viernes, mayo 23, 2014

Por qué me meto contigo

En el hilo de comentarios del último post que he escrito, un amable lector (asiduo, por el contenido de su crítica) me afeaba la conducta de «meterme siempre con los de menos de 30 años». Ya tuvo una respuesta por mi parte, escueta que, por lo tanto, no parece mía (porque yo la última vez que fui escueto fue el día que le expliqué a mi primera novia qué quería hacer esa tarde). Es obvio que no me pude quedar contento con las dos o tres líneas que le dediqué, así pues me fueron rodando algunas ideas en la cabeza que espero destilar aquí, en este post-aftermath sobre la cuestión de la educación y por qué «me meto» tanto con los que la la han recibido en los últimos diez o veinte años.

Y lo primero que hay que decir que hay algo en la argumentación de mi anónimo corresponsal que no es del todo correcto: la idea de que yo establezco una dicotomía estricta entre la educación actual y la que yo recibí, en el sentido de que la mía fue cojonuda y ésta es una mierda. Si ésa es la expresión, me expreso mal. Es cierto que echo de menos cosas que hoy se han desechado, creo yo que por inútiles, como es la educación en torno al mundo clásico. Pero, aun así, aquel león no era tan fiero como algunos creen que lo pinto. Porque, de hecho, el problema, el problema esencial que yo veo en la educación actual, comenzó incluso cuando yo no había nacido, y comenzó a hervir cuando yo sólo tenía seis años.

Si los educandos de hoy en día o que lo han sido hace poco se pueden sentir víctimas de la LODE o de la LOGSE, sólo nosotros, los que hoy tenemos cincuenta tacos o así, sabemos lo que la política ha jugado con nosotros. En tiempos anteriores a mi entrada en las aulas hubo un ministro de Educación, quiero recordar que Gual Villalbí aunque no estoy seguro, que parió el aborto de hacer coincidir el calendario escolar con el natural; para cuando se dio cuenta de la estupidez que había cometido, había jodido a los educandos españoles por dos años: el de la medida, y el de la corrección. Luego vino el famoso Villar Palasí, que hizo con nosotros lo que quiso, inventando una Educación General Básica de longitud variable, un bachillerato mutante que acabó siendo el BUP, también de extensión variable. Por el camino, hay que recordar aquella famosa frase de La Sonrisa del Régimen, el ministro José Solís Ruiz (quien luego negó haberlo dicho), juzgando cuál habría de ser el futuro del sistema educativo español: «menos latín, y más deporte». Esta frase, por cierto, generó una de las réplicas parlamentarias más elegantes de la Historia del caserón de San Jerónimo, la del falangista Alejandro Muñoz Alonso, quien se limitó a recordarle a Solís que «el latín es el responsable de que Su Señoría, natural de Cabra, Córdoba, sea llamado egabrense, y no otra cosa».

Así pues, ya sabéis los jóvenes que en el pasado no todo el monte es orgasmo. Es más: el monte es, básicamente, virginal.

Y esto es así porque el proceso es un proceso de largo plazo. Veamos.

El siglo XX es un siglo en el que han pasado muchas cosas novedosas. Y una de ellas es la muerte de la fatalidad. Al hombre, hasta el siglo XX, le ocurrían desgracias porque sí, porque, como dicen los angloparlantes, shit happens. A este principio ayudaba mucho la visión cristiana de la vida, Dios lo quiere y bla; pero, la verdad, si uno se sale de los ámbitos dominados por la Iglesia, tampoco se encuentra puntos de vista muy diferentes. El hombre anterior a nosotros, pues, crecía y se desarrollaba con la idea de que la desgracia era algo que le podía ocurrir, sin que pudiera hacer responsable de eso a nadie.

El siglo pasado, sin embargo, este concepto fue cambiando y, muy intensamente en la segunda mitad del siglo, la mala suerte fue muerta y enterrada en algún lugar que desconozco, y fue sustituida por el concepto de negligencia. Así, las desgracias ya no ocurrían por fatalidad; ocurrían por la negligencia de alguien, un tercero ajeno a nosotros, quien, por no haber hecho las cosas como debía, nos había causado el daño que sufríamos. Con el surgimiento de los Estados acogedores y responsables absolutamente de todos los ámbitos de la vida diaria (que son apelados por algunos de (neo)liberales, lo cual no deja de ser un chiste de mal gusto), se nos enseña que todo lo malo que nos puede pasar en la vida nos puede no pasar; basta con que quien tiene encomendada la labor de que no pase sepa hacer su trabajo.

