lunes, diciembre 05, 2016

Trento (11)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio.

En realidad, Carlos tenía mucho que remar para convencer a los reformados. Los protestantes, esto es cierto, anhelaban como el que más la reunificación de la Iglesia. Pero no estaban en modo alguno dispuestos a admitir que ésta fuese a venir de un concilio o sínodo presidido por el Papa. Por propia esencia, los seguidores de Lutero reclamaban un concilio general, basado en las Escrituras y presidido por ellas; un concilio en el que incluso los laicos pudieran participar y expresar sus ideas. Así pues, cuando Carlos se dirigió a ellos planteándoles que participasen en un momio organizado por y desde Roma, dijeron que no; y, como quiera que el emperador les amenazase con la fuerza, dieron existencia a la liga de Schmalkalde. Carlos, que se encontraba fuertemente amenazado por el peligro turco y que tenía que tener en cuenta la probabilidad de que el francés Francisco I decidiese ponerse de parte de los protestantes, tuvo que aflojar. Para gran felicidad del Papa, que ya se veía haciendo el paripé en un concilio dominado por el poder temporal.


Los alemanes, sin embargo, no abandonaron la idea de arreglarse entre ellos. En la dieta de Ratisbona (1532) se reunieron todos ellos, católicos y protestantes, para ver si alcanzaban alguna entente, y anunciaron que, de no conseguir nada, convocarían un sínodo nacional. A Carlos, cuando supo de esta intención, se le pusieron los pelos como escarpias. Aunque evidentemente el príncipe renacentista no había pasado por lo que nosotros, ya tenía claro que no era ninguna buena idea permitir que los alemanes hicieran la guerra por su cuenta. Al Papa la idea le jodía en igual proporción, por lo que suponía de semilla de una independización de facto de la iglesia alemana.

Así las cosas, el emperador le envió un email a clemente@soyelpapa.va diciéndole que si no convocaba un concilio las cosas se iban a poner feas. Clemente, quien por su parte parecía querer que el problema se resolviese por ciencia infusa porque ni de coña quería convocar concilio alguno, sacó la capa y se dedicó a torear a los embajadores imperiales con elegancia. Finalmente, para cuando aceptó, puso unas condiciones leoninas, casi todas inspiradas por el cardenal Farnesio, futuro Pablo III. Por ejemplo, exigió un acuerdo a escala europea en el sentido de que las negociaciones diplomáticas previas al concilio negociarían el estatus resultante del mismo. En esencia, desvalorizaba de principio la asamblea que decía estar dispuesto a convocar (de ejemplos así aprendieron los partidos políticos, con sus primarias abiertas, cerradas y mediopensionistas).

Las cosas cambiaron, sin embargo, con la muerte de Clemente y el ascenso de Pablo III. Farnesio, de hecho, ambicionaba la tiara, pero en las negociaciones de votación la mayoría de los cardenales que lo apoyó dejó bien claro que era conditio sine qua non que convocase la asamblea de reunificación. Así las cosas, el 12 de junio de 1536, Pablo publicaba la bula que convocaba, para mayo del año siguiente, el concilio de Mantua. Reunión que nunca tuvo lugar porque, poco tiempo después, el Imperio y Francia entraron de nuevo en guerra. Un hecho que, supongo que el lector de estas notas ya lo tendrá claro, le encantó al Papa. El inquilino de Roma sabía bien que la ambición de Carlos era convertirse en el verdadero emperador de la Cristiandad. Tenía Carlos el sueño renovado de Carlomagno, un sueño al que tanto la Centroeuropa protestante como Francia como, desde luego, Roma, deberían plegarse por su augusto proceder. Pablo no quería convocar el concilio de Mantua, ni ningún concilio.

La paz de Niza dio fin a la tercera guerra entre Carlos y Francisco, tras lo cual Pablo no tuvo más remedio que convocar de nuevo el concilio, fijándolo para el 1 de mayo de 1538, en Vicenza. Contaba, y acertó, con la oposición de los protestantes, así como con la continuidad de las diferencias entre Carlos y Francisco. Sin embargo, hay algo que le pudo, y es el hecho de que el concilio era necesario. El propio Papa, muchas veces acostumbrado a mirar hacia el Cielo para no observar los problemas de la Tierra, cada vez podía regatear con más dificultad la realidad de que las cosas iban de puta lástima para el bando católico. Así pues, comenzó a coquetear con la idea de que, dominado por el emperador o no, tal vez iba siendo hora de convocar el puñetero concilio. Los más inteligentes de los miembros de la Curia, y muy especialmente los que estaban en contacto directo con Alemania y los obispos de aquel territorio, se lo aconsejaban constantemente. En una entrevista entre el emperador y el Papa, celebrada en Lucca en 1541, el Santo Padre quedó definitivamente convencido. El 22 de mayo de 1542, aun mediando los preparativos para la cuarta guerra entre España y Francia, el Papa anunció la convocatoria de un concilio en Trento para noviembre de aquel mismo año.

