lunes, septiembre 04, 2017

Trento (27)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El Papa le envió a sus legados instrucciones claras de que quería un concilio cojonudo. O, más bien, lo que él consideraba un concilio cojonudo. Para ello, hizo algo más que aleccionar a sus representantes en la asamblea. Comenzó a cursar órdenes indeclinables que, en la práctica, provocaron un auténtico tsunami de obispos italianos en dirección a Trento. Ante la ausencia de alemanes y franceses, eso dejó a los españoles solos ante el peligro. La legación hispana, sin embargo, ni modo de arredró por eso. De hecho, el conjunto de obispos españoles, una vez más dirigidos por el titular granadino Pedro Guerrero, se convirtió en una minoría altamente influyente, dada su solidez teológica y, sobre todo, la enorme fuerza moral que les concedía el hecho de ser la institución eclesial europea que podría exhibir un comportamiento menos escandaloso.


El partido español, por otra parte, llevaba todas las trazas de convertirse en un grano en el culo del Papa. Para empezar, declararon en Trento ser totalmente partidarios de la idea de que el concilio debía disfrutar, y exhibir, una total independencia respecto del Papa; al que, cada vez más, tendían a considerar como una especie de presidente de honor de la Iglesia católica. Por otra parte, el partido español se mostró radicalmente contrario a cualquier cambio en los dogmas, en las costumbres o en la liturgia de la Iglesia.

Desde la primera sesión, lo españoles exigieron cobrar la promesa que le había hecho Pío IV a Felipe II, esto es: declarar solemnemente la continuidad del concilio con las reuniones trentinas anteriores. Los legados sabían que esa decisión publicada, además nada más comenzar el concilio, iba a provocar la ira de franceses e imperiales; los cuales, aunque no estaban presentes en la reunión, tenían, por así decirlo, sus drones que la grababan. De tomarse dicha decisión, le dijeron a Roma, los contrarios a la misma se apresurarían a declarar que Trento había perdido su carácter ecuménico, lo cual venía a querer decir que se sentirían con fuerza moral suficiente como para convocar sínodos nacionales. Así pues, los legados hubieron de desplegar negociaciones interminables con el partido español hasta que lograron convencerle de que, por el momento, dejase de dar por saco con el temita.

Hubo, sin embargo, otro tema en el que los españoles pusieron pies en pared. Los cardenales habían sometido a cada prelado un decreto cuando habían comenzado las sesiones; decreto en el que se decía que las decisiones se tomarían praesidentibus legatis, esto es, bajo la presidencia siempre de los legados. Sin embargo, los muy ladinos organizadores de la asamblea, cuando ya todos los participantes habían leído y firmado el decreto, cambiaron la frase por esta otra: proponentibus legatis et praesidentibus. Es decir: ahora que ya estaba firmado, el decreto había pasado a decir que las decisiones se tomarían tras la propuesta y bajo la presidencia de los legados.

En otras palabras: se le retiraba a todos los asistentes a Trento, con la sola excepción de los legados, esto es, del mismo Papa, la potestad de hacer propuestas.

Si recordamos que el sentido fundacional del concilio de Trento era buscar las consideradas como necesarias vías de reforma de la Iglesia, esta cláusula venía a equivaler a un Código Penal que dijese que el acusado tiene la potestad de fijarse los cargos, y la pena.

El mismo 15 de enero de 1562, en la primera reunión, tanto Guerrero como otros participantes españoles se alzaron, en solitario, contra aquella cacicada. Los legados contestaron con palabras bastante huecas, y el resto de la asamblea o bien no se atrevió a hacer hilo con ellos, o bien no estaba de acuerdo, o bien tuvo la clarividencia de darse cuenta que, puesto que en términos teológicos los actos del Papa no pueden ser contrarios a los designios de la Paloma Muda, la descarada manipulación de los legados era, literalmente, lo que quería Dios.

“Sin ayuda de Vuestra Majestad, más nos valdrá salir de aquí camino de nuestras iglesias, porque de aquí no obtendremos nada”. Con estas palabras (bueno, otras más barrocas) tan claras se expresó Guerrero en una carta a Felipe II a las pocas semanas de comenzar la promenade trentina. Y no mentía. Para entonces, el partido español estaba siendo ya objeto de ataques ladinos por parte de las gentes del Papa; su línea de ataque fue comerle la oreja a los obispos de familias más nobles, recordándoles que estaban a las órdenes de un tipo como Guerrero, de origen más humilde. Finalmente, con este argumento, salpimentado con vagas promesas de obtener el capelo cardenalicio, el partido papal logró ganarse a varios miembros españoles, sobre todo a Pedro González de Mendoza, que era hijo del duque del Infantado; era, pues, un obispo Pocholo, un pijopera en modo experto.

