viernes, junio 22, 2012

A euro, oiga, a euro







Pues hala, ya está. Algunos avezados lectores ya se han enterado antes, pero declaro oficialmente a la venta La derrota de Aquiles. Un ensayo sobre el fracaso de la Unión Soviética. Disponible aquí.




miércoles, junio 20, 2012

Fra Girolamo (4)


Aquella visita al Medici dio comienzo a la breve, pero intensa, historia de la relación entre el famoso noble florentino y el no menos famoso fraile y agitador político ferrarense. Que contamos, más o menos, en este capitulito de la serie.

La reacción de Lorenzo de Medici a tamaño discurso en toda su jeta fue no hacer aprecio. Aprovechando que Savonarola no había siquiera citado su nombre en el sermón, hizo como que no se había enterado. Cuando las gentes de su círculo le reprocharon, por así decirlo, la dureza de las palabras del fraile, repuso, con notable cinismo, que no importaba que él, Lorenzo, fuese un cabrón, si conseguía reformar al pueblo de Florencia. Eso sí, el que pasó una temporada bastante acojonado fue Pico de la Mirandola, que era quien había recomendado a Savonarola, y que tardó bastante en creerse que el Medici no fuese a vengarse por el agravio en su persona.

La verdad es que, con esa actitud, Lorenzo El Magnífico jugó con fuego. La tensión a la que tenía sometida a Florencia su gobernante era enorme, porque Lorenzo, como buen Medici, no tenía medida a la hora de trincar. La principal característica de la Florencia medicea es la calculada procrastinación de sus gobernantes a la hora de construir un sistema fiscal coherente. En verdad, las personas de hoy en día no nos podemos hacer una idea de los enormes problemas prácticos que presentaba, en los tiempos antiguos, un acto hoy tan (desgraciadamente) sencillo como la exacción fiscal. Un gobierno del 2012 puede cambiar el IVA de arriba a abajo, modificar los tipos a aplicar a todos los productos de una sola vez, sin por ello temer que el resultado va a ser que no recaude. Los sistemas de información son hoy tan perfectos que el dinero seguirá fluyendo. Sin embargo, cuando decimos, leemos o pensamos en una figura fiscal en el siglo XV, habitualmente no nos damos cuenta que frases como "las ventas de sal dentro del perímetro de la ciudad quedarán gravadas con un 10%", era bastante jodido de aplicar. ¿Cuándo se produciría el cobro? ¿Quién había de pagarlo: el salinero, el carretero, el mayorista, el minorista, el comprador final? ¿Quién controlaba la base del cálculo, esto es la venta sobre la que se producía el 10%? A esto hay que unir que, en la Edad Media y en el Renacimiento, habitualmente las recaudaciones fiscales se pactaban con las autoridades locales en global. Tales son, por ejemplo, las peticiones de los millones realizadas por reyes como Felipe II a sus Cortes. Por lo tanto, lo que se pactaba era la recaudación, no, propiamente, la figura fiscal. Por lo tanto, había una segunda parte, que es, una vez que la ciudad había acordado pagarle a su rey o gobernante tantos miles de monedas, repartir las obligaciones entre los contribuyentes. Reparto que podía ser justo, proporcional, o a dedo; el de Florencia, por mor de la mano de los Medici, era de los últimos.

Las dificultades inherentes a la aplicación de los impuestos (que están en la base de que su recaudación fuese habitualmente subcontratada, muy particularmente a los hebreos) eran oro molido para gentes como Lorenzo de Medici. Escudado en esa realidad, el noble florentino, literalmente, le cobraba lo que le salía de los cojones a quien le salía de los cojones. Aplicaba a rajatabla, medio milenio antes, la máxima del ministro franquista José Solís: "A los amigos el culo, a los enemigos por el culo y, a los indiferentes, la legislación vigente". Los impuestos están en la base del poder mediceo, de su mala fama, y de los enormes problemas sociales que subsistían en la Florencia savonaroliana. Tenéis que entender esto para entender bien todo lo que viene detrás. Las personas del siglo XV podían ser menos leídas que vosotros y, desde luego, recibían mucha menos información (hace ya muchos años, en su clásico La tercera ola, Alvin Toffler estimó que un niño de 4 años de finales del siglo XX ha recibido ya más información que su tatarabuelo del siglo XIX en toda su vida); pero eso no quiere decir que fuesen unos tontos crédulos. Una razón de por qué el hombre renacentista era tan sensible al milenarismo, a las polladas mistagogas y, en general, a la religión opiácea es, desde luego, la ignorancia. Pero otra, no desdeñable, es que quería creer. Exactamente igual que los fanáticos de derechas de hoy en día querían creer que Zapatero tenía un plan para romper España; o que los fanáticos progres quieren creer que todo lo que le pasa a España le pasa por culpa de un estrecho club de no más de 500 personas que han dirigido las cajas de ahorros en los últimos años. Si os paráis a pensarlo, os daréis cuenta de que la televisión e internet, hoy, están petados de pequeños savonarolas becarios.

