otra forma, más allá.

Durante mucho tiempo, hoy la verdad ya no lo sé, no pocos sicólogos han considerado que las lesbianas tenían predilección por ciertas profesiones. Profesiones en las que pudiesen trabajar en pareja con otras mujeres. A mediados del siglo pasado, por esto, se consideraba que la de enfermera era la ocupación bollera por excelencia, después de la de artista, claro, pues la homosexualidad entre comediantes y actores es cosa muy extendida desde antiguo. El alemán Magnus Hirschfeld, en un libro llamado Geschlechtsanomalien und Perversionen, de mediados del siglo XX, asegura que las historias de enfermeras palpándose al bulto en las esquinas son mucho más frecuentes de lo que se piensa. Otro componente es el formado por profesionales, por decirlo así, masculinas, a las que la mujer ha accedido más lentamente: policías, vigilantes de prisiones, camioneras...

Muchos estudiosos han considerado, cuando menos en los años de la proscripción legal y moral de tribadismo, que lesbianas había tantas casadas como solteras. La lesbiana que no rechazaba al hombre con repugnancia bien podía casarse para esconder su condición tortillera o por convención social, aunque también puede que aquí el lesbianismo se confunda con la bisexualidad. Por supuesto, una de las profesiones en la que siempre se ha considerado que abundaba el lesbianismo es la prostitución o las profesiones anexas. A mediados del siglo XIX surge en Europa y, sobre todo, en San Francisco, lo que los alemanes llamaban Guck Theater y los franceses Circo Francés, y que hoy conocemos por peep show, esto es, gente haciendo guarreridas españolas en un lugar al que acceden ventanucos discretos, tras los cuales la gente paga por mirar. Nada más aparecer esta actividad, los clientes comenzaron a demandar espectáculos lésbicos, pues es bien sabido que el hombre suele tener mucho aprecio por los mismos. Esta demanda permitió a no pocas lesbianas llevar a cabo sus deseos. Por lo demás, existen testimonios de que los burdeles franceses del siglo XIX que ofrecían espectáculos o prestaciones lésbicas eran visitados por muchas mujeres.

Los desarreglos mentales asociados al lesbianismo son cosa bastante común en nuestro pasado histórico. Como he insinuado ya, no cabe decir que el homosexual masculino tuviese comprensión social; pero, al menos, era tolerado en muchas sociedades, mientras que el lesbianismo era considerado a la griega, es decir como un acto rabiosamente antinatural. En consecuencia, las mujeres lesbianas eran estigmatizadas y debían llevar sus pasiones con extraordinaria cautela, cuando no de forma estrictamente platónica por mor de las circunstancias, lo cual las arrojaba a menudo a la depresión y el masoquismo; de George Sand se conocen sus frecuentes depresiones y coqueteos con el suicidio.

En realidad, el único desahogo semipermitido para la lesbiana era el travestismo como hombre, práctica, obviamente, de las lesbianas activas (de las pasivas se esperaba que fuesen cuanto más femeninas, mejor). Los estudios sobre la materia de hace más de medio siglo están repletos de casos de mujeres que, como George Sand, vestían como hombres. Algunas incluso usaban pequeños penes de cuero que les permitían entrar en los urinarios masculinos. Un elemento importante de la lesbiana decimonónica era la costumbre de fumar puros. En todo caso, se trataba de tocarse con complementos masculinos. Théroigne de Méricourt, una conocida lesbiana parisina que encabezó la marcha sobre mujeres a Versalles del 5 de octubre de 1789, lo hizo portando un sable. Algunos años después una tal madame Maillard, cantante de ópera dicen las crónicas que no exenta de gusto, se vestía como un hombre y, en cierta ocasión, terció en el bosque de Bolonia entre una mujer y un policía que la estaba insultando y maltratando. Acabó agrediendo al policía, retándolo a duelo, e hiriéndolo en el mismo. Gallus Mag, lesbiana que vivió a finales del XIX en Nueva York, tenía un físico imponente, trabajaba de vigilante en un local y tenía la costumbre de darle a los clientes díscolos un par de hostias para ablandarlos, y después los sacaba a la calle agarrándolos de la oreja... con los dientes.

Otro factor importante del «lesbianismo antiguo» (aunque no de todo) es el rechazo al hombre. Simone de Beauvoir se refería al sentimiento de la «humiliation du coitus», la humillación del coito, como un elemento importante a la hora de disparar las tendencias lésbicas. La sicología clásica formulaba este hecho aseverando que muchas lesbianas y lesboides tenían horror viri, miedo al hombre. Bettina de Brentano, poetisa alemana del XIX , que estuvo casada pero mantuvo una amistad muy íntima con Karoline von Günderode, de la que quedan sus cartas, le confiesa a su amiga en una de ellas: «El rojo se puso detrás de mí de forma que podía sentir su aliento, lo que me ponía enferma, y le dije: “Quítese de detrás, asqueroso”».