La propia localización del concilio era un guiño hacia el emperador. Pablo sabía que los alemanes habían hecho un fuerte lobby para que la reunión fuese en su país. Trento era, para el Papa, la localización más alemana que podía permitir sin que lo fuera. Trento, como ahora mismo veremos, era villa imperial, estaba bajo la protección del rey Fernando, hermano de Carlos, pero estaba mayoritariamente poblada por italianos. Era perfecta para la ocasión.

Hizo más el Papa por parecer ecuánime. Los dos legados que nombró fueron Reginald Pole y Giovanni Girolamo Morone; ambos cardenales más que sospechosos de connivencias con los protestantes, sobre todo en lo tocante a la doctrina de la justificación. De nuevo estallaron las hostilidades internacionales, haciendo peligrar el concilio; pero lo cierto es que los legados se presentaron en Trento en la fecha señalada, encontrando allí a prelados básicamente italianos y alemanes, con una pequeña representación francesa y española. Carlos quería que el concilio comenzase al terminar la guerra, pero el Papa hizo abrir solemnemente las sesiones y envió un mensaje a todos los mandatarios del continente pidiéndoles que enviasen representantes. Sin embargo, nadie acudió, por lo que Pablo debió cerrar las sesiones del concilio por medio de una bula de 6 de julio de 1543.

El fondo de la cuestión era el potente mosqueo que tenía Carlos con el Papa, en realidad con los Farnesio en general. Esta potente familia italiana le había negado el apoyo frente a la coalición franco-turca. Esto llevó al emperador a buscar entre los protestantes el apoyo que necesitaba y que le negaba su aliado natural, el Papa. Evidentemente, los protestantes pusieron condiciones, y es por eso que Carlos les prometió en Spira (1544) convocar un concilio general, libre y cristiano, esto es sin la prelación papal; más aun, les prometió que, si conseguía dicha convocatoria, el problema religioso alemán sería atendido y organizado por una dieta imperial. En otras palabras, Carlos V, a quien luego la propaganda nacionalcatólica llamaría martillo de herejes y espada de Trento, en realidad les había prometido a los alemanes que, si no veían otra posibilidad que provocar un cisma, él se lo permitiría. Eso sí: no pensaba cumplirlo ni aunque le arrancasen el testículo izquierdo con un pelapatatas.

Conocedores de estas promesas, los miembros de la Curia observaron con creciente preocupación las victorias y avances imperiales en la guerra contra el (siempre pérfido) francés. Se daban cuenta de que cada victoria acercaba más la probabilidad de ese concilio general, sin reglas, que habría adelantado cuatrocientos años la pérdida del poder temporal de Roma. El 14 de septiembre de 1544, el Imperio y Francia firman la paz, un documento notablemente ventajoso para Carlos, que en él conseguía el apoyo galo a sus pretensiones de reordenación religiosa. El Papa, notablemente preocupado, envía a Alemania al cardenal Alessandro Farnese, quien rápidamente le contó al emperador la milonga de que el Papa era su amiguito y que estaba totalmente a favor del concilio. O sea, el famoso “un amigo, un esclavo, un siervo” de José Luis López Vázquez.

Pablo III, como casi todos los inquilinos del Vaticano, era un sutil diplomático que no daba hilo sin puntada. Contaba con un factor a su favor: la repugnancia de fondo que sentía Carlos hacia la herejía protestante. Y no se equivocó. Si las cosas hubieran sido como Carlos decía que eran, probablemente la Historia de Europa habría tomado otro camino en aquel convulso siglo XVI: un emperador con puentes tendidos hacia los protestantes habría patrocinado un concilio general cuya conclusión, probablemente, habría sido la restauración de una iglesia federalizada en el que el principal perdedor sería el Papa. Sin embargo, hubiera sido necesario que al frente del Sacro Imperio se encontrase otra personalidad distinta de Carlos, un hombre siempre proclive a la alianza católica contra el protestantismo. La diferencia entre Carlos y la Curia, eso es cierto, es que el poder temporal deseaba la reforma de la Iglesia; pero había un punto secante de ambas rectas, que era la exclusividad en la Fe de la organización católica, y eso el Papa lo sabía.

