miércoles, octubre 04, 2017

Isabel (3: Leicester en Holanda)

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Para cuando se presentó la ocasión de trabajar para los holandeses, Robert Dudley, conde de Leicester, llevaba ya más de veinte años siendo una especie de campeón protestante. Se podría pensar que el hecho de ser, como era, el favorito de la reina inglesa le ayudaba en el objetivo de liderar a los holandeses; pero era exactamente al contrario.


Como ya se ha dicho, ciertamente si hubo un hombre en la vida de Isabel a quien ésta amó sincera y apasionadamente, ése fue Dudley. La reina bebía los vientos por aquel hombre, bastante bien parecido para los cánones de la época, y eso hacía que le costase prescindir de él.

En 1550, Dudley pegó un braguetazo casándose como Amy Robsart, la hija de un rico terrateniente de Norfolk. El hecho de que estuviera casado no fue óbice para que mantuviera una relación casi constante con la reina, a la que por otra parte conocía desde la niñez. Desde el momento en que Isabel fue reina (1559), el matrimonio de Dudley se convirtió en una farsa total. Visitaba a su mujer apenas una vez al año, y mientras estaba con ella, por orden de su amante, sólo vestía de negro y rechazaba todo comercio carnal. En Londres, por aquel entonces, todo el mundo daba por hecho que Dudley estaba esperando que su mujer se muriese para ser consorte.

Ciertas o falsas esas noticias, lo que sí lo es, es que en la primera tarde del domingo 8 de septiembre de 1560, Amy Robsart fue encontrada muerta, extrañamente desnucada. La versión oficial fue que se cayó ella sola bajando una escalera de caracol en Cumnor Place, Oxford. La gente, sin embargo, dictó otra sentencia; y siguió dictándola cuando el forense dictaminó que todo había sido un accidente. Lo cierto es que, del jurado que absolvió a Dudley, el portavoz, Richard Smith, había sido sirviente de la reina; otro era amigo personal de Dudley; y con otros dos había almorzado en privado con un amigo suyo, Thomas Blount.

A pesar de aquel escándalo, que se desarrolló delante de los ingleses con una publicidad que ya habrían deseado poder obviar tanto la reina como su amante, Dudley seguía creyendo que podían casarse sin problemas. Pero Isabel había cambiado de opinión. La reina llegó a la conclusión de que las cosas habían llegado a un punto en el que su relación con Dudley era incompatible con la conservación del trono.

De todas formas, también hay indicios de que, sin necesidad del escándalo provocado por la extraña muerte de lady Robsart, Isabel estaba empezando a maquinar que lo mejor para ella, en cualquier caso, era permanecer soltera. No debe extrañar nada ese sentimiento en una mujer cuya madre, al fin y al cabo, había terminado ejecutada en medio de graves acusaciones de adulterio. Con ser la historia de Ana Bolena bastante fuerte, no hay que olvidar, pues de hecho influyó más en el ánimo de Isabel, la generada por su madrastra, Catherine Parr.

Pocas semanas después de la muerte de Enrique VIII, Catherine Parr se casó con el ambicioso macho alfa Thomas Seymour, que era el verdadero amor de su vida. Seymour, quien como ya he insinuado era probablemente eso que hoy llamamos un depredador sexual, solía visitar a la jovencita Isabel en su cama muchas mañanas antes de que se levantara y, nos dicen las crónicas, la palmeaba en las nalgas con toda confianza. Un día, en el jardín regio, Parr y Seymour jugaban con Isabel a perseguirse cuando, en un movimiento extraño, Seymour rompió el vestido de Isabel. Es probable que aquel suceso, a la vez, marcase el paso a la pubertad de la futura reina, que se estaba produciendo entonces, y le dejase una profunda huella desde el punto de vista de eso que llamamos la opinión pública. Porque la anécdota, que horas después conocía todo Londres, provocó muchas y diversas noticias de escándalos sexuales en la Corte que acabaron obligando a la joven Isabel a negar taxativamente que se hubiese quedado embarazada de Seymour.

La boda de Isabel de Inglaterra comenzó a diseñarse en 1535, cuando ella era un bebé de año y medio. Ana y Jorge Bolena, éste hermano de aquélla, querían unirla a Carlos, duque de Angulema y tercer hijo de Francisco I de Francia. A partir de ahí, durante su vida, surgieron proyectos para casarla con Felipe II de España, o Eric XIV de Suecia, hasta llegar a la candidatura de la que ya hemos hablado, protagonizada por Francisco de Anjou. Una “unión” que, sin embargo, tenía poco de sentimental: Enrique III, el rey francés, le había dejado bien claro a Isabel por carta que, en caso de ser Inglaterra agredida por España, no esperase ayuda de Francia a menos que ella se casara con Francisco.

