viernes, marzo 18, 2016

Breve historia del metro (megapost)

Para la Semana Santa, os dejo esta lectura amplia, que es el megapost que reúne todos los que fui publicando sobre la historia del metro. Espero que lo disfrutéis.

Hace ahora casi cuarenta años yo era un adolescente y pisaba un laboratorio de química casi por primera vez. Era mi profesor uno de los miembros del claustro de mi colegio, Moncho Núñez, quien con los años acabaría siendo uno de los más eficaces divulgadores de la ciencia en España. Recuerdo vagamente aquella clase: éramos grupos de cuatro alumnos que trabajábamos juntos. Teníamos que hacer un experimento que no recuerdo en su formulación, pero que consistía en que teníamos un líquido en un matraz al que teníamos que añadir, nos dijo Moncho, «una gota» de otro. Nosotros cogimos el matraz donde estaba el segundo líquido y vertimos un chorrito pequeño en el primer matraz.

La reacción química que tenía que producirse (un cambio de color, si no recuerdo mal) no se produjo. Moncho se acercó a nosotros y nos preguntó si habíamos hecho bien las cosas. Le explicamos lo que habíamos hecho e, inmediatamente, su rostro se endureció y, con voz grave, pronunció una frase que no se me olvidó: «Una gota no es un chorro. Una gota es una gota». Luego, claro, nos preguntó que para qué pensábamos que teníamos una pipeta.

De alguna manera, esa lejana tarde de mediados de los setenta comencé, sin saberlo, a interesarme por la historia de Pierre François Méchain. Es obvio que nadie en los Jesuitas de La Coruña, ni siquiera Moncho Núñez, me habló de él. Pero no tardé mucho en saber, porque mis primeras lecturas sobre la medición del meridiano las hice antes de cumplir los treinta. Y es una de esas historias que siempre me han fascinado. Tiene mucho de cinematográfica; creo que se podría hacer una muy buena peli con las tribulaciones de dos científicos en la Francia revolucionaria, la larga estancia de Méchain en Barcelona, su casi suicida etapa pirenaica… y, sobre todo, la enorme tragedia de un científico para el cual una gota no era un chorro, pero que vivía en un momento de la Historia en la que esa distinción era muy difícil de hacer.

Me gusta la historia de la medición del meridiano porque quintaesencia el espíritu de la Ilustración, que tendrá todas las sombras que queramos, pero nos ha hecho como somos. Me gusta la historia de la medición del meridiano por ese personaje casi ciclópeo que es Jean Baptiste Delambre, una persona llamada a casi no utilizar sus ojos que terminó siendo el mayor astrónomo de su tiempo. Pero, sobre todo, me gusta por cómo me angustia imaginar la tortura autoinfligida de Méchain, su lento resbalar hacia la depresión, la manía persecutoria, la existencia atrabiliaria, la rabia; tal vez, la enfermedad mental con todas sus letras.

Pierre François André Méchain fue víctima de su creencia en la ciencia. Fue víctima de su apetito de precisión y de la natural inseguridad que genera en todo científico serio. Su enemigo comenzó siendo la caprichosa forma del planeta en que vivimos, luego fueron sus otros colegas savants, y acabó siendo él mismo. Nunca sabremos qué límites alcanzó esa tortura; para saberlo, deberían haber sobrevivido papeles que con seguridad él hizo desaparecer.

Estamos acostumbrados a admirar a las personas que suben a la montaña más alta, bucean hacia la sima más profunda, conquistan lugares helados donde no vive nada o exploran nuestro Universo cercano. Las montañas más altas, los peores precipicios, las distancias más insondables no están, obstante, en esos lugares. Están dentro de nosotros. Las cordilleras más difíciles de domeñar esperan en el fondo de nuestras convicciones y del compromiso con nosotros mismos de hacer las cosas bien. Hay personas que, como Méchain, simplemente no pueden superar la frustración de no ser capaz de fracasar y vivir con el fracaso. Pero sin esas personas, sin esas gentes que no están dispuestas a dejar las cosas a medias, a aceptar el error, a alzarse simplemente de hombros y decir «paso»; sin esas personas, digo, no avanzaríamos. Ellos son los obstinados bueyes que tiran del carro incluso en las rampas más empinadas y difíciles.

Admiro a los dos protagonistas de esta historia, cada uno por sus razones. Sólo espero que, al final de la lectura, tú sientas algo parecido.

Lee, pues.

miércoles, marzo 16, 2016

El acorazado Potemkin (y 13)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 


Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin, y el movidón que se montó cuando ya habían llegado, y que inmortalizó Einsenstein. Después comenzó el toma y daca entre los marineros y los revolucionarios, y algún que otro susto. Finalmente, los marineros del Potemkin logran enterrar al marinero Vakulinchuk, aunque con incidentes. Y, finalmente, hemos pasado al bombardeo de Odessa por el acorazado y, posteriormente, sus consecuencias y los movimientos de la Flota del Mar Negro. Sin embargo, cuando dicha Flota llegó para acojonar a los amotinados, sus mandos se llevaron una sorpresa, tras la cual la acción revolucionaria pasó por sus mejores momentos. Después ha llegado el fracaso definitivo de la rebelión y la huida a Rumania; país donde no es que los tratasen muy bien.

De nuevo en el Potemkin, podemos observar que el barco, ante la escasez cada vez más preocupante de agua potable, ha comenzado a usar agua salada en sus máquinas. Éstas, efectivamente, pueden funcionar con lo que el mar les da, pero a coste de perder presión, a causa, sobre todo, de la acumulación de sal en las conducciones. Por mucho que se gasten Kovalenko y los suyos, en ese momento el acorazado apenas es capaz de desarrollar la mitad de su velocidad punta.

lunes, marzo 14, 2016

El acorazado Potemkin (12)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 

Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin, y el movidón que se montó cuando ya habían llegado, y que inmortalizó Einsenstein. Después comenzó el toma y daca entre los marineros y los revolucionarios, y algún que otro susto. Finalmente, los marineros del Potemkin logran enterrar al marinero Vakulinchuk, aunque con incidentes. Y, finalmente, hemos pasado al bombardeo de Odessa por el acorazado y, posteriormente, sus consecuencias y los movimientos de la Flota del Mar Negro. Sin embargo, cuando dicha Flota llegó para acojonar a los amotinados, sus mandos se llevaron una sorpresa, tras la cual la acción revolucionaria pasó por sus mejores momentos. Después ha llegado el fracaso definitivo de la rebelión y la huida a Rumania.

Un evidente indicador del nerviosismo que se había alcanzado en el Potemkin es que apenas se había hecho invisible la línea de tierra de Odessa, comenzaron las dudas sobre una decisión, la de irse a Rumania, que había sido tomada por unanimidad. Surgieron voces de marineros que se preguntaban si no estarían ahora traicionando a sus compañeros revolucionarios que, tal vez, estaban preparando en Sebastopol alguna movida que ahora sería imposible por su causa.