viernes, diciembre 14, 2012

Algunas lecturas navideñas


La semana que viene comenzará la cuesta abajo de mis breves vacaciones navideñas, que terminarán con el año. Lo cual quiere decir que es probable que, entre los humos del alvariño y la irresistible atracción de las fabas de Lourenzá, os haga menos caso que Yoda a la Real Academia de la Lengua. 

Como ya me ha advertido el Ministerio del Interior que tamaña ausencia podría causar alarma social, lo cual sería una pena en un país que está tan tranquilo y sosegado, he pensado en dejaros aquí alguna que otra recomendación de lectura. Ya lo siento por mis lectores monolingües, pero obviamente yo hablo de las lecturas que hago y me interesan, que no siempre son en la lengua de Cervantes. 

Espero que alguno de estos libros os procure una navidad provechosa en el sillón, mientras fuera llueve o hace un frío de cojones.

Interesante a más no poder es The origins of sex: a History of the First Sexual Revolution. Está escrito por Faramerz Dabhoiwala (que al parecer es un tío). El libro analiza la que considera primera revolución sexual de la sociedad, ocurrida en Europa durante el siglo XVII. Las cosas que cuenta, en muchos puntos, dejan chiquitos a los años del amor libre, en los sesenta del siglo XX.

También os ha de molar Round about the Earth, libro de Joyce E. Chaplin. Es una obra fascinante sobre un proyecto humano fascinante, cual es abarcar el mundo. Hoy nos parece el temita una chorrada; pero para el hombre, durante la mayor parte de su existencia, abarcar el mundo, ser consciente de sus dimensiones y, sobre todo, ser capaz de recorrerlas, ha sido un reto imposible.

El libro comienza precisamente en el momento en que dicho reto deja de ser una quimera, esto es con el viaje de Magallanes, completado por Juan Sebastián Elcano. Aquella hazaña, sin embargo, y esto nos lo recuerda el libro, fue como aquel famoso 8,90 que saltara Bob Beamon en México, que luego nadie fue capaz siquiera de igualar por mucho tiempo. Durante dos siglos y medio, circunnavegar la tierra se convirtió en un tema casi imposible, cuando menos hasta que Cook encontró formas de combatir el escorbuto, pues esta enfermedad era el principal obstáculo para que las tripulaciones pudieran estar en la mar todo el tiempo que necesitaban para hacer viajes por todo lo largo y ancho de la Tierra.

El texto de Joyce Chaplin relata otros muchos hitos de este proceso tendente a abarcar la Tierra, algunos de ellos hoy prácticamente olvidados, como aquella gesta financiada por Joseph Pulitzer para que alguien demostrase que el reto de La vuelta al mundo en ochenta días era practicable; reto que fue confirmado por Nellie Bay, que dio la vuelta al mundo en 72 días, 6 horas y 11 minutos. 

¿Sólo lees en español? En ese caso, no puedes perderte el libro de la investigadora de la USAL Ana María Carabias Torres, Salamanca y la medida del tiempo. Un gran libro dedicado a describir el papel que tuvo la Universidad de Salamanca en el proyecto papal de poner de una vez orden en el calendario y la medición del tiempo, pero que, lógicamente, por el camino cuenta todo ese proceso, repleto de interesantísimas aportaciones. Se disfruta su lectura. Mucho.

 Dentro de las novedades de este año de las que puedo hacer notaría, me gustaría destacar también A History of modern Lybia. En realidad, no estamos ante un libro totalmente original, puesto que su autor, Dirk Vandewalle, ya había historiado la evolución del Estado libio durante el siglo XX. Sin embargo, la edición que ahora ha elaborado la Universidad de Cambridge tiene como objeto, lógico, completar los análisis realizados hasta el momento sobre la evolución de Libia hasta incluir los hechos que han ocurrido hace bien poco.

La principal aportación del libro es, en mi opinión, su descripción del Estado libio, y la demostración somera del hecho de que incluso en los mejores años de Gadafi no dejó del todo de ser un Estado bastante invertebrado, de carácter tribal. La lectura, todo hay que decirlo, no mueve precisamente al optimismo.

Y, por último, por dejaros alguna recomendación un tanto más «ligera», aquí tenéis Faking it, que viene a ser el catálogo de una exposición realizada en el Metropolitan Museum sobre la manipulación fotográfica antes del Photoshop. Porque las fotos arregladas han existido desde que hay fotos, y hay trabajos realmente encomiables, algunos de ellos muy conocidos, como los realizados durante la URSS de Stalin para borrar todo rastro de sus enemigos.

