jueves, junio 02, 2011

La Historia es Grande y Libre, pero no es Una

El problema que tiene don Luis Suárez, polémico redactor de la no menos polémica recensión biográfica de Francisco Franco en el diccionario biográfico animado por la Real Academia de la Historia, es que debe internetear poco y, más aún, sus incursiones en los foros de discusión electrónicos deben de ser poco habituales. Como no es mi caso, yo sí sé cosas que, obviamente, el eminente medievalista desconoce, y así le ha lucido el pelo con la recensión de marras y las críticas que ha recibido, de las que, por lo que leo, se defiende como gato panza arriba.

Luis Suárez, probablemente, tiene en mente dos ideas básicas. En primer lugar, quien realiza una obra histórica concita a la labor a quien le da la gana. Quien, pongamos por ejemplo, desea editar un libro con artículos sobre, digamos, Dolores Ibárruri o la verdad democrática, ya supongo que a la dirección de este blog no escribirá pidiendo una colaboración.

La segunda idea que probablemente tiene Suárez es que el historiador es libre. Que, como intelectual que es su labor, tiene derecho a llegar a las conclusiones a las que los datos y la reflexión le lleven. Tanto derecho tiene el historiador, pensará Suárez, a llegar a la conclusión que le parezca, como derecho retiene el resto del mundo a decirle al historiador que eso que ha concluido es una chorrada o no se compadece con los datos.

Lo que está descubriendo estos días, quizá, es que, en esta España nuestra de la Memoria Histórica, ninguna de estas ideas es cierta. O, cuando menos, no son pocos los que pretenden que no lo sean. El editor de una obra histórica no es realmente libre de contratar a quien le dé la gana. Su primera obligación es, o debería ser para muchos, contratar a quien tenga la capacidad de elaborar una versión adecuada de los hechos. El tipo de versión que el lector debe conocer. No se trata exactamente de imponer visiones únicas, porque mucha gente se da cuenta de que ese tipo de iniciativas chirrían en el mundo moderno. Se trata de eliminar del punto de mira todas aquéllas que, por razones que no se sabe muy bien quién ha de definir, no «cuadran» con lo que se quiere que la gente sepa del pasado.

La procura de una versión adecuada de los hechos ha provocado, inmediatamente, el debate sobre cuál es esa versión adecuada y la conversión del conocimiento histórico en un motivo para el enfrentamiento político. La consecuencia de esta aberración se ve en cosas como la reciente propuesta, verdaderamente pintoresca, de Alejandro Muñoz Molina. Que una persona habitualmente bien amueblaba neuronalmente hablando defienda la idea de que una serie de historiadores deberían formar una comisión... ¡en el Parlamento!, para consensuar una visión sobre «lo que pasó» en la II República, la guerra civil y el franquismo, es, con perdón, de aurora boreal. Los historiadores no tienen que reunirse para «pactar» nada. Los historiadores tienen que interpretar la realidad histórica y someterla al juicio de otros intérpretes. Un historiador sincero y honrado sabe bien que la verdad histórica no existe.

Vaya por delante que yo no estoy demasiado de acuerdo con lo que sé que ha escrito Suárez. Especialmente eso de que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario sino autoritario. Sobre el primer elemento, el historiador se ciñe al significado de la palabra dictador stricto sensu, es decir, aquella persona a la que se le otorga el mando para gestionar la nación durante una situación especial. Éste es, efectivamente, el concepto clásico, romano, del dictator. Pero ni se puede ni se debe desconocer que la palabra ha adquirido otros significados que a Franco le van como un guante.

En el segundo elemento estoy sólo parcialmente de acuerdo. Para mí, el franquismo sí fue un régimen totalitario, que dejó de serlo tras la derrota alemana en la II guerra mundial y los problemillas entre Franco y su cuñado, que acabaron con éste apeado del poder y encerrado en su bufete haciendo bisnes. Tras la etapa totalitaria llegó el proceso que historiadores no precisamente de derechas llaman la desfascistización del régimen, que desde entonces, con mayor o menor acierto, y sobre todo cuando los tecnócratas tomaron el poder, hizo por parecer una especie de democracia spanish way (o sea, orgánica, sin sufragio, sin libertades...)

Pero es que el fondo del asunto no es la discusión histórica. Las reacciones fuera de tono, entre las que cabe incluir la de la ministra de Cultura aseverando que espera que los textos se cambien (a lo que Suárez ha contestado muy en su sitio, diciendo que él no va a cambiar nada, que quiten los editores todo su artículo y lo escriban de nuevo si quieren), han desplazado el ámbito de la discusión.

