viernes, junio 01, 2012

Fra Girolamo (1)


El 25 de abril de 1475, de una forma bastante sorpresiva para quienes formaban parte de su círculo más íntimo, Girolamo Savonarola ingresaba en el monasterio boloñés de San Domenico. En la carta que le envió a sus padres, ya desde Bolonia, les explicaba que su decisión venía forzada por el hecho de que no podía encontrar un solo hombre en el mundo que hiciese el bien, y que se negaba a vivir como un animal más entre las bestias. De alguna forma, pues, cabe concluir de esta misiva que, en tan temprana edad, Savonarola ya había desarrollado buena parte de la forma de ser, y de pensar, que lo llevaría a convertirse en uno de los principales hombres de la Historia de la península itálica, y quizás de la Europa, de su tiempo.
Fue el 21 de septiembre de 1452, apenas 25 años antes por lo tanto, que había nacido Girolamo María Francesco Mateo Savonarola, hijo de Niccolo Savonarola, apadrinado por el canciller del duque de Ferrara. Fue educado, en todo momento, para ser un personaje descollante, recibiendo y, a ser posible, aumentando la fama de su abuelo, Michele Savonarola, médico, profesor de la universidad de Ferrara y físico particular de Niccolo d’Este. A la muerte de éste, sus hijos, Lionello y Borso, siguieron confiando en él, hasta el punto de encomendarle la educación del heredero del ducado. A su jubilación, recibió un título nobiliario menor, y una pensión.

Fue este Michele Savonarola quien educó a su nieto Girolamo hasta los 16 años. Lo cual quiere decir que le transmitió sus enormes y profundos sentimientos de piedad cristiana que, a todas luces , en la mente del joven Girolamo se multiplicaron. Así pues, nos encontramos en el joven Savonarola a un extraño niño que, según los testimonios, jugaba con altares y leía la Biblia como principal entretenimiento, además de pasar las horas muertas en la iglesia.
Su abuelo murió cuando tenía 16 años, tras los cuales su padre continuó su educación otros dos años hasta enviarlo a la universidad. En realidad, fue éste su primer contacto con el mundo exterior, y no fue muy bueno. Desde el primer momento, Girolamo, acostumbrado a la figura de un abuelo brillante y a regirse por los estrechos, pero predecibles, límites de la moral bíblica, se encontró con un mundo de dobleces, cinismos, vagancia. O así lo vio él rápidamente. Y no sólo eso. En sus impresiones de los tiempos universitarios dejó el joven Savonarola la traza del rechazo que le provocaba la pretensión de los profesores de aquella universidad medieval, en el sentido de que los estudiantes hiciesen las cosas sólo de la forma que ellos prescribían, sin poner en juego su creatividad. Así pues, fue en la universidad donde se forjaron, según las trazas, los dos grandes elementos de la sicología de savonaroliana: la convicción de que hay que cambiar, limpiar el mundo; y la reacción frente a la autoridad.
Girolamo Savonarola comenzó a bramar en las aulas cosas como que desarrollar la voluntad antes que la inteligencia es negar la obra de Dios, y otra serie de imprecaciones que fueron entendidas por sus compañeros y profesores como signo de exceso de orgullo e inadaptación al medio universitario. Así pues, pronto dejó las aulas, seudoexpulsado, y regresó a casa. Entonces fue enviado a la Corte de Borso d’Este; pero, si en la universidad las cosas no habían ido bien, aquí no fueron mejor.

En primer lugar, los Savonarola era una especie de desclasados; eran de nobleza menor, en modo alguno comparable a la de sus señores; pero tampoco eran ya burgueses, tras la distinción de que había sido objeto el abuelo. Además, la pompa cortesana y el disimulo propio de los ambientes políticos desagradó en gran manera a aquel muchacho que ya se había sentido en la Universidad descolocado por los usos de los estudiantes. Se reveló contra las dictaduras: la dictadura del tirano, la dictadura del dinero, la dictadura de la belleza. Ninguna de esas tres cosas, claro, la poseía; los retratos que han sobrevivido de Fra Girolamo nos muestran a un hombre más bien bajito, narigudo, probablemente de tez muy morena. Una especie de Adriano Celentano con hábito de monje.
Hay quien ha escrito que una parte no desdeñable de esta personalidad entre ultrarreligiosa e indignada (que diríamos hoy) de Savonarola no fue ajena al tiempo en el que los Savonarola fueron vecinos de los Strozzi, una familia fundamental para la Historia de la Italia renacentista, en aquellos tiempos temporalmente exiliada. Al parecer, Girolamo se habría enamorado perdidamente de una joven miembro de aquella familia, bastante guapa, hasta el punto de llegar un día a ofrecerle matrimonio. Oferta imposible de toda imposibilidad en aquella Italia que fue, consecuentemente, rechazada con displicencia por la interesada.

