miércoles, diciembre 27, 2017

Isabel (11: Jacobo se nos casa)

Atenta la compañía con:


Muy pronto, sin embargo, la reina de Inglaterra habría de encontrar elementos de preocupación más allá del control sobre esos veteranos de guerra que ella consideraba brigands. El Papa Sixto de Roma llevaba tiempo intentando, y la derrota de la Armada no le había parado en lo absoluto, atraer al rey escocés Jacobo a la fe católica. Londres seguía esos movimientos, digamos, filosóficos, con cierta distancia. Pero la filosofía religiosa pasó a ser una amenaza más palpable cuando los espías de Walsingham le informaron de que el duque de Parma estaba elaborando un nuevo plan de invasión de las Islas, esta vez desde una Escocia que de alguna manera recibiría a a los españoles. La oferta para Jacobo era casarse con una princesa española. Esta oferta no llegó muy lejos pero, como veremos ahora mismo, abrió el melón del matrimonio del rey, asunto éste de enjundia.


El rey Jacobo había ratificado los términos de su liga con Inglaterra en 1586, a cambio de una jugosa pensión. En los términos de aquella adhesión escocesa al proyecto inglés, su rey se había comprometido a no tomar en matrimonio a mujer alguna sin el consejo y el conocimiento del rey o reina que estuviese sentado en Londres. Hay que recordar que no era la primera vez que Isabel trataba de atar a los belicosos y tan difíciles de entender escoceses mediante el matrimonio; ya lo había intentado con María y Leicester. La idea de Isabel es que Jacobo se casase con alguna damisela anglicana de su aprobación y que ambos se fuesen a vivir a palacio con ella.

En medio de estos planes, en Escocia se habían fijado en Ana, la benjamina del rey Federico II de Dinamarca y la reina Sofía. Ya en 1584 se había hablado de la posibilidad de un matrimonio de ella con el monarca faldimedio. A los daneses el tema les sonaba bien; pero Isabel decidió favorecer la candidatura de Catalina de Navarra, hermana de Enrique de Navarra, es decir, el candidato hugonote a la corona francesa. Los protestantes franceses veían en Isabel a la campeona exterior de sus aspiraciones; e Isabel, que como sabemos era renuente a apuntarse sola a esos bombardeos, quería, como paso previo, contar con el apoyo de Jacobo.

Enrique de Navarra, sin embargo, no le gustaba a los ingleses de la Corte. Lo veían un rey demasiado campechano, que escuchaba a todo el mundo, fuese noble o no; y eso, sí, es algo que un inglés de pura cepa siempre reputará como un defecto. Pero, además, apareció, lógicamente, el factor que, dicho sea en justicia, Isabel habría querido evitar, pero que estaba ahí por obra y gracia de sus más altos funcionarios: la muerte de María, reina de los escoceses. Nadie le puede reprochar a los nobles escoceses que profesasen, frente a Jacobo, una total desconfianza hacia las intenciones de la reina en el punto de su matrimonio. Siempre proclives a decir lo que piensan aunque duela, los escoceses le escupieron a la cara a su rey que una pensión era poco pago por todo lo que la reina pedía a cambio del rey escocés; llegaron a decirle, incluso, que para esa vergüenza ni siquiera le compensaba ser rey.

Jacobo, sin embargo, era un tipo que jamás tuvo los bolsillos bien cosidos; para él, la pensión era de gran importancia, porque le permitía sobrevivir a sus deudas, que eran muchas.

El rey Federico la cascó en 1588, y es probable que no hiciera falta embalsamarlo porque ya tenía dentro suficiente alcohol como para conservarse como la momia de Lenin. La muerte del rey alcohólico (que, por cierto, probablemente murió porque le envenenaron el cubata) debilitó notablemente la candidatura de Ana y dio alas a las propuestas de la propia Isabel en favor de Catalina La de la Comunidad Foral. Los escoceses, sin embargo, supieron maniobrar con eficacia y, a finales de este año, le arrancaron al Parlamento local una subvención al rey de 100.000 libras, que llegó oportunamente salpimentada con la sugerencia de que el rey buscase una esposa en Dinamarca. Por esos tiempos, Walsingham descubrió que lord Huntly, un noble católico muy cercano al rey escocés, era uno de los apoyos en las islas a la idea de Parma de invadirlas desde Escocia. Isabel, por lo tanto, decidió que tenía que cegar la vía danesa o cualquier otra que no fuese la que ella quería.

