miércoles, junio 07, 2017

EEUU (57)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt y sus primeras medidas destinadas a reactivar la economía, así como el nacimiento de la legislación social americana y el desarrollo propiamente dicho del New Deal.


Después de eso, hemos pasado a pensar un poco sobre los retos diplomáticos de entreguerras de los EEUU en Asia y Latinoamérica y, en general, la tensión aislacionista del país. Pero es un hecho que EEUU acabó implicado en la guerra, que tras costosas operaciones fue ganada tanto en el frente europeo como en el Pacífico. Terminada la guerra, hemos visto las primeras provisiones de organización tras el conflicto y, sobre todo, la política de contención del avance comunista en Europa, lo que provocó el desplazamiento de las tensiones a Asia y la guerra de Corea

Y bien: ahí estaban los republicanos, por primera vez en el poder desde que Estados Unidos se asomó al balcón de la crisis del 29. Ike comenzó su mandato (en realidad, cumplió antes de comenzarlo, pues lo hizo un mes después de ser elegido) llevando a cabo su principal promesa electoral: volar personalmente a Corea para resolver el bloqueo de la guerra. Cumplió aunque, eso sí, como ya os he contado la cosa llevó su tiempo, hasta el 27 de julio de 1953. En términos generales y en casa, Eisenhower se mostró desde el primer momento como uno de esos presidentes permeables (de los que no suele haber en la política europea) mucho más dispuesto a pactar y acordar con los más conservadores de su oposición demócrata que con sus propios correligionarios ultra-conservadores, esto es, básicamente los que hubieran preferido a Taft de candidato.


De hecho, Ike, lejos de repeler o cambiar las principales políticas de los demócratas, en realidad las continuó y en algunos casos profundizó. El 1 de abril de 1953, un Congreso dominado por los republicanos aprobó la creación de un nuevo departamento (ministerio, diríamos nosotros) en el gobierno: Salud, Educación y Bienestar. Asimismo, en otra decisión se sumó al colectivo de beneficiarios de la seguridad social a 10 millones de personas.

Sin embargo, también hubo políticas netamente republicanas: el programa demócrata de vivienda fue recortado a un año de vigencia y se procedió a un recorte importante de impuestos, una política cuyos principales paganos fueron el gasto militar y la ayuda de cooperación exterior.

Las veleidades demócratas, por así decirlo, del presidente republicano, pronto le ganaron la enemiga de muchos elementos de su partido, por lo que Ike tuvo que tascar el freno. De hecho, se preocupó no pocas veces de buscar ostentosamente el consejo del senador Taft, para que sus partidarios no pensasen que pasaba de él. Taft, sin embargo, murió en julio de 1953 y, a partir de ese momento, la ultraderecha del partido decidió volverse mucho más combativa y, de hecho, consiguió en no pocas ocasiones frenar la política moderada de la Casa Blanca, bajo el liderazgo, ahora, del senador McCarthy. Este enfrentamiento le salió caro al movimiento republicano, que en 1954, en las elecciones de mitad de legislatura, perdió ambas cámaras. McCarthy perdió la presidencia de su comité y, al fin y a la postre, fue repudiado por el Senado por 67 votos contra 22. Moriría pronto, en mayo de 1957.

Social y yo diría que históricamente hablando, el principal elemento de la Administración Eisenhower fue el trabajo por la igualdad racial.

En el mes de mayo de 1954, el Supremo dio un paso de gigante en esta dirección con su fallo sobre el caso Brown versus Board of Education of Topeka. Tiene cierto tufillo a justicia histórica, la verdad, que el demandate se llamase Brown. En su fallo, el alto tribunal, que no se olvide hace las veces de corte constitucional en el sistema estadounidense, concluía que el sistema de colocación de los negros existente en 17 Estados, conocido como separate but equal, se daba de leches (que se las daba) con la décimo cuarta enmienda. Sesenta años antes (1896), en el caso Plessy versus Ferguson, el Supremo había dictaminado exactamente lo contrario, autorizando a los Estados a segregar a los negros puesto que, argumentó, la protección legal de que disfrutaban era la misma que la de los blancos. Estados Unidos, por así decirlo, había fagocitado el final de su guerra civil haciendo concesiones a los perdedores para evitar un nuevo enfrentamiento. En consecuencia, le impuso a los Estados del Sur un esquema de cosas en el cual los negros eran iguales ante la ley; pero, al mismo tiempo, permitía un montón de políticas de segregación de las razas, con la curiosa interpretación decimonónica de que eso no suponía quebrar la igualdad ante la ley. 