Después de aquella anécdota y del fracaso en la corte, Savonarola volvió a sus estudios; pero ya no se sentía interesado por lo que le ofrecían los libros. Su fracaso amoroso seguía corroyéndole las entrañas y, poco a poco, acabó acudiendo a lo único que nunca le había fallado: la Biblia, para lograr entender todo aquello. Entonces afloraron en su amada todos los defectos del siglo: vanidad, orgullo, frivolidad. Ella, como todos. Literalmente, Savonarola llegó a una conclusión muy de nuestro tiempo: el mundo es una mierda. La ruina del Mundo se titula, de hecho, un poema que escribió por aquel tiempo. Girolamo Savonarola releía, una vez, otra, el capítulo bíblico de Sodoma y Gomorra, y pensaba que el monasterio era el único asilo real en el mundo, la casa de Lot.

En 1474, durante una vista a Faenza, escuchó a un innominado predicador agustino que le causó honda impresión, y tomó una decisión: dedicar su vida entera a Jesús.

Así pues, Girolamo ingresó en el monasterio, para hacerse fraile, y para morir fraile. Ambas cosas las cumplió.
Hasta el claustro del monasterio le persiguieron las lamentaciones paternas. La familia lo había dado todo para que su hijo tuviese la mejor educación y las mejores oportunidades de ser algo en la vida. Los Savonarola, que vivían en una sociedad en la que la vida frailuna era cosa de hermanos menores que, expulsados de la riqueza familiar por la institución del mayorazgo, debían buscarse la vida, no podían entender que una persona destinada desde el día que echó su meconio a ser la cabeza de una familia, pudiese dejarlo todo. Máxime teniendo en cuenta que, para colmo, en el momento que Girolamo escogió para largarse al convento, su padre pasaba por dificultades financieras y necesitaba ayuda más que nunca. Sin embargo, el joven novicio no escuchó aquellas llamadas, o más cabría decir que, aún queriendo a sus padres como todo buen hijo, pasó de ellas.

Girolamo Savonarola estaba hollando el camino de la pureza. Con una dedicación tan profunda que sus superiores tuvieron que reprenderlo por la crueldad con que se mortificaba (la celda de Savonarola en Florencia, que se visita hoy en día, conserva algún que otro instrumento que el buen fraile usaba para castigar sus carnes).
Al finalizar su primer año de noviciado, entró en la escuela conventual. Allí estudio metafísica, teología, ciencia natural, y lecturas bíblicas. Le dieron una celda y lo relevaron de sus obligaciones de asistencia al coro. Pero él seguía mortificándose, incluso a escondidas. Ya entonces adoptó la costumbre, que lo acompañaría toda su vida, de dormir sólo cuatro horas diarias.
Un fraile tan dedicado pronto despertó la admiración y el respeto de sus mayores, lo que le permitió comenzar a escalar en los rangos de la orden de Santo Domingo. Sin embargo, conforme Girolamo escalaba, sus prácticas ascéticas y mortificadoras aparecían como más extrañas a las prácticas de la orden. Sus superiores le reconvenían, pero él no hacía caso. Algo estaba pasando.

Lo que estaba pasando era el tercer paso de Girolamo Savonarola. El primero fue descubrir que el mundo era una mierda y necesitaba ser salvado. El segundo fue darse cuenta de que el siglo del hombre se regía por relaciones de poder inexplicables e injustas.

El tercero fue descubrir que ni siquiera la Iglesia era lo que tenía que haber sido.

martes, mayo 29, 2012

Yo, no

Ya sé que voy a escribir hoy sobre un tema que apenas tiene que ver con la Historia; pero de vez en cuando hago estas travesuras en mi blog, que para eso es mío :-)

Pero es que quiero decirlo: yo, no. Cuando se oye por ahí a las gentes que administran Madrid hablando de "todos los madrileños" como los que están detrás del proyecto de solicitar que esta ciudad sea sede de unos Juegos Olímpicos, me interesa dejar claro que yo resido en Madrid; que aquí pago mi IBI, mi impuesto de circulación, mi arbitrio de plusvalías cuando vendo la vivienda, mi Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, y toda la pesca. Que vivo en Madrid, estoy censado en Madrid, voto en Madrid. Y no estoy de acuerdo con que esta ciudad sea candidata a organizar unos Juegos Olímpicos.

Lo dicho: Yo, no.

¿Por qué? Bueno, el origen de todo, alguna vez lo he comentado, ha sido el hecho de la excesiva frecuencia con que observo que los administradores de Madrid toman el poder sobre el espacio público sin consultar a nadie ni tener en cuenta las necesidades de los residentes. Tengo la desgracia de pasar los fines de semana de mi vida en una vivienda del centro de Madrid, eso que antiguamente se llamaba el distrito electoral de Palacio; y no menos de diez o doce domingos al año, me quedo sin calle, sin poder aparcar, o si he aparcado el coche sin poder moverlo; sin poder incluso cruzarla, porque resulta que el Ayuntamiento ha decidido que la calle le pertenezca a Las que Corren Contra el Cáncer de Mama, o Los que Corren la Maratón Popular, o Los que se Tocan los Huevos en la Calle Para Celebrar el 4 de Julio, o Los Que Celebran la Fiesta de la Bicicleta, o Los Devotos de la Virgen de la Candelaria de Urupapá o a Los que Ocupan la Calle porque les Sale de los Cojones.

