sábado, febrero 03, 2018

Yalta (8: más Polonia)

La sesión del miércoles 7 de febrero comenzó con un gesto de buena voluntad. Un cablegrama llegado de Washington anunció que el antiguo embajador de la URSS en Washington, destinado entonces en ciudad de México, Konstantin Oumansky, había encontrado la muerte en un accidente de avión. La delegación estadounidense, además de presentar sus condolencias a Stalin, ofreció un avión estadounidense para poder repatriar los restos del embajador lo antes posible. Los soviéticos agradecieron cálidamente el gesto.

Pero eso fue todo lo bueno que tuvo el día.


Los ministros de Exteriores se reunieron para almorzar, pero apenas hicieron brindis. El tiempo del buenrollismo estaba pasando rápidamente. Al inicio de la reunión, Viacheslav Molotov, haciendo hilo con la postura que ya conocemos de su camarada primer secretaria general del Comité Central, declaró casi sin interés que no había podido elaborar propuesta alguna sobre el tema del sistema de voto en el seno de la ONU. Luego se pasó, no con mucho más éxito, al asunto del desmembramiento de Alemania. Molotov sugirió que se estableciese una Comisión en Londres formada por Eden, John Winant (el embajador USA) y Fedor Gusev para discutir el tema antes de que llegase a la denominada Comisión Consultiva Europea, a causa de que Eden ya había advertido de que en dicha Comisión Francia podría participar en plano de igualdad. Una vez más, las posiciones estuvieron tan encontradas que apenas encontraron puntos medios: se acordó proponer al plenario un informe que aceptaba la participación de Francia en la ocupación, pero aplazaba a un acuerdo futuro entre las tres potencias la definición del papel de Francia en la Comisión de Control.

Luego, las indemnizaciones. Molotov presentó un nuevo informe que, de nuevo, defendía la idea de que dichas reparaciones deberían ser percibidas primero por los países que habían llevado el mayor peso de la guerra. Se establecía el volumen de pagos, tanto en dinero como en otras formas, en 20.000 millones de dólares: 10.000 para la URSS, 8.000 para las otras dos grandes potencias y 2.000 para todos los demás. Puesto que tanto Eden como Stettinius respondieron que tenían que estudiar el informe más a fondo, el tema quedó pendiente para el plenario.

Así las cosas, la reunión de los hermanos mayores comenzó a las cuatro de la tarde, en Livadia. Y comenzó con una sorpresa: de forma totalmente inesperada, los rusos comenzaron su primera intervención anunciando que habían decidido aceptar completamente la propuesta de Roosevelt sobre el funcionamiento del Consejo de Seguridad de la ONU. Eso sí, Molotov pidió a cambio un sitial para la URSS y tres más para Ucrania, Bielorrusia y Lituania, con la excusa de que habían sido los principales sufridores en la guerra, y porque en aquel momento todavía eran Estados formalmente autónomos con su propio ministro de Asuntos Exteriores. Molotov sugirió, de hecho, que darles este estatus a estas naciones venía a ser lo mismo que el que la URSS concedía a países como Canadá o Australia.

A pesar de lo bien armado de la estrategia de los soviéticos, no coló. Roosevelt se dio cuenta desde el primer momento de que Stalin, conscientemente, le planteaba un reto que no podía cumplir: regresar a Washington habiéndole dado a la URSS cuatro votos en la ONU (más, probablemente, derecho de veto) y llamarle a eso un pacto exitoso. Sin embargo, como otras muchas veces en aquella conferencia, y en su vida como presidente, se dejó llevar por el buenismo, se quiso convencer de que era más lo que ganaba que lo que perdía (repetimos: pensaba que en una cesión voluntaria de Stalin estaba ganando él), y saludó la decisión con las mejores palabras. Los Estados Unidos, dijo, que tenían una sola lengua (sic) y un solo ministro de Asuntos Exteriores, debían entender que otros Estados, como la URSS o la Gran Bretaña, estuviesen organizados de otra manera.

