jueves, octubre 20, 2011

Franco y el poder (17: Tres mil camisas blancas)

Poco tiempo después de llegar el gobierno nacido del escándalo Matesa, el gobierno de la defenestración del entourage falangista del franquismo, se produjo un hecho que levantó auténticas polvaredas en la prensa. Resulta que se supo, gracias a la agencia Europa Press, que la Secretaría General del Movimiento había encargado la compra de tres mil camisas. Las condiciones de la compra establecían que las prendas debían de ser blancas. El detalle en cualquier otro país, o en cualquier otro tiempo, habría sido apenas atendido por la opinión pública. Pero ésta quiso ver, por mucho que la Secretaría se desgañitase explicando que el pedido era anterior al cambio gubernamental, la prueba irrefutable de que los tiempos de la camisa azul se habían terminado en España.

La anécdota es eso: una anécdota. Pero, aun así, lleva su punto certero. Torcuato Fernández Miranda llega a la máxima magistratura del partido único por sus buenas relaciones con el rey y por su vitola, entonces, de persona integradora (luego la tendría de reformista). Lo mismo le pasaba a Enrique García Ramal en la Organización Sindical; era un viejo falangista catalán, curtido en el sindicato vertical, pero su personalidad estaba lejos de ser la de un legitimista.

En realidad, era Ramal el que heredaba el problema más grave, porque los sindicatos franquistas, números cantan, poseían, más que dominaban, las Cortes franquistas. El nuevo equipo, sólo formalmente falangista, había llegado al partido para pilotar la redacción de las leyes que habían de desarrollar aquella porción del Fuero de los Españoles que les garantizaba el derecho a tener asociaciones políticas y participar en ellas. Pero para poder transitar tranquilamente por ese proyecto, Fernández Miranda necesitaba que García Ramal, antes, le garantizase que los de la carrera de San Jerónimo no iban a dedicarse a darle por culo.

En el fondo de esta cuestión laten los problemas que existían dentro de la propia tecnocracia. Los, por así llamarlos, tecnócratas puros, como Laureano López-Rodó, estaban obsesionados con la homologación internacionald el franquismo. López-Rodó, probablemente, se diseñó a sí mismo toda una hoja de ruta que, desde 1957, tenía tres grandes estaciones intermedias: en primer lugar, la normalización administrativa de España o, si se prefiere, el montaje de un entramado administrativo que permitiese a los ciudadanos hacer cosas tan básicas como protestar o reclamar. El segundo mojón de la carretera era el desarrollo económico, la elevación de las rentas; pues Rodó pensaba, y no se equivocaba, que las sociedades que manejan más pasta tienden a ser más conservadoras.

El tercer elemento de la hoja de ruta era lo que los tecnócratas entendían por normalización democrática, esto es la creación de una serie de asociaciones políticas que permitiesen decir que en España había democracia representativa, debate, y todas esas cosas. Evidentemente, el trile estaba en el pie forzado impuesto por Franco: asociaciones políticas sí, pero todas dentro del Movimiento. Por lo tanto, se trataba de un sistema en lo que se le permitía a los españoles no era organizarse políticamente, sino organizarse políticamente como franquistas.

El problema de los tecnócratas es que no todos querían ir igual de lejos en este tema; y, sobre todo, que el mentor de todos ellos, don Luis Carrero Blanco, quería ir más despacio que todos. Carrero entendía la necesidad de la reforma propuesta pero, al mismo tiempo, era el segundo español, después de Franco, con mayor alergia a los partidos políticos. No quería que, en modo alguno, el asociacionismo franquista oliese a partidos políticos y, sin embargo, dentro del mismo había muchos elementos, por ejemplo los falangistas, que era precisamente eso lo que pretendían. Por lo tanto, existía una tensión, no ya dentro del franquismo, sino dentro de la propia tecnocracia, que impedía en la práctica la puesta en marcha de las asociaciones políticas. De hecho, puesto que todas estas diferencias acababan en el despacho de Franco y Franco, de por sí, era ya poco proclive a aceptar la creación de las mismas, el proceso sólo pudo comenzar cuando el dictador estuvo, como las canicas, a menos de una cuarta del guá.

