sábado, septiembre 17, 2011

Kronstadt

Las revoluciones no tienen más remedio que eclosionar en momentos jodidos. Como escribió una vez el politólogo Karl Deutsch, la decisión política básica se produce entre orden y caos; y, esto lo añado yo, en tiempos de bonanza general sólo los muy frikis apuestan por lo segundo. Sin embargo, cuando pintan bastos en las calles, en las casas, en los cuarteles y en las panaderías, hay mucha más gente que, por no tener nada que perder y sí mucho que ganar en el caos, se apunta a bombardear lo que sea necesario.

Es por esta razón que cuando se produjeron las revoluciones rusas (y es que yo veo dos: la que echó al zar y la que echó del nido revolucionario a todos los pajaritos que no fuesen el pájaro cuco leninista) la situación fuese, más que mala, malísima. La Rusia heredada por Kerenski primero, y Lenin-Trotsky después, estaba hecha unos zorros. A Kerenski, teórico representante de la mayoría, le acabó costando muy cara su decisión de seguir en guerra con Alemania, pues el deseo de cambiar esto, mucho más que el deseo de construir la dictadura del proletariado, alimentó los pies de la masa que pasó por el Palacio de Invierno como la Acorazada Brunete.

Instalados los bolcheviques en el machito, y sobre todo porque estaban dispuestos a no compartir el nido con nadie más anymore (cosa que cumplieron durante 70 años), su principal objetivo fue parar la guerra. Como es bien sabido, enviaron a Trotsky a negociar con los alemanes, que a las primeras de cambio sólo enviaron militares a la mesa. La combinación entre la urgencia que tenía Lenin por parar el belicismo ruso y el hecho de que Trotsky no era ningún genio militar que digamos tuvo como consecuencia que la paz de Brest-Litovsk estuviese preñada de triles que los bigotudos mariscales de campo teutones le vendieron al revolucionario judío, y que éste se tragó como ruedas de molino. Pero, al fin y a la postre, Trotsky volvió a Petrogrado con la paz debajo del brazo.

Llegado el momento de la paz, llegaba el de la construcción del socialismo. Comenzaron las medidas socializadoras, sobre todo en el campo, porque el leninismo, para mi gusto con gran acierto, se sentía razonablemente seguro de las masas proletarias urbanas, pero sabía que en las zonas rurales no las tenía todas consigo. El bolchevismo se aplicó con dureza con el campo, y esto despertó los recelos de sus antiguos socios: socialrevolucionarios, anarquistas, comunistas de izquierda (curiosa expresión, que incluso los hagiógrafos de la URSS utilizan, pese a que automáticamente presume la existencia de un comunismo de derechas); y, por supuesto, mencheviques, kadetes, liberales, etc.

A las innúmeras torpezas y violencias de Lenin y Trotsky les vino a salvar la impaciencia occidental. A las otrora aliadas de Rusia en la Gran Guerra, la paz unilateral soviética les había jodido bastante, entre otras cosas porque Trotsky la negoció tan de puta pena que no logró evitar, aunque juró que lo haría, que dejar de luchar en el frente ruso reforzase a los alemanes en el frente occidental. Entre esto y el internacionalismo de Trotsky, que llevaba a los bolcheviques a estar todo el día llamando a la rebelión a los proletariados de las otras naciones (esto encuentra su lógica en que Lenin esperaba soltar presión hacia la URSS mediante una revolución comunista en Alemania), Francia e Inglaterra acabaron mosqueándose y decidiéndose a apoyar a los contrarrevolucionarios. En junio de 1918, galos y brits desembarcan en Murmansk y Arkangel y nombran un gobierno del Norte de Rusia. Como ese toro que se lanza a cornear al compañero de manada al que de repente ve débil, los japoneses respondieron entrando en el país por Vladivostok.

Para responder a esta situación es por lo que Lenin dictó el comunismo de guerra que, en mi opinión, debería llamarse comunismo a secas, pues no significó otra cosa que la aplicación hasta el final del catón marxista, la estatalización de absolutamente todo, del control total de lo que las personas poseían o consumían, y todo ello al servicio del esfuerzo bélico.

A Lenin no le salieron las cosas bien. En Alemania, el régimen burgués que él consideraba podrido y a punto de derrumbarse se llevó por delante a Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht, aplazando con ello la revolución comunista en Alemania sine die. El almirante Kolchak atacó desde Siberia, Yudenich en la zona de Petrogrado, y Denikin en la de Moscú. Hay quien ha escrito que en varios momentos entre 1918 y 1920, apenas dos divisiones razonablemente pertrechadas podrían haber tomado Petrogrado con la punta del nabo. Pero no hubo tal. Lenin, o más bien Trotsky, multiplicándose en los frentes en aquél su famoso tren que se recrea en Doctor Zhivago, logró sacar petróleo de un Ejército Rojo que tenía más voluntad que otra cosa. Entre eso y el esfuerzo sobrehumano que se le exigió a la población, la guerra terminó por ganarse.

En marzo de 1920 se celebra el primer acto que podríamos decir normal de la etapa bolchevique: el IX Congreso del PCUS. Lenin convocó esa reunión para poner el contador a cero y llamar al país a una especie de Plan de los Mil Días, durante los cuales la economía sería robustecida, los pequeños negocios permitidos, las infraestructuras construidas... lo normal en un país que quiere salir de la mugre. Sin embargo, para su desesperación se encontró con lo que podríamos denominar la oposición bolchevique. Una parte de esta oposición se centra en el Ejército Rojo, al que quiere convertir en unidades de milicianos que hagan guerra de guerrillas y no sean, en modo alguno, un ejército jerarquizado y disciplinado; este mismo problema, por cierto, se lo encontrarán los comunistas otra vez en la guerra civil española y entonces, como en la URSS, conseguirán hacer valer su criterio de que debe construirse un ejército como tal. La otra vertiente de la oposición a Lenin está formada por los comunistas más anarcoides, asamblearios, que exigen algo así como un régimen de soviets de verdad y que, por lo tanto, las fábricas, los barrios, los hospitales, etc., no los gobiernen burócratas desde Moscú, sino asambleas de trabajadores.

