miércoles, enero 31, 2018

Yalta (6: Francia como problema)

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El lunes, 5 de febrero, comenzó realmente la conferencia de Yalta. En dicha fecha se produjeron tres reuniones. A primera hora, los ministros de Asuntos Exteriores desayunaron juntos; a mediodía, en el palacio Yusupov, como en realidad se llamaba la villa Koreis, se celebró una reunión tripartita de jefes de Estado Mayor, obviamente con temática meramente militar; y, finalmente, a las cuatro de la tarde comenzó la reunión plenaria. Cada delegación celebró también reuniones internas, y estadounidenses y británicos también se reunieron entre ellos en algunas ocasiones.

Este esquema, de hecho, se mantendría durante casi toda la conferencia de Yalta, de forma que cada vez que fuese necesario se repetirían estas tres reuniones.

Los militares decidieron que la presidencia de sus reuniones sería rotatoria. Por otro lado, la composición de las delegaciones fue siempre prácticamente la misma:

Por Estados Unidos, el almirante William Leahy y el también almirente Ernest Joseph King; el vicealmirante Edward William Cooke, y los generales Marshall, Lawrence S. Kuter, John Deane, Harold R. Bull, John E. Hull, Frederick Anderson y A. J. McFarland.

Por la URSS, el almirante Nikolai Kutnetsov, el vicealmirante Stepan Kucherov, el mariscal Sergei Khudyakov, el general Alexei Antonov y el comandante Milhail Illitch Kostrinsky.

Por los británicos, el mariscal Alan Francis Brooke, el también mariscal Charles Portal, el jefe del staff de la Marina Andrew Cunningham, el general Harold Alexander, el general Hasting Lionel Ismay y el vicealmirante Ernest Rusell Archer.

Curraban de intérpretes el capitán Hugh Lunghi (británico); el capitán Henry Ware, estadounidense; el teniente Joseph Chase, estadounidense; y Milhail Milhailovitch Potrubach, oficial del Comisariado del Pueblo para las Relaciones Exteriores de la URSS.

La discusión tuvo un largo periodo de inicio dedicado al repaso de los efectivos, sobre todo de artillería, que se estaban poniendo en juego en ambos frentes. Una vez terminada la fase vamos a contar cañones, se pasó al asunto verdaderamente crucial, que eran los contactos entre el comandante del frente occidental, Dwight Eisenhower, y el del oriental, mariscal Alexandr Milhailovitch Vassilievsky. Tras la sesión del día anterior, en la que el propio Stalin se había mostrado generoso en este punto y había mostrado su proclividad a que ambos comandantes pudiesen coordinarse sin necesidad de autorizaciones por arriba, los estadounidenses esperaban que aquello pasara sin más. Sin embargo, para su sorpresa se encontraron con una de las celadas preferidas por el camarada primer secretario general del Comité Central del PCUS, es decir: aquélla en la que él se mostraba políticamente generoso, pero sus inferiores se mostraban técnicamente intratables. Stalin, en efecfto, lo manejaba todo y, en sus momentos de pleno poder, en la URSS ni siquiera se tiraba de la cadena de un inodoro en Kazajstán sin que lo supiera; pero le gustaba quedar bien en según qué momentos y, además, consciente de que todo el mundo sabía que tenía el pleno mando, también le gustaba que sus inferiores se mostrasen dizque rebeldes con sus decisiones, porque así creía mostrar que en el ámbito soviético se respetaban las opiniones discrepantes.

Fue Antonov, concretamente, quien tomó la palabra para decir que eso de los contactos directos entre los dos comandantes era algo que había que pensar mejor. Los dos frentes, argumentó, todavía estaban demasiado distantes el uno del otro. Ni siquiera quiso apreciar la posibilidad de, cuando menos, establecer esa coordinación entre estados mayores en el frente sur, esto es, entre Alexander y el general Rodion Yakolvlevitch Malinovski, ya que éstos sí que estaban bastante cerca de darse un piquito.

Así las cosas, las discusiones principales de la mañana se refirieron al apoyo naval a las operaciones terrestres, el movimiento de tropas alemanas en Noruega, la utilización del apoyo aéreo y la fecha más probable para el fin de la guerra. Este punto fue introducido por Leahy cuando le preguntó a los soviéticos si compartían su propia opinión de que los alemanes no podrían sostenerse más allá del 1 de julio. Antonov respondió afirmando que sobre tanto el frente oriental como el occidental todavía pesaban muchas incertidumbres y que, en consecuencia, le resultaba totalmente imposible adelantar una fecha; es posible que interpretara la pregunta estadounidense como una forma ladina de explorar la situación real del frente oriental y, de hecho, es posible que así fuese. Los americanos, sobre todo Marshall, siguieron presionando en la misma dirección, argumentando que tener una estimación era vital para poder planificar la producción, sobre todo de armamento y barcos; en lo cual tenían razón. Antonov, finalmente, concedió, en frase galaica, que “el verano se puede considerar una fecha más probable, y el invierno menos”. Se acordó, pues, trabajar con la fecha del 1 de julio.

