lunes, febrero 06, 2017

Cuando el criminal es un animal (literalmente)

La actitud del hombre medieval hacia los animales no es la misma que tenemos nosotros; algo que es importante comprender para todo aquél que se acerque a esa civilización y forma de ver el mundo. Para empezar, para muchos hombres medievales los comportamientos antropomorfos de los animales no eran algo imposible. Hay que entender que el hombre medieval creía que la serpiente le había hablado a Eva (aunque también hay que reconocer que mucha gente que tiene perro y gato cree que les entienden). Por otra parte, los animales formaban parte de la cotidianeidad de la gente. Los villanos vivían con sus animales, no los tenían apartados en establos, por lo que tenían una cotidianeidad con ellos. Una cotidianeidad que, por otra parte, también hacía que la posibilidad de que los animales les hiciesen daño era más elevada.



¿Y la Iglesia? Pues en la Iglesia hubo de todo. Por supuesto, hubo legiones de sacerdotes que, siendo como eran uno más de la comunidad en la que vivían, entendían que los animales eran parte de la supervivencia de aquellos sus vecinos, y como tales, sin llegar a adorarlos, los aceptaban (o los temían y odiaban, como al lobo que se come ovejas). En otros aspectos más abstractos, tampoco faltaron las diferencias. La imaginería religiosa medieval está repleta de animales; pero no faltaban portavoces como Bernardo de Claraval, quien consideraba que todas aquellas imágenes despistaban a feligreses y religiosos.

Una cosa que la Iglesia siempre persiguió fue la confusión entre hombre y animales. Poca amiga de los disfraces en general, la autoridad religiosa siempre persiguió la costumbre de disfrazarse, concretamente, de animal, por lo que suponía de rebajar la condición humana. Ahora, eso sí, la prohibición le salió en toda Europa como la mierda.

Las autoridades eclesiales, en todo caso, se tomaron este tema muy, muy en serio. Para ellos, el tratamiento que dar a los animales tenía serías consecuencias teológicas. Cristo había venido a la Tierra a salvar, exactamente, ¿a quién o a qué? Porque, según el Génesis, su papá también creó a los animales. Así pues, los animales también podrían ser considerados criaturas de Dios merecedoras de la Salvación.

Si no estuvieseis tan ocupados con vuestras cositas y os hubieseis dado un paseo por la Sorbona, digamos, allá por el 1280, os habríais encontrado con que este tema era lo más de lo más en las aulas más prestigiosas de la universidad. ¿Resucitan los animales, van al Cielo? ¿Pueden saltarse el descanso dominical decretado por Dios? La idea de los Stephen Hawking de la época discutiendo estos temas tal vez os mueva a la risa; aunque si os leéis un par de artículos sobre la teoría de cuerdas, lo mismo se os pasa.

También hay que decir, en honor a la verdad, que ya desde el siglo XIII encontramos filósofos y eso que hoy llamamos teóricos del Derecho sosteniendo la idea de que eso de juzgar a los animales es pollada, porque no tienen conciencia. En realidad, resulta muy difícil sostener que, ya en la Edad Media, una buena mayoría de los hombres con responsabilidades públicas, dentro y fuera de la Iglesia, no tuviesen claro que los animales carecen de conciencia para distinguir el bien del mal. Sin embargo, sobre esas teorías o pensamientos pudo, sin duda, la necesidad de dar ejemplo a través de la justicia.

Porque, claro, cuando alguien deja entrar en su cabeza la idea de que un animal, tal vez, es una criatura divina merecedora de las preces de la Salvación, al instante también tiene que admitirse que esa misma criatura pasa a ser responsable de sus malos actos. Lo cual lleva al tema de estas líneas: el animal como criminal, diríase, consciente.

Obras como la interesantísima de Léon Ménabréa en el siglo XIX o la de Carlo D'Addosio nos hablan, de hecho, de una Europa medieval en la que eran relativamente frecuentes los procesos criminales incoados contra animales, especialmente los insectos cuando se convertían en plaga. De hecho, la literatura acerca del tema suele referirse a un caso canónico (por lo documentado) que es el de la cerda de Falaise.

En el año 1386, una cerda vestida con ropajes humanos fue ejecutada (ésta es la palabra) mediante varias mutilaciones en Gibray ante un público formado por el señor local (el vizconde de Falaise, Regnaud Rigault), paisanos de la villa, otros campesinos de la zona... y una abigarrada multitud de cerdos que fueron obligados a presenciar la ejecución de su colega.

El crimen de la cerda de Falaise era relativamente común en aquellos tiempos de promiscuidad entre hombres y animales: había matado a un niño. Como digo, no es infrecuente ni exclusivo de la Edad Media: cabe recordar que en la novela de Camilo José Cela La familia de Pascual Duarte un cerdo se come las orejas de un niño. Los bebés no tenían más lugar donde ser emplazados que cerca de los animales y, además, sus padres tenían cosas que hacer, así pues no los vigilaban.