Los administradores de la ciudad la administran; no la poseen. Que alguna vez que otra haya que hacer alguna celebración, no lo pongo en duda. Si España gana el mundial de fútbol una vez cada cuatro años, bien estará que lo celebremos en Colón; pero si hubiera diez mundiales al año y todos los ganase, la verdad, con todos mis respetos, que se vaya la puñetera Roja, con su autobús de dos pisos, a celebrar al Cerro de los Ángeles, o a los Monegros.

Lo de nuestro Ayuntamiento es exagerado por demás y, lo siento, pero me da igual, y lo escribo porque como ya he opinado esto mismo en el pasado me conozco alguna que otra respuesta, que Mapoma pague por ocupar las calles con sus etíopes campeones del mundo. Yo soy quien no puedo circular libremente por mi barrio, y no veo un duro.

Así pues, mi primera reacción ante la eventualidad de una Olimpiada en Madrid es acojonarme. Imagino la cantidad de calles, plazas, intersecciones y aceras que quedarían embargadas porque es que resulta que pasa Rafa Nadal camino del meadero o se celebra un encuentro de lanzadores de jabalina irlandeses escrofulosos. Imagino la cantidad de veces que habría que resetear el móvil por los barridos de la policía (que son muy curiosos: te tuestan el teléfono pero no te enteras, así que lo mismo te está llamando tu madre, anegada en lágrimas, porque se ha muerto tu tía Puri, y tú sigues por ahí, de cachondeo...)

No hay más que acercarse por el Bernabéu o el Calderón o el Palacio de los Deportes el día que hay partido o canta Madonna para irse haciendo una idea de lo que son estas reuniones de masas. O la feria de San Isidro, en el curso de la cual el Ayuntamiento usurpa calzadas enteras para convertirlas en improvisados aparcamientos, mientras al vecino de la zona que le vayan dando. Elévese cualquiera de estas cositas a la sexta potencia, y tendremos una Olimpiada.

Otra cosa por la que no quiero la Olimpiada es porque no me apetece pagar el café con leche a tres euros de hoy en día. Con la Expo, en las cafeterías de Sevilla el café subió a cien pesetas. Que levanten la mano los sevillanos que volvieron a verlo a setenta tras la celebración.

La tercera gran razón por la que no quiero la Olimpiada es porque no podemos pagarla. Sí, ya sé que el 80% de las instalaciones están hechas. Pero eso sólo quiere decir que todavía hay que gastar un euro más por cada cuatro gastados.

Todo esto, en cualquier caso, queda anulado por un gran argumento: "Es incómodo, pero merece la pena, porque luego la ciudad queda chuli y se gana un montón de pasta".

Lo cual, simple y llanamente, es mentira.

¿Las olimpiadas dan dinero? Bueno, digamos mejor que algunas olimpiadas dan dinero, como Los Àngeles. En realidad, la mayoría de las olimpiadas pierden pasta por un tubo.

El estadio olímpico de Montreal se terminó de pagar en el 2006 (¡¡¡treinta años después!!!) Yo, personalmente, no conozco a nadie que haya ido jamás a hacer turismo a Montreal; menos aún, con el argumento de que "es que allí fue la Olimpiada". Se podría escribir: "los griegos a duras penas sobrevivieron a las consecuencias de sus JJOO"; pero sería mentira, porque, en realidad, no han sobrevivido. La todopoderosa URSS tuvo que arrañar recursos, sobre todo alimentarios, de todos sus países satélite, para alimentar a las hordas participantes en su Olimpiada; nadie sabe a ciencia cierta cuánto palmaron, y eso que muchos países no fueron. Lo mismo pasa con los chinos, que no dicen ni mú de los excelentes resultados que por lo visto tuvieron. Y en Sidney hay infraestructuras construidas para la Olimpiada que ya no se usan a día de hoy. Como las habrá en Londres porque Londres, entre otras cosas, está construyendo un pabellón de balonmano con capacidad para 12.000 personas. Los ingleses aman el balonmano más o menos lo mismo que los banderines de Gibraltar Español.

En realidad, el gran trile de ese rollo de que unas Olimpiadas dan dinero, Barcelona incluída, está en un concepto que se llama amortización. Amortizar es lo que todos deberíamos hacer y no hacemos, pero que las empresas vienen obligadas. Cuando compras un bien, has de provisionar, cada año, su pérdida de valor pues, de lo contrario, tu patrimonio es menor. La amortización es un elemento fundamental del flujo de caja de cualquier empresa, y de sus beneficios.

En la mayoría de los casos, cuando se producen unos JJOO, nadie calcula la amortización de las infraestructuras que se construyen. En realidad, para que unas Olimpiadas den dinero de verdad, sus beneficios no sólo deberían ser tales que los ingresos superasen a los gastos (concepto normal de beneficio en estos casos); además, los ingresos deberían generar un excedente suficiente como para permitir amortizar los bienes construidos. Porque si no es así, si nadie, ni el Comité Olímpico, ni el Comité Organizador, ni la ciudad anfitriona, ni el Estado del país anfitrión, amortiza La Peineta, entonces alguien, por definición, está perdiendo patrimonio cada segundo que pasa.

