miércoles, octubre 18, 2017

Trento (34)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás.


Prácticamente nada más ser nombrado, Morone partió hacia Trento, donde dirigió su primer discurso el 13 de abril. Un discurso conciliador en el que trataba de tranquilizar las tensiones que se estaban haciendo cada vez más evidentes en Innsbruck. Tan claro tenía el nuevo legado presidente que el marrón estaba en aquella ciudad imperial que, nada más pronunciar sus palabritas, se fue para allá a acariciarle la pelliza al emperador. El hecho es que el Vaticano tenía colocado ya en la ciudad al jesuita Pedro Canisio, que había conocido a los miembros de la comisión de reforma creada por Fernando y por lo tanto ya sabía el tipo de movidas que se estaban diseñando allí. Y sus cartas, por cierto, eran cada vez más angustiosas. Para colmo, fue en aquellos tiempos cuando Birague se dejó caer por Trento con la propuesta francesa de trasladar Trento a alguna villa renana; París, además, había despachado dos diplomáticos: uno a Roma y otro a Madrid, con la función de comunicar dicha propuesta.


El panorama, pues, ya estaba complicado, cuando se presentaron nuevas dificultades, esta vez desde España.

Felipe II había enviado muy recientemente a Roma (en marzo de 1563) a Luis de Zúñiga, gran comendador de Castilla, para tratar de limar algunas asperezas surgidas en la muy difícil relación entre el Papa y el embajador Francisco Vargas. Entre las instrucciones fundamentales que Zuzú llevaba en el portafolio se encontraba el deseo del Rey Prudente, absolutamente contrario al del Papa como ya podemos sospechar, de hacer que el concilio durase lo más posible. Felipe II, un rey que tenía una profunda raíz católica y que por lo tanto se podía considerar un auténtico baluarte para el bando anti-Reforma, no sostenía esta postura, sin embargo, de cualquier manera. Para Felipe, profundo creyente y por lo tanto conocedor de la religión que profesaba (y es que una cosa es profesar una religión y otra conocerla), independientemente de que hubiese que colgar a todos los protestantes de un pino, la religión católica tenía un problema de la hostia (nunca mejor dicho) por la diversidad de interpretaciones que había terminado por albergar en muchos aspectos doctrinales e incluso dogmáticos. Y por eso quería verlos todos repasados, uno por uno, se tardase lo que se tardase. De ideales ultraconservadores en esta materia, Felipe II ambicionaba que Trento desempolvase todos aquellos casos en los que un nuevo uso o una nueva idea de la Iglesia había sido condenada con anterioridad. Por eso se negaba en redondo a propuestas como la concesión del cáliz a los laicos (aunque en este punto tal vez olvidaba que anteriores concilios sí la habían llegado a permitir).

Zúñiga, además, llevaba instrucciones expresas de oponerse como gato panza arriba a la famosa fórmula proponentibus legatis; orden que también le fue transmitida al conde de Luna, Luis Fernández de Quiñones y Pimentel, que era la persona que, después de mucho pensárselo, había elegido el rey como su orador o portavoz en el concilio.

En la práctica, pues, El Escorial mantenía una posición un tanto rara que, a mi modo de ver, no ha sido bien comprendida por la posteridad. España, con Italia, era sin duda el principal baluarte de la reacción antirreforma, el actor católico que estaba dispuesto a anclar el catolicismo a muchos metros para evitar su evolución, lo cual suponía, en la práctica, garantizar su involución. Pero esto es lo que vemos hoy. En los tiempos contemporáneos del concilio, lo que se veía era otra cosa; lo que se veía era a un rey, y su iglesia nacional a sus espaldas, que tenía una concepción del concilio, más que diferente, radicalmente opuesta a la del Papa. Por esta razón, es un error ver a Felipe como un rocapollas genuflexo a las órdenes del Papa. Lejos de ello, lo que era el rey español era un oponente de Roma incluso más renuente y peligroso que el Imperio y Francia; sólo que sus motivos eran distintos (de hecho, eran opuestos a los de las naciones que querían mostrarse comprensivas con los protestantes). Felipe II, de hecho, en aquellos tiempos estaba tan hasta los huevos de la actitud de Pío que incluso estaba acariciando la idea de retirar a sus embajadores de Roma si en Trento se producía lo que él considerare un cierre en falso.

Para Roma, además, el gran problema era que Viena, París y El Escorial, a pesar de ser actores con el problema esencial de que dos de ellos querían jugar al parchís y el otro a la Oca, tenían puntos en los que, en realidad, estaban de acuerdo. España, Francia y el Imperio podían llegar a ser una cadena, y por eso los estrategas del Vaticano le aconsejaron al Papa que trabajase para romperla. Y, para romperla, lo lógico sería atacar el eslabón más débil. Que no era otro que el emperador.

Desde marzo de 1563, pues, Roma comenzó a multiplicar las peticiones al emperador para que se irguiese como defensor del Vaticano frente a los ataques de Francia y España. Ciertamente, Fernando contestó que y unas narices, porque él, añadió, no haría nada que comprometiese la independencia del concilio. Lejos, de hecho, de hacer lo que Pío quería, Fernando llegó a un acuerdo con su sobrino, mediante el cual el embajador imperial en Roma hizo pandi con los españoles en las reivindicaciones frente al Papa.

