lunes, diciembre 11, 2017

Yalta (1: No pasaré del Mar Negro)

A lo largo del verano de 1944, los aliados lo vieron claro. Las tropas soviéticas conseguían nuevos avances, los japoneses registraban sonoras derrotas y el desembarco de Normandía se producía primero y se consolidaba después. Los más optimistas apostaban porque Dwight Eisenhower, el jefe de las tropas aliadas, se tomaría el turrón en Berlín aquella Navidad.


Sin embargo, toda una guerra eclosionaba debajo de la guerra conforme esta última terminaba. El reto planteado por el Eje germano-italiano en Europa había sido de tal calibre, y la coalición que se había montado para plantarle cara tan heterogénea, que ahora, encima de la mesa, quedaba un montón de problemas por resolver: el reparto de las zonas ocupadas de Alemania; el problema polaco; Grecia; Yugoslavia; Checoslovaquia; una eventual política común frente a Japón; la futura Organización de las Naciones Unidas...

Las tres grandes potencias contendientes se habían reunido ya, en 1943, en Teherán. Pero en aquel momento sólo había tiempo y ganas para las cuestiones de estrategia militar. No obstante el presidente estadounidense, Franklin Delano Roosevelt, había propuesto un plan de desmembramiento de Alemania en cinco Estados diferentes y autónomos: Prusia, Hannover, Sajonia, Hesse-Renania y Alemania del Sur, la última de las cuales pertenecería a una Federación Danubiana. Josif Stalin, camarada primer secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, se había mostrado frontalmente contrario a este plan, argumentando que los alemanes siempre iban a tener la pulsión de reunirse (en lo cual no se equivocó); y defendiendo, por lo tanto, la idea del recurso permanente a la fuerza para mantenerlos en su sitio.

Esto fue todo lo que se avanzó en Teherán en términos de geopolítica de posguerra. Muy poco, pues, y además en clave de desacuerdo. Es por esta razón que FDR tuvo claro ya durante todo el año 1944 que sería necesaria una nueva reunión, más política diríamos hoy en día. El 17 de julio, un telegrama salió de la Casa Blanca en dirección a Downing Street y el Kremlin; telegrama en el que el presidente de los Estados Unidos proponía la celebración de tal conferencia en Escocia, concretamente su región norte. El gesto de proponer ese lugar cuyos habitantes dicen que lo que hablan es inglés era bastante inocente, por no decir pueril: el norte de Escocia estaba básicamente equidistante entre Moscú y Washington (pueril, sí: pero décadas después volvería a inspirar el encuentro entre Ronald Reagan y Mihail Gorvachov en Rejquiavik). El zorro georgiano, sin embargo, rechazó la oferta amablemente, alegando su estado de salud; lo cual no deja de ser una coña, pues quien realmente estaba a las puertas de la muerte era, precisamente, quien estaba proponiendo las frías y húmedas tierras escocesas para el embroque. Comenzando a tejer su tela con paciencia, como siempre hacía, el líder soviético recibió al embajador estadounidense en Moscú, Averell Harriman, y le explicó que en Teherán había sufrido enormemente de dolor de oídos (es probable que fuese así; aunque, por lo que sabemos de Stalin, probablemente ese dolor le venía de las muelas); y que los médicos le habían desaconsejado vivamente cualquier campo de clima. Con dos cojones, pues, Stalin, que estaba en la flor de la vida, daba pasos para imponerle a un viejo chocho y enfermo la celebración de la conferencia en algún lugar de su confianza, a ser posible dentro de la propia URSS.

Las dos potencias occidentales no perdieron el empuje. Durante el verano, Roosevelt y Churchill se intercambiaron muchos telegramas (ésa era la forma de parlamentar entonces) discutiendo sobre qué lugar podrían proponerle para que tuviera que aceptarlo a Oncle Jo, como lo llamaban en privado (algo así como el Tío Pepe). Llegaron a pensar, de hecho, que podrían convencerlo de que la reunión tuviese lugar en Atenas o, tal vez, en Chipre. El problema para estas sedes era que, para celebrar ahí la reunión, sería necesario que los barcos de guerra soviéticos pudieran salir del Mar Negro, esto es, pasar los Dardanelos. Por esta razón, Roosevelt y Churchill pensaron en pedirle a Turquía que le declarase oficialmente la guerra a Alemania. Sobre esta premisa se pensaba en el Pireo, en Salónica o, incluso, en Constantinopla. El lector que esté leyendo estas notas en este punto debe recordar que, en 1944, la posición de Grecia como parte integrante de lo que llamamos el bloque occidental no estaba tan clara. Stalin ambicionaba hacer a Grecia miembro de su club de camaradas, así pues la oferta tenía lo suyo de interesante. Asimismo, se manejaron opciones como Jerusalén (a Churchill le gustaba porque, literalmente, “tiene muchos hoteles de primera clase”), Roma, Malta, Taormina, Egipto... pero todas aquellas propuestas, más o menos formales, chocaron con la obstinada respuesta de un Stalin que era renuente a abandonar su país.

