lunes, abril 10, 2017

Trento (18)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma.


El traslado del concilio de Trento a Bolonia fue, en realidad, mucho más que un traslado. Más que un cisma, incluso: respondió a la convicción del Papa Pablo III de que, por fin, podía hacer lo que llevaba años ambicionando: romper con el emperador Carlos.


Cuando se produjo el traslado, el Papa ya le había ofrecido una alianza matrimonial al rey francés Francisco I, al sugerirle el matrimonio entre su nieto, Horacio Farnesio, y Diana, hija natural del delfín Enrique. Además, había aconsejado al francés ayudar a los protestantes alemanes y, como informó el embajador de París en Roma, Dumortier, no se cortaba a la hora de celebrar las victorias del elector de Sajonia sobre los imperiales.

Sin embargo, las cosas comenzaron a no ir demasiado bien. En la Curia eran muchas las voces que mostraban su desacuerdo, cuando no su escándalo, hacia la actitud papal. A la misma, por lo demás, no le ayudó nada que, nada más salir los obispos de Trento, la pretendida epidemia desapareciese como por arte de magia, dando la razón a los obispos imperiales, que no se habían movido del sitio y seguían vivitos y coleando.

Para colmo, el 31 de marzo de aquel año falleció Francisco I, el hombre llamado a ser el campeón del nuevo partido papal. Enrique II, su hijo, era un joven situado bajo la influencia del condestable Anne de Montmorency, un noble de sólidas convicciones católicas que adoptaba posiciones muy favorables al emperador. Fue el propio rey Enrique el que, para desánimo del Papa, le aconsejó que suspendiese el concilio hasta alcanzar una entente con Carlos. Ante las dudas de los franceses, los venecianos le comunicaron a Roma que no se sentían nada proclives a formar parte de una liga antiimperial. Para terminar de darle la vuelta a la tortilla, el 24 de abril de aquel año Carlos se apuntó la notable victoria de Mühlberg, y pronto tuvo a Alemania entera a su disposición. Por último, el Sultán, que Pablo había esperado atacase a los Habsburgo, firmó la paz con ellos. Así las cosas, Pablo decidió enviar como legado ante el emperador al cardenal Francesco Sfondrati, con el intento de ganarlo para que apoyase el concilio boloñés.

Pobre Sfondrati. Él, que era un sabio teólogo que si había tomado los hábitos era porque se había quedado viudo, se vio implicado en una entrevista que probablemente marca una de las misiones diplomáticas más difíciles que se pueden imaginar. Ante un Carlos V encabronado y de muy mala hostia, un emperador que se sentía traicionado por el trile pestífero que habían montado los legados papales en Trento, trató como pudo de explicarle al hombre más poderoso del mundo que tenía que cursar la orden a sus obispos de que se trasladasen a Bolonia, para así evitar el evidente peligro de cisma (de re-cisma, en realidad, porque los protestantes, para entonces, ya estaban totalmente a su bola). Carlos, mirándolo fríamente, le contestó que sí; que sus obispos irían a Bolonia, o a Roma si era preciso, pero que él personalmente los acompañaría para asegurarse de su libertad. Los dos, rey y cardenal, sabían muy bien de qué estaban hablando. Los dos sabían que cuando Carlos de Habsburgo se dirigía a una ciudad de hondo significado religioso, sería para saquearla como había hecho veinte años antes.

En otras palabras, prosiguió el emperador, no consentiré otra cosa que el regreso de los obispos a Trento y el reinicio allí de las sesiones. Una declaración de esta categoría venía a decir dos cosas, una buena y la otra mala desde el punto de vista del Papa. La buena es que Carlos, a pesar de todas las defecciones del inquilino del Vaticano, se sentía católico y no estaba dispuesto a colocarse fuera del paraguas de la Iglesia romana (y queda para la ucronía preguntarse qué habría sido de Europa de haber tenido entonces un emperador más descreído). La mala era que, sin lugar a dudas, el emperador se sentía más poderoso que el Papa y, por lo tanto, consideraba que era el viejo el que tenía que doblar la cerviz. No habría, pues, otro Canosa.

Diego Hurtado de Mendoza, embajador de Carlos en Roma, recibió instrucciones, que cumplió al punto, de ir a ver al Papa para amenazarlo con un cisma. Era un farol porque Carlos nunca habría permitido tal ruptura; pero eso el encorvado santo padre no lo sabía. Al mismo tiempo, el emperador ordenó a Pacheco y toda la patulea sotanuda que seguía en Trento que no se ausentase de la villa bajo ningún concepto; pero que, a tiempo, se abstuviese de participar en ningún acto conciliar para no sustantivar un cisma.

Carlos conocía bien el precedente de Basilea, que venía a demostrar que no tiene mucho sentido montar concilios cismáticos. Caso de querer llegar hasta el fondo, en realidad el ejemplo era el que le daba Enrique VIII: ni concilio ni leches, me monto mi propia Iglesia, y a tomar por saco. Pero, con lógica, el emperador, en el caso de que personalmente se hubiese sentido inclinado a alguna solución de este tipo, sabía que tenía que arrastrar a los españoles en esa dirección; y, la verdad, resultaba muy difícil imaginar a la muy católica España abandonando la disciplina romana. Pero, una vez más, esto que sabía Carlos, en realidad Pablo lo desconocía. Es por esto que el emperador comenzó a jugar con la idea de convocar un concilio particular. Para acojonarlo.

