miércoles, noviembre 01, 2017

Isabel (5: Anthony Babington y María, reina de los escoceses)

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En la primavera de 1584, algunas semanas antes del encuentro con la reina, Ralegh había enviado a dos experimentados marinos: Philip Amadas y Arthur Barlowe, a una expedición de reconocimiento que recorrió la costa cercana de lo que hoy conocemos como Carolina del Norte; un área que los ingleses ya conocían como Virginia, precisamente en honor de su reina. Fue esa expedición la que regresó a Inglaterra con los dos indios que le fueron mostrados a Isabel. El relativo éxito de aquella expedición, unido a la proclividad mostrada por la reina en la reunión con Hakluyt, movió a Ralegh a comenzar a pensar en una colonización a gran escala de Norteamérica, por lo que comenzó los preparativos logísticos para tal serie de expediciones.


Planteó que harían falta, lógicamente, marineros y soldados; pero también albañiles, ingenieros, exploradores, agricultores, cirujanos, médicos y farmacéuticos. Sin embargo, cometió lo que probablemente fue un error grave. Una vez que la reina le mostró su aprobación, y a pesar de las complicaciones que ya presentaba aquella Corte casi moderna, Ralegh asumió que no le hacía falta más aval. Esto lo sabemos porque desistió de distribuir el dossier Hakluyt, a pesar de que miembros de altura en el gobierno de Su Majestad como Leicester se lo requirieron repetidas veces.

Sin embargo, comenzado el mes de octubre, Ralegh carecía de una respuesta de la reina, y la cosa tenía pinta de seguir así, porque sabemos que le dio permiso a Hakluyt para que volviese a la embajada de París, donde trabajaba. La reina, sin embargo, lo llamó un mes antes de Navidad. En aquella entrevista, le autorizó a llamar Virginia a la nueva colonia y, de hecho, le autorizó a llamarse Gobernador de Virginia en su escudo de armas. El 6 de enero de 1585, en el retiro vacacional de Greenwich, lo hizo caballero y le anunció que le financiaría una segunda expedición a la isla de Roanoke, en Carolina del Norte.

Pero no era oro todo lo que relucía en aquella oferta. En realidad, la participación de la corona era bastante tenue. Isabel unió un barco de la corona, el Tiger, a la expedición, y le aseguró a Ralegh la provisión de toda la pólvora que podía necesitar y bastante más. Pero se negó a pagar las nóminas del resto de la expedición y, de hecho, cuando Ralegh la inquiriese en el sentido de que tal vez podría cambiar de opinión en el futuro, le dejó claro que eso no iba a pasar. Claramente, cuando menos en mi opinión, Isabel sentía la pulsión de la ambición en los planes de Ralegh y quería llevarlos a cabo; pero estaba aconsejada por los halcones de su Corte a los que el explorador había dejado de lado.

Para colmo de los planes del temerario explorador, la segunda expedición a la isla de Roanoke (la primera había sido la de la primavera anterior) salió como la rana. Salieron el 9 de abril de 1585 del obvio puerto de Plymouth. Eran cinco embarcaciones que llevaban a 600 hombres al mando de sir Richard Grenville, amigo de Ralegh y uno de los financiadores de la movida. Sin embargo, tras llegar a la costa Americana, el Tiger, que llevaba buena parte de la comida guardada para alimentar a los colonos en el primer año de vida, se vio inundado, y la manduca se echó a perder salvo para los partidarios de las colaciones húmedas y muy saladas. En realidad, la mayoría de los miembros de la expedición o no tocaron suelo americano o lo hicieron durante periodos muy breves; tan sólo una exigua fuerza de unos 100 hombres se quedó unas semanas en Roanoke. Estos hombres construyeron fortificaciones (de hecho su jefe, Ralph Lane, era un experto en la materia) y exploraron hacia el norte, llegando hasta la bahía de Chesapeake. Las condiciones de vida, sin embargo, se mostraron mucho más duras de lo que se había esperado. En la primera expedición, Roanoke se había juzgado (en realidad, lo es) como un lugar con abundancia de madera y de agua; pero como bien saben los aficionados a programas de la televisión sobre supervivencia extrema, eso no garantiza nada. Máxime en lugares ocupados por indios que se volvieron crecientemente hostiles.

