lunes, febrero 12, 2018

Isabel (14: esos tocapelotas llamados presbiterianos)

Atenta la compañía con:


Devereaux estaba para entonces en contacto regular con Enrique IV. En realidad, llevaba trabajándose este contacto desde antes que las tropas inglesas de ayuda cruzasen el Canal. Asimismo, también cortejó al señor de Beauvoir-la-Nocle, Jean de la Fin, embajador francés en la Corte inglesa. Una vez trabajados los apoyos franceses, comenzó a presionar a la propia reina para que le dejase ir a pelear a Francia. En noviembre de 1590 un noble francés, el vizconde Turenne, que estaba al frente de la cámara del rey, recaló en Londres tras un tour por Europa Central para alquilar mercenarios. En ese momento, Essex redobló sus esfuerzos para ser considerado como un soldado eficaz para la causa. Probablemente había pensado que el día de la celebración del reinado de Isabel sería el mejor teatro para sus intenciones, y es por eso que apareció ante ella ricamente enjaezado con una armadura engastada de perlas. No le sirvió todo lo que pensaba.


Aquel día, según las crónicas, la volubilidad de la reina, o tal vez su calculada indiferencia hacia lo que no quería valorar en público, se dirigió no hacia Devereaux, sino hacia Aletheia, ahijada suya e hija de lord Talbot y Mary Cavendish. Essex, hay que decirlo, había gastado un fortunón en toda su parafernalia como posible comandante de las tropas británicas en Francia; sin ir más lejos, alojar a cuerpo de rey a Turenne le había obligado incluso a vender tierras que llevaban más de un siglo en poder de su familia. Isabel, sin embargo, le pagó haciéndole cucamonas a una niña de seis años y cruzando apenas un par de miradas furtivas con él.

La cosa es que, según todos los indicios, pocas jornadas antes del Accession Day, Isabel había sido informada del matrimonio secreto de Essex. Se enteró de puta casualidad por un comentario que le hicieron sobre otra cosa y que afectaba a Frances Walsingham, a la cual se refirió su interlocutor como condesa de Essex.

Cuando Essex supo que la reina sabía, trató de enderezar la cosa jurándole a Isabel que su mujer viviría con su madre, muy lejos de Londres. El tema funcionó, cuando menos parcialmente, pues la reina pareció recuperar algo de su proclividad hacia su compañero de cartas.

En todo caso, el tema de Essex era también el tema de Francia, y éste es un asunto en el que Isabel tenía que pensar mucho. Con las Provincias Unidas ya tenía sobrada experiencia de las consecuencias que traía aliarse con la causa protestante continental, y no todas eran buenas. Alguna, de hecho, era muy mala. Aunque los holandeses no son los franceses y por lo tanto ayudando a Enrique apenas se corría peligro de que el comandante inglés fuese promovido a la jefatura política (como ocurrió con Leicester en Holanda), el asunto no dejaba de presentar molestas aristas. Pero, por otra parte, Inglaterra, como potencia obrante en el teatro europeo, no podía permanecer totalmente ajena a los hechos, ni perder la oportunidad de apostar para ganar nada menos que a Francia para la causa anticatólica.

Estuvo la reina meses discutiendo y leyendo informes hasta que, por fin, decidió que tendría que dar un paso adelante y enviar ayuda militar a Francia. Llamó a su seno a De la Fin y le informó de que Londres apoyaría una acción lo más relámpago posible que sirviera para derrotar a la Liga y sacar a los españoles de Francia. Sin embargo, ni ella ni sus consejeros eran tontos y sabían que el diseño de una acción relámpago era poco menos que imposible, y que la mayoría de las apuestas apuntaban a que Inglaterra acabaría enfangada (literalmente) en un conflicto de años.