José Solís, en su etapa ministril, había elaborado un proyecto de legislación sobre el asociacionismo político, que había entregado en julio del 69, unos meses antes de dejar de ser the right hand of God. El texto de Solís, sin embargo, no le gustó a Fernández Miranda quien, en una sesión del Consejo Nacional del Movimiento, en diciembre, anunció su oportuna clasificación por la B de Varios. Como es bien sabido, en el franquismo no había problema alguno en tirar para atrás cualquier proyecto, ya que no existía un procedimiento constitucional que, como tal, exigiera que un texto sometido a aprobación hubiera de consumir dicho proceso.

Miranda se encontró con un inesperado contrincante: Manuel Fraga. Fraga, que había salido claramente perdedor de la remodelación ministerial por causa de no podérsele considerar ajeno a los pinitos de acoso realizados por la prensa oficial con el caso Matesa (algo que no creo que Franco le perdonase nunca), no tuvo más remedio que jugar la carta, digamos, progresista y, consecuentemente, se erigió en defensor de la idea de que la apertura de ventanales en el franquismo para ventilar el régimen no podía hacerse esperar. Al calor de las palabras de Fraga, se fue incubando un término que habría de tener sonoro éxito en los años subsiguientes: apertura.

Sin embargo, Fernández Miranda cumplió la promesa de diciembre, y pocas semanas después presentaba su propio proyecto. Fruto del momento, pues ni las cosas estaban maduras para grandes liberalidades ni su gran mentor, el príncipe, podía considerarse asentado como para moverse un poquito, el borrador de Fernández Miranda se parece a una ley de asociacionismo, aunque sea en el marco de una democracia orgánica, lo que una ardilla a un sincrotrón. Tenía tantas cautelas y tantos pies forzados que más que asociacionismo era una ley del silencio. Desde el falangismo que se quería auténtico, quizá la familia del franquismo más interesada en mover el asunto de las asociaciones en ese momento, se pronunciaron palabras durísimas contra el proyecto. Fernández Miranda, escuchando a su alma de esencia hipercauta, retiró el proyecto. Con ello, probablemente, hizo lo que Franco esperaba que hiciese. A pesar de pasar de los setenta años, o quizás precisamente por eso, y puesto que Franco, más que una idea de España, lo que tenía era una idea de su propia permanencia en el poder, el general no veía ninguna utilidad en las asociaciones políticas. Ciertamente, López-Rodó y los tecnócratas le habían comido la oreja con que era necesario darles luz verde para parecer Europeo (Excelencia, debemos entrar en el CEE como sea), y por eso Franco aceptaba el principio como el enfermo grave que acepta el ricino diario. Pero no tenía ningunas ganas y, como quiera que en 1970 no sentía demasiadas presiones, dejó caer las ideas del nuevo Secretario General en el ardiente pozo de Mordor.

Aquello fue la señal para los falangistas. Lamiéndose las heridas de Matesa, cuando vieron flaquear al Secretario General que les habían colocado de matute, tocaron generala. Su estrategia se basó en tres elementos: por un lado, lucharon denodadamente para conservar las primeras plantas del poder, es decir gobiernos civiles y diputaciones; no les fue difícil conseguirlo, porque los tecnócratas eran pocos, y hacían todos falta en las azoteas del poder, puerta con puerta con el penthouse del general.

El segundo elemento fue mantener la congelación de las elecciones sindicales. Ya Solís las había enviado a dormir el sueño de los justos. Ahora los tecnócratas hubieran querido resucitarlas, porque elecciones sindicales significaba renovación de buena parte de las Cortes, que era lo que querían. Pero la primera medida permitió a los falangistas bloquear toda intención renovadora.

Así las cosas, el tercer elemento de la estrategia fue dar por culo en las Cortes, puesto que las controlaban.

En las Cortes, en efecto, se reaviva la Comisión de Investigación del caso Matesa que, bajo la presidencia del velociraptor jubilado Raimundo Fernández Cuesta, se había reunido para jugar al julepe. Ahora, sin embargo, tenía otro presidente, Eduardo Villegas Girón, y nuevos arrestos. Para sorpresa de propios y extraños, este órgano comenzó a funcionar como una auténtica comisión de investigación. Vilá Reyes pidió declarar, pero se le denegó. Sin embargo, sí fueron citados la mano derecha de García del Ramal en la Organización Sindical, amén de los ministros Navarro Rubio, García Moncó y Espinosa San Martín… pues sí. Ministros respondiendo de presuntas corrupciones ante el parlamento franquista.