Lenin bien podría haber perdido esa batalla, porque esas teorías tenían mucho eco fuera del partido bolchevique entre socialrevolucionarios y, sobre todo, anarquistas. Pero, una vez más, la flor le brotó en el culo en forma de guerra. Los polacos invadieron Ucrania y la necesidad de ir a la guerra lo borró todo. La URSS contraatacó, apisonó a los polacos y puso proa hacia Varsovia; pero tuvo el problema de que el comandante de su ala izquierda se desvió en exceso en su avance, y por el espacio que dejó libre se coló el mariscal Pilsudsky, obligando a los soviéticos a retirarse con el fusil entre las piernas.

Aquel comandante se hacía llamar, ya por entonces, Stalin. Por supuesto, la historiografía soviética le echa la culpa del error a Trotsky, faltaría más.

Producida la victo-derrota de los soviéticos, las tensiones internas regresaron. Todos los no bolcheviques comenzaron a cargar contra Lenin a todo trapo. 1920 terminó con manifas en Petrogrado donde a Zinoviev, presidente del soviet local, le llamaban de todo menos bonito; y, poco a poco, el ambiente social en la ciudad se hizo más contrario al bolchevismo. Zinoviev declaró el estado de sitio.

Cerca de Petrogrado estaba la base naval de Krondstadt. Sabido es que, por motivos que sería interesante explorar algún día, en general los hombres de mar suelen ser más cultivados y concienciados que la media. Marineros de Kronstadt participaron en la pre-revolución de 1905, y habían recibido a Lenin en la Estación de Finlandia. De hecho, el 13 de enero de 1918, cuando en un Petrogrado convencido de que Alemania iba a atacar a Rusia de nuevo se celebró una reunión del Comité Central (a la que Lenin, siempre tan valiente, no asistió, dejándole el marrón a Trotsky), portavoces de diversas unidades militares fueron invitados a hablar. Uno por uno, todos los comisarios de las divisiones subieron a la tribuna para quejarse de estar mal alimentados y peor pertrechados, y echar la culpa a los bolcheviques de la situación. El único discurso que escucharon los jerifaltes rusos favorable a sus tesis fue, precisamente, el de Baranov, representante de la flota.

Más pruebas. El primer acto de los bolcheviques tras forzar la disolución de la Asamblea Constituyente y la ilegalización de facto de todos los partidos revolucionarios distintos de ellos, fue asesinar a dos ministros mencheviques: A. I. Shingarev y F. F. Kokoshkin. Estos dos ministros se encontraban encarcelados en la fortaleza de los santos Pedro y Pablo y fueron trasladados el 19 de enero de 1918 al Hospital de María, con la excusa de su delicada salud. A la una de la madrugada del 20, unos militares entraron en la sala pretextando que tenían que auditar la situación de los detenidos para comprobar que estaban bien aunque, en realidad, lo que hicieron fue matarlos. Como responsable de estos sucesos se llevó a encarcelar a dos de los guardias del hospital, Kulikov y Baskov. El primero de ellos fue colocado en la misma celda que el coronel Kalpashnikov, otro señor que tuvo una experiencia directa del concepto bolchevique, o más bien troskista, de Justicia (cualquier día, si hay tiempo, contaremos el caso Kalpashnikov); coronel que escribió un libro de su cautiverio en el que incluía el relato de una conversación con Kulikov en el que éste ofrecía datos muy precisos de que habían sido los marineros los que habían realizado la acción criminal.

Once upon a time, pues, los marineros de Krondstadt habían sido devotos comunistas; pero, en realidad, su intenso espíritu revolucionario les había hecho virar, con el tiempo, hacia posiciones más cercanas al anarquismo. El anarquismo, además, se nutría, como ocurrió también en España en la primera mitad del siglo pasado, del descontento de ver que los avances de la sociedad comunista no se producían.

Los marineros de Kronstadt enviaron a una delegación a Petrogrado para hablar con los manifestantes y conocer sus reivindicaciones. Esa delegación regresó apoyando al cien por cien las reivindicaciones de las manifas.

El 28 de febrero de 1921, la tripulación del buque Pretropavlosk elabora un manifiesto que hace público el 1 de marzo. Es éste:

Habiendo oído a los representantes de las tripulaciones enviados por la Asamblea General de las brigadas navales para informarse sobre la situación en Petrogrado, los marineros han decidido:

1.- Dado que los actuales soviets no expresan la voluntad de los obreros y campesinos, organizar inmediatamente reelecciones a los soviets con voto secreto y tratando de realizar una propaganda electoral libre.

2.- Exigir la libertad de reunión y la libertad de organizaciones sindicales y campesinas.

3.- Exigir la libertad de palabra y prensa para los obreros y campesinos, los anarquistas y los partidos socialistas de izquierda.

4.- Organizar, lo más tarde para el 10 de marzo de 1921, una asamblea de obreros sin partido, soldados y marineros de Petrogrado, de Kronstadt y del departamento (provincia) de Petrogrado.

5.- Liberar a todos los prisioneros políticos de los partidos socialistas, así como a todos los obreros y campesinos, soldados y marineros detenidos, de los diferentes movimientos obreros y campesinos.

6.- Elegir una comisión para la revisión de los expedientes de los detenidos en prisiones y campos de concentración.

7.- Suprimir todas las secciones políticas, puesto que ningún partido debe tener privilegios para la propaganda de sus ideas, ni recibir subvenciones del Estado. En su lugar, deben crearse círculos culturales con recursos procedentes del Estado.

8.- Suprimir inmediatamente los destacamentos de control.