Las lesbianas activas y clandestinas, por mor de esta clandestinidad y de verse obligadas a esconder sus verdaderas intenciones y tratar de acompasarse con unos usos sociales que las excluían, solían desarrollar, y ésta era en mi opinión su sicopatía más frecuente, unos enormes celos. Las lesbianas de la Historia, en efecto, se pasan horas vigilando a sus amantes y, cuando las ven en actitudes real o imaginariamente proclives a otras mujeres, o peor, a algún hombre, son capaces de casi cualquier cosa. La inmensa mayoría de las bolleras asesinas sobre las que he leído estaban muertas de celos. Los celos, unidos a esa pulsión de imitación de lo masculino, hace que las lesbianas de la Historia sean grandes bebedoras. Juvenal, en sus Sátiras, lo dice negro sobre blanco. En los versos, el autor hace a una lesbiana ponerse hasta las trancas de un vino que, según las crónicas, era tan fuerte que solía ser mezclado a la razón de una medida de vino por cada veinte de agua: «cum pulmo falerno arderet», nos dice; tomando el vino de Falerno, los pulmones ardían.

Todo este cóctel de conceptos nos lleva a la realidad del asesinato con intervención lésbica, una rara avis de la Historia del crimen, pero en modo alguno imposible de rastrear. Veamos algunos casos.

En el año 1923, fue encontrado muerto en Berlín un tratante de diamantes llamado Herbert Beifusz. Alguien lo apuñaló en su propia cocina. Su mujer, Liselotte Beifusz, no estaba en casa, pues había ido al mediodía a ver a una amiga, Augusta Hellferich, casada con un viejo compañero de escuela del marido de Liselotte.

En los interrogatorios, Augusta se derrumbó y confesó haber matado al joyero porque éste había intentado violarla. Aquella confesión no tenía pies ni cabeza; se suponía que ambas mujeres no estaban en la casa, pero si estaban, ¿por qué habían callado? Nada más conocer la confesión de su amiga, Liselotte se autoinculpó del crimen. Contó que amaba a Augusta con la complicidad de su marido, que en realidad era un homosexual enamorado del señor Hellferich, antiguo compañero de colegio. Lo que pasó es que al hombre se le despertó la vena heterosexual por su mujer (que era un pibón de 28 años) y ella, que sentía asco de los hombres, lo tuvo que matar cuando intentó hacer el amor con ella, delante de Augusta. «Sólo quisiera», terminó su declaración la asesina confesa, «morir junto a mi amiga a manos del verdugo». Liselotte Beifusz fue internada en un manicomio, donde moriría cuatro años más tarde.

Otro motivo claro del asesinato lésbico es el paso de la lesbiana pasiva (la mujer de la pareja) al campo del amor heterosexual. En este punto, cabe contarse el caso de la señora De Rute, de quien algunos autores dicen que era una aristócrata.

La señora De Rute fue una mujer de unos cincuenta años que vivió en el París decimonónico. Durante toda su vida, tuvo diversas relaciones con hombres, que no acabaron bien. Ya en el crepúsculo de la vida, en 1878, recogió en su casa del 23 del Boulevard Poisonnière a una bonita joven llamada Charlotte Mortier, huérfana de un amigo suyo y persona con frecuentes crisis nerviosas. Charlotte comenzó ayudando a su casera, luego comenzó a dormir con ella, y de eso a los tocamientos y demás no se tardó mucho.

La pareja vivía como un matrimonio... no muy bien avenido. Las discusiones eran frecuentes y durante las mismas Charlotte, de personalidad inestable e histérica, solía ponerse muy bruta, por lo que su amante la reducía, simple y llanamente, a base de hostias.

Pasados unos años, la señora decidió buscarle un marido a Charlotte, probablemente presionado por la vida de ambas en pareja y el qué dirán. El elegido fue un agente de seguros, también aristócrata: el barón Bouly de Lesdain. Charlotte y el barón se casaron, por cierto, en Madrid. Fue un matrimonio de conveniencia organizado y comandado por la señora De Rute. En el juicio de los hechos, las sirvientas de la casa declararon que, cuando el marido iba por allí, «il mangeait à la cuisine avec nous, pendant que sa feme dinaît au salon»; o sea, que comía en la cocina con las criadas.

A los cinco años del matrimonio, estando las dos amantes de nuevo en Madrid, Charlotte se enamoró de un joven llamado Régis Delbeuf, que trabajaba en la revista de la señora De Rute. La aristócrata movió sus hilos y consiguió que lo expulsasen de España. Delbeuf se quedó en la frontera, pues había quedado de acuerdo ya con Charlotte en que se reunirían allí. Pero Charlotte tenía miedo. Sabía bien que su amante era capaz de cualquier cosa, y así se lo hizo saber a los juzgados de París en una carta que es la pura desesperación por escrito. Entre otras cosas, la señora De Rute le había hecho firmar una carta de suicidio y se la había guardado.

La cosa terminó sin muertos. La señora De Rute, desde Madrid, excitó los celos del marido legal, el cual fue al encuentro de los amantes en París, y les disparó. A ella la hirió levemente y a él algo más gravemente, pero no les mató. Con todo, aunque en el suceso no haya habido muertos, este caso ha sido tomado por muchos criminólogos como canónico de ese punto en el que el amor lésbico genera unos celos imparables y, sobre todo, un morbo violento de raíces totalmente enfermizas. En una carta, la señora De Rute le escribe a su amante: «Hasta mañana, mi pequeña. Yo te amo. Esta última frase resume toda mi carta y todos mis sentimientos. Te mataré, no lo dudes. Te martirizaré, es muy probable. Te daré muerte en un momento de excitación. Pero yo te amo. Eso es todo».