Ese alguien somos nosotros. Todos nosotros.

(Este mecanismo de no amortizar la infraestructura es el mismo que se usa para hacer rentable el AVE, por cierto).

Se nos dice: una olimpiada genera un montón de actividad después de producida. Vienen mogollón de turistas porque la gente del mundo se entera de que existes.

En una de sus novelas de Pepe Carvalho, Manuel Vázquez Montalbán hace a su protagonista coger un taxi en Bangkok, Tailandia. El taxista habla con él y le pregunta de dónde es. Cuando Carvalho le dice que de Barcelona, el taxista se pone a declamar: "Barcelona, Maradona; Barcelona, Maradona..."

Con todos los respetos, eso de que unas olimpiadas te dan visibilidad mundial funcionará para Saint Lô o para Viveiro, provincia de Lugo; pero a Barcelona, Madrid, París, Tokio o Chicago, ni puta falta que les hace; acabamos de leer, y es verdad total, que la edad de oro de Guardiola ha hecho más por Barcelona que una Olimpiada de ocho meses.

Es mentira que la gente decida viajar a una ciudad en el año N+1 porque en el año N organizó una Olimpiada. Eso lo saben bien en Barcelona, donde tuvieron que ponerse a parir echando hostias el fistro diodenal del Fórum de las Culturas para darle a la ciudad la continuidad que por lo visto le iban a aportar las Olimpiadas by default. Eso lo saben casi todos los organizadores de Expos mundiales, que se apresuraron a aprovechar la ocasión para crear algo más duradero, desde la Torre Eiffel hasta el Atomium, porque eso sí que trae visitantes.

El truco del almendruco es presentar el gasto como una inversión. Construir infraestructuras deportivas es, así, de entrada, un gasto, no una inversión. Por la simple razón de que una piscina de 50 metros no es el desdoblamiento de una carretera. Eso sí, como demostró la Olimpiada de Barcelona, un proyecto olímpico también tiene una vertiente urbanística, que en principio se autofinancia, porque cuando los deportistas dejan la Villa Olímpica, te quedan unas viviendas cojonudas para vender.

Pues sí. Pero, ¿y si falla? Porque resulta que una cosa que hemos aprendido, dolorosamente, en los últimos tiempos, es que no siempre una vivienda a la venta encuentra comprador; o banco que financie la compra. ¿Acaso no iba a ser la operación Madrid Río-soterramiento de la M30 un negocio seguro? ¿No se iba a hacer allí un huevo de pasta comercializando suelo y viviendas? Madrid Río será la polla de Montoya, no lo niego; pero, amable lector, si eres ciudadano de Madrid, permíteme que te recuerde que, bonito y todo, todavía lo debes. Y que, ítem más, la posibilidad de que se financie con suelo se ha sfumatto.

Así, a las claras: una Olimpiada es una operación económica de riesgo. De muy alto riesgo. Tan alto, que los dedos se hacen huéspedes para contar todos los que se han dado una hostia en todos los morros en las últimas décadas organizándola. El triunfo, si llega, tendrá muchos padrinos pero el fracaso, si se produce, sólo tendrá un pagano: tú. Y yo, claro.

Sinceramente, no creo que tengamos el chirri para estos ruidos.

Yo, no.

lunes, mayo 28, 2012

Dónde vas, triste de ti...


Una vez más, para empezar este artículo os voy a llamar la atención sobre un efecto que yo llamo el espejismo del presente. Este pequeño síndrome indoloro y de poca importancia consiste en considerar que lo que pasa en el presente siempre es lo más de lo más de lo que le ha pasado a la Humanidad en toda su existencia. El síndrome del presente tiene una base cierta, desde luego. Es probable que la mayor manifestación en las calles de la Historia de España se haya producido hace relativamente poco tiempo; pero eso es así por la simple razón de que hoy hay más españoles que hace cien años, y que los que hay tienen más posibilidades de allegarse al lugar de la mani que las que tenían sus abuelos. Si alguno de mis amables lectores tiene la paciencia de leerse en la prensa de la época los relatos de una manifestación monstruo que hubo en Madrid en 1930 tras un gravísimo accidente laboral en unas obras de la calle Alonso Cano (manifestación que acrisoló la reacción frente al accidente y otras muchas cosas), encontrará que lo que dicen esas crónicas del espacio que ocupaba la masa de manifestantes es bastante parecido al que ocuparon los que asistieron a la mani contra la guerra de Irak. Pero, claro, no es lo mismo llenar las calles en los albores del siglo XXI que setenta años antes.