9.- Igualar la ración para todos los trabajadores, excepto en los oficios insalubles y peligrosos.

10.- Suprimier los destacamentos de choque comunistas en las unidades militares y desaparición del servicio de guardia comunista en las fábricas. En caso de que estos servicios de guardia sean necesarios, designarlos por compañía de cada unidad militar, teniendo en cuenta la opinión de los obreros.

11.- Dar a los campesinos completa libertad de acción, así como el derecho a tener ganado, que deberán cuidar ellos mismos sin utilizar trabajadores asalariados.

12.- Pedir a todas las unidades militares, así como a todos los camaradas oficiales, que se adhieran a estas resoluciones.

13.- Exigir que se dé en la prensa una amplia publicidad a todas las resoluciones.

14.- Designar una oficina de control itinerante.

15.- Autorizar la libre producción artesanal, sin utilizar trabajo asalariado.


Los quince puntos del manifiesto del Pretropavlosk contienen lo que mucho comunista de oído cree que reivindicaban los comunistas soviéticos en aquellos años; es posible, de hecho, que los marineros de Krondstadt lo pensaran también. En su manifiesto, de hecho, hay mucho marxismo: considerar que sólo los obreros y sus partidos merecen la libertad y poder expresarse (dictadura del proletariado); y la prohibición el trabajo asalariado (asunción básica de la teoría marxista sobre la plusvalía del obrero). Sin embargo, si el marxismo que quizá Lenin podía compartir con ellos está presente, mucho más lo están dos elementos que, lejos de lo que consideran los comunistas de oído, jamás estuvieron en la agenda de los bolcheviques: uno, las consideraciones egalitaristas y anarquistas, que repelían el control estatal; y, otra, la consideración de que todos los revolucionarios tenían derecho al mismo nivel de libertad. O sea, que todos los pajaritos tenían derecho a estar en el nido con el pájaro cuco.

El manifiesto de Krondstadt, lejos de identificarse con el bolchevismo, era un torpedo en su línea de flotación. Un clamor por un cambio en el gobierno en el que los bolcheviques deberían dejar de tener el monopolio.

El 2 de marzo, siguiendo las directrices revolucionarias que habían aprendido en el proceso que luego el régimen soviético sacralizaría como la revolución perfecta, los marineros de Krondstadt eligieron un Comité Provisional, presidido por un marinero llamado Petricenko.

Por lo que se refiere al PCUS, jamás pensó ni remotamente en negociar o acordar nada con los sublevados; que, además, no estaban formalmente sublevados, pues no habían agredido a nadie. Trotsky y Zinoviev fueron designados para gestionar el problema. El 3 de marzo, bajo la inspiración del primero de los citados, los medios de comunicación de Moscú emitieron la noticia de la sublevación en Krondstadt del Petropavlosk, a las órdenes de un fantasmagórico general ruso blanco Kozlovski, que no era más real que Mickey Mouse, puesto que el general Kozlovski, que efectivamente era bastante conservador, había sido precisamente relevado de todo mando por los marineros amotinados. Asimismo, tomando el rábano por las hojas de una forma acojonante, se basaban en el hecho de que un periódico francés (Le Matin) hubiese publicano noticias de la sublevación para concluir que Francia e Inglaterra estaban implicadas en la conspiración, con la ayuda de los socialrevolucionarios.

Lejos de lo que defiende Trotsky a través de estas afirmaciones, todas falsas, la sublevación de Krondstadt no estuvo dirigida por ninguna formación política. Surgió de una forma tan espontánea que se produjo en invierno, es decir en una época en la que los buques no eran operativos por estar helado el mar; cualquier revolucionario organizado habría montado la tangana en primavera o verano. De hecho, los marineros de Kronstadt, aquejaos de un buenismo revolucionario que recuerda en algo a los tiempos presentes, pensaron que su simple ejemplo movería a los demás a unírseles, así pues no tomaron más medida que hacer asambleas. En dichas asambleas se hablaba de un nuevo orden socialista, que sustituiría al orden comunista burocrático.

Con una simpleza que, sin embargo, tiene la virtud de hacerse entender, los marineros de Kronstadt acusaban a la dictadura del proletariado de haberse convertido en dictadura sobre el proletariado. Recuperaban, además, la vieja máxima de Lenin (el desaparecido Lenin) en sus tesis de abril, y que es bien conocida: todo el poder para los soviets. En esas circunstancias, la ideología de Krondstadt viraba a marchas forzadas hacia el anarquismo, y así, para cuando los socialrevolucionarios, a través de Tchernov, intentaron hacerle una OPA al movimiento, ya era tarde. Todo lo que no fuese autogestión les parecía poco.

Trotsky tenía que terminar con Krondstadt para poder convocar el X congreso del partido. El 6 de marzo, esta luminaria de los derechos humanos y las libertades civiles da por escrito orden de preparar lo que haga falta «para aplastar la revuelta y a los rebeldes por la fuerza de las armas».

El 7 de marzo, por la tarde, comenzó el ataque. Aprovechando el terreno de más regalado por el mar helado, las tropas del gobierno (éstas sí, dirigidas, por cierto, un general ex-zarista, Tujachevski) pudieron presentar un frente muy amplio, lo cual hizo difícil, cuando no imposible, la defensa de la plaza. A partir del 8, Trotksy ordena un ataque non-stop, buscando una rendición rápida del puerto que impida la posible rebelión de otros puntos de Rusia. El 16, Tujachevski atacó por el flanco más inesperado, es decir desde el camino de Petrogrado (el área para cuya defensa se construyó Kronstadt). A partir de ese momento, sólo necesitó dos días para tomar la plaza.