Espero que al menos uno de estos libros os pueda dar horas de placer estas navidades. En todo caso, si tengo tiempo, nos leeremos.

miércoles, diciembre 12, 2012

Agincourt

Quienes hayan echado un vistazo a mi reciente artículo sobre el arco largo habrán observado que en la zona de comentarios se ha producido un debate interesante, sobre todo con un lector que firma Arauco, sobre si la importancia de esa arma ha sido o no sobrevalorada. Este debate, que yo desde luego no quisiera más que ver continuar, se ha centrado en la batalla de Agincourt, durante la llamada guerra de los cien años. El deseo de que, como digo, sigamos debatiendo, que para eso se escribe de y la Historia, me lleva a dedicarle unas notas a lo que sé de aquella batalla, que es una manera de tratar de acotar, en la medida de lo posible, la importancia que en la misma juega el famoso longbow.

Lo primero que me interesa decir de la batalla de Agincourt, de la guerra de los cien años en general, es que está situada en una bisagra cronológica. Eso de que la Edad Media terminó en 1453 es algo un tanto pollas, por mucho que no le falte parte de verdad. La Edad Media ni empezó ni terminó en un momento concreto y, en buena parte, el 25 de octubre de 1415, si no había terminado, sí cabría decir que lo estaba haciendo. El mero hecho de la guerra de los cien años en sí, es decir de un enfrentamiento que finalmente se convierte en un conflicto global a escala europea, demuestra un hecho, y es que el lento y doloroso alumbramiento de las primeras protonaciones europeas (tras el cual, en mi opinión, ya no cabe hablar de Edad Media en sentido estricto) se ha producido ya. Pero, además, nos encontramos en tiempo que, militarmente, están marcando un cambio. De alguna manera, Agincourt es un batalla ganada por quien supo entender dicho cambio mejor, y más deprisa.


Porque otra segunda cosa que hay que decir de Agincourt es que la ganó quien no debía ganarla. Los ejércitos ingleses de Enrique V eran poco numerosos, estaban agotados y, para colmo, eran presa de la disentería. Las tropas francesas eran mucho más numerosas, organizadas, y bien alimentadas. Y, sin embargo, los franceses perdieron, demostrando con ello que no siempre gana quien debe.

Aquel año de 1415 Enrique V, que ambicionaba controlar buena parte de lo que hoy es Francia, se vio espoleado a cruzar el canal con sus mesnadas ante la situación de enfrentamiento que se vivía en aquellas tierras. Desembarcó al final de la primavera y asedió la fortaleza de Harfleur, que tomó después de cinco semanas y de muchos sufrimientos, entre ellos un brote de disentería que hizo que sus tropas, literalmente, se fueran por los pantis. Para cuando logró tomar la plaza, comenzaba a hacer frío, así que decidió hibernar en Calais.

A pesar de diversas derrotas anteriores, los franceses estaban relativamente organizados, y eran más numerosos. El condestable Charles D'Albret, uno de sus generales, resolvió hacerle a los ingleses la vida imposible, para lo cual derribó puentes e inutilizó los cruces de los ríos, obligando a los invasores a dar grandes rodeos. Aunque, finalmente, los ingleses lograron cruzar el Somme en San Quintín, para cuando lo hicieron, estaban absolutamente faltos de provisiones. Fue tras el paso del río cuando se encontraron con las tropas francesas, acampadas y esperándoles. D'Albret había decidido plantarles batalla antes de llegar a Calais, puntualmente informado de que aquel ejército estaba agotado, hambriento y, para más inri, andaba, ejem, muy suelto.

La noche del 24 al 25 llovió de cojones en Agincout. Algo que a Charles le puso de muy buen humor, porque consideraba que eran los ingleses, que al fin y al cabo tenían que llegar a Calais, conseguir comida y un refugio para cuidar a sus diarreicos enfermos, los que tendrían que atacar.

La batalla planteada por los franceses fue la batalla medieval clásica: tres líneas sucesivas, las dos primeras formadas básicamente por infantes y la tercera por caballeros montados. De pasadas batallas, los caballeros habían aprendido a temer los arcos ingleses; razón por la cual incluso los caballos llevaban bardas protectoras. Francia contaba también con 3.000 ballesteros, situados detrás de la tercera línea. Demasiado lejos, pues, de los ingleses, y con demasiados franceses enmedio. Estaban allí, en parte, como consecuencia de lo ocurrido en Crézy, donde, una vez producido el caos, muchos ballesteros genoveses habían muerto pisoteados por los caballos de sus propìos aliados; lo que se dice muertes por casco amigo.