El 30 de junio de 1970, se lee en el pleno de las Cortes un informe presuntamente confidencial que, sin embargo, es probable que hasta los activistas antifranquistas tuviesen en sus manos, xerocopiado, antes de que se terminase de leer el segundo folio. Lo leyó el almirante Carrero y las malas lenguas de la época contaron que muchos diputados, finalizada la exposición, aplaudieron con las manos y patearon con los pies. El caso es que el vice, en efecto, fue pateado en aquella casa repentinamente tan díscola.

Al revés de lo que Franco quería, el escándalo Matesa no se cerró en falso, sin consecuencias. Fueron procesados Espinosa y García Moncó; y se dio el espectáculo inimaginable de que a las Cortes llegase un suplicatorio para procesar al gobernador del Banco de España y procurador en Cortes por designación directa del general, ex ministro Mariano Navarro Rubio. Tanto Navarro como Espinosa dimitieron de sus cargos. El suplicatorio de Navarro fue concedido el 21 de septiembre. Pero, ¿por qué Franco no hizo nada? Pues, básicamente, por curioso que resulte contar todo esto, la verdad es que el verano de 1970 no pudo igualar en tensión al de 1969. Franco no podía hacer otra crisis de gobierno, y tampoco podía laminar a quienes le estaban alborotando el patio; recuérdese que todo, en la vida de Franco, pasa por su relación con el poder. Malquistarse con el falangismo que, al fin y al cabo, era el epicentro de su régimen, podría haber tenido consecuencias indeseadas para él, sobre todo ahora que había designado un heredero y ya no contaba con la ventaja de la incertidumbre en este punto. Es más que probable, de hecho, que los movimientos azules, descarados, demagógicos y manipuladores, se produjesen por lo claro que tenían que Franco no iba a actuar. Lo cierto es que a Franco todo le importaba era que no le tocasen ministros que estaban aún en el Gobierno; y, en este punto, los falangistas cumplieron el pacto, si es que lo hubo.

El mismo día 21 del suplicatorio, tras salir de las Cortes y camino de Lérida, el veterano jefe de la Organización Sindical, García Ramal, sufrió un infarto. Escogió mal momento. Quedó en el dique seco justo cuando el falangismo iba a plantear su segunda batalla y, esta vez, en su terreno: la Ley Sindical.

Como ya he dicho, en el guión de los tecnócratas estaba escrito que para cuando la Ley Sindical llegase a las Cortes, éstas estarían dominadas por ellos vía elecciones sindicales y, además, García del Ramal estaría en pleno estado de revista para defender los postulados del Gobierno. Ni una cosa ni la otra ocurrieron, sin embargo, y la tecnocracia se encontró con un parlamento orgánico en cuya comisión de Leyes Fundamentales eran mayoría los azules, con lo que, consiguientemente, comenzaron a hacer lo que les dio la gana con el texto legal. El Gobierno intentó retirar el borrador pero no pudo. José Solís, en un alarde de cinismo, apeló de inmovilistas a los partidarios de la devolución. Mediante una extraña alianza (mucho más extraña de lo que pueda parecer), la vieja guardia falangista obtuvo en los procuradores de la Iglesia un apoyo inesperado, y los proyectos de López-Rodó descarrilaron.

Herida pero no muerta, la tecnocracia desplazó el enfrentamiento a un teatro que creía más propicio: el Consejo Nacional del Movimiento. La verdad es que el Consejo nunca había tratado temas de enjundia, pero hasta en las chorradas se encuentran contenidos políticos. Así las cosas, cuando llegó el momento de plantear el tradicional acto conmemorativo de la fundación de Falange, tradicionalmente celebrado en el teatro de la Comedia, inopinadamente se propuso en el Consejo que la sede se trasladase al propio edificio de este organismo. Siguiendo la disciplina de voto gubernamental, 85 de los 100 consejeros votaron a favor de la propuesta, pero, sin embargo, hubo votos muy significados en contra, como los de Pedrosa Latas, o el almirante Nieto Antúñez. O Fraga.