El punto de partida carlino respecto del conflicto era simple: la Iglesia debía afrontar los males interiores que la estaban corrompiendo; pero consideraba intocables los dogmas de la Fe, lo cual lo colocaba en el lugar opuesto a los protestantes e incapaz de un acuerdo con ellos. Para defender estos puntos de vista contaba con el episcopado español, que lo apoyaba completamente.

El 17 de septiembre de 1544, el papa Pablo convocó a todos los obispos del orbe para estar en Trento el 15 de marzo de 1545. Además, había invitado a todos los príncipes cristianos a asistir personalmente a los debates.

En aquellos tiempos, Trento era una población de apenas 1.050 casas en las que vivían 10.000 personas. Entonces, una parte de su población estaba formada por alemanes, que con los siglos fueron desapareciendo progresivamente. Disponía de diversos edificios civiles remarcables, como el palacio del Buon Consiglio, residencia del obispo, así como una catedral románica. Otra gran iglesia era la de Santa María la Mayor, construida en mármol rosa, que fue la sede escogida para las sesiones.

Gobernada formalmente por el obispo, Trento dependía de los Habsburgo, primero por ser tierras imperiales, y segundo porque el conde del Tirol, en ese momento Fernando, hermano de Carlos y rey de los Romanos, de Bohemia y de Hungría, retenía diversos derechos sobre la villa.

En 1545, cuando comenzó la movida, el obispo de la ciudad era Cristóbal, barón de Madruzzo. Hijo de uno de los principales generales del emperador, era un servidor incondicional de la casa imperial, que era la que había impulsado su nombramiento, con apenas 19 de años, como obispo de Trento y de Brixen. Con 35 años, muy poco tiempo antes del concilio, había sido nombrado cardenal.

Pablo III estaba tan inseguro sobre los derroteros que podían tomar los debates de Trento que su intención siempre fue presidir el concilio personalmente. Sin embargo, obligado como se vio a fijar para la reunión una sede en el norte de Italia, en zona montañosa y un tanto hostil para las personas con escasa salud, se encontró sin fuerzas para hacer el viaje y permanecer allí. A su condición de casi octogenario con escasa movilidad había que añadir que su vida personal (había sido padre, con minúsculas, varias veces) lo colocaba, y él lo sabía, en una situación complicada frente a los austeros obispos españoles.

Así las cosas, Pablo escogió tres cardenales para que fuesen sus legados en la reunión.

El primero de ellos era el cardenal Juan María del Monte, un curita salido de las capas bajas de la sociedad y que tenía muy pocas luces para el sutil juego diplomático. Colérico, a menudo impaciente, era fácil de impresionar, y resulta difícil de entender por qué Pablo, un hombre versado en las technicalities de la alta Iglesia, lo eligió.

El segundo legado, Marcelo Cervino, ya era otra cosa. Cardenal de la Santa Cruz, hombre de piedad acendrada y reconocida, había sido preceptor de los nietos Farnesio del Papa, además de amigo de nuestro amigo el cardenal Caraffa, quien debemos recordar apadrinaba entonces el partido de la reforma de la Iglesia, pero partiendo de su total prevalencia católica. Cervino, igual que el napolitano, quería un cambio en la Iglesia, pero no ponía en cuestión el monopolio católico ni la necesidad de destruir las herejías.

El tercer legado era la señal de conciliación para el partido reformador: se trataba de Reginald Pole, un inglés de sangre real, exiliado de su patria por Enrique VIII, y que representaba la tendencia partidaria de la búsqueda de un punto medio que permitiese la conciliación entre las dos tendencias de la Iglesia. La presencia de Pole, sin embargo, debe de ser matizada. En realidad, los tres legados eran simples instrumentos del Papa, quien además se reservaba la última decisión en los temas importantes. La capacidad de influencia en las decisiones de Pole era prácticamente nula.


Los legados entraron solemnemente en Trento el 13 de marzo de 1545. Comenzaba el espectáculo.