Paco Vargas, el embajador español en Roma, estaba si cabe de peor hostia (escrito sea esto en un sentido malsanamente metafórico) que el obispo de Granada. Envió constantes tratados teológicos e instrucciones a Trento para señalarle a los obispos españoles el camino a seguir en el tema de la continuidad de Trento y de la manipulación de los legados en el decreto de apertura. Tantas fueron las porfias de ambas piezas fundamentales de la delegación española que Felipe, tal vez no del todo de su gusto, tuvo que tomar cartas en el asunto y escribirle al Papa que tachase el puto proponentibus legatis que se habían sacado los legados del sobaco de la Paloma. El Papa utilizó la carta del rey español para calzar una cómoda que mostraba leve tendencia a sotavento. Es más: le respondió diciéndole que no fuera tan brasas, que le estaba machacando más que los franceses y los alemanes.

Así las cosas, la primera reunión pública, del 18 de enero, no fue nada más que un encuentro preparatorio, para fijar algunas reglas de funcionamiento. Aunque la iglesia estaba ya bastante llena: 5 cardenales, 104 patriarcas, arzobispos y obispos, 4 abades y 4 generales de órdenes. La mayoría de ellos del sur de Italia.

Se decidió ir de menos a más, comenzando por discutir las polladas para luego ir planteando los temas más jodidos. Y en ese orden del día que se elaboró se decidió, después de debates bastante largos, proceder a renovar el Índice de libros prohibidos, aquél que había impulsado el cuarto Pablo; una labor en la que se pretendía invitar a los autores de los escritos para que, si lo desearen, los defendiesen frente a la asamblea trentina. Se acordó conceder un salvoconducto general e irrestricto para cualquier hereje que se quisiera acercar a hablarle a la asamblea.

Para la elaboración en sí del nuevo Índice se creó una ponencia de 18 miembros, del que formaba parte el arzobispo de Praga (de lógica obediencia imperial).

El problema surgió por el temita del salvoconducto. Los españoles argumentaron, y la verdad es que, técnicamente, tenían razón, que cualquier persona encarcelada por la Inquisición podría librarse del maco mediante una requisitoria para hablar en Trento en defensa de sus obras. El argumento español despertó a la propia Iglesia italiana, que como ya hemos averiguado en estas notas tenía su propia Inquisición aunque, oh casualidad, no sea tan famosa como la española; y se dieron cuenta de que a ellos les podía pasar lo mismo. Así, el salvoconducto sin ambages se convirtió en una oferta de que el trato en Trento sería clemente.

Se fijó una sesión el 14 de mayo, a la cual fueron invitados protestantes alemanes. A los españoles el movimiento no les gustó, por parecerles que la distancia temporal entre la segunda y la tercera sesión era demasiado larga, lo que consideraban podría hacer descarrilar el concilio. El partido español acusó al emperador de intentar meter a los protestantes de matute en Trento e incluso cargó contra los legados, a los que acusó de estar colaborando en la movida con su gesto de negarse de incluir la confesión de Ausburgo en el Índice.

Había bastante de verdad en esto. A las alturas de la segunda sesión, 26 de febrero, efectivamente los legados estaban tratando de buscar los mejores términos posibles respecto del emperador. Los pobres, claro, estaban buscando la cuadratura del círculo: un salvoconducto que le sonase a algo útil a los alemanes pero que no cabrease a los españoles. Finalmente, se le concedió a los alemanes el mismo salvoconducto que se les había ofrecido en 1561, en los tiempos de Julio III, pero excluyendo a aquellas personas que en su país estuviesen acusados bajo expresas leyes penales. En la práctica, esto cerró las puertas del concilio a los protestantes españoles, portugueses e italianos.

En cualquier caso, todo era una impostura. Nadie, o casi nadie, en Trento, tenía la intención de dar entrada a los protestantes en el concilio; lo que buscaban era poder decir que lo habían hecho. El salvoconducto fue ampliamente publicado tanto en Francia como en Alemania, pero su eficacia fue más bien limitada.