Para evitar o cuando menos minimizar los efectos negativos de ello, Isabel decidió que el apoyo que prestarían las tropas inglesas era el de lo que hoy llamaríamos un ejército de reserva, invocable para el campo de batalla sólo en casos excepcionales y de gran necesidad. La reina de Inglaterra no podía olvidar, además, que los objetivos de Enrique el Chistorras y de ella misma no eran exactamente los mismos. Al francés lo que le importaba era París, y, estratégicamente hablando, a los ingleses lo que más les interesaba era cortocircuitar los planes militares de los españoles en la costa y, consecuente, mantener impoluto su control sobre el Canal. Por eso se empeñó en dejarle claro al embajador que su principal objetivo era liberar Normandía del yugo de los Guisa.

En abril de 1591, Isabel echó mano del fogoso (y ambicioso) sir John Norris, y lo envió a la Bretaña francesa con 3.000 soldados, a echar una mano. Prueba de que no quería una implicación muy fuerte es que la mitad de esa tropa eran holandeses. De ese total de soldados, una compañía de 600 fue separada, colocada bajo el mando de sir Roger Williams, y utilizada para asistir a Enrique en cualquier situación. Por lo tanto, la ayuda incondicional que Isabel le daba al rey francés era la quinta parte del total de una ayuda que, por otra parte, tampoco era como para tirar cohetes.

Poco tiempo después de enviar las tropas, Enrique tomó Chartres, e Isabel le envió una carta en la que le urgía para que se dirigiese a Rouen antes de que Parma pudiera llegar ahí; como se ve, su obsesión era asegurar Normandía porque, literalmente, un escenario en el que Enrique recuperase París y la corona francesa indiscutida, pero en la que los católicos conservasen puestos en Normandía, no digamos en la costa, no le servía de nada.

Para convencer a Enrique de que hiciera lo que ella quería, le ofreció 3.400 soldados más y pasta para pagar dos meses de soldada.

La consecuencia de todo ello es que en Londres se comenzó a hablar de “la expedición de Rouen”, lo cual hizo que Essex entrase en modo excitado. Él tenía que liderar esas tropas. Lord Willoughby, el exitoso militar que había abierto la lata de Dieppe, estaba viejo y achacoso y, la verdad, cuando Essex fue a verle y le insinuó su candidatura no hizo sino abrazarla, pues probablemente hubiera preferido introducirse un melón de Villaconejos por el orto antes de volver a liderar otra expedición y tener que vivir en el campo, siempre mojado, siempre alerta, durmiendo a salto de mata.

Para Isabel, sin embargo, la decisión no era tan fácil. Ella sabía que su estrecho entourage de gobierno estaba hecho, como todos, de un delicado equilibrio entre figuras básicamente proclives a sacarse los ojos entre ellas (el famoso ¡cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!, de Romanones); y temía que darle el mando a Essex en la expedición fuese a desequilibrar ese frágil juego de contrapesos (algo que, por otra parte, era exactamente lo que buscaba Essex). Muy en concreto, la reina tenía claro que, a la vuelta de una misión tan importante, para ella no sería posible mantener a Essex fuera de su Consejo Privado, y eso suponía meter un gato más en una gatera que ya estaba bastante revolucionada. Se dice, pero no está claro que sea cierto, que Essex llegó a permanecer más de dos horas de rodillas pidiéndole la prez del mando a su reina hasta que esta, finalmente, cedió. Lo más probable es que fuesen Burghley y Hatton quienes la convencieran.

El 25 de junio, por fin, Isabel accedió a nombrar a Essex teniente general de las tropas inglesas en Francia. Aunque puso una condición. Algún tiempo antes, el desconocido espía español y embajador inglés en París sir Edward Stafford había sido sustituido en el puesto por sir Henry Unton, un hombre de Hatton, a quien se le fijó, como misión principal, ser el consejero de Essex. Unton debería revisar cada decisión de Essex y elaborar informes sistemáticos que debería enviar a Burghley. Como misión principal, el nuevo embajador inglés debería cerciorarse de que las tropas inglesas eran desplegadas detrás de los hugonotes franceses y, muy particularmente, que Devereaux no se embarcaba ni dejaba embarcar en acciones heroicas de gran riesgo. Para asistirlo en su labor, Unton contaría con sir Thomas Leighton, un curtido militar que hablaba francés.