El crimen lésbico, como ya he dicho aquí, también cambia la regla básica por la cual la mujer repele la violencia gratuita o especialmente cruel. En el otoño de 1963, bajo un puente en el estado de Oregón, aparecieron los cadáveres de un niño y una niña. Habían sido arrojados desde el puente y presentaban, detalle especialmente escabroso, serios desgarros en sus órganos sexuales. Los testigos que la policía pudo encontrar recordaban haber visto merodeando por ahí a una mujer con dos hijos, que resultaron tener seis y cuatro años (edades coincidentes con los cadáveres), más una segunda mujer, de la que recordaban que vestía con una camisa de hombre y tenía andares de cowboy, tipo John Wayne, que resultó llamarse Jeannace Freeman. Cuando la pareja fue localizada, la lesbiana activa (el cowboy) delató a su amante. Según su relato, al pasar por el puente en el coche su amiga se había detenido y le había pedido que se apartara un rato del vehículo; cuando ella volvió, los niños ya no estaban.

La policía científica, sin embargo, puso en duda esta versión. Los restos encontrados en los niños (pelo) pertenecían a la mujer que pretendía haber estado apartada. Ante estas pruebas, la madre de los niños, acorralada, terminó por confesar. Fue su «hombre» quien mató a los niños, aunque ella tuvo que ayudar para tirarlos por el puente. Fue condenada a cadena perpetua; su novia se convirtió en la única mujer de la Historia de Oregón condenada a muerte, aunque nunca fue ejecutada (Oregón abolió la pena de muerte en 1964).

El juicio sacó a la luz la tormentosa personalidad de Jeannace Freeman. Víctima de abusos en la infancia, sentía un odio cerval hacia los hombres. Ya en el colegio peroraba con sus compañeras, tratando de convencerlas de que todas sus esperanzas de encontrar el amor con hombres eran vanas, invitándolas a relacionarse entre ellas. Freeman era lo que los peritos sicólogos llamaron una «lesbiana nata», pero además era una sociópata de libro.

A los 19 años, en un correccional, formó su primera pareja lésbica. Luego, al salir, se unió a la otra mujer del juicio, Gertrude Núñez. Inmediatamente, Núñez estableció con ella una relación de total sumisión. Jeannace ordenaba, y ordenó cuando los niños comenzaron a sobrarle. Obligaba a Gertrude a estar en casa constantemente desnuda, y eso era algo que los niños entendían mal. Cada vez que Freeman quería tocar a su novia y ésta la refrenaba porque los niños estaban delante, el cowboy estallaba.

Lo realmente alucinante de este caso no está tanto en la lesbiana activa, que al fin y al cabo era una sociópata y no hay nada que nos diga que una mujer no pueda serlo, como la pasiva. Gertrude Núñez era madre de los niños que fueron arrojados vivos por el puente. Los arrojó su novia, pero ella incluso le ayudó. El juez, durante la vista, le preguntó, directamente, si no había sentido nada. Ella confesó que no. Más repugnante aún: cuando los niños habían caído al fondo de la Crooked River Gorge y yacían muertos, Jeannace abrazó a su novia, y ésta no sólo aceptó el abrazo sino que, percatándose de que tenía los brazos manchados de sangre, la sangre de sus hijos, la lamió para limpiársela, sonrió y dijo: «Sabe dulce».

Que una madre pueda llegar a encontrar dulzura en la sangre de sus hijos muertos con violencia da la medida de cómo la posesión amorosa puede llegar a ser un sentimiento, más que enfermizo, diabólico.

Lizzie Borden, una lesboide que jamás dio el paso de ser lesbiana, asesinó el 4 de agosto de 1892, en su casa de Fall River a su padre y a su madrastra. Lo destacable de este crimen es la inusitada presencia de la crueldad. El banquero Andrew Borden recibió diez hachazos, mientras que su segunda mujer recibió dieciocho golpes que convirtieron su cráneo en una pulpa informe. Liz Borden sólo tenía dos tipos de amigos: mujeres y sacerdotes. En consecuencia, y esto es lo que hace el caso relativamente fácil de rastrear en la memorabilia estadounidense, tanto las feministas, y más concretamente la famosa Lucy Stone (luchadora incansable para que las mujeres americanas no tuviesen que adoptar el apellido de sus maridos), como los sacerdotes, la apoyaron en todo momento durante su juicio.

Hay bastantes más casos. En enero de 1962, en Hamburgo, una mujer de la limpieza mató a una médica asestándole 55 puñaladas. En enero de 1958, en Estados Unidos, una secretaria de 20 años, que vivía con una amiga un año menor que ella, la mató de veinte cuchilladas y después le machacó la cabeza asestándole 31 golpes con la plancha.

A finales del siglo XIX, por cierto, fue bastante famoso el crimen de una lesbiana que debía ser española, porque todos la conocían como la Tía Málaga. Mató a su sobrina y a su amante masculino disparando contra ellos.

... En fin. Tengo fichas de algún que otro crimen más, pero tengo la sensación de que este post me está quedando repugnante.

martes, febrero 15, 2011

Debo de ser imbécil

Partamos de un axioma: el cine se hace con el objetivo de que cuanta más gente lo vea, mejor, igual que un libro se escribe para que cuanta más gente lo lea, mejor. La persona que hace cine con el objetivo estratégico de que sólo lo vean unos pocos, no está haciendo cine; se está haciendo pajas.