Como ya dijo Víctor Serge, Kronstadt marca el momento de la ruptura definitiva entre el anarquismo y el comunismo. Hasta ese momento, ambas ideologías, amalgamadas en su condición obrerista, habían convivido e incluso colaborado. Pero, a partir de ese momento, devienen incompatibles. En Kronstadt, el comunismo como forma de gobierno se muestra con dos características fundamentales: en primer lugar, como gobierno absolutamente pragmático, por lo tanto capaz de la mentira y el engaño con tal de defender sus intereses; en segundo lugar, como régimen totalitario, en el sentido de régimen que no sólo pretende prevalecer sobre los demás, sino que también pretende hacer desaparecer a los demás.

La intelectualidad de izquierdas, por otra parte, se ha pasado todo el siglo XX escribiendo páginas y páginas en las que los marineros de Kronstadt eran tratado con la conmiseración que se le dedica a alquien bienintencionado que, sin embargo, está equivocado. Así, en efecto, son tratados los marineros de Krondstadt: buenos chicos que se empeñaron en no darse cuenta de que Lenin y Trotsky eran dos gobernantes amenazados por potencias exteriores, por la resistencia interior y la amenaza de los rusos blancos; eran, pues, unos pobres chicos que no tuvieron más remedio que acallar todas las voces que no fuesen la suya, meter a los opositores a puñados en las checas, joderle la vida a miles de personas, cuando no asesinarlas.

Todo eso lo hicieron, estos santos varones, porque no tenían más remedio. Y los burros de la Historia, por lo visto, son los marineros de Kronstadt, que no supieron entenderlo.

miércoles, septiembre 14, 2011

Franco y el poder (14: de nuevo, los equilibrios)

Recién comenzada la segunda mitad de los años cincuenta, el Banco Exterior de España, la entidad financiera pública con oficinas en el extranjero y que por eso era utilizada para rendir los pagos de las legaciones diplomáticas españolas, carecía de dinero para pagar dichos gastos corrientes. Definitivamente, el sueño económico de Franco se había ido a la mierda.

Ciertamente, el general se había interesado vivamente por la política económica ya desde los años treinta. Pero, a pesar de ello, nunca había logrado superar sus puntos de vista, bastante limitados, propios de un militar. Los militares están acostumbrados a que las grandes unidades de combate sean entes autosuficientes. Los ejércitos albergan en su interior cocinas, panaderías, gasolineras, pequeñas unidades de ingeniería... lo que les hace falta. La idea de Franco era gestionar España como si fuera una enorme brigada mixta. Si, como le repetían sus economistas (a él, a Suárez, a Zapatero...) por donde se va el dinero es por comprar más de lo que se vende, la solución primaria es no comprar y fabricar dentro.

En la década y media que había transcurrido desde el fin de la guerra, sin embargo, Francisco Franco acabó dándose un pelote bien gordo contra el mismo muro contra el que se abrirían la cabeza los jerifaltes soviéticos algunos años más tarde. La autarquía es un experimento estúpido porque un agente económico no puede fabricar todo lo que necesita ni cultivar todo lo que come. De hecho, perder la especialización hacia lo que realmente se hace bien mina la competitividad, con lo que se empuja la moneda hacia abajo, empobreciendo el país.

El mismísimo Josif Stalin, cuando su Unión Soviética se le empezó a gripar, hizo un llamamiento al encumbramiento de los tecnócratas, en oposición a los que él llamaba retóricos. No es mala forma de plantearlo. La España de 1957 necesitaba dejarse de polladas ideológicas y poner el país a funcionar, eliminar la espiral inflacionista y colocar el valor de la moneda en su punto real (entonces, en el entorno de las 60 pesetas por dólar), cosa a la que el resto de los países de nuestro entorno económico no eran muy proclives.

El gobierno tecnócrata tiene como primera conclusión colocar una notable sordina al debate ideológico del franquismo. Malos tiempos para los retóricos. Es en los primeros tiempos del nuevo gobierno, por ejemplo, que Franco comienza a atreverse a hacer discursos públicos en los que, anatema, no cita ni la persona ni las palabras de José Antonio Primo de Rivera. El equipo gubernamental habitual, además, con escasos elementos ideológicos como ya hemos visto, prepara una Ley de Principios Fundamentales del Movimiento, ya totalmente alejada de la técnica jurídica fascista (doce años lleva Hitler muerto), que será aprobada en mayo de 1958 sin grandes alharacas. Antes, con menos ruido aún, el equipo de López-Rodó ha preparado una legislación sobre régimen jurídico de la Administración, buscando que el franquismo deje de ser ese coto en el que los amigos del general hacen y deshacen cómo, cuándo y dónde les sale del pingo.

En julio de 1959, inspirado por el tridente tecnócrata Navarro-Ullastres-Gual, se publica el Plan de Estabilización. Es la primera vez que el franquismo llama y se llama a la austeridad: el primer pagano de dicho plan es la propia Administración. Se realiza una ordenación bancaria y, por primera vez en muchos años, se hace una reforma tributaria basada en criterios técnicos y profesionales. La última vez que eso había pasado había sido después de la primera guerra mundial, de la mano de Santiago Alba, y su reforma ni siquiera prosperó por la oposición de los nacionalismos catalán y vasco. Nihil novum sub solem. Ahora, Mariano Navarro clama en los medios afectos por la necesidad de crear un sistema tributario «social» (la palabrita ya estaba de moda entonces), lo que en la práctica supone desplazar el peso del impuesto sobre el consumo al impuesto sobre la renta.