La formación francesa se completó, en ambos flancos, con sendas fuerzas de gran movilidad, de 600 hombres a caballo cada una, con las cuales los franceses esperaban dar buena cuenta de los arqueros, sabedores de que Enrique colocaría las compañías de bowmen en sus propios flancos, protegiendo a la exigua fuerza de a pie (750 hombres) con que contaba para cargar. Ambos, Charles y Enrique, sabían que la infantería inglesa era incapaz de ganar aquella batalla por sí sola.

Aquí, sin embargo, radica una de las diferencias entre ambos bandos que, en mi opinión, explica la relativa ineficiencia de los franceses.

Los francos, en efecto, estaban, aun, plenamente instalados en la Edad Media. Esto quiere decir que consideraban la guerra como un honor de gente principal; es más, eran renuentes a armar a los commoners, como les llamaban los ingleses, porque, al fin y al cabo, una vez armados, se podían volver contra ellos, y no contra el enemigo (lo cual no sería la primera vez que ocurriese, la verdad). Además, en una estricta interpretación cosmológica medieval, sentían poco respeto por quienes no eran nobles. En realidad, en las batallas medievales se mataban los nobles estrictamente necesarios; con el resto se procuraba ser clemente, porque un noble apresado vivo era todo un chollo en forma de rescate. Sin embargo, ¿quién iba a pagar por un puto arquero? Si a esto le unimos que los franceses odiaban a aquellos hombres que les habían causado tan dolorosas derrotas, entenderemos gestos como el que siguió a la recuperación de Soissons por los franceses, tras la cual 200 arqueros ingleses fueron ahorcados en fila sin piedad alguna.

Como consecuencia de todo lo dicho, los arqueros ingleses de Agincourt estaban, por así decirlo, sobre-motivados con su defensa. Se movían por el terreno llevando consigo unas estacas que, cada vez que paraban, clavaban en el suelo, inclinadas hacia delante, convirtiendo el reto de cargar contra ellos a caballo en un tema bastante espinoso.

Enrique V dispuso sus infantes en tres cuerpos y, tal y como habían previsto los franceses y dictaba la lógica, colocó los arqueros en ambos flancos de la formación. Es decir, en teoría presentó la yugular para que los franceses se la mordiesen. Pero sólo en teoría. En realidad. el ejército inglés avanzó lo justo para situarse en un punto en el que ambos flancos quedaban protegidos por sendos bosques: el de Tramcourt en el flanco derecho inglés, y el de Agincourt en el izquierdo.

Para sorpresa de los franceses, los ingleses, lejos de atacar, se pararon ahí, flanqueados por las dos masas boscosas. Cuatro horas. Sin embargo, la estrategia francesa no estaba exenta de lógica. En aquella guerra de nervios, Enrique V tuvo que terminar por reconocerse que el tiempo estaba con el enemigo, por lo que decidió avanzar.

Aquí, sin embargo es donde, con permiso de Arauco y de otros muchos que, en verdad piensan como él, las cosas cambiaron. Los ingleses avanzaron, sí; pero sólo hasta situarse a distancia de arco. En ese punto, la orden a los arqueros fue replantar las estacas, y comenzar a disparar.

Es cierto, como sostienen muchos, que los arcos largos no eran, quizá, tan efectivos como se dice. Para ello, en los tiempos actuales se han hecho muchos experimentos, usando arcos y armaduras para ver si penetran o no las flechas a diferentes distancias, y tal. Ya dejé dicho en los comentarios al anterior post que yo no creo demasiado en estos test. Podrán ser muy precisos; pero una batalla es más, mucho más, que dispararle a un dummie de paja en un fin de semana soleado. Las flechas inglesas caían a miles. Así las cosas, el hombre o animal que no estuviese adecuadamente protegido, ya sabía lo que le tocaba. Y el que sí lo estaba, aún asumiendo que las flechas disparadas, no se olvide, por hombres que en muchos casos llevaban practicando desde el día que se destetaron, seguía corriendo enormes riesgos bajo esa lluvia de flechas; sin ir más lejos, mirar hacia arriba, para verlas llegar, y que alguna le penetrase el yelmo.

A todo esto cabe añadir que la mayoría de los caballeros franceses de Agincourt habían adoptado como arma principal la espada larga y pesada que se blande con ambas manos; por lo cual, habían abandonado el escudo como elemento de su equipamiento.