A la luz de esa premisa, en España hemos llegado, en lo que a cine se refiere, a eso que se llama el peor escenario posible, y es éste: las gentes del cine consideran que lo mejor de lo mejor de lo que hacen son películas que no aguantan ni tres días en los cartelones de la Gran Vía de Madrid u otras avenidas cinéfilas. Dudo mucho que las gentes del cine inteligentes (¿oxímoron?) se hayan solazado con el resultado de los premios Oscaroide (se llaman Goya, pero es que es el nombre más estúpido el mundo; es como darle un premio a un escultor, y llamarlo premio Amadeus) del pasado domingo. El resultado de los Goya es la demostración palpable de que en España hay imbéciles. Porque o son imbéciles las gentes del cine, considerando que son obras maestras películas que la gente cree que son una mierda; o es imbécil la gente, considerando que son una mierda películas que son obras maestras. No hay término medio.

Cierto es que genios incomprendidos los ha habido siempre. A Claude Debussy le dedicaron en París una pitada tan acojonante en el estreno de su Preludio a la siesta de un fauno (hay que reconocer que Don Claudio no lo puso nada fácil con un título tan flácido) que apenas pudo soportarla; de hecho, todo el mundo al día siguiente consideraba su carrera acabada. Pero los genios incomprendidos lo han sido siempre por estar en vanguardia, es decir por estar presagiando cambios estéticos que, una vez consolidados, se han tomado por clásicos, como es el caso del impresionismo.

No es éste, me parece a mí, el caso del cine español. El cine español del 2011 se diferencia del cine español de hace 30 años en una sola cosa: el vocabulario de los actores, pues nunca me cansaré de recordar que, sobre todo en el cine histórico, hay que procurar trabajarse el lenguaje de la gente, porque el lenguaje cambia. Salvo, como ya digo, por ese pequeño detalle de que los personajes de la pantalla hispana de hace tres décadas no dicen cosas como friqui o viral, el cine español sigue siendo igual hoy que entonces. Más que anunciar una vanguardia, lo que anuncia es todo lo contrario, es decir eso que se ha llamado siempre academicismo: seguir haciendo las cosas según un esquema prefijado, poco valiente, conservador en esencia. Hasta un tipo en el fondo tan creativo como Santiago Segura se apunta al cuento: inventa un esquema y lo repite en segundas, terceras, cuartas partes, y lo que haga falta.

Si escribo estas notas es porque esta raigambre conservadora del cine español se refleja en un hecho íntimamente relacionado con la Historia, que es la elección de la guerra civil y la posguerra como tema fílmico de primer nivel. El western español es filmar la guerra civil (lamentablemente, sin hermanos Coen). Me dicen que la superganadora, a la par que clandestina, Pan Negro, va de la posguerra. En teoría, pues, debería verla, porque a mí me va esa burra. No obstante, no lo voy a hacer, porque estoy bastante cansado de cabrearme delante de la pantalla al encontrarme guión tras guión sobre la época escrito a base de subrayar los primeros párrafos de las lecciones de los libros de Historia de cuarto de la ESO, como ya he tenido la ocasión de comentar recientemente.

Contra lo que pueda parecer o puedan opinar muchos, y es opinión respetable, que el cine tenga un sesgo ideológico no es algo que deba sorprendernos ni cabrearnos. Muchos cinéfilos admiramos montones de pelis del cine bélico de Hollywood, a pesar de que son películas intensamente ideologizadas, en las que se generaliza de una forma bastante dolorosa sobre los alemanes; o las de décadas posteriores, que realizan esa labor con la población de la Unión Soviética.

Por lo tanto, si un director de cine quiere hacer una película sobre lo dura e injusta que fue la posguerra o la guerra o bla bla, no es criticable por ello. Lo que sí es criticable es que le retuerza el brazo a los hechos hasta hacerles confesar que fueron lo que no fueron. Y ésta es una mercancía tan común en los guiones de hoy en día que ha hecho que la perspectiva de sentarse a verlos filmados genere una automática sensación de pérdida de tiempo. De alguna forma, esto ocurre porque muchos creadores hoy en día, véase La República como buen ejemplo de ello, no quieren glosar la Historia; quieren cambiarla. Contarla como no fue, situando los hechos cuando no ocurrieron, o como no ocurrieron, para que así parezcan otra cosa.

Todas estas cosas, reescribir la Historia, estereotipar personajes para intentar convencer al público de que la gente es como no es, colocar al frente de las prioridades mentales del país problemas que no lo están, son engañifas. Y el ser humano se distingue de otros animales en su capacidad de percibir que está siendo engañado. Es obvio que cuando un chimpancé es compelido a meterse en una jaula donde le espera un racimo de bananas es incapaz de comprender que lo meten ahí para llevarlo a Wisconsin y hacer experimentos con él; pero un chimpancé luxury como el ser humano, cuando en una pantalla le ponen gentes cuya vida gira en torno a problemas que a él le parecen gilipolleces (véase Historias del Kronen; un grupo de retrasados mentales tratando de convencer a los jóvenes españoles de que son tan retrasados como ellos), sí se da cuenta de que le están metiendo en una jaula, que las bananas saben a mierda y que lo que tiene que hacer es salir de allí. Y no volver.

Si encima todo eso se lo cuentan a los ritmos habituales del cine español, que dan para una buena siesta entre polvo y polvo (de los actores; tengo la teoría de que el sexo en el cine español cumple la función de provocar el codazo del vecino atento y así garantizarse algunos minutos de atención), pues peor que peor.

De todas formas, lo verdaderamente importante, tras los Oscaroides, es la pregunta que planteaba antes: ¿quién de los dos: el público o los creadores, es imbécil? Porque uno de los dos lo es con seguridad.