Churchill, comme d'habitude, no fue tan entusiasta como su camarada de la avenida Pensilvania. Respondió con el típico argumento de que la propuesta debía considerarse detenidamente para, a continuación, desmontar el símil de Molotov con Canadá y Austrialia. Había citado el ministro de Exteriores soviéticos dos países, dijo Churchill, que llevaban décadas gobernándose por sí mismos y teniendo un papel en el entorno internacional absolutamente propio, por no mencionar que habían entrado en la guerra del lado de Londres. Por lo tanto, su independencia estaba fuera de toda duda, y ya no dijo más, para no tener que afirmar que la de los países soviéticos sí que estaba en fuerte duda.

El primer ministro británico, además, mostró sus reticencias hacia la propuesta que había hecho Roosevelt, embebido de optimismo, de hacer la primera reunión de las Naciones Unidas en apenas unas semanas, en marzo, fundamentalmente porque todavía se podría estar en plena guerra.

Hopkins le pasó en ese momento una nota a Roosevelt, en la que le decía que le daba la impresión de que Churchill tenía motivaciones que los estadounidenses desconocían y que, tal vez, era mejor dejar correr el agua mientras no tuviesen mejor información.

Por ello, el presidente de la conferencia dejó que las discusiones derivasen por otros terrenos. Concretamente, se pasó a hablar de la situación de algunos países, fuertemente golpeados por la guerra, que necesitarían de gran ayuda. Roosevelt se refirió, más concretamente, a Holanda. Todo formaba parte de una estrategia. Hopkins le había pasado una segunda nota en la que le sugería al presidente que tal vez era el momento de “hablar del TVA”. Por TVA, el asesor del presidente entendía la Tennessee Valley Authority, una sociedad estadounidense famosa por afrontar trabajos gigantescos. Sin embargo, el diálogo en torno a lo que acabaría por conocerse como Plan Marshall naufragó en ese punto. Los británicos solicitaron un receso de diez minutos para prepararse, porque querían volver a hablar de Polonia.

Polonia, otra vez.

Al regreso a las discusiones, Cadogan tuvo que pasarle una nota a Churchill haciéndole saber que se había olvidado de subirse la bragueta después de haberse aliviado.

Comenzó Stalin, mostrándose contento y agradecido por la carta recibida del presidente Roosevelt la noche anterior. Informó de que había intentado hablar por teléfono con el gobierno de Varsovia, pero que no lo había conseguido.

Acto seguido, Molotov leyó una propuesta soviética con seis puntos que contestaba a esa carta:

* La línea Curzon representaría la frontera oriental de Polonia, aunque en algunos puntos dicho país ganaría terreno hasta ocho kilómetros.

  • La frontera occidental de Polonia quedaría marcada por Stettin al norte y seguiría la línea Oder-Niesse.
  • El gobierno provisional polaco (el de Varsovia) se veía reforzado por “algunas personalidades de entre los polacos emigrados”.
  • Así completado, dicho gobierno sería reconocido por las potencias.
  • Este gobierno llamaría a los polacos en cuanto fuera posible para que expresasen en un voto general su parecer sobre la composición de las instituciones del Estado.
  • Se formaría una comisión con Molotov, Harriman y Clark, que discutiría la ampliación del gobierno provisional y sometería a las tres potencias sus propuestas.

Tras hablar Molotov, el juego soviético quedaba claro: Stalin ofrecía un acuerdo sobre las Naciones Unidas, un acuerdo en el que su cesión era menor pues al fin y al cabo conservaba el derecho a veto (además de permitirse solicitar tres votos más que no le correspondían); y a cambio ofrecía a los aliados occidentales tragarse sus tesis sobre Polonia, con la única cesión comprobable de aceptar la línea Curzon; algo que, a la larga, le daba más o menos igual, porque su idea era dominar Polonia como país satélite. Su guinda era, claramente, la aceptación aliada conjunta del gobierno Bierut, bien que adornado con algunas bolas de colores.

Roosevelt, impostando su suave voz con una sonrisa, recibió con parabienes la propuesta soviética (hubiera hecho lo mismo si Molotov hubiera propuesto cortarle las gónadas e introducírselas por una oreja); y tan sólo se limitó a expresarse un tanto dubitativo ante la expresión “polacos emigrados”. Pero dijo que era una propuesta con la que se podía trabajar.