Prueba de que los franceses no estaban nada cómodos en esa situación es que enviaron a las dos fuerzas de los flancos a apiolarse a los bowmen. En ambos casos, las estacas y parte de las flechas repelieron el ataque. Esto venía a suponer, por lo tanto, que el intento de evitar la lluvia de flechas sobre el centro del ataque francés había fracasado. Lo cual, es al manos mi opinión, cambió el signo estratégico de la batalla, pues Charles D'Albert, que había pensado en wait and see, se tuvo que tragar sus primeros deseos, y avanzar.

Y ahí fue donde perdió la batalla.

Había llovido de la hostia, ya lo hemos dicho. Entre franceses e ingleses, mediaban toneladas de barro. En esas condiciones nada favorables, el ejército franco comenzó a avanzar, pesadamente, mientras la lluvia de flechas continuaba. Para colmo, los caballos, ya sin dueño, de los ataques de los flancos aparecieron en sentido contrario, poniendo las cosas aun más jodidas, mientras el avance se estrechaba como de hecho lo hacía el terreno entre las masas boscosas. Un Madrid Arena bélico.

Es cierto, yo no lo niego, que Agincourt fue, al fin y a la postre, un encuentro entre infantes y caballeros; hombres de armas, en una palabra. Pero lo que también es cierto es que, para cuando los franceses llegaron a la línea inglesa, es decir el momento en que por fin pudieron olvidarse de las flechas porque los arqueros ya no podían dispararles (so riesgo de matar a sus propios compañeros); para entonces, digo, los cansados, puteados, sofocados, ya no eran los hambrientos ingleses (algunos de los cuales estaban en tan mala situación por la diarrea que combatieron desnudos de cintura para abajo, para poder cagarse libremente mientras disparaban). Eran ellos.

Los arqueros habían terminado su labor. Casi.

Ya hemos dicho que aquellos ingleses rurales, sin título y sin apellido que enseñar, sabían que eran carne de horca si caían en manos de los franceses. Su arma principal, obviamente, era el arco; pero todos llevaban un puñal, una pequeña espada, o una maza. Cuando ya no pudieron disparar, dejaron los arcos, muchos de ellos inservibles porque se les habían terminado las 48 flechas que cada uno llevaba, agarraron sus armas cortas, y se lanzaron a matar franceses. En todo caso, las crónicas son inequívocas en el sentido de que a muchos de los franceses que murieron allí no los mató, propiamente hablando, humano alguno. Los mató el barro, el agua, y el hecho, que no hay que ser ningún experto para percibir, de que la gran debilidad de un hombre con armadura es que, una vez caído al suelo, ya no se puede levantar, a menos que lo levanten. En la operación de la 101 Airborne y otras unidades durante el desembarco de Normandía, hubo paracaídistas que, a causa del enorme pecho de la mochila que llevaban, perecieron ahogados por caer lejos del objetivo, en lagunillas de apenas unos centímetros de profundidad. Hasta un niño sabe sacar la cabeza del agua cuando es muy poco profunda; pero cuando quien cae en el agua o en el barro soporta con el cuerpo un peso enorme, le puede pasar que caiga de cara al agua y, simple y llanamente, no pueda voltearla para respirar, o levantarse. A muchos caballeros franceses les ocurrió eso mismo. Imaginad, además, un paso estrecho y embarrado, en el que se empiezan a apilar los muertos. El avance, hacia delante o hacia atrás, es imposible. El destino de muchos de aquellos caballeros fue bracear inútilmente, en el suelo, hasta morir aplastados por otros como ellos, o ser encontrados por el enemigo, que acababa con ellos.

El mérito de la infantería de Enrique es también, en parte, mérito de los propios arqueros. O bien les buscaban a los franceses intersticios en la armadura para clavarles el puñal, o bien los mataban a hostias de maza. Los franceses, mientras tanto, estaban de barro hasta las rodillas, apretujados, agotados por un avance terrible y de gran tensión nerviosa (piénsese en avanzar bajo una nube de flechas que llega cada seis segundos, más o menos).

Llegó el duque de Alençon con la segunda línea francesa, pero aquello no sirvió para otra cosa que para convertir la ya apretada batalla en el Metro de Sol un viernes a las siete de la tarde. Una vez que dos tercios de la fuerza de impulso francesa habían sido vencidos, Enrique envió un heraldo a los franceses conminándoles a abandonar el campo de batalla. Los francos comenzaron a pensárselo. Sin embargo, las cosas podían haber cambiado tras la iniciativa de Isembert D'Agincourt, quien realizó un ataque a la retaguardia inglesa, desprotegida, relativamente exitoso. Sin embargo, los ingleses se volvieron muy deprisa (a base de, entre otras cosas, degollar a toda prisa a muchos prisioneros que habían hecho).