El cine español camina por una vía muy mala. En algún lugar he leído en internet que el director de la película triunfadora no tiene ni que preocuparse por la piratería; en España no hay ni un mantero que haya vendido una copia de su peli, que, además, ni siquiera está en los espacios habituales de internet para bajarse cosas. Y lo preocupante, además, es que ni siquiera es un movimiento particular. A los premios Nobel de Literatura hace muchos años que les pasa lo mismo. Lo que pasa que el Nobel no le rinde el tributo al éxito de público que debería rendirle al cine. A menos, claro está, que aceptemos que hacer cine para que la gente no lo vea no es cosa de autistas, pajilleros compulsivos, o gentes con sicopatías sociales graves.

A mi modo de ver, el poso freático de todo este problema es la ignorancia. Si todavía fuese posible encontrar en el mundo una tribu básicamente aislada de los avances del ser humano y un día fueras allí y les instalases una televisión y un video, y por todo acervo fílmico les dejases la edición completa de Tómbola o Sálvame, es más que probable que los indígenas acabasen considerando, como algunas marujas de extrarradio, que Belén Esteban es el summun de la cultura humana. Conforme los otrora salvajes fuesen conociendo cositas, aprendiendo a hacer fuego, luego la rueda, luego la física cuántica, luego el verso endecasílabo y tal, se irían dando cuenta de que Belén Esteban no tiene ni puta idea de la fórmula de Shannon ni usa la retórica shakesperiana, y se irían dando cuenta de que los videos son un tostón. En consecuencia, su colonizador, si por cualquier razón les quisiera mantener pendientes de los gorgoritos de los famosetes, tomaría como primera medida la quema de las escuelas.

Tengo la teoría de que el sustento de un cine tan malo como el español es, pues, la ignorancia. Sólo así se entiende que tantas veces, y de forma tan sistemática, se pueda vender mercancía averiada sobre nuestro pasado, e incluso sobre nuestro presente, y además se sobreviva. Pero, claro, Juan, es que tú estás partiendo de la base de que el cine español sobrevive, y eso es mucho partir pues, al fin y al cabo, se trata de un sector industrial subvencionado, como el carbón. Y, como el carbón, si perdiese la subvención, desaparecería, al menos como hoy lo conocemos.

La dicotomía de este finde es: o los Goya y su Pan Negro, o Ricky Gervais y su Cemetery Junction. La decisión está tomada. Y, como digo, alguien, tal vez yo, tal vez los creadores del cine español, debería reflexionar sobre el hecho de que yo tenga unas expectativas racionales de sentirme más identificado con la peripecia de unos jóvenes de clase baja de Reading, UK en los años setenta, que con una historia ocurrida en mi país y (más o menos) en mi tiempo.

Puede, como digo, que yo sea un imbécil.

lunes, febrero 14, 2011

El cardenal Segura

Han sido varios ya los post de este blog que he usado para sostener la idea de que el enfrentamiento con la Iglesia católica, apostólica y romana fue, probablemente, el gran problema de la II República española; problema porque, además, en cierta medida se pudo evitar o atemperar. La decisión de los jerifaltes de la República de ir a un entorno de enfrentamiento frontal con la Iglesia es una decisión estratégica y querida, probablemente porque muchos republicanos, Manuel Azaña el primero de ellos, estaban convencidos de que el tiempo de la religión en España había pasado y, por lo tanto, no fueron posibles de prever la capacidad de tensión con que aún contaba la curia católica en un país en el que un porcentaje elevadísimo de la población no sólo era católica (como hoy en día) sino, además, practicante (cosa que hoy no pasa).

Sólo aceptando esta idea de que los republicanos consideraban que las creencias ya nunca serían motor de decisiones políticas de los particulares se entiende que el 10 de mayo, cuando comienzan las quemas de iglesias y conventos por grupos de celebérrimos incontrolados (los culpables de todo lo que la República hizo mal, pero que a pesar de ello aún a día de hoy no han sido identificados), el gobierno decida no hacer nada y arrostrar su primer caso de mala imagen interna y externa, a los que se seguirían otros muchos.

No obstante lo dicho, la historia de las relaciones entre la República y la jerarquía católica no es una historia en la que haya inocentes. La Iglesia tiene tantas cosas que callar como quienes se acabarían convirtiendo en sus enemigos. Y muchas tienen que ver con la peripecia del personaje que hoy quiero glosaros, que no es otro que don José Segura, arzobispo de Toledo y cardenal primado de España.

Don José es hombre de quien nos han quedado retratos hasta positivos. Pero todo el mundo, o casi todo, está de acuerdo en una cosa. Sin llegar a ser un retrógrado en un sentido ultramontano (que casi), sí era una persona prácticamente incapaz de entender la evolución y los cambios históricos y, por lo tanto, escasamente dotado para asimilar el cambio estratégico que, por definición, introducía la proclamación de la República.

Otra característica de Segura es su ambición; todo lo bienintencionada que quieran sus defensores, pero ambición al fin y al cabo. El cardenal más cercano a la República del elenco español, el catalán Vidal i Barraquer, ya se queja el 16 de junio de 1931, en carta al Nuncio vaticano Tedeschini, de que Segura «actúa como un representante o apoderado de la Santa Sede». Por su parte, el católico Miguel Maura, en sus memorias, no duda en colocar a Segura en primera fila del antirrepublicanismo, y recuerda sus incendiarios sermones en la catedral de Toledo. Maura consideraba que tanto Segura como el obispo de Vitoria, Mateo Múgica, eran «dos figuras que parecían descolgadas de un retablo ochocentista».