La reina, de hecho, dejó claro en sus instrucciones a Essex que venía obligado a consultárselo todo a Leighton. Bajo ninguna circunstancia, dejó claro, Essex tomaría decisiones por sí mismo. Además, le escribió una carta al propio Enrique en la que le decía que el teniente general de sus tropas le podría prestar grandes servicios, pero siempre y cuando se le vigilase bien en sus decisiones.

Dejemos a Essex camino de Francia y centrémonos, por un momento, en el hombre extraordinariamente viejo (71 años, que se dice pronto) que sonrió de medio lado cuando recibió la noticia de la partida. El hombre que más había hecho por la candidatura de Essex, esto es, por llevarse bien con él y ganarlo para su partido: Burghley.

El sempiterno gobernante del día a día de la Inglaterra isabelina, el arriesgado muñidor de la celada que había llevado a la tumba a María, reina de los escoceses, se sentía mayor; muy viejo. En realidad, su agenda del momento más se definía por los largos periodos que pasaba en casa sufriendo de gota que por sus actos de gobierno. Burghley no era eso que hoy llamamos un tecnócrata, esto es, un hombre que sabe que está ahí por sí mismo y que, por lo tanto, cuando se marche deberá dejar su sitio a otro como él. Él era un hombre parte tecnócrata parte noble, y por eso tenía la ambición de dejarle, cuando menos, parte del chiringuito a su hijo Robert. Por eso apoyó las ambiciones de Devereaux en Francia; para ganar un sólido apoyo en su favor.

Robert, su hijo, tenía 28 años, y Burghley ambicionaba para él el puesto de Walsingham. Estaba casado con una ahijada de la reina, Elisabeth Brooke, hija de lord y lady Cobham, una familia desde hacía tiempo estrechamente aliada a Burghley y que tenía acceso al Consejo Privado de la reina.

La cosa funcionó. El 2 de agosto de aquel año, inmediatamente después de abandonar Nonsuch, Isabel admitió a Robert Cecil en su Consejo Privado.

Los problemas que le pudieran traer a la reina (y a Inglaterra) las correrías inglesas por Francia no eran, en todo caso, los únicos que se le presentaban al Estado. Sabemos por una carta de julio de 1590, un año antes de lo de Francia pues, que Isabel ya estaba plenamente al tanto de la existencia dentro de Inglaterra de una secta protestante dentro de los protestantes. Eran personas muy bien organizadas que se hacían llamar a sí mismas presbiterianos. Entre otras cosas, los presbiterianos estaban en contra del orden protestante establecido por la reina, ya que estaban a favor de una regla radicalmente calvinista. En su opinión, la segunda generación de calvinistas, esto es la que había sido educada por Theodore Beza, había traicionado a la primera, y estaba cada día más alejada de la monarquía deseada por Dios.

Creían los presbiterianos que la Iglesia debía gobernarse de una forma seudodemocrática por pastores, doctores y ancianos sabios elegidos por las propias congregaciones y que, por lo tanto, todos los ministros de Dios tenían la misma categoría jerárquica. Por lo tanto, para ellos el carácter que confería el anglicanismo (y confiere) a la reina como “máxima autoridad de la Iglesia” era algo que no tenía lógica alguna. Sin embargo, desde 1559 el denominado Religious Settlement, o constitución religiosa que regía en Inglaterra, así lo establecía. Tanto la reina como sus partidarios temían que en el fondo de la oposición presbiteriana, que originalmente lo era de orden teológico, latiese una oposición social. Si la reina no es la cabeza de la Iglesia, ¿por qué no cuestionarse si tal vez no es ni siquiera la cabeza del Estado?