La gran pregunta de Agincourt, en mi opinión, es cómo los ballesteros tuvieron un papel tan menor. Y la única explicación, como ya he dicho al principio, es la diferente consideración del concepto "batalla" que se dio en aquel campo.

Muchas batallas medievales eran relativamente cortas (incluso menos de una hora) y también relativamente poco sangrientas. Para el batallador medieval, la diferencia entre un torneo y una batalla era bastante más pequeña de la que existe para nosotros entre una batalla y un duelo. El rey de la guerra medieval era la carga a caballo con la pica en la sobaquera, y no eran pocas las veces en las que el resultado del first strike marcaba con bastante claridad quién sería el ganador. Los caballeros franceses que se presentaron en Agincourt, y que murieron a cientos, tenían este tipo de cosa en la cabeza. Fueron allí a sostener un típico enfrentamiento medieval, una carga de caballeros contra infantes a la antigua usanza. A pesar de que Agincourt no cae del cielo y las tácticas, como queda dicho, ya llevaban tiempo cambiando, en buena parte aquellos francos seguían creyendo en un modo de batalla poco táctico; un choque de honores y brazos, de donde debiera salir ganador quien más tuviese de ambas cosas.

Sigo pensando que el elemento táctico aportado por el uso masivo de arqueros es el factor fundamental que cambia en aquella batalla; en realidad, en un conjunto de las mismas producido durante aquel siglo XV. Y cambia para siempre. Desde aquellos hechos, la guerra se complica notablemente, y se convierte en lo que al menos yo creo que es hoy en dia: una cuestión de combinación inteligente de recursos. Hay elementos en este sentido, desde luego, que siempre han pertenecido a la táctica militar: tanto Cayo Mario como su mejor alumno, Julio, abominaban, se burlaban incluso, de los ejércitos muy numerosos, como los que solían resultar de las levas de los sátrapas persas, con 100.000 efectivos, o aun más. Aquellos generales ya sabían que una tropa que sea, a la vez, numéricamente manejable y esté bien entrenada, es mucho mejor negocio bélico que aquellas patotas de desharrapados que Jerjes y sus gentes desembarcaban en Europa, poco menos que con la instrucción de cargarse a todo lo que se moviese. El principio general, como digo, ha existido desde el primer día que ha habido un comandante que se ha pensado dos veces las cosas. Pero con el final de la Edad Media, adquiere carta de naturaleza definitiva.

Enrique V se destacó en Agincourt por batallar en primera línea. Comandaba el cuerpo central de infantería y allí lo encontraron los hombres de Alençon, que habían jurado matarlo. No sólo se lo impidió, sino que le salvó la vida al duque de York cuando los franceses ya estaban a punto de hacer lonchas con él (chiste fácil). Terminó la batalla con la corona que rodeaba su yelmo partida y abollada.

Pero eso cada vez será menos así. Al commander in chief cada vez se le pedirá menos que esté en primera línea de batalla, o sea que sea el más cachoburro de todos, y que, a cambio, se quede en el sótano de la Casa Blanca, en la sala ésa llena de pantallas y teléfonos, dando órdenes.

La guerra, poco a poco, deja de ser un combate de boxeo, para pasar a ser una partida de ajedrez. Lo cual, paradójicamente, la hará mucho, pero mucho, más incivilizada.

lunes, diciembre 10, 2012

Soixante huit (7: El salto cualitativo)


De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto y sexto capítulo.

Resumen de lo publicado: Al final, como era de esperar, acaba montándose. Las huestes de Sauron ocupan Hobbiton para controlarla, no sin provocar con ello el nada secreto orgasmo de los Rojirrim, que en las horas impares declaran su solidaridad con los "hermanos hobbits", y en las pares hacen asambleas donde se solazan con la idea de que los orcos "no dejen ni las raspas de esos sucios pies grandes". En el mercado de Hobbiton, los hobbits se reúnen para ver qué hacer ante la escalada de la situación, pero son rodeados por los orcos, que les invitan a salir de la lonja en grupos pequeños. Los hobbits, sin embargo, se encabronan y comienzan a lanzar cascotes elfos sobre los orcos, causando heridas a varios de ellos, muy graves en un caso. Al final de la jornada, Sauron anuncia la invasión de la Tierra Media.

