lunes, octubre 30, 2017

Trento (36)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.

El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia.

La discusión comenzó y se atoró ya en el primer canon, a la hora de decidir sobre la elección de los obispos. Lorena capitaneó toda una línea de opinión que abogaba por retirar completamente al Papa del proceso electivo. Los debates subieron de tono al llegar al cuarto canon y el asunto de los obispos titulares, a los que Lorena llegó a apelar de “monstruos”.


El calificativo tiene su aquél y no es sólo una forma de hablar. El obispo titular era nombrado y sostenido por el Papa, ya que no tenía sede de la que financiarse. Esto ya, de por sí, convertía a estos prelados en muy sospechosos de parcialidad, pues su dependencia respecto del inquilino del Vaticano era total. Pero, además, para los padres trentinos que consideraban que la figura del obispo es una figura de carácter divino, era evidente que la voluntad de Dios al crearla era reclutar pastores para la grey cristiana. Así las cosas, un obispo sin sede, sin feligreses, no podía ser una creación de Dios. Y, si no era una creación de Dios, no sólo no podía ser obispo en términos estrictos sino que, además, no podía ser sino creación del otro gran agente creador del mundo: el Diablo.

Como ya se podrá imaginar el lector, cuando esta interpretación descendió a los bancales de los coloquios de Trento, las discusiones subieron de tono, y los obispos retomaron la costumbre de insultarse como estibadores petados de absenta. La discusión, teológica en un inicio pero pronto mudada a un debate más o menos explícito sobre el poder Papal, acabó derivando en la exigencia, una vez más, de la independencia para los obispos que muchos de ellos creían era una donación del mismo Dios. Las cosas subieron de tono, y de nuevo Trento se enmerdó.

El cardenal de Lorena, siempre atento a estos movimientos para dar por saco, mantuvo un coloquio con Morone en el que le vino a decir que se fuese olvidando de un Trento que tratase únicamente algunas reformas de la Iglesia. Que Trento debía de entrar a discutir la forma de acabar de verdad con los muchos abusos eclesiales. Los españoles se expresaron en términos muy parecidos y añadieron, sintonizados con las demandas de su rey, que no pensaban abandonar Trento, y que si el destino era que todos muriesen allí de viejos, que se cumpliese. Laínez, que ya hemos dicho ocupaba plaza de teólogo papal, trató de convencerles de que las reformas había que dejarlas en manos del Santo Padre, que ya él, él ya...

En puridad, Laínez no estaba haciendo otra cosa que expresar una opinión, además sólidamente apoyada en argumentos teológicos, para la cual tenía pleno derecho. Pero una vez más, como en otras ocasiones en Trento, le pudo su soberbia, que era mucha. No sólo defendió sus ideas, sino que habló de las demandas de reformas aprobadas en Trento con un desprecio tal que sus defensores no pudieron sino ofenderse. Muy especialmente, sus palabras fueron injuriosas hacia Francia, nación de la que dijo llevaba ya un siglo abrazando el cisma.

Tras la intervención de la Laínez, todo lo que podían hacer las cosas era ir a peor. El obispo de Otranto y el cardenal de Lorena se embarcaron en una discusión casi prostibularia cuando el último de ellos afirmó la superioridad jerárquica del concilio sobre el Papa. En otro momento, en medio de la intervención de otro obispo francés, el obispo de Orvieto interrumpió para decir: “escuchad cómo canta el gallo”; frase que es un juego de palabras interesante en latín, ya que gallo es gallus, como es galo, o sea gabacho, o sea francés, notablemente en la lengua hablada. El obispo en uso de la palabra contestó: “Pues cuando canta este gallo, San Pedro [o sea, el Papa] había bien en despertar y llorar cálidamente”. Un obispo italiano, en uso de la palabra, opinó que “el concilio ha enfermado de la sarna española y el mal francés”.

Así estaba el tema.

A la diplomacia vaticana, sin embargo, siempre le queda un as en la manga que jugar en momentos más o menos desesperados. Aquel momento no era una excepción. Y la carta de fortuna, en esa ocasión, no era otra que el pragmatismo del cardenal de Lorena.

Roma sabía que la posición francesa podía ser muy radical en las palabras, pero en realidad los hechos movían al país y a su gobierno a la moderación. Los hugonotes eran un problema cada día peor, y es quería decir que casi a cada minuto París era un poco más consciente de que su capacidad para resolver la movida por sí solo era muy limitada. Para la Curia, de hecho, en Trento ya no quedaba más enemigo que el español; en realidad, es el que lo había sido siempre, pues cabe recordar que, en las primeras etapas del concilio, había sido un emperador fuertemente identificado con España quien les había presionado.

Para contrarrestar el poder del partido español y resolver de paso el problema de la amenaza francesa, a veces explícita, a veces larvada, de convocar un sínodo nacional, los prelados decidieron tratar de acercarse a Lorena, conscientes de que si cambiaban el discurso de éste, toda la Iglesia francesa giraría con él.