La gente quería creer. Ésta era la audiencia del fraile en el Duomo. Decíamos ya, párrafos arriba: mujeres sensibles al mensaje de que sus hombres eran impíos por beber, por ir de putas y por darles a ellas unas hostias como panes. Y los hombres, los hombres estaban allí porque, creyendo en las pías profecías de Savonarola, absorbiendo su discurso sobre la falta de virtud del mal gobernante, exhudaban el cabreo que tenían por haber sido recargados con una exacción prohibitiva por la venta de tinte, mientras que el tintorero de enfrente no pagaba nada porque tenía las amistades adecuadas. Hay una peli excelente, cuyo nombre no recuerdo, protagonizada por Robert de Niro, en la que interpreta el papel de un hombre cuya vida es una mierda y que proyecta toda su bilis cuando va al béisbol, gritando, insultando, poniéndose chulo. Ésa reacción tan humana, la de utilizar un hecho de masas para proyectar en él las miserias propias, está en el mismísimo epicentro de ese fenómeno histórico llamado Girolamo Savonarola.

En julio de 1491, como una consecuencia bastante lógica, Savonarola fue elegido prior del convento de San Marcos. Otra ocasión para, con gran escándalo de los frailes, marcar distancias con Lorenzo, puesto que, como patrón que era el Medici del convento, el nuevo prior debía rendirle visita. Savonarola, en cambio, se negó, aduciendo que él sólo le debía su nombramiento a Dios. A partir de ahí, el jefe y gobernante de Florencia y el díscolo fraile jugaron un juego de influencias y nervios. Un día, Lorenzo de Medici se presentó en San Marcos sin avisar. No hizo llamar al prior y, simplemente, se dedicó a pasear por los jardines, consciente del revuelo que estaba creando su presencia. Los frailes fueron corriendo a ver a Savonarola. Pero éste le devolvió la pelota. Como quien recuerda cualquier tontería, el prior preguntó: “¿Ha pedido verme?” Cuando le dijeron que no, se limitó a comentar: “Entonces, dejadle pasear”.

Otro día, un canciller del Medici se presentó en el convento y dejó en las dependencias del prior una considerable cantidad de monedas. Cuando entró Savonarola, vio la escena, reflexionó unos segundos, y luego se acercó a las monedas, separó las de oro de las de plata y cobre, y, ante el asombro y la desesperación de sus monjes, ordenó que el oro fuese repartido entre los pobres. Pico, probablemente obsesionado por quedar bien con Lorenzo, comenzó a criticar la actitud de Savonarola. Éste, desde el púlpito, le arreó un zas en toda la boca: “El perro del poderoso ladra en cuanto le acercan un hueso”.

Lentamente, Lorenzo iba perdiendo la paciencia. Un día, el prior fue visitado por cinco patrones del convento. Le invitaron a reflexionar sobre la falta de propiedad de sus discursos seudopolíticos, y la inquietud que causaba su milenarismo entre la gente. Cuando le insinuaron que podría llegar a ser exiliado de Florencia por todas estas prácticas, Savonarola tuvo claro que aquello era un golpe preparado por el Medici. Acto seguido, hizo notaría de los muchos santos de la Iglesia que habían tenido papeles importantes en la política secular, y amenazó a Lorenzo. De hecho, días después, ante testigos, profetizó la pronta muerte del Medici, del Papa y del rey de Nápoles.

Así las cosas, el gobernante de Florencia decidió plantarle batalla a Savonarola en su propio terreno. Para ello, fichó a Fra Mariano da Gennazzano, el otrora líder del púlpito florentino, para que contraprogramase al prior de San Marcos.

Fra Mariano fue anunciado por Florencia como hoy se anunciaría la actuación de Shakira, o de Madonna. El personal se puso en guardia, y en las esquinas se mascaba la tragedia. El nuevo orador escogió para su sermón un versículo de Actos I, 7: “No está en ti conocer ni saber los tiempos y los momentos decididos por el Padre”. En la iglesia de San Gallo, que poco menos que había sido construida por los Medici para él, se presentó ante una selecta audiencia, entre la cual se encontraba Pico della Mirandola.

Estaba entre amigos. Pero ni sus amigos pudieron negar la evidencia. Fra Mariano se había convertido en el Niño Torres de la predicación del Verbo Divino. Un día fue la pera limonera y desarrollaba los argumentos de Polibio y San Agustín como el que lava; pero, ahora, pasado el tiempo, tenía que tirar siete para meter una. Además, el de Gennazzano, obsesionado en vengarse de quien le había quitado su puesto en la Champions League de la Palabra de Dios, muy al contrario de que lo que Lorenzo había imaginado, abandonó su viejo estilo comedido para bajar por la cuesta de un carrusel de improperios inconexos y casi prostibularios. Cuando el pueblo de Florencia supo de aquel sermón insultante, maleducado e inconexo, se puso más aún, si cabe, del lado del profeta Fra Girolamo. El fraile Mariano hizo un movimiento desesperado, e invitó al prior de San Marcos a concelebrar misa en su propia iglesia. Savonarola pasó de él; y, al siguiente domingo, realizó un sermón brillante, tenso, inolvidable, sobre el mismo pasaje de Actos elegido por Fra Mariano. Era el final de éste. Con el rabo entre las piernas, el otrora predicador pata negra puso rumbo a Roma; donde, de todas maneras, acabaría llegando su oportunidad de vengarse.

