miércoles, diciembre 13, 2017

Mujeres en la Edad Media

La mujer en casa, y con la pata quebrada. Que la civilización occidental y otras tantas no le han dado boleta a las tías es algo que está fuera de toda duda; de hecho, desgraciadamente lo sigue estando a día de hoy, en ocasiones mediante ejemplos flagrantemente escandalosos. No obstante, dentro de este hecho hay un hecho más, que es considerar que en ningún momento estuvo peor considerada la mujer (en Europa) que en la Edad Media. Una idea que proviene de la creencia general (y gilipollas) de que la Edad Media es una etapa de oscurantismo, brutalidad y miseria.



Es un hecho obvio que la Edad Media no puede ser un ejemplo de prosperidad frente a los que la observamos desde el siglo XXI; el carácter acumulativo de la técnica y del conocimiento nos garantiza, por así decirlo, que en el ámbitos temporales amplios, siempre saldremos ganando los chicos del presente respecto de los del pasado. Sin embargo, a la Edad Media le caen mierdas encima que no son suyas. Sin ir más lejos, la extrema pobreza del conjunto de la población europea tiene más que ver con la época tardorromana y carolingia que con la Edad Media propiamente dicha. Pero no es ése el objetivo de estas notas. El objetivo de este post es la mujer medieval, y la consideración general de que estaba en la peor de las situaciones que se han certificado en la Historia de Occidente, pillada entre un Imperio romano que se tiene por lo más de lo más y un luminoso Renacimiento.

De lo dicho en el párrafo anterior ya se debe deducir un elemento que es importante: la Edad Media no es una sola; y esto es algo que los propios historiadores admiten cuando hablan de Alta y Baja Edad Media. Ciertamente, en la Alta Edad Media el Derecho permitía que el marido de una mujer adúltera pudiera fustigarla por la calles de su pueblo antes de matarla impunemente en público. En algunos sistemas legales europeos de la época, matar a una mujer conllevaba una multa que era la mitad de la que se imponía por matar a un niño que no había alcanzado la edad para trabajar (14 años). Eso sí, la cosa era un poco complicada porque, en realidad, salía más barato matar a un chico de entre 14 y 20 años que a una mujer; pero, eso sí, la multa por matar a un hombre plenamente adulto (más de 20 palos) era seis veces, seis, el precio que costaba cargarse a una tía.ç

La mujer, en aquella época, sufría lo que podemos considerar las consecuencias del derecho feudal, pero aumentados por razón de su sexo. Así, la mujer sierva no podía casarse con nadie radicado fuera de los terrenos de su señor; si lo hacía, sus hijos se repartirían entre su señor y el de su marido (como se ve, el Derecho ya asumía, lógicamente, que siervas se casaban con siervos; faltaría más). Se ha señalado muchas veces, y es cierto, que la mujer no era libre de casarse; lo hacía con aquél que escogía su padre; pero eso, en mi opinión, más que con el machismo, tiene que ver con la función que cumplía el matrimonio medieval, que no era una institución moral, sino económica. La mujer que era casada con el hijo del Tío Paciano (el que tenía seis cerdos que algún día heredaría el marido) venía a ser como el accionista minoritario de una empresa a quien el accionista de referencia impone una fusión. Como dicen los mafiosos, no es nada personal; son negocios.

La mujer, además, acusa de una minoridad permanente que hace que nazca sometida al mando de un hombre (su padre); mando del que sólo se librará cuando se someta a otro hombre (su marido).  Todo eso terminaba con la viudedad, ciertamente; pero no es menos cierto que las viudas medievales, nada más enterrar al marido, se ponían a buscar otro marido cagando leches porque, la verdad, la existencia de una viuda medieval, digámoslo como lo pensamos hoy, independiente, era más bien la existencia de una persona destinada a colocarse los días de precepto dentro del ámbito de las iglesias (ése que marcaban las cadenas que todavía quedan hoy en algunos casos) para pedir unas monedas que le permitiesen ir tirando una semana más. De esos tiempos nace la costumbre, mantenida en realidad incluso hasta hoy en día, de que a la muerte de un hermano, si otro hermano está soltero, se case con la viuda (yo he conocido casos en la generación inmediatamente anterior a la mía, para ser más concretos en la provincia de Toledo). Pero cabe recordar que esa minoridad de la mujer fue sancionada 800 años después por el código napoleónico, y recogida en la legislación del franquismo.