La Corte, además, sabía bien que el Religious Settlement no había sido, ni de coña, un documento fácil de hacer adoptar. El Parlamento lo había estudiado y aprobado a causa de la intensísima presión de Burghley y sus terminales; y en la Cámara de los Lores había pasado por tres putos votos. Incluso con el documento vigente, las cosas habían sido difíciles. Años atrás, cuando algunos pastores y obispos protestantes de tendencias radicales habían abogado por una radical iconoclastia, Isabel había implantado ostensiblemente en su capilla privada, cosa que fue de público conocimiento, el crucifijo.

Fuera como fuera, Isabel cada vez era más consciente de que la labor de su padre, Enrique VIII, había quedado inconclusa. Tanto el rey como después su hija habían creído que con la violenta purga que siguió a la fundación del anglicanismo, la construcción de una iglesia nacional-monárquica de plena obediencia al rey era un hecho. Ahora, sin embargo, cada vez se daba más cuenta de que no era así. En puridad, ella misma era la culpable. Buena parte de la inquina que había hecho socialmente posible la ejecución de María, reina de las escoceses, y de otras muchas violencias y discriminaciones en contra de los católicos ingleses (de los irlandeses ya ni hablamos , pues para los ingleses eran untermenschen), había sido posible gracias a la radicalización protestante liderada por Burghley y sus hombres. Pero, claro, el sueño del fanatismo produce monstruos o, por citar a José María Aznar (ejem), cuando te alías con los de la pancarta, sabes cómo y cuándo empiezas, pero no puedes saber ni cómo ni cuándo vas a acabar. El anglicanismo oficial se apoyó sólidamente en radicales protestantes que se hubieran lanzado convertidos en antorchas humanas sobre el Vaticano si la Inglaterra renacentista hubiese tenido aviones y su reina se lo hubiese pedido. Pero, claro, tipos que llegan a pensar así es normal que sigan el recorrido del pensamiento hacia terrenos menos interesantes para el poder, albergando ideas cada vez más y más problemáticas.

El primero que planteó el problema presbiteriano, más o menos unos diez años antes de que Isabel decidiese meterle mano, fue Hatton. En 1577, cuando comenzaba su carrera incipiente en la Corte, advirtió de que Edmund Grindal, que acababa de ser nombrado arzobispo de Canterbury, era en realidad un radical presbiteriano. El anuncio tenía su miga, pues teniendo en cuenta el peculiar sistema espiritual-temporal que había heredado Inglaterra de Enrique VIII, Grindal había sido nombrado por la propia reina para la gobernación de la Iglesia anglicana. Grindal, en este sentido, montó unas lecturas bíblicas periódicas, donde absolutamente todo el mundo era aceptado en igualdad de condiciones, que venían seguidas de debates donde era habitual que el personal pusiera a parir a la Iglesia oficial por los males habituales (excesivo gusto por las riquezas, distancia respecto de los pobres, etc.)

Rápidamente, la Corona reputó aquellas reuniones de ilegales. De las críticas a las mismas fue, precisamente, de donde salió el vocablo puritano, pronunciado como un insulto (aunque ellos, en ese momento, solían llamarse más a menudo prophesyings). Por dos veces, Isabel llamó a Grindal a su cámara y le conminó a dejar de realizar esas reuniones. Cuando el bravo calvinista se negó, la reina lo expulsó de su presencia. Grindal, como respuesta, le envió una carta en la que renovaba su amor y disciplina por la persona de la reina pero, al tiempo, le recordaba que, aun vestida con ricos ropajes, no dejaba de ser una mujer más, y le recomendaba que dejase los temas religiosos para los que verdaderamente sabían de la materia. La carta de Grindal, de alguna manera, nos puede servir a los ajenos a estas realidades un poco como catecismo o manifiesto fundacional del puritanismo, elevado a estos dos conceptos combinados de profesar fidelidad al orden temporal, pero manteniendo una rebeldía espiritual dirigida por aquellos pastores que las propias ovejas han elegido para que les pastoreen. Isabel, a pesar de que Burghley y Leicester eran partidarios de dejar el tema más o menos como estaba, acabó suspendiendo al obispo rebelde, y declarando ilegales aquellas reuniones.