martes, julio 18, 2017

La RAE, ese modelo de negocio

Anda el mundo hispano algo revolucionado desde que, hace unas horas, el académico Arturo Pérez-Reverte hiciera público en su cuenta de Twitter que la RAE va a aceptar el imperativo «iros» para la segunda persona del plural del verbo ir. Dijo Reverte, y aquí se le escapó un meconio de su viejo oficio de periodista, que la RAE es notario, no policía. Otrosí: si la gente lo dice, la RAE lo acepta.



Para empezar, el argumento es incompleto. La gente, sí, dice iros a tomar por saco. Pero también dice manteneros firmes a cualquier precio, o chuparos los dedos, que esto está de cine; y no por ello la RAE va a admitir estos usos como posibles o canónicos. Éste es un inquietante elemento de esta decisión aunque, en realidad, es la clave de todo. Ya llegaremos a ello en el momento de este post en el que descubramos quién es el asesino.

Pérez-Reverte, que se ha erigido, no sé si voluntariamente o por casualidad, en defensor de una medida polémica, ha esgrimido, como ya he dicho, el súper democrático argumento de que la RAE no hace sino lo que hace la gente, lo que habla y escribe la gente. Lo que pasa es que ese argumento es un tanto inquietante y, por qué no decirlo, discutible. Hace muy poco tiempo, la misma Real Academia la montó con uno de sus libritos normativos (subraya las palabras uno de: ahí está la clave) cuando decidió que la palabra «sólo», en uso adverbial, no se acentúa. Lo hizo a pesar de las cohortes de españoles que habían aprendido a tildarla en la escuela y que, de seguir la norma, habrían de cambiar sus usos. En ese momento, la verdad, a la RAE, y es de suponer que al señor Reverte de consuno, parece que le importó una mierda lo que la gente decía o escribía. Se erigió en eso que Reverte dice que no es (policía) y decretó: por este callejón no se deambula. Si quiere usted pasar, amable ciudadano, deje la tilde aquí mismo.

La cosa, pues, es: ¿por qué la RAE, en ocasiones, norma contra la costumbre y otras lo hace apoyándose en ella? ¿Es eso una actitud coherente?

Pues la verdad es que sí. Sí lo es. Pero lo es si vemos la RAE como lo que es, no como lo que dice que es. La RAE no es una institución que limpia, fija y da esplendor. La RAE es un modelo de negocio. De hecho es, probablemente, el modelo de negocio actualmente más exitoso del ámbito empresarial patrio.

Hace muchos, muchos años, cuando yo trabajaba en una empresa que estaba situada en el barrio de San Blas, me entretuve un mediodía que tuve que comer solo escuchando la conversación de la mesa de al lado. Los comensales eran todos marmolistas (la Almudena está cerca, por ahí son frecuentes los locales de fabricantes de lápidas); y, como tales, eran miembros de una asociación empresarial de marmolistas. Estaban preparando un golpe de Estado, así lo llamaban ellos mismos. Contaban con fruición votos: Genaro nos vota fijo, a Lupiáñez lo puedes convencer tú, que eres su primo, bla. Y, al parecer, casi les salían las cuentas. En el segundo plato ya estaban salivando de placer contándose los unos a los otros lo mucho que iban a disfrutar dirigiendo una asociación de marmolistas de mierda que, por lo que pude escuchar, apenas servía para otra cosa que para organizar, una vez al año, las fiestas de San Clemente, patrón de los marmolistas. Y, por lo que se pudo escuchar, también de los marmolillos.

La RAE es un poco así también. Lo que pasa es que en este caso cambiamos marmolistas por cultiparlantes o eso que llamamos intelectuales; lo cual se supone que le da nivel a la cosa, aunque ni modo. Decía Camilo José Cela, en frase que ya no aguanta los tiempos presentes de lucha denodada contra el heteropatriarcado, que la RAE es como Petrita la del tercero, porque todo el mundo dice que es muy fea, pero todo el mundo se la quiere tirar. Pero él, claro, se refiere al pequeño subconjunto de humanos a los que todo esto le importa un clítoris; o, mejor, clítorix, pues así es como lo escribía un académico.

A la característica de coto cerrado que genera la teórica habilidad necesaria para ser académico, es decir el conocimiento del idioma; y digo teórica porque académicos ha habido, y hay, que escribían como la rana; a la característica de coto cerrado de la RAE, decía, se une el hecho de que los académicos se eligen entre ellos, con lo que la docta institución lleva más de doscientos años con las ventanas cerradas y no ventila aunque la bombardeen. Este tipo de ambientillos recargados, en los que cuatro cafeses bien pagados valen más que el apoyo de toda la población residente en la provincia de Pontevedra, provocan la siempre difícil mecánica de las elecciones mayúsculas y minúsculas, y promueven actitudes tan poco edificantes como la que, tradicionalmente, ha guardado esa santa casa hacia la presencia de la mujer en sus pasillos.

