jueves, junio 16, 2011

Franco y el poder (4: La unificación)

Diversas circunstancias están retrasando el avance del blog, y lo seguirán haciendo la semana que viene, en la que no podré escribir porque no estaré en Madrid. Pero he encontrado tiempos muertos para ir elaborando la siguiente crónica de la serie. Aquí os la dejo. Aprovechadla bien, que os tiene que dar para una semana.



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La información factual sobre el conflicto generado por la unificación política que convirtió el golpismo contra la República en franquismo ya ha sido contada aquí. Es lo que habitualmente se conoce como los sucesos de Salamanca. No obstante, la historia de los sucesos de Salamanca es una historia que, en realidad, concierne a Falange. En esta serie, sin embargo, de lo que hablamos es de Franco. No es exactamente lo mismo. De momento, a este blog le queda por contar cómo vivió Franco aquel proceso y, lo que es más importante, por qué lo impulsó. Y para explicar esto hay que romper un mito que muchos quienes saben algo de esa época tienen por cierto, y es que el conflicto de la primavera del 37 en Salamanca es un conflicto sólo falangista.

En realidad, el conflicto del 37 en zona nacional es, más que nada, un conflicto franquista o, si se prefiere, el conflicto que da carta de naturaleza al franquismo. Ya hemos visto a Franco ganarse la prevalencia militar primero y el apoyo decidido de la Iglesia después. Sin embargo, políticamente hablando, a finales del 36 Franco tiene muchas incertidumbres por delante. Es cierto que consiguió que el ejército nacional no cometiese el error de la República de crear semiejércitos partidarios, así pues bien pronto todos los militantes de las formaciones afectas que estaban movilizados fueron adscritos a la estricta disciplina militar; en las unidades nacionalistas mandaron desde el primer día coroneles y generales, y a nadie se le permitió la veleidad de pretender ser falangista, tradicionalista, monárquico o mediopensionista, antes que soldado. Sin embargo, Franco, como ya hemos visto, ha sido nombrado generalísimo, a ojos de muchos, de forma provisional y estrictamente ligada a la guerra. Pero el general, y esto es evidente por detalles como la toma del Alcázar, ha puesto en marcha su olfato político, y ya piensa en convertirse en la cabeza del nuevo Estado que habrá de surgir de la victoria de la guerra.

En todo caso, Franco no es tonto y sabe que, monte el momio político que monte, tendrá que oler a Falange. La escena de Llano Amarillo, todo aquello de Camaradas Arriba Falange Española, deja claro que José Antonio, sus ideas y sus gentes son un activo fundamental del bando golpista. Pero José Antonio ha muerto en el paredón y, en los inicios del 37, Falange es un patio de Monipodio que los historiadores se han puesto bastante de acuerdo en explicar de una forma sencilla y geográfica: por un lado, la Falange andaluza y madrileña, liderada por Sancho Dávila fundamentalmente y de tendencias estratégicamente franquistas; y, por otro, la falange del norte, solidificada alrededor del Jefe Nacional provisional del partido, el cántabro Manuel Hedilla Larrey, hombre de tan escaso liderazgo como largas ambiciones; con la Falange de enmedio, sobre todo la pucelana y el nombre de Antonio Girón de Velasco, haciendo de teórica bisagra.

Hedilla acepta el mando de Falange, esto es obvio, por sustituir a José Antonio hasta que vuelva; es el suyo un gesto altruísta que, además, encuentra su razón de ser en que, visto el resultado del first strike del golpe del 36, la Falange más de mando, notablemente la madrileña, ha quedado descojonada, por lo que no puede aportar líderes. Pero cuando muere José Antonio, Hedilla se adapta a la situación muy rápidamente, para lo cual es además aconsejado (detrás de todo Zapatero siempre hay un José Blanco; y el de Hedilla, el catalán Serrallach, es un tipo muy ambicioso, al que sus contactos en la embajada alemana impulsan a serlo aún más).