Churchill no fue tan moñas. Inmediatamente que habló, dejó claro que para él la expresión “emigrados” no era desde luego ni feliz ni exacta. Entiendo yo que para no tener que decir lo que realmente pensaba (o sea, que los polacos de Londres no habían emigrado, sino que se habían quedado sin país, y eso era algo en lo que la URSS había colaborado), tiró de Historia y dijo que esa expresión había ganado uso con la Revolución Francesa, pero que para los ingleses definía a aquella persona expulsada de su país por sus propios compatriotas. Proponía cambiarla por la expresión “polacos residentes provisionalmente en el extranjero”.

Luego se refirió al tema de la línea Oder-Niesse. No debemos, dijo, darle a Polonia más territorio del que va a poder administrar, “no sea”, dijo, “que acabémosle dando a los polacos tanta comida alemana que acaben teniendo una indigestión”. La propuesta, dijo Churchill, supondrá un deportamiento masivo de alemanes, algo que la opinión pública británica no aceptaría.

Stalin se limitó a comentar, fríamente, que “la mayoría de los alemanes de esas zonas han huido ya del Ejército Rojo”; pero Churchill no se bajó del burro y siguió opinando que Polonia no podría tener toda esa población bajo su administración.

La discusión subía de tono, y Roosevelt callaba. Había recibido dos notas, una de Hopkins y otra de Stettinius. La segunda de ellas planteaba la duda de si los países sentados en la mesa podían decidir por sí solos una frontera. La segunda, un clásico de Harry, le aconsejaba al presidente pasarle la patata a la reunión de ministros de Exteriores (esa misma que cada vez que se encontraba con un problema lo larga al plenario).

En fin, cuando Churchill dijo que era condición indispensable que los líderes democráticos de Polonia formasen parte de su gobierno, Roosevelt (que por cosas como ésta ha pasado a la Historia como campeón de la democracia) interrumpió para decir que mejor todos lo consultasen con la almohada y lo dejasen para el día siguiente.

Así que la discusión sobre Polonia se abandonó. Pero, vaya, fue como pasar del fuego a las brasas, porque eso no hizo sino colocar sobre la mesa el temita de la participación, o no, de Francia en la Comisión de Control de la Alemania ocupada. Molotov, encargado de informar de los resultados (por llamarlos de alguna manera) del almuerzo de ministros, repitió su teoría de que era perfectamente posible adjuricarle a Francia una zona de control, pero sin sentarla en la Comisión. Churchill respondió, bien que con otras palabras, que si finalmente se tomaba esta decisión los franceses no pararían de dar por culo.

Roosevelt opinó que era inútil someter esta cuestión a la Comisión Consultiva Europea, porque se produciría un empate: franceses y británicos de un lado, y soviéticos y estadounidenses del otro. Habría que estudiar el tema más a fondo; no contemplaba Roosevelt que Francia fuese admitida en el “club cerrado” de las potencias, pero también entendía que alguna salida había que darle. Como tenía por costumbre, una cosa y la contraria seguidas en la misma frase.

Tras casi cinco horas de sesión, el presidente la dio por terminada.

Los tres líderes cenaron cada uno en su palacio. Todos vieron a Stalin (y con él a toda la delegacióln soviética) más relajado que el día anterior. Pero quien realmente estaba excitado era Roosevelt. En puridad, la sesión del día 7 no había logrado una mierda de acuerdo; de hecho, si para algo había servido era para valorar lo encontradas que estaban las posiciones. Pero FDR estaba contento porque se sentía avalado para iniciar los trabajos para la primera reunión de la ONU. De hecho, esa misma noche estuvo discutiendo con Stettinius los nombres de los políticos en cuyas manos dejaría esa labor.

Discutiendo la propuesta de Stalin sobre los votos adicionales, Roosevelt y Stettinius estuvieron de acuerdo en que, probablemente, estaba provocada por la debilidad de la posición estalinista en Ucrania (que era cierta; pero si conociesen un poco más a su adversario, deberían haber imaginado que Stalin podría con ella), así como el intento de atraer al proyecto a los miembros del Politburó más escépticos (una vez más, FDR parecía desconocer el trato que Stalin le reservaba a los escépticos).


Como nota para la Historia, fue a las cinco de la tarde de aquel día cuando, tomando el té, se produjo una famosa anécdota de Stalin. Roosevelt le hablaba de un viaje que había hecho por Europa y, al relatarle su estancia en el Vaticano, le comentó lo impresionado que había quedado por la personalidad del Papa. “¿El Papa?”, preguntó Stalin; “pero, ¿cuántas divisiones tiene?”