Como le suele ocurrir a los adivinos que hacen profecías racionalmente probables, Savonarola acabó por acertar. En abril de 1492, el Magnífico estaba en fase de espicharla, retirado en su villa de Careggi. Es probable que se dejase ir; estaba enfermo de tiempo atrás y, aquel año, había conseguido, finalmente, colocar a su hijo Giovanni como cardenal, su gran ambición. Y, por ello, tal vez, después de ello, se apuntó a la muerte, consciente de que no podía luchar contra ella.

El 8 de abril, Lorenzo el Magnífico pidió la extremaunción. Su confesor fue a Careggi y entró en la habitación, totalmente cerrada, embutida del olor acre de la muerte, donde Lorenzo silbaba y sudaba, tumbado en la cama. Es más que probable que el Medici, a las puertas de la muerte, como otros muchos poderosos (en España es muy conocido, por ejemplo, el caso de Felipe III, ese rey del que la mayoría de la gente no sabe nada), le dio por ser bueno a última hora, y por eso hizo esfuerzos denodados, sin éxito, por arrodillarse frente al cura. Tras recibir los SS de los que hablan las esquelas de la prensa, sorprendentemente, preguntó por el fraile prior de San Marcos.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo fue el encuentro. Algunos teóricos testigos presenciales lo reducen a algo muy simple: el Magnífico quiso confesar, y Savonarola rezó con él. Los partidarios de Savonarola distribuyeron la famosa historia de las tres condiciones que presuntamente le puso al moribundo: la primera, que creyese en Dios, a lo que Lorenzo asintió; la segunda, que devolviese todo lo ganado de forma inmoral, a lo que también asintió, aunque con renuencias; tercero, que devolviese la libertad a la ciudad de Florencia, ante lo cual el Magnífico calló, hasta su muerte.

La historia, la verdad, no hay quien se la crea. Ni Lorenzo el Magnífico habría, jamás, aceptado la segunda condición. Ni Girolamo Savonarola, que era un sincero fraile dominico y conocía sus obligaciones frente a un moribundo, se habría avenido a reivindicar asuntos propios de los mortales ante un interlocutor que tenía ya un pie dentro de la barca de Caronte.

lunes, junio 18, 2012

Preguntas al aire (la ofensiva de Extremadura)

Leer buenos libros responde preguntas, pero también plantea muchas otras. Especialmente, cuando no eres un experto en la materia. Ya he escrito muchas veces en este post que el tema estrictamente militar se me hace un tanto complicado de entender y de abarcar en mis lecturas históricas y por ello, aunque en la Historia es inevitable encontrarse con hombres batallando, no es de eso de lo que más me empapo.

Sin embargo, la afición por la Historia y por los saberes bélicos va unida muy a menudo. Aunque de vez en cuando tengo la oportunidad de plantearle cuestiones así a mi amigo Tiburcio, creo que no está de más exponer al aire, de cuando en cuando, alguna de estas preguntas.

La, o las, que me rondan la cabeza últimamente, tienen que ver con la guerra civil, y con un punto bélico de la misma.

En la primavera de 1937 cayó el gobierno de la Victoria. O sea, el gobierno Largo Caballero, en el que éste ocupaba no sólo la presidencia del Consejo, sino el Ministerio de la Guerra, esto es la dirección militar de la contienda. Fue un gobierno un tanto raro, por no decir bastante, en el que la enemiga entre Largo Caballero y el Partido Comunista se fue haciendo cada vez más y más intensa. Se dice habitualmente que Largo labró su caída el día que echó de su despacho al embajador soviético, Rosemberg, quien le estaba "aconsejando" sobre algunos movimientos bélicos. Según Largo, él se portó con todo decoro y diplomacia, aunque con firmeza. Según otros testigos, le montó un pollo de la hostia. Marcel Rosemberg desapareció en los sótanos del estalinismo sin haber dado su versión.

La crisis de gobierno por la cual cayó Largo fue, no es una coña, bastante larga (y, por seguir con el chistecito fácil, escasamente caballerosa). Azaña la cuenta con bastante puntillosidad en sus escritos. De tiempo atrás, los comunistas venían criticando la dirección de la guerra llevada por Caballero, y muy especialmente su apoyo al general Asensio, a quien los comunistas motejaban, los días que estaban de buenas, de simpático; y al que, de una forma un tanto cínica todo hay que decirlo, culparon de la pérdida de Málaga (la pérdida de Málaga, tal es mi opinión responde un poco a esa frase tan española que dice entre todos la mataron, y ella sola se murió). El enfrentamiento hizo crisis con la retirada de los dos ministros comunistas en una sesión del consejo de ministros; que vino continuada por una actitud por parte de la Ejecutiva del PSOE (o sea, Prieto) y de los republicanos burgueses, en el sentido de que sin los comunistas, el ministerio entraba en crisis.

Azaña, que todavía se creía que estaba dirigiendo un Estado y coordinando la acción de un gobierno, en lugar del cachondeo soberano en que se había convertido la España republicana, ambicionaba reducir el gobierno pues consideraba, y en esto no se equivocaba, que no es de recibo que un Ejecutivo que está librando una guerra, y por lo tanto está centrando todos sus esfuerzos en ello, tenga 18 ministros. Le dijo varias veces a Largo (y después a Negrin) que con 8 o 9 iba de sobra; lo cual, teniendo en cuenta que en el momento en que hablaba el Presidente los ministerios militares no estaban unificados, venía a significar arbitrar apenas cinco departamentos puramente no bélicos, o así. Sin embargo, esa reducción fue apenas posible, pues los ministerios, para entonces, existían, además de (en algunos casos, en lugar de) vertebrar acciones administrativas, para hacerle sitio a todas las fuerzas del Frente Popular más, en algunos casos, a la CNT, que no había formado del FP, pero que como si.