Desde el punto de vista del poder, la década casi completa transcurrida desde la crisis del 57 hasta mediados de la de los sesenta marca, tal vez, los años más tranquilos para el general Franco. La necesidad de estabilizar la economía, primero; y el sueño de los planes de desarrollo, después, hará que las cosas se tranquilicen mucho en los salones de los pasos perdidos de la cúpula del poder. Son años, además, en los que los fogosos franquistas que ganaron la guerra, muchos de ellos en su juventud fogosa, engordan y echan canas subidos al coche oficial, pegándose unos viajes y unas cuchipandas de puta madre (cuando no el consumo de otro tipo de carnes en la Cuesta de las Perdices) y, muchos de ellos, hasta el rebelde Hedilla entre ellos, disfrutando de jugosas licencias de importación y otras gavelas que alimentaban sus faltriqueras. No era momento de cuestionar a Franco entre los de su generación; y la generación de los que cuestionarían a Franco, en esos años, aún tenía escasos pelos en el escroto.

El franquismo, por esos años, pesca, además, nuevos lucios que renuevan el panorama. El principal de ellos será López-Rodó, un político con tanta capacidad de merecer y acumular poder que incluso convenció a Franco de algo tan absurdo como que un alto funcionario no económico como él, que era especialista en Derecho administrativo, pilotase los planes de desarrollo (Navarro Rubio, que ortodoxamente reclamaba el control para los mismos del Ministerio de Hacienda, dimitió cuando le fue negado). López-Rodó, sin embargo, lo hizo muy bien, y exhibió su condición de presentable ante los interlocutores extranjeros. Los tecnócratas, de hecho, dieron la medida como hombres capaces de tapar las vergüenzas de Franco; pues el general, a pesar de la estabilización; a pesar del sueño de pertenecer a la Comunidad Económica Europea del que ya se hablaba; a pesar de todo eso, seguía siendo el mismo tipo que había ensangrentado las tapias de los cuarteles años antes.

Lo demostró, por ejemplo, con la detención del comunista Julián Grimau, que según las versiones oficiales se tiró por una ventana y que finalmente, tras ser curado, fue fusilado. El mismo día que el Consejo de Ministros confirmaba la sentencia, llegaba a Madrid al ministro de Economía francés, Valery Giscard d'Estaing, para negociar la formalización de un importantísimo empréstito para España. Giscard estuvo a punto de marcharse, pero no lo hizo. El crédito se congeló unas semanas pero, finalmente, fue concedido. La habitual cohorte de falangistas que rodeaba a Franco apenas diez años antes no habría conseguido este salto mortal.

Pero hay otro lucio. Un joven político criado en el Instituto de Estudios Políticos, con una excelente cabeza, dicen, y don de gentes. Es gallego y se llama Manuel Fraga. Fraga entra en la élite del franquismo como recompensa por sus trabajos en la fábrica de ideas del régimen y dentro de un plan generalizado, o más bien habría que hablar de una tendencia, para colocar parcelas de España en situación de presentabilidad exterior. Suyas son dos iniciativas que el franquismo tuvo por fundamentales. La primera es la Ley de Prensa, que en su momento se vivió como una liberalización del régimen. En realidad, no era tanto, pues los medios de comunicación seguían siendo mayoritariamente afectos, el gobierno permanecía aislado de la crítica y, además, la censura no desaparecía. Hay quien de hecho sostiene, y a mí no me parece nada descabellado, que, puestos a tener censura, es mejor la censura previa que la censura a posteriori, porque ésta te puede pillar con dos mil ejemplares ya impresos y encuadernados, que van y te secuestran, con lo que pierdes un pastón que, al fin y al cabo, si te prohíben el libro siguen en tu bolsillo.

La segunda cosa que parió Fraga fue el denominado boom turístico. La España de sol, sangría y paella que ahora se le hace tan agradable a los habitantes de Lloret de Mar y otras poblaciones costeras.

La llegada de los tecnócratas, al fin y a la postre, rindió una misión histórica, y esa misión es la caída del franquismo. Teniendo la edad que tenía y siendo las cosas como eran, el guión más lógico indicaba que Franco tenía que haberse muerto en la década de los sesenta, más o menos; y, de todas formas, su régimen tenía que haberse derrumbado para entonces. Era un régimen anacrónico, basado en unas formas y una retórica que ya a principios de los sesenta eran casposas. Un régimen incapaz de integrar lo nuevo (a finales de los sesenta, alguien en la Administración impulsó la grabación de una versión rockero-cañera del Cara al Sol, y le cayeron chuzos de punta), que económicamente avanzaba hacia el desastre, y aquejado de unas contradicciones internas que harían las delicias de Marx.

Hay que reconocer que en la consolidación del franquismo, en estos años que aquí recordamos, algo tuvieron que ver sus enemigos. El Partido Comunista no cayó hasta 1956 en la cuenta de que la única forma de luchar contra Franco era propugnar la reconociliación nacional, en lugar de intentar invadir España por los Pirineos con el ejército de Gila. Los republicanos no comunistas se perdían en querellas internas y creyeron demasiado tiempo en el Eldorado del bloqueo internacional, a pesar de que desde el minuto uno estaba claro que ni Reino Unido ni los Estados Unidos estaban por la labor. Indalecio Prieto y Gil-Robles abrieron la vía lógica de evolución, que era la reconciliación entre monárquicos e izquierdas, pero las dudas, el orgullo y la casi nula inteligencia política de Juan de Borbón (aparte del juego del palo y la zanahoria al que jugó Franco con el asunto del niño Juan Carlos) hicieron zozobrar esa nave; que, de todas formas, probablemente habría zozobrado en el momento en que Prieto hubiese buscado el aval del resto de los republicanos a una unión basada en la aceptación de una posible solución monárquica democrática; pues, para entonces, los viejos leones republicanos estaban instalados en una constante, a la par que sordiciega, relación masturbatoria con su pasado.