Por su parte, en el desayuno de ministros de Asuntos Exteriores, la URSS presentó la propuesta de Stalin de llamar oficialmente a la reunión Conferencia de Crimea, lo que recibió el apoyo de Eden y Stettinius. Luego hicieron muchos brindis, y tal.

El plenario se reunió a las cuatro. En la mesa se encontraban: Roosevelt, Stettinius, Hopkins, Leahy, James Byrnes (director de la Oficina de Movilización de EEUU), Harriman, H. Freeman Mathews (director de la Oficina Europea de la Secretaría de Estado americano), Alger Hiss (asesor de la Secretaría de Estado americana), Charles Bohlen, Stalin, Molotov, Vychinsky, Maisky, Gousev, Gromiko,Vladimir Nikolaievitch Pavlov, Churchill, Eden, Kerr, Alexander Cadogan (vicesecretario de Estado de Asuntos Exteriores británico), Edward Bridges (secretario del Gobierno británico), Gladwyn Jebb (jefe del Departamento de Reconstrucción británico), Pierson Dixon (secretario privado del Secretario de Estado británico de Asuntos Exteriores), el mariscal Henry Maitland Wilson, jefe de la misión británica en Washington; y el coronel Arthur Birse, segundo secretario de la embajada británica en Moscú, que actuaba en Yalta como intérprete personal de Churchill.

Este equipo fue, básicamente, el que siguió reuniéndose durante toda la conferencia.

El presidente, que como sabemos era Roosevelt por propuesta de Stalin, propuso que aquella sesión se dedicase, monográficamente, a discutir el futuro tratamiento que habría de recibir Alemania tras la guerra. “No creo”, dijo, “que sea operativo inicial una discusión universal, desde Dakar hasta Indochina”.

Aparte de constatar el problema que por lo general tenía FDR a la hora de distinguir el mundo del universo, vemos en este primer gesto del inquilino de la Casa Blanca un movimiento, probablemente pactado con Churchill. Delimitando la discusión a Alemania, trataban los occidentales de evitar que los soviéticos tuviesen herramientas de diversión sobre el tema fundamental a tratar: la reivindicación francesa de una zona de ocupación para ellos.

Nada más ponerse la cuestión sobre la mesa, el Stalin de Yalta, esto es, el del día anterior, brindando y haciendo concesiones, desapareció para dejar paso al Stalin de Teherán: frío, distante, defendiendo cada milímetro de sus posiciones. Como respuesta a la petición de sus aliados, planteó cuatro cuestiones:

¿Qué forma tomaría el desmembramiento de Alemania?
¿Los aliados establecerían un gobierno para toda Alemania, o cada zona establecería el suyo?
¿Cuáles serían, exactamente, los términos de la rendición incondicional de Alemania?
¿Qué reparaciones, y por qué valor, se le exigirían al país perdedor?

Inmediatamente después, recordó Stalin que el propio Roosevelt había propuesto en Teherán la partición de Alemania en cinco zonas: Prusia, amputada de Hannover, Sajonia y Leipzig, Hesse-Darmstadt, Hesse Kassel, el Rhin meridional y Baviera-Baden-Würtemberg, mientras que el canal de Kiel, el puerto de Hamburgo, la cuenca del Ruhr y el Sarre serían administrados por las Naciones Unidas.

Churchill consideró que la cuestión del desmembramiento era muy complicada, tanto que no se podía aspirar a resolverla en la conferencia. Para él, dijo, era más lógico designar un comité especial que se ocupase de la cuestión. Continuó diciendo que él, personalmente, no tenía ninguna idea preconcebida al respecto, salvo el principio general de que había que crear un Estado fuerte en el centro de Europa con capital en Viena. Por su parte, planteó sus propias cuestiones.

¿Debería la conferencia pronunciarse sobre qué territorios alemanes podrían ser eventualmente reservados para Polonia?

El Ruhr y el Sarre, ¿deberían ser un Estado independiente, estar bajo la dominación de Francia o estar bajo el control de una organización internacional durante un periodo largo?

¿Sería bueno trocear Prusia?