Lo primero que hizo fue remitirle a Jacobo la documentación descubierta sobre Huntly; pero el escocés no hizo nada. De hecho, cuando la presión de Isabel lo llevó a encarcelar al noble católico, lo visitó diariamente en la cárcel, le llevaba comida y lo besaba como un pariente (o como otra cosa; ahora mismo lo veremos). Jacobo, además de ser una persona de natural indecisa y con un buen punto cobarde, era escocés (cosa que Isabel no) y conocía Escocia (cosa que Isabel, y todos los ingleses que ha parido después, tampoco); y porque conocía Escocia sabía que era un país en el que difícilmente se podía cambiar un cenicero de sitio sin la aquiescencia de los católicos. Por lo demás, las anécdotas relacionadas con lo mucho que besaba Jacobo a lord Huntly vinieron a revigorizar los rumores sobre la homosexualidad del escocés; lo cual ponía las cosas un poquito más difíciles.

El 30 de julio de 1589, para colmo, un correo llegó a Londres a uña de caballo con la noticia de que el rey Enrique III había sido asesinado. El rey había llegado a una tregua con los católicos Guisa; pero había decidido contraatacarlos. El 13 de diciembre de 1588, estando en Blois, había llamado a Guisa a su cámara, y allí lo había hecho asesinar, para luego cortar y quemar su cuerpo. Las cenizas del hombre probablemente más poderoso de Francia fueron tiradas al Loira. Al día siguiente, Luis de Lorena, cardenal de Guisa y hermano del duque, fue estrangulado. Enrique, pues, había diseñado una operación que merecería figurar en los últimos minutos del metraje de alguna de las películas de The Godfather.

Siete meses más tarde, había llegado la venganza: Enrique había sido finalmente apuñalado estando en unas maniobras en Saint-Cloud, cerca de París. Su verdugo fue Jacques Clément, un monje dominico.

Así pues, Francia estaba on the verge of civil war, como seguro dirían no pocos de los miembros del Consejo de la reina en las horas siguientes a la llegada del correo. Una guerra civil que, como todas las que importan algo, tendría una importante parcela de intervención extranjera, lo cual quiere decir: El Escorial. En efecto, nadie más interesado en agitar el avispero francés que Felipe II, quien albergaba el plan de acabar con los hugonotes (y a la larga, muy a la larga, terminó por cargárselos, la verdad).

El rey Enrique había nombrado en su lecho de muerte (tardó varias horas en cascarla) a Enrique de Navarra como el heredero de la corona, con la condición de que se convirtiese al catolicismo. En paralelo, las listas de Whatsapp de la cuestión escocesa echaban humo con la noticia de que Jacobo, finalmente, había decidido casarse con Ana de Dinamarca. Puso como disculpa que Catalina de Navarra era un callo malayo, lo cual era cierto pero nunca había sido obstáculo para un matrimonio de alcurnia. Ana, sin embargo, tenía catorce añitos y estaba buena. No es que eso a Jacobo le importase mucho; pero sí le importaba a la hora de poner freno a los rumores de que era un trucha.

La Corte de Londres hizo lo que pudo para, cuando menos, convencer al escocés de que aplazase en el tiempo su decisión; pero no lo consiguió. Burghley quería seguir luchando, pero Isabel lo convenció de que era mejor dejarlo. En primer lugar, la oposición de Londres estaba mosqueando seriamente a los daneses. Y, en segundo lugar, Enrique de Navarra, que ahora debía luchar por el trono de Francia, le había retirado a su hermana la parte del león de su lista civil, por lo que se convertía en una novia apenas sin dote y eso, hablando de Jacobo de Escocia, viene a significar que su atractivo se multiplicaba por cero. Era impensable que aquel tipo se fuese a casar con una tía que era un craco, lo cual se lo ponía más difícil a la hora de consumar siendo como era él poco proclive a la secreción de testosterona; y que, además, no tenía un mango para solventar sus veleidades de ludópata. 