En la iglesia local de la Santa Trinidad hubo incluso una pintura que relataba el hecho con pelos y señales; obra que, lamentablemente, se nos ha perdido tras el asedio al que sometió a la plaza el rey inglés Enrique V en 1417. La importancia que revestía el hecho para aquellos normandos queda demostrado por el hecho de que la pintura fue rehecha, y allí permaneció hasta principios del siglo XIX, que la iglesia fue pasto de la piqueta.

La víctima del crimen se llamaba Jean le Maux, era hijo de un masón, y tenía tres meses de edad. La cerda se comió varias partes de su cuerpo, provocándole la muerte. El proceso duró nueve días, durante los cuales la cerda fue interrogada para saber si tenía algo que decir en su defensa. Contó con un abogado defensor (que es de suponer no se comunicó demasiado con su cliente) y fue condenada a morir sufriendo las mismas mutilaciones que había infligido (teniendo en cuenta el gusto de los gorrinos por las partes blandas, ya se puede uno imaginar en qué consistió la ejecución).

Un error eclesial: ningún sacerdote escuchó a la cerda en confesión la noche antes de la ejecución.

Hay un matiz en todo esto que supongo no se le habrá escapado a los finos juristas que me lean. Este tipo de sucesos revela la distinta calidad que presentaba el concepto de justicia en los tiempos medievales. En el Derecho moderno, esto es hoy en día y ya desde hace bastante tiempo, el concepto de justicia está ligado al concepto de reparación. En el pasado también, pero se trataba de una reparación hammurabiana, ojo por ojo y diente por diente; el concepto moderno, sin embargo, es más abstracto, pero más eficiente. Digo esto porque una de las consecuencias de acusar a los animales de los crímenes que habían "cometido" era considerarlos como seres con voluntad, lo cual liberaba a sus dueños de toda responsabilidad. De hecho, a día de hoy desconocemos la identidad del dueño de la cerda de Falaise, a pesar de que probablemente no era la misma familia del niño que se merendó. No lo conocemos porque no tuvo que afrontar responsabilidad alguna por el desafuero cometido por su gorrina; salvo quedarse sin ella, claro.

Los animales criminales, cuando menos en la actual Francia, eran de hecho sometidos a toda la práctica judicial normal. En la localidad borgoñona de Savigny-sur-Étang, por ejemplo, otra cerda confesó bajo tortura haber atacado y devorado parcialmente a un niño de cinco años, Jehan Martin, en 1457.

La consideración de que los animales tenían la capacidad de pensar en hacer el mal tiene una consecuencia inmediata, que es considerar las plagas como agresiones conscientes. Así, en el siglo XI existen testimonios de sacerdotes que excomulgaron a los topillos de una plaga que masacró los campos. En 1516, los viñedos de Villenauxe se vieron invadidos de saltamontes, y el obispo de Troyes les decretó la expulsión en seis días, bajo pena de excomunión. Parece ser que los saltamontes no le hicieron ni puto caso. En algunos casos, como en Grenoble a finales del siglo XVI, estos decretos fueron más humanitarios; allí se decretó la expulsión de una plaga de orugas que había, pero ofreciéndoles el traslado a un campo yermo de la zona. Las orugas, sin embargo, se negaron a negociar. Cuando los animales malos eran más grandes, como por ejemplo los lobos, se organizaban las lógicas partidas para cazarlos, pero muchas veces esas partidas iban precedidas de un proceso eclesiástico que le daba a la cacería, por así decirlo, un significado legal.

Los animales, en todo caso, se veían implicados en procesos con los seres humanos en los casos, que los hubo y muchos, de bestialismo. En estos casos, a veces el hombre o mujer culpable eran colocados en un saco con el animal de sus amores, dentro del cual eran quemados.

Michel Morin, que en 1553 tenía 65 años, era tratante de vinos en Anjou. Fue acusado por su mujer Catherine, que era más joven que él, de haber comprado una oveja para jincársela. Al parecer, la tal Catherine era lesbiana y un tanto, diremos, ambiciosa.

Inmediatamente apareció el tipo idiota colaborador, el vecino boticario del matrimonio, enamorado de la mujer, quien declaró que Michel le habría confesado que prefería su oveja a su mujer. Jeannot, el criado de la casa, otro que practicaba el pulido periódico de la señora, lo confirmó todo.

Morin se vino abajo cuando la justicia temporal le enseñó el tipo de instrumentos que iban a usar en su cuerpo para arrancarle la confesión. Admitió haber comprado la oveja para tirársela, pero negó haber cometido el acto. El 15 de enero de 1554, fue condenado a ser suspendido de un saco en compañía de la oveja y quemado en él.

A los dos años de la ejecución, Catherine y el boticario se casaron.

En general, los animales culpables eran colgados o quemados, a veces estrangulados y decapitados si eran muy grandes (como los toros). Si, por cualquier razón, el animal culpable desaparecía, se tomaba otro de su especie y se le juzgaba en su lugar, aunque no lo ejecutaban.

Para encontrarnos con el triunfo de la idea de que los animales no tienen conciencia tendremos que esperar al siglo XVII y la puesta en solfa de la filosofía aristotélica. Descartes, por ejemplo, se ocupó del tema, señalando que sin duda los animales carecen de conciencia; una idea que, de todas maneras, ya había defendido Tomás de Aquino siglos antes.