El ámbito de la discusión ya no es si Franco se rascaba el pie en los consejos de ministros o creía en la existencia de los vampiros. El ámbito de la discusión es si en España es posible, hoy, que alguien escriba un libro defendiendo la tesis de que, un suponer, Franco es el mejor estadista de la Historia de España. Si alguien hiciera eso, como decía antes, lo que debiera pasar es que catedráticos, historiadores y frikis de la cosa nos pusiéramos a discutir, con mayor o menor nivel de apasionamento, sobre la verdad o la mentira de la dicha tesis; y para mí, por cierto, que el autor perdería. Pero el problema no está ahí. El problema está en que hay una España, la España neofranquista de izquierdas, que pretende, de alguna manera, reproducir los esquemas culturales del franquismo, es decir que sólo las ideas que quepan dentro de su particular lecho de Procusto puedan crecer y desarrollarse.

Hay personas para las cuales la guerra civil ha terminado, y otras para las cuales no. En España existió toda una cohorte de españoles de derechas para los cuales la guerra nunca terminaría; españoles como Carlos Luján, el personaje que inventé para mi novelilla, que no están dispuestos a dejar de luchar contra su enemigo mientras quede uno solo de ellos y que, además, al igual que su Caudillo consideraban el país como su finca particular y, por lo tanto, se sentían con derecho a decidir quién, en su finca, publicaba o no, opinaba o no, estudiaba o no, era o no catedrático. La inmensísima mayoría de estas gentes ha fallecido ya, para desgracia del juez Garzón, que quería pedirles cuentas.

Este fenómeno de guerra permanente no se dio, o se dio menos, en las izquierdas perdedoras. La inmensa mayoría de los exiliados, sobre todo de los más singulares por haber ostentado posiciones preeminentes en la República, consumió sus tristes años en la distancia reflexionando acerca de la necesidad de volver a poner el reloj de España a cero y construir una reconciliación nacional. Muchos de los republicanos de los años cincuenta y sesenta, que en su mayoría lo habían perdido absolutamente todo, no odiaban. Consideraban que era precisamente el odio el que les había colocado en un piso de mierda de Buenos Aires, de Ciudad de México, de Londres, de Filadelfia, viviendo una vida de mierda con sus recuerdos de mierda y sus remordimientos de mierda; y, consecuentemente, no quisieron darle a ese odio la oportunidad de volver a jugársela. Hasta el Partido Comunista, después de una invasión de chichinabo en la que nadie les hizo ni puto caso, acabó por caerse del guindo de que el tiempo de las leches había pasado.

Durante décadas, pues, al franquismo irredento, prietas las filas e impasible el ademán, el franquismo que enterraba cada año de nuevo a los muertos de Alcubierre y de tantos otros sitios, el franquismo que reclamaba de la Iglesia que mantuviese encendida la llama votiva de la venganza; a ese franquismo, digo, los perdedores opusieron, en no pocos casos, la comprensión y el deseo de concordia.

Teóricamente, pues, a la muerte de quienes querían mantener el conflicto entre las dos españas en clave bélica, llegaría una nueva etapa. Pero hete aquí que setenta años después, desaparecidos de la faz de la tierra tirios y troyanos o, como escribiría Unamuno, muertos los hunos y los hotros, aparece una nueva casta que, desde el antifranquismo acérrimo, reinventa el franquismo de pensamiento: quien no piensa lo que yo, no merece ni el pan, ni la sal. Sólo hubo una República: la que yo recuerdo. Sólo hubo una guerra: la que yo relato. Sólo hubo una represión: la de Franco. Todo lo demás no tiene derecho a respirar. Si alguien osa, algún día, escribir otra cosa sobre un papel, exigiré que se cambie. ¿Por qué no, ya puestos, no exigimos que el libro se queme en la plaza pública? Si lo exigió Torquemada, si lo hicieron las Juventudes Hitlerianas, ¿por qué no vamos a hacerlo nosotros también?

Todo esto se monta y se aúpa sobre una triste realidad: el desconocimiento. Vivimos en un país donde por fascista se entienden tantas cosas que la palabra ha terminado por vaciarse de significado; fenómeno que sólo tiene un beneficiario: los fascistas. El personal es dejado a la buena de Dios frente a una realidad histórica complejísima como es la Guerra Civil para que la juzgue con dos de pipas y básicamente sin puta idea. No es algo que sea casualidad. Todo propugnador de una forma única de entender la realidad sabe bien que cuanto más hueco esté el cráneo de su interlocutor, más fácil le será moldearlo.

Luis Suárez tiene todo el derecho a escribir que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario. Como lo han tenido, y lo tienen, otros de escribir que Stalin era un devoto demócrata, si quieren. Las fronteras de lo que no se puede decir en Historia son muy pocas. Ciertamente, negar el Holocausto es ofensivo para el pueblo judío, y es por ello que en muchos países es delito. Pero imaginemos que mañana un historiador se dedica a estudiar documentación inédita y descubre que americanos y rusos inflaron las cifras de fallecidos en los campos de concentración; ¿acaso no podría publicar su obra?