Pero estas verdades, que lo son, no esconden el hecho de que la condición de la mujer medieval ha sido a menudo notablemente exagerada, en mi opinión a causa de un complot del pensamiento romántico, empeñado en encumbrar eso que llamó Renacimiento a base de hacerlo aparecer como lo que no fue (cuando menos del todo) y de exagerar los tintes negativos de los siglos con los que se comparaba.

Cabe comenzar, en este sentido, por el mito machista por excelencia: el derecho de pernada. El derecho de pernada o ius primae nocis, derecho a la primera noche, le encanta al tontopollas (y a la tontopollas) que no sabe nada, o casi nada, de Historia. Es perfecto: el derecho del señor feudal a echar el primer quiqui tras la noche de bodas con la mujer sierva lo acrisola todo: el innoble poder feudal (obsérvese la elegancia del oxímoron) y el machismo. Es, ya lo he dicho, perfecto. Tristemente para los indigentes intelectuales es, básicamente, falso.

Ciertamente, el derecho de pernada existió en el Derecho medieval. Sin embargo, todas las pruebas que hay de su exigencia y ejercicio no tienen que ver con acto sexual alguno, sino con una cosa que al señor feudal le interesaba muchísimo más: el pago de una tasa o impuesto por parte del marido. En otras palabras: el derecho de pernada era una especie de impuesto cuyo hecho imponible era el primer quiqui. El marido pagaba por poder casarse en un mundo en el que el señor feudal era el regulador de la vida al completo dentro de sus dominios. El señor cobraba porque su siervo se casara exactamente igual que cobraba porque heredase, como atestiguan instituciones jurídicas como la intestia o la exorquia, que provocaron la rebelión de los remensas http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2010/10/el-conflicto-de-los-remensas.html (cabe recordar aquí, por cierto, que los modernos señores feudales, que reciben el nombre de comunidades autónomas, siguen cobrando porque heredemos...)

En algunos casos, según los testimonios, había algo relativamente parecido a la ceremonia que las húmedas mentes de los indocumentados e indocumentadas son capaces de imaginar: el señor puliéndose a la temblorosa sierva en su tálamo. Pero lo cierto es que no se la pulía: la ceremonia consistía en que pasaba sobre ella con una zancada, y punto pelota. En este punto, el señor feudal operaba como una especie de personaje taumatúrgico que,mediante el gesto de otorgar su protección a la novia, cauterizaba el posible efecto maligno de la primera sangre tras la ruptura del hímen; algo en lo que muchos pueblos precristianos creían a pies juntillas y, probablemente, siguieron creyendo cuando llegaron los curas (que de esto mucho no sabían, la verdad).

En todo caso, el último pensamiento que merece el derecho de pernada es éste: si hubiera existido, ¿verdaderamente sería el chollo que sus exagerados "conocedores" pretenden? En un mundo como el medieval, en el que las mujeres y las hijas de los campesinos siervos trabajaban 18 horas al día desbrozando, lavando, cuidando de los animales, amasando estiércol y todas esas cositas, ¿sois capaces de imaginaros el aspecto average que tendrían tíos y tías, incluso a sus tiernos quince o dieciséis añitos; cómo olerían, la aspereza de sus manos, los repugnantes efluvios que saldrían de sus bocas? Porque siempre que se recrea el derecho de pernada lo que se ve es a un señor feudal salido y más bien gordo entrando en la cama de Angelina Jolie. Pero es que la Jolie n'existait pas... El verdadero Ragnar Lodbrok, amiguitos, tenía el aspecto de los tíos que hacen que os cambiéis de acera. Y Lagertha, ya lo siento, seguro se parecía más a Carles Puyol que a Katheryn Winnick...

Otra idea muy común del machismo de la Edad Media es que, como era fundamentalmente ejercido por los curas, utilizó la lucha eclesial contra la brujería para putear a la mujer. Son las famosas quemas de brujas. Tan famosas como falsas.

La Iglesia comenzó a condenar la creencia en la brujería en el siglo VI, junto con otras supersticiones mucho más comunes (como la creencia en los duendes o genios del hogar, heredada de los manes y los penates latinos). Sin embargo, en todo momento se trata de una condena moral porque la Iglesia del siglo VI y siguientes, ya lo siento por aquéllos a los que putearon los curas cuando eran niños y ahora se quieren vengar (que vengarse está bien, pero no diciendo gilipolleces); aquella Iglesia, digo, no quemaba a nadie, o a casi nadie. Y, de hecho, no daba gran importancia al tema de la brujería. Los penitentes, como se conocen los libros que a partir del siglo X, en plena Edad Media pues, se convierten en una especie de libros de instrucciones para sacerdotes que administran la confesión, citan los rezos y las penas de pago de dinero como reacción normal de la Iglesia a los casos de brujería.