En el invierno del 36-37, Hedilla despliega lo que puede considerarse una estrategia política para colocar a Falange (y a sí mismo como jefe nacional) en el lugar que cree le corresponde en el nuevo Estado en potencia. De esos tiempos son los papeles que con los años los falangistas de primera hora fueron publicando en sus libros, en los que se diseñaba una okupación del Estado por el partido, al estilo fascista, extendiendo los tentáculos azules a cualquier ámbito de la vida nacional.

Hay que decir que a Hedilla, por mucho que le mueva la ambición unida a los intentos del embajador Von Faupel para crear un contrapoder al franquismo (los líderes desleídos siempre son más fáciles de controlar), tiene muchas razones para hacer eso. Como lúgubremente apostó Gil Robles en la sesión de la comisión permanente de las Cortes tras el asesinato de Calvo Sotelo, Falange es, para entonces, la principal elección de la España golpista. No creo que haya muchas dudas de que, si en zona nacional se hubiesen producido unas elecciones libres en cualquier momento entre, digamos, mayo del 36 y el día que Hitler se suicidó en Berlín, Falange las habría ganado de calle. Hemos de recordar que el propio Franco tardó la friolera de 17 años tras el final de la guerra en pronunciar un discurso de alto calado sin citar a la persona de José Antonio Primo de Rivera.

En ese momento procesal en que el hedillismo cree nacer, Franco se deja querer. Apoya de una forma más o menos tácita los esfuerzos de Hedilla, aunque matizándolos desde el primer momento con el pie forzado de la unificación, que probablemente Hedilla aún piensa, en ese momento, que se producirá bajo su mando (o, si hemos de creer al Hedilla valetudinario que impulsa la publicación de sus confesiones al final de su vida, bajo el mando de un falangista distinto de él, como Raimundo Fernández Cuesta por ejemplo). El también falangista Felipe Ximénez de Sandoval le contó a la historiadora Sheelagh Elwood que en fecha tan temprana como finales del 36, Franco y Hedilla le encargaron un dictamen jurídico sobre la unificación de Falange y tradicionalistas, que eran para entonces las fuerzas políticas con presencia real en la zona nacional.

Este buen rollito hedillo-franquista, con sus ecos de una unificación en la que el cántabro va a pillar cacho, hace saltar todas las alarmas en Sevilla, donde Sancho Dávila decide reaccionar y actuar por su cuenta. ¿Cómo? Fácil: entregando a Franco la cabeza de una Falange sometida, unificada bajo su mando (de Franco), en bandeja de plata. Es Sancho Dávila quien, a mi modo de ver, pone la primera viga maestra del franquismo, entendido éste como movimiento político y no bélico-militar. A partir de sus movimientos, estar a bien con Franco se convierte en la mejor moneda para medrar en el nuevo régimen, que es justo lo que el general quiere.

Entre enero y febrero de 1937 se produce una carrera entre camisas azules para llegar primero a un acuerdo con el carlismo; carrera que se estrellará donde se estrellaron las pacientes negociaciones de Emilio Mola antes del golpe del 36. Sancho Dávila comienza sus contactos con el conde de Rodezno casi en los mismos días en que Hedilla envía a otro falangista andaluz, Pedro Gamero del Castillo, de viaje a Lisboa con el mismo objetivo. Gamero y su acompañante, José Luis Escario, se encontrarán sin embargo en Mérida con Sancho Dávila, quien les acompañará a Lisboa de carabina.

En Lisboa, como digo, las negociaciones descarrilan por lo de siempre. Lógicamente, el carlismo no sólo quiere el regreso de la monarquía, sino que ésta llegue en la forma de un regente carlista. A lo cual los falangistas se niegan, aceptando únicamente, y creo yo que como mal menor, una monarquía alfonsina. Ésta es la segunda pilastra del franquismo: la designación de Franco como generalísimo con el apoyo monárquico deja cerrada la vía de que España, tras la guerra, siga siendo una República, sólo que conservadora e incluso orgánica. Así las cosas, sólo quedan dos salidas: o la vuelta a la monarquía (constitucional, a la griega, vaya usted a saber...) o una dictadura personal. La actitud, sobre todo, del irredento Fal Conde, hará tan difícil la primera de estas dos alternativas, que la segunda caerá casi como fruta madura.