Franco navegaba a favor de corriente. No sé si alguien sabe si ya sabía que él no era la corriente, pero lo cierto es que se dejaba llevar. En la víspera del aniversario, presidió con el Príncipe un acto en el que ambos fueron vestidos de militar, y en el que recordó que el 18 de julio de 1936 el Ejército se alzó «en defensa de la civilización cristiana y de unas tradiciones en trance de perecer»; lo que convertía a las fuerzas armadas en «custodio celoso de la conciencia nacional». Viejo y ajado, Franco ponía las cosas en su sitio; definía su régimen como lo que había sido siempre: una dictadura militar, en modo alguno un régimen falangista. Era, una vez más, un juego de poder. El año 1970, año de la mayor victoria de la tecnocracia sobre los franquistas de toda la vida, se completó un proceso que había empezado 13 años antes, el ya remoto día en que Franco se había presentado en las Cortes y había lanzado un discurso en el que, por primera vez, no pronunciaba juntas las palabras José, Antonio, Primo y Rivera.

Un día más remoto aún, julio del 36, los falangistas patrios habían creído ver el cielo abierto: se iniciaba un alzamiento militar en el que los soldados enlosarían un camino por el que luego transitaría el fascismo español, camino del trono sin rey de España. Para ellos Franco era el más carismático jefe militar del grupo de profesionales que les encumbraría, para luego dedicarse a sus maniobras y sus cositas a cambio, eso sí, de llevar la vida social española a toque de instrucción, elo, us, elo, us, ¡paaaasó! Ellos, en una palabra, se sentían la élite de la nueva derecha gobernadora de España. Mesmerizados por sus propios delirios, los falangistas ni se dieron cuenta de que había más derechas, y que en ellas había tipos mucho más listos que ellos, como Serrano Súñer. Y, desde luego, el propio Franco; un tipo al que en septiembre del 36 le dieron una cuna, y ya no le salió de los cojones dejar de mecerla personalmente en cuarenta años.

A Franco, todos aquellos tipos, que faltos de un líder por fusilamiento del suyo, amén de acojonados y desnortados cuando su sustitución acabó a tiros una noche salmantina, acabaron por venerarlo. En ese momento, los utilizó. Falange era la única estructura social que quedó en pie tras la guerra, si exceptuamos el sindicalismo rural católico. Si los deseos y planes de Franco eran libros, Falange era la única estantería grande y sólida que tenía para colocarlos. Pero ya desde finales de los años cuarenta, aprendiendo de la experiencia de que desde el falangismo podían llegar, perfectamente, movimientos que en el fondo buscaban sustituirlo, Franco se dio cuenta de eso que los británicos llaman keeping the arm's length. A partir de ese momento no dejó que nadie salvo los muy militares (Moscardó, Franco Salgado, Carrero...) se le acercasen a menos de un brazo de distancia, y comenzó a putearlos. Cuantas más gavelas les daba, más corruptelas les permitía, menos poder les dejaba. Cuando, a mediados de los cincuenta, descubrió a los tecnócratas, que encima eran monárquicos (descartado Juan el Torpe, apostar por la monarquía equivalía por apostar a que Franco moriría dictador, como de hecho ocurrió), no se lo pensó dos veces. Y, de alguna manera, su actuación en 1969 en 1970 fue the last nail in the coffin.

Así las cosas, a nadie le puede extrañar que los falangistas se volviesen reformistas y no sintiesen nostalgia por el franquismo.

Así transcurría el régimen, entre peleas internas, mientras unos oscuros auditores militares hacían su trabajo. Casi por casualidad. Y, sin embargo, ese trabajo estaba a punto de obligar a Franco a un último esfuerzo de poder, a bracear, una vez más, para no caer.

martes, octubre 18, 2011

La Historia de Europa, según Kofi Annan (et alia)

Tras la batalla de Las Ardenas, Adolf Hitler tuvo claro que la posibilidad de que el Reich perdiese la guerra contra los Aliados era más que real. Así pues, se reunió con el estado mayor del Partido Nacionalsocialista alemán, con el objeto de estudiar soluciones al asunto.

En febrero de 1945, cuando las tropas rusas casi llamaban a las puertas de Berlín, el NSDAP decretó un alto el fuego unilateral y comenzó a coquetear con su disolución. Hitler tomó los micrófonos de radio Berlín y le comunicó al pueblo alemán que el tiempo del nacionalsocialismo había pasado. Seguía existiendo, sí, les dijo, un conflicto entre Alemania y el resto de Europa. El Conflicto Alemán, lo llamó. Alemania tenía derecho a extender su territorio legal hacia todo aquel punto de la Tierra en el que viviesen más de dos alemanes. «Un alemán solo no es nación», proclamó en aquel discurso; «pero dos, ya son un Imperio». El Führer, en consecuencia, proclamó que la lucha por la Nación Alemana Universal continuaba, pero que entraba en una fase dialéctica distinta. Ahora se trataba, dijo, de encontrar una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