Normalmente, para casi cualquier cosa hay precedentes en la Historia y, normalmente, más tochos. También para los fenómenos sociales. Hoy en día, la universalidad y capilaridad de los medios de comunicación permite encumbrar a cualquier pollas a la categoría de fenómeno social. Del rey abajo, cualquiera que cuente con los favores de las habitualmente repugnantes norias de la vida audiovisual, tiene la ocasión de convertirse en lo más de lo más en materia de favores del pueblo. Sin embargo, este fenómeno de quien se convierte en famoso, admirado y seguido, ni nació con Belén Esteban ni se perfeccionó con Justin Bieber. De hecho, estos dos ejemplos son apenas pálidos reflejos de otros grandes fenómenos sociales que, en España y fuera de ella, se desarrollaron.

Tengo por mí, por ejemplo, que si Justin Bieber se dejase caer por Madrid, no montaría en el aeropuerto de Barajas ni la mitad del follón que, en la estación de Atocha si no estoy errado, montó Jorge Negrete cuando vino a cantar a España. Negrete, arrecho tonador cuya voz lo convirtió, para mí, en el Gardel del corrido (inolvidable su Agua del pozo), era un auténtico fenómeno de masas porque era, se decía entonces, el ídolo de las modistillas. En realidad, en la España de principios de siglo, modistilla era una sinécdoque que venía a designar, no sólo a las costureras que en su casa ganaban unos chavos zurciendo, arreglando bajos o cosiendo ojales; sino a toda aquella mujer de escasa cultura y aún más modestos recursos; mujer que, bajo el nombre decimonónico de manola o cigarrera, fue uno de los motores de aquel Madrid y de aquella España.

Negrete era el ídolo de aquellas chicas jóvenes que caminaban con paso inocente hacia una vejez de mierda, soñando con un buen marido. Este sueño quedaba quintaesenciado en la tradición de las fiestas de San Antonio de la Florida. Dicho día, 13 de junio, tras sacar los sacerdotes una pila bautismal al exterior del templo, en ella se colocaban 13 alfileres. Las modistillas metían la mano y luego, al sacarla, contaban los que se les quedaban prendidos de la palma; ése era el número de los novios que tendrían hasta el próximo 13 de junio.

En esa cultura un tanto pacata, inocente y con bastantes pocos horizontes, creían las modistillas que cosían y cosían escuchando a Negrete, su sex symbol. Y, cuando llegó a Atocha, fueron allí a decirle lo mucho que le querían. Algunas tomas, parciales, de aquel follón, pueden verse aquí.

Con todo, no es de esto de lo que escribo hoy, sino del otro gran fenómeno de masas de la España moderna pero antigua: la muerte de la reina María de las Mercedes. Episodio que lo tiene todo: una reina que lo es por amor de su marido, que se casó con ella contra todos y pese a todos porque, entre otras cosas, la madre del rey, reina que fue asimismo, odiaba a la familia de la pretendiente (a pesar de ser ésta sobrina carnal suya) por viejas rencillas y putadas varias. Además del matrimonio por amor, la muerte sobreviene apenas unas semanas después de la boda, acentuando la tragedia; y en la flor de la vida.

El impacto social de la muerte de María de las Mercedes fue tal que, aún décadas después, un actor español, Vicente Parra, asciende al Parnaso de ser el George Clooney español básicamente por una sola película: Dónde vas, Alfonso XII; título que reproduce el primer verso de una tonadilla (Dónde vas, Alfonso XII/dónde vas, triste de ti,/Voy en busca de Mercedes/que ayer tarde no la vi) que cantaban hasta los niños en los recreos. Aquel film, un tanto o un mucho flatulento y pringoso de merengue, encumbró a los dos novios de ficción, Parra y Paquita Rico, ejerciendo un efecto social al lado del cual Los puentes de Madison aparece como un torpe contrometraje de festival de arte y ensayo.

Veamos lo que pasó.

Tras la restauración borbónica, el ya rey Alfonso XII marcha hacia el norte, a terminar con la guerra carlista; con lo que se convierte, que yo sepa, en el último rey de España que, además de ser el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, realiza personalmente la labor que otrora fue imprescindible en los reyes: estar presente en la batalla. Pero mientras esto ocurría, se planteaba, a toda leche, el problema de la futura sucesión y, consecuentemente, de su matrimonio.
Isabel II venía preocupada por el asunto de antiguo. Siendo el rey un niño, ya había iniciado incluso contactos con Carlos, su rival dinástico; contactos en los que, al parecer, se llegó a plantear el matrimonio de Alfonso de Borbón con Blanca, la hija mayor del pretendiente tradicionalista. De esta manera (en esos momentos aún no había nacido Jaime, el hijo varón que continuaría la rama carlista), Alfonso sería rey consorte. Sin embargo,  no se llegó a nada. Ni se habría podido llegar, entiendo yo, porque el partido alfonsino habría montado en cólera.

Francia, siempre atenta a los movimientos de la monarquía española con la indisimulada intención de controlarlos, comenzó a marear con la cuestión del casorio. El marqués de Molíns, embajador en París, tuvo que ir a palacio a decir que vale, que el rey era joven y que había tiempo.