Hedilla, cada vez más nervioso con los avances de los falangistas sureños, decide mover pieza por su parte. En marzo, en Villarreal de Álava, se entrevista personalmente con José María Lamamié de Clairac y José María Arauz de Robles, ambos conspicuos tradicionalistas. El 12 de abril, la reunión es en San Sebastián con José María de Areilza; es decir, con los monárquicos alfonsinos. Claramente, el jefe nacional de Falange trata de cerrar el contrato antes de que otros compren.

Ese mismo día de abril, sin embargo, también ha comenzado a mover ficha el habitualmente cauto general Franco. Probablemente informado puntualmente de las gestiones de Dávila, es ya totalmente consciente de que la unificación no va a ser cosa fácil, por las resistencias de los carlistas, y porque Hedilla, cada vez, estorba más. Así pues, en tal día se reúne en Salamanca con José Martínez Berasain, el conde de Rodezno y el conde de la Florida. El importante es el de enmedio porque Rodezno, al contrario que sus correligionarios más ultramontanos, no está por la regencia carlista, así pues es más proclive a soluciones de compromiso.

En algún momento entre ese día 12 y el 15, Hedilla es informado de estos movimientos, y decide dar el golpe de mano partidario: el 15 convoca, con carácter de urgencia, al Consejo Nacional de Falange, el día 25 en Burgos.

Se convoca este Consejo para resolver de forma permanente el liderazgo de Falange; repito, de Falange, no del partido unificado. Por lo tanto, es obvio que Hedilla no tiene toda la información; que el equipo médico habitual (los Franco, Francisco y Nicolás; Ramón Serrano Súñer, y algún otro) le están mareando la perdiz. Porque para entonces, si queremos que los hechos cuadren, tenemos que admitir que Franco ya ha decidido unificar Falange y tradicionalistas bajo su mando político. Pero eso es algo que Hedilla, o bien no sabe y por eso cree que todavía puede ser jefe de Falange; o bien sabe, y entonces la convocatoria es un órdago a la grande contra el general.

Esta convocatoria de Consejo Nacional, como ya se ha contado, es la que dispara los llamados sucesos de Salamanca, esto es la intentona de un cuatriunvirato de falangistas, formado por Dávila, Agustín Aznar, Rafael Garcerán y Jesús Muro, de cesar a Hedilla, respondida por éste con el gesto de enviar a cuatro camaradas a cargarse a Sancho Dávila en su cama; intentona que termina con la muerte de Manuel Alonso Goya y del guardaespaldas Manuel Peral.

El domingo 18, una vez recuperado el control de la Jefatura Nacional que habían tomado los conspiradores, Hedilla preside el Consejo Nacional que lo elige jefe; pero esto ocurre, lejos de lo que él había imaginado, en un clima enrarecido. Probablemente, Hedilla pensaba que sería nombrado jefe en un ambiente de asunción indiscutida de ese liderazgo y negociaciones avanzadas para fagocitar otros movimientos políticos del bando nacional. La realidad es muy otra: el liderazgo es aceptado en medio de grandes polémicas, con la mitad de Falange en desacuerdo y, para colmo, las negociaciones con otras fuerzas políticas, otros las tienen más avanzadas que él.

Tan avanzadas que es en la noche de ese domingo 18 cuando Franco da una alocución radiada en la que anuncia la unificación de Falange y tradicionalistas bajo la marca blanca dictatorial Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas. Bajo su mando. El martes 20 de abril, el BOE publica el decreto 255 que entierra toda posibilidad de independencia política de Falange, y vincula para siempre, les guste o no a los falangistas de primera, mediana y última hora, su destino al de Franco.

Los falangistas, vivos y muertos, siempre han defendido, de una u otra manera, que todo lo que movió a Franco a esos movimientos, sus maniobras orquestales en la oscuridad realizadas personalmente o teledirigiendo a Dávila, fue Falange y su intento de acaparar el poder político del nuevo Estado. Pero no es verdad. En realidad, la unificación es hija de más cosas, incluso más importantes. Sobre todo, lo que yo llamo la conspiración de las tres C.