Todo eso eran las negociaciones oficiales y diplomáticas, todas fracasadas en algún momento. En la realidad, quien se sentía más cerca que nadie de llegar a ser rey consorte era Dudley, quien incluso se atrevió, en 1575, a hacer pintar un retrato suyo junto a la reina, que colgó de una de las paredes principales de su castillo de Kenilworth para que todo el mundo lo viese. Isabel le decía a los embajadores y personas importantes que su relación con Leicester era la de una hermana con un hermano, pero no por ello evitó que durante buena parte de su reinado se dijese que sus vacaciones estivales no tenían otro objetivo que alumbrar los embarazos que le provocaba su amante; un rumor nunca confirmado que, sin embargo, en la Europa católica se daba por cierto.

A todo esto hay que añadir que Dudley, a pesar de esta relación tan especial, nunca se privó de tener sus propios affaires. En 1571, inició un romance con la viuda de Douglas Howard, lady Sheffield, que era medio prima de Isabel. En septiembre de 1578, Leicester terminó esta relación para casarse con uno de los pibones del entorno real, también pariente de Isabel. Se llamaba Lettice Knollys. Era la hija más joven de sir Francis Knollys y Katherine Carey, lo cual la convertía en sobrina nieta de Ana Bolena. Cuando Isabel se enteró de la boda decidió inicialmente hacer como que no sabía, pero finalmente estalló en rabia contra los novios, especialmente ella. Hay que tener en cuenta, además, que Leicester tenía un enemigo cerril entonces en la persona de Jean de Simier, chambelán del duque de Anjou, quien fue enviado a Londres en los momentos en que Isabel parecía querer negociar el matrimonio entre ambos, y que pronto aprendió que Dudley le ponía todos los palos en las ruedas que podía a aquel proyecto en el Consejo Privado de la reina. La respuesta de Simier fue fibrilarle a Isabel historias sin fin sobre los escándalos sexuales de Dudley, entre ellos que también se había casado con lady Sheffield y que, en consecuencia, era reo de bigamia.

Robert, el hijo del conde de Leicester y Lettice Knollys, nació en 1581 y apenas vivió tres años. Pero tan poco tiempo bastó para construir el escándalo. En 1583 Dudley, probablemente sintiéndose muy seguro, decidió llevarse a su mujer y a su hijo a su casa de Londres, en Temple Bar, muy cerca del Strand. A partir de ese momento, fue ya imposible negar la realidad de aquel matrimonio. Leicester incluso se daba el pote de invitar a su casa al embajador Castelnau. Entre la reina y Leicester comenzaron a producirse episodios ciclotímicos en los que la caída en desgracia venía a verse seguida por tiempos de dulzura y amor entre ambos.

Así las cosas, en 1585 no estaba nada claro que Isabel fuese a permitir que Leicester se fuese a Holanda. Al fin y al cabo llovía sobre mojado, puesto que 23 años antes ya le había impedido unirse a la expedición inglesa que atacó el puesto de Le Hàvre para ayudar a los hugonotes franceses. No sólo no le dejó irse, sino que le dio el mando de la expedición a su hermano pequeño, Ambrose Dudley, conde de Warwick.

El principal tratado de ayuda con los holandeses fue firmado en agosto, pero esta vez Leicester realmente pensaba que obtendría el mando de las tropas. De hecho, comenzó a reclutar tropas en sus posesiones de las West Midlands y Gales del norte y, para reducir la presión de la olla, sacó a Lettice de Londres y la encerró en Kenilworth.

Aquel detalle fue un grave error. Mediante aquellas vacaciones, Leicester intentaba sacar a su mujer del centro de la observación durante seis semanas. Pero el lugar estuvo muy mal escogido. Kenilworth era una posesión de Dudley, pero había sido adquirido y restaurado con dinero de la reina, que había pasado allí momentos muy relajantes, por así decirlo. El hecho de que ahora quien fuese a disfrutar de aquello fuese la rival encendió la ira de una mujer, por otra parte, propendente a la envidia como Isabel de Inglaterra.

Militarmente hablando, tanto Burghley como Walsingham estaban a favor del otorgamiento del mando a Leicester, y de hecho le escribieron para consultarle oficialmente sobre su disponibilidad. Sin embargo, cuando ya todo el papeleo estaba hecho, la reina revocó la orden. Leicester le escribió una carta plañidera a Walsingham, tras la cual la reina aceptó su puesto de teniente general de las tropas inglesas. Pero pronto dio marcha atrás de nuevo. Aquella tensión provocó en Isabel uno de sus habituales periodos de migrañas, y por una vez su amante Dudley tuvo la inteligencia de no presionar, como tenía por costumbre. Fue la reina sola, a base de digerir sus sentimientos, la que acabó por dejarlo marchar. Así pues, el conde de Leicester acabó embarcándose en dirección a Vlissingen en Zelanda desde Harwich, el 9 de diciembre de 1585.

Aunque en los acuerdos firmados Isabel se había comprometido a poner a disposición de su teniente general unos 7.500 efectivos, en realidad Leicester rara vez pudo aspirar a llegar a los 1.500, y eso ya cuando consiguió reclutar voluntarios en las propias Provincias Unidas. Además, como ocurría comúnmente en aquel tiempo, el mando superior de la expedición también tenía un papel como financiador de la misma. De salida, Leicester se había llevado 400 infantes y 600 soldados de caballería a los que pagaba él mismo directamente, y una vez en Holanda tuvo que adquirir mayores deudas personales, la mayor de ellas un crédito de los comerciantes de la ciudad de Londres en el que hipotecó unas tierras en Gales del norte que ya estaban hipotecadas a favor de la reina. Obsesionado con sustantivar su papel como casi rey de los holandeses, Leicester se gastó buena parte de ese dinero en la enorme pompa con la que se movió por Holanda, instalando una auténtica Corte en La Haya y, más tarde, en Utrecht.

El 14 de enero de 1586, Leicester cometió uno de sus habituales errores de cálculo, y decidió aceptar el puesto de gobernador general, el puesto ejecutivo supremo de la Holanda protestante, algo así como primer ministro. No creo que haya que ser muy listo para darse cuenta que si el enviado militar de un monarca acepta ser el primer ministro de un país cuyo mando está sin definir, lo que se está lanzando es el mensaje de que dicho monarca acepta implícitamente la corona de dicho reino. Isabel le había dejado claro a Leicester, tanto en persona como por escrito, que ella under no circumstances estaba dispuesta a dar ese paso. Sin embargo, Dudley consideró que el suyo era un paso necesario para mantener la unión de las Provincias Unidas. Envió a su adjunto William Davidson a Londres para dar las explicaciones pertinentes de su decisión.

Leicester, sin embargo, tenía mala suerte. En 1586, Isabel de Inglaterra estaba pasando por un momento de su vida en el que empezaba a estar un poco hasta los ovarios de que sus asesores, hombres todos ellos, se sintiesen por ello con derecho a hacer un poco lo que les diese la gana en cada momento; seguros de que, con el tiempo, acabarían explicándoselo a la loca de su jefa que, al fin y al cabo, por ser mujer a lo que debía aspirar era a dejarlos hacer. En aquel momento, y muy probablemente a causa de aquella decisión cuyo rechazo ella había dejado tan claro, algo dentro de la cabeza de la reina, entre migraña y migraña, dijo basta.

El 10 de febrero, la reina envió a otro de los miembros de su Consejo Privado, sir Thomas Heneage, a Holanda. Era portador de una respuesta categórica para Leicester. La carta que portaba comenzaba con una frase en la que la reina se confesaba manipulada por Leicester; y terminaba con otra en la que le ordenaba obedecer al punto todo lo que Heneage le ordenase, “considerando que de cualquier otra reacción responderéis a vuestro mayor riesgo”.

Si eres experto en la angloparla (la histórica, no la presente) y repasas esa carta, que ha sido publicada muchas veces, repararás en que en la misma la reina utiliza un lenguaje común, abierto y directo. El tipo de lenguaje que no se usaba con personas de alcurnia o importancia. Había en aquella misiva, por lo tanto, sobrados signos de que Isabel no sólo había dejado de derretirse ante los deseos de su amante, sino que le había perdido el respeto. Leicester se sintió gravemente insultado y, cuando Heneage le dijese que su primera instrucción era intimarle para renunciar al cargo que acababa de aceptar, se cabreó más.


En los meses siguientes, Leicester iría viendo cómo sus aliados holandeses lo iban abandonando, conscientes de que ya no era Inglaterra entera la que estaba a sus espaldas. En la primavera de 1586, Isabel utilizó diversos intermediarios para negociar algún tipo de acuerdo con Parma; se guardó de informar de ello al comandante de sus tropas en la zona.