lunes, septiembre 18, 2017

Trento (29)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos.



Los papas, por lo general, suelen creerse bastante que son, perdón por el chiste fácil, la hostia. La práctica totalidad de los hombres que han ocupado el obispado de Roma se ha llenado la boca diciendo cosas como que son el último de los cristianos, el más humilde entre los humildes; pero ninguno lo ha creído nunca (ni lo cree). Un Papa siempre manda un huevo y, a base de mandar, acaba acostumbrándose a ser obedecido. Un día al año los papas le lavan los pies (previamente limpios) a un grupete de pobres reales o supuestos, y los otros 364 días mandan como generales de división. Y no les suele gustar que les lleven la contraria. Pío IV no era una excepción, y es por eso que le transmitió a Simonetta instrucciones precisas para que nadie le volviese a toser en las sesiones de Trento; y si para eso tenía que cambiar a su legado, lo cambiaba. Lo cierto, sin embargo, es que no podía hacerlo.


El cese del cardenal de Mantua, para empezar, no sería gratis. Gonzaga era un hombre muy respetado entre los padres conciliares, así como en Viena y El Escorial; su muerte, que se producirá un poco más adelante en estas notas, de hecho concitó la tristeza y el homenaje de todo el mundo. La dimisión como legado del titular de la sede mantuana no tendría más consecuencia que hacer absolutamente transparente la dependencia de Trento respecto de Roma.

Así las cosas, si no podía cesar a su legado, a Pío no le quedaba otra que disolver Trento; pero en ese gesto ni los alemanes, ni los españoles ni los franceses lo habrían secundado, haciendo evidente su soledad.

Así pues, el tema siguió emputeciéndose poco a poco. Los legados trataron de resolver el problema acercándose a los partidarios del derecho divino de la residencia, eso sí pidiéndoles encarecidamente que se olvidasen del primer artículo de los que se estaban discutiendo. Sin embargo, se encontraron con un muro contrario, fundamentalmente dirigido por los representantes españoles y portugueses. Los asistentes ibéricos de Trento, de hecho, amenazaron con formar una congregación general que alumbrase una protesta formal, si la cuestión del origen divino del deber de residencia no se colocaba como primer punto de orden del día de las discusiones. El cardenal de Mantua, presionado en medio del callejón sin salida, ofreció (inútilmente) su dimisión al Papa.

Sin estar este tema resuelto, se abrió otro conflicto derivado del viejo asunto de la continuación del concilio. Habrán de recordar los pacientes lectores de estas notas que Felipe II, el rey español, ambicionaba que la sesión de Trento fuese declarada continuación de las anteriores, aceptándose con ello lo previamente tratado; mientras que tanto los franceses como el Imperio preferían que aquella tercera convocatoria de Trento fuese declarada un concilio nuevo, verdaderamente ecuménico, con poder por lo tanto para decidir en contrario a las deliberaciones de las dos sesiones anteriores. Para defender su postura, Felipe envió a Trento a un representante, el marqués de Pescara (Francisco Fernando de Ávalos Aquino y Aragón, conocido por sus íntimos como Paco Nando Triple A), gobernador de Milán. Los legados, siguiendo órdenes del Vicario de Cristo, le prometieron al marqués que habría una declaración expresa de la continuidad del concilio.

Problemilla: los representantes del emperador se enteraron, y les faltó tiempo para comunicarle a los legados que si esa continuidad se declaraba, los representantes imperiales dejarían de participar en las sesiones. Los embajadores y obispos franceses se unieron a la posición inmediatamente. La actitud más preocupante era la francesa, pues dos de sus tres embajadores, amén de su portavoz en el concilio (Louis de Saint-Gelais, señor de Lansac) mostraban cercanía con la Reforma y una creciente hostilidad hacia el concilio. El discurso que realizaron ante los padres conciliares sobre la materia fue tan radical que hubo algunos que solicitaron que no fuese adjuntado al acta. La verdad es que el discurso era la leche. Venía a decir que la Historia de la Iglesia contaba ya con demasiados concilios que habían sido de poca utilidad por no haber sido libres ni legítimos y haber respondido únicamente a la influencia del Papa. Muy sabiamente, decían los representantes franceses que on ne devait chercher le Saint Esprit outre part qu'au Ciel; o sea, que el Espíritu Santo está en el Cielo, no reside en las chorradas que diga o decida el Papa.