Morone, mientras tanto, permaneció un mes entero en Innsbruck, tiempo durante el cual en Trento no hubo más novedad que las frecuentes peleas entre patotas de sirvientes, grupos de analfabetos que dirimían el futuro de la cristiandad a leche limpia, se supone que porque ésos eran los designios de la Paloma Muda. No regresó el legado principal hasta el 27 de mayo. Pero cuando lo hizo fue porque había conseguido sacar petróleo del sistema límbico del emperador Fernando.

Al principio, ciertamente, Fernando de Habsburgo se había presentado como inaccesible. Sin embargo, tenía en su corte austriaca, ya lo hemos dicho, a un piojillo vaticanista, el jesuita Canisio, quien no sólo le radiaba movidas a Roma sino que además se había ganado su confianza casi total.

Canisio, como todos los sacerdotes, sabía por donde atacar a un creyente temeroso. La fórmula siempre es la misma: no negar (por pura estrategia) las buenas intenciones del feligrés que quiere hacer esto o aquéllo, pero atacarlo mediante la descripción de las terribles consecuencias que tendrían las acciones que quiere abordar o ya ha abordado (consecuencias que el creyente, por supuesto, no desea, porque es muy bueno). Siguiendo esta estrategia, que durante siglos lo mismo ha servido para destruir imperios que para conseguir que un niño apenas destetado confiese una travesura, el sneaky Canisio comenzo a deglutir los pabellones auditivos del emperador, recordándole que con esa actitud suya, tan relapsa, no haría sino descarrilar el concilio, dividir a la Iglesia y, al fin y a la postre, abrirle las puertas del mundo a los sucios reformados.

Hasta que llegaron la soberanía popular, las constituciones y esas cosas, los jefes de Estado, es bien sabido, sólo eran liable ante Dios y ante la Historia. Y los argumentos de Canisio colocaban a Fernando en mal lugar ante ambos tribunales; el jesuita, por lo demás, tenía que saber bien, si tanta confianza había alcanzado con aquel hombre, que el emperador ya vivía, de hecho, obsesionado por esos dos juicios, dado que, igual que Nixon vivió toda su vida obsesionado por llegar a ser como Kennedy, a Fernando le obsesionaba saltar el listón que había dejado su hermano Carlos.

El jesuita, además, puesto que conocía bien al emperador, supo explorar un agravio comparativo que, por otra parte, era totalmente real. Canisio argumentaba, como digo con razón, que al fin y al cabo las posiciones del emperador y del rey español no podían ser las mismas, puesto que el primero había heredado unos estados alemanes encendidos de rebeldía, mientras que la herencia del segundo comprendía una España donde la unidad religiosa no era problema alguno.

Felipe, además, cometió el error estratégico de mostrarse totalmente irredento frente a su tío. En todas las ocasiones en que se plantearon las cuestiones fundamentales que estaban en el programa reivindicativo del Imperio: la comunión de dos especies, el matrimonio de los sacerdotes, la liturgia en lengua vernácula; en todas esas ocasiones, digo, el rey español se mostró totalmente contrario, y con ello abrió la mente de Fernando la idea de que, tal vez, sería mejor estrategia buscar una alianza con Roma que con Madrid. El Papa, que no era del todo ajeno a estas reflexiones, le envió a través de Morone el recado de que se mostraría partidario de la concesión del cáliz pero, eso sí, no en el concilio, sino tras su clausura.

Este orden de cosas movió al emperador a una posición claramente más proclive al Papa. Decretó que el nuncio apostólico tendría el derecho de revisar previamente toda correspondencia y documentación emitida por el Imperio con destino a Roma, por ejemplo; y, en general, comenzó a mostrar una postura tibia hacia un concilio que nunca había cumplido con sus esperanzas. Tenía, además, una razón política para ello, pues en aquel entonces esperaba que la Curia asumiese que su hijo Maximilano fuese proclamado rey de los Romanos, a pesar de su catolicismo apenas epidérmico. Dando más pasos en la misma dirección, Fernando renunció a someter a las diputaciones nacionales las decisiones del concilio y comenzó a mostrarse relativamente comprensivo con el uso de la famosa fórmula proponentibus legatis. El 15 de mayo de 1563, en fin, envía a sus oradores en Trento unas instrucciones que apenas habrían variado de haber sido redactadas por el mismo Papa.

A decir verdad, hay un solo asunto en el que ni Canisio ni Morone consiguieron arrimar al emperador a su ascua: el traslado conciliar a Bolonia. El Papa consideraba que si el concilio se trasladaba a Bolonia, tanto el propio Papa como el emperador como, incluso, el rey de España podrían desplazarse hasta allí, para construir un concilio al gusto de todos; aunque eso no era sino palabrería. La idea, en todo caso, incluía la oferta de colocar la corona imperial en las sienes de Fernando, en el mismo lugar en que lo había sido en las de su hermano 33 años antes. A Fernando el tema no le sedujo nada, pero también es cierto que dejó de insistir en la necesidad de trasladar Trento a una ciudad alemana.


En todo caso, el cambio de agujas del tren imperial cambió Trento, y lo puso enteramente en manos de los legados. Se sintieron lo suficientemente fuertes como para extender su autoridad (como cuando enviaron a Nicolás Ormetto a la corte del duque de Baviera, para prevenirle de que no autorizase el cáliz por su cuenta); y, en general, impusieron poco a poco la norma de que cualquier resolución del concilio debía pasar por el nihil obstat papal. El Papa, por lo demás, respondió con presteza a la entrega pastueña del emperador aplazando sine die la proclamación de su hijo como rey de los Romanos. Roma, ya se sabe, no paga traidores.