Jacobo, en todo caso, necesitaba a la reina inglesa. Por la pasta. A pesar de la generosa subvención concedida por su parlamento, el disipado rey escocés no había sabido guardar. Ahora se encontraba con que se quería casar y no tenía dinero suficiente para pagar la boda, mucho menos para acometer las necesarias obras de rehabilitación en varios de sus palacios. Isabel, por lo tanto, no sólo acabó accediendo a una boda que no quería, sino que le dio a Jacobo 2.000 libras más otras cantidades para que pudiese preparar la estancia de Ana en las viejas habitaciones que había ocupado María en Holyrood. Trataba, claramente, de controlar a Jacobo por la pasta.

La princesa Ana de Dinamarca salió de su país con dieciséis naves que portaban sus cositas  (modestita que era la niña). Salió el 5 de septiembre de 1589, pero pronto se encontró con varias galernas. En realidad, la expedición salió de puerto tres veces, y por tres veces tuvo que volver. Después de 50 días de espera (y de enfermedad de la joven prometida) logró llegar a Oslo. Allí decidió quedarse para reparar sus barcos y esperar la primavera, que dicen tiene menos olas.

Mientras esto pasaba, en Londres la reina Isabel, que no tenía noticias de que el viaje de Ana estaba siendo tan problemático, le hacía entrega al embajador escocés de ricos regalos en oro y plata, mientras le mandaba una carta a Jacobo reprochándole sus prisas. El rey escocés, sin embargo, tenía otras prioridades que contestarle a la reina inglesa, pues había decidido ir a Oslo para ver a su churri. A los escoceses les gusta decir que aquel viaje, en medio del invierno del norte de Europa, con sus galernas heladas, fue una machada de Jacobo. En realidad aciertan, aunque no exactamente como creen. Jacobo no hizo ese viaje porque estuviese ardiendo de amor por su damita, sino porque había sido informado de que en Edimbrah todo el mundo se hacía lenguas con que si Ana estaba en Oslo porque había descubierto que su marido era sarasa, y ahora no se quería casar.

Así pues, Jacobo cogió el AVE para Oslo; y hacerlo fue todo uno con el estallido de los rumores de que lord Huntly preparaba, en coalición con Parma, una especie de golpe de Estado. En realidad no había tal, pero ninguna de las tranquilidades afirmadas por el Consejo de Escocia apaciguaron a Isabel. Así las cosas, la reina inglesa le escribió a Jacobo conminándole a acabar de una vez por todas con Huntly.

Jacobo terminó por recibir la carta; pero no estaba dispuesto a bailar la melodía que le tocaba la reina. Para él, lo principal era arrearle un zasca a todos los escoceses que pensaban que reservaba las turgencias de su pene para objetivos entonces considerados contra natura; así pues, el 23 de noviembre, en el Gran Salón del Palacio Viejo del Obispo de Oslo, se casó con Ana. El 21 de abril, los barcos partieron hacia Escocia; Ana fue proclamada reina de Escocia en la iglesia de Holyrood el domingo, 17 de mayo.

Poco tiempo después de la boda, Isabel envió al conde de Worcester a Edimburgo. Edward Somerset era uno de los pocos nobles británicos de menos de 50 años en los que Isabel tenía confianza. Worcester fue a la capital escocesa con la noticia para Jacobo de que iba a ser admitido en la Orden de la Jarretera. No obstante, la principal misión de Somerset, que cumplió a la perfección, fue ganarse a la joven Ana en la simpatía hacia Isabel. Ana contestó, efectivamente, a las cartas de Isabel con amor y comprensión; lo que terminó por convencer a la reina de Inglaterra de que había casado al voluble rey escocés con la persona adecuada.


Adecuada para ella, claro.