Repasemos la Historia de estos hechos. El día 7 de aquel mes, según las Memorias de Manuel Azaña, presidente de la República, Largo Caballero, que era su primer ministro, le habló sapos y culebras del general José Miaja. Miaja parece ser, en realidad, la gran bestia negra de Largo, no tanto por ser quien más se le opuso, como por ser aquél de quien el socialista hubiera esperado una actitud distinta, más proclive a su política. Simplificando mucho, se podría decir que Largo Caballero acabó por ser el más "militar" de los dirigentes de la guerra por el lado republicano; y, por militar hemos de entender civil dispuesto a dejar el tema de la guerra en manos de los militares. Como digo, esta frase no deja de ser una simplificación pues, al fin y al cabo, si con la mano derecha Largo se creaba un Estado Mayor más o menos formado por militares, con la izquierda permitía que el movimiento antiinsurreccional espontáneo en plan "Armas para el Pueblo" siguiese existiendo; para desesperación de los comunistas, que pensaban (y no se equivocaban) que las guerras civiles no se ganan con pasión revolucionaria, sino con buenos ejércitos. Hubiera sido posible, en teoría, un acuerdo entre ambas partes pues, en el fondo, tengo por mí que Largo y los comunistas querían lo mismo: ganar la guerra oponiendo un ejército al ejército que les atacaba. Sin embargo, los caminos eran distintos: los comunistas querían que la guerra la ganase su ejército, lo cual suponía instituir en las filas la figura del comisario político, y en los rangos esa otra figura muy comúne en el bando republicano del militar nacido del pueblo, y de la que es máximo exponente, que no único, Enrique Líster. A esto, Caballero no estaba dispuesto a jugar porque, exactamente igual que los comunistas, al mismo tiempo que peleaba por ganarle la guerra a Franco, peleaba por ganar otra guerra aguas adentro de la República: la guerra por la dominación, mando y control del proceso revolucionario.

Desde 1934, en realidad desde el año anterior, Largo había jugado una baza. La baza que comenzó a vivir con el famoso eslógan de su periódico Claridad: "¡Atención al disco rojo!" Con este inocente símil automovilístico, Largo dejaba claro que consideraba llegado el momento de virar definitivamente la República, romper amarras con las organizaciones burguesas y armar en España la revolución de corte marxista que ambicionaba. Sólo el fracaso del golpe de Estado revolucionario de octubre le hará cambiar de idea y volver al pacto con Azaña, Martínez Barrio, y resto de políticos republicanos, a quienes Alá les conserve, allá donde estén, la clarividencia política.

A finales de 1933, Largo Caballero echa de la dirección de la UGT al tridente socialisto-conservador liderado por Julián Besteiro, una de las almas de la huelga general del 17 que, sin embargo, ha dejado de creer en las posibilidades de la revolución marxista. Con este movimiento, Largo entra en un proceso sin marcha atrás que marca una espiral revolucionaria creciente y de la que forma parte su unión con los comunistas; unión que, por supuesto, él espera controlar, que es lo mismo que esperan hacer sus probables socios.

Los comunistas, por su parte, se encuentran en ese momento directamente afectados por el cambio estratégico operado en el internacionalismo bolchevique con la llegada de la década de los treinta. A lo largo de los veinte, la URSS, o sea Stalin, ha mantenido una operativa, a la que no es ajena el auge del fascismo (puesto que se aprovecha de la debilidad intrínseca que provoca en la izquierda) de considerar los acuerdos con los socialistas totalmente imposibles. Son los tiempos en los que Moscú moteja a los socialistas europeos (notablemente, los alemanes) de socialfascistas (de la misma manera que llama anarcofascistas a los ceneteros, expresión que recuperará en su momento durante la guerra civil). Esta estrategia se calza una hostia del cuarenta y dos en Alemania, donde la década de los veinte deja claro que ni siquiera en un entorno hiperinflacionario en el que hasta los probos funcionarios son pobres de solemnidad, la revolución bolchevique es posible. Vale que Karl Liebnecht y, sobre todo, Rosa Luxemburgo, no eran los dos líderes ideales para sacar adelante este tema (dudaban demasiado), pero, en realidad, el embate contra la democracia parlamentaria y la República de Weimar fracasó, en mayor medida, por la miopía comunista a la hora de buscar alianzas; alianzas, en todo caso, punto menos que imposibles, puesto que Stalin no estaba dispuesto a compartir el poder con nadie una vez triuntante, y esto es algo que todo el mundo sabía, pues para entonces la suerte de anarquistas, nihilistas, social-revolucionarios y mencheviques en la URSS era sobradamente conocido.