Se trataba de un argumento muy endeble que, sin embargo, a finales del siglo XIX era necesario dar por bueno en una nación que todavía tenía enormes fisuras en su identidad como tal. Sin embargo, había pasado medio siglo durante el cual el sistema educativo estadounidense había hecho los deberes. El tufo enormemente nacionalista de la educación americana, todo eso de que en las escuelas se salude a la bandera, se aprenda el himno, la Constitución, las palabras de Gettysburg y toda la pesca, tienen que ver con esto. Estados Unidos aprovechó la primera mitad del siglo XX para construirse como nación único, my home sweet home y bla, porque ése era el mantillo en el que tenía que plantar sus políticas de igualdad y derechos civiles, que no dejaban de ser, mutatis mutandis, la aplicación a todo el país de los esquemas jurídicos generados en una parte de él (el tercio yankee). La extremada movilidad de un país trufado de gentes nacidas en Seattle que viven en Los Ángeles, o naturales de Iowa que residen en Illinois, hizo el resto. El Supremo no hizo sino reconocer desde un punto de vista constitucional un cambio social que ya se venía produciendo.

Brown versus Board of Education of Topeka fue el principio de todo. Yo ya sé que la mitología social quiere ver en el principio de la lucha por los derechos sociales en el gesto de Rosa Parks de no irse a sentar a la zona de los negros en un autobús; pero dicho gesto es un año posterior a la sentencia del Supremo, se siente.

Los conspicuos jueces del Supremo estadounidense, bastante cercanos al poder político por razón de la arquitectura del sistema, no dejaron esta decisión caer del cielo. Las dos guerras mundiales, y las tensiones y cambios que habían generado en los Estados Unidos, habían provocado una importante inmigración interior de negros hacia los Estados del norte, donde se habían convertido en un importante lobby político. Muy especialmente, la participación de los negros en la lucha y la industria bélicas había aflorado el notable cinismo de un país que esperaba de ellos el sacrificio incluso de sus propias vidas, pero luego los mandaba al fondo del autobús y los llamaba monos. Ya en 1946 Truman había formado un Comité de Derechos Civiles, compuesto por expertos de las dos razas. Este comité aconsejó la aprobación de una ley federal contra los linchamientos, la abolición de las limitaciones económicas al voto, la legislación de políticas de igualdad laboral, el abandono de la segregación en trenes y autobuses, así como ayudas públicas para la educación y la vivienda para los negros. Truman no se atrevió a llevar aquellas medidas al Congreso por temor a un bloqueo por parte de los representantes del Sur, pero sin embargo avanzó en las políticas anti-segregación en el seno de las Fuerzas Armadas a base de órdenes ejecutivas de ésas que tanto le gusta firmar a Trump.

Persistía, sin embargo, el problema de que implantar las reformas que se derivaban de la sentencia del Supremo en el Sur crearía un enorme cúmulo de problemas. Por ello, el Supremo aprovechó otra sentencia posterior para matizarse a sí mismo al establecer la necesidad de acabar con la segregación en las escuelas “a la mayor velocidad posible”. En el Norte y en los Estados fronterizos entre Norte y Sur, apenas bastaron dos años para llevar a cabo las nuevas medidas. En el Sur, sobre todo en el más radical, se hizo evidente desde el primer momento que el cambio sólo se impondría torciéndole el brazo al sistema vigente.

En septiembre de 1957 se montó la mundial en Little Rock, Arkansas. Allí, el gobernador Orval E. Faubus decidió impedir la entrada de nueve niños negros en el instituto central de la ciudad, y para ello decidió utilizar a la Guardia Nacional. El presidente Eisenhower envió tropas federales en defensa de los niños, que fueron matriculados, literalmente, por cojones. 

En mi modesta opinión, aquellos nueve chavales y sus padres tienen bastante más mérito que Rosa Parks, pero casi nadie recuerda sus nombres, por lo que tal vez sea justo recogerlos aquí: Melba Patillo Beals, Elisabeth Eckford, Ernest Green, Gloria Ray Kalmark, Carlota Walls Lanier, Terrance Roberts, Jefferson Thomas, Minnijean Brown Trickey y Thelma Mothersed Wair). 

Esos nueve chicos fueron sometidos a tal nivel de acoso escolar por parte de compañeros suyos blancos que las autoridades escolares de Little Rock solicitaron un aplazamiento de dos años en la implantación de la nueva política. En septiembre de 1958, la petición llegó al Supremo, que atendió básicamente los (acertados) argumentos de la National Association for the Advancement of Colored People, en el sentido de que un solo retroceso en la legislación sería letal. Así pues, el alto tribunal denegó el aplazamiento.