Terminó su intervención opinando que lo mejor que podía hacer la conferencia era consultar a los franceses, ya que éstos, dijo, eran los que conocían mejor los problemas derivados de cualesquiera proyectos de desmembramiento de Alemania.

Stalin, en todo caso, quería hablar de los términos de la rendición incondicional. Más en concreto, planteó la siguiente cuestión: si un grupo de alemanes decidiera colocarse frente a Hitler, se hiciera con el poder y aceptase la rendición incondicional, ¿le reservarían los aliados el trato amigable que había tenido Badoglio en Italia? Churchill le contestó que, en el caso de que ocurriese eso, los aliados deberían ser consultados inmediatamente para definir si ese nuevo grupo de poder era de confianza para negociar una rendición incondicional que, opinó, era imposible de plantear mientras los interlocutores fuesen criminales de guerra (práctica que se mantendría cuando Hitler se suicidó y Dönitz tomó el poder).

En esos primeros minutos del plenario de Yalta, pues, ya quedó claro cuál iba a ser una de sus debilidades: el desorden de los debates. Cada uno, básicamente, intervenía para hablar de lo suyo, ante la generosidad de un presidente que o no quiso o no supo oficial de moderador. Echadle un vistazo a los debates de La Sexta y tratar de imaginar que esos pollos y gallinas estuvieran discutiendo el futuro del mundo; os haréis una idea. 

En estas condiciones, orillar los temas complicados estaba chupado. Si alguien te decía dónde vas, tú preparabas tranquilamente tu manzanas llevo mientras el intérprete hacía su trabajo, para luego derivar la conversación por donde te interesaba. Todo eso tenía que haberlo cortado una persona; pero esa persona, sea porque estaba casi a las puertas de la muerte, sea porque su buenismo esencial lo llevaba a considerar que todas las opiniones tienen derecho a ser expresadas (lo cual es cierto; pero dentro de un orden creativo), no hizo gran cosa por parar aquella verborrea en la que se estaba jugando el futuro del mundo.

Sea como sea (o, más bien, como consecuencia de las estrategias de los británicos), la conversación finalmente acabó bastante centrada en el tema de los franceses. Churchill, sabedor de que lo que iba a decir era la única forma de abrir aquella lata, propuso que Alemania fuese dividida en tres zonas y que, con posterioridad a dicha participación, fuesen los ingleses y los estadounidenses los que cediesen una parte de las suyas a los franceses.

Stalin, visiblemente irritado por un tema del que, claramente, no quería hablar (habituado como estaba a no tener que hablar de lo que no quería), retrucó afirmando que Francia no sería el único Estado que reclamaría una parte de la finca. Además, recordó, una vez que Francia tenga una parte de los territorios ocupados, querrá participar en el mecanismo de control que tendremos que montar. “Yo”, terminó, “no les niego a ustedes su voluntad de reconocerles a franceses, belgas y holandeses su labor en sus responsabilidades de ocupación; pero me niego en redondo a dejarles formar parte del mecanismo de control de dicha ocupación”.

En ese momento, por cierto, Stalin tuvo un lapsus. Vino a decir algo así como: ¿qué pensarían mis amigos estadounidenses e ingleses si la URSS hiciera lo mismo reclamando los mismos derechos para naciones de su entorno? Lo cierto es que, en el momento en que dijo eso, la URSS no tenía entorno, salvo, lógicamente, las repúblicas que formaban parte de la propia URSS. Tanto Roosevelt como Churchill perdieron una ocasión de oro para preguntarle al mariscal en qué naciones estaba pensando; muy particularmente, si estaba pensando en Polonia. Pero no supieron. O no quisieron. Al gusto del lector.

Churchill, sin embargo, siguió con lo suyo: los franceses conocían Alemania. Los soldados estadounidenses, muy particularmente, no iban a ocupar el país durante toda la vida. Algún día tendrían que volver a vender cow brisket en cualquier carnicería de Dallas. Era necesario, dijo, que los franceses incrementasen sus efectivos de ocupación.

Stalin cogió al vuelo el frisbee; se volvió a Roosevelt y le preguntó: “¿cuánto tiempo espera el presidente mantener sus tropas en Alemania?”

Roosevelt contestó: estaba totalmente confiado de que el Congreso le aportaría su total colaboración en el asunto de la paz. Pero no en el mantenimiento de las tropas en Europa. No creía que pudiera pasar de dos años, at best.

Consecuentemente, Churchill contraatacó con su petición, y Stalin buscó la trinchera más segura: “será”, dijo, “una cesión, pero no el reconocimiento de un derecho. Me opongo frontalmente a que Francia forme parte de la Comisión de Control Interaliada. No tiene ningún derecho, como no lo tiene Polonia, como no lo tiene Yugoslavia; ¿dónde están los combates que han librado?”