De aquella hostia surge la nueva estrategia, diseñada y explicada por el búlgaro Dimitrov al frente de la Internacional Comunista, del socialismo en un solo país (ahora es posible ser comunista dentro de las fronteras propias sin sentir la necesidad de cumplir el mandato de la revolución mundial) y de la alianza estratégica con las fuerzas burguesas. El comunismo, por lo tanto, puede, y debe, buscar el monopolio de la izquierda desde dentro de los sistemas liberal-parlamentarios, colaborando con ellos y, lo que es más importante, pactando con ellos. Hasta el fracaso alemán, el comunismo propugna el llamado frente obrero: se aliará con cualesquiera organizaciones obreras cuyos integrantes deseen dicha colaboración; pero esto es algo que no se discutirá con los dirigentes (porque los dirigentes son seudofascistas). En 1934 y en España, por ejemplo, esta teoría (no acordar estratégicamente nada con los dirigentes) hará que los comunistas se apunten al golpe de Estado revolucionario sólo en Asturias y en el último minuto, y sólo bajo su lema bottom-up, la famosérrima UHP (Unión de Hermanos Proletarios); aunque, con el tiempo, acaben intentando monopolizar los hechos asturianos como si ellos los hubiesen concebido y llevado a cabo (más cierto es, sin embargo, que es la implicación anarquista la que explica por qué en Asturias prendió lo que no prendió en todo el resto de España).

La nueva estrategia comunista cambia el Frente Obrero por el Frente Popular; que ya sí que es una alianza desde arriba, una alianza de despachos, una alianza estratégica que se hace para conseguir cosas en el futuro. Así pues, Largo va al Frente Popular convencido de que lo maneja totalmente, de que lo posee, de que él es el Lenin Español (entre otras cosas, no se da cuenta de que ese mito lo puesto en marcha, y alimentado, los comunistas); mientras que los comunistas van al Frente Popular convencidos de que lo van a poder manipular para hacerlo suyo (cosa que, de hecho, ocurrirá durante la guerra). Los comunistas se llevan a Santiago Carrillo a Moscú, donde el fogoso becario socialista ve la Luz, tras lo cual la fusión, a escala de imberbes, entre socialistas y comunistas es un hecho; fusión que se hace a total ventaja de los últimos sin que Largo Caballero aparente darse cuenta.

La guerra coloca a a estos dos contendientes en el mismo gobierno, y luchando en el mismo bando. En Moscú, Stalin se asusta. Los republicanos que clamaban por la intervención en la guerra española en su día, y todos los corifeos que han tenido y tienen durante décadas, en enciclopedias de Historia, en foros de internet y en cualesquiera ubicaciones, no entienden por qué Europa entera bajó los brazos cuando estalló la guerra civil española. En realidad, la explicación es muy fácil y bien conocida. Las potencias europeas temían cualquier movimiento que pusidera en ídem la maquinaria de Hitler. Pero más que nadie lo temía Josif Stalin, que sabía que el objetivo de Alemania era su país (Alemania nunca quiso extenderse hacia el Oeste; si abrió ese frente fue sólo por la alianza táctica entre Inglaterra, Francia y Polonia); y sabía, además, que necesitaba tiempo para armar su ejército.

También sabía Stalin que sus dos futuros aliados, Inglaterra y Francia, tenían el mismo miedo que él, y que lo último que querían era un follón a sus espaldas. Es crudo decirlo, pero que Franco quisiera tomar España para montar allí una dictadura y poner a todo Dios a ir a misa y cantar loas a Isabel y Fernando (seguiremos luchando...) por las calles, no les parecía un follón; probablemente, porque ya se preocuparon los franquistas anglo y francoparlantes de explicárselo ipso facto nada más empezar la guerra (y, en este punto de tranquilizar a las potencias liberales, cumple una función crucial, a mi entender, la pastoral colectiva de los obispos en apoyo de Franco; por eso, entre otras cosas, el general tenía tanta prisa en que la publicaran).

El follón que temían Londres y París (incluso el París de Leon Blum y su Frente Popular) era una revolución probolchevique que colocase una pica estalinista en Madrid. Una novedad de este tipo podría colocar a la sociedad francesa, que tenía entonces, como sigue teniendo, una derecha escasamente proclive al acuerdo con otro que no sea ella misma, y con posiciones de filosofía política notablemente radicales; una novedad de ese tipo, digo, podía colocar a Francia al borde de su propia guerra civil; y, consecuentemente, a Inglaterra en una posición de extremada debilidad frente a Alemania.

Así pues, Stalin no quiso soltar la presa española porque le reportaba unos pingües beneficios (se llevó el oro y, una vez en casa, se lo fue aplicando a base de ventas de armas donde incluso él mismo fijaba la relación de cambio) y porque era un paso en su estrategia para hacerse, finalmente, con el Frente Popular; pero tenía que hacerlo de forma refrenada, para que sus socios liberales en Europa no pensaran que iba a favorecer en España la eclosión de un proceso revolucionario.

Ésta es la razón, al fin y a la postre, de que los comunistas alumbrasen la teoría de que había que ganar la guerra y, después, hacer la revolución; y de que a Stalin, más que estorbarle Franco, en ese punto le estorbase el empeño anarquista y poumista de sostener que revolución y guerra eran el mismo proceso. Y que Largo no pusiera freno a este radicalismo revolucionario es lo que, en mi opinión, hizo que en la primavera de 1937, los comunistas decidieran (en Moscú, no en Madrid) que no podían seguir apoyándolo. La bronca con Rosemberg fue sólo una anécdota o, si se prefiere, la disculpa perfecta.