La imaginería historiográfica al uso quiere ver en el bando de Franco a unas fuerzas internacionales, italianos y alemanes, totalmente entregadas a los deseos y necesidades del bajito general ferrolano. Claro que la imaginería también dice que Dios le araba los campos a San Isidro, y no por eso hay que creérselo. La Historia de las relaciones entre Franco y sus proveedores está, en parte, aún por escribir; quizá no se escriba nunca. Que Hitler no tenía especial predilección por Franco es bastante claro (de hecho, el general que le gustaba era Muñoz Grandes, por razones obvias); que Mussolini sólo era amigo de sí mismo, también. El italiano, además, nunca ocultó que su fórmula para España era la que él tenía en Italia, esto es una monarquía de chichinabo que delegaba los poderes efectivos en la persona de un líder con los coglioni bien puestos. Otra característica de Mussolini que no hay que olvidar para decodificar estas notas es que el papel que había elegido para sí mismo en la Europa de los años treinta era el de Gran Mediador; así le veremos, por ejemplo, en el conflicto de los sudetes. El Beni sabía bien que Italia no era Alemania, que su rearme no era el de la Reichswehr, así pues no podía jugar el papel de Hitler. Por ello, su intención era engatusar, sobre todo al Foreign Office, con sus inacabables capacidades para negociar con partes ultraenfrentadas y, como histórica Rita Irasema, lanzar perfume sobre Europa.

Lo cual a Francisco Franco Bahamonde, generalísimo de los ejércitos, futuro caudillo de España, Luz de Occidente y Espada de Trento, le ponía de los nervios.

Ya he dicho en un post anterior que uno de los grandes temores de Franco en al menos los primeros 20 meses de guerra es que sus aliados lleguen a algún tipo de entente con Francia e Inglaterra. El general sabía que la guerra española era sólo una de las fichas del parchís geopolítico al que jugaban Berlín y Roma, y que se podían dar muchas situaciones en las que les interesase dejársela comer o, cuando menos, forzar un acuerdo. Nada de esto le servía a Franco, que ya había decidido ser dictador de España, y no podría haberlo sido en una España pasticheada entre el falangismo moderado y las izquierdas no revolucionarias.

Por lo demás, en 1937 Franco tiene pocos éxitos que exhibir. Lo de Madrid se ha empantanado y del Jarama o Guadalajara, mejor no hablar. En una decisión estratégicamente lógica, Franco decide derivar esfuerzos para tomar el norte, aunque no puede sino aceptar que sea el general Mola el que se eche a las espaldas esa labor (y sea, por lo tanto, candidato a llevarse los laureles si la cosa sale bien). Mola, según los planes que Franco lógicamente conocía, tenía previsto tomar el País Vasco y Santander más o menos para el 1 de abril.

Pero hay, ya lo hemos dicho, otro actor: Mussolini, El Beni. Desde el primer día de la guerra, el Duce ambiciona para España convertirla en una segunda Abisinia: una victoria rápida, escasamente costosa, que le permita al dictador recibir vítores en Roma sin la desagradable circunstancia de tener que descargar muchos ataúdes de los aviones y barcos. De ahí sus prisas por enfangarse en Málaga cuando era necesario en el Jarama y Guadalajara, detalle que desesperó a Franco. Sin embargo, entrado 1937, ya es obvio que los italianos están implicados en una guerra que será larga; se avanza hacia el norte con gran dificultad. En ese punto, hace falta una idea brillante. Y Mussolini cree tenerla.


Una paz limitada al País Vasco, justificada por la condición católica del nacionalismo local, intermediada por Roma. Aplausos con las orejas en el Vaticano. El Foreign Office: well done, pal! La Prensa internacional: Mussolini apuntala la paz en Europa. Así las cosas, puedes seguir apaleando comunistas por las calles hasta que se te pelen los dedos, y el mundo, sin embargo, hasta te dará las gracias.