Pese a tanta estulticia e incapacidad de estar a la altura de los acontecimientos (mal que venía aquejando a los republicanos desde el 15 de abril de 1931), como digo, Franco tenía que haber caído en algún momento de la primera mitad de los sesenta. Derrumbado por su propio peso. Masas de españoles tan hambientos como puteados habrían terminado en la plaza Tahir y, allí, ni todas las centurias del Frente de Juventudes ni la Acorazada Brunete les habrían podido parar. Sin embargo, no fue así porque los españoles, poco a poco, fueron teniendo trabajo, aceite en casa, radios, televisores, coches. En algún momento de los años sesenta, en un escaparate del barrio de Ventas alguien escribió con pintura: «bajaron los pollos». Tengo por mí que cuando en un país el pollo asado deja de ser una comida de fiestas especiales para pasar a ser plato común, eso es que la (relativa) riqueza se ha instalado. Los tecnócratas, pues, unidos a la sempiterna manía de Franco de morirse muy viejo, le dieron al momio franquista unos quince años de oxígeno.

Eso hizo, claro, que un régimen intolerable se prolongase. Aunque también impidió que un personaje que yo no veo demasiado positivo para España, Juan de Borbón, pudiese optar a reinar el país. Como impidió que la vieja guardia republicana, bastante incapaz de aprender de sus errores, que fueron muchos y gravísimos, volviese a tener una oportunidad. Así pues, cada uno, que haga su balance propio.

Lo realmente importante, en todo caso, es que, con la llegada de los últimos cincuenta y sesenta, la casta de los tecnócratas accedió al poder franquista. Pero no a todo. Franco siempre había basado su estrategia para mantenerse en el poder en tener contentas a las distintas familias del franquismo, pero garantizando que ninguna de ellas tendría la prevalencia. Habría sido un contrasentido, una jugada errónea, contestar a la disminución del poder de Falange en el régimen realizado en 1957 con la pasteurización de los proyectos legislativos de Arrese, encumbrando a los tecnócratas. Los que cada vez eran más conocidos como los «azules» (una manera de concebir la geografía del franquismo que venía admitir que había gentes que no eran de tal color) eran tan necesarios para el general como los salvadores de la economía.

Así las cosas, la década de los sesenta se desarrolla en el marco de un pacto tácito, por el cual los tecnócratas dominan la economía, y los azules las Cortes. Y, por medio, de vez en cuando los cuadros falangistas se dedicaban a darle patadas en las canillas a los tecnócratas; como aquella vez que Arrese, siendo ministro de la Vivienda, anunció a bombo y platillo un plan de vivienda impagable que, según he calculado, vendría a suponer hoy en día un presupuesto de unos 2.400 millones de euros.

Los tecnócratas contestaron con la gran obsesión de su primus inter pares, López-Rodó: estructurar el Estado con unas formas seudodemocráticas. Fruto de este esfuerzo es la Ley Orgánica del Estado, salida del obrador de Carrero Blanco, que estructura la representación familiar en las Cortes para que los españoles, por fin, tengan elecciones «como en Europa». Aquello tenía de democrático lo que Leonel Messi de catedrático de Física Cuántica, pero a los españoles les supo a gloria. Pero a quien más gustó esta reforma tecnocrática fue a Franco, a quien la Ley le regaló un referéndum el 14 de diciembre de 1966, que empapeló el país de retratos suyos king size, en medio de una campaña de marketing político, pilotada desde la televisión única, que de hecho convirtió el si del plebiscito en un si a Franco. Los tecnócratas, en efecto, le habían cogido el punto al ferrolano.

Por cierto que, como ya han destacado en algunos puntos de internet acerados comentaristas con memoria, el eslógan de aquel referéndum («Franco, SI») es, vaya hombre, el mismo que el del candidato Pérez Rubalcaba para el embroque del 20-N. Lástima que a los cerebros de El Pardo no les ocurriese otro eslógan, del tipo «Franco, yes we can».

En este delicado equilibrio, que por supuesto conservaba, 30 años después, que se dice pronto, todas y cada una de las competencias que Franco se había abrogado en momentos de necesidad bélica que ya nada tenían que ver con la España del 600; en este delicado equilibrio, digo, y sorteando de mala manera los comienzos de la resistencia antifranquista, sobre todo en la universidad y en la sacristía, pasaron los años. Suficientes como para que a Franco le quedara claro que, sí o sí, era el momento de plantearse el asunto que la Ley de Sucesión dejaba en el aire.

La designación del heredero habría de despertar a las facciones del franquismo, que rápidamente afilaron sus cuchillos.

domingo, septiembre 11, 2011

La educación, hace cien años


Estos días andan las cosas revueltas en el mundo de la educación. Por otra parte, sé positivamente que alguno de los amables lectores de este blog tiene la profesión de maestro. Un poco por todo esto, he rescatado de mi estantería el folleto cuya portada figura encabezando este post. Folleto que reproduce las intervenciones que se produjeron en el seno de un mitin organizado por los profesores de la escuela primaria, el 13 de julio de 1919. Hace, como quien dice, unos cien años.

¿Qué pedían los maestros (de primaria) hace cien años? En palabras de un dirigente de su asociación apellidado Vecina, pedían "una escuela mejor, un amparo mayor para el niño español, un mejoramiento de verdad para el magisterio nacional".

Se quejan amargamente los maestros en sus intervenciones de ser la hez de la sociedad, algo que justifica el origen de la frase hecha, que claramente pesa sobre ellos como un baldón, que dice "pasas más hambre que un maestro escuela". Al señor Vecina, sin ir más lejos, le duelen los "miserables haberes" del maestro, por los que éstos "recibían a cambio el desprecio de las gentes". El maestro, nos dice su dirigente corporativo, es despreciado por los demás, y eso es algo que sólo cambiará "concediéndonos igual categoría social, lo que en la actualidad equivale a igual categoría económica, que al resto de los funcionarios del Estado". Se quejaban los maestros, por lo tanto, no sólo de ganar poco, sino de ganar menos que otros funcionarios, lo que contribuía a que fuesen vistos como trabajadores de segunda.