A esas alturas de la guerra ya había pocas escuelas en Alemania que siguieran dando clase. Pero en las que así era, casi milagrosamente, el Estado se las arregló para hacerles llegar un nuevo mapamundi, de obligada exhibición en todas las aulas según rezaba un decreto que decían redactado por la misma mano de Goebbels. Aquel mapamundi mostraba una ancha mancha de color rojo en el mismo centro de Europa: Alemania. En tonos algo más suaves, el imperio alemán se extendía a derecha e izquierda. Alemania Oeste se extendía por Suiza y Holanda, tomaba la parte flamenca de Bélgica y, merced a una curva elegante, también se extendía por Alsacia y Lorena. Alemania Este tomaba grandes porciones de Polonia, la Checoslovaquia Sudete, el oeste de Rumania y luego, serpeando en arabescos que parecían dibujados por un geógrafo con Parkinson, incluso penetraba en Ucrania.

El nacionalsocialismo acabó por disolverse. Pero la PGA, o Pan-Germanische Allianz, fue fundada 24 horas después de la disolución del NSDAP. A su frente ya no figuraban ni Hitler, ni Goebbels, ni Göring. Pero, tal vez sólo por casualidad, todos sus dirigentes eran o habían sido Gauleiter, sargentos de la SS o jefes de las Juventudes Hitlerianas. En su declaración programática, la PGA dijo que deploraba la guerra. Cuando los corresponsales extranjeros les preguntaron si eso quería decir que llamaban al Führer a decretar un alto el fuego o una rendición, contestaron explayándose sobre la sonoridad de las epopeyas de la saga nibelunga y declarando, campanudamente, que ellos estaban en contra de la guerra en sí. Amén de reclamar una Solución Democrática para el Conflicto Alemán.

Cuando fueron, asimismo, preguntados sobre cómo deploraban ahora la guerra si hasta el día anterior habían sido miembros de organizaciones que la apoyaban y alentaban, se excusaron diciendo que a ellos lo único que les tocaba en la SS o en las Juventudes era comprar los chuscos de pan y las latas de sardinas para la merienda. Del resto no se enteraron bien.

Cada una de las cada vez más frecuentes victorias de las tropas aliadas, al Este y al Oeste de Alemania, era saludada por la PGA con un doble mensaje: por un lado, afirmaban que aquellas acciones demostraban el belicismo de los aliados y, por lo tanto, su nulo interés por encontrar una Solución Democrática al Conflicto Alemán; y, por otro, llamando a la negociación sobre la materia para encontrar una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

La mayor parte del Reich estaba para entonces en manos de los aliados y en la que no, se desarrollaba una guerra atroz. Pero, aún así, la PGA convocó unas elecciones democráticas en el país, a las que se presentó. Raudos, los aliados comunicaron al mundo que consideran esas elecciones una farsa y que, en cualquier caso, de celebrarse la PGA no podría presentarse, puesto que, al fin y al cabo, sus miembros no eran sino ejecutivos y militantes del partido, el NSDAP, que había impedido la celebración de elecciones en Alemania en los últimos años. La PGA contestó recordando que ellos no eran el NSDAP, que ellos deploraban la guerra y que lo fundamental era encontrar una Solución Democrática para el Conflicto Alemán.

Las tropas rusas, en su avance hacia Berlín, encontraron, no lejos de la capital, un local del antiguo NSDAP repleto de armas de destrucción masiva. Preguntada la PGA sobre qué lógica tenía deplorar la guerra mientras era evidente que sus mentores de siempre seguían preparándose para ella, contestó recordando que, desde la creación de la orden de los Caballeros Teutones, el pueblo alemán ostenta derechos inalienables sobre los territorios donde se asienta. Completaron la declaración llamando a la construcción de una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

Durante las semanas fijadas para la fantasmagórica campaña electoral, la PGA fue conminada por el Centro Judío Internacional para reconocer los crímenes de genocidio perpetrados en los campos de concentración cuya existencia había sido descubierta por el avance ruso sobre Polonia. Sin embargo, la PGA jamás admitió dichos crímenes, limitándose a decir que «en las guerras hay muertos» y que, al fin y al cabo, los aliados también habían matado alemanes o los habían encarcelado en campos de prisioneros; y matizó que, en su opinión, el centro del problema era discutir los derechos de los jefes de los campos de concentración que habían sido ya encarcelados a ser ingresados en cárceles cerca de sus familias o, mejor que mejor, amnistiados en el entorno de la Solución Democrática al Conflicto Alemán.