A finales de marzo del 37, Cavaletti, cónsul italiano en San Sebastián (y la primera C de la conspiración de las tres C), entra en contacto con José Antonio Aguirre para insinuarle esta solución. El vasco, que probablemente para entonces sabe bien que ni cinturón de hierro ni leches, o sea que el País Vasco se lo va a aplicar Franco por la patilla más pronto que tarde, le dice que de maravilla. Cavaletti informa al embajador italiano Cantalupo (segunda C), quien se la cuenta al ministro de Exteriores italiano, conde Ciano (tercera C), quien se lo cuenta a Franco. Al general, cuando oye esto, los huevecillos se le sueltan del escroto y salen rebotando por el empedrado salmantino, cuesta abajo.

El 12 de abril de 1937, o sea el mismo día que Hedilla trata de cerrar una OPA a los alfonsinos y Franco en Salamanca está terminando de zurzir la unificación con los carlistas, Ciano le comunica a Cavaletti que Roma está por la labor de cerrar el acuerdo vasco; o sea, que pasa de Franco. Los italianos están ya totalmente informados del proyecto de Franco de convertirse en cappo di tutti cappi, porque, entre otras cosas, lo dice, negro sobre blanco sólo que en italiano, un informe que Catalupo entrega en Roma el día 5 de abril. La decisión de Mussolini, pues, es informada y medida. Sabe perfectamente que con su proyecto trabaja en contra del liderazgo de Franco; pero no le importa porque, como ya he dicho, lo que él quiere es poder asomarse al balcón y poder decir que ha resuelto lo de España.

Por lo tanto, no creo que sea cierto que Franco realizase la unificación por los follones de Falange. Más bien parece que la tuvo que aplazar unos días por dichos follones, porque lo que la información sugiere es que lo habría hecho en torno al 15 o 16. Sin embargo, para entonces los camisas azules andaban a tiros entre ellos, así pues tuvo que esperar. Pero lo que me parece claro es que tomó esta medida para apuntalar su liderazgo frente a un escenario en el que los generales guerreros quizá podrían perder peso, porque la propia guerra se debilitaría como tal si, verdaderamente, en una de las zonas republicanas se llegaba a una paz negociada. Si el País Vasco hubiese llegado a una paz negociada con aval internacional, habría sido, en mi opinión, absolutamente imparable un movimiento en la misma dirección por parte de Companys en Cataluña. La Esquerra, partido burgués al fin y al cabo, podría haber intentado descabalgar a las izquierdas revolucionarias de su gobierno para hacer aparecer a Cataluña como otro territorio merecedor de la comprensión internacional; con los apoyos adecuados, habría podido ganar esa guerra civil dentro de la guerra civil. Si Cataluña hubiese alcanzado esas condiciones de entente, el papel de Franco habría quedado capitidisminuido.

Franco, hecha la unificación, actúa inmediatamente contra Hedilla, a pesar de que inicialmente su oposición a la unión es tibia. Asimismo, comunica a los vascos unas condiciones de paz tan leoninas que son inaceptables y, por el camino, el 26 de abril, bombardea Guernica; siempre me ha extrañado que no se diga más de lo que se dice que la función de este bombardeo fue, precisamente, forzar a los vascos a distanciarse de la solución italiana (obsérvese el pequeño dato de que el principal apoyo que recibe Franco para esto es de Hitler; lo cual sugiere que los intereses de ambos líderes fascistas, al menos en ese momento, no iban por el mismo camino). Y, por el camino (siempre el manejo de los tiempos) avanza en el Norte para hacerlo suyo. Y digo avanza porque avanza él; como es bien sabido, Mola muere el 3 de junio. Justo a tiempo para ceder los laureles.

Semanas después, con Vizcaya en su mano, Franco puede decir que ha comenzado a ganar la guerra. Ya no hay ningún general que le haga sombra. Es, además, la principal figura política de la España nacional, y la única figura que ha pretendido hacerle sombra se enfrenta a dos consejos de guerra. Ha vencido, además, a la conspiración de la triple C: Cavaletti, Cantalupo, Ciano.