Cánovas albergó pronto la idea de tirar del tronco de los Montpensier, siempre dispuestos a ser reyes de España, para resolver la cuestión. Incluso consultó en Londres y en Bonn que tal caía la cosa. Sin embargo, donde encontró mayor oposición era en España, y entre los alfonsinos de toda la vida. Había muchas razones para hacer reproches a los Monty, y los monárquicos lo sabían. El reproche era, fundamentalmente, uno. Durante el comprometido periodo en el que España estuvo buscando un rey que sustituyese a la dinastía borbónica representada por Isabel II, a su pariente Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, no le dolieron prendas de presentarse como candidato, aunque quedó descartado por unas razones que ya hemos contado. Evidentemente, esto dolió muchísimo entre los alfonsinos, pues se encontraban con unos (teóricos) alfonsinos que rápidamente negaban la legitimidad alfonsina cuando les convenía. De donde se deduce que el monárquico medio no cuenta entre sus vicios el de leer Historia; porque, si la leyera, podría cabrearse, pero no extrañarse.

Visto el problema que daba la candidatura montpensierina, se pensó en Beatriz, princesa inglesa, hija de la reina Victoria; pero, sin embargo, España no estaba preparada para casar a su rey con una protestante (aunque, como las dinastías reales están todo el día mareando en el mismo tablero, la cosa acabó volviendo, porque Beatriz, casando con el príncipe de Battenberg, alumbró a Victoria Eugenia, o sea la que sería churri de Alfonso XIII). Tampoco sirvieron otras dos famosas solteras de sangre azul prusianas: Isabel Carlota, hija del príncipe imperial, y Luisa María, hija del príncipe Federico Carlos; no servían por la misma razón de las creencias religiosas que traían montadas de serie. Así pues, se pensaba en candidatas católicas, tales como la princesa Estefanía de Bélgica o Isabel Luisa de Baviera. Hasta la hija de los herederos del zar, Anastasia Michailovna (ortodoxa, como Sofía de Grecia), entró en la ruleta.

Las cosas, sin embargo, iban a ir por otro camino.

Ya en 1874, una vez restaurada la monarquía, Isabel II comenzó a hablarse de nuevo con su hermana, Luisa Fernanda, con la cual se había construido una enorme distancia después de los mentados movimientos monárquicos en la oscuridad del duque de Montpensier. Luisa Fernanda, condesa de Montpensier, había compartido la suerte de su casa frente a la reina expulsada. Una vez que ambas hermanas se amigaron, los Orleans visitaron a Isabel II en su palacio parisino, y ella hizo lo propio, acompañada por sus hijos Isabel y Alfonso, al palacio de Randam. Allí, en esa casona, el que sería Alfonso XII conoció a su prima Mercedes, y se quedó prendado de ella. En ese momento, sólo se lo dijo a su hermana mayor, la cual, al parecer, guardó celosamente el secreto.

Ya rey, la cosa continuó. Aunque con problemas. En su diario, la infanta Paz, hermana de Fonsi Twelve, relata, en una entrada de 13 de septiembre de 1877, que ha dado un paseo con su hermano en El Escorial, y que éste le ha contado que está colgado de su prima. “Pero”, anota lúgubremente la infanta, “ni al gobierno ni a mamá les gusta ese casamiento”. Esta misma fuente nos relata que dos días después, el 15, su hermano le anuncia que va a  hablar seriamente del tema con su madre. Todas las trazas son de que tuvieron una discusión mundial pues, horas después, Paz se encuentra a su madre con los ojos rojos de haber llorado. Consultado su hermano Alfonso, éste le contesta secamente que todo está bien y que los primos Montpensier van a venir de La Granja.

Los Montpensier fueron, efectivamente, a El Escorial algunos días después, el 23 de septiembre, donde, según relata en una carta Luisa Fernanda, Isabel II se desplegó con todo tipo de zalamerías con su sobrina. Pero eso no quiere, en realidad, decir nada. Al mismo tiempo le estaba confesando a sus íntimos que “no quiero nada en común con los Montpensier” y que, además, esa boda le parecía “repugnante para el país”.

La reina hizo más. Según relata Manuel Silvela, entonces ministro de Asuntos Exteriores, a finales de septiembre Isabel se entrevistó en El Escorial con los embajadores francés, alemán y ruso (por separado), a los que expresó “su repugnancia hacia el matrimonio [del rey] con doña Mercedes”. Al embajador alemán le pidió una lista de princesas casaderas alemanas (la monarquía, a ratos, es lo más parecido a un mercado de conejos que se puede encontrar) y le aseguró que lo único conveniente para su hijo era casar con teutona (con u intercalada). Al ruso le enseñó una foto que tenía de una hija del gran duque Milhail, mientras aseguraba que el problema de su religión ortodoxa sería fácil de librar. Y, por último, al embajador francés le dio la brasa con la posibilidad de que la boda de su hijo con una Montpensier reavivase el conflicto francoprusiano.

Isabel II, como vemos, no perdonaba que los Montpensier, en su día, en lugar de hacer piña con su exilio, se apuntasen a la almoneda de la corona de España.