El ambiente olía a abandono francoalemán, con convocatoria posterior de sínodos nacionales incluida.

Los legados, sin otro margen de actuación, le escribieron al Papa para pedirle permiso de deshacer la promesa que le hicieron al marqués de Pescara. El Papa pareció aceptar, arrastrando el escroto. Los legados se trabajaron a los embajadores para tratar de convencerles de que, como contraprestación, los temas más calientes de la reforma se dejasen para más adelante en las sesiones. Y, por supuesto, comenzaron a soltarle evasivas a los representantes españoles y portugueses.

Sin embargo el 2 de junio, pocos días antes de la siguiente sesión, llegó a Trento un email del Papa ordenando la declaración inmediata de la continuidad del concilio. Tal decisión le había sido arrancada a Pío por los halcones de la Curia cardenalicia, esto es el partido ultraconservador que buscaba la disolución del concilio (y que, de paso, ya no se pudiera decretar que no podrían residir todos ellos en Roma), cosa que estaban convencidos que ocurriría. Pío, además, era de opinión cada vez más favorable respecto de la disolución o aplazamiento ad calendas graecas, tan convencido estaba de lo peligrosa que se estaba volviendo la asamblea.

Los legados se quedaron pijarriba cuando leyeron la carta del Papa. El 4 de junio, totalmente acojonados, le enviaron al Papa un prelado con la misión de tratar de convencerlo para que cambiase de opinión. Entre medias, hubieron de celebrar una nueva sesión pública, donde poca cosa se trató: todo el mundo esperaba noticias.

El personal cada vez estaba de peor humor. El concilio llevaba reabierto seis meses ya, y aun no había tomado ninguna decisión importante. Los artículos de la reforma que sobre todo el emperador deseaba se discutiesen en sesión pública habían sido remitidos a Roma para conocimiento exclusivo del Papa (y de la Paloma; aunque ésta, se supone, lo sabe todo). Y mientras Pío forzaba una esclerosis total del concilio, por su propia iniciativa publicaba tres bulas de reforma: sobre penitentes, sobre la cámara apostólica y sobre el oficio de corrector de la cancillería.

La situación estaba al borde de una rebelión de, por así decirlo, las potencias no italianas del concilio. Los legados, conscientes de que tenían que luchar contra la sensación (cierta) de que Trento era incapaz de meterse a discutir la “chicha”, activaron la de la eucaristía, tema que se había quedado parcialmente en paso en anteriores sesiones.

Como se recordará, la parte más importante de la discusión sobre la eucaristía era si se había de aceptar la comunión de las dos especies, y en qué condiciones. En este punto se produjo la resistencia de los españoles. Los obispos hispanos, en este sentido, consideraban que las deliberaciones pasadas de Trento sobre la materia eran más que suficientes (de ahí que defendiesen la continuidad del concilio, entre otras cosas) y que cualquier cesión en este punto sería un gesto hacia los heréticos. Solicitaban, a cambio, que se entrase a discutir lo de la residencia de los obispos y sacerdotes en general. En este punto, las discusiones subieron de tono y las posiciones se hicieron cada vez más irreconciliables. Los legados, verdaderamente atrapados en una discusión con principio pero sin final, hicieron vagas promesas de volver a tratar el tema de la residencia en un futuro no muy lejano, mientras encarecían al Papa para que tomase una decisión al respecto.

Teológicamente hablando, los padres de Trento habían delimitado ya que la comunión de dos especies no era una institución divina; por lo tanto, si los laicos podían o no tomar vino en la celebración, eso era algo de competencia de la propia Iglesia (lo cual, debo decir, tiene su coña, pues no hay un solo testimonio de que Jesús le dijese a sus apóstoles que el vino que era su sangre de la alianza nueva y eterna que blablabla se lo daba sólo a ellos). Esta situación de partida, que se puede decir que en Trento nadie negaba, provocaba la posición de padres que consideraban que debía permitirse la libación de vino con carácter general, frente a una importante mayoría que defendía su prohibición también general. Otra minoría se mostraba partidaria de permitir la comunión de dos especies en determinadas condiciones, y siempre a miembros plenos de la Iglesia Católica.

Apoyándose en precedentes como los de los husitas, los griegos unificados y la actitud del propio Pablo III respecto de los obispos alemanes, casos todos en los que la comunión con vino fue aceptada, el 27 de junio los portavoces del Imperio solicitaron una resolución análoga, sobre todo para Bohemia, Alemania y Hungría. Incluso los representantes bávaros, a pesar de ser su territorio de un catolicismo sin ambages, lo recomendaron.