“No olviden”, continuó Stalin, que claramente se había preparado la lección, “que ellos le abrieron las puertas al enemigo. Ni la URSS ni Gran Bretaña tendrían hoy las pérdidas que tienen si los franceses hubieran tomado la resolución de resistir. El control y la administración de Alemania no debe ser sino para las naciones que se han opuesto a Alemania desde el principio. Además, Francia ahora mismo tiene ocho divisiones; Lublin [el gobierno prosoviético polaco] tiene nueve.”

Nadie, tras aquel parlamento, se atrevió a preguntarle al camarada primer secretario general del PCUS qué era, exactamente, lo que entendía por “desde el principio”. Porque es que da la casualidad de que cuando Reino Unido le declaró la guerra a Alemania, ésta tenía un pacto firmado con la URSS que todavía fue efectivo unos mesecitos. Pero creo que el lector ya se habrá dado cuenta en este punto de que ni Churchill ni, sobre todo, Roosevelt, estaban por la labor de cabrear al Tío Pepe.

Harriman, aunque sólo fuese para sí, se otorgó unos segundos de gloria. Se inclinó hacia la silla de ruedas de su commander in chief, acercó sus labios a su oreja, y musitó: I told you. Te lo dije. Porque Harriman, efectivamente, era el único pobre loco que, desde la embajada de Moscú, llevaba meses bramando frente a una administración de bambis que Stalin no era quién ellos querían creer que era y que, muy particularmente, nunca aceptaría darle a Francia otro trato que el de nación vencida.

Quien, sin embargo, no se amilanó, fue Churchill. El primer ministro británico tenía una imagen más precisa de quién era Stalin, así pues probablemente estaba mucho más preparado para una reacción así de lo que lo estaban todos los estadounidenses (muy particularmente Hopkins, la auténtica Rita Irasema de aquella conferencia). “Admitir que Francia ocupe una zona sin darle espacio en la Comisión de Control”, dijo, “sería una humillación innecesaria y, sobre todo, una fuente permanente de conflictos”. “Usted olvida, mariscal”, continuó, “que Francia es el principal vecino de Alemania; no es posible regular los asuntos europeos sin su concurso”.

Stalin sonrió. En ese momento, yo por lo menos lo tengo por seguro, se dio cuenta de que aquello era una discusión entre él y Churchill. Por eso decidió ponerle a él mismo en cuestión.

“Los Tres Grandes”, dijo, “deberían crear un club cerrado en el que sólo se pudiese entrar si se tuviesen cinco millones de soldados”.

“Tres”, corrigió Churchill. Ahí estaba la provocación, en efecto; porque Gran Bretaña no podía ni soñar con movilizar a cinco millones de ciudadanos en una guerra.

En ese momento de distensión (todos rieron), Hopkins le pasó una nota a Roosevelt en la que, sucintamente, le proponía: aceptar la zona de ocupación francesa y dejar el tema de su presencia en la Comisión para más adelante. Roosevelt, que se habría cortado la oreja izquierda y se la habría metido por el ano si Hopkins le dijera que es lo que había que hacer, no perdió ni un segundo en hacer dicha propuesta. Esta vez fue Eden quien habló (tal vez porque a Churchill la cosa le cogió demasiado cabreado). Argumentó el ministro británico, con razón, que eso de otorgarle a alguien una zona de ocupación pero al tiempo decirle que el cómo de dicha ocupación se decidiría en un despacho en el que no podría entrar era, además de humillante, ilógico. Cuando Stalin contestó que la lógica venía de que los franceses dependerían de aquella potencia que les otorgase el territorio, Eden contestó que un esquema en el cual los franceses estuvieran a las órdenes de los ingleses era implanteable (lo es).

Aun así, con el apoyo soviético y estadounidense, la propuesta Roosevelt-Hopkins prevaleció.

Entonces se pasó a la discusión de las reparaciones. Fue Maisky quien presentó el estudio sobre los daños provocados. Las conclusiones del mismo proponían un duro plan de reparaciones.

Durante dos años, serían embargadas las factorías, la maquinaria pesada, la máquina-herramienta, los stocks de material circulante y las inversiones alemanas en el extranjero. Además, durante diez años, se impondrían obligaciones de pago, bien en materias primas, bien en bienes manufacturados. Esto suponía reducir un 80% la industria pesada alemana, internacionalizar todas las empresas que habían trabajado para el esfuerzo bélico, establecer un control estricto sobre toda la producción industrial, y prohibir a Alemania toda producción de municiones y petróleo sintético. Por supuesto, toda la industria militar sería cerrada.