Con la fatalidad fue enterrada, en ataúd contiguo, la responsabilidad. Ese hombre anterior que crecía sabiendo que la desgracia podía ocurrir adquiría, de consuno, el compromiso, consigo mismo y con los demás, de prevenir, en la medida de sus posibilidades, las consecuencias de esa desgracia. Pero es obvio que en un sistema en el que la desgracia desaparece y se convierte en labor de un tercero, la responsabilidad también es trasladada: desde el individuo que antes la tenía, hacia ese tercero.

A partir, más o menos, de 1950, cada desgracia, cada mala noticia que se le ha presentado a las sociedades desarrolladas, se ha venido seguida de un proceso, en ocasiones largo y tedioso, de búsqueda y calificación del responsable de la misma. Si un barco sucumbe a las olas de una tormenta perfecta, habrá alguien que sea responsable de no haberle avisado de que la ciclogénesis se aproximaba; o de no haber iniciado el rescate a tiempo para poder salvar vivo a algún marinero; o, o... Toda desgracia tiene detrás alguien que corre con la responsabilidad, y ese alguien nunca es quienes sufren dicha desgracia.

Este concepto, en educación, ha tenido consecuencias catastróficas. La primera es que el educando ya no es responsable de su educación; su educación es algo que es provisto por un tercero (el Estado, a través de la escolarización obligatoria y la organización del sistema educativo en general), que aparece como el único responsable de que dicha educación sea de calidad. Esta teoría nace de Mayo del 68, que es donde asimismo nace la idea de que el sistema educativo es, en realidad, un instrumento ideológico, de ingeniería social. Los chicos que seguían a Daniel Cohn-Bendit y sus adláteres en Nanterre se alzaron siguiendo la bandera de que en dicha universidad estaban siendo educados para ser obreros obedientes, esto es estaban siendo diseñados como epsilones huxleianos. Cuando, en los años setenta, esta generación de Mayo del 68, que ha perdido la revolución, gana el gobierno de los Estados que le ganaron dicha revolución, ocurre algo que pragmáticamente puede ser muy lógico, pero epistemológicamente no hay quien lo entienda: ellos, que rechazaron la educación como elemento de ingeniería social, adoptan esa misma metodología, diciéndose que lo hacen por una buena causa. En otras palabras: lo malo no es que la educación intente diseñar personas; lo malo es que intente diseñar personas que piensen cosas distintas de las que pienso yo. Si se diseñan personas que piensan lo que yo pienso, entonces está guay.

La educación, a través de este prisma, adquiere apellidos (educación fascista, educación progresista, educación vasca, educación menchevique, jacobina...) y sella su naturaleza planificadora: ya no se ocupará de darle al educando las herramientas para ser persona (idea inicial de Mayo del 68, de corte procedente, por así decirlo, del «buen anarquismo»); buscará que sea una persona en concreto (corolario de Mayo del 68, enraizado en el «mal marxismo»). En ese momento, la educación, lejos de ser una experiencia personal de la que cada persona (y sus padres) se responsabiliza, pasa a ser un servicio más, como la recogida de basuras o el asfaltado de las calles.

En el caso del franquismo, y fíjese que hablamos de un régimen fuertemente conservador y reaccionario que no era precisamente admirador de Cohn-Bendit, en realidad tiene sentido que se abrazasen todas estas teorías. Franco, estoy seguro, se sintió encantado de apoyar la idea de que la escuela debe verse como una institución de formación planificada con objetivos de ingeniería social. De hecho, venía practicando todas estas teorías de tiempo atrás de Mayo del 68, ardorosamente asistido por la Iglesia católica nacional. ¡Cómo no vamos a tener que reconocer aquéllos que nos educamos entonces que nuestra educación era dirigista y estrecha en gran medida! Lo era, ciertamente. Pero es que el franquismo era una dictadura.

Y la democracia que vino después, no.