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Manifestantes de Mayo del 68 portan el maniquí de un policía antidisturbios. Obsérvese en la foto lo poco, poquísimo, que ha cambiado la estética de la resistencia clandestina.





La misma noche que el rector Roche anuncia el cierre de la Sorbona comienzan las reacciones. El SNE Sup, por ejemplo, saca una nota urgente solidarizándose con los estudiantes y llamando a la huelga general de profesores. La UNEF, por su parte, llama a todos los estudiantes de la región de París a unirse a la manifestación del 6. Cerca ya de la medianoche, los estudiantes que fueron detenidos son liberados en las comisarías, aunque 27 de ellos lo hacen imputados de cargos de posesión de armas prohibidas.

A la una de la mañana, se produce una reunión de prácticamente todas las organizaciones estudiantiles a la izquierda del Partido Comunista, además del SNE Sup: el 22M, por supuesto; pero también el MAU, la UNEF, los ESU, la JCR, la FER y la UJC (m-l).

UNEF, ESU y FER hacen frente común en la demanda de una llamada a las organizaciones sindicales. El resto, sin embargo, consideran que esa sería una respuesta demasiado tradicional que rompería la espontaneidad del movimiento (es extraño el voto en contra de la UJC (m-l) a esta propuesta, teniendo en cuenta que los maoístas siempre han defendido que el conflicto estudiantil debe convertirse en un conflicto obrero; sin embargo, la negativa tiene su lógica, porque la propuesta habla de convocar a los sindicatos mayoritarios, que son organizaciones donde el maoísmo tiene una presencia prácticamente testimonial). La UNEF, en todo caso, acabará por hacer por sí sola el llamado a las organizaciones sindicales.

Esa noche del jueves, 4, tras todo el movidón de la Sorbona con cierre incluido y antes de la reunión de madrugada, la principal actividad ha estado en un pequeño piso en el número 28 de la rue Monsieur-le-Prince, donde tiene su sede el SNE Sup. La directiva del sindicato profesoral celebra una reunión presidida por su secretario general, Alain Geismar (procedente de una familia judía alsaciana, militó en el ESU durante sus años estudiantiles en la Escuela de Minas. Dos años antes de los sucesos que ahora relatamos, se ha salido del PSU. Pasado Mayo del 68, organizará la Gauche Prolétarienne GP, de tendencia maoísta; actividad que le costará la cárcel. En 1986 recaló en el Partido Socialista, donde le nombran Inspector Nacional de Educación. Participa en el gobierno de Michel Rocard, primero en el ministerio de André Laignel, y luego con Lionel Jospin, tanto cuando fue ministro de Estado como, ya con Edith Cresson, fue nombrado ministro de Educación Nacional. Se retiró en el 2004. En el 2008 publicó sus memorias de Mayo del 68, un puntito autojustificativas).  Esta reunión repasa los intensos sucesos del día, durante los cuales los dirigentes del SNE Sup han multiplicado sus contactos con el SGEN, es decir el sindicato de enseñantes de la CFDT, o Confédération Française Démocratique du Travail, un sindicato de izquierdas, de orígenes cristianos pero no confesional, para unirlos a las protestas.

El SGEN (CFDT), sin embargo, marca distancias con las movidas. Condena la brutalidad policial, pero al mismo tiempo “rechaza toda solidaridad con grupos cuya acción incoherente compromete una reforma real y podría hacer popular la política educativa gubernamental”.

Por lo que se refiere al SNES, Syndicat National des Enseignements de Second Degré, mayoritario en la enseñanza secundaria y de tendencias comunistas, condena la violencia policial y el cierre de las facultades, sin más. Lo más probable es que el camarada Marchais ya les hubiera dicho, aquella noche, que, solidaridades, las justas.

Con todo, la principal novedad de aquella jornada del 6 se ha producido a mediodía, cuando seis de los estudiantes que han sido arrestados en el día anterior son finalmente conducidos ante la Chambre Correctionelle, esto es son definitivamente juzgados.


  • Jean-François Raguet, 24 años, llevaba una porra casera (Raguet, conocido por sus compañeros de instituto como “el bolchevique”, era entonces militante de la OCI, Organisation Communiste Internationale, trotskista lambertista, y era miembro del servicio de orden de la UNEF. Enquistado en su vida estudiantil, es la quintaencia del universitario eterno; se ha presentado durante muchos años a los exámenes para convertirse en profesor de Filosofía. Todavía en 1998, 30 años después de mayo del 68, fue excluido por un año en la Sorbona).
  • A Jean Barbaza, 21 años, le han intervenido un hacha en el maletero de su coche.
  • A la pareja formada por Marc Fenetrier (22 años) y Sylvie Riedacher, 21, les han intervenido en su coche un hacha y una barra de hierro.
  • A Georges Tcherkezoff, 19 años, le han intervenido un tirachinas para lanzar piedras.
  • A Marc Vernant, 19 años, le han intervenido una herramienta que usaba como arma.
  • A Dominique Colombani, 20 años, le han intervenido otro hacha.