Este orden de cosas, este pretender que un académico no pueda dar su opinión profesoral sobre hechos históricos, es, además, el mejor alimento para los radicales. Que pasen cosas así es lo que esperan, de hecho, para poder echarse al monte intelectual. Cuanto más de izquierdas es un opinador, más se extraña del arrollador éxito editorial de autores sobre Historia de un exacerbado radicalismo de derechas. Yo, la verdad, no sé de qué se extrañan. Si esos osos son tan grandes, es porque ellos, con su actitud, los alimentan.

Es posible, yo no lo sé, que toda la polémica parta de que la publicación del polémico artículo se haya producido en un libro subvencionado con dinero público. Vaya, éstas son las cosas que pasan cuando el dinero público se utiliza en cosas que no debería, tales como pagar todo o parte de la edición de libros, películas, y otros productos culturales.

No hay una sola Historia. Si merece la pena coleccionar biografías de Napoleón es por la cantidad de visiones distintas que se pueden descubrir leyéndolas. Lo que los españoles piensan de los Reyes Católicos va del blanco nuclear al negro negrísimo. La Historia es así. Y pretender que quien dice cosas que nosotros no decimos deba callarse; pretender que una Academia, por el hecho de ser Real, va a tener que rechazar todas las versiones del pasado que no sean del agrado del Consejo de Ministros; intentar, en suma, que el país piense, recuerde y analice, todos a una como Fuenteovejuna, no es más que un signo de inseguridad, y de cobardía.

Quienes están seguros de sus tesis, no temen el debate.

martes, mayo 31, 2011

Franco y el poder (1: Sin «pole», y por la zona sucia)

Algunos personajes oscuros, ignotos, podrían tener las claves de esta historia. Por ejemplo, las personas que estaban en Zaragoza a principios de los treinta, en los tiempos en que Francisco Franco dirigió la Academia Militar. Muy especialmente, un zaragozano llamado Cecilio Gasca: el librero de Franco. Estando Franco en Zaragoza y siendo Gasca su proveedor se produce al parecer, casi bruscamente, un cambio en los gustos del ferrolano. Dejó de encargar libros de táctica militar para encargar otros de política y economía. Desde entonces, el interés de Franco por los grandes asuntos de gestión política no decayó.

El propio Franco, cuando en los años sesenta tuvo un accidente de caza que le obligó a hacer rehabilitación, le confesaría a su médico que, más o menos por aquellos años, le tocó administrar unos dineros que su mujer, Carmen Polo, había aportado al himeneo, y que del contacto con un ignoto director de agencia del Banco de Bilbao le había nacido el interés por los temas económicos.

Hay, pues, un momento impreciso en la vida de Franco, previo a las convulsiones de la II República y por supuesto a la guerra civil; un momento en el que Francisco Franco Bahamonde, un joven y exitoso militar africano, pensó que, tal vez, su destino no era solamente marcar el paso. Todo es «quizá» y especulación pues Franco, aparte unas notas bastante insulsas sobre su adolescencia cadete y el guión de una película más bien ñoña, no dejó trazo ninguno que se conozca sobre su vida y, sobre todo, sobre el asunto que centra esta serie de posts: su carrera hacia el poder. Así las cosas, nunca sabremos, con exactitud, cuál fue la primera noche en la vida de este militar en que, estando en la cama justo antes de dormirse, miró al techo y se dijo: yo puedo hacer algo grande.

El brillo militar de Franco está fuera de toda duda. Perteneciente a la casta de los Africanos, es decir los militares fogueados y ascendidos en Marruecos, tenía un indudable carisma militar que, sin embargo, a mi modo de ver no permite aseverar que, en 1936, fuese un candidato claro para dirigir el golpe de Estado contra la República que ya casi todo el mundo esperaba. En mi anterior serie he esgrimido un argumento para esto, y es que Casares Quiroga, presidente del Gobierno, no se preocupó demasiado de Franco durante las semanas anteriores al golpe, lo cual es un signo de que no lo temía en exceso. Otro síntoma de lo que digo es que, en esas mismas semanas, hubo un político, Indalecio Prieto, que tuvo la clarividencia de avizorar, en el curso de un mitin en Cuenca, la posibilidad de que Franco quisiera alzarse con el poder. Pero el hecho de que Prieto dijese eso y que esas palabras fuesen ya en su día destacadas por la rareza u originalidad del diagnóstico revelan que no era aquélla una convicción ampliamente extendida.

Franco, pues, no era ni mucho menos un militar oscuro; era, de hecho, un militar más conocido que la media; pero tampoco era el militar más destacado. Mientras vivió Sanjurjo, esa calidad le estuvo reservada, aunque sólo fuese porque Sanjurjo había ya intentado el golpe de Estado. Aguas adentro de la Unión Militar Española y los conspiradores militares, obviamente , el general Mola tenía mucha más importancia. En realidad, es probable que el ferrolano estuviese donde quería estar.