El 1 de mayo de 1931, es decir nueve días antes de que se produjese la quema de iglesias, Segura daba su primer paso con una pastoral digirida a los fieles de Toledo. Sin llegar a ser una provocación en toda regla, no es de extrañar que al gobierno republicano no le sedujese el texto. «De la acción conjunta entre la Iglesia e instituciones hoy desaparecidas [la monarquía] nacieron beneficios inmensos que la historia imparcial tiene escritos en sus páginas con letras de oro», decía. La Iglesia, continuaba la pastoral, no se liga a instituciones terrenas, pero tampoco reniega de su obra. La pastoral, asimismo, juzgaba que los momentos del presente eran preludio de una «intensa lucha política», situación ante la cual los católicos ven impuestos «unos deberes y obligaciones quer no pueden eludir ante la Iglesia y ante Dios».

Contra lo que dicen y escriben a veces lectores interesada o torpemente diagonales, la pastoral de Segura no contenía instrucciones explícitas de voto para los católicos. Su función, a mi modo de ver, era muy otra. La pastoral no estaba tan dirigida a los católicos como al Gobierno, y trataba de, por así decirlo, «darle una oportunidad» de no salirse del carril de lo que la Iglesia consideraba tolerable. En buena medida, el documento estaba escrito para los ojos de Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura, los dos grandes pilares católicos del republicanismo en el poder.

Tras aseverar que la Iglesia, como tal, no tiene predilección por ninguna forma de gobierno (cosa que es cierta; no pocos de los que pudieron pensar en 1931 que la Iglesia era monárquica, habrían de verla apoyar sin fisuras durante treinta años a un dictador que mantuvo la corona lejos de España), Segura tendía la mano eclesial al poder civil pero, eso sí, para trabajar «por la paz y el orden». Apenas pasados quince días de República, no eran pocos los hombres y mujeres que en España veían venir los problemas, y Segura era uno de ellos.

La pastoral incluye, cómo no, los términos del acuerdo ofrecido. La Iglesia, se dice, está dispuesta a colaborar con todo Gobierno, a cambio de que «éste respete los derechos que otorgó a la Iglesia su divino Fundador y que la autoridad civil la ayude dentro de su esfera a que ésta pueda cumplir sus altísimos fines». Los ciudadanos, añade el documento, deben «tributar a los Gobiernos constituidos, de hecho, respeto y obediencia para mantenimiento del orden y del bien común».

Las porciones más polémicas de la pastoral llegan cuando Segura, una vez que ha escrito las frases ponderadas que acabamos de ver, toma la cuesta abajo y asevera que «los católicos no pueden permanecer inactivos cuando los enemigos de Cristo actúan resueltamente». Esta frase tiene mucha miga porque, en coherencia con lo escrito anteriormente, lo que hubiera sido lógico habría sido que el cardenal afirmase la necesidad de, ante los problemas, apoyar al Gobierno legítimo; no hacerlo suponía hacer demasiado transparente el hecho de que el cardenal consideraba al Gobierno parte del problema. Y por si quedaban dudas, la confirmación: «los católicos no deben abandonar en manos de sus enemigos el gobierno y la administración de los pueblos». Ante las elecciones a Cortes Constituyenes, los católicos deben «medir la magnitud de sus responsabilidades y cumplir valerosamente con su deber», así como «sin distinción de partidos políticos, unirse en apretada falange». Como consecuencia lógica de lo que escribe, Segura llega al párrafo que levantó ronchas entre los republicanos y que, sin ser en mi opinión lo que algunos historiadores pretenden, sí es, en todo caso, un torpe desafuero: «Es urgente que en las actuales circunstancias los católicos, prescindiendo de sus tendencias políticas en las cuales pueden permanecer libremente, se unan de manera seria y eficaz para conseguir que sean elegidos para las Cortes Constituyentes candidatos que ofrezcan plena garantía de que defenderán los derechos de la Iglesia y el orden social».

La pastoral abre una polémica muy agria con el Gobierno y los grupos que le apoyan por varias razones. En primer lugar, su defensa de la monarquía, y hay que recordar que la Ley de Defensa de la República (ejemplo de legislación protofascista donde los haya) convirtió el mero hecho de ser públicamente monárquico en un delito; así pues, los sentimientos de los grupos en el poder están bien claros. En segundo lugar, por supuesto, la forma, tan vaticana, de caminar en el filo de la navaja en las cuestiones políticas, recordando a los católicos que pueden votar a quien quieran pero que deben hacer pasar al candidato por la prueba del algodón de su respeto hacia la Iglesia.

El 9 de mayo, una conferencia de metropolitanos celebrada en Toledo sale en defensa de Segura ante los ataques de que está siendo objeto. Al día siguiente, comienzan los follones de la quema de iglesias y, además, el Gobierno, en otra torpeza bastante inexplicable (recuérdese eso que hoy se dice tanto de que «no hay que legislar en caliente»), escoge precisamente esos días para expulsar a los cardenales Segura y Mújica de España. A partir de aquí, la situación adquiere tintes de charlotada. El cardenal Segura, por si el Gobierno no la había cagado ya suficiente, decide volver clandestinamente a España, cosa que hace el 9 de junio, para ser detenido el día 13 en Guadalajara por orden directa del ministro de Gobernación, el católico Miguel Maura, y acompañado a la frontera francesa por un policía al día siguiente.