Prácticamente cada generación de la cultura española tiene su nómina trífida de: académicos aceptados como tales por todos, académicos que fueron nombrados en flagrante escándalo, y personajes muy notorios, algunos de ellos de gran erudición y cultura, que siempre se quedan a las puestas de la Academia, sin entrar, normalmente por el pecado de tener coño o de, aun disponiendo de pene y glande en su azimut, no avenirse a adular a quien, como vulgar Richard Gere morfogramático, demanda: quiero que se me haga más la pelota. Y estas tres bandas de intelectuales, quédele claro al lector si no lo sabe, se han arrancado tradicionalmente los ojos como marmolistas.

La RAE ha sido, durante muchos años, una institución ajada y con las ventanas cerradas, en la que se dirimían peleas que le interesaban aproximadamente a 7 españoles de cada 100.000. En las últimas décadas, sin embargo, descubrió su Sangri-la, que no era otro que convertirse en un modelo de negocio.

En el mundo de la tecnología circula una historia que yo, la verdad, que con la tecnología tengo una relación de usuario mediocre, no puedo saber si es cierta. Dicen los que saben destripar un Autorun.exe que, en buena parte, los virus informáticos han sido creados por los fabricantes de soluciones antivirus. Como digo, no sé si es verdad, pero lo que sí sé es que como modelo de negocio está muy bien pensado: tomas un mercado que no tiene necesidad, le creas la necesidad, la necesidad se hace demanda, y entonces apareces con tu oferta. Corolario: te vendes a ti mismo la solución al problema que has creado, y hay un tipo por medio que lo paga todo.

Si en el mundo de la informática está por ver que las cosas sean así, en el de la lengua española es exactamente así. El modelo de negocio de la RAE pasa, precisamente, por crear normas nuevas. Por hacer ajustes en lo que queda limpio, fijado y esplendoroso, para que así quienes, por querencia, por necesidad o por obligación, han de estar a la última con la norma, compren un nuevo librito. Que es lo que se busca.

Desde que la RAE es un modelo de negocio, han florecido sus diccionarios. Tiene su diccionario de siempre, y luego otro de dudas, uno que se llama Nuevo diccionario histórico (el nombre no es baladí, pues ya te dice que hay otros anteriores. ¡Puedes coleccionarlos!) Tiene gramáticas nuevas y viejas, ortografías nuevas y viejas; y, para colmo, ha descubierto la creativa diversidad del idioma en otros países del mundo, lo cual la ha llevado a explotar el filón el modo multinacional. Ciertamente, el idioma es un hecho vivo; pero esa vivacidad, la verdad, se refiere, en buena parte, al ámbito del léxico. Es lógico que si la gente comienza a decir postureo o posverdad, con el tiempo el diccionario deba ambicionar recoger esos lemas. Pero lo que ya no está tan claro es que gramática y ortografía evolucionen de la misma manera o con la misma rapidez.

La RAE, sin embargo, como demuestra la anécdota que ha provocado este comentario, trata de que sea así. Trata de convertir el idioma no en un ente cambiante, que lo es; sino en un ente rápidamente cambiante. Con una velocidad suficiente como para justificar que las notarías de la situación sean muy frecuentes. Notaría = librito = pasta. That's it.

Aquí está la clave: admitimos iros pero no admitimos manteneros. ¿Para qué, si podemos descolgarnos, dentro de dos o tres años, con que acabamos de hacer notaría de que también se usa manteneros, y así vendemos otro librito?

Por último, fíjese el lector en una cosa.

Dentro de la RAE hay sesudos lingüistas, escritores de fama, profesores exigentes, economistas con cultura, periodistas influyentes. Hasta hay enfants terribles como Pérez-Reverte, que dice que se cisca en todo lo que no le gusta, que a él no le calla nadie, que su criterio es sacrosanto porque él es libre como el sol de la mañana y como el maaaaar. Y todo eso es cierto: los lingüistas saben de lo suyo, los escritores escriben bien, y Reverte dice y escribe lo que le sale del pingo.

Pero ninguno, jamás, osa hablar de que la RAE es un modelo de negocio; de que ha dejado de ser lo que debería ser; y mucho menos se posiciona en contra de ello.

Y es que ya lo dice el viejo refrán castellano: culos conocidos, de lejos se dan silbos.