Por cosas que hemos visto en la anterior serie del 36 podemos estimar que el ferrolano nadó entre dos aguas hasta que la conspiración del 18 de julio estuvo muy adelantada. Franco nunca fue ajeno a dicha conspiración; pero había una diferencia importante entre él y otros militares de la misma, notablemente Sanjurjo. El general Sanjurjo, en 1936, llevaba, entre cárceles y exilios, un montón de meses apartado del mando en una institución, el ejército español, que por mor de la evolución política y de la reforma azañista estaba cambiando muy rápidamente. Por muchos confidentes que lo visitasen en Lisboa, Sanjurjo no podía tener un conocimiento preciso de la situación del ejército en 1936. Franco sí, porque hasta dos días antes del golpe de Estado, como quien dice, había sido JEMAD con Gil Robles y, por lo tanto, su trabajo, diríase que su obligación, era conocer bien las posibilidades de cada esquina de cada cuartel de España. Claramente, Franco trató de jugar la baza de ese expertise cuando trató de arrastrar a Portela Valladares a un cuartelazo de mayor o menor cuantía tras las elecicones de febrero del 36; y seguía tratando de jugar ese papel de experto tecnócrata castrense en su famosa carta a Casares Quiroga (además de confundirle, como es al menos mi teoría, como ya expliqué en el correspondiente post).

La primera gran ventaja de Franco en el entorno de una lucha por el poder entre militares era, pues, su hondo conocimiento de las Fuerzas Armadas, que ha hecho a muchos autores considerar, y yo estoy de acuerdo, que probablemente fue el primer general conspirador que se dio cuenta de que el golpe de Estado había salido mal, que por lo tanto el poder no se podría tomar en horas, y que la guerra sería larga e, incluso, en sus primeras semanas no pintaba nada bien para los alzados; y, lo que es más importante, adaptó sus actos a dicha realidad. Hay que recordar, en este sentido, que las primeras semanas o meses de la guerra se dan episodios como la relativa indisciplina de los italianos, que llegan a España poco menos que a repetir el paseo de Abisinia; y son tiempos en los que, además, ni Franco ni nadie podía prever que los republicanos iban a usar tan mal como la usaron la potente maquinaria de fabricación bélica que conservaron en sus manos, es decir Cataluña.

Ya lo he dicho en otros posts, pero lo repito aquí, porque creo que, antes de comenzar el relato de unos hechos y el despliegue de algunas opiniones sobre los mismos, lo justo es descubrirle al lector la tesis central a la que creo conducen dichas descripciones. Mi opinión es que Franco no fue un buen estadista, un buen político; pero sí fue extremadamente hábil. De una manera innata, innata a los gallegos dirán los que no los conocen bien, y digo innata porque no hay datos que nos permitan adivinar dónde la pudo adquirir, Franco poseía la habilidad de manejar los tiempos. Por eso no se le ve en el curso del golpe de Estado de Sanjurjo. Ni se le ve en primera línea de conspiración durante el 36. En puridad, el único posible error de cálculo que comete Franco (pero del que, como ya hemos visto, sacó su tajada), al menos hasta que la senectud le hizo caer en muchos, es aceptar la jefatura de Estado Mayor del gobierno radical-cedista, a las órdenes de José María Gil-Robles, que no sólo era persona con la que nunca se llevó bien sino que, además, era un político de alguna manera condenado a sufrir los vaivenes del poder, como de hecho le ocurrió. Yo supongo, o creo, que Franco aceptó aquel puesto por disciplina y también por necesidad, ya que las reformas militares de Azaña habían supuesto un serio paso atrás en su carrera (el propio Azaña se hace eco en sus diarios del cabreo de Franco por la nueva normativa de ascensos, que lo relegaba a la segunda división B) y, por lo tanto, alguna pieza tenía que mover para alimentar a su otra gran característica: la ambición. Porque Franco, a mi modo de ver, es la convergencia entre una ambición sin límites y la habilidad de entender los tiempos y de saber adelantar la mano y retraerla justo cuando es necesario.

La futura vida política de Franco recibe un espaldarazo en buena parte inesperado el 16 de febrero de 1936, o más bien en las semanas que le siguen. Escribí la anterior serie de posts porque sin ella es difícil de sustentar la idea que ahora voy a expresar: lo mejor que le pudo pasar a Franco, o mejor dicho lo mejor que le pudo pasar al grupo de conspiradores militares al que Franco no estaba aun formalmente adherido a principios del 36, fue la deriva sectaria y violenta en que se embarcaron los grupos políticos miembros del Frente Popular y de convicciones tan sólo tibiamente democráticas. La primera línea del testamento político de Franco, ése que escribiría algunas semanas antes de fallecer en el 75, la escribieron, al alimón, Prieto, Largo, Díaz, Pasionaria, Nin, Pestaña, Durruti, García Oliver et altera.