En octubre, en plena campaña electoral americana, Roosevelt, que se sentía seguro de ganar, volvió a la carga e hizo llegarle a Stalin la propuesta de una conferencia a finales de noviembre en Malta o en Chipre. Stalin respondió informando de que no se movería más allá del Mar Negro. El 14 de noviembre, un FDR reelecto propone una conferencia para finales de enero de 1945 en Roma o en la Riviera italiana. Stalin reiteró su niet.

Fue ante esta resistencia que Harry Lloyd Hopkins, uno de los principales asesores de Roosevelt y a quien éste había encargado los contactos con el diplomático soviético Andrei Gromyko, propuso la elección de alguna villa de Crimea. Y la prueba de que ese resultado o parecido era el que estaba esperando Stalin es que, para sorpresa de los estadounidenses, Gromyko aceptó ipso facto; cuando para cada decisión, antes y después de Yalta, los diplomáticos soviéticos siempre abandonaban la habitación, usualmente sin regresar durante días, porque tenían que consultar con Moscú (el régimen soviético rara vez tuvo eso que conocemos como un embajador plenipotenciario). Churchill protestó vivamente por esta aceptación, pero le dio igual, porque no fue apoyado por Washington en su beligerancia.

Lo único que dejó abierto el zorro estalinista, porque eso sí que lo tenía que decidir el Kremlin, era la localización concreta. A finales de noviembre, Stalin propuso Odesa. Pero fueron esta vez los médicos de Roosevelt los que dijeron que esa ubicación era imposible para el estado de salud del presidente. Finalmente, aceptaron Yalta, y no sin grandes reticencias, pues consideraba el equipo médico (y no se equivocaba) que Roosevelt no estaba ya en condiciones de hacer un viaje tan largo.

La reunión quedó fijada para el domingo 4 de febrero; si bien Roosevelt y Churchill decidieron tener ellos un encuentro previo en Malta, para resolver previamente algunos contenciosos angloamericanos. Stalin, pues, envió las invitaciones oficiales el 10 de enero. Fue Churchill quien bautizó la reunión con su nombre secreto Argonauta.

Yalta era y es una estación de salud en la costa oriental de Crimea. Las cadenas montañosas que la rodean la mantienen abrigada de los vientos del norte y el noreste, lo que tiene como consecuencia que sea un lugar de clima más bien suave; de hecho, casi nunca nieva en Yalta. Estas circunstancias hicieron históricamente de Yalta un lugar propio de descanso para los zares, para la nobleza, para los ricos comerciantes rusos y, ya en el siglo XX, para los orondos miembros de la Nomenklatura soviética que se cobraba esas coimas a cambio de construir (despacito) el socialismo. Las muchas villas y palacios construidos por los ricos en la zona fueron convertidos, en su mayor parte, en hospitales por los bolcheviques; lo cual acabó por darle a la ciudad una caracterización clara como ciudad termal para el tratamiento de muchas dolencias.

En agosto de 1944, cuando Roosevelt había propuesto por primera vez la conferencia que conocemos como de Yalta, los rusos estaban combatiendo en el Vístula, bastante más lejos de Berlín de lo que lo estaban los aliados occidentales en el Rhin. Sin embargo, como bien sabemos, Stalin se benefició de ser, en realidad, el jefe de Estado aliado más centrado en eso que llamamos la Batalla de Berlín, y pronto comenzó a trabajar para facilitarla. Dado que estaba enfrentando una gran resistencia en Polonia, en octubre, cuando Churchill estuvo en Moscú, aprovechó para presionarle para que los aliados creasen un nuevo frente en Viena, para obligar a los alemanes a diferir tropas hacia allí y restar presión o resistencia en el frente polaco.