Alfonso, sin embargo, estaba decidido. Y, aunque no hubiese entonces encuestas demográficas, es fácil dirimir, leyendo la prensa de la época, que la gente le apoyaba. El asunto del amor entre Alfonso y María de las Mercedes es, de hecho, y como ya he dicho, el hecho social de mayor calado e impacto de la Historia de España. Al lado del interés con el que los españoles, sobre todo los más humildes (enferma la reina, las verduleras de la calle Toledo abrirían una modesta suscripción para pagar su curación), pusieron en aquella historia, las chorradas de Belén Esteban parecen un dossier secreto que no conoce nadie. Nada ni nadie, ni Gran Hermano ni hostias, ha sido capaz, en España, de movilizar a una sociedad como la española finisecular con el asunto de la boda del rey.
El 7 de diciembre, Alfonso de Borbón le pone un telegrama al duque de Montpensier, anunciándole la partida de su mayordomo mayor (el celebérrimo Pepe Alcañices, duque de Sesto) con una carta muy importante. Alcañices, en efecto, entraba al día siguiente por el umbral del palacio sevillano de San Telmo. El día 10, está en Madrid con la respuesta positiva (nos ha jodido mayo con las flores) de Antonio de Orleans.

Para entonces, Cánovas ya trabaja a pleno rendimiento para el proyecto alfonsino. El mismo día 10, le pasa al rey a la firma el decreto que convoca a las Cortes justo un mes después. El mismo día sale para Roma la solicitud del rey al papa Pío IX para obtener una dispensa que le permita casarse con su prima.
La sesión de Cortes del 11, que fue cuando se leyó el comunicado, no fue un lecho de rosas. En contra del anunciado matrimonio habló, por ejemplo, el general Pavía; un diputado sevillano, Lorenzo Domínguez, que hizo de portavoz de las muchas inquinas que había en la capital andaluza contra Montpensier AKA El Pollas de la Pistolita; y Claudio Moyano, el reformador del sistema español de educación quien, sin embargo, comenzó su discurso con un requiebro elegante en el que dejaba claro que su enemiga no tenía nada que ver con la pretendiente, a la que encontraba de belleza y elegancia sinpares. La sesión, sin embargo, no llegó a mayores porque la oposición más numerosa, es decir los hombres de Sagasta, asistió al espectáculo como si no fuera con ellos.

Por cierto que en esa misma sesión Alfonso XII presentó una comunicación en la que, basándose en la crisis económica y en las subidas de impuestos que se habían tenido que ejercitar, solicitó que, como medida de austeridad, no le fuese señalada renta particular alguna a la futura reina que, por lo tanto, debería vivir, literalmente, del sueldo del rey (aunque se le fijó una cantidad de 250.000 pesetas anuales si enviudaba).

Se ve que hay monarquías que van para delante, y otras que no.

Aunque no es oro todo lo que reluce, pues cabe recordar que, para la salida de Mercedes del palacio de Aranjuez, camino de Madrid, se construyó un ramal de ferrocarril para la ocasión. Cabe anotar, en este terreno y como cosa curiosa, que con motivo de aquella boda se instaló por primera vez, e inauguró, la iluminación eléctrica en la Puerta del Sol.

Inmediatamente tras el bodorrio, ambos personajes, rey y reina, se enfangan en un rosario de actos públicos, donde son vitoreados por la gente, que está encantada con esa historia de que el rey vaya y se case con quien le salga del güaino. Sin embargo muy pronto, aunque no sabemos con exactitud cuándo, comienzan a producirse síntomas preocupantes.

La reina está cansada. Muy cansada. La infanta Paz, hermana del rey, anota en su diario que el primer día de mayo, la familia real se ha ido a Aranjuez. El príncipe Adalberto de Baviera, su hijo, que editó y anotó las memorias de su madre, añade un dato revelador: aquel viaje se hizo porque María de las Mercedes estaba cansada. Sin embargo, el día 8 ya están de nuevo en Madrid, cumpliendo con sus obligaciones.

El día 20 de mayo pasea por la feria de Madrid, en el Botánico. Es su última aparición en medio de grandes masas. Aunque aún va al teatro el 21; pero el 26 falta a la corrida de Beneficencia. El 28, se deja ver por el hipódromo.

Paz de Borbón escribe, en la entrada de su diario del 18 de junio: “La reina tiene calentura. Hace ya un mes que no se siente bien”. Esa calentura causa el primer parte médico del facultativo de palacio, marqués de San Gregorio. Dicho parte dice, entre otras cosas, que “la reina viene aquejada, desde fines del mes anterior, de las molestias que anuncian, algunas veces, el principio del embarazo”.

Joder con el embarazo. La reina tiene fiebre, mucha fiebre; y en los días sucesivos, no le cede. El marqués informa, en el parte del día 20, que es una fiebre de origen gástrico. Por la tarde se informa de que está mejor, pero al día siguiente se anuncia que podría llegar a un estado grave; que la reina tiene una fiebre muy alta, y sopor (o sea, que está tostada). El día 22 se informa de “una intensa perturbación del sistema nervioso y hemorragia intestinal”. En una escena verdaderamente de película, mientras en el patio de Palacio resuenan los cañones que se disparan en honor a los 18 años que cumple, el cardenal Moreno, arzobispo de Toledo y primado de España, está administrándole los Santos Sacramentos.