Por lógica parda, cuanto peor le va a un país, mejor le va al militar que quiere instaurar en el mismo una dictadura castrense. Los golpes de Estado, ahí están los dos del 34 (el revolucionario y el independentista catalán) para demostrarlo, no necesariamente han de ser militares. Lo que pasó en 1936, sin embargo, fue que las cosas transcurrieron de tal manera que, en realidad, ya sólo era planteable que fuese el ejército el que dirigiese la rebelión. El Frente Popular, en su inocencia dialéctica, permitió que la gran aspiración de media España, en el verano del 36, fuera el regreso del orden. Y eso no es algo que se espere de políticos que se sientan en las mismas Cortes que avalan el caos, sino de alguien vestido de caqui.

En términos generales, el programa político de los conspiradores se basaba en la reinstauración del orden, y en la creación de una especie de directorio militar que, al mando de Sanjurjo, organizaría la elección de una especie de asamblea constituyente, a la que las izquierdas obviamente no serían invitadas; quizá pensaban los conspiradores en un órgano representativo blandi blub al estilo del que se inventó Miguel Primo de Rivera. Siendo Sanjurjo, como era, un convencido monárquico; y disponiendo el estamento militar de conspicuos monárquicos como Kindelán, era de esperar que las presiones para el retorno del rey fuesen muchas; pero eso tampoco garantizaba nada, ya que entre los conspiradores también había hombres, como Queipo o Cabanellas, de acendrado republicanismo. El propio Franco parece insinuar todo esto en su primera proclama como alzado, dada en Tetuán el 17 de julio, en la que afirma que «sabremos salvar [del ordenamiento jurídico republicano] cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza».

Debe el lector, pues, retener una información importante: por mucho que todo lo que pasara después le haga pensar lo contrario, el grupo de conspiradores del 36 estaba lejísimos de ser un grupo cohesionado, con escasa desviación típica entre las ideologías de cada uno, y con un objetivo de futuro único para España. Ni modo. Los militares que dieron el golpe de Estado del 36 soñaban, unos con coger el reloj y atrasarlo cinco o seis años; otros con una dictadura militar republicana; otros con un país nacionalcatólico; y los masones, probablemente, con un interregno militar que habría de retrotraer el poder a los políticos (aunque sólo a algunos) en algún momento. Eso, los militares. Porque entre los civiles, se encontraba Falange, que quería construir un Estado nacionalsindicalista; los requetés, con sus demandas tradicionalistas; la CEDA, con su programa derechista de raíz católica; Renovación Española, supporter de una solución monárquica tan sólo estéticamente constitucional; y los agrarios, que por ser tan pocos podían ser considerados eso que en física se denomina un rozamiento despreciable. Esta desunión, o si se quiere diferencia estratégica, es la alimenta en el movimiento conspirador la necesidad del carisma y el culto a la persona; porque cuando hay ideas diferentes, lo que hace falta para acumularlas en un solo proyecto es un líder.

Dos cosas no salen como los alzados esperaban. En primer lugar, el first strike del golpe de Estado se queda en pedete. Mola ya esperaba no mojar en Madrid, pero nunca pensó que perdería Barcelona y Cataluña, y tenía altas aspiraciones para Valencia. Aunque Sevilla, plaza que se daba por perdida, cayó del lado conspirador (lo cual fue de gran importancia para el posterior avance del ejército africano), la verdad es que el golpe, como tal, fue un fracaso. Y, como decíamos, Franco es, probablemente, quien primero se da cuenta de ello.

La segunda cosa inesperada que le pasó a la conspiración fue la muerte de Sanjurjo. Sinceramente, no creo que Franco se lo cargase. La muerte de Sanjurjo cabe atribuirla a la casualidad, pero es cierto que, con su desaparición, Franco se quitó de en medio un obstáculo. Luis Bolín, el periodista que alquiló el Dragon Rapide, cuenta en sus memorias que, al salir de África, Franco le dio un papel en el que le autorizaba a comprar armamento en nombre de la España nacional. Al pasar por Lisboa, Bolín le enseñó el papel a Sanjurjo, el cual escribió al pie: «Conforme. General Sanjurjo». Era una forma de afirmar una autoridad que el general creía tener. Una forma de decirle a Franco: aquí mando yo.

Sin embargo, no está claro que fuese cierto. De hecho, es más que probable que para entonces, aún en los primeros lapos de la guerra, Franco ya estuviera pensando en sí mismo como el Generalísimo que el ejército necesitaba. Existen indicios de que hizo movimientos para ser imprescindible. Sorprende, sin ir más lejos, la facilidad con que consiguió entrar en los despachos nazis y fascistas, tan importantes y necesarios en los albores del conflicto.