Ahí es donde reside la diferencia. Ahí es donde se asienta la puta manía de este amanuense de «meterse con los de menos de 30 años». Los diferentes gobiernos democráticos españoles hicieron otra vez la jugada trilera de Mayo del 68: enfrentándose a una forma de hacer las cosas en educación propias de un régimen dictatorial, en lugar de cambiarlas, que hubiera sido lo lógico (es lo que hizo, sin ir más lejos, la II República española), las reprodujeron... aunque las repintaron. El monolito educativo español, pintado de azul, fue pintado de rojo; pero siguió siendo el mismo marmolillo. Nadie, en realidad, se planteó seriamente que lo que había que hacer era cambiar el esquema, el dibujo, el cimiento.

Es mi idea que la democracia española pactó con la clase pedagogo-profesoral como pactó con la militar, o la policial, o la económica. Probablemente, pensó que sólo era cuestión de tiempo: que los miembros de aquellas instituciones educativas con las que pactaba un cambio lampedusiano acabarían por jubilarse y, a la hora de renovar sus puestos, llegaría su hora de poner al frente de las aulas a sus campeones de la libertad, de la mente abierta, del sentido crítico. De la responsabilidad personal. Fue un error de cálculo mayúsculo porque, como bien saben quienes trabajan dando clase aunque a menudo lo callen, hay muchas razones, desde las personales hasta las sindicales pasando por la casualidad o las consecuencias de la arquitectura de la enseñanza de los magisteri hispanos, que acaban provocando que la teoría según la cual los que ocupan cátedra frente a los alumnos son los aristoi del magisterio sea un cuento con las mismas dosis de veracidad que los experimentos del doctor Kabuto, inventor de Mazinger Z.

La democracia española no hizo nada, absolutamente nada, por recuperar la responsabilidad personal del complejo formado por el educando y sus próceres. Es más: viajó en la dirección contraria. Los maestros, conscientes de que les iba mucho en intensificar la idea de que la educación es un servicio puesto que sostiene mucho mejor sus reivindicaciones de ganar más (y no seré yo quien les afee la estrategia, que a mí también me gusta ganar más), cebaron la máquina de la irresponsabilidad del estudiante, mientras pedagogos, expertos y consultores de variada laya convencían a los políticos de una larga ristra de chorradas; la primera de las cuales se produce el día en el que un ministro de Educación que individualmente era persona de potísima calidad intelectual, José Antonio Maravall, anunció ampulosamente que la LOE (creo que fue la LOE) había acabado con la institución de los deberes en casa.

La conspiración ha continuado durante tres décadas, lo cual quiere decir que esas personas «de menos de treinta años» que por lo visto me caen tan mal (no hay tal, lo juro) son el primer, por así decirlo, «producto integral» de este momio. Han sido sumergidos en él por completo, como hizo Tetis Pelea con su hijo en la Estigia, de modo que apenas les queda el taloncito de su conciencia personal. Y pienso, así lo dije en el comentario, que tienen todo el derecho a llevar a sus ministros de Educación ante un tribunal, por denuncia de negligencia, como poco. Como poco porque, como digo, a mí no me parece que este proceso sea ni casual ni espontáneo. Es algo muy medido.

Forma parte de la retórica revolucionaria de izquierdas el estar constantemente enviando a la gente a la escuela. Los anarquistas españoles de principios del siglo XX se desgañitaban en sus ateneos tratando de convencer a los obreros de que leyesen, de que se culturizasen, de que estudiasen, porque, les decían, el conocimiento les haría libres. Lo mismo decía el Che Guevara, y lo mismo dice el actual presidente de Uruguay, José Múgica, quien, tras oportuna entrevista celebrada con un cardenal de la modernidad, se ha convertido en el nuevo hombre-mantra de lo progresivo.

Siendo así, sorprende cómo esa misma izquierda, y digo izquierda porque es la que ha gobernado España con más poder y más tiempo estos últimos treinta años, traiciona estos mismos principios que sus creyentes dicen tener en el altar de lo irrenunciable, de lo que debe ser. La Conspiración les ha convencido de una cosa que es una gilipollez como un piano: que la inversión en educación garantiza su efectividad. En realidad, gastar más en educación sólo garantiza que hay más escuelas, que en éstas hay más ordenadores, y que se contratan más maestros. Pero, ¿qué es lo que pasa si no se sabe usar el ordenador para educar o, en general, el maestro es un gañán? Y, sobre todo, ¿qué es lo que pasa cuando se mantiene el objetivo de que la educación se perciba como un servicio en el que educando y padres no ejercen otra función que ser receptores del mismo? ¿Qué tiene eso que ver con que se gasten 10, 100 o 1.000? De hecho, cuando el objetivo es erróneo, en realidad no es que no se deba pedir que se invierta más. Es que habría que exigir que se invirtiera menos.