Los legados, sin embargo, sabían que de aceptar estas propuestas el Papa montaría en cólera por sentirse bajo el poder de imperiales y franceses; por ello, comenzaron a buscar la forma de regatear el tema. Ni a ellos ni al rey español les faltaba razón a la hora de argumentar por una posición dura. Ciertamente, la Iglesia había transigido en ese aspecto litúrgico para cerrar la herida de los husitas. Pero precisamente esa experiencia le servía para entender que la cesión no sería sino una invitación a presentar más reivindicaciones, toda vez que daba la imagen de una Iglesia débil. Contaban, además, con la relativa tibieza del apoyo francés al emperador, toda vez que Francia, en ese momento, necesitaba del Papa y de sus medios para poder oponerse a la fuerza hugonote en su territorio. Así pues, los legados hicieron vagas promesas al emperador, que básicamente venían a decir que el tema de la comunión de las dos especies se discutiría, pero en el futuro, cuando los temas estuviesen un poco más apaciguados. A cambio, el concilio se limitó a posicionarse en contra de la idea que establecía la necesidad de la comunión de dos especies, esto es posiciones bien conocidas de Trento de tiempo atrás.

Mientras tanto, sin embargo, se fraguaban otras presiones. El 27 de junio visitó Trento el embajador del duque Alberto V de Baviera, esto es de un territorio plenamente católico. No se mordió la lengua. Ante los legados y los padres, recordó el avance imparable de la herejía en Alemania y justificó dicha extensión por “los crímenes y la negligencia extremos del clero, y la inmoralidad indescriptible de obispos y abades”. Los legados respondieron reactivando la discusión de los artículos sobre la reforma eclesial; sin embargo, cuando éstos llegaron a la asamblea, habían sido mutilados para quitarles los más problemáticos, sobre todo el de la residencia de los prelados. Alemanes y españoles, a pesar de que doctrinalmente apenas coincidían alguna vez, protestaron por esta tentativa de limitar Trento a la discusión de chorradas. La mayoría de asamblearios italianos, sin embargo, prosiguió como si tal cosa, a la espera de que llegasen instrucciones precisas de Roma.

Recuérdese que tras la salida de pata de banco del Papa declarando manu sancti la continuidad del concilio, los legados le habían enviado a un prelado, Leonardo Marini, arzobispo de Lanciano, para ponerle el freno. Marini, con la ayuda de los miembros más equilibrados del colegio cardenalicio, consiguió hacer que el Papa cambiase de parecer. Sin embargo, en lugar de aceptar su cambio de opinión y sus consecuencias, le pasó el marrón a sus legados, que fueron quienes tuvieron que escribirle cartas al rey Felipe reconociendo que ellos iban a incumplir la promesa dada. Este movimiento dejaba a los directores de las discusiones de Trento a los pies de los caballos españoles, y a Mantua más que a nadie. En revancha, los legados anunciaron que Trento retomaría la discusión de los dogmas de la Iglesia en el punto en que se había quedado en 1552; un movimiento que venía a reconocer de forma implícita la continuidad del concilio y que nadie podía sospechar era un movimiento decidido por los legados por sí mismos. Buscaba que todo el mundo en Trento creyese que lo ordenaba el Papa.

Más aún, Pío IV se cogió un globo del cuarenta y dos cuando se enteró de la promesa de Mantua al Imperio sobre el tema de la residencia. El jefe de la Iglesia creía que aquel punto había quedado ya totalmente adscrito a su sola voluntad, pero ahora se encontraba con que el legado había prometido meterlo en las discusiones cuando fuese posible. Gonzaga ofreció su dimisión e, incluso, muchos de los padres conciliares favorables de la obligación de residencia pidieron permiso para abandonar Trento. Simonetta recomenzó sus movimientos orquestales en la oscuridad contra los otros legados, lo cual obviamente conspiró para que sus relaciones no mejorasen. Gonzaga quería abandonar el concilio con el pretexto de problemas de salud. Seripando, por su parte, tenía la intención de viajar a Roma para justificarse. El arzobispo de Cinco Iglesias, Jorge Drascovics, fue objeto de tales insultos y ataques que solicitó permiso al emperador para abandonar la villa.


Todo el concilio amenazaba con irse a la mierda. Otra vez.