Al iniciarse la guerra, se produce la primera gestión de Bolín que ya hemos citado. Pero, en paralelo, en Canarias se requisa un avión alemán, en el cual, el 21 de julio, parten hacia Alemania un capitán español, Arranz, acompañado por dos mediadores alemanes llamados Bernhardt y Langenheim. Al día siguiente, Franco por su cuenta telegrafía a un amigo alemán, Genrel Kühlental, pidiéndole aviones. Cuando Bolín aún estaba en Roma, los enviados por Franco estaban ya en los pasillos de la ópera de Berlín, tratando con Hitler el envío de los primeros aviones. Franco, gracias a esta rapidez de contacto, pudo comenzar el traslado aéreo de tropas a la península el 29 de julio; pudo, por lo tanto, convertir el avance del ejército africano en la primera buena noticia para los conspiradores. Metió el primer gol, y metiéndolo dio el primer martillazo en el clavo de su candidatura para ser el Guardiola de los nacionales.

El 25 de julio, un bando alzado sonado por los fracasos y en el que hay militares para todos los gustos, incluso enfrentados, trata de buscar su cohesión formando la llamada Junta de Defensa Nacional, cuya cuna todavía la mece la mano de Mola, presidida por el general Cabanellas (para darle una pátina de republicanismo ortodoxo) y en la que Franco no entrará hasta el mes de agosto, cuando ya sea imposible para todo el mundo admitir su peso en la guerra.

Porque Franco todo lo que hace durante los meses de julio y agosto es incrementar dicho peso. El general sube por la península a toda leche, ampliando su primera cabeza de puente algecireña para llegarse a Granada, a Córdoba, hasta comunicarse con las tropas del norte en las inmediaciones de Arenas de San Pedro. Es un movimiento rapidísimo que, de un plumazo, aisla a la España republicana de la salida portuguesa, procura a los conspiradores de una espalda afecta que les será muy valiosa para aprovisionarse, y permite coordinar los dos ejércitos (Mola y Franco) como una pinza que se cierne sobre el centro de España, es decir Madrid.

Es en este entorno de lucha militar (vencer a la República) al tiempo que política (desplazar a otros generales con estrategias políticas diferentes) en el que hay que situar las muchas dudas expresadas durante décadas por estrategas, entendidos y entendidoides sobre la decisión de Franco de desviar su avance para liberar el Alcázar de Toledo (aquí, las ideas de Tiburcio sobre la materia). Los críticos de la maniobra consideran que todo lo que consiguió fue retrasar el avance sobre Madrid, con lo que se dio tiempo a la República a recibir las Brigadas Internacionales, crear las brigadas mixtas y otra serie de cosas con las cuales se apañó para frenar la toma de Madrid.

¿Cierto? En fin, yo pasé casi un año entero de mi vida atendiendo una pequeña barra de cafés en el pasillo de la Escuela Mayor del Ejército, en la Castellana de Madrid. Allí los coroneles que se estaban sacando su diploma de Estado Mayor pasaran el recreo acodados contra la barra, comentando lo aprendido en clase, que no pocas veces eran cuestiones de táctica militar. Pero debo reconocer que no me aprovechó demasiado; si aquellos militares hubieran discutido en chino, no les habría entendido menos. Debo confesar, sin ir más lejos, que, por no entender, ni siquiera entiendo por qué una brigada combate mejor si es de jamón y queso.

No soy, por lo tanto, quien pueda decir que tiene base para poder juzgar esta polémica. Lo único claro, para mí, son elementos extramilitares. Fundamentalmente, el hecho de que el Alcázar era bastante más que un objetivo militar, y eso Franco lo tenía que saber. El mundo entero hablaba del Alcázar porque la gente en todas partes se pirra por las historias de gentes sitiadas y llevadas al extremo de la extenuación y el heroísmo. Cuando Hitler animó, años después, al general Von Paulus a no rendirse en Stalingrado, le dijo en un telegrama que la ciudad debía ser el Alcázar de la Alemania nazi.

Franco liberó Toledo porque sabía que tendría un importante beneficio en forma de peso específico en el bando nacional. También los republicanos valoraban enormemente todo lo que rodeaba a aquella ciudad; sabemos por el diplomático chileno Aurelio Núñez Morgado que, cuando se planteó la posibilidad de que el cuerpo diplomático negociase con Moscardó una rendición, la operación hubo de esperar a que pudiese ir Largo Caballero, que se presentó allí con su prensa afecta para que le hicieran la foto para la posteridad que luego no llegó por la tozudez del jefe de la guarnición toledana.