Pero volvamos a Largo, Azaña, y Miaja. Lo que Largo Caballero tenía contra Miaja era su política de contemporizar (cuando no, en la visión del político socialista) identificarse con, las teorías e ideas que sobre la guerra defendían los comunistas. Y que conocemos por algunas cartas que se han publicado de aquellos tiempos, que los asesores soviéticos enviaron a Moscú. Los comunistas, como acabamos de escribir, querían controlar la dirección de la guerra y consideraban que Largo era en exceso comprensivo con el movimiento popular con que se había iniciado la resistencia republicana en los primeros compases de la guerra y que, en su opinión (y en la mía), impedía la creación de un ejército que como tal pudiese considerarse. De ahí la campaña comunista, que al parecer Miaja observó sin reaccionar, contra el general Asensio, principal asesor militar de Largo. Según Largo, la inquina de los comunistas tenía su centro en que él se negaba a dejarles nombrar comisarios en los ejércitos y que, en general, se oponía a que se hiciese política en el frente.

Algunas horas después del encuentro con Largo, diversas representaciones del Frente Popular visitaron a Azaña para convencerlo de que la situación del gobierno era insostenible. José Giral, que visitó a Azaña en representación de los republicanos, le informó de que los dos ministros comunistas, Uribe y Hernandez, estaban dispuestos a plantar batalla en el siguiente consejo. También le dijo que las izquierdas burguesas, los comunistas y los socialistas estaban unidos en este tema; aunque, obviamente, cuando se refería a los socialistas, se tenía que referir a los prietistas. Sucintamente, anunció Giral, en el siguiente consejo de ministros los comunistas pedirían una rectificación en la dirección de la guerra, además de insinuar la salida (= expulsión) del gobierno de las centrales sindicales, UGT y CNT.

En el siguiente consejo, sin embargo, no pasó nada. Pero en el siguiente, los comunistas pusieron encima de la mesa la necesidad de disolver el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), a lo que Largo, apoyado únicamente por los cenetistas, se negó. Los dos comunistas respondieron retirándose y, cuando Largo tratase de continuar el consejo, republicanos y prietistas intervinieron para decir que, en esas circunstancias, consideraban que se había planteado una crisis de gobierno.

Largo Caballero, en el conjunto de cartas que redactó tras la guerra y que forman su especie de autobiografía, relata que se reunió con Azaña, ante el que presentó su dimisión. El presidente de la República, en una actitud que casa bastante con lo que cuenta en sus diarios, le pidió que la retirase, animándole a irse, como tenía previsto, a coordinar la ofensiva que se preparaba en Extremadura para cambiar el sentido de la guerra, tras la cual, si todo le salía bien, le dijo Azaña, el ambiente sería otro. Largo dice que accedió de mala gana; lo cual difícilmente es verdad. Lo de la mala gana, digo.

Nos sigue contando Largo que para la misma tarde de la entrevista con Azaña estaba prevista la salida hacia Extremadura. Sin embargo, antes de poder realizarla, se presentaron en su despacho, Ramón Lamoneda, Juan Negrín y Anastasio de Gracia; todos, socialistas que acabarían orbitando bastante cerca del planeta comunista. Venían a comunicarle que los tres ministros socialistas designados por la Ejecutiva del partido habían dimitido, como respuesta a la dimisión comunista. Largo les contestó con la lógica parda de preguntarse por qué unos socialistas mostraban tantos escrúpulos en respetar las decisiones de los comunistas, si se tomaban contra un presidente socialista (estos pequeños matices de la Historia del PSOE no suelen ser muy tratados, ni por sus líderes, ni por sus turiferarios). Los tres se escudaron en que era una decisión de la Ejecutiva.

La interpretación que hace Largo en sus memorias de esta reunión tiene muchos visos de ser cierta. Caballero dice, y no le falta razón, que habiendo él dimitido, no tenía sentido empujarle. Más bien, añade, lo que pasó fue que tanto socialistas como, sobre todo, comunistas, se enteraron de lo de Extremadura, y se pusieron nerviosos. El historiador poumista Víctor Alba asevera, en este sentido, que un mando comunista, el jefe de la aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros, recibió instrucciones del Partido de no prestar aviones a la operación extremeña (¡ole con el Frente Antifascista!). Asimismo, Largo dice en sus memorias que, en realidad, Lamoneda, Negrín y De Gracia venían de una reunión con Bujeda, dirigente comunista, en la que éste había dicho que lo de Extremadura había que pararlo como fuese, porque, dijo, era el principio de un golpe de Estado que Largo Caballero prentendía dar con el apoyo de la CNT.

Largo visitó a Azaña con nuevas noticias; es decir, lo que le había contado el trío de la bencina del PSOE. El presidente de la República hizo sus llamadas y, según dice Largo que le dijo, no encontró oposición a que siguiera siendo primer ministro. Y es posible que así fuera, porque los comunistas, lo que querían, es que dejase de ser ministro de la Guerra, cargo que compaginaba. En todo caso, es un hecho cierto que Azaña le encargó a Largo la formación del nuevo gobierno.