En la tarde del 25, dicen los partes, “se exacerban todos los síntomas” y a medianoche “la situación es gravísima”. El parte de la madrugada del 26 dice: “la vida de S.M. se halla en peligro inminente”. Falleció a las 12 de la mañana, rodeada de todos sus sirvientes arrodillados, que rezaban por lo bajo, coordinados por el arzobispo, y mientras el rey le tomaba una mano. Diagnóstico final: “fiebre gástrica-nerviosa, acompañada de grandes hemorragias intestinales”.

María de las Mercedes, nacida en el Palacio Real de Madrid el 24 de junio de 1860 y fallecida, por lo tanto, en la flor de la juventud, tenía una larga lista en su familia de desgracias personales. Su padre, Antonio de Orleans, moriría años después a los 65 años, de un ictus cerebral. Por su parte su madre, la infanta Luisa Fernanda, sufrió en el año 1893 una endocarditis reumática. Muchos médicos han sospechado que sufría algún tipo de enfermedad respiratoria crónica. Por otra parte, Cristina, la hermana de Mercedes, murió también muy joven, de tuberculosis.
Los estudios médicos realizados en torno a la enfermedad y muerte de María de las Mercedes coinciden en señalar la fiebre tifoidea como la causa más probable de su muerte. Sin embargo, como hemos visto, en los prolegómenos de la enfermedad, el médico de palacio (que era eso que el lenguaje coloquial español ha bautizado como un tocoginólogo) cometió el enorme error de confundirlos con los síntomas de un embarazo incipiente. Si bien, en ninguno de los partes médicos conservados se hace notaría alguna de amenorrea; sin la cual, el embarazo es dificilillo que se produzca.

Con posterioridad, los partes médicos calificaron las fiebres de la reina como gástricas, que era un término entonces muy habitual para todo proceso febril que cursara con temperaturas relativamente moderadas (hoy hablaríamos de salmonelas, por ejemplo).

Un aspecto interesante del análisis histórico-médico es señalar también que, por lo general, los facultativos suelen destacar la rapidez con que los síntomas graves de la fiebre tifoidea se desarrollaron durante los días informados en los partes.

Si hemos de creer a los partes oficiales, toda la enfermedad de la reina cursó en ocho días, lo cual es muy rápido. La hemorragia intestinal del 22 por la tarde, por ejemplo, es un síntoma que ya los  libros de la época hacían notar no se presentaba hasta el vigésimo día de morbo.
Estos datos hacen surgir la cuestión de si la gestión de la enfermedad de la reina fue todo lo diligente que podía haber sido. Cierto es que a finales del siglo XIX la medicina no sabía cosas que averiguó después; pero también lo es que los partes médicos, y testimonios como el de la infanta Paz, parecen insinuar que hubo días, o más bien semanas, durante los cuales la reina ya tenía que estar mal, si sufría unas fiebres tifoideas, y durante los cuales se la obligó a mantener su actividad normal (así fue hasta el 28 de mayo). El primer diagnóstico del marqués de San Gregorio sugiere la posibilidad de una simple y pura estulticia médica, en la que, sin embargo, a los facultativos que se han acercado a este periodo de nuestra Historia les cuesta creer. Más parece que hubo censura, autocensura, y un poco de política del avestruz; estrategias todas ellas que pudieron llevarse por delante a la reina.
Queden como epílogo de estas notas las enigmáticas frases escritas por el dramaturgo y premio Nobel Jacinto Benavente, en la biografía de su padre, el primer pediatra que hubo en España. Cuenta amargamente Benavente que, cuando se planteó la enfermedad de la reina, muchos especialistas fueron llamados a Palacio, pero no su padre; e insinúa que los celos y enemigas personales podrían ser la causa. “No es que mi padre se doliera de ello”, nos dice, “porque detestaba la etiqueta palatina y conocía demasiado a los que rodeaban a los reyes para desear acercarse a ellos”. “Yo estoy seguro”, confiesa, “de que si mi padre se hubiera encargado de la asistencia de la reina, pero él solo, sin intromisiones de otros médicos, la reina Mercedes no habría muerto en plena juventud”. Los médicos que la atendieron, remacha, “no entendieron la enfermedad”.



La puntillosa burocracia palaciega contó los visitantes a la capilla ardiente con total precisión: 53.254. Más del 10% de la población de Madrid de aquella época. Estamos hablando de una manifestación popular de no menos de 300.000 personas en el día de hoy. Eso sin contar los llantos privados en las alcobas, las inútiles cuestaciones entre las personas más humildes del país, el luto de la prensa, en los teatros, en los restaurantes; y el mito que nació inmediatamente, dónde vas, Alfonso XII/dónde vas, triste de ti; un mito nacional, interclasista, atormentado como gustan de ser los mitos hispanos.

No seré el primero, ni el último, en escribir que, en España, para ser querido, lo mejor que puede hacer uno es morirse.