A esto hay que unir que la convocatoria de Bolonia iba como la mierda. Los obispos franceses y portugueses, por ejemplo, habían abandonado Trento; pero no se habían trasladado a Bolonia. Así las cosas, en la ciudad papal apenas había una treintena de obispos, todos ellos italianos, en buena parte pensionarios de los legados. El Papa seguía defendiendo el traslado, pero Carlos insistía en la necesidad de celebrar un concilio en una villa imperial que pudiera tener como consecuencia la reconciliación entre protestantes y católicos; e incluso anunció que los principales príncipes reformados, tales como Mauricio de Sajonia o Joaquín de Brandeburgo, se habían obligado a seguir un concilio de tales características.

Pablo, en estas circunstancias, tuvo que ceder. Se decretó el cierre de las sesiones del concilio de Bolonia, que de hecho no emitió ningún decreto. Y, de hecho, ni siquiera se anatematizó a los prelados que habían permanecido en Trento, con los que mantuvieron los legados una constante correspondencia.

Pero para entonces a Carlos una medida así no le bastaba. Hizo saber al Papa, a través de Hurtado de Mendoza, que nada que no fuera el reinicio incondicional de Trento le satisfaría. Que si eso no se producía, convocaría un concilio opuesto al de Bolonia. En esas circunstancias, la gran esperanza de Pablo era, de nuevo, el rey francés, dado que Enrique cada vez tomaba posiciones más críticas con el emperador; de hecho, ordenó que algunos embajadores y obispos franceses se trasladasen a Bolonia. Este gesto hizo pensar al Papa que podía reunir en la ciudad a un centenar de obispos y reavivar el concilio.

Ante esta situación, Carlos decidió tomar alguna acción de fuerza que sirviese como advertencia para el Papa. Usando a Fernando Gonzaga, sorprendió a Pedro Luis, duque de Parma, miembro de la familia Farnesio, en Plaisance (septiembre de 1547) e hizo ocupar la fortaleza por tropas españolas. Pedro Luis murió en la batalla.

Para el Papa, la muerte de su pariente fue un durísimo golpe en la complicada telaraña de influencias y poderes que había tejido a favor de su familia. No dudó (no tenía por qué) de que Carlos estaba detrás de aquella acción. Su cólera fue tan grande que el cardenal Farnesio llegó a decirle a Hurtado de Mendoza que “si el emperador no nos satisface y nos devuelve lo que nos pertenece, nosotros nos aliaremos con el diablo”. El Papa quería, efectivamente, urdir una alianza antiimperial con Francia y Venecia, alianza en la que podría entrar el turco, razón de que usase esa expresión. Le ofreció Pablo a París quedarse con Sicilia y el reino de Nápoles al sur del río Garigliano, mientras que el resto al norte del río se integraría en los Estados Pontificios. A los venecianos se les ofrecieron ventajas en el ducado de Milán. A Enrique II el proyecto le pareció genial pero, sin embargo, fue recibido con frialdad por los venecianos, que no lo veían claro sobre todo por la vejez del Papa, que les hacía dudar de la solidez de un tal pacto.

Para colmo, había un flanco de la movida que Pablo no había previsto. En el ámbito temporal y bélico le iba de coña con los franceses; pero el teológico ya era otra cosa. Ya hemos visto que los obispos galicanos se habían presentado en Bolonia siguiendo una orden de su rey en este sentido. Eso hicieron, pero no para quedarse callados. Una vez que llegaron allí, en las discusiones informales que se produjeron, empezaron a sacar a pasear la vieja idea de que los concilios son prevalentes sobre el Papa; llegaron a decir, incluso, que en realidad no era necesario que el Papa participase en las discusiones conciliares. La razón de esta actitud era, el fondo, la pasta. Los embajadores franceses llevaban instrucciones de París en el sentido de intentar que el concilio defendiese la supresión de casi todos los ingresos que Roma reclamaba en los países ultramontanos.

Con el tiempo, incluso los proyectos militares fueron mal. El marqués de Massa, Jules Cibò, que había sido la espadaña del ataque francés sobre las posesiones españolas, fue decapitado en Milán; a partir de ahí, el propio Enrique II comenzó a renegar de la flamante liga antiimperial. Puso como excusa su estrecha relación con Escocia, entonces en guerra contra Inglaterra, para argumentarle al Papa que no tenía tiempo ni medios para lo que buscaba.

Ganador en el campo de batalla, Carlos decidió atacar en el flanco religioso. En el otoño de 1547, en la Dieta de Augsburgo, los jefes protestantes reiteraron su promesa de someterse a un nuevo concilio de Trento, siempre y cuando se cumpliese la garantía imperial sobre su seguridad personal y su libertad de expresión de ideas. El cardenal Sfondrati multiplicó promesas y zalamerías entre los electores eclesiásticos para ganarlos a la postura del Papa, pero la oferta de Carlos era demasiado buena. Finalmente, los propios obispos alemanes le exigieron al Papa la convocatoria de Trento. La comunicación era altamente amenazadora, pues no se cortaba en decir que si el Papa no ponía los medios para pacificar Alemania, se buscarían la vida por otro lado. El primado polaco se unió a esta posición.


En noviembre de 1547, el emperador envía al cardenal Madruzzo a Roma con la exigencia de convocar el concilio en Trento. Exigía, además, el envío a Alemania de nuncios apostólicos plenipotenciarios, con la misión de absolver a todos aquéllos que quisieran regresar al seno de la Iglesia. Su tercera reivindicación fue que el concilio, una vez reunido de nuevo, se ocupase fundamentalmente de discutir la reforma de la costumbres de la Iglesia. En contraprestación, Carlos se comprometía a garantizar que, si moría el Papa, el puesto en la Santa Sede sería provisto por el colegio cardenalicio, no por el propio concilio (como en el fondo sería más lógico, por cierto).