Lo que yo reprocho al actual sistema educativo es, pues, que haya mantenido una tendencia que heredó de una dictadura hacia la disolución de la responsabilidad personal del educando (entiéndase extendida a los padres). En realidad, que ya no enseñe a Esquilo es accesorio. Hasta podríamos estar de acuerdo en que lo mismo está bien tomada la medida porque, al fin y al cabo, es posible que ya no queden muchos profesores en España que le sepan sacar el tuétano a Los persas. Como digo, eso es accesorio.

Lo realmente importante es que el proceso del conocimiento es, por utilizar una expresión borgiana, un jardín con senderos que se bifurcan. Y que una educación democrática no se preocupa de generar un temario de Educación para la Ciudadanía; se preocupa de describir ese jardín, y de convencer al educando de que es su elección tomar los senderos que quiera, que le llevarán a lugares totalmente diferentes a los de sus compañeros de pupitre, puesto que éstos, haciendo uso de su libertad, tomarán otros senderos.

LOE, LODE, LOGSE, son, para mí, mojones de un camino en el cual ese tercero proveedor del servicio educativo ha ido cegando senderos, cavando zanjas infranqueables en el jardín, para finalmente diseñar un camino, un solo camino, que lleva donde él quiere que vaya el caminante.

Y es por esto, amigo mío; es porque tienes menos de 30 años, porque has transitado un solo sendero y tal vez incluso piensas que ese sendero es el mundo todo; es por eso, digo, que te parece que me caes tan mal.

Pero no eres tú. Es la república.

martes, mayo 20, 2014

Padres, maestros y tuits: ¡Es la educación, estúpidos!

Anda el mundo hispano muy revuelto con el tema de la criminalidad de palabra en las redes sociales. Lo que parece haberlo disparado todo ha sido la cascada de comentarios provocada por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, pero la cosa viene de antiguo. Hoy mismo he visto la noticia de que un dirigente de Nuevas Generaciones del PP ha amenazado de muerte al diputado gatoclarinete Alberto Garzón; y, al tiempo, un amigo mío, gallego, me ha informado de que incluso el accidente del tren de Angrois provocó ya algunos tuits despectivos hacia los muertos por su condición galaica. Aquí mismo se puede comprobar el tipo de apelaciones que tiene que soportar en Twitter la periodista Ana Pastor. Y qué decir de cuando la delegada del Gobierno en Madrid se arreó el toñazo en la moto...

Ahora que ya tenemos el problema aquí, toca reflexionar sobre el mismo y, cómo no, exigir soluciones. Pues bien: es el momento de decir que la solución no existe. Ya no es posible. Yo sé que mucha gente en España vive bajo el paraguas del «algo se nos ocurrirá» o el muy piadoso «Dios proveerá»; pero ya es hora de que se vayan enterando que hay problemas que no tienen remedio, y esa ausencia de remedio es provocada por el hecho de que todo problema tiene un momento procesal para ser prevenido o solventado; y el momento procesal de este problema pasó hace mucho tiempo.

En el momento presente, todo lo que se puede hacer para evitar que la española sea una sociedad que celebra con repugnantes alharacas la desgracia del de enfrente es ponerle parches a esa realidad; no otra cosa es la política represiva consistente en imputar al lenguaraz y acabar metiéndole una multa a él o a su padre, o generándole un antecedente penal de ésos que parecen tonterías pero que, al correr de la vida, pueden llegar a ser un auténtico grano en el culo. Pero la solución ya es imposible por el mero hecho de que las personas que hacen tales cosas están ya creciditas. Han crecido convencidas de que ese tipo de cosas se podían hacer, y las hacen.

Mensajes no nos han faltado. Llevamos años encontrándonos cada dos telediarios con la historia de que si unos fulanitos hostiaron a un compañero de clase, o a su profesor incluso, y lo grabaron con el móvil. No hemos hecho nada porque vivimos bajo el mantra acomodaticio de los gobernantes que elegimos en listas cerradas (el matiz es importante: es lo que sostiene el mantra) y que dice eso de «no hay que legislar en caliente». Supongo que todo político que haya dicho eso alguna vez (y yo le recuerdo esa declaración, o parecida, a la práctica totalidad de las cúpulas socialista y popular) declarará, acto seguido, que la Ley Antiterrorista que ha regido en España durante muchos años era una ley errónea, puesto que es, en sí misma, la quintaesencia de una norma «legislada en caliente».