El gobierno justificó la medida mediante una nota de prensa en la que aseveraba, de forma ligeramente errónea, que el motivo de la expulsión había sido «la pastoral digirida por el primado a los demás obispos con ocasión de la proclamación de la República»; cuando, en realidad, el documento está dirigido a los fieles de Toledo. Continuaba la nota informando de que el Gobierno solicitó de Roma la revocación de Segura del solio metropolitano, por estimar preligrosa su permanencia en España», y que el cardenal volvió después sin que ninguna autoridad, ni civil ni eclesiástica, lo supiese. El Vaticano, por su parte, siempre negó, a través de su periódico L'Observattore Romano, que Segura hubiese entrado clandestinamente, aseverando que había usado su pasaporte.

El 15 de junio, Segura escribe desde Roma una carta pública en la que despotrica contra su expulsión, y que fue públicamente contestada por Alcalá-Zamora con otra carta pública que gran interés. En la misma, acusa a Segura de hostilidad hacia la República y de «añoranzas suprimibles y dañosas» sobre la monarquía. Como es bien sabido para cualquiera que se haya leído la Ley de Defensa de la República, el nuevo régimen, que desde luego llegó sin sangre y en medio de una histórica prueba de civismo por ambas partes, se dotaría pronto de un claro tono revanchista, de inspiración muy azañista. Pocos meses después de nacer, la República convirtió el hecho de cantar las maravillas de la monarquía en un delito contra la República; para medir la correcta dimensión democrática de esta actitud, baste recordar que, si la aplicásemos hoy, todas aquellas personas que salen a la calle enarbolando la bandera tricolor deberían ser detenidas. En este pasaje de su carta, Alcalá dejó claro este sesgo, que se haría más evidente conforme pasara el tiempo.

El presidente del Gobierno seguía informando en su misiva de que el Ejecutivo había intimado al Vaticano para que prolongase la estancia de Segura en Roma por «el peligro de la pérdida de orden público»; lo cual es, a la vez, una velada acusación en la persona del cardenal por haber provocado los hechos violentos anticatólicos del 10 de mayo; y la confesión de que el Gobierno, o no pudo, o no quiso pararlos.

La opinión católica reaccionó por donde cabía esperar. El Debate bufaba a las pocas horas de la carta alcalaína: «se expulsa al primado porque es un peligro para la paz y para el Régimen, pero no lo es el que la frontera esté abierta a la propaganda comunista de Moscú»; un juicio así podría haberlo firmado el propio Franco en 1939. El diario católico tomaba la pastoral por donde le convenía para aseverar: «Lo grave, lo que el gobierno no puede permitir es -ya se ve- que un príncipe de la Iglesia encarezca a los fieles la sumisión y el acatamiento al poder constituido si el consejo, el mandato, no van acompañados de frases de censura para la caída de la monarquía o de alabanza para los hombres de ahora». Tergiversando en parte las palabras de Segura para hacerlas más tragables de lo que realmente fueron, los propagandistas católicos ponían un dedo en la llaga, en esa llaga del espíritu republicano monopolístico que no quería dar ninguna oportunidad de opinar a quienes se sintiesen monárquicos. Días después, en otro editorial, el diario introduce una frase tristemente profética: «están avivándose innecesariamente las hogueras de la derecha». En las izquierdas republicanas, sin embargo, nadie vio el fuego; si no habían sido capaces de ver las densas columnas de humo que se elevaron al cielo de Madrid, de Málaga y de otros sitios el 10 de mayo y los días siguientes, menos iban a ver éstas.

En la Iglesia, sin embargo, no todo fueron miradas comprensivas al primado. El verso casi siempre sueldo Vidal i Barraquer le escribe al nuncio Tedeschini el 18 de junio que alguien como Segura debería saber prever las consecuencias de sus actos, y que «si no hay prudencia, como el gobierno provisional no tiene la fuerza de uno definitivo, no ejerce el control sobre las masas extremistas y cualquier imprudencia nuestra podría acarrear daños de consideración e irreparables a la Iglesia».

El asunto Segura llega rápidamente a una situación de bloqueo. Alejandro Lerroux, todavía ministro de Estado (Asuntos Exteriores) le confesará a Vidal que tiene pensado resolver el asunto por vía diplomática, pero que para eso hace falta que haya un cambio de gobierno, sobre todo, dice, si lo preside él. Con el tiempo, el viejo político radical llegaría a la primera magistratura del país, pero no haría nada por recuperar al primado.

Segura se estableció cerca de la frontera y, desde allí, tocó sus palillos dentro del país, que eran muchos, hasta el punto de poner muy difícil el trabajo del nuncio vaticano. Esta interferencia alcanzó proporciones insospechadas cuando le fueron intervenidos a monseñor Mateo Mújica, en su tentativa de entrar en España, unos documentos originalmente elaborados por Segura, que hacen afirmar a Niceto Alcalá, en conversación con el sacerdote Luis Carreras (asimismo intermediario de Vidal i Barraquer) que, cuando se conozcan en toda su extensión, darán estopa suficiente a los elementos radicales de las Cortes para echarse al monte. Al parecer, aquellos documentos pretendían asegurar en el extranjero los bienes muebles en posesión de la Iglesia, lo cual suponía conculcar la normativa española, notablemente la fiscal y la relativa al tesoro histórico-artístico; si no llegaron a las Cortes, fue por el bloqueo de Alcalá-Zamora. Otro elemento fundamental de los documentos, que puso a Alcalá-Zamora como el puma de Baracoa, fue el hecho de que Segura afirmase en los papeles que contaba con la adhesión vaticana para sus acciones. El presidente del Gobierno le dijo a Carreras que hasta allí había llegado: que el Papa tenía que decidir si apoyaba a Segura, o si no. Sin más.