¿Está diciendo Juan de Juan que no se quemaron brujas? Ni modo. Se quemaron, sí; pero en el Renacimiento. En el momento de la iluminación intelectual y del colocar al hombre en el centro del Universo y blablablá. El Malleus Maleficarum o manual del inquisidor, fue escrito por dominicos alemanes en 1486, esto es cuando Cristóbal Colón ya llevaba años peinándose los pelos de los testículos y de hecho, estaba a puntito de poner proa hacia occidente.

Seguimos. También se dice que la Iglesia medieval era tan machista que incluso se llegó a plantear la posibilidad de que la mujer no tuviese alma. Los que son un poquito más cultos son incluso capaces de señalar el momento: el concilio de Mâcon. Bien por su cultura, bien. Pero si fueran un poco más cultivados sabrían que la primera referencia a estos presuntos debates durante el sínodo (que no concilio) se encuentra en un texto anónimo holandés del siglo XVI. Por lo tanto, durante casi 1.000 años nadie parecía saber nada de aquella escandalosa reflexión.

También habría que tener en cuenta que en el año 585 no se reunió ningún concilio, ni en Mâcon ni en Bogotá. Lo que se reunió en Mâcon fue, como he dicho, un sínodo provincial. Los sínodos provinciales eran workshops a los que sólo acudían clérigos de una determinada diócesis; y su orden del día era siempre de orden práctico y logístico (en los sínodos se discutía, por ejemplo, cómo se iba a repartir el diezmo). Los sínodos nunca discutían temas teológicos (como si la mujer tiene alma, o si los ruiseñores perciben al Espíritu Santo).

Gregorio de Tours, historiador de aquellos tiempos, nos dice, y éste puede ser el origen de todo, que durante los debates del sínodo de Mâcon, que se celebraban lógicamente en latín, uno de los participantes expresó su sorpresa de que la palabra homo se aplicase también a la mujer. En otras palabras, es como si hoy una persona se extrañase de que cuando alguien habla de "los logros del hombre" esté hablando también de los de la mujer. Por lo tanto, una duda lingüística fue convertida, siglos después, en una duda teológica. Y la gente que lo quiso creer, lo creyó; y lo cree.

Lo único que nos dice la anécdota referida por Gregorio de Tours es que el ignoto curita francés que hizo aquella intervención era un sacerdote LOGSE; un tipo que no sabía latín. Cualquiera que sepa algo de latín sabe que homo designa al género humano; y que para el bípedo con pito se reserva otro vocablo: vir. 

Los que consideraron que la mujer es un ser tonto del culo sin albedrío, por lo tanto, no fueron las personas de la Edad Media. Fueron las personas del Renacimiento que escribieron el anónimo escrito holandés; y, sobre todo, los primeros y las primeras creyentes en el feminismo que, durante la Revolución Francesa y, sobre todo, la revolución de 1848 en Francia, quisieron creerse este meconio.

Dentro del machismo general que no cabe negar y que ya se ha señalado al inicio de este post, hay sin embargo señales que apuntan cosas. Por ejemplo, es claro que el acceso a la cultura era asimétrico. A las abadesas de Las Huelgas y de Palencia, señalar que los clérigos tenían mejor acceso a la cultura que las monjas les costó la excomunión. Pero no es menos cierto que desde el siglo VI se exigía que las monjas supiesen leer y escribir, con lo que significaba esa exigencia en esos tiempos. El Sachsenspiegel o recopilación de costumbres del mundo germánico dice en 1270: "siendo cierto que los libros no son leídos más que por las mujeres, les deben corresponder por lo tanto en herencia".

En 1320, la ciudad de Bruselas mantenía escuelas para niños y otra para niñas. En París sólo había una escuela para niñas en 1272; pero un siglo después había veinte más. ¿Las enseñaban a coser? Probablemente; después de haberles enseñado lectura, cálculo, canto, escritura y, por supuesto, religión.

Es cierto, desde luego, que para muchas mujeres (como para muchos hombres) no quedaba otra que entregarse a la vida monacal para poder vivir. Pero tal vez no sepas que la vida conventual de clausura no se observa hasta el siglo XV; otrosí: hasta el Renacimiento.

Es lo que hay. Bueno, más bien: lo que hubo.