Lo dice más categóricamente el señor Casero, representante en el mitin de los maestros catalanes: "si la función del maestro es una necesidad imprescindible en la vida social, que se le retribuya y se le considere, que se le pague y se le dignifique. Si, por el contrario, se cree que se puede prescindir fácilmente de él, que se le suprima". "Nosotros", prosigue el orador de Barcelona, "venimos aquí para decir a todos, rojos y azules [sic], Gobierno y pueblo, prensa y opinión, que es preciso resolver el problema de la escuela y que éste no puede resolverse sin dignificar y retribuir dignamente al encargado de ella".

Estamos en tiempos presindicales, pero el lenguaje de la reivindicación laboral ya fluye. Así, Vecina brama, y el público aplaude: "No creáis que el último de los maestros españoles os está invitando a la rebelión; quien os invita a ella es el propio poder público"; más aún, remacha: "una cosa es el heroísmo, y el heroísmo es cosa voluntaria, y otra cosa es que se nos obligue a ser héroes, y entonces ya no se es héroe, se es esclavo".

Obsérvese la queja con la que comienza su breve disertación la notable feminista vasca, maestra en Madrid ya en los tiempos de este acto, Benita Asas: "resulta anómalo, por no decir absurdo, el que personas dignísimas, sí, pero completamente ajenas a la enseñanza, puedan ser hoy directores generales, consejeros y hasta ministros [se entiende, de Educación]". Juzgue el lector si el tiempo ha borrado esta queja. Como se queja de algo tan aparentemente moderno como los impagos de la Administración Pública. A ella y otras maestras, dice Asas, se les deben aún (1919) unos cursos impartidos en 1912.

El señor Cortés Cuadrado, que de sus propias palabras cabe deducir dirigía en 1919 la Escuela Normal y se dice en el discurso ya valetudinario, abunda en la queja de Benita doliéndose del desprecio de los gobernantes y legisladores hacia la formación del maestro: "es bien raro que aquéllos que promulgan las leyes vengan a quejarse, vengan a decir que el maestro es inculto, cuando, después de todo, aquél es como el Estado lo hizo; y si no es más culto, es porque el Estado o no ha querido, o no ha sabido darle cultura". El tono de la defensa, en todo caso, que es un tono que no desmiente el fondo de la cuestión, da que pensar que en 1919 la acusación de gañanería en la persona de los maestros debía de ser tan frecuente como frecuentemente acertada. De otro modo, la defensa bien habría sido otra. Ítem más: reflejando el enorme esfuerzo de muchos maestros por formarse de forma autodidacta, reconoce Cortés Cuadrado que lo que obtienen de la Escuela Normal es, apenas, una "cultura ínfima".

La mayor parte del contenido de los discursos se refiere al que será el primer punto de la base reivindicativa de la Asociación, presentada en el mitin: más escuelas El maestro, nos dicen los oradores, necesita escuelas. Y de sus palabras cabe deducir las condiciones deplorables en que debían estudiar nuestros abuelos y bisabuelos. Para muestra, este párrafo del señor Cortés Cuarado; párrafo, por otra parte, teñido de un buenismo en torno a la persona del alumno que refleja cierto punto de vista naif:

"Si el niño se negara a ser educado, todo el trabajo del más inteligente y laborioso maestro se estrellaría contra esa voluntad rebelde. Por fortuna, podemos apoderarnos de esa voluntad del niño y podemos hacer que se preste de una manera gustosa a ser un objeto activo de su propia educación. ¿Cómo? En vez de ofrecerle esas escuelas que para él son una prisión oscura y triste, donde se le obliga a permanecer varias horas del día en una inactividad casi absoluta, donde no tiene aire que respirar, ni luz para sus ojos, donde no encuentra más que el tormento de un potro y donde constantemente piensa en el momento de salir de él; en vez de eso, debe ofrecérsele una escuela en donde encuentre todos los elementos que fuera de ella le deleitan y fascinan: luz, aire, árboles frondosos, flores y pájaros, colores y aromas, músicas y cantos, espacio libre donde correr y desarrollarse, espacio también para contemplar la hermosura de los cielos [este punto de la disertación fue interrumpido por los aplausos], y de ese modo veréis cómo ese niño que ahora, naturalmente, se resiste a acudir a la escuela, porque la escuela es un entorpecimiento perpetuo y constante para el cumplimiento de las leyes de la naturaleza del niño, veréis, repito, cómo acude gustoso, ansioso, deseoso de estar ahí el mayor tiempo posible; y en lugar de pensar en el momento de salir, estará prestándose con todas las fuerzas de su alma a recibir gustosa y fructuosamente la acción inteligente y constante del maestro".

Dejo al lector la decisión sobre si ahora que el niño tiene en la escuela luz, aire, cantos frondosos, espacios aromáticos y músicas celestiales, acude a ella gustoso y deseoso de estar en ella el mayor tiempo posible y de recibir gustosa y fructuosamente las enseñanzas del maestro.

Pilar Oñate, de quien he podido saber que en el momento del mitin tenía 30 años de edad, que era maestra por oposición y hablaba francés, inglés, italiano y alemán, es más prosaica y concreta al demandar, para la mejora de la escuela, más dinero. Pero, ojo: "ese dinero es preciso que se emplee en lo que es debido, y que se acabe de una vez ese absurdo, por desgracia tan corriente en España, de que en lugar de buscar personas para los cargos, se busquen cargos para las personas". Otra vez invito al lector a preguntarse sobre si hoy en día, verdaderamente, se buscan personas para los cargos, como reclamaba doña Pilar entre aplausos frondosos.