Lejos de lo que dicen nuestros responsables políticos, si hay que legislar de una manera, es en caliente. Porque en caliente es como se responde a las inquietudes y necesidades de una sociedad, actor último que es el que cambia las leyes con su evolución. Hace ya mucho tiempo que tenemos pruebas más que sobradas de que nuestro sistema educativo es notablemente ineficiente a la hora de transmitir valores básicos de convivencia. Las reformas educativas han llegado, pero han sido reformas técnicas, de las que les gustan a los pedagogos porque inciden en las technicalities de su trabajo, allí donde los demás no alcanzan. Los árboles de tal o cual matiz no nos han dejado ver el bosque de que nuestra escuela es, demasiado a menudo, incapaz de educar personas.

No hace falta aquí hacer discursos, ni políticos, ni mucho menos religiosos. Una persona bien formada es como una democracia bien formada: alguien que respeta a la minoría, y defiende los derechos de todos. No hace falta haber leído a Duns Escoto del revés o ser capaz de citar a Hegel en endecasílabos suabos para saber eso. Hasta los tontos del culo que responden en los exámenes de capacitación que el Ebro pasa por Madrid pueden enseñar eso. Pero, claro, tienen que creerlo. Tal vez ahí está el problema.

El problema está en la escuela, y también en el salón de casa. Han pasado ya dos décadas, por lo menos, desde que el sistema educativo ha sido dejado al albur del viento del momento en lo que a valores se refiere. Hace ya por lo menos veinte años que España, sus diferentes expresiones ideológicas, sus múltiples esquinas geográficas, es incapaz de encontrar un mínimo común denominador que a todos identifique. Los españoles, hoy, ya no estamos de acuerdo ni siquiera en lo del respeto a las minorías y la defensa de los derechos de todos. Se ha introducido un matiz de gran importancia.

En lo que cree hoy el español medio, el padre que estudió hace años y el hijo que estudia hoy, es en el respeto a sus minorías y la defensa de los derechos de los suyos. Cosas ambas, por cierto, en las que también creía Adolf Hitler.

La actitud, pues, del que siendo de derechas le niega el derecho a la vida a alguien de izquierdas, o viceversa, es una actitud hitleriana. Es nazismo reciclado en «mira cómo molo». Quien defiende únicamente todo lo progre no es progre: es un sectario. Y esto es algo que se sabe desde Solón, que ya ha llovido. Aquí todavía nos queda un rato para enterarnos.

La moderna pedagogía ha olvidado elementos importantísimos de la formación de la persona, en un proceso que yo no creo que haya sido ni espontáneo ni casual. Hoy en día, educar a una persona es un proceso en el que se concede mucha más importancia al hecho de que respete la existencia de la ballena jorobada que al hecho de que se respete a su vecino el de la ideología que no le gusta. Habrá quien diga que si es ingeniería social, y yo pienso: ojalá. Ojalá hubiese un proyecto detrás. A mí me da la impresión de que lo que hay detrás, para padres y maestros, es simple y pura vagancia. Explicar por qué debe mantenerse la población de ballenas jorobadas es muy sencillo. Explicarle a alguien que vomita cuando le hablan del PP, o del PSOE, que debe defender a rabiar el derecho a de esas personas a poder decir lo que piensan, es mucho más complicado. Los padres no tienen tiempo y los maestros no tienen ganas. Eso en el mejor de los casos. En el peor, lo que tienen es ideología y, como el rechazo al contrario forma parte de ella, la transmiten.