El veterano estuquista de la UGT aceptó, pero sobre la base de que habría que cambiar la estructura del gobierno. Así que preparó con los suyos un esquema, en el que, sobre todo, refundía todos los ministerios militares en uno solo (como ocurre hoy en día, sin ir más lejos). Hecho este esquema, lo envió a las formaciones del Frente Popular. Al poco de salir la carta de Presidencia, los mismos tres mensajeros, Lamoneda, Negrín y De Gracia, visitaron al presidente para pedirle el ministerio de Defensa, de nueva creación, para Indalecio Prieto. Para Largo, eso era como pedirle a Mouriho que deje el banquillo del Madrid a Tito Vilanova. Así pues, Largo se negó, no sin razón, aduciendo que no tiene mucho sentido poner al frente de la guerra a un tipo que no cree que la guerra se pueda ganar. Un par de horas después, del PSOE llegó una carta oficial anunciando la postura del partido (del mismo partido al que pertenecía Largo) de no participar en su gobierno, a menos que los comunistas fuesen invitados a participar en él, y Prieto ocupase la cartera de Defensa.

Aunque hay gente para todo y, por lo tanto, hay quien niega todo lo que se tercie, resulta muy difícil de defender la idea de que no hubiese una coalición comunisto-prietista contra Largo Caballero, en la que Negrín participaba encantado en ese punto, con la aquiescencia sorda de los republicanos.

Esa misma noche, Azaña convocó en su despacho a José Díaz (PCE); Ramón Lamoneda, secretario de la Ejecutiva del PSOE; Indalecio Prieto (a pesar de que, dimitido el gobierno, todo su puesto era el de vocal de dicha Ejecutiva); Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes y de Unión Republicana; y Salvador Quemades, en representación de Izquierda Republicana (un tipo curioso, este Quemades, que viajó de la CNT a IR sin billete de vuelta). El último en ser convocado fue el propio Largo.

Azaña, claramente, había hablado antes con José Díaz, y se había asegurado de que los comunistas estaban dispuestos a aceptar a Largo presidente del gobierno si dejaba Defensa. Además, el PSOE seguía vinculando su presencia en el gobierno a la de los comunistas (con lo que, en la práctica, también pedía la dimisión de Largo como general en jefe); IR se negaba a estar en un gobierno sin los comunistas; UR dijo que no pondría obstáculos a lo que se hiciese; e Indalecio Prieto, simple y llanamente, se quedó callado (según Largo; según Azaña, Largo no estaba físicamente presente en la reunión, y Prieto fue el primero en hablar).

Según Azaña, el famoso temor de Bujeda, o sea el golpismo de Largo, no estaba totalmente exento de base. Nos cuenta en sus Memorias que Martínez Barrio le dijo, pocas horas después de la defección comunista del gobierno, que temía la actitud de la UGT y la CNT si Largo salía del gobierno (es probable que lo hablase con más gente; por ejemplo, con los comunistas. Y es probable que por eso éstos aceptasen que siguiese presidiendo el Ejecutivo, sólo que sin controlar la guerra). Azaña, sin embargo, no creía en esa posibilidad porque, dice en sus memorias, "la gente ya está harta de abusos y de ineptitudes"... curiosa forma de describir la operativa del bando republicano en la primera mitad del 37.

Azaña, ya lo hemos visto, decidió apostar por la patada a seguir, y le dio el consejo a Largo de que se fuese a Extremadura. Pero, nos dice en sus memorias, lo hizo pensando que el político socialista reconstituiría el gobierno antes de salir de Valencia, y no después; y, por eso, se quedó ojiplático cuando supo que Largo pretendía marcharse sin dejar el tema resuelto. Probablemente, era a Azaña al que, en este punto, le faltaba información sobre lo poco que los comunistas estaban dispuestos a hacer para que la ofensiva extremeña tuviese éxito. Además, el ambiente en la zona republicana se hizo tan proclive a la idea de que los anarquistas preparaban un levantamiento en defensa de Largo que Azaña acabó llamando a Joan Peiró, "único de los cuatro ministros de la CNT que se reputaba de moderado y sensato", dice en sus memorias; entrevista en la que el líder anarcosindicalista le dejó claro que tenían claro que la cosa no iba contra ellos (aunque, en realidad, no tardó ni un mes en ir; menudo clarividente, Peiró).

Si seguimos con las informaciones y opiniones de quien entonces era el primer magistrado de la República, el famoso esquema de Largo Caballero estaba creado para no formar gobierno. Para ir a un enfrentamiento frontal. Azaña cuenta en sus memorias que era un gobierno que otorgaba una preeminencia elevada al PSOE y a la UGT, concentraba todo el poder militar en las manos de Largo, y nombraba a Prieto ministro de Agricultura y Comercio. En realidad, la conspiración comunisto-prietista no fue sino la forma en que don Indalecio le devolvió a Largo la ración de mierda que éste le había hecho comer a aquél en el 36, cuando había fomentado la candidatura de Azaña a presidente de la República, a sabiendas de que llamaría a Prieto a formar gobierno, para después bloquear esa iniciativa en los órganos del partido, que entonces controlaba el estuquista (y en la guerra controlaba Prieto). Cierto es que en España hay toda una caterva de historiadores y mediopensionistas, algunos de ellos muchas veces subvenci, ejem, quise decir premiados, que niegan esto. Pero, al menos en mi opinión, desde que, en aquel lejano día de agosto de 1930, cuando Indalecio Prieto decidió, por su cuenta y riesgo, acudir a la reunión del Pacto de San Sebastián, y Largo Caballero reaccionase en contra para defender su liderazo en el partido; desde aquel día, digo, estos dos compañeros de partido no habían hecho otra cosa que arrearse navajazos en los riñones. En los riñones de España, quiero decir.