La cosa, de hecho, estaba tan mal que cuando el discípulo más aventajado de Ralegh, Francis Drake, pasó en 1586 por la costa de Virginia de vuelta de una campaña de asaltos a intereses españoles en el Caribe, los residentes blancos de Roanoke pararon el taxi, se subieron y musitaron alegres: “A Plymouth, por favor”. La cosa tiene su gracia porque los barcos de Drake con los residentes de Roanoke se cruzaron en el océano (sin verse, claro) con una pequeña expedición comandada por Grenville para llevarle pertrechos a los de Roanoke. Cuando Grenville llegó allí y se encontró todo vacío decidió volver a Inglaterra, pero dejó allí a quince de sus soldados. Nadie volvió a verlos.

Un año después, Ralegh lo intentó de nuevo, pero con el mismo resultado. Para entonces, poco a poco, llegó la crisis de la Armada española, y a Isabel el temita de los indios algonquinos y sus islitas empezó a sudársela mucho. Mientras ella fuese reina, la colonización quedaría en paso.

Lo cual nos lleva al otro tema, el que, por lo general, más nos interesa a los hispanos: la Armada. Aunque esto de la Armada es el resultado de un progresivo descenso por un plano que está a punto de inclinarse para ello. Antes tenemos que contar algunas cosas.

Volvamos a octubre de 1584. Hacía quince días que Hakluyt le había presentado su informe a la reina, y apenas una semana de la primera reunión del Consejo Privado en la que se había estudiado la posibilidad de enmerdar a Inglaterra en la crisis de las Provincias Unidas. En ese momento pasó otra cosa de gran importancia.

Burghley y otros miembros de la alta Administración de la corona inglesa estamparon su firma al pie de un documento cuyo título es The instrument of an association for the preservation of Her Majesty's Royal Person; aunque para la Historia se lo conoce mejor como el Bond of Association.

Los firmantes del BoA prometían tomar la venganza más terrible contra toda persona, incluso miembro de familia real, que fuese encontrada culpable de haber participado en alguna conspiración contra la vida de la reina. El pasaje más importante del documento es aquél en el que se dice que entre los represaliados se encontrarían any pretender sucessor by whom or for whom any such detestable act shall be attempted or committed. En otras palabras: no sólo sería considerado culpable aquel candidato a la corona que conspirase; sino que también lo sería por el mero hecho de que los conspiradores obrasen en su nombre o de sus intereses dinásticos.

Aquella cláusula era, diríamos hoy, claramente inconstitucional; yo diría que incluso respecto de los usos jurídicos de la época en que fue redactada. Bajo ese paraguas, cualquier miembro de una familia real en cuya defensa un tipo hubiese intentado agredir a la reina podría ser ejecutado. Más en concreto: en el momento en el que la reina sufriese, o se descubriese que iba a sufrir, un atentado en favor de la línea Estuardo, tanto María, reina de los escoceses, como Jaime IV, podían ser legalmente ejecutados.

Puede pensar el lector que el BoA le pareció a la reina miel sobre hojuelas; pero no es así. La filosofía de fondo de aquel documento es que sus firmantes, todos ellos personas de poder dentro del gobierno inglés, venían a declararse más ligados a la causa de mantener Inglaterra bajo la fe protestante que a la figura de su reina; de hecho, Burghley manejaba los hilos para crear una especie de Consejo de Regencia que eligiese al sucesor de la reina en conjunción con el Parlamento si ésta moría, con el objeto de asegurar dicha sucesión en un rey protestante. Y esto, lógicamente, es algo que a una persona profundamente regalista como Isabel de Inglaterra no podía molarle mucho; de hecho, tengo yo por mí que su padre, de haber leído un documento tal, habría tirado a Támesis a sus firmantes.

Fue por esta razón que, en marzo de 1585, la reina presentó ante el Parlamento su Act for the Queen's surety. Una ley que creaba la figura de una comisión especial que debería ser la que juzgase a los pretendientes al trono que participasen en conspiraciones contra ella. La comisión estaría formada por 24 consejeros privados y asistida por jueces, todos ellos directamente nombrados por Isabel. La comisión tendría el poder de separar al pretendiente del derecho al trono, pero no pronunciarlo culpable. Para que el pretendiente fuese considerado culpable haría falta la declaración como tal por parte de la reina misma. Sólo entonces se podrían aplicar las penas prometidas en el Bond of Association.