Es éste un problema de las últimas décadas, pero también tiene raíces más profundas. La ética social española tiene, desde el siglo de la picaresca como poco, una característica contra la que nunca ha luchado en serio. En ese sentido, las dos Españas existen desde el Siglo de Oro. Esta característica es la asunción colectiva del principio de que en la propia sociedad hay personas con derechos recortados, inferiores. Ciudadanos acreedores de menor respeto, o de ausencia total de respeto, por el hecho de ser algo. La moral española siempre ha encontrado gente a la que colgar ese sambenito de cabrón que merece cabronadas: los ricos, los conversos, los católicos, los ateos, los rojos. La reacción del español que fue odiado durante décadas es odiar en cuanto le quitan la bota de la tráquea; se convierte en lo que le hizo sufrir, haciendo sufrir a otro, entre el aplauso general que considera dicho movimiento «justo». Pero si lo justo es clonar los patrones que a uno le herían, si lo justo es vengarse, la evolución se convierte en enfrentamiento y el enfrentamiento, en atraso. Lo lógico sería romper la espiral y, algún día, hacer justo lo contrario y decir: te respeto como tú no me respetas, o no me respetaste. Es el mensaje central de ese señor que ahora todo el mundo llama Madiba, al que la sociedad española dice admirar; miente como una perra.

Nuestra escuela cava ese hoyo con pasión. Los maestros y los padres enseñan a los hijos que hay que respetar a quienes ellos consideran débiles y desamparados, más aquéllos que piensan lo mismo que ellos. Ahí termina su generosidad. A partir de ahí, se procede al inventariado meticuloso de las miles de razones por las cuales aquéllos que no son ni desamparados ni afines merecen un régimen de comprensión mitigado, un desprecio, en el mejor de los casos, educado. La educación en España pone en nuestras mentes una manivela a la que nos aprestamos a dar vueltas cada vez que uno de nuestros enemigos tropieza y se rompe un dedo del pie o, mejor, lo matan de tres balazos en medio de un puente. Somos mezquinos; no por naturaleza: por educación.

Pero no lo vamos a resolver. Porque son ya muchos años; como digo, haciendo una notaría laxa, no menos de 500, y en la distancia corta, unos 30. Así pues, ya nos hemos acostumbrado y, además, tanta repetición, tanta insistencia, nos ha convertido en una sociedad de miserables. Todos lo somos, y por eso nos cuesta verlo. Somos como esa finca cerrada, quiero recordar que de El obsceno pájaro de la noche, todos cuyos habitantes eran tullidos y contrahechos. Un mundo de minusválidos construido para que sus habitantes no se dieran cuenta de que existen personas que no lo son. 

Lo más de lo que somos capaces es de detectar la mezquindad de la sociedad española en aquellos tiempos en que se basaba en principios que no son los nuestros. Al español de derechas no le cuesta detectar la mezquindad de la España de Zapatero, exactamente que el de izquierdas detectará con rapidez la de la de Aznar. Pero un buen detector de repugnancias es aquél que es capaz de detectar las que llevamos en nuestra entrepierna. Que la Bella se dé cuenta de que la Bestia es fea está chupado; lo jodido es que sea, ella, capaz de admitir que es un poco hija de puta.

Y nada de esto va a cambiar porque para cambiarlo necesitaríamos, para empezar, una clase profesoral comprometida con su objetividad. Y hace ya mucho tiempo que en España nadie, ni maestros, ni periodistas, ni sacerdotes, ni políticos, ni chaperos, ni ingenieros químicos, se plantea ser objetivo. El cambio es imposible, por la simple razón de que el cambio no quiere cambiar.

Nunca, en España, ha sido tan fuerte la presión de las fuerzas conservadoras; eso que ahora se llama, con neoexpresión innecesaria, elites extractivas. Fuerzas que quieren mantener el statu quo, que no quieren que la cosa cambie. Da igual que eso lo vistan de progresismo o de tintes reaccionarios. En la España de hoy, tan conservadora es la Iglesia como el Sindicato, la elite política como la Marea Verde. El conservadurismo español defiende este orden de cosas en el que es normal que un tipo se asome a la ventana de su ordenador y llame a pegarle cuatro hostias a quien sea. Porque eso mola, siempre que el insultado nos caiga mal.

Éste es, tristemente, nuestro concepto de democracia.

lunes, mayo 19, 2014

Anschluss (3: el acuerdo)

Los primeros contactos entre Von Papen y Von Schuschnigg habían comenzado, realmente, apenas un poco antes del famoso concierto en el que se sacó por primera vez la idea de un pacto sólido entre ambas naciones. En realidad, Von Papen conoció al canciller austríaco el 1 de mayo de 1935, durante la fiesta de la Constitución. Viejo y hábil diplomático, Papen supo excitar, a un tiempo, el germanismo de Von Schuschnigg y sus enormes ganas de deshacer su pacto de gobierno con el príncipe Starhemberg.