En total, Maisky consideraba que las indemnizaciones totales de las que era responsable Alemania llegaban a los 10.000 millones de dólares, unos 1.000 millones anuales por lo tanto.

Tras la intervención de los rusos, que los occidentales probablemente esperaban casi en sus términos literales, intervino Churchill para decir dos cosas: una, que por muchas devastaciones que había sufrido la URSS, no era la única que había experimentado daños. Estaban también Gran Bretaña, Francia, Bélgica, los Países Bajos y Noruega. La segunda, recordó el tratado de Versalles, que los alemanes conocían (y conocen) como diktat de Versalles. ¿No sería mejor, dijo, aprender de las pasadas experiencias?

“Cuando se quiere que un caballo tire de un carro”, dijo, probablemente tratando de entrar en el terreno de las metáforas animales de que las que Stalin era tan amigo, “lo que se hace es darle forraje”.

Acto seguido, por supuesto, y para evitar el naufragio de la conferencia, propuso que el tema fuese estudiado por una comisión especial que, dijo, tendría su sede en Moscú.

Esta vez Roosevelt sí que estuvo del lado de los británicos casi sin ambages. Estados Unidos, dijo en su intervención, no quería reeditar el problema que habían supuesto las reparaciones de guerra tras la Gran Guerra. Washington no reclamaba reparación alguna: ni en mano de obra, ni en bienes de equipo, ni en factorías, ni en nada. A pesar de este principio general, reconoció que estaba dándole vueltas a un decreto por el que nacionalizaría intereses alemanes en su país. Pero, añadió, “no podemos matar al pueblo alemán”. Buscando un punto medio que aplacase las obvias (y comprensibles) pulsiones vengativas de los soviéticos, sentenció finalmente que “los estadounidenses queremos una Alemania viva, pero no con un nivel de vida superior al de los soviéticos”. Algo que, sin embargo, finalmente no se cumplió.

Maisky contraatacó. 10.000 millones de dólares, argumentó con frío sarcasmo, no son nada más que el 10% del presupuesto estadounidense; insinuando, de esa manera, que para Estados Unidos era muy fácil considerar que era una cifra que se podía pasar por alto (aunque, claro, los Estados Unidos tampoco tenían la culpa de que los zares hubieran dejado un país semifeudal, y que los revolucionarios lo estuvieran haciendo, ya en aquel tiempo, como el culo). “Nosotros”, continuó, “también tenemos el objetivo de que los alemanes no tengan un nivel de vida superior al de la Europa Central” (obsérvese el detalle de que los soviéticos ya no hablaban sólo en nombre de la URSS). “Pero las dudas sobre la viabilidad de Alemania”, continuó, “son absurdas: ellos podrán desarrollar su industria ligera y su agricultura sin problemas”.

Stalin escuchó todo ese rato a Maisky, hemos de suponer que repasando mentalmente si seguía al pie de la letra el guión que habían trabajado (porque en Yalta ninguno de los miembros soviéticos de la mesa se tomaba siquiera un Fortasec sin que el camarada primer secretario general del Comité Central del PCUS lo hubiese aprobado); e intervino, únicamente, para dejar su cagadita antigabacha y añadir, para mi gusto con cierta base, que le negaba a Francia cualquier derecho prioritario a reclamar reparación. Tal y como probablemente había previsto el georgiano, su frase provocó un nuevo catch entre soviéticos y británicos.

Finalmente, el acuerdo tomado fue crear la Comisión de las Reparaciones en Moscú; Stalin, en todo caso, se llevó el gato al agua porque la comisión estaría creada sólo por las tres grandes potencias aliadas. A cambio, los soviéticos admitieron que los famosos 10.000 millones de dólares eran sólo una cifra de base para el estudio.

Finalizada la sesión, a las ocho menos cuarto, y cuando se abrieron las puertas para dejar entrar a fotógrafos y camarógrafos, entró con ellos Norris Houghton, quien percibió un giro copernicano en en el ambiente. Si el día anterior, dijo, era distendido y solemne, esta vez apreció caras más tensas y muchas personas mirando a otras de reojo.

Los estadounidenses, de hecho, pasaron toda la cena discutiendo entre ellos teorías sobre por qué, en apenas un día, Stalin, Molotov y sobre todo Antonov habían cambiado tanto de carácter, para mostrarse más nerviosos y difíciles. Asimismo, comentaron, con no muy buenas palabras, la cerrada defensa que los británicos hacían en todo momento de los derechos de los franceses, algo que reputaban un serio obstáculo para el buen fin de los diálogos.