A finales de agosto, Vidal i Barraquer, el conciliador, le escribe una carta a Alcalá aseverando que no hay más representante vaticano en España que el nuncio, y que, en España, las primaturas son cargos honoríficos. Eso sí, consciente de que Segura no es el único que la está cagando (casi en septiembre, es mucho lo que se sabe de la Constitución), advierte: «procure el Gobierno garantizar los bienes de la Iglesia y de las órdenes religiosas, respetando sus legístimos derechos, y al momento verá cómo renace la calma». Pues no hay que olvidar que esa misma República que se queja desabrida y herida por las agresiones de un cardenal insumiso es la misma República que está abriendo la puerta al embargo constitucional de los bienes ligados a la Iglesia o las órdenes religiosas (y acabará por ejecutarlo), entre otras lindezas.

El 23 de agosto, el ministro de Justicia, Fernando de los Ríos, ha anunciado la suspensión de temporalidades tanto para Segura como para Mújica, lo cual supone que, les considere Roma lo que les considere, en España son simples sacerdotes.

Todo esto ocurre en medio de un proceso mucho más importante, como son las discretas negociaciones entre Madrid y Roma sobre los artículos religiosos de la nueva Constitución; negociaciones en las que el Gobierno republicano fija, como primera condición irrenunciable, la remoción de Segura. Por ejemplo, el 10 de septiembre, Vidal le comunica al secretario de Estado vaticano, el cardenal Pacelli (futuro Papa, por cierto), el absoluto rechazo del Gobierno al nombramiento de un administrador apostólico en Toledo; lo que Madrid quiere es que se eche a Segura de la silla arzobispal, no que le nombren un obispo becario para que se encargue de la movida en su nombre. Asimismo, el Gobierno asevera que, una vez eliminado Segura, el propio Fernando de los Ríos se encargaría de defender en las Cortes a las congregaciones religiosas; promesa que no es lógico pensar que compartiese todo el Ejecutivo, ni de lejos.

El Vaticano, en esas condiciones, hizo lo que mejor sabe hacer, que es negociar. En modo alguno puso pies en pared ante la idea de echar a Segura sino que puso sus condiciones: convenio entre ambas partes (de soltera concordato) que fijase la personalidad jurídica de la Iglesia, respeto a todas las congregaciones religiosas y sus bienes, libertad de enseñanza y mantenimiento de las partidas presupuestarias de culto y clero. Probablemente, los hombres del Papa no podían ir más allá, no podían ceder en ninguna de estas cuestiones; pero lo cierto es que esta contraoferta, poco generosa a ojos de los republicanos (o directamente indefendible frente a los más radicales del republicanismo) no sólo no ponía al Gobierno en situación de aceptar, sino que, mantenía abierta la sangría radical que experimentaba el catolicismo español que, inspirado por la figura del propio Segura, cada vez registraba más adeptos de la pura y dura ruptura con el Régimen.

El 19 de septiembre, Vidal comunica a Roma que, a un mes de que la Constitución se vote, no habrá posibilidad de transacción si Segura sigue en su puesto; el 20, Pacelli le contesta que vale, que se lo piensan; pero que jamás lo cesarán por presiones del Gobierno español. La solución no puede demorarse más allá del 27 de septiembre. A partir de ahí, aunque el Gobierno quiera cambiar las cosas en la Constitución, es muy probable que ya no pueda. Pero llega el martes, 29, y en dicha fecha todavía Vidal, en este caso junto a monseñor Ilundain, arzobispo de Sevilla, siguen pidiendo a Roma el cese de Segura. En las Cortes, Alcalá ha aplazado unos días la discusión de la cuestión religiosa en la Constitución, en espera de una respuesta.

El 1 de octubre, por fin, el cardenal Segura anuncia su «renuncia» a la sede arzobispal. La noticia llegó antes de comenzar el debate religioso en las Cortes y sumió al Gobierno, si hemos de creer a Azaña, en una euforia rayana en el éxtasis (laico, por supuesto). Tras este triunfo frente a la Santa Sede, cuenta el político en sus escritos, Alcalá se comprometió a echar el resto en los debates en favor de una solución templada para la cuestión religiosa, «y es de temer que se estrelle». Él sabía muy bien lo que decía. Es muy difícil tratar de negar el hecho de que, el 1 de octubre de 1931, Azaña no tuviese ya cocinada con sus compañeros de banda en las Cortes la avalancha parlamentaria que vino en los días subsiguientes en favor de los artículos finalmente recogidos en la Constitución del 31, que en materia religiosa son un modelo de sectarismo gratuito, laicismo radical y soberbia histórico-jurídica, que no otra cosa profesaron aquellos políticos republicanos que consideraron, con total desparpajo, que la misión histórica que creían ver sobre sus cabezas les daba derecho a legislar en contra de una porción de la sociedad española que no cabe estimar en menos del 40% o 45%.


Alcalá-Zamora, en efecto, se estrelló. Y el cronómetro inició, tic, tac, su cuenta atrás.