Por esta oposición frontal a la propuesta de Largo fue por lo que Azaña convocó la famosa reunión nocturna. Reunión a la que, es un matiz que nos hace Azaña en las memorias, Largo no quería asistir, por lo que se avino a permanecer en el edificio, a disposición del presidente si le llamaba. Finalmente, cuando todos los grupos formarlon posición en el sentido que ya hemos descrito (punto éste en el que Largo y Azaña coinciden en lo esencial), el presidente acabó por llamar al estuquista. "La discusión entre ellos", dice Azaña, y se refiere a Largo y Díaz, "rebotó". La situación la resumió Azaña: todos estaban dispuestos a que los sindicatos entrasen en el gobierno; pero los sindicatos sólo participarían en un gobierno de Largo; Largo quería, para formar gobierno, conservar Guerra o Defensa Nacional en sus manos. Díaz se negaba. La reunión terminó sin acuerdo, con un tibio compromiso de Díaz de consultar una vez más a su Comité Central. Los comunistas no tardaron ni dos horas en reunirse, reiterar su negativa, y remitirle a Azaña la comunicación.

Así las cosas, Azaña decidió, afirma en sus memorias, aprovechar la "tranquila energía" de Negrín. Que es una forma bien pollas de explicar una decisión así. Quizá porque no quería confesar por escrito que el nombre de Negrín le había sido sugerido, tal vez por los comunistas, en mi opinión poco probable. Tal vez, más probable, por Prieto, quien sabía que su tiempo para ser presidente del gobierno había pasado, y que temía terminar como Largo, enfrentado con los comunistas (como, de hecho, le ocurrió). Azaña consulta con Martínez Barrio, quien le confiesa que ha pensado para primer ministro en Álvarez del Vayo; se ignora por qué no, ya puestos, no le propuso también a Azaña los nombres del fantasma de Primo de Rivera, o de La Chelito, o de Torrebruno.

Azaña dice que diseñó un Plan B por si fallaba lo de Negrín. Consistía en encargar a un republicano (¿Giral?) formar gobierno, tarea en la que fracasaría; y, acto seguido, dar por finiquitado el Frente Popular, reunir las Cortes, pasarles el marrón, y hacer un discurso radiado al país (y abrirle de paso los frentes a Franco, supongo...). Si es verdad que tenía este Plan B, entonces no podía estar seguro de que la candidatura de Negrín iba a tener apoyos suficientes; o sea, no estaba al tanto del pasteleo. Todo el día lo pasó Azaña convencido de que los sindicatos no aceptarían ni la presidencia de Negrín, ni la pretensión de éste de reducirles el número de carteras. Pero Negrín le visitó esa noche; y tenía la lista del nuevo gobierno.




En no pocas de mis lecturas sobre la guerra civil, sobre todo por parte de historiadores más de izquierdas, se producen de cuando en cuando unas masturbaciones épicas con el tema de la nonata campaña de Extremadura y las consecuencias que habría tenido. De hecho, en sus tiempos, cuando sólo era un proyecto en el papel, eran muchos, entre ellos el propio Largo, que decían a quien quería oírle que era una operación "susceptible de cambiar el rumbo de la guerra".

Aquí es donde mi nivel de conocimiento y comprensión se frenan. De lo que sabemos de aquella acción, ¿es razonable sostener que la República tenía una baza? ¿Contaba con fuerzas y disciplina interior suficientes como para ambicionar que sus planes saliesen bien y, de nuevo, una porción y la otra de las fuerzas nacionales quedasen desconectadas, al menos por tierra? En aquel punto de la guerra, en el que, si no estoy errado, ciertas superioridades nacionales (como la aérea) se iban haciendo patentes, ¿sería esa partición tan catastrófica para los planes de Franco como pretendían sus enemigos? ¿Qué había supuesto aquella acción en materia de desguarnecimiento de otros frentes, notablemente el del Norte?

Hay más incógnitas. ¿Verdaderamente ocurrió, como pretenden algunas fuentes anticomunistas (seamos más precisos: antiestalinistas; pues algunas de estas fuentes, como Víctor Alba, eran comunistas), que los comunistas hicieron todo lo posible por petardear aquella ofensiva? La cosa tendría sentido, desde luego, porque si Largo esperaba contrarrestrar con aquella ofensiva la creciente influencia comunista, tendría lógica, como digo, que los comunistas se la griparan. Según Azaña, Largo le sugirió algo así como que si retornaba victorioso de Extremadura, se ocuparía de apiolarse a todos los militares en el mando de ideología comunista o pleitesía roja (como Miaja). Si le metieron los comunistas la zancadilla, ¿lo hicieron solos, o en compañía de otros?

Resumamos: ¿tuvo la República, de verdad, una oportunidad de tomar la iniciativa en la guerra en Extremadura? Y si la tuvo o no la tuvo, ¿actuó coordinada?