Siete, ocho meses a lo sumo. De general primus inter pares a caudillo de España por la Gracia de Dios. De Franco se pueden decir muchas cosas malas, todas ciertas. Pero hay que reconocerle que el sprint al Poder lo hizo de cine.

lunes, junio 13, 2011

El plan de Hitler contra el desempleo

Creo haberme leído en torno al 80% de los discursos públicos de Adolf Hitler. Alguno de ellos, incluso, lo tengo en edición realizada por la embajada alemana en Madrid, en los tiempos en que España era fascista. Y desde esa experiencia doy mi opinión de que el más vibrante de todos, probablemente el más trabajado, es el que declamó, con su particular prosodia, en septiembre de 1936 en Nuremberg, durante la reunión monstruo del Partido Nacionalsocialista Alemán NSDAP.

La cosa tiene su lógica. Aquella reunión, de alguna manera, marca el punto más alto del hitlerismo. El momento en que el canciller se presenta ante su pueblo para recordarle que en enero del 33 se comprometió a levantar una nación hundida en la miseria y el pesimismo y que, cuando menos desde su punto de vista, lo había conseguido, además, «sin que haya aparecido un solo judío en la dirección espiritual del pueblo alemán».

La idea-fuerza de aquel discurso fue, pues, sencilla: he cumplido. Y esto es algo que la historiografía no suele negarle al nazismo. Realmente, cumplió su promesa de darle la vuelta a la situación económica del país. En la realidad, no es oro todo lo que reluce porque, cuando el NSDAP ganó las elecciones, las semillas de la recuperación alemana ya estaban en buena parte plantadas. Pero éste es el destino de los políticos en materia económica: comerse marrones que generaron otros y ver como los otros se lucran de sus éxitos.

El gran éxito de Hitler, que de todas formas a veces se intenta relativizar, fue el descenso del desempleo. En aquellos cuatro años, Alemania pasó de tener 6 millones de desempleados a tener 776.000. Cierto que no faltaron trucos estadísticos (entre otros, no considerar desempleados ni a los judíos ni a muchas mujeres), pero un maquillaje de ese calibre es imposible. Estas notas van de cómo lo hizo, además de mediante su carrera de armamento, que lógicamente empleó a mucha gente.

La primera cosa que hay que tener en cuenta es que reducir el desempleo es mucho más fácil cuando se es fascista. Por definición. El fascista es un tipo que sirve a una idea superior, como la nación, y supedita todo a esa servidumbre, que le es impuesta a todos. Un fascista ve diferencias entre obreros y empresarios, entiende que son distintos, pero, al mismo tiempo, les exige que, cuando se trata de objetivos comunes, no se anden con diferencias ni polladas. Más que exigirles, no se lo permite. Por eso los fascistas implantan con tanta facilidad esquemas paramilitares, lo cual se lo pone mucho más fácil a la hora de resolver cosas como el desempleo.

¿Qué fue lo que hizo? Pues mediante dos grandes políticas.

El servicio obligatorio de empleo y el fomento de la actividad. Lo primero que hizo Hitler fue una especie de mezcla entre el New Deal de Roosevelt y el Plan E. En junio de 1933, creó el Servicio Obligatorio de Empleo (donde, nos informa la propaganda nazi, «el hijo del pobre trabaja junto al joven de familia rica»), que fue, en realidad, un modo semimilitar de comenzar a exigirle a los parados que se ganasen los 23 pfennings diarios que se llevaban de seguro de desempleo. La mayoría de estos trabajadores vivía en barracas y seguía un régimen semimilitar. En este ámbito, el Estado impulsó grandes obras públicas (de ahí la analogía con el New Deal), entre ellas la red de autobahn o el canal destinado a comunicar la Renania minera con el río Elba y los puertos del Báltico.