Aproximadamente un mes antes de que se firmase el BoA, María reina de los escoceses había abandonado la hospitalidad (por no llamarlo vigilancia) del conde Shrewsbury en Chatsworth, donde estuvo quince años, para pasar a ser huésped de sir Ralph Sadler, que la había conocido siendo una niña en Edimburgo, donde había sido embajador.

Ni Sadler ni su yerno, John Somers, que fueron los que se comieron el marrón, pueden hablar ya. Pero cuando lo pudieron hacer, probablemente fue para decir que estaban hasta los cojones de la misioncita. Isabel de Inglaterra, en coherencia con su personalidad tan tocahuevos, los asaeteaba constantemente con preguntas sobre en qué se gastaban el dinero que se les facilitaba; mientras al otro lado estaba María, constantemente puteando con que su vida era una mierda, que necesitaba mejores vestidos, más calefacción, más criados, más porridge, más de todo. La verdad es que la residencia de la escocesa, Tutbury Castle era, a ver cómo lo decimos que se entienda, una puta mierda; un edificio hecho polvo cuyo principal y más habitual inquilino era la humedad.

Políticamente, el principal intento de María era, en esos momentos, obtener una entrevista personal con la reina, pues sostenía que ambas podían, cara a cara, resolver sus diferencias. Sin embargo, también hay que entender que el BoA no cayó del cielo. Aunque a Isabel no le gustase ese paso dado por el stronghold protestante del Gobierno, lo cierto es que en 1584 la reina, que había dudado mucho sobre lo que debía pensar de la reina de los escoceses, ya tenía claro que era una amenaza grave para ella, y no estaba dispuesta a componendas.

En abril de 1585, Sadler tuvo probablemente el primer orgasmo espontáneo de su vida cuando recibió la carta que lo relevaba de sus responsabilidades de custodiar a una persona enormemente orgullosa en el nombre de una loca meticulosa y desconfiada. En realidad, era un castigo, aunque es probable que Sadler no lo viese así. Había permitido a María cabalgar libremente por el campo e incluso le había permitido, en el curso de una tormenta, hacer una parada no prevista en Derby, donde se refugió en casa de una viuda y tuvo la ocasión de departir libremente con unos cuantos lugareños.

Así las cosas, Isabel buscó entre la nutrida peña de talibanes calvinistas de Inglaterra a uno que se demostrase especialmente cabrón y encontró a Aymas Paulet, en cuya vigilancia quedó María en Chatley, Staffordshire. Paulet era, políticamente, un hombre de Walsingham; esto quiere decir que su mayor deseo era labrar la caída de María.

En julio de 1586, unos meses antes de que Leicester fue llamado a casa desde Holanda, Walsingham y sus hombres comenzaron a investigar la enésima conspiración contra la reina. El centro de la misma era un rico hombre católico llamado Anthony Babington, quien al parecer estaba dispuesto a llevar a cabo y financiar una expedición de caballería hasta Chatley para liberar a la reina de los escoceses en un momento en el que ésta estuviese cabalgando, obviamente escoltada. En ese mismo momento, seis caballeros estarían en Londres desplazándose a la Corte para matar a la reina. Babington fue lo suficientemente gilipollas como para contar todo esto en una carta a María, que fue interceptada por los espías de Walsingham.

De hecho, el problema para los conspiradores es que decidieron utilizar como correo a un ex seminarista que era, en realidad, un hombre de Walsingham. Cada vez que se escribía una carta, ésta terminaba en minutos encima de la mesa de Thomas Phelippes, el experto criptógrafo que trabajaba para Walsingham. Babington acabó por darse cuenta y en ese momento trató de enfriar la conspiración; pero para entonces fueron los agentes de Walsingham los que la revivieron, para así tener más pruebas en la mano.

Walsingham, pues, se convirtió en uno de los primeros jefes de inteligencia de la Historia en comprender que cuando uno descubre una conspiración, o que se está preparando un atentado, o algo así, lo que tiene que hacer no es detener a las personas que sabe que están implicadas. Lo que tiene que hacer es alimentarlos, enervarlos, ponerles las cosas fáciles, para ver con quién se reúnen, quién les apoya, todo eso. Un verdadero jefe de inteligencia no detiene un atentado hasta el momento en que el asesino está amartillando el arma.

Un día María, reina de los escoceses, llamó a sus dos secretarios, Claude Nau y Gilbert Curle, y les dictó una carta de respuesta a Babington.


Ese día, aunque no lo supiera, separó la cabeza de su cuerpo.