Aquí tenemos otra razón de por qué el líder comunista hizo que pasaran las semanas de 1944 sin una definición clara de la conferencia. En octubre, cuando como hemos dicho la idea nació por primera vez, se encontraba en una posición poco elegante. El Ejército Rojo sufría tales pérdidas en el frente polaco que incluso el mariscal Zhukov no descartaba que se quedase atascado durante meses. Era claro que Alemania concentraba sus esfuerzos en evitar la invasión de Prusia y de Silesia. Sin embargo, desde diciembre el rápido debilitamiento de los ejércitos alemanes, coincidente con su desgaste en las Ardenas, cambió las cosas. En las primeras semanas de enero, Stalin ya tenía claro que podría llegar a la conferencia habiendo conseguido un control, si no total, sí desde luego muy amplio, de Polonia; algo que era fundamental para permitirle negociar el estatus de ese país en las condiciones que quería. De hecho, una cosa que algunos analistas de Yalta olvidan es que, si el 30 de diciembre es la fecha en la que Roosevelt y Churchill aceptaron oficialmente la localización de Yalta y la fecha del 4 de febrero para su celebración, al día siguiente, esto es el 31, el llamado Gobierno de Lublin, esto es el gobierno de Polonia en el exilio formado por filocomunistas, dio el paso de declararse Gobierno Provisional de la Polonia Democrática Liberada; declaración que Moscú aceptó apenas ocho días después.

La preparación de la conferencia de Yalta, por otra parte, no hizo sino aflorar las veleidades, ejem, zaristas del camarada primer secretario general del PCUS. Para empezar Stalin, consciente de que había ganado la parte fundamental de la partida, supo ser magnánimo y cederle a Roosevelt el mejor palacio de todos los disponibles en la villa, para que a todos les quedase claro quién era el número uno. En segundo lugar, Stalin hizo llegar a Yalta dos vagones de mercancías llenos de caviar, 16 toneladas (eso, en pasta de hoy, es una facturita de 140 millones de euros). Hizo residir en Yalta, durante toda la duración de la conferencia, al cocinero jefe del Kremlin, que no sé si lo sabéis pero se llamaba Sidor Kirilovitch Kriutchkov; y sus dos famosísimos (entre la gente que vivía de coña en la URSS) adjuntos: Vassili Pavlovitch Roubetz y Anastasi Ivanovitch Pogoriantz, éste último un armenio especializado en la gastronomía del Cáucaso; así como un tal Livite, somelier, encargado de seleccionar los mejores vodkas y champanes caucasianos para las numerosísimas delegaciones que se anunciaban (sólo EEUU pensaba trasladar 400 personas...) Evidentemente, los soviéticos esperaban ganarse a los occidentales en plan Máster Chef (al fin y al cabo, tenían todos los becarios que querían).

El oficial de la marina estadounidense Norris Houghton se encontraba en el verano de 1944 de servicio en el Atlántico cuando recibió una orden TOP SECRET que le conminaba a trasladarse a Missouri. Allí se reunió con otros cinco oficiales de la Marina que no se conocían de nada, pero que pronto descubrieron qué les unía: todos hablaban ruso y, de hecho, todos eran de ascendencia rusa: los tenientes Dimitri Keusseff, George Schervatov, Mihail Kimack, John Cheplick y John Romanov. A estos seis se unieron otros marineros rusoparlantes especialistas en radio: Andrew Bacha, Andrew Sawchuck, Harry Sklenar, Alexis Nestoruk, Nicholas Kornilov y Ruseel Koval. El teniente Schervatov, que comandaba el grupo, había nacido príncipe en San Petesburgo. Houghton era de hecho el único que no había crecido hablando ruso (sus antecesores eran irlandeses y escoceses y habría sido tontería; aunque no hay que descartar que cuando los escoceses dicen hablar el inglés, en realidad estén hablando ruso). Pero había estudiado ruso en una academia y de hecho había pasado cinco meses en Moscú estudiando el teatro local. Por esto había declarado, al principio de la guerra, que tenía el ruso como segundo idioma, cosa que era verdad sólo a medias. Al llegar a Missouri, sin embargo, se guardó de sacar a sus superiores del error.

Hay que decir, por cierto, que en aquel campo de Missouri había más grupos que el ruso. Había uno alemán, otro griego e, incluso, uno chino.

A principios de 1945, este grupo estaba en Nápoles y fue embarcado en un carguero, el Catoctin, que ellos suponían iba a los Balcanes a realizar algún tipo de misión secreta. Para su sorpresa, sin embargo, el destino del barco era el Mar Negro. Entraron a finales de enero en el puerto de Sebastopol. Inmediatamente, de uno de los barcos que acompañaban al carguero, el William Blount, los estadounidenses comenzaron a desembarcar toneladas y toneladas de pertrechos; entre ellos, cómo no, decenas y decenas de máquinas de escribir.


Comenzaba el baile.