Todos estos detenidos son acusados de poseer armas de sexta categoría (“objetos susceptibles de ser peligrosos en el curso de una manifestación”). Entre los abogados que les defienden se destaca, enseguida, Henri Leclerc (que será en los noventa, de hecho, presidente de la Liga Francesa por la Defensa de los Derechos del Hombre. Abogado defensor de diversas personas, siempre en temas de libertades civiles, ha tenido entre sus clientes a personajes públicos como Dominique de Vilepin e, incluso, el ahora famoso Dominique Strauss-Kahn, en su caso con la periodista Tristane Banon. En el 2011, formó parte del equipo de campaña de Martine Aubry en las primarias socialistas que perdió frente a François Hollande). Las apelaciones de Leclerc y de su compañero Michel Blum, asistidos por un tercer abogado con un nombre muy propio para su labor (Michel La Guardia), en el sentido de que las armas portadas por los estudiantes son un signo protector frente al clima de violencia en la universidad (argumento que, es, en parte, cierto), hace que las consecuencias para los detenidos sean menores: Raguet, Barbaza, Fenetrier, son condenados a tres meses de prisión y 300 francos de multa; Tcherkezoff, Vernant y Riedacher, a dos meses y 200 francos; y Dominique Colombani, a un mes y 200 francos. Todos ellos son indultados. Sin embargo, como veremos, ésta es sólo la primera intentona, y no la más importante. Estos juzgados no son los que tienen acusaciones de violencia más fuertes, o más probadas.

Cerca de las nueve y media de la noche, son liberados. Cuatro horas después, tras largos interrogatorios, lo son Daniel Cohn-Bendit, Jacques Sauvageot y Pierre Rousset (hijo de un famoso escritor de la primera mitad del siglo, David Rousset, a quien personas como Jorge Semprún consideraban un gran olvidado de la literatura francesa, es posible que sea el mismo Pierre Rousset que milita en el NPA o Nuevo Partido Anticapitalista francés). Al mismo tiempo, los vespertinos parisinos están saliendo en la calle para informar que el brigadier Brunet está en coma.

El sábado día 4, la acción estudiantil da un paso más con la creación de comités de acción. El centro de París aparece esa mañana empapelado de manifiestos llamando a su constitución. También anuncian la creación, durante la noche anterior, del llamado Comité de Defensa contra la Represión, que ha sido formado por los maoístas de la UJC (m-l). Pero éste es sólo el primero de los comités. En una dinámica muy de guerrilla (recuérdense las muchas juntas creadas en la España que luchaba contra el francés) en pocos días habrá un comité por cada facultad, casi por cada curso; un comité de acción en cada baño, en cada cagadero. Los manifiestos los definen como organizaciones totalmente centradas en la agitación. Son células de base al más puro estilo revolucionario, según el catón trotsko-maoísta. El sábado día 4, por si antes le quedaba algo (éste cronista, desde luego, piensa que Mayo del 68 nunca fue de eso), la creación de los comités de acción acaba con todo viso que permitiese considerar M68 como un movimiento político-cultural, de rebelión pacífica, basado en églogas más o menos imaginativas pintadas en una pared (que es, paradójicamente, el recuerdo que se trajeron la mayoría de los 234 millones de jóvenes españoles que aquel año estudiaban en París). Tal vez Cohn-Bendit y los otros anarquistas asamblearios que lo iniciaron no se diesen cuenta todavía. Pero, en fecha tan temprana, la concepción de Mayo del 68 como un enfrentamiento frontal con el orden establecido, destinado a derribarlo; y la idea, de honda raigambre maoísta, de realizar esta labor mediante una alianza y supeditación final a la clase obrera, está, ya, plenamente vigente. De hecho, el movimiento de Geismar de intentar implicar al SGEN y al SNES en una huelga profesoral, puede interpretarse de dos modos. En el modo Rita Irasema, podemos pensar que lo que intentaba el dirigente sindical de los profesores era apoyar a los estudiantes. En un modo más maoísta, esto es más coherente con el punto de vista ideológico y estratégico adoptado por el propio Geismar al implicarse en la Gauche Prolétarienne, se puede pensar que lo que se intentaba era mutar el conflicto estudiantil en un conflicto profesional y obrero. Que, oh casualidad, es lo que acabará pasando.