El Estado fomentó que los trabajadores de menos de 25 años se apuntasen al Servicio, argumentándoles que debían dejar el puesto de parados libre para los trabajadores padres de familia. Helmut Stellbrecht, uno de los teóricos de este plan, calculó en su día que el Servicio Obligatorio costaba unos 350 millones de marcos al año, fundamentalmente por el sueldo de medio marco diario por trabajador más los 50 que se le pagaban al marcharse; pero que, a diferencia de la subvención a los desempleados, generaba unos 1.100 millones de beneficios. También calculó (pero no olvidemos que son cálculos de parte) que la construcción de la red de autopisas empleó a 200.000 personas, pero creó 300.000 empleos indirectos.

Esta política, en todo caso, corrió paralela con el fomento del empleo por parte de los empresarios; asunto en el cual la Alemania de Hitler apostó, sin ningún tipo de ambages, por el sector de la construcción.

La ley de junio de 1933 conformó un monstruoso Plan E, por el cual se habilitaban ayudas de 1.000 millones de marcos para que comunas y particulares aborden obras sobre todo de rehabilitación; ayudas que se reforzaban con más dinero si el edificio a rehabilitar tenía algún valor histórico o artístico y el propietario demostraba no disponer de medios suficientes. Junto con la rehabilitación, se beneficiaron de las ayudas los proyectos para la urbanización de barrios periféricos de las ciudades y zonas rurales, instalación en áreas rurales de las acometidas de agua, electricidad o gas, y el alcantarillado.

Una condición obligatoria del plan es que estas obras se realizasen sin el concurso de máquinas, salvo que fuesen totalmente indispensables (como las grúas de construcción). Así, la ley se garantizada que los proyectos eran más intensivos en empleo de lo que ya es de por sí la construcción.

Los desempleados adscritos a la obra seguían percibiendo sus 23 pfennings diarios, esto es el Estado seguía considerándolos desempleados. Si permanecían cuatro semanas en el tajo (esta medida nos enseña que, probablemente, el absentismo debía de ser un problema entonces) se le pagaban 25 marcos que, por lo tanto, venían a unirse a los más o menos 5 marcos que se habían ganado del seguro de desempleo. Sin embargo, el nazismo, que como todos los movimientos totalitarios quería salvar al individuo de su propia ignominia (en el caso que ahora contamos, el alcohol y las putas), no pagaba en dinero, sino en vales de economato, con los que el poseedor sólo podía comprar ropa y menaje. No se tenía en cuenta en los bonos la comida porque el empleador estaba obligado a facilitar al trabajador comida caliente todos los días, o su contravalor. El NSDAP, como vemos, consideraba el subsidio de 23 pfennings una limosna, y su política de desempleo está dirigida, en su centro, a transmitirle la idea de que algo ha de hacer para ganárselo.

Los empresarios, por su parte, fueron objeto de una política fiscal específica. Recibían descuentos en sus impuestos si empleaban nuevo personal. Además, se dictó una amnistía fiscal por la cual el defraudador quedaba exento de toda multa o pena si invertía lo defraudado en su negocio.

La eliminación de la mujer trabajadora. Está claro que aquella economía que retire a la mujer del mercado laboral está reduciendo su problema de empleo a la mitad. A esto hay que unir que Adolf Hitler era una persona profundamente machista, hasta el punto de que algunos historiadores como Toynbee sostienen, y es una teoría que no está exenta de base, que perdió la guerra por su machismo, puesto que prefirió importar a las fábricas alemanas trabajadores forzados de los países invadidos, especialmente Francia; trabajadores desmotivados cuando no saboteadores, en lugar de meter a las mujeres en las factorías.

Consecuentemente con esta manera de pensar, un elemento fundamental de la política de empleo de la Alemania nazi fue impulsar a la mujer a no entrar en el mercado laboral, o abandonarlo si ya estaba dentro.

La propaganda nazi declaró sin ambages que la ley de 1933 tenía entre sus objetivos retornar a la mujer a la casa y a las jóvenes que quisieran trabajar al servicio doméstico. La medida fundamental fue fiscal: se equiparó la deducción por hijo menor de edad en el IRPF a la deducción por empleada de hogar. De esta manera, la chacha quedaba fiscalmente asimilada a los niños chicos.