Próspero de la Santa Cruz, que era el nuncio vaticano en París, fue una pieza esencial en esta movida. Buen conocedor de lo que se cocía en todas las plantas del Louvre, supo Próspero leer bien el partido del poder en Francia y darse cuenta de que con la muerte del duque de Guisa, hermano del cardenal de Lorena, éste quedaba en una posición bastante complicada en lo tocante al poder temporal; en consecuencia, era de toda lógica que ensayase una búsqueda de poder en el flanco espiritual. Para colmo, el denominado tratado de Amboise había colocado el gobierno de Francia en manos de eso que hoy llamaríamos el partido moderado, cercano a los Borbones; relegando con ello a los Guisas, por lo general nobles más radicales en la defensa del catolicismo.

En ese punto entró en juego otro elemento: Sebastiano Gualtieri, obispo que lo era de Viterbo y que, además, había aceptado de los legados (es decir, del Papa) la misión de seguir de cerca a Lorena y tenerlo controlado. Fue Gualtieri, quien lógicamente trataba muy a menudo al francés, el que se las arregló para lamerle las orejas y dejar allí posada la idea de que, tal vez, la Santa Sede tenía los elementos necesarios para protegerle a él y a su familia.

Lorena dudó mucho. De París también le llegaban lisonjas y buenas palabras, empeñado como estaba el gobierno pro-borbónico de tenerlo contento. Mas por mucho que el nuevo poder en Francia le ofreciese cosas, era evidente que lo que él quería (que se quitasen ellos para ponerse los Guisa), no se lo iban a dar. Así las cosas, cada vez se volvió más proclive a atender los cantos de sirena que llegaban de Roma. En el punto en el que, como ya hemos visto, Fernando decidió retirar la presión del Imperio sobre el Papa, Lorena se dio cuenta de que era momento de cambiar de bando.

Así las cosas, en medio de aquellos debates tan desabridos los legados, siguiendo en ello una orden inexcusable del propio Pío, comenzaron a consultar con Lorena absolutamente todo. El propio Papa le escribía carta tras otra invitándolo a viajar a Roma. A finales de junio, Lorena, que ya estaba bastante blandito, envió a Roma a su secretario, Alessandro Musotti (obispo de Imola) para negociar con el Papa. Musotti no era ningún recién llegado, pues había servido antes al cardenal Seripando y conocía muy bien las esquinas, y alguna que otra cloaca, de Roma.

Tras llegar al acuerdo, Lorena expresó su total sintonía con el Papa y automáticamente, como habían previsto los vaticanos, la actitud de los obispos franceses cambió radicalmente. Dejaron de protestar y de exigir reformas en la Iglesia. El debate sobre la elección de los obispos fue aplazado y la propuesta de eliminar los titulares, simplemente, se rechazó. El partido español, los alemanes que andaban por ahí y algunos obispos italianos con vocación por el librepensamiento se quedaron solos.

De esta manera, el 15 de julio de 1563 se pudo celebrar la séptima sesión de aquel tercer concilio, o vigésimo tercera si se cuenta desde el inicio. Las decretales y cánones sobre la condición sacerdotal fueron adoptadas apenas con oposición. Las normas relativas a reformas de la Iglesia, sobre todo el tema de la residencia de los obispos, fueron algo más batallones, pero salieron adelante.

Carlos de Lorena-Guisa, en todo caso, todavía no había terminado de darle servicio al Papa. Hacia el final de julio decidió aceptar la invitación de Pío para desplazarse a Roma. En aquel viaje se convirtió en un soldado vaticano más, y comenzó a trabajar, con mucha eficiencia, para convencer al emperador de que llegase a un pleno acuerdo con Roma o, si se prefiere, que ayudase a aislar a los españoles. Fernando, inicialmente, se resistió a las gestiones del francés, pero entonces el Papa sacó el as de su manga (ya lo he dicho: siempre tienen uno) y, como por arte de magia, desbloqueó el acceso de Maximiliano II a la condición de rey de los Romanos.

Cuando Fernando supo de esto, se le hizo el culo Aquarius de fresa. Le prometió a Pío que no se opondría al cierre de las sesiones de Trento, con la condición de que el Papa cumpliese su promesa (curioso: un Papa cumpliendo promesas...) de abordar las reformas eclesiales después de la reunión. Una vez conseguido esto, Roma buscó el acuerdo de París, para lo cual utilizó, lógicamente, al ahora apasionado Lorena. Catalina de Medicis, en una posición muy débil por haber tenido que concluir una paz con los hugonotes, accedió en términos muy parecidos a los de Fernando de Habsburgo.

De esta manera, pues, toda posibilidad de reforma seria de la Iglesia católica, apostólica y romana se perdió para los próximos cuatro siglos, y ya sólo llegaría con un concilio, el llamado Vaticano II, convocado por una Iglesia absolutamente carente de poder temporal y de la que medio mundo entre sus propios creyentes pasaba elegantemente. O sea: las reformas llegaron cuando, básicamente, no le importaban una mierda a casi nadie.


Pero, bueno, todavía hay tela que cortar. Entre otras cosas, ahí estaban los españoles, inasequibles al desaliento.