El movimiento del 4 de mayo es un intento de los grupúsculos de ultraizquierda de superar el liderazgo semioficial de la UNEF, el sindicato de estudiantes. Les estructures du syndicat UNEF ne suffisent pas, ne sont pas adaptées, clama uno de los manifiestos que aquella mañana de sábado se distribuyen a tutiplén por el boulevard Saint-Michel. Otro de los manifiestos habla, en su titular, de la necesidad de formar los comités pour developper la revolte commencée vendredi. Esto es, aquellos manifiestos entienden la movida del viernes como el comienzo de algo, de un enfrentamiento. Un enfrentamiento global porque, si bien estos papeles siguen hablando de la lucha contra la burocracia universitaria, añaden, además, “et le pouvoir gaulliste”.

Al día siguiente, domingo, se celebra una sesión especial de la segunda Cámara Correccional, para juzgar a otros siete jóvenes detenidos el viernes anterior durante la manifestación. El mero hecho de esa sesión revela hasta qué punto el Gobierno está intentando, en ese momento, evitar los incidentes el lunes. La cámara casi nunca ha celebrado sesiones en domingo.

Sin embargo, hay países en los que la Justicia es independiente. O, tal vez, es que el Gobierno, el Poder, nunca pensó que necesitaría tener terminales en las cortes encargadas de juzgar los delitos y faltas de los jovenzanos, cual son las cámaras correccionales. El caso es que aquellos jueces, obligados a currar en domingo, harán lo que les parezca, y haciéndolo echarán gasofa a la hoguera. 

Roger Grosperrin, subdirector de la Prefectura de Policía; Jacques Quilichini, jefe de una de las compañías de fuerzas de intervención; y Leon Demurier, comandante de los gardiens de la paix, tratan de convencer a los magistrados de que los jóvenes deben recibir duras penas, entre otras cosas por los hasta 70 heridos que ha habido entre las fuerzas policiales.

Los juzgados son:


  • Jean Clément, estudiante de Letras y presidente de los estudiantes cristianos de la Sorbona. Será condenado a dos meses de prisión y 200 francos de multa.
  • Marc Lemaire, auxiliar de química. Le caen dos meses y 600 francos.
  • Guy Marnat-Damez, estudiante de quinesiterapia [sic]. Dos meses y 600 francos.
  • Bernard Malabre, estudiante de Bellas Artes, será juzgado en junio (el agente que le acusa está enfermo). El sábado anterior, por estar detenido, Malabre no se ha podido presentar a un examen, y ha perdido el curso.
  • Yves Lescroat, estudiante de arte y arqueología. Dos meses y 200 francos (una persona con este nombre ha escrito varios libros de arte, entre ellos sobre la catedral de Rouen; teniendo en cuenta los estudios del joven juzgado en mayo del 68, podría tratarse de la misma persona).
  • Daniel Legros, un pastelero de Montrouge; le caen tres meses y 300 francos, pero será indultado.
  • Jean-Pierre Leboleux, estudiante de Derecho. 15 días de prisión, con indulto, y 500 francos.


El comité nacional de la UNEF se reúne en la tarde del domingo, nada más conocerse los fallos. Se lanza un manifiesto anunciando una huelga general indefinida, además de la manifestación el lunes a las seis y media de la tarde.

El gobierno, a través del ministro Peyrefitte, también reacciona esa tarde argumentando, en un comunicado, que no puede dar carta de naturaleza a un proceso de conflicto permanente.

A las diez de la noche, Alain Geismar, como secretario general del SNE Sup, que horas antes ha hecho un comunicado conjunto de solidaridad (pero sin comprometer la participación en la huelga) con el SGEN y el SNES, da una rueda de prensa. Geismar reclama la liberación de todos los estudiantes detenidos (esa misma tarde, unos cuantos lo han sido mientras repartían pasquines de la UNEF) y se adhiere a la huelga, como acabamos de ver, sin haber logrado arrastrar a las otras organizaciones.

Horas después, 20 profesores universitarios, entre los cuales hay dos premios Nobel (Alfred Kastler y Laurent Schwartz) firman un manifiesto en el mismo sentido.



El lunes, 6 de mayo, el día en que el salto cualitativo de Mayo del 68 se habrá de ver bien claro, el Quartier Latin amanece sitiado por la policía.