El nazismo, además, implantó en 1933 una política de fomento del matrimonio. Como es bien sabido, no se trata exactamente de la política profamiliar, sino de un punto crucial de la ideología nacionalsocialista, es decir elevar el número de niños arios; aunque no cabe dudar de que el objetivo de sacar a las mujeres del mercado laboral era tan importante o más que ello.

Esta política se basó en la concesión a los nuevos matrimonios de préstamos de mil marcos (un pastón; recordemos que eso era lo que ganaba un trabajador del Plan E después de currar años) en bonos para adquirir muebles y menaje. Este préstamo se concedía sin intereses y se devolvía en 100 pagos mensuales. Pero, ojo al dato: para conceder el préstamo, el plan de Hitler exigía que la mujer que se casaba estuviese empleada, y se comprometiese a dejar su puesto de trabajo. La propaganda nazi de la época destacaba que se había llegado a una situación en la que muchos empresarios preferían contratar mujeres (lo cual, al parecer, era algo terrible), por lo que los demógrafos nazis consideraban que, de mantenerse la situación, los matrimonios caerían en picado.

Los préstamos de 1.000 marcos se financiaban mediante un impuesto especial que se instituyó a la soltería. Impuesto que al menos yo debo confesar que desconozco si el Führer pagó alguna vez. Claro que Hitler, ésta es otra, no tenía más ingresos que los profesionales. No cobraba por ser canciller ni por presidir el NSDAP. Toda su vida en la jefatura de Alemania vivió de los derechos de autor de su libro Mein Kampf; que era, en todo caso, de lectura, ergo compra, obligada en diversos estamentos de la vida germana.

Sólo en los doce primeros meses de la ley se concedieron 300.000 préstamos de este tipo, por lo que hubo otras tantas mujeres que abandonaron sus empleos y se pusieron a fabricar arios.

En este intento por crear más unidades familiares que impulsasen la retirada de las mujeres del mundo del trabajo, el régimen impulsó la creación de colonias de trabajadores industriales alrededor de las grandes factorías, en los que cada trabajador recibía hasta 3.000 metros cuadrados y préstamos de hasta 3.000 marcos (2.000 el Estado y 1.000 la empresa) para construirse la casa. El tamaño del terreno estaba estudiado, según nos dice la propaganda nazi, para que cada obrero se convierta en pequeño agricultor y así, cito, «la mujer encuentre suficiente ocupación en el cuidado de la huerta, no necesite trabajar en la fábrica y pueda dedicar su tiempo a la familia»

Sé que los católicos (o sea, las sociedades de raíz católica), como somos tan dados a darnos golpes de pecho y nos han enseñado repetir aquello de por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, tendemos a pensar que somos lo peor. Pero no tiene por qué ser exactamente así y de hecho el centro de Europa, impregnado de un catolicismo distinto cuando no de protestantismo o calvinismo, tiene hondas raíces regresivas, una de las cuales es el sexismo. Erasmo de Rotterdam, que tanto tiene para muchos de personaje equilibrado y justo, dejó escrito que bueno es que las niñas reciban algún tipo de cultura, pero se mostró en contra en que se las educase en las letras por ser ello inútil y, además, afirmaba que la preeminencia de la mujer sobre el hombre es algo contra natura, porque, una vez que se violenta y encabrona, la mujer es mucho más cruel que el hombre.

Por mucho que la Historia pueda exhibir ejemplos extraños como el de Hildegarda von Bingen, hay muy pocas cosas en el pasado de nuestros vecinos del centro del continente que avale una posición respecto de la mujer ni medio mejor que la de nuestros bisabuelos. Así las cosas, las medidas de Hitler cayeron en campo abonado, fructificaron con enorme facilidad, y fueron incluso ilusionadamente apoyadas por las propias mujeres alemanas.

Y, de alguna manera, aquella victoria contra el desempleo fue el primer paso hacia la segunda guerra mundial, pues de ninguna manera Hitler habría podido tensionar la cuerda de Europa tanto y tantas veces si hubiese gobernado sobre una sociedad cabreada y temerosa.