Retrasase o imposibilitase la toma de Madrid o no, Franco obtuvo con el Alcázar la victoria de imagen que necesitaba. La ofensiva sobre Madrid se empantanó y se hizo más evidente la convicción de que la guerra sería larga y que el ejército nacional necesitaba un Jefe. No se trata sólo de que, tras la no-toma de Madrid, los militares tomasen conciencia de que lo que hasta entonces había sido un golpe de Estado iba a convertirse en la guerra civil (esta convicción, por cierto, la tenían también, para entonces, los asesores soviéticos del ejército republicano, los cuales, en sus cartas a Moscú, se desgañitaban escupiendo sapos y culebras contra la desorganización miliciana y el incoherente antimilitarismo bélico de los anarquistas). Se trata, también, de que, una vez que el éxito no llegó con la facilidad esperada, en la retaguardia los culos comenzaron a moverse. Las desconfianzas mutuas entre falangistas y requetés, muchas y profundas, se reeditaron.

En la carrera por el poder, lo primero que necesita Franco es ser un primus inter pares. Éste, por lo tanto, será su primer paso. De momento, lo que tenemos es un periodo conspirador que hace las veces de Q1, en el que Franco no consigue la pole position; probablemente, tampoco la pretendía. El primer puesto es para Sanjurjo-Vettel, con la mala suerte para él de que conduce tan flipao que, en la primera curva de la carrera, se esnafrará contra la valla. El puesto que le queda a Franco en la carrera por el poder, además, le obliga a salir por la zona sucia del circuito: teóricamente, Sevilla no se iba a ganar, así pues el avance del ejército africano se preveía difícil. A Franco, sin embargo, Queipo de Llano (el hombre que, dicen, se refería al futuro Caudillo en privado llamándolo Paca la Culona) le hace un favor monumental ganando Sevilla tocando a Vivaldi con un pito y un tambor. El general, con su conducción al límite, hace el resto echando mano de sus amistades teutonas. Tras la primera curva en la que se produce el accidente de Sanjurjo, ya se acerca al grupo de los elegidos. En la segunda tomará el Alcázar y ganará aún más puestos.

Ahora nos toca contar, o más bien adivinar, cómo, increíblemente, Franco se las ingenió para convencer a sus contrincantes de que se apartasen y le dejasen adelantar.

lunes, mayo 30, 2011

Un diario del quintacolumnismo

Durante la guerra civil funcionó en Madrid una especie de comité de la Quinta Columna, coordinador de diversas acciones de los nacionales en territorio republicano, comité que estaba presidido por un coruñés.

José María Taboada Lago era, en 1932, empleado de la oficina del Banco Pastor en Ribadeo. A raíz de su militancia católica, en febrero de 1932 dio una conferencia en el teatro Rosalía de Castro de La Coruña. Esta acción provocó una nota admonitoria de Ricardo Pastor, dueño del banco (y consecuente responsable de que, aún hoy, se llame Banco Pastor). Aquella llamada de aviso impulsó a Taboada a pasarse a la política profesional, por lo que se convirtió en secretario de Acción Católica, la formación política que crecía alrededor de la figura de Ángel Herrera Oria.

El 18 de julio del 36, Taboada vivía en Madrid, en la confluencia de las calles Prim y Barquillo. Desde el primer momento tuvo problemas por su militancia católica. Una de las cosas que se decretó tras las primeras horas del golpe de Estado, cuando menos en Madrid y Barcelona que yo sepa, fue que las casas deberían tener las ventanas abiertas y las luces puestas. Esto se hizo así para evitar en lo posible la acción de los pacos, es decir de los francotiradores que, a menudo desde los balcones y usando las celosías para permanecer ocultos, disparaban hacia la calle. Según cuenta el propio Taboada en sus memorias, tenía en la pared de su salón colgado un crucifijo tan enorme que se veía desde la calle. Los amigos le aconsejaron que lo descolgase, por un siaca.

En ese domicilio fue detenido por García Atadell y su tristemente famosa Brigada del Amanecer. El propio Taboada confiesa que, sin embargo, Atadell le salvó la vida; en lugar de llevarlo a la checa de Bellas Artes, donde probablemente lo habrían asesinado aquella misma noche, ordenó al chófer -y no sabemos bien si porque le dio la gana, o porque ésas eran sus órdenes- que pasara de largo y lo llevase a la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Allí, tras unos días, fue puesto en libertad, es posible (al menos en mi opinión) que tras alguna mediación vaticana.

Tras este episodio, montó una especie de comité de ayuda para los sacerdotes y monjas, que llevaban casi todos una existencia clandestina y difícil. No obstante, su papel más importante en la guerra llegó tras la unificación de Falange y Tradicionalistas, en la primavera del 37. Desde Salamanca se impulsó la creación de una especie de comité conspirador, cuya función principal era captar información de interés para los nacionales, esto es trabajar de Quinta Columna, no tanto saboteando la retaguardia como transfiendo datos sobre la misma. Quizá la acción más descollante de dicho comité fue pasarle a los nacionales un voluminoso fajo de documentación sobre las posiciones del ejército republicano durante la conocida como batalla del Ebro, operación que realizó personalmente Taboada atravesando las líneas sentado sobre los pliegos.