La guerra terminó. Finalmente, hubo elecciones en Alemania, y la PGA consiguió presentarse. Y ganó alguna que otra alcaldía. En aquellos pueblos donde ocurrió eso, al día siguiente de las elecciones, en la fachada del ayuntamiento se colocaron retratos de Adolf Hitler, Hermann Göring, Josef Goebbels y Heinrich Himmler, todos ellos apelados de Mártires de la Causa Alemana y dignos luchadores en pro de la Solución Democrática al Conflicto Alemán.

Finalmente, en Potsdam se convocó una Conferencia de Paz, a la que acudieron personajes señeros de la filosofía conductista, un intelectual autor de haikus en letón, ex dirigentes de antiguos partidos nazis satélites del NSDAP, varios diplomáticos desprestigiados, un señor de marrón que dijo ser de Heilderberg y que nadie sabía qué hacía allí y, por supuesto, los cuadros dirigentes de la PGA.

En dicha conferencia se acordó que existía un Conflicto Alemán, y que había que resolverlo mediante una Solución Democrática. Esta Solución Democrática consistió en diversos puntos, entre los cuales destacan los siguientes:

1.- La PGA era autorizada a actuar libremente en las elecciones de aquellos países situados en territorios que ella considerase integrados en la Pan-Alemania de los mapas escolares. Ciertamente, los dirigentes del NSDAP, cuando ganaron unas elecciones libres, lo que hicieron fue acabar con la democracia y con las propias elecciones; pero los asistentes a la Conferencia de Paz entendieron que eso no volvería a ocurrir en el marco de una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

2.- No hubo juicio de Nuremberg. Los criminales de guerra nazis fueron considerados legítimos luchadores de una guerra entre iguales y, consecuentemente, el derecho internacional pasó a clasificar a las víctimas de los campos de concentración como combatientes y POW (prisioneros de guerra), fallecidos como consecuencia de las naturales privaciones consustanciales a un entorno bélico.

3.- Ambos bandos intercambiaron la totalidad de sus presos de guerra. En la práctica, pues, Alemania liberó a los soldatos que la habían atacado en el marco de una guerra, y los aliados liberaron a esos mismos soldados alemanes, más todos los criminales de guerra.

4.- Todas las tropas aliadas hubieron de abandonar Alemania en 24 horas. 25 horas después de su abandono, el nuevo gobierno alemán decretó el Pangermanismo nacionalsocialista como materia de obligada exposición en todas las escuelas, desde el kindergarten hasta el COU.

5.- El mariscal Göring conservó su palacio, petado de obras de arte robadas durante las invasiones del ejército alemán de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Grecia, Checoslovaquia, Polonia, Austria, Italia y media Francia. Museos y particulares de toda Europa litigaron para recuperar la propiedad de sus obras de arte, pero Göring se escudó en los términos de la Solución Democrática al Conflicto Alemán para oponerse. Su familia aceptó devolverlas, casi todas, en los años setenta, con cuentagotas y a cambio de elevadísimas indemnizaciones. Hoy en día, Pocholo Göring, bisnieto del mariscal, es considerado por la revista Forbes como el sexto hombre más rico del mundo.

6.- Henrich Himmler se hizo profesor universitario en el campus de Maguncia, donde comenzó a enseñar ariosofía y a escribir libros sobre el racismo (a favor). Fue investido doctor honoris causa por un par de universidades del sur de los Estados Unidos, amén de la de Hanoi.

7.- Josef Göbbels, su mujer y sus seis hijos se establecieron en el norte de Alemania. Se hizo millonario dando conferencias sobre política internacional.

8.- Adolf Hitler nunca volvió a la vida pública, pero vivió holgadamente hasta 1964 en su villa de la Costa Azul, en el centro de una urbanización privada cuyos vecinos sólo podían serlo bajo autorización de Naciones Unidas. Hasta su muerte, el Gobierno francés nunca consiguió que se derogase la resolución de la ONU por la cual ningún judío podía residir a menos de medio kilómetro de su casa.