Me interesa reproducir, del discurso de esta maestra, unas líneas que describen bastante puntillosamente el día a día del maestro de hace cien años:

"A las personas que son ajenas a la enseñanza, es menester que los profesionales les den una idea de lo que representa la vida del maestro. Para serlo ha seguido una carrera de cuatro o cinco años; después ha necesitado hacer unas oposiciones y, cuando al fin está al frente de su escuela, tiene seis horas de trabajo intenso, en que necesita poner su inteligencia, su voluntad, su tacto, su habilidad; trabajo en que no caben desmayos, pues si el maestro desmayara, la escuela vendría a la ruina. Hoy, en todos los oficios se pide la disminución del trabajo. Pues bien: el maestro, después de las seis horas que ha permanecido encerrado en su escuela, cuando las bandadas de pajaritos sueltos marchan a sus hogares, alegrando por un momento la tristeza de las callejas pueblerinas, va a su casa y encima de su mesa encuentra trabajos para corregir, planas que tiene que revisar, trabajos manuales a que tiene que dar una última mano. Nosotras las maestras nos encontramos con labores que tenemos que preparar. Todo esto representa un par de horas del trabajo. Y si el maestro quiere además estar al corriente de lo que en el mundo sucede, perfeccionarse y adquirir mayores conocimientos para que su escuela no marcha como el día que la recibió, sino siepre al compás de las corrientes de los tiempos, necesita también dedicar otro par de horas a estos trabajos y a preparar las lecciones".

Como estamos, ya lo dije, en tiempos presindicales, Pilar Oñate deja brotar de sus labios algunas palabras que hoy sonarán anacrónicas a los dirigentes de la enseñanza:

"Yo deseo que no cesemos en esta campaña que, por decirlo así, ahora se inaugura. Hemos de pedir nuestras justas reivindicaciones, pedirlas sin mendigar, porque la justicia no se mendiga; pero al mismo tiempo sin amenazar, porque la amenaza tiene algo de degradante, puesto que tiene su eficacia en la cobardía ajena. De suerte que yo quisiera, en este momento, aprovechando esta ocasión, hablar de una palabra que ha sonado en los corrillos y hasta se ha hablado algo de ella en la prensa: me refiero a la palabra huelga, que yo quisiera ver borrada de nuestro diccionario profesional".

¿Por qué? Pues porque "la huelga es un arma de indudable eficacia cuando significa la paralización inmediata de servicios; pero reflexionad un momento y decidme: ¿qué representa una huelga de maestros de escuela? Nada, absolutamente nada. Los niños creerían que se habían anticipado las vacaciones. Hace ya algunos años que, gracias a Dios, los maestros de escuela no servimos de tema a piezas del género chico, y una huelga así, creedme, haría que volviéramos a figurar en las revistas cómicas; acabaríamos de la manera peor, cayendo en el ridículo. Supongamos que la huelga se prolongara durante algún tiempo. La nación hasta en los últimos rincones tiene escuelas privadas, en las cuales matricularían a sus hijos los padres españoles. Pues bien: el día que viniera un Gobierno poco amante de las escuelas públicas y deseoso de economías, podría decir: suprimo las escuelas públicas y subvenciono a las escuelas que han recibido a los niños mientras los maestros se declararon en huelga."

Al acto de 1919 asistieron varios diputados, entre ellos al menos dos que serían ministros de Educación (Marcelino Domingo y José Gascón). En general, todos los padres de la patria se emplearon en sus discursos a pasarle la mano por el lomo a los maestros, a justificar de variadas formas los sueldos deplorables que cobraban, y a prometer, que es lo que mejor han hecho los políticos de siempre. Aunque hubo uno cuya intervención, por los propios comentarios del folleto, fue bastante polémica. Se trata de un señor La Portilla (he encontrado un José de la Portilla, diputado por Santander; pero en las cortes de 1854, así pues o es éste mismo hecho un Matusalén, o su hijo, que podría ser, o alguien sin relación) que fue varias veces interrumpido por decir cosas como, atacando la voluntad de los maestros de volverse reinvidicativos: "si la escuela ha de ser centro de rebeldía, que se hunda". No obstante, pudo desarrollar su intervención, porque los mítines decimonónicos, y éste lo es, no son como los nuestros actuales, en los que sólo encontramos gentes que dicen lo que queremos escuchar. A los mitines de entonces no sólo se invitaba a personas de otras creencias, sino que se les dejaba hablar y se les escuchaba.

Eso sí, La Portilla montó la mundial cuando propuso que se formasen comités provinciales para decidir dónde era necesario construir nuevas escuelas; y propuso, además, que dichos comités estuviesen formados por maestros y (cursiva mía) "dos autoridades que creo son indispensables por su prestigio y su fuerza positiva social, que son el gobernador y el obispo". De alguna manera, y aunque nadie los cite en los discursos, los intereses de la Iglesia andan detrás de todo lo que en esa mañana de julio se dijo en el Teatro Centro de Madrid. Inmediatamente después de La Portilla, otro padre de la patria, de apellidos Requejo Velarde, se queja de que aún haya que terminar con (ojo con el orden) "la vergüenza de que sea España una nación donde vivan misérrimamente los curas, donde el labrador está abandonado y continuamente cortejado por el desamparo oficial, donde el maestro se muere de hambre". Este señor clama también, entre aplausos: "¡Es triste que mientras en España no hay escuelas se levanten cines, donde enjambres de niños se corrompen!" Anda que, si llega a conocer las videoconsolas, le da un parraque...

Terminemos. José Gascón y Marín, aragonés, futuro ministro de Educación, sentencia: "¿qué es la escuela en España? En las cuatro quintas partes de la misma, almacén de niños".

Juzgue el lector si en esto se ha avanzado.



Y, bueno, por hacer una referencia al presente, me limitaré a decir que me llama un poco la atención que en todo el conflicto sobre la educación en España, las inversiones que demanda, el salario de los maestros, etc., haya un colectivo de españoles a los que nunca se nos pregunta nada: aquéllos que no tenemos infantes en la escuela, pero que, recuérdese, de todas formas la pagamos. En la más cutre de las comunidades de vecinos se deja que el del bajo pueda opinar sobre qué tipo de ascensor habría que poner.