Como acabo de decir, alguna de las acciones se realizó traspasando las líneas. Un aspecto difícil de historiar sobre la guerra civil, sobre el que que yo sepa escasos datos hay, es la permeabilidad de los frentes de guerra. Ésta, evidentemente, tuvo que ser una realidad diferente según el lugar. En la guerra civil hubo frentes en los que uno y otro bando estaban tan cercanos que sus contactos eran bastante habituales. Además, hay que tener en cuenta que contra lo que se quiso hacer creer en los tiempos del franquismo, y lo que se quiere hacer creer en los actuales memoriohistóricos, a la inmensa mayoría de las gentes que hicieron la guerra civil los motivos de la misma se la traían ondulante penduleante; ellos estaban allí, básicamente, porque les había tocado.

Cercanía de muchos frentes y masa crítica de combatientes más o menos hueros de motivaciones ideológicas, hecho éste presente en el bando nacional desde el principio y en el republicano crecientemente conforme la guerra avanza, provocaron la permeabilidad de muchos frentes. De los testimonios que he leído he sacado la conclusión que el principal motivo de dicha permeabilidad fue la correspondencia. Soldados cuya familia estaba en la otra parte le escribían cartas a dichos familiares, que eran pasadas, bien por los profesionales en atravesar los frentes, bien por soldados del bando contrario, en el marco, casi siempre, de una relación quid pro quo. Algunos libros hablan de la existencia de esta práctica ya en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en el otoño del 36, por lo que cabe estimar que la permeabilidad de los frentes es tan antigua como los frentes mismos.

El Comité de Taboada no estuvo exento de problemas. Se llevaron de puta pena con los avanzados del SIPM, servicio de inteligencia militar franquista, destacados en Madrid, a los que acusaron de no ayudarles en lo absoluto. También tuvieron problemas cuando, tras la creación de FET y de las JONS, tamnbién se nombró en Madrid una especie de jefatura provincial del partido en la clandestinidad, pues ambos «órganos» compitieron de alguna manera por el mando de uno sobre otro. Algunos de los miembros del Comité, además, intentaron, al final de la guerra, que Franco los reconociese como mando natural del partido en Madrid también en tiempos de paz, a lo que Franco se negó.

Una prueba de lo sobrados que se sentían los conspiradores clandestinos de Madrid es una carta que Taboada le escribió a Franco en el 37, cuando la famosa estancia de Negrín en Suiza para un congreso médico que disparó todos los rumores en el sentido de que en el seno de la Sociedad de Naciones, republicanos y franquistas iban a pactar una solución para el conflicto (los tiempos, pues, del famoso «paz, piedad, perdón», de Manuel Azaña, AKA El Moñas). Taboada le escribió una carta a Franco mostrándose contrario a esta posible componenda, y lo hizo en unos tonos respetuosos pero que rozan la neta superioridad. Conociendo a Franco, es probable que fuese leyendo esa carta cuando decidió prescindir de Taboada en el futuro.

Las actas del citado Comité son una fuente histórica de gran interés, sobre todo por los datos que aportan sobre las negociaciones y contactos con el coronel Casado y con Julián Besteiro en las últimas semanas de la guerra. El Comité, de hecho, muta de función a partir de algún momento en la segunda mitad del 38. Deja de ser un grupo con la labor encomendada de pasar información a los nacionales, y pasa a ser un grupo destinado a estudiar el gobierno franquista sobre Madrid a partir del día cero, es decir del final de las hostilidades. Las subsiguientes divisiones del Comité, con un miembro dedicado Transportes, otro a Infraestructuras, etc., pasa a tener el mismo contenido, sólo que ahora los encargados lo que hacen es acopiar información sobre lo que hay, lo que queda y, por lo tanto, puede ser utilizado en el momento en que los nacionales entren en la ciudad, cosa que para entonces es ya segura para todo aquél que esté mínimamente informado. Como decía, elemento de gran importancia tiene la función del Comité en la realización de contactos, sobre todo con un médico amigo de Casado y que le hará de correo con los falangistas.

Taboada fue nombrado Consejero Nacional del Movimiento, pero no tuvo mayor actuación dentro del Estado franquista. Probablemente fue arrastrado por la desafección de importantes elementos católicos respecto del régimen (como Gil Robles), por lo que permaneció en una posición crítica, pero de total fidelidad al fin y a la postre.

Ignoro las circunstancias de su muerte, si es que se ha producido, cosa que es altamente probable.

Por una España mejor. José María Taboada Lago. Madrid. G. del Toro, 1977.