lunes, octubre 16, 2017

Trento (33)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck.



La respuesta del Papa no tenía nada de sincera. Las cartas al emperador no dejaban de ser cartas en las que alguien que no quería ceder ni un pelo hacía promesas vagas para parecer que ofrecía lo contrario. Y por si podía existir alguna duda para el observador de que efectivamente era así, la prueba de ello llegó cuando las misivas pasaron por el filtro de la Curia cardenalicia. Porque lo que hicieron los cardenales no fue matizar aquellas cartas ya de por sí bastante blanditas sino, simple y llanamente, convencer a quien las firmaba de que no las enviase. En su lugar todo lo que envió el inquilino del castillo del Santo Ángel fue una esquela en la que le anunciaba a Fernando la llegada a la Corte imperial de un cardenal que, por lo visto, lo iba a arreglar todo.

La cerrazón, en todo caso, suele ser abono de la radicalidad. Por eso no debe de sorprendernos que enmedio de este toma y daca, que era más bien toma y toma, entre Roma y Viena, llegase a la capital de la cristiandad la propuesta de París de transferir el concilio a una villa alemana. Aquella propuesta, probablemente, fue vista en el Louvre como el golpe de gracia al Trento papista, muy coherente con lo intereses franceses del momento (los franceses nunca hacen nada por altruismo), en los que convenía estar en muy buenos términos con los hugonotes. Pero, claro, los estrategas habían contado con un factor fundamental para la propuesta, como era el apoyo imperial. Apoyo que ellos veían evidente, pues para ello habían decidido trasladar el concilio a Alemania y no a Francia.

Pero eso no pasó.

Catalina usó sus armas más poderosas. Utilizó a Renato Biragro, el religioso y diplomático italiano que es más conocido como René Birague tras hacer toda su carrera en Francia. Un auténtico peso pesado cuya misión, en el viaje que hizo en la primavera de 1563, fue asegurarse la cooperación imperial en su proyecto. Obviamente, no lo consiguió, y no son pocos los historiadores que, relativamente mal informados en mi opinión, achacan esto a la cobardía de Fernando. En mi opinión, no hay tal.

Es el momento de explicar aquí algo que todos los Papas sabían bien y que los ciudadanos del presente parecen haber olvidado cuando se acercan al convulso siglo XVI europeo, tal vez por tanto historiador que a base de leer sólo a epílogo y a prólogo trasmite versiones demasiado simplistas de una situación que era un auténtico sudoku geopolítico: Francia y el Imperio, a la postre, no podían llegar a ningún acuerdo que los aliase contra Roma hasta el punto de doblar el brazo del Papa.

Esto era así porque la gran y principal prioridad de Francia en el siglo XVI era reducir el poder del Imperio romano-germánico, y hacia allí se dirigieron todos sus esfuerzos desde que Francisco I decidió que Carlos de Habsburgo tenía demasiado poder; esfuerzos que se redoblaron, si cabe, después de que Paquito fuese derrotado por KO en el tercer asalto en Pavía. En algún momento de la vida de este blog, si hay suerte y ganas, tendremos la ocasión de contar las cuitas que pasó Fernando de Habsburgo no muchos años antes de los que lo relatamos con ese problema que en España conocemos como El Turco. Problemas muy gordos, recuérdese que por dos veces los islámicos llegaron a las puertas de Viena (lo que provocó, dicen, la invención del croissant), que acabaron por obligar al emperador a aceptar la soberanía de la Sublime Puerta sobre territorios que sin duda consideraba suyos (notablemente, las planicies magiares, pero también la Valaquia y Moldavia, más los Balcanes) además de pagarle un tributo al del turbante. Y como digo a menudo los historiadores de la Europa del siglo XVI (cherchez la Turquie!) olvidan que el sultanato, en toda aquella pelea, tuvo un amigo en Europa, a ratos incluso aliado (sic) llamado Francia. Una nación con la que tenía un tratado comercial en toda regla y diversas alianzas estratégicas, tanto pasivas como activas. ¿Por qué hacía eso París, ciudad donde holgaba el intitulado Rey Cristianísimo? Pues porque al Cristianísimo Gabacho la religión se le daba una higa (por esa razón se le pudo adscribir con credibilidad a un rey francés, aunque no la dijera, esa frase de que París bien vale una misa), y todo lo que le importaba era reinar en Europa. Y para reinar en aquella Europa en la que Inglaterra todavía no había empezado a dar por saco como sólo ella sabe hacerlo, necesitaba que el Imperio se fuese a la mierda.

En toda la política cristiana frente al turco, no se olvide, el Papa jugó siempre un papel fundamental, sobre todo como aglutinador de coaliciones cristianas. El Vaticano era en aquel momento el punto católico mejor informado de Europa sobre todos los movimientos orquestales en la oscuridad que se producían en el teatro europeo, y muy particularmente en la Europa oriental. La diplomacia vaticana sabía bien, y yo creo que no se equivocaba, que la jugada de París era llevarse el concilio a Alemania, galvanizar con el gesto a los protestantes germanos y en ese punto, usando la buena situación con los hugonotes, armar una coalición contra el Imperio que lo rompería (y, quién sabe, tal vez hubiera adelantado tres siglos el nacimiento de Alemania). Cuando a las cancillerías llegaron las (esperadas) noticias de que el rey español se negaba en redondo a trasladar el concilio, Fernando tuvo la disculpa perfecta para contestar nicht.

Para entonces la villa de Trento ofrecía un espectáculo bastante poco edificante. Las cosas habían llegado a un punto en el que las diferentes banderías que se habían formado se odiaban frontalmente. Los curas nunca se han dado entre ellos (a sus alumnos, ya es otra cosa) más hostias que las consagradas; pero cierto es que tampoco les ha faltado nunca la habilidad de encontrar quien lo hiciese por ellos, perdón, por Cristo y tal. En este caso, los agentes fueron habitualmente sus amplias cortes de sirvientes, que se enfrentaban en las calles como si Trento fuese el Raval de Barcelona un sábado a las tres de la mañana. A gritos que invocaban a sus países, como navajeros, los camareros, los cocineros y los pinches de aquellos curitas se peleaban en las calles, hasta el punto de que hubo muchos prelados que decidieron no salir a la calle, no fuera a ser que llevasen demasiadas papeleras en la rifa de una puñalada o un bastonazo en los huevos.

Los debates estaban suspendidos desde la mitad de enero de 1563, pero todavía tuvieron que ser aplazados de nuevo por dos nuevas que ocurrieron: los decesos casi seguidos del cardenal de Mantua (2 de marzo) y de Seripando (el 17). Dado que el inútil Altemps hace tiempo que estaba en Roma, quedaban en Trento como legados Simonetta y Hosio, ninguno de los cuales podía soñar con tomar para sí la labor de dirigir el concilio; muy especialmente Simonetta, que como presidente de Trento habría sido como Gerard Piqué decidiendo la alineación del Real Madrid. Hacía falta nombrar dos legados más.

El Papa se decidió, finalmente, por dos prelados de su entourage estricto: doble G Morone, de quien ya hemos hablado aquí; y Bernardo Navagero. El primero de ellos fue el que recibió la encomienda de presidir el concilio en sustitución de Gonzaga, aunque a los halcones de la Curia esta decisión no terminó de molarles. Morone, sin embargo, era un experimentado diplomático que, entre otras cosas, había negociado con los imperiales la liberación del Papa Clemente VII, prisionero en su castillo de Sant'Angelo. Con 20 años había sido nombrado obispo de Módena, lo cual tal vez lo avinagró un poco; y con 33 ya era cardenal. Sus continuas gestiones en Alemania para buscar una concordia entre católicos y protestantes, sin embargo, le labraron esa fama de blando con, si no partidario de, la reforma, que no gustaba en la ultraderecha vaticana. Precisamente por esas acusaciones que pesaban sobre él se había vuelto un devoto apoyo de la Santa Sede, con lo que se había ganado la amistad y el apoyo de Pío. Sin embargo, la ductibilidad de su carácter (era de ese tipo de personas que en la misma frase te decía que algo lo había hecho Dios o el Diablo) siempre le granjeó la enemiga de quienes estaban claramente definidos, y que le pusieron el mote de El Pozo de San Patricio; que era un pozo, según la tradición, sin fondo.

Nardo Navagero, por su parte, era un noble veneciano emparentado con uno de esos tipos que ya ni los cultos leen aunque hasta los cabestros deberían: el humanista Naugerio. Al servicio de aquella república que era la corporación Google del Renacimiento, fue embajador en Dalmacia, en Constantinopla, en París, en Roma y en Viena. A la muerte de su mujer, hija del dogo Pedro Lando, toma los hábitos y muy poco después, en 1561, fue nombrado cardenal. Todo el mundo que ha estudiado el tema da por seguro que el viaje de Naugerio no fue un viaje de conversión; que, en realidad, Bern se hizo eclesiástico y, prácticamente de seguido, cardenal, porque se lo aconsejó, tal vez se lo pidió, el Papa, que lo tenía en gran estima y lo quería tener en su pandi. Eso sí, se ganó la enemiga de los venecianos, a quienes estas conversiones de lo temporal a lo espiritual siempre les parecían sospechosas (probablemente, porque no las entendían).

Nombrando a Morone, pues, el Papa tenía un gesto hacia los aperturistas, que creían erróneamente que el cardenal era de los suyos. Y nombrando a Navagero, tranquilizaba a su ultraderecha cardenalicia, cuyas opiniones eran, básicamente, las del veneciano (aparte que siempre haría o diría lo que Pío le susurrase). Morone, además, tenía una excelente relación con el emperador, quien de hecho lo felicitó efusivamente por el nombramiento.


Trento estaba ya madurito para ser exactamente lo que el